Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2008.
Resumen
- 01/03/2008 19:49 - Arielle Dombasle: Ni norteamericana ni francesa: ¡chicana!
- 06/03/2008 10:47 - Suite inglesa de Julien Green
- 07/03/2008 08:50 - Premio blogger del día y mis preferidos
- 10/03/2008 15:13 - Jane Eyre y Edward Rochester: el primer encuentro y las dos primeras conversaciones
- 11/03/2008 16:13 - La elegía de Lord Alfred Tennyson
- 12/03/2008 11:39 - Chesil Beach, de Ian McEwan
- 19/03/2008 10:47 - Ricardo III, de William Shakespeare
- 20/03/2008 11:28 - Una blanca palomita
- 21/03/2008 10:57 - Dinero y amor: Catherine Earnshow y Jane Eyre
- 22/03/2008 12:04 - El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez
- 23/03/2008 18:17 - Bertold Brecht en Poemas y canciones
01/03/2008
Arielle Dombasle: Ni norteamericana ni francesa: ¡chicana!
Me ha gustado mucho encontrar este video de Arielle Dombasle porque con qué gracia pasa a decir al entrevistador que puede sentirse francesa o norteamericana, pero que en realidad, en lo profundo es chicana y latinoamericana.
Ya me imagino el asombro del entrevistador.
Me ha gustado siempre mucho esta mujer, desde que la vi en Paulina en la playa. Nació en USA en 1953, pero creció en México, donde su abuelo era embajador de Francia. Después de la prematura muerte de la madre, la abuela es la que se ocupa de la educación de la cría y ahí empieza la afición al canto, a la danza y al teatro. Arielle se instala en París en 1976 y debuta nada menos que con Perceval el Galo de Erich Rohmer, que, como he dicho, la adoptará como su musa durante una década y media. Rohmer había escrito un guión veinte años atrás para Brigitte Bardot, pero tras tanto tiempo en el cajón fue a parar a manos de Arielle: Pauline en la playa. Vinieron también La buena boda y El árbol, el alcalde y la mediateca y La rodilla de Clara.. Arielle se convierte en la musa de otros intelectuales, de Robbe-Grillet a Peter Handke o Raoul Ruiz, especialmente en Fado y en Las almas fuertes. Con todos ellos ha rodado varias películas.
Sin embargo, es también una genial cómica, como demuestra en sus colaboraciones para la saga de los Ásterix, al lado de Depardieu, con quien también ha filmado Vatel, por ejemplo. Ha sido compañera de rodaje de Johnny Depp en El Libertino y, en fin, su filmografía abunda en títulos extremadamente minoritarios y también ampliamente populares.
A mí me ha gustado especialmente en las de Rohmer y en L’ennui, de Cédric Kahn. Desde el 93 está casada con el filósofo Bernard-Henry Lévy.
06/03/2008
Suite inglesa de Julien Green

Los lectores fieles a este blog habrán podido notar (aunque indirectamente), que estoy en una de mis etapas literarias recurrentes: la literatura inglesa del siglo XIX. Por una revista, me enteré que se había reeditado este libro, en sus tiempos, traducido y publicado por Jesús Aguirre, un hombre cuya cultura enciclopédica sólo podía ser superada por su petulancia (no sólo enciclopédica sino también universal). Pedí el libro, y mi librera, Pilar me lo ha regalado. Es un precioso volumen de tapa dura, bella y cuidada encuadernación, perfecta impresión: en fin, una delicia que se merece este pequeño librito, originalmente publicado en Londres en 1928. Julien Green es un escritor franco-americano, autor de una serie de obras muy interesantes entre las que destacaría su Leviatán, Green fue elegido miembro de la Académie Française. Como Lytton Strachtey, Green posee una gran capacidad de síntesis y mucha elegancia y amenidad, traspasada por el traductor a nuestra lengua con total perfección.
Los retratos que hace Green son perfectos en estilo y en esencia porque consigue capturar los rasgos más singulares de cada uno de los personajes escogidos y nos adentra en su intimidad, en sus penas y delirios y sus miedos o sus fobias. Green nos hace entrar en el alma de cada uno de sus retratados por la puerta de su dolor sin condenarnos a un sólo segundo de aburrimiento: tan límpida y graciosa arde la llama de su prosa.
La Suite comienza con una exploración de la vida y la fama de Samuel Johnson (1709-1784), y lo hace recordándonos la paradoja de que Johnson haya sido conocido por los siglos que han seguido, fundamentalmente, gracias al libro de otro: James Boswell, su fiel biógrafo y no verdaderamente porque su prosa se pueda leer actualmente más que como ejercicio escolar .(Por cierto que la famosísima biografía de Johnson hace poco más de un año que fue reeditada entre nosotros por Acantilado, y ya va por su segunda edición).Green nos retrotrae al momento en que Boswell, entonces de 23 años, conoce a Johnson y decide dedicarle la vida entera. Desde ese momento, ni uno sólo de los momentos de Johnson es un momento íntimo: se vive para la posteridad, para la posteridad de la biografía que >Boswell arma con toda la paciencia y el amor del mundo. Por lo ue toca a Johnson, erudito, luchador, incansable investigador, su nombre ha quedado en el siglo de los Fielding, los Richardson o Goldsmith como el del rey de la literatura inglesa de su tiempo y único autor de esa monstruosa y extraordinaria hazaña que es el Diccionario de la lengua inglesa.
Uno de los primeros libros de arte que compré cuando era una jovencita fue el Matrimonio del cielo y del Infierno de William Blake. La poesía y el arte en hermandad (y el genio). De este ángel o demonio u hombre sólo exteriormente, también se ocupa Green, describiendo su vida en medio de esas alucinaciones místicas o trascendentales, su extraño empeño por ilustrar sus libros con acuarelas y dibujos originales, y por imprimir él mismo esas raras joyas bibliográficas. Blake pertenece a una estirpe muy reducida, muy exclusiva, donde apenas entrevemos a John Donne y a San Juan de la Cruz. Tal vez Rimbaud. Green nos seduce con la descripción de su personalidad incomparable, al tiempo que nos recuerda las obras de Blake que se han perdido, quizá para siempre.
Charles Lamb (poco conocido entre nosotros), Charlotte Brontë ( y el enigma de su vida con relación a su obra), y Nathaliel Hawthorne, ese puritano capaz de conmovernos con La letra escarlatacompletan el volumen. Todos los retratos se ajustan a la línea que ya he señalado: la elegancia, la comprensión del sujeto y la descripción de su mundo más íntimo y más vulnerable.
Se trata de una obra deliciosa, que no hay que dejar pasar si uno es admirador de la literatura inglesa.
Julien Green, Suite inglesa (Trad. Jesús Aguirre), Barcelona, Ariel, 2008. (Ilustrada).
07/03/2008
Premio blogger del día y mis preferidos

Mi amigo Ramon Balcells de El 7ºarte me ha concedido este simpático premio, cosa que le agradezco mucho. Es verdad que conmigo comenzó a hacer sus pinitos, pero qué no ha hecho Ramon después. Su increíble y precoz talento todo lo podrá, y si no, al tiempo.
Las normas de este asuntillo, son, según Ramon:
* El premio debe ser atribuido a los blogs que se consideren buenos blogs y que uno acostumbra visitar regularmente y deja comentarios.
* Cuando se reciba el premio se debe escribir un post indicando quién fue la persona que te dio el premio y su respectivo link a ese blog.
* Una etiqueta al premio
* Indicar 7 blogs que recibirán el premio.
* Se debe exhibir orgullosamente la etiqueta del premio, preferentemente con el link donde se habla de él.
* (Opcional) Si quieres dar publicidad a la criatura con demasiado tiempo libre para hacer el premio o que tuvo la idea de inventar el premio, o sea Skynet, el autor va a estar muy agradecido.
Mis blogs preferidos son (sin orden ni concierto):
* Clara. Un espacio donde la poesía más pura y más auténtica nos deja siempre con el corazón en un puño. De Luis Fernando Giucich.
* Mujeres de Roma. Un blog dedicado a la buena literatura, a la recreación de un mundo excepcionalmente vivo gracias a su autora. De Isabel Barceló.
* El café de Ocata. Movido café en donde todos los temas, filosóficos, políticos o personales tienen cabida salpimentados con la hospitalidad de Gregorio Luri, el amo del café.
* Mínimas, de Luis Bardamu. La inteligencia y la sensibilidad de todo un señor que escribe como dios.
* Retroklang. Ferre nos dedica desde A Coruña sus estupendos, completos, exhaustivos y amenos posts sobre música, sobre cómic, sobre cocina y muchos otros temas.
* Darle a la lengua. Profesor y excelente divulgador de las TIC en la enseñanza, Felipe Zayas es un referente para mí, profesionalmente.
* El lamento de Portnoy. El blog indispensable para todo lector. Amigo Portnoy ¿qué sería de nosotros sin Su Merced?
Ramon, de nuevo, gracias.
10/03/2008
Jane Eyre y Edward Rochester: el primer encuentro y las dos primeras conversaciones

No voy a descubrir el Mediterráneo cuando digo que Jane Eyre es una de las grandes novelas decimonónicas, junto con Madame Bovary, Los miserables, Cumbres Borrascosas, Ana Karenina, La Regenta o la menos conocida pero extraordinaria La Desheredada, de Benito Pérez Galdós.
La originalidad de Jane Eyre resalta en este contexto, porque es una mujer que no asume el papel de ’víctima’ de su tiempo o de su sociedad, ni siquiera de sí misma, que podemos atribuir a las demás protagonistas de las novelas mencionadas.
Jane Eyre no sólo no se hunde en la miseria social, moral o económica como las demás heroínas: no sucumbe a un destino fatal. Por el contrario, Jane Eyre se erige dueña de su persona y de su destino, crea su propio valor al margen del amor que concibe y que centra su vida y al que tiene el valor de abandonar por sus principios. Jane, después de su personal travesía del desierto, en los páramos, huyendo sin un penique, sin abrigo, sin nadie, es capaz de regenerarse en compañía de los hermanos Rivers, es capaz de buscar una nueva identidad como profesora rural, de enaltecer su oficio y a sus alumnas, chicas empobrecidas de los alrededores. Es capaz de despertar la admiración de Saint-John Rivers, y una vez ha heredado de su lejano tío de Madeira, es capaz de rechazar a Saint-John y volver a buscar a su amor: Rochester. Una vez a su lado, desaparecido el obstáculo que significaba Bartha Mason, Jane se erigirá en el pilar sobre el que Edward Rochester fundará su vida: ella es la mujer fuerte, ella la que tiene la llave de la verdad, de los principios, de la felicidad y de la regeneración.
Esta historia de redención tiene una base sólida: las conversaciones entre Jane Eyre y Edward Rochester. Es ahí donde el personaje de Jane toma forma ante nosotros, lleno de coherencia y de valor. Y es ahí donde averiguamos el porqué Rochester, desilusionado, quemado, amargado y ’maldito’ (tal como él se define), puede descansar por fin y soñar en la felicidad al lado de ese ’ser élfico’, ’casi sobrenatural’ que es Jane, y que en su primer encuentro ’hace caer’ a Rochester del caballo, tal como San Pablo ante la revelación de Dios. Rochester tendrá también una revelación, aunque no en ese momento, a pesar de que más tarde diga a Jane sobre su extraño encuentro en Haylane: ’Yo necesitaba ayuda, y ayuda recibí...de esta pequeña manita".
El encuentro entre Rochester y Jane resulta extraordinario por la carga reveladora que encierra. La primera conversación, cuando él cae del caballo y se tuerce el tobillo, revela la fuerza de Jane y la ambigüedad del carácter de Rochester. Ella ofrece su ayuda, él maldice y se queja de su mala suerte al caer, y decide que ella es una hechicera y que ha hechizado a su caballo. Él la cree proveniente de un mundo mágico, alejado de la realidad, extraño y misterioso desde un principio. Y en verdad que Jane es extraña al mundo de él, oscuro y lleno de una agobiante angustia. Jane, a pesar de su bagaje de extraordinarios sufrimientos y soledades es un ser puro, en efecto: ’sobrenaturalmente’ distinto a lo que él está acostumbrado a ver en su mundo licencioso y fatuo. Jane se ha sobrepuesto a su dolor, a su soledad en el mundo: se ha encontrado consigo misma en los años de purgación de Gateshead y de Lowood, gracias a la influencia benéfica de Helen Burns (su ángel, su mejor amiga, muerta casi en olor de santidad), y Miss Temple, su maestra y protectora. A pesar de la crueldad de Mrs. Reed y de Blocklehurst, Jane ha triunfado sobre el rencor y el odio y tiene sus propios principios, alejados del fanatismo religioso o incluso de la falsedad de las convenciones religiosas. Jane ha encontrado su propio camino hacia la pureza. De ahí que Rochester reconozca en ella, tras ese primer encuentro, al ser élfico, puro, superior espiritualmente, que ella, en efecto, es.
Pero Rochester muestra también en ese primer encuentro su amargura, su rechazo, su dureza de espíritu. A pesar de la actitud extremadamente amable de Jane, su respuesta es amarga y está llena de soberbia: esa soberbia que le caracteriza, y que le será arrebatada para siempre tras su castigo. Rochester será humillado. Su error le conducirá hasta alcanzar la humildad al final de la obra.
Retrospectivamente, Rochester recordará aquel encuentro con Jane en estos términos:
"Cuando tomé, aquella tarde helada de invierno, la senda que trae a Thornfield Hall, lugar para mí tan aborrecible, no tenía el menor asomo de esperanza de encontrar entre estos muros nada parecido a la paz, cuanto menos al placer. Pues bien, sentada en una valla del camino de Hay, vislumbré una figura pequeña y solitaria. Pasé de largo, prestándole tan poca atención como al sauce que había al otro lado, sin sentir el más leve presentimiento de lo que aquel encuentro iba a significar para mí, ni de que, disfrazado bajo apariencias andinas, el árbitro de mi vida y mi destino, mi genio del mal y del bien acaba de aparecérseme. Ni tampoco lo sospeché cuando tras el accidente de Mesnour se me acercó con aspecto serio y se ofreció para prestarme ayuda. Aquella muchacha delgadita y de aire candoroso fue, sin embargo, como un jilguero posado en mi pie, capaz de abrir las alas y llevarme en volandas. La traté con rudeza, pero no se marchó; se mantuvo allí con inesperada pertinacia, sin dejar de mirarme y dirigirme la palabra, imbuida de una rara autoridad. Estaba escrito que había de llegarme el socorro por su cauce, y me llegó". p. 474-75.
Tras este primer encuentro, Jane ignora quién es el misterioso viajero accidentado de Hay Lane, hasta que llega a Thornfield Hall y ve allí a Pilot, el perro de Rochester. Al día siguiente, Jane es llamada a tomar el té con el amo, y Rochester, implacable, la somete a un interrogatorio que dará pie a que su interés por ella vaya siempre in crescendo. Jane se ve confrontada con un hombre brusco, sin modales sociales, extraño en todo a ella. Sin embargo, nos dice que se siente a gusto en su compañía, que prefiere esta rudeza a una afectada cortesía: desde el principio, Jane ’entiende’ a Rochester ¿Y Rochester? Edward dirá en la siguiente conversación, que ésta primera lo lleva a desear ’saber más de Jane’. Las respuestas de Jane, y sus dibujos le dejan intrigado: Edward sabe ahora que ella es diferente ¿Pero qué significa esta diferencia para él? Lo descubrirá sólo más tarde, en la tercera conversación.
De momento, debemos imaginar a la joven e inexperta institutriz ante la implacable mirada del señor de Thornfield. No intimidada, sin embargo. Edward le pregunta por su paso por Lowood y se asombra de su capacidad de supervivencia. Se asombra también ante la falta de empatía entre Jane y Blocklehurst, porque asume que ella, tras tantos años en la institución de caridad, ha sido sometida a los dictados del fanatismo de su director. pero Jane desmiente esto categóricamente ’con un frío : ¡No!’ : primera sorpresa.
Las respuestas de Jane no son convencionales, si bien son corteses, pero bajo ellas, Edward percibe de inmediato la originalidad de su espíritu, su falta de convencionalismo. A ello contribuyen poderosamente las tres pinturas que él admira: las tres que califica de ´élficas’. Los especialistas han estudiado pormenorizadamente estas tres pinturas, que son la expresión misma del alma de Jane Eyre y que contienen también elementos proféticos en cuanto a su historia con Rochester. No poseen, dice Edward, la maestría necesaria, pero son muy originales, para una joven estudiante. Cuando él le pregunta si estaba satisfecha de su labor, ella responde, también sorprendentemente para él, que no lo estuvo. que lo que pintó era sólo un pálido reflejo de lo que había imaginado. Rochester termina esta rara entrevista abruptamente y se sumerge inmediatamente en sus más oscuros pensamientos. Sin embargo, la impresión que Jane le ha causado le hará llamarla de nuevo, poco después. La tercera conversación será la definitiva. Cuando termina, Edward ya sabe que Jane es su amada, que lo será siempre. Y toda la historia que viene comienza a desarrollarse ante nuestros ojos, con toda su increíble complejidad.
En esa segunda conversación, Rochester es objetivo de la observación de Jane. Él pregunta, intempesitivamente - ¿Me encuentra guapo, señorita Eyre? Y ella responde impulsivamente - ¡No, señor!. Este comienzo humorístico da pie a que él reafirme su idea sobre Jane: ella es honesta. Sus respuestas no están marcadas por el convencionalismo. Como dirá él mismo más adelante: la respuesta al candor suele ser la hipocresía. Pero Jane no es hipócrita. La tercera conversación comienza de este modo, y prefigura la observación que hará Blanche Ingram acerca de la ’fealdad’ como condición (deseable) masculina. Blanche retomará pues, el tópico, dándole la vuelta y mostrándose ante Rochester como es: una joven mundana que manipula y miente, mientras que Jane, no.
Aquí Rochester ya se define a sí mismo ante Jane y lo hace despiadadamente: sabe que es un pecador vulgar, un hombre que ha pasado de la desesperación a la degeneración por debilidad, que no se ha enfrentado a su abismo para resistir, sino para entregarse a la perdición de su alma. Y sin embargo, Rochester también confía a Jane, en esta extraordinaria segunda conversación, que siente repugnancia por sus errores, que quisiera ser puro y tener ’una memoria impoluta’ como ella. Todas estas confesiones resultan tan sorprendentes como inesperadas, sobre todo si tomamos en cuenta que Rochester y Jane sólo han hablado dos veces más, y si consideramos que él tiene 38 años y ella sólo 18, que él es un hombre experimentado y ella una huérfana sin ninguna experiencia de la vida. Pero ella se presenta ante él como el ser puro que necesita para purificarse. La puerta de su corazón se abre cuando Jane le dice que ’ni siquiera por un salario ella toleraría una insolencia’. Ahí es donde él percibe la pureza inmarcesible de Jane. Ahí queda rendido ante ella. Y también ante su dignidad. Porque Rochester, ante todo, encuentra la dignidad del ser humano en Jane; una dignidad que ha visto tan poco en sus viajes desde las Indias Occidentales hasta su paso por París. Y ahora la cobija bajo su propio techo en la forma de esta pequeña, delgada, extraordinaria jovencita.
Rochester pide ayuda a esta mujer digna cuando le dice que se jacta de ser tan duro como una pelota de caucho, pero que tiene conciencia, y que dentro de esa dureza todavía queda un remanente sensible (¿su corazón?). Le pregunta a Jane -¿Queda aún esperanza? Ella responde -¿Esperanza, para qué? No hay duda de que él habla de su salvación.
Un poco más adelante, ella dice que teme decir estupideces, ya que la conversación se convierte en extremadamente enigmática para ella. Él le responde: -"Si usted las dijera, con ese aire tan suyo, tan serio y grave, yo las tomaría por sensateces".
Es aquí, en esta segunda conversación, cuando él recibe la inspiración: ella será su guía, su estrella matutina, su ángel salvador. Le habla a Jane con enigmas porque no puede ser explícito, pero le confía que a partir de ese momento, sus intenciones han cambiado: piensa pavimentar con buenas intenciones sus antiguos pecados, su antiguo camino al infierno. Sus compañías serán otras, otras sus prioridades. Ella se asusta un poco, pensando en nuevas tentaciones, pero él le asegura que no se trata de tentaciones, sino de inspiración.
El remordimiento no basta, dice Edward, hace falta reformarse. Edward quiere ser feliz, quiere fabricar el placer de la vida como la abeja fabrica la miel en el páramo. Abre los brazos, en una acción sin duda teatral, para abrazar este sueño: sueño de paz, de felicidad y de bondad que representa Jane.
Sin embargo, Rochester tomará de nuevo el camino equivocado, a pesar de todo lo que dice. Ocultará la verdad a Jane (su terrible, indecible secreto), intentará llevársela consigo sin tener derecho a ello. Pero ella los salvará a los dos. Su conciencia, esa conciencia que él denominará ’clara, impoluta, límpida’se impone para conseguir, más tarde, la redención de los dos, una vez unidos para siempre.
Cuando se despiden esa noche, aunque Jane no lo sabe, ya está en el corazón de Rochester para siempre.
Ninguna traducción hace justicia a esta maravillosa obra literaria cuyo lenguaje y cuyos diálogos inigualables tal vez jamás puedan ser vertidos con la debida fidelidad a ninguna otra lengua; pero, puestos a escoger os recomiendo, de todas las ediciones, ésta: Charlotte Brontë, Jane Eyre, Debolsillo, Barcelona, 2003, (Prólogo y traducción de Carmen Martín Gaite).
Esta versión de Jane Eyre para la BBC (1973), a pesar de sus defectos de producción (debidos a la época), es la más fiel al libro, y la que mejor refleja las personalidades de los dos protagonistas principales. Los actores son Michael Jayston y Sorcha Cusack. En esta escena podemos ver escenificada parte de la primera conversación Rochester-Eyre:
Y la segunda conversación, que comienza: -¿Me encuentra guapo, señorita Eyre?
-¡No, señor!
11/03/2008
La elegía de Lord Alfred Tennyson

Lord Tennyson escribió una maravillosa y larguísima elegía a la muerte de su amigo Arthur Henry Hallan en 1849.
Hace un año, perdí a una querida amiga cuya muerte prematura y cruel todavía lloro. A ella le dedico este fragmento de la elegía de Tennyson:
Be near me when my light is low,
When the blood creeps, and the nerves prick
And tingle; and the heart is sick,
And all the wheels of Being slow.
Be near me when the sensuous frame
Is rack’d with pangs that conquer trust;
And Time, a maniac scattering dust,
And Life, a Fury slinging flame.
Be near me when my faith is dry,
And men the flies of latter spring,
hat lay their eggs, and sting and sing
And weave their petty cells and die.
Be near me when I fade away,
To point the term of human strife,
And on the low dark verge of life
The twilight of eternal day.
Permanece a mi lado cuando se apague mi luz
y mis nervios se alteren con punzadas oyentes
mientras la sangre del corazon enfermo se arrastre
en las ruedas que giran lentamente.
Permanece a mi lado cuando a mi frágil cuerpo
lo atormenten dolores y no alcance la verdad...
Mientras el tiempo, maniaco. siga esparciendo el polvo
y la vida, furiosa. siga arrojando llamas...
Permanece a mi lado cuando vaya apagándome
y puedas señalarme el final de mi lucha
en el atardecer de los dias eternos
en este oscuro borde de la vida...
12/03/2008
Chesil Beach, de Ian McEwan

Aunque resulte una confesión atroz, diré que me he identificado con Florence, como creo que muchas mujeres de generaciones pasadas pueden hacer. Para nosotras, el sexo fue al mismo tiempo una conquista y un calvario.
El libro de Ian McEwan indaga en las profundidades de aquellas generaciones que se debatieron entre la moral victoriana, todavía vigente (no puedo evitar la sonrisa - tal vez nostálgica-, cuando recuerdo las condiciones de los noviazgos de los años sesenta: chaperoneados, vigilados y reprimida toda libertad) y la nueva moral sexual a la que, inevitablemente y a veces con muchos problemas, íbamos incorporándonos.
McEwan, con su prosa seductora,, intoxicante, hechizante, nos lleva por esos vericuetos tan oscuros como reales: miedos y terrores, fobias y huidas hacia adelante, frigideces e inexperiencias drámaticas, que en el caso de su historia llevan al fracaso total de una relación.
Este libro es la historia claustrofóbica y detallada de un homicidio: el del placer.
Se trata de una obra terrorífica por su verdad. Exquisitamente escrita, porque hablamos de uno de los mejores escritores actuales.
Cómo se puede escribir hoy día una obra como esta si no es situándola en el pasado.
El último momento romántico de Occidente: los años sesenta.
Absolutamente recomendable.
Ian McEwan: Chesil Beach, Barcelona, Anagrama, 2008 (Trad. de Jaime Zulaika).
19/03/2008
Ricardo III, de William Shakespeare

En algunas clases dedicadas a Lope, no he podido menos que compararle con el cisne de Avon. No es una comparación halagadora para el Fénix, lo sé. Es inevitable comparar la ’invención’ de Lope sobre el arte nuevo de hacer comedias, en cuanto al número de actos, que él reduce a tres, y lo que esto conlleva para el teatro : el ritmo de la obra lopesca se acelera y esto va en lucimiento de la acción y en detrimento de la psicología. Lo hemos visto claramente cuando hemos analizado El caballero de Olmedo, una de las lecturas prescriptivas. Lope es un gran poeta, pero su drama no es más que un drama sentimental de fábrica, en el que el caballero no resalta por nada (excepto por ser un buen alanceador de toros), o sea, por ser un buen deportista. Sus sentimientos por Inés no son expresados más que superficialmente, a través de un flechazo, y su amor no se desarrolla ante nuestros ojos en ningún momento. Ya sé que es injusto comparar esto con los dramas históricos de Shakespeare, entre otras cosas porque Shakespeare, en sus cinco actos, pudo ’analizar’ o mejor dicho, pudo criticar con tremenda profundidad la ambición de poder porque la dinastía reinante en Inglaterra ya no era ni la de los Lancaster ni la de los York. Una vez triunfaron los Tudor (precisamente tras la caída de Ricardo III), se pudo cuestionar y poner en escena todo aquel magma fabuloso ( y crudelísimo), de la historia inglesa. Cosa que Lope no pudo hacer (tampoco sabemos si le habría interesado). Los reyes en Lope son siempre justísimos, bonísimos, garantes absolutos de la Justicia (con mayúscula). No hay color. Tampoco podemos olvidar que el pentámetro yámbico de Shakespeare resulta inmensamente mejor para los lectores actuales que la polimetría de Lope y su rima. No podemos concebir mejor retrato psicológico de la AMBICIóN (con mayúsculas), que el de Ricardo III, ni mayor truculencia bien resuelta que en Macbeth, o Titus Andronicus.
Bien de todos modos, estas clases me han arrojado de nuevo en los amados brazos de Will Shakespeare, a quien tanto me gusta manosear de vez en cuando. En clase hemos visto su Macbeth (Orson Welles), y ya en casita, he releído su Ricardo III, únicamente para mi placer.
Ricardo III fue uno de los grandes éxitos de Shakespeare desde su estreno, junto a los que cosechó con Romeo y Julieta y Hamlet, y ha sido una de sus obras más representadas. Incluso más que la del príncipe de Dinamarca. Shakespeare se basó muy literalmente en una crónica escrita por Sir Thomas More, La historia del rey Ricardo III, incluida en una crónica de Richard Hall sobre la guerra de las Dos Rosas; The Union of the Two Noble and Ilustrious Families of Lancaster and York.
La guerra civil inglesa o Guerra de las Dos Rosas, enfrentó a las dos familias más importantes del reino, los Lancaster y los York, que deseaban y luchaban por el poder absoluto del gobierno de Inglaterra.
Ricardo III es la historia truculenta y casi inverosímil de un auténtico criminal, de un psicópata que mata sin sentir remordimiento alguno a sus seres más cercanos para lograr el poder. Es una obra que disecciona, con extremada precisión, la ambición, el anhelo de poder y cómo ese anhelo corrompe hasta la última fibra del alma de un hombre al que se le puede considerar un humano chacal, o un jabalí salvaje. animal con el que es comparado muchas veces en la obra que nos ocupa.
Ricardo, duque de Gloucester y perteneciente a la casa de York, había matado ya (cuando comienza la obra), a Enrique VI de Lancaster y a su hijo, su heredero y príncipe de Gales, Eduardo. Ricardo era el tercero de los hermanos de la casa de York, y por ello, la corona (tras los asesinatos de los dos Lancaster), fue a parar a su hermano mayor, Eduardo IV (sí, la corona inglesa es un lío de Enriques, Eduardos, Margaritas e Isabeles, tanto como la Española lo es -aunque por suerte, con una sola línea sucesoria-, con los Felipes, Fernandos, Margaritas, Isabeles y Marianas).
Termina la guerra civil con el acceso al trono del hermano mayor y Ricardo comienza la obra con ese extraordinario monólogo que dice:
Now is the winter of our discontent...
Deforme físicamente y por lo tanto, no apto para la vida cortesana, decide convertirse en un villano y matar, matar, matar, hasta llegar a ser coronado rey de Inglaterra. De esa corona le separan varios parientes: a todos conseguirá apartar de su camino de la manera más vil y tortuosa: por razones políticas, cortejará y se casará con la viuda de Eduardo de Lancaster, Anne, en una de las escenas más extraordinarias de la trayectoria teatral de Shakespeare en la que presenta una cortejo necrófilo: el cadáver del marido está de cuerpo presente en la misma sala donde se encuentran su jovencísima viuda y su asesino. Mandará matar a su hermano, el duque de Clarence, a quien hace ahogar en un barril de vino de malvasía reteniendo una orden de perdón de su hermano mayor, el rey; ëste, enfermo y culpándose de la muerte de su inocente hermano, morirá pronto, en parte por los remordimientos. Pero Ricardo debe entonces eliminar a ciertos hombres del Consejo del reino que son leales a su rey y a sus herederos legítimos, los pequeños hijos de Eduardo IV : Eduardo, principe de Gales y Ricardo, duque de York, dos inocentes niños de 12 y 7 años, respectivamente, a quienes Ricardo aloja en la Torre de Londres y a quienes envía un asesino. Preocupado por la muerte de estos niños, el consejo es consciente de que Ricardo pretende hacerse con el poder, y Ricardo sabe que debe desafiarlos. Por ello, excenifica una cruel pantomima, auxiliado una vez más por su fiel secuaz, Buckingham, quien ya se ha encargado de esparcir el rumor de que los niños son ilegítimos. Buckingham es tal vez, como algunos piensan, el personaje más desvaído de Shakespeare. Secuaz de Ricardo, ejecutor de las órdenes del multiasesino, cuando se topa con la orden de matar a los niños recula, pide, en mal momento, su recompensa: el ducado de Hereford que le había sido prometido. Pero Ricardo está furioso y se lo niega. Buckingham entonces, sin mayores explicaciones por parte de Shakespeare decide dejar a su señor y pasarse al bando de Richmond (luego Enrique VII, de la casa Tudor). Mata también a su esposa, la joven Anne, que había sido antes la mujer del príncipe de Gales ( de la casa de Lancaster), porque ahora Ricardo quiere casarse con su sobrina, la hija de su hermano Eduardo, Isabel de York, que finalmente se casará con Enrique VII, terminando así la guerra civil inglesa con esta unión de los descendientes de ambas casas.
En medio de todo este baño de sangre y crimen, Ricardo se nos presenta como el personaje más cruel de los muy crueles personajes históricos de Shakespeare. Macbeth tiene remordimientos (y un corazón tan blanco....) Titus Andronicus actúa siguiendo las costumbres de justicia de su sociedad, y habiendo sido su hija Lavinia mutilada, violada y trastornada por la crueldad de los enemigos, no le queda más remedio que vengarse con la misma moneda y apela a la más cruel de las venganzas; pero siendo así, su venganza resulta justa y su violencia no resulta gratuita sino motivada.
En Ricardo III,, el personaje nos anuncia cada vez sus planes, nos hace sus confidentes, nos habla constantemente al oído. Ricardo funciona en la obra de dos modos: como personaje y como coro griego. Nos convierte, en cierto modo, en cómplices o voyeurs de sus crímenes. La implicación es tan poderosa como lo es el rechazo que nos embarga ante semejante personaje: asesino, mentiroso, manipulador, traicionero, vil. No es del todo cierto, históricamente, que Ricardo fuese realmente un ser deforme: pero Shakespeare utiliza esta metáfora para mostrarnos su alma monstruosa y corrrompida. Hace unos años se encontraron los esqueletos de dos niños en la Torre de Londres, dando la razón a la voz popular que consideró que estos niños habían sido asesinados por Ricardo. Parece que fue así, en efecto.
Ricardo, que durante toda la obra va asesinando con éxito a su hermano, a su mujer, a sus sobrinos, a miembros del Consejo, cae de manera espectacular. Inesperadamente. Richmond (el futuro Enrique VII), vuelve de Francia y Ricardo es abandonado por sus huestes, no sin antes vivir una escena similar a la de la cena de Macbeth con los fantasmas. Ricardo, la noche antes de la famosa batalla en la que pierde la vida, se ve asediado por los fantasmas de los muertos, y en un monólogo extraordinario, tan bueno como aquel de Lady Macbeth sonámbula o como el de Enrique V antes de la batalla de San Crispín, se pregunta y se responde, se habla, se ama, se odia, se aterroriza y se tranquiliza y parece prefigurar una sesión de psicoanálisis.
¡Ah, conciencia cobarde, cómo me afliges! Las luces arden como llama azul. Ahora es plena medianoche. Frías gotas miedosas cubren mi carne temblorosa. ¿Qué temo? ¿A mí mismo? No hay nadie más aquí: Ricardo quiere a Ricardo; esto es, yo soy yo. ¿Hay aquí algún asesino? No; sí, yo lo soy. Entonces, huye. ¿Qué, de mí mismo? Gran razón, ¿por qué? Para que no me vengue a mí mismo en mí mismo. Ay, me quiero a mí mismo. ¿Por qué? ¿Por algún bien que me haya hecho a mí mismo? ¡Ah no! ¡Ay, más bien me odio a mí mismo por odiosas acciones cometidas por mí mismo! Soy un rufián: pero miento, no lo soy. Loco, habla bien de ti mismo: loco, no adules. Mi conciencia tiene mil lenguas separadas, y cada lengua da una declaración diversa, y cada declaración me condena por rufián. Perjurio, perjurio, en el más alto grado; crimen, grave crimen, en el más horrendo grado; todos los diversos pecados cometidos todos ellos en todos los grados, se agolpan ante el tribunal gritando todos: "¡Culpable, culpable!" Me desesperaré. No hay criatura que me quiera: y si muero, nadie me compadecerá; no, ¿por qué me habían de compadecer, si yo mismo no encuentro en mí piedad para mí mismo?
Es en este tipo de momentos en los que sentimos que Shakespeare es el más grande dramaturgo de todos los tiempos. Porque su penetración psicológica trasciende su época, la supera. Se mete en la mente del hombre y saca conclusiones y preguntas , conclusiones y preguntas válidas para el hombre de ayer, de hoy, de mañana. El alma humana, siempre.
Ricardo III fue la primera tragedia de Shakespeare. Su personaje principal es una fuerza primitiva, de una sola pieza, terrible, como en las tragedias griegas. Ricardo es el epítome del tirano. Y puede ser retratado en toda su crudeza y horror porque no sólo no es un Tudor, sino que el caos político y la guerra sangrienta fratricida culminan en un periodo de paz por obra y gracia de la dinastía que reina en Inglaterra cuando Shakespeare escribe.
Y Shakespeare escribe, por tanto, libremente, sobre esta alma corrompida por la ambición, y hace el retrato de todo tirano, lo mismo que en el teatro griego. De ahí que su Ricardo no haya perdido vigencia: de ahí que pueda ser trasladado (como en una excelente versión con Ian McKellen) a la época nazi o a cualquier época o lugar.
En cuanto a las versiones cinematográficas. podemos citar tres: la de Laurence Olivier, un poco acartonada, demasiado teatralizada, pero aun así, memorable ( 1955), la del gran Ian McKellen (1995), y el documental de Al Pacino (con partes de la obra representadas), LooKING for RICHARD (1996), probablemente uno de los análisis más interesantes de esta gran obra de Shakespeare.
William Shakespeare, Ricardo III, Valdemar, Madrid, 2004.
20/03/2008
Una blanca palomita
Mi prima Paloma, la persona con la que más me siento identificada, me va a venir a visitar. Estoy muy contenta.
21/03/2008
Dinero y amor: Catherine Earnshow y Jane Eyre

Algunos especialistas opinan que el otro yo de Jane Eyre, aquel que está al otro lado de su espejo, es Bertha Mason, la esposa escondida en el tercer piso de Thornfield Hall. Incluso algunos, haciendo uso de estudios psicoanalíticos claramente anacrónicos con la novela de Charlotte Brontë, han señalado que Bertha es la sensualidad que Jane no se atreve a dejar salir y que encarna su violencia y su rabia (ocultas) ante la sociedad patriarcal de la época. Bertha, según estos investigadores, lleva a cabo todas sus acciones en reacción directa a los temores y a las fobias sexuales y pasionales de Jane. Estas elucubraciones siempre me han parecido absurdas. En cambio, Catherine Earnshaw sí puede ser considerada la anti-Jane. Doy por supuesto que ambas hermanas, Emily y Charlotte, guardaron para sí la creación de estos extraordinarios personajes femeninos mientras los escribían en la vicaría de su padre, Patrick Brontë. En primer lugar, el escribir es siempre una cosa demasiado íntima para ser considerada como tópico en una conversación familiar, y más todavía cuando sabemos que Emily era extraordinariamente reservada, casi de una manera autista y Charlotte sin duda lo fue también. Por ejemplo, en sus cartas a su mejor amiga, Charlotte jamás mencionó la creación de Jane Eyre. Es como si no la estuviese escribiendo: queda al margen de sus confidencias.
Para mí, la anti Jane Eyre es Catherine Earnshow, de Cumbres Borrascosas. Cathy es inmisericorde, es ambiciosa, es egoísta, es monstruosamente manipuladora, es coqueta y tiene un corazón desgarrado que vacila entre Edgar Linton y Heathcliff, y que a los dos daña, dañándose antes (y en primer lugar), a sí misma. Cuando está a punto de morir, y ante los reproches de Heatchcliff, Cathy reconoce que ella misma ha sido ’el ministro de su mal’ (como dijera Francisco de Aldana), pero no permite que ninguno de los dos amantes se quede sin su buena ración de insuperable sufrimiento. Hay un ingrediente tremendamente destructivo en Catherine, al margen de su ambición: " ¡Entre tú y Edgar habéis destrozado mi corazón, Heathcliff, y los dos venís a mí para lamentaros de lo sucedido, como si fuerais dignos de compasión. Pues no pienso compadeceros, ya lo creo que no, Me habéis matado...".
Jane Eyre, en cambio, desde el momento en que se enamora ( contra su propia voluntad), de Edward Rochester, se entrega exclusivamente a este amor sin pensar jamás en otra cosa que no sea él. Y aunque, en el último tercio del libro, se ve tentada por St. John Rivers para entregarse a la labor misionera en el ’papel’ de su esposa, ella sabe que no puede hacerse amar por este hombre frío y duro, que sólo quiere entregarse al amor de Dios. Jane reconoce ante Diana que quizá, debido a las cualidades de St. John, podría en algún momento llegar a amarlo, pero sabe que ese amor se asfixiaría en sí mismo, pues él jamás podría corresponderla como lo había hecho Rochester. Y entonces Jane sería víctima de un sufrimiento insoportable. Por ello ofrece a St. John el único sacrificio que podría hacer por él: acompañarlo en su misión a la India, pero como una igual, no como una esposa. Es curioso que ella se plantee esto como un dilema con relación a Rivers y no con relación a Rochester, porque en general, la esposa decimonónica es, por definición, inferior al marido. Deja de tener autonomía económica (ya que él será el dueño de todo lo que posea), será su esposa obediente, su propiedad. Por ello, Jane no puede casarse con St. John y en cambio desearía haber podido hacerlo con Rochester, puesto que Rochester la ha amado precisamente como a una igual, mientras que St. John la ve siempre como una subordinada. Desde la segunda conversación, Edward le deja claro ’que no desea tratarla como a una inferior’ . Así lo reafirma en la escena de la declaración amorosa: " Así es: somos iguales (...) Aquí está la que es igual a mí, la que será mi segundo ser, mi mejor compañera en la tierra. (...) Te ofrezco mi mano, mi amor y todas mis posesiones"...De modo que Rochester, al revés que los personajes de Cumbres Borrascosas, no contempla la situación de clase como un elemento de dominio.Y una vez que se ha establecido la relación, cuando la señora Fairfaix hace notar a Jane que no debería saltarse su lugar (en el mundo, en la sociedad) aceptando esta desigual relación y Jane transmite esta opinión a Rochester, él responde: "Tu lugar está en mi pecho". Jane no da importancia a esta convención económica o social en ese momento. Su mirada hacia él o hacia Blanche Ingram está desposeída del concepto ’dinero’ o ’clase’. Las prioridades de Jane son morales y éticas y por ellas se guía absolutamente. Ella sabe que es digna de Rochester y que ambos son de la misma condición, mucho más que Blanche, con quien él no tiene nada que ver: "La señorita Ingram no daba la talla para despertarne celos, era demasiado poca cosa". Jane se juzga y se sabe muy superior a Blanche y por ello es incapaz de sentir celos de esa muñeca frívola, aunque sea noble y hermosa y Jane se describa a sí misma como "pobre, fea, obscura y pequeña" (Poor, plain, obscure and little).
Sin embargo, cuando Rochester ha conseguido el anhelado "Sí, Edward, me casaré contigo", él, de manera desconcertante, desea dar constancia de su amor por Jane tratándola como ha tratado antes a su amante, Céline Varens: dándole regalos, intentando cubrirla de joyas, comprándole vestidos y anunciándole que si bien ella ahora lleva las riendas de la situación, después, él la llevará atada a su pecho como lleva la cadena de su reloj. Lo dice en broma, pero realmente, Jane siente en ese momento que él la quiere transformar en otra y pretenderá cosificarla: "Entonces ya no seré tu Jane Eyre". Jane teme la dependencia económica absoluta que después de su abandono de Thornfield, tras el terrible descubrimiento del secreto de Rochester, quedará conjurada por la cuantiosa herencia que recibe de su tío John Eyre desde Madeira. Esta herencia la convierte por fin en igual a Rochester en términos económicos y le permite por fin acceder a su hombre con todas las seguridades que una situación independiente le otorgan.
Catherine Earnshaw reacciona de muy distinto modo. Desde la llegada del "gitano" que su padre ha encontrado vagando sin rumbo ni destino por las calles de Liverpool y que se lleva a su casa otorgándole el mismo nombre que a un hijo ya fallecido, Heathcliff estará marcado por la desigualdad de su nacimiento, misterioso y seguramente infamante. Nelly, la criada de la casa, le dirá en alguna ocasión que, al desconocer absolutamente su origen, puede fantasear con que es, en realidad, el hijo de un príncipe extranjero o de algún desconocido potentado. Pero Heathcliff es y será siempre un marginado, un ser extraño, ajeno: el "otro". Su carácter salvaje y su oscura piel, su violencia congénita no son más que las marcas de esta otredad radical, que se presente ante la agresiva mirada de Hindey, su enemigo radical, su rival natural dentro de la casa. Heathcliff es un ladrón: roba a Hindley el amor de su padre. Y cuando éste muere, el hijo le hará pagar caro esta suplantación ignominiosa para él, rebajándole y humillándole constantemente y estimulando así el caldo de cultivo de la posterior venganza, cuando le robará la casa, el hijo y la poca dignidad que le quedaba.
Cathy y Heathcliff son dos ramas de un arbusto salvaje, expuesto a la violencia de los vientos del páramo y como él indomables; están unidos por un amor asocial, anticonvencional, en el que no puede entrar nadie. Un amor que no puede prosperar en la medida en que Cathy no puede desclasarse, no puede alejarse de la sociedad, ni siquiera en el páramo. Cathy tiene 15 años cuando se da cuenta de que desea ser una señora, poseer trajes bonitos, tener una casa linda, tomar el té...ser, como ella dice, la señora más importante de la comarca, y esto no puede dárselo Heathcliff. De modo que Edgar Linton, a quien aprecia por su elegancia, por su educación, por ser distinto a ella y a Heathcliff, resulta la opción deseada. Sin saber que Heathcliff escucha, Cathy razona que no puede vivir con Heathcliff porque ambos se convertirían en dos vagabundos y dice la frase que condenará a los dos amantes al infierno que vendrá después: " Casarme con Heathcliff me degradaría".
Catherine traiciona así la promesa hecha a Heathcliff: "No te abandonaré nunca, jura que tú tampoco te irás"(...) por el dinero y la refinada vida en la granja de los Linton. De este modo, Cathy hace lo que Jane nunca hizo: dejar de lado sus sentimientos en favor de una ambición económica y social: "Yo soy Heathcliff", le dice a Nelly después de comentarle que ha aceptado la oferta de matrimonio de Linton ¡Qué paradoja! Cathy no es consciente de esta contradicción mortal. En esa misma noche fatídica, Cathy tiene la certeza de que ha obrado mal aceptando a Edgar: confiesa que su afecto por él es como el follaje de los árboles, que cambia con las estaciones, mientras que el amor que siente por Heathcliff es como las rocas del páramo: permanece siempre. Es la ambición la que la hace aceptar esa boda monstruosa que va contra su naturaleza.
La huida del despreciado sólo puede traer consigo la tragedia, que desde el momento en que se concierta la boda entre Cathy y Edgar comienza a rondar tanto Cumbres Borrascosas como la granja de los Linton. Más o menos a los trece años, ella le había reprochado a Heathcliff que no tuviera conversación, que estuviera siempre sucio, que fuera, en suma, un bruto o un salvaje. De modo que él se irá (no sabremos nunca adónde) para volver convertido en un caballero, pero sólo externamente. En su interior no es más que una fiera salvaje, herida de muerte por la decisión equivocada de Cathy Earnshaw.
Cuando Jane abandona a Rochester, lo hace para ser fiel a sus creencias y a sus principios: no puede convertirse en su esposa y por lo tanto, no debe convertirse en su amante. Pero esta decisión la toma doliéndose profundamente por el sufrimiento que va a causarle a él. Y curiosamente, no se siente orgullosa de su decisión: se va contradiciendo su propio corazón, y odiándose por el daño que va a hacerle a Rochester, a quien perdona inmediatamente. Sus sentimientos por él son siempre de disculpa, de comprensión, de pena y sus palabras, al despedirse, son extrañamente paradójicas y desde luego, muy generosas, porque le dice "Que Dios lo bendiga, mi querido dueño. Que Él le proteja de todo mal, le sirva de guía y de consuelo, y le pague todo el bien que me ha hecho".
Cuando Cathy va a morir, víctima del dolor que le produce no poder ser de Heathcliff ni poder amar como debe a Linton, tanto como de un mal parto, dice: " ¡Ojalá pudiera abrazarte hasta que nos llegara la muerte a los dos! -continuó con amargura-. No me importaría que sufrieras. No me importan nada tus sufrimientos ¿Por qué no has de sufrir? ¡Yo lo hago! ¿Te olvidarás de mí, serás feliz cuando yo esté bajo tierra?".
Cathy anuncia que nunca descansará en paz. Catherne está en las Antípodas de Jane y es, desde mi punto de vista, su verdadera imagen inversa en el espejo.
Emiliy Brontë, Cumbres Borrascosas, Siruela, Madrid, 2007 (Prólogo de Alejandro Gándara, traducción y notas de Cristina-Sánchez Andrade)
22/03/2008
El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez

Releer la novela que a Gabriel García Márquez y a mí nos parece su mejor obra, al anochecer, mientras que por las mañanas me dedico a la narrativa femenina del XIX inglés, puede sonar esquizofrénico pero ¿a quién le importa? El mundo de los lectores es así de contradictorio y conflictivo.
¡Cómo he disfrutado! He pasado las mañanas en los páramos de Yorkshire, escuchando a Catherine Earnshow llamar a Heatchcliff con desesperación, mientras que por las noches he paseado por esa ciudad colombiana agobiante de calor, en la que el río resulta ser el mejor camino para un amor eterno, un amor que sobrevivió a su propia hecatombe con la singular obsesión de Florentino Ariza por la esquiva. cambiante, extraordinaria Fermina Deza. Todas las tardes, desde que volvió de Europa, he acompañado al doctor Juvenal Urbino en sus visitas médicas, y me he rendido por fin a los encantos de la señorita Lynch anhelando que Fermina no oliera las ropas del doctor y no descubriera su secreto. He jugado al ajedrez con Jeremiah de Saint-Amour y he ido y venido con las ciento cuarenta y tres cartas que Florentino Ariza escribió durante un año a Fermina tras la muerte de su marido. He temido que ella quemase las cartas sin leerlas. Me he alegrado de que no lo hubiese hecho, y de que, tras cierto tiempo, esas cartas obtuvieran una respuesta. He visitado con ella la hacienda de Hildebranda Sánchez, me he escondido en los lavabos con las primas a fumar los cigarrillos prohibidos, y he buscando con la vista los extintos manatíes en esa travesía que acabaría siendo perpetua, una travesía de toda la vida, de todo el tiempo que nos queda en este mundo. hasta encontrar al último de todos, abrazado a la madre en aquel rincón del río que también lleva los cadáveres de los muertos del cólera.
No sin un guiño del Plan, he descubierto que Florentino llegó a tener negocios con Joseph Conrad casi cuando (en otro momento), revisaba la obra de Patrice Chéreau, Gabrielle (2005), basada en un relato de Conrad (El retorno) con Isabelle Huppert y Pascal Greggory. Y he encontrado en la película francesa un matrimonio que pudo ser similar al del doctor y Fermina, pero por supuesto sin el incidente adúltero.
Con cuánto amor, con cuánta exacerbada enajenación vive el lector en unos cuantos días ese relato que abarca más de medio siglo de obsesión y de locura, y con cuánta curiosidad vemos a Florentino en brazos de todas esas amantes que no pudieron sustituir el perfume evanescente de Fermina en su alma. Qué pena nos da Escolástica, qué lágrimas vertemos por el inocente y turbio amor de la niña América Vicuña, verdadero antecedente de la niña adorada de Memoria de mis putas tristes . Todo libro nace mucho antes de ser escrito y América está aquí prefigurando aquella adolescente dormida de la nouvelle de 2004*.
Gabriel García Márquez El amor en los tiempos del cólera. Mi edición es de La Casa de las Américas, Cuba, 1986, pero naturalmente, hay otras mucho más recientes, como Barcelona, Mondadori, 2008.
* Gabriel García Márquez, Memoria de mis putas tristes, Barcelona, Mondadori, 2004.
23/03/2008
Bertold Brecht en Poemas y canciones

Fue un día del azul septiembre cuando,
bajo la sombra de un ciruelo joven,
tuve a mi pálido amor entre los brazos,
como se tiene a un sueño calmo y dulce.
Y en el hermoso cielo de verano,
sobre nosotros, contemplé una nube.
Era una nube altísima, muy blanca.
Cuando volví a mirarla, ya no estaba.
Pasaron, desde entonces, muchas lunas
navegando despacio por el cielo.
A los ciruelos les llegó la tala.
Me preguntas: «¿Qué fue de aquel amor?»
Debo decirte que ya no lo recuerdo,
y, sin embargo, entiendo lo que dices.
Pero ya no me acuerdo de su cara
y sólo sé que, un día, la besé.
Y hasta el beso lo habría ya olvidado
de no haber sido por aquella nube.
No la he olvidado. No la olvidaré:
era muy blanca y alta, y descendía.
Acaso aún florezcan los ciruelos
y mi amor tenga ahora siete hijos.
Pero la nube sólo floreció un instante:
cuando volví a mirar, ya se había hecho viento.

















































































