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El hombre del salto, de Don DeLillo

El hombre del salto, de Don DeLillo


"(...) El estrépito permanecía en el aire, el fragor del derrumbe. Esto era el mundo ahora. El humo y la ceniza venían rodando por las calles, doblando las esquinas, arremolinándose en las esquinas, sísmicas oleadas de humo, con destellos de papel de oficina, folios normales con el borde cortante, pasando en vuelo rasante, revoloteando, cosas no de este mundo en el fúnebre cobertor de la mañana..."

La obra (no sé si llamarla ’novela’), de DeLillo comienza con un mundo de súbito transformado en infierno: Keith baja las escaleras de una de las dos torres gemelas un 11 de septiembre. ve una camisa flotando en el aire chamuscado y huracanado. Una camisa que flota. Es una imagen que flotará también a todo lo largo de la obra. Igual que la figura del hombre del salto que le da nombre a la obra. Un hombre fue fotografiado mientras caía. Otro hombre, quizá superviviente del desastre, imita su caída durante meses, cayendo, con sólo la ayuda de un arnés, de los más diversos lugares, siempre repentinamente, siempre emulando, con su performance, ese minuto agónico en el que el hombre del salto verdadero huyó de una muerte de fuego y humo para enfrentarse a otra muerte inminente, cuando chocara con el suelo. Pero por un minuto, Ícaro, por un minuto ángel de luz, por un minuto grácil acróbata.

Esta obra no es un reportaje. Es un testimonio de vidas rotas, de vidas postapocalípticas pero silenciosas, vidas comunes, sin sentido, como otras vidas antes y después del 11-S. La prosa de Don DeLillo es seca, es escarpada y es hermosa. Hermosa como un desierto americano, inacabable y feroz.

Los personajes, meros muñecos: Keith, Lianne, Justin: esa familia rehecha aparentemente tras el desastre, pero en realidad desnucleada desde antes, durante y después del hecho. Nina y su amante, probable terrorista alemán en su juventud, pero ser enigmático, que abandona la escena sin explicar su porqué. La madre, el padre de Lianne, el suicidio de uno y la decadencia de la otra, otrora hermosa, inteligente mujer. El Alzheimer como dato, no sólo periférico, porque qué es el Alzheimer sino un olvido y una desmemoria, tal vez providencial, de la tragedia de la vida. Y por tanto se puede sonreír, incluso reír, y escribir, sí, escribir las memorias que se quedan como pedazos o retazos de esa camisa al viento que vio volar Keith ese día.

Historias fragmentadas, contertulios de poker, Cheng, Ramsey en su silla, abatido por al avión, muerto aunque no muerto todavía, cuando Keith intenta salvarlo. El Corán y la iglesia. los guerrilleros islámicos muertos, los mártires de sus creencias, las víctimas. Otro mundo nació o se reveló ese día. Y DeLillo no lo evoca en vano.

Un libro magnífico. Una prosa que dice tanto de nuestro tiempo como esa fotografía del hombre del salto, a la vez espanto y belleza.

Don Delillo, El hombre del salto, Barcelona, Seix-Barral, 2007 (Traducción de Ramón Buenaventura).


7 comentarios

Mariana la de los Libros -

Me encantó el libro Cosmopolis, de este mismo autor. Tendré en cuenta tu recomendación.

Daniel Rivas Pacheco -

Buena entrada, me he emocionado. He recordado, en un instante, los sentimientos que tuvo el 11 de septiembre.
Por supuesto, me apunto tu recomendación.

Un saludo

Jim -

Hola,
Dime una dirección de e.mail donde escribirte. Tengo una información para tu blog.
Un saludo.

Ferre -

En mi libreta de "futuros" tengo a De Lillo y su "Ruido de fondo". No he leído nada de él... todavía. Pero esa imagen casi surrealista de los "folios normales con el borde cortante, pasando en vuelo rasante" me incitan a empezar a leer algo de él. (¡Cuánto que leer y cuán poco tiempo disponible!)

Saludos,

Ferre

Jordi M. Novas -

DeLillo es grande, y esta obra también.

isabelbarcelo -

Esta reseña invita, desde luego, a la lectura de esta obra. Me ha gustado muchísimo tu texto, lo tuyo son también obras de arte, de las que se guardan en joyero. Un abrazo, querida amiga.

Toronaga -

Buen artículo, El hombre del salto, de Don DeLillo, es de lo mejorcito...