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El Palacio de la Luna

El Palacio de la Luna Por Gabriela Zayas

“El Palacio de la luna” narra la historia de Marco Stanley Fogg desde sus inicios como huérfano ignorante de su orfandad, hasta el momento en que, después de un via crucis iniciático, mete los pies en el Gran Océano y recomienza su historia. En esa literal travesía del desierto, Fogg, como Phileas, recupera su día perdido. Gana su apuesta y se convence, por fin, de que puede vivir.
La pérdida (en este caso del tío Víctor, su único familiar vivo), como en otras obras de Auster, da pie al comienzo del duelo: el duelo es el primer paso de la desaparición del mundo: “Al final, el problema no era la pena, la pena era la primera causa tal vez… pero…toda una cadena de fuerzas se había puesto en marcha” y la vida de Fogg comienza a desvanecerse al mismo tiempo que desaparecen las cajas con los libros que ha heredado de Víctor.
Para mí, uno de los pasajes más emocionantes de toda la literatura actual se encuentra en esos fragmentos en los que Víctor deja a su sobrino, apilados eclécticamente en cajas de cartón, sus 1492 volúmenes: poemas, novelas, filosofía, libros de ajedrez y opúsculos de ínfima calidad, amontonándose en el orden de sus etapas vitales, ilustrando su vida por épocas. M.S. Fogg convierte esas cajas primero en mobiliario, apilándolas de diversas formas, haciendo con ellas bases para el colchón, mesas, taburetes… pero después, iniciada ya la caída, comienza a leerlos para poder, después, venderlos al librero de viejo. A medida que su dieta se hace cada vez más escueta, Fogg pierde la capacidad de comprender las palabras de los libros de Víctor, pero tenazmente, en homenaje amoroso, no puede venderlos sin antes, al menos, pasar sus dedos por cada renglón. Pocas veces se ha descrito un homenaje de amor más conmovedor que éste: “Así fue como terminé la tarea: como un ciego leyendo en braille. Si no podía leer las palabras, al menos quería tocarlas”.
Y así, poco a poco, el joven estudiante de Columbia University termina su carrera casi ciego, convertido en un esqueleto de campo nazi, en medio de Nueva York: orgulloso de no haber cedido a soluciones. Dispuesto a esfumarse de la vida. El periodo eremita de Fogg no ha hecho más que comenzar, pues aún tiene un techo; pero pronto lo perderá y se convertirá en el náufrago que vive bajo las estrellas, privado de todo, en Central Park.
Estas páginas mágicas nos recuerdan la terrible precariedad de nuestras vidas, y cómo la privación de aquello que amamos devasta nuestras vidas. Los personajes de Auster son seres que aceptan esa radical fragilidad; que no la eluden, que la admiten y la viven a fondo y llegan hasta rozar los labios de la muerte, convencidos de que no pueden hacer otra cosa que escapar de la vida, que estar muertos en vida para purgar. Para sufrir. Son personajes que beben hasta el fondo del vaso esa cicuta que se llama dolor o se llama soledad. Que admiten el desamparo de una manera total, sin medias tintas ni componendas. He ahí su grandeza.
Su extraordinario encuentro con Kitty Wu cuando en realidad busca a David Zimmer (luego protagonista de “El libro de las ilusiones”), es típico de Auster: el reconocimiento de la igualdad de ambos “gemelos” es fulgurante. Y ella será el ángel que, en compañía de Zimmer, le salvará del naufragio en Central Park porque como dice Fogg:”Yo había saltado desde el borde y entonces, en el último instante, algo me cogió en el aire. Ese algo es lo que defino como amor. Es la única cosa que puede detener la caída de un hombre, la única cosa lo bastante poderosa para invalidar las leyes de la gravedad”.
Desde esa salvación, el camino de Fogg se cruzará con la de Effing, un extravagante millonario ciego e impedido, que va a narrarle su vida y sus memorias (que como en otras novelas de Auster constituye una novela dentro de la novela),y que va a conducirle, inexorablemente a encontrar por fin la identidad del padre desconocido. Fogg conocerá la piedad por un camino tortuoso, extraño. Y después de un viaje iniciático y revelador a pie por el desierto americano, en el que romperá cinco pares de botas, llegará a su propio lugar fundacional. Renacido, encontrará por fin su verdadera patria “Aquí es donde empiezo, me dije, aquí es donde mi vida comienza”

2 comentarios

cristina -

gracias!!aunke rpeferiria el final ams detallado ya q es muy importante

Andrea -

Agradecerte sobre todo la sencillez y calidad del texto. Justo hace unas semanas compré este libro y buscaba un puntapie para iniciarme en su lectura.