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La Inglaterra isabelina

Elizabeth, de David Starkey

Elizabeth, de David Starkey

No es ningún secreto que la historia es una de mis aficiones favoritas, especialmente la de los siglos XVI y XVII, aunque en tiempos también me apasionó la del XVIII Novohispano. Y una de las más atractivas es la de la Inglaterra Tudor. Nunca comprendí por qué razón los historiadores ingleses son tan amenos, tan agradables de leer. Lynch, Carr, Schiama, incluso Kamen. Y Starkey es uno de ellos, además de ser un genial divulgador a través de sensacionales documentales en los que sus conocimientos se entrelazan con su vehemente manera de contar porque ¿qué es la historia sino una de las más maravillosas o terribles narraciones que podemos escuchar o leer?

De modo que tras haber visto su serie sobre la monarquía inglesa desde sus inicios (reyes sajones y normandos, etc.), he comprado vía internet su biografía de Elizabeth, personaje a todas luces brillante y enigmático, que me es bastante familiar. De muy niña leía aquellas biografías de André Maurois o de Stefan Zweig de la biblioteca de mi abuelo y el género siempre me ha fascinado. Sobre Gloriana tengo un buen puñado de estudios, incluso iconográficos (la representación pictórica es muy esclarecedora, con todo su simbolismo y su importancia como propaganda, bien conocida desde siempre por los poderosos), de los que alguna vez he dado cuenta aquí.

La lectura de esta biografía me ha resultado muy fructífera. Lo ha sido porque Starkey no sólo se ocupa en este libro de una etapa que los otros estudiosos han visto por encima (la etapa inicial, la del aprendizaje, como la llama Starkey), sino porque estudiándola, se dilucida todo lo que después fue la personalidad de la monarca inglesa en su plenitud. En su infancia y en su adolescencia, en sus años formativos, encontramos el germen de lo que Elizabeth fue (y de manera muy importante, también lo que no quiso ser ) durante los 45 años de su reinado. Por otro lado, Starkey se introduce en los documentos de la época con rara habilidad para que nosotros, profanos, podamos sacar nuestras propias conclusiones. Él también nos ilustra, claro está, sobre la significación de las cosas pequeñas, porque todo significa, y mucho más en esa época y en esas circunstancias. 

El libro de Starkey no sólo está escrito con todo el vigor y el entusiasmo que posee su autor: también tiene la precisión y la objetividad necesarias para que el resultado sea un libro imprescindible para conocer no sólo a la monarca, sino a la mujer cuyos primeros años de vida estuvieron marcados por la muerte de su madre y la incertidumbre  de su papel en la corte, tanto en la época de su padre, Enrique VIII, como en la de su hermana, María Tudor. Resulta muy interesante observar cómo fue educada Elizabeth por los mejores maestros, como Roger Ascham o  William Grindal. Cómo aprendió latín y griego perfectamente, a través de un método de traducción doble (primero traducía el texto original al inglés, y cuando ya había ‘olvidado’ el original tenia que traducirlo del inglés y conseguir el mismo texto en latín o griego que habían escrito los grandes autores que debían convertirse en su modelo). Con ello, su maestro decía que no sólo aprendía a traducir, sino a introducirse en la mente de los grandes escritores como Cicerón o Sófocles. Por supuesto, Elizabeth dominaba también el francés, el italiano, el español, y era música consumada y no mala poeta. 

En los primeros capítulos, Starkey nos recuerda la feroz inteligencia y raras virtudes de Enrique VIII en su época de príncipe. Porque el denostado (y con razón) Enrique, el padre de Elizabeth, fue el príncipe más culto de Europa: latinista, músico, poeta, teólogo y erudito. Enrique pasó de ser un príncipe de encantamiento a ser un tirano cruel e inestable. Ese tránsito del sueño a la pesadilla fue vivido por Elizabeth desde muy tierna edad, cuando su madre fue decapitada por orden de su padre y ella pasó de ser princesa de Inglaterra a ser simplemente Lady Elizabeth, una niña declarada bastarda que no tenía ropa que ponerse y cuya Casa fue desmantelada sin que ella pudiese comprender por qué, cuando sólo tenía tres años y medio.

Según Starkey, es imprudente o por lo menos temerario hablar de la influencia que pudo tener en Elizabeth la muerte de su madre, ya que nunca habló o escribió sobre ella. En cambio, sabemos que tuvo por su padre una constante adoración. Enrique llegó también a apreciar las cualidades ostensibles de la joven Elizabeth; su inteligencia era preclara y su cuidadosa preparación intelectual fue un hecho no ajeno al interés de su padre por los estudios. Para la historia de las mujeres es un dato curioso: tanto las hijas de Enrique como las de Thomas Moro por ejemplo, o la misma Isabel la Católica y su hija Catalina de Aragón (primera esposa de Enrique e hija de los Reyes Católicos), fueron mujeres cultísimas, que tuvieron como profesores a las mejores mentes europeas de su tiempo. También lo fue Ana Bolena, madre de Elizabeth.

Una vez muerto su padre, Elizabeth pasó a vivir con su madrastra, Katherine Parr, quien a los pocos meses casó con Thomas Seymour. Entonces ocurrieron aquellos acontecimientos dudosos que hicieron pensar a todos que Seymour había abusado de la ingenua Elizabeth (entonces de 14 años), metiéndose en su cama por las mañanas, haciéndole cosquillas e incluso haciendo trizas su vestido con una daga en presencia de la supuestamente muy virtuosa Katherine Parr, que murió de parto semanas después del oneroso incidente. Puede que Seymour considerara la posibilidad de casar con la princesa antes de ser llevado a la torre y decapitado, una orden dada por su propio hermano, consejero del joven monarca Eduardo VI. Elizabeth estuvo en peligro de muerte por este affaire y Starkey señala dos puntos importantes: uno, que todos los hombres que ella amó tenían el mismo perfil físico y psicológico de Seymour y dos, que desde ese momento ella se dio cuenta de lo peligroso que era el amor físico. Probablemente, especula Starkey no sin razón, fue el episodio de Seymour y no la muerte de Ana Bolena, su madre, una de las razones principales  que la apartaron para siempre del matrimonio. Siendo una joven de 16 años, Elizabeth supo capear el temporal y consiguió salvar la vida, pero nunca más se dejó llevar a mares tan procelosos y fue infinitamente reacia a comprometerse con ningún hombre, a pesar de sus sentimientos por Robert Leicester, por Lord Essex o por el duque de Anjou.

Cuando su hermano Eduardo VI se sentó en el trono, Elizabeth gozó de tranquilidad y de una situación en la corte muy favorable. Le fue entregada la cuantiosa herencia que Enrique VIII le había asignado: las tierras, los palacios, el dinero. Ser protestante la colocó en una luz muy favorable ante el rey, que la quería mucho y que era un fanático de la reforma de la Iglesia. Mientras, María Tudor oscilaba entre el amor fraternal y el rechazo que su religión católica causaba en su hermano y en el Consejo. A todas luces, María era un problema. Ninguna de las dos medio-hermanas estaba casada cuando el jovencísimo Eduardo murió. El rey, a sus 15 años, era también un chico precoz, inteligentísimo y muy cultivado, y de su propia mano escribió unas disposiciones testamentarias que alejaban a las dos mujeres que más quiso del trono inglés. Era lógico que alejara a María, a causa de su religión. Preveía Eduardo que su acceso al trono podría causar una guerra de religión aún más temible que la guerra de las Dos Rosas que había enfrentado a los Lancaster y a los York y que se había resuelto con el matrimonio de su abuelo Enrique VII con Isabel de York, su abuela. Su razón para excluir a María fue la declaración de bastardía (arguyendo, como hizo su padre, que el matrimonio entre Enrique VIII y Catalina de Aragón era nulo, por haber sido ella viuda del hermano de su padre, hecho que según las Escrituras constituye un delito atroz: es un incesto y como tal, está maldito).  Eduardo aparta también a Elizabeth de la sucesión, por considerar también que es bastarda e hija de una adúltera. Eduardo no quiere una mujer en el trono inglés como sucesora, pero su problema está en que todas las posibles candidatas son mujeres: sus hermanas, María y Elizabeth, su prima María Estuardo (que además es católica como María Tudor, su hermana), las hijas de su tía Mary, nombrada en el testamento de su padre, e incluso las nietas de su tía. En un periodo cortísimo, casa a todas estas jóvenes (las Grey) y nombra como sucesora a Jane Grey, sobrina-nieta de su padre y que reinó 9 días y terminó siendo decapitada en la Torre por orden de María Tudor, la legítima sucesora de Eduardo VI.

Cuando su hermana sube al trono, la vida de Elizabeth se complica tremendamente. María la presiona para que abrace la religión católica. La apresa, la vigila estrechamente. Elizabeth parece que cede. En realidad, se prepara para cuando llegue su momento, pero antes que nada, lucha denodadamente para no morir en la torre, como su madre, como Jane Grey, como Seymour.

Más de una vez Elizabeth burla el peligro y la muerte, pues como vemos más adelante, se ve envuelta en todas y cada una de las conspiraciones que quisieron derrocar a María Tudor del trono inglés a causa de su catolicismo. Elizabeth, según Starkey, probablemente participó en estas conspiraciones, aunque fue lo suficientemente hábil como para no dejar prueba de ello, por lo que su hermana María no pudo involucrarla. Por otra parte, María vivió pendiente de su tardía boda con Felipe II, y de sus esperanzas, siempre fallidas, por tener un heredero. Cuando esto no ocurrió y supo por fin que moría para dejar su reino en manos de la protestante Elizabeth, María no luchó ni maniobró para impedirlo. 

En muy corto periodo de tiempo, Inglaterra había pasado de ser una nación católica a ser protestante, pero sobre todo, a tener una religión nacionalista, ajena a Europa e independiente de Roma. Volvió luego el catolicismo con María Tudor, para después regresar al Acta de Supremacía y a la independencia del Papa en el reinado de Elizabeth. Y todo ello no se hizo sin que corrieran ríos de sangre, tanto católica como reformista. 

La gran aportación de Enrique VIII a Inglaterra fue esta reforma religiosa, y a pesar de su crueldad a la hora de arrasar abadías y conventos, con ello configuró la Inglaterra actual, independiente, insular. Su hija contribuyó a ello instaurando una religión que estaba a medio camino entre el catolicismo (ya que no renunció a ciertas formas católicas, a ciertos símbolos y ornamentos, a ciertas prácticas antiguas), y el protestantismo, del que es jefe supremo el soberano inglés. No quiso Elizabeth profundizar en las almas de sus súbditos que, más que católicos o protestantes, se sintieron siempre ingleses y súbditos suyos, pero no pudo eludir el reto que significaba la presencia en Inglaterra de María Estuardo, su más que probable sucesora, que volvía a plantear el cambio de religión de haberla sobrevivido. 

Elizabeth supo aprender de los errores de sus predecesores. No cometió los errores de su padre, con su insana crueldad, ni de su hermano Eduardo VI, con su tremendo fanatismo, ni los de María, con su celo religioso y su incapacidad para reinar sola. Elizabeth fue una reina de este mundo, no del otro, y su tiempo quedó como la etapa más gloriosa de la historia inglesa, como una edad de oro.

Starkey muestra en esta biografía la crucial importancia del tema religioso en los años formativos y en los primeros años del reinado de Elizabeth, y no dedica más de un capítulo al asunto de los amores de la joven protagonista. Eso también es de agradecer.

 

(Por cierto que el libro me costó un céntimo más los portes en amazon)

David Starkey, Elizabeth (Apprenticeship), Vintage, London, 2000.

 

 

El teatro inglés (Siglos XVI y XVII)

El teatro inglés (Siglos XVI y XVII)

El teatro isabelino (Teatro del Siglo de Oro inglés, que abarca desde finales del siglo XVI hasta mediado el siglo XVII), está unido inextricablemente, para nosotros, al nombre del Cisne de Avon. William Shakespeare, aunque en su época fue mucho más famoso Christopher Marlowe, y también fueron populares John Ford y Ben Jonson. Sin embargo, la feliz carrera como autor de Marlowe se vio truncada por su temprana muerte, ocurrida en el transcurso de una pelea en una taberna de Deptford. Marlowe murió de una puñalada en un ojo.

El teatro tenía mala reputación. Las autoridades de Londres lo prohibieron en la ciudad, por lo que los teatros se encontraban al otro lado del río Támesis, en la zona de Southwork o Blackfriars, fuera de la competencia de las autoridades de la ciudad.

 

Las representaciones se hacían durante el día, las mujeres no podían subir al escenario, por considerarse que esa actividad era deshonesta. En su lugar, jóvenes sin barba, afeminados o no, tomaban los papeles femeninos a su cargo.

El primer teatro conocido se llamaba, precisamente, el “Teatro” y se erigió en Shoreditch en 1576. Antes de él, las representaciones se llevaban a cabo en patios de posadas o en plazas públicas, como en España. También se hacía teatro en las casas de los nobles; sin embargo, se ejercía un gran control (censura), sobre el contenido de las obras.

Después del “Teatro” se abrieron otros, sin techo y con una estructura similar a las del teatro de Almagro o el Corral del Príncipe en España, sólo que con la característica de que su planta era poliédrica y no rectangular: La Rosa (1587) y La Esperanza (1613). El más famoso fue el teatro del “El Globo” (1599), de la compañía de William Shakespeare fue el que mayor fama tuvo. Shakespeare aparece, en algunos programas de la época, como actor (por ejemplo, fue el narrador en “Enrique V”), y fue accionista, además de autor.

Este teatro estuvo activo únicamente hasta 1613, cuando un cañón utilizado en la representación de “Enrique VIII”, fue causante de un incendio. La mayoría de teatros eran de madera y paja, por lo que ardió hasta consumirse totalmente. El sitio se redescubrió en el siglo XX y ha sido reconstruido completamente.
 
Estos teatros podían acoger a varios miles de personas, la mayoría de pie delante del scenario, otras sentadas en los laterales. Se llamaba “el cielo” a las localidades más alejadas. Era en estas zonas provistas de sillas, adonde acudían los comerciantes, los aristócratas e incluso la reina Isabel (de incógnito), que amaba el teatro.

El horario: Las representaciones se hacían a primera hora de la tarde, pues no había luz artificial, ya que los teatros no poseían techo. Las mujeres podían acudir a las representaciones, aunque como hemos dicho, no podían actuar. Las mujeres de la nobleza con frecuencia usaban máscaras de carnaval para acudir a las representaciones sin ser reconocidas.
No había escenografía, y los lugares en donde ocurría la acción se describían en la propia obra o era paseado un cartel que indicaba un cambio de locación (como en “Romeo y Julieta”).

El escenario constaba de una parte trasera que se usaba como camerinos y “entre cajas” para la entrada y salida de los comediantes, una parte baja, que en el caso de “El Globo” era redonda, y un segundo nivel, o segundo piso, en que se llevaban a cabo algunas escenas simultáneas o alternadas (como la escena del balcón de “Romeo y Julieta”, o la muerte de Falstaff en “Enrique V”).

En las obras inglesas era frecuente el uso de lo que en cine se llama “La voz en off”, o narrador. Este narrador explicaba algunas cosas imposibles de escenificar, introducía la obra y la concluía. Es interesante en grado sumo analizar sus intervenciones en algunas obras de Shakespeare o de Marlowe, pues parte del argumento de la obra procede de él.

Sólo existió un teatro rectangular en Londres, que se llamaba "La escuadra". Similar en todo a los corrales españoles.              

Asimismo, Shakespeare, en "Hamlet", se queja, a través del personaje de un actor que visita el Palacio del rey de Dinamarca, del éxito, absurdo e injusto de la compañía de niños actores, que en su tiempo arrasaba.

Nota: una lectora me ha señalado que en el articulo original, publicado en 2005, ya no aparecían las imágenes, de modo que lo he modificado y las he vuelto a incluir, esta vez en un diaporama.

Género e identidad sexual: el caso de Mary Frith, también conocida como Moll Cortabolsas

Género e identidad sexual: el caso de Mary Frith, también conocida como Moll Cortabolsas

Estaba leyendo el libro de Renaissance Drama para mi próximo curso de Primero de bachillerato, cuando me he visto obligada a repasar algunas de las obras de Shakespeare, concretamente, Noche de Epifanía (Twelfth Night) en que, como en otras comedias europeas de la época (también en Lope y en Calderón), hay un cambio de sexo aparencial: las mujeres visten de hombres y asumen un papel masculino.
Y leyendo la obra, me encontré con una referencia a otra comedia, ésta de Middleton y Decker, llamada Roaring Girl, (estrenada en Londres en 1611), en la que se cuenta la historia real de una mujer que, como la Monja Alférez, trangredió las normas de la época tanto en lo que se refiere a su vestuario (vestía ropa masculina), como en su profesión: era una conocida ladrona que, al parecer, también se dedicaba a proporcionar mujeres a los hombres y hombres a las mujeres. Se decía que tenía los dos sexos, que era hermafrodita, y en Londres se cobraba por mostrar un retrato suyo, desnuda, en que aparecía con atributos genitales mixtos.
Nació en 1584 y murió de hidropesía en 1659. Fue hija de un zapatero y se dice que fue criada con todos los cuidados y que recibió una buena educación, sólo que en la adolescencia comenzó a vestirse de hombre, frecuentó tabernas y prostíbulos en los que bebía y fumaba públicamente y perfeccionó las artes de su oficio de ladrona.
Es obvio que fue muy popular en su época, que consiguió casarse (al parecer para probar que no se la podía llamar ’solterona empedernida’ en los romances y canciones), y que su leyenda fue acumulando cada vez más historias sobre su audacia y su indudable valor en todo género de duelos y peleas.
Tres años después de su muerte se publicó una biografía.

Robert Dudley, Earl (conde) de Leicester: Sweet Robin

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Si la reina Elizabeth I de Inglaterra amó alguna vez a alguien que no fuera ella misma, fue a Robert Dudley, Earl (conde) Leicester a quien llamaba ‘Mi dulce Robin’ y ‘Mis ojos’.

Durante la etapa Tudor, tres generaciones de Dudley estuvieron muy cerca del trono, no siempre para bien.
Edmund Dudley, el abuelo de Robert, fue ministro de Finanzas de Enqrique VII, el primer Tudor (tras el trágico fin de Ricardo III, la guerra de las dos rosas terminó con el matrimonio de Enrique VII (un Lancaster) y Elizabeth de York). El padre de Robert John Dudley, caballero de la Jarretera,  fue Consejero Privado de Edward Seymour en tiempos de Eduardo VI y fue nombrado por éste, primero Conde de Warwick y luego Duque de Northumberland. Tanto Seymour como Dudley terminaron sus días decapitados por traición.
Robert nació el 24 de junio de 1532, del matrimonio de John, conde de Warwick y duque de Northumberland, en esos días el hombre más poderoso de Inglaterra, y lady Jane Guildford. El matrimonio tuvo 13 hijos. Robert era el quinto vástago, pero sólo llegaron a vivir la gloria de Elizabeth, Ambrose, Mary y Catherine. Mary es quien ha pasado a la posteridad por haber sido la madre de gran poeta renacentista inglés (equivalente en importancia a Garcilaso), Sir Philip Sydney.
Robert Dudley creció en los alrededores de la ciudad de Londres y en su casa natal de Sussex. Su relación con la que después sería la reina Elizabeth data de su infancia: la conoció cuando ambos tenían 8 ó 9 años y compartían los estudios en el palacio real. Se hicieron muy amigos, esta amistad duraría toda su vida. Robert era tan inteligente como Elizabeth, aunque no le interesaban los clásicos, como a ella. Fue educado por John Dee, igual que todos sus hermanos. Y gustaba sobre todo de las matemáticas, la astronomía y el cálculo. Era un gran jinete (Elizabeth también era una amazona notable) y un atleta sobresaliente.
Ya desde entonces, según comentó él alguna vez, Elizabeth decía ‘que jamás contraería matrimonio’. La trágica muerte de su madre, Ana Bolena, probablemente la apartó para siempre del sacramento que tan caro le costó a su progenitora.
En junio de 1550, cuando tenía 18 años, Dudley casó con Amy Robsart, hija y heredera de un caballero de Suffolk que le aportó numerosas propiedades en Norfolk. Siendo el quinto hijo, un matrimonio con una heredera era algo muy deseable, puesto que él no iba a heredar títulos o propiedades de su padre. A su boda asistieron tanto Edward VI como la princesa Elizabeth. La propiedad de Norfolk también le llevó a la Cámara de los Comunes. Un año más tarde, pasó a la Cámara de los Lores, en donde intervino en varios asuntos referidos a otros nobles, a pesar de su juventud.
Cuando Robert cumpió 19 años, su padre le hizo entrar en el Consejo privado del joven rey Edward VI.
Poco antes de la muerte de Edward VI, a Dudley se le concedieron tierras en Northamptonshire y Leicestershire. Claramente, Northumberland esperaba que Robert levantase a sus vasallos en favor de la subida al trono de Jane Grey, que era su nuera, en contra de la legítima heredera del trono, Mary Tudor, conocida después como Bloody Mary, hija mayor de Enrique VIII, de su primer matrimonio con Catalina de Aragón.
En julio de 1553, el Consejo privado ordenó la aprehensión de John Dudley (Northumberland) y de sus seguidores y fue llevado a la Torre de Londres. En 1554 se declaró culpable de traición ante el jurado de la ciudad de Londres y fue sentenciado a muerte y ejecutado.
Robert fue hecho prisionero junto con su padre y sus hermanos en la Torre de Londres. A la sazón, ahí estaba presa también Elizabeth, manchada por sospechas de complicidad con la rebelión de Thomas Wyatt en contra (también) de su hermana Mary. La leyenda dice que fue ahí donde surgió el amor entre Robert y Elizabeth.
John Dudley, padre de Robert, fue ejecutado y también lo fue su hermano menor Guildford, casado con Jane Grey, quien también fue ajusticiada. Ambos jóvenes fueron víctimas e instrumentos de la ambición de Northumberland, el padre de Robin.
La reina Mary no quiso mancharse más de sangre, que adivinaba inocente, y habiendo desaparecido la amenaza principal a su trono en las figuras de Lady Jane Grey y de dos Dudleys, dejó en libertad al resto de los hermanos en octubre de 1555 y los perdonó poco después.
El hermano mayor de Robert, John, murió poco después. Los tres hermanos restantes, Ambrose, Robert y Henry pasaron a formar parte del séquito inglés del rey Felipe II, a la sazón en Inglaterra como marido (desgraciado) de Mary Tudor.
En 1557, los tres pasaron a luchar con las tropas de Felipe en San Quintín, obteniendo a cambio la devolución de sus propiedades familiares, que habían sido incautadas por la reina con el asunto de Lady Jane. En San Quintín murió Henry Dudley. Robert volvió a Inglaterra como mensajero de Felipe. Sus servicios fueron recompensados ampliamente, pues le fueron devueltos todos sus privilegios a él y a sus hermanos y hermanas en 1558.
Por esta época, parece que Robert tuvo que vender algunas propiedades para auxiliar a su amiga Elizabeth, que tenía dificultades económicas, pues su hermana Mary se sentía celosa de ella, y molesta por su obstinada lealtad a la fe protestante. Elizabeth nunca olvidó ese gesto de lealtad de Robert.
Poco después murió Mary y Elizabeth, en 1558, por fin accedió al trono de Inglaterra.
De inmediato, Dudley fue nombrado ‘Master of the Horse’, un cargo que le aseguraba pingües ingresos y presencia en la corte. Organizaba las apariciones públicas y las diversiones de la reina: él también amaba la música, los bailes, el teatro y la música. Todos comprendieron la preeminencia del favorito de Elizabeth. Situación que duró, con intermitencias, 30 años. Se rumoreaba que había intimidad entre ellos, pero nunca se supo el grado…Ella le permitía entrar en sus habitaciones a cualquier hora, pero vigilaba, porque no era una mujer imprudente.
Dudley era el hombre más odiado de Inglaterra. Era arrogante y poderoso, dispendioso y a menudo fanfarrón. Pero ella le adoraba y no podía pasar sin él. Por su parte, es evidente que él, más allá de su ambición – lógica- por hacerse con la mano de Elizabeth y el reino-, la quería sinceramente.
La muerte de Amy Robsart iba a ser el obstáculo mayor para su improbable matrimonio. La mujer de Dudley fue encontrada con el cuello roto al pie de la escalera de su casa de Oxfordshire, en un día en que los sirvientes no estaban. Dudley tampoco, pero aún así, se rumoreó que había sido un asesinato. Hubo una pesquisa y él resultó inocente, pero Elizabeth no podía ya casarse con él, de haberlo deseado (cosa que dudo). A no ser que hubiese aceptado pasar a la historia como posible cómplice de un asesinato. Probablemente fue una caída accidental, debido a una fractura espontánea de huesos, ya que Amy padecía un cáncer de pecho muy avanzado. En todo caso, él no salió indemne del suceso a pesar del veredicto de inocencia. Robert esperó inútilmente que Elizabeth aceptase casarse con él, hasta 1578, en que por fin, se casó secretamente con Lettyce Knollys, prima de Elizabeth y madre de Robert Deveraux.
Mientras tanto, Robert fue nombrado miembro del Consejo Privado de la reina en 1762, y recibió los títulos de barón de Denbigh y conde de Leicester. Tuvo un hijo con Lady Douglas Sheffield (ella alegó que habían contraído secreto matrimonio, pero no le fue reconocido, aunque sí el hijo, también llamado Robert, único descendiente varón de Dudley) . En 1578, Dudley casó secretamente como hemos dicho, con Lettyce, con quien tuvo dos hijos varones, ambos muertos: el primero poco después de nacido, el segundo, a los 4 años de edad. Su muerte causó a Dudley el más atroz de los sufrimientos: sabía que su descendencia y su nombre se perdían con él.
En 1585, la reina le nombró Comandante de su ejército en Flandes. La región se rebelaba contra España y los ingleses se aliaron con los holandeses. No tuvo mucho éxito y gastó enormes sumas de dinero. La ambición sin límites le llevó a actuar casi como un virrey y a crear una falsa corte, con Lettyce como ‘virreina’, lo que enojó especialmente a Elizabeth. En 1588, Robert acompañó a Elizabeth a Tilbury, ocasión que recogen todas las crónicas, cuando la Armada Invencible amenazaba las costas inglesas. Fue en esa ocasión memorable cuando estuvieron juntos por última vez.
Dudley padecía cáncer de estómago y ya estaba muy débil. De camino para tomar las aguas, murió en su casa de Oxfordshire en septiembre de 1588 y fue inhumado en la capilla de Beauchamp de la iglesia de Saint Mary, en Warwick.
Elizabeth siempre conservó sus cartas como si fueran un tesoro. Al saber que había muerto, se encerró en su habitación, presa del dolor y del pánico. Estuvo encerrada tres días. Le sobrevivió 15 años. El hijastro de Dudley, Robert Deveraux, Lord Essex, nunca fue tan amado, nunca mereció, como su padrastro, la confianza de Elizabeth.

He traducido y adaptado de aquí. Las imágenes proceden de la misma fuente.

 

 

 

 

 

 

Robert Deveraux, conde de Essex: una biografía

Robert Deveraux, conde de Essex: una biografía Me gusta mucho la historia, y la del Renacimiento europeo aún más. De tanto en tanto, encargo algún libro sobre este tema. Hace algún tiempo me llegó Robert, Earl of Essex, An Elizabethan Icarus, que hoy me propongo reseñar. Después del libro de Elizabeth y Essex, escrito por Lytton Strachey, la de Lacey es sin duda la mejor forma de acercarse a este extraño personaje, lleno de encanto y de ambición. El Renacimiento inglés nos ha dado algunas figuras de cortesanos relevantes como Philip Sydney o Lord Essex y en menor medida, el conde de Southampton, inmortalizado por su protegido, William Shakespeare. El libro que me ocupa hoy nos ofrece una biografía detallada del último favorito de la Reina Elizabeth I: Robert Devereaux , conde de Essex ( 1567, Herefordshire-1601, Londres), que fue un caballero hermoso, culto, pero un poco simple, muy renacentista –entre el refinamiento y la barbarie, entre la cultura y la simplicidad de juicio-, impetuoso, narcisista, equivocado en cuanto a una materia tan delicada como el favor de la reina. Una reina tan compleja como imprevisible, cuya atracción senil por el hijastro de su primer amor, Robert Dudley, conde de Leicester, terminó trágicamente. Francis Bacon, quien fue primero su protegido y después su peor enemigo, le escribió: Siempre lamentaré que su Excelencia volase con alas de cera, poniendo a prueba de nuevo el destino de Ícaro.

Robert Deveraux, Earl (conde) Essex nació de la unión de Lettice Knollys (prima de la reina Isabel) y Walter Deveraux, primer conde de Essex. Los Deveraux no pertenecían a la rancia nobleza inglesa, cien años antes del nacimiento de Essex ni siquieran eran vizcondes. Su familia subió como la espuma, al tiempo que crecía la estrella de los Tudor.

 


 

Lettice Knollys fue la segunda esposa de Robert Leicester, el primer amor de Isabel, a quien ella llamaba ‘Mis ojos’. La unión de Leicester y de la reina se hizo imposible desde el momento en que él estaba casado con Amy Robsart. Pero aún más imposible fue cuando enviudó, dado que la muerte de su esposa se dio en extrañas circunstancias. Hubo un juicio, del que Leicester salió indemne, pero la reina de Inglaterra no podía casarse con un hombre que había sido acusado del asesinato de su esposa. Corría el riesgo de que se pensase que ella había sido cómplice y que el juicio había sido una cortina de humo para consumar un matrimonio que, a ojos vistas, ella deseaba.


Viendo que su reina no movía ficha en el tablero, Leicester casó secretamente con Lettice en segundas nupcias, hecho que puso tan furiosa a Elizabeth que le retiró el favor a Leicester durante muchos años. La reina era celosa.

Lettice era la hija mayor de sir Francis Knollys, uno de los principales consejeros de la reina y era nieta de María Bolena, la hermana mayor de Ana, que había sido amante de Enrique VIII antes de que su hermana se casara con el rey, con tan mala fortuna que terminó perdiendo (literalmente) la cabeza por él.

 

 


Cuando Leicester llevó a Essex, su hijastro (muchos creían que en realidad era su hijo), a la corte, sabía lo que hacía: su relación con Elizabeth se había convertido en una amistad amorosa, constante, pero ya no imprescindible para ella. Leicester jugó a su peón, el bello Essex, y naturalmente, dio en la diana.

     

                                


Cuando Isabel lo conoció, Essex tenía pocos años. Ella le dijo que era un hermoso muchacho y siguió llamándolo siempre así, ‘My boy’.

Essex carecía de fortuna. Podríamos decir que era el noble más pobre de Inglaterra. Su padre había perdido enormes sumas de dinero guerreando por Isabel. Guardaba sólo aquellas propiedades imposibles de vender por ley. Lettice había caído en desgracia en la corte isabelina desde su matrimonio (secreto) con Leicester. Ya no tenía influencias ni contactos. Essex se veía así, constreñido por un problema que le acució durante toda su vida: la pobreza. Sólo el favor de la reina le podía dar aquello de lo que carecía: dinero, y con él, poder y gloria.

Leicester, su padrastro, no había sido tan ambicioso porque no había sido tan pobre. Mientras tuvo el favor de la Reina peleó por ella con varia fortuna y obtuvo puestos importantes, pero jamás aspiró a todo, o quizá lo disimuló mejor que su hijastro. Leicester nunca conspiró.

Essex era distinto.

Peleó, con desigual fortuna por su reina en siete expediciones, y en cuatro de ellas como comandante. Reorganizó su servicio secreto, modernizándolo, pues desde los tiempos de Sir FrancisWalsingham (de quien era yerno), las cosas habían cambiado. Fue patrono y protector de Francis Bacon y del poeta Edmund Spencer, uno de los cantores oficiales de Gloriana, y puede que también protegiera a Shakespeare ocasionalmente.

Essex fue también poeta, como todos los de su generación, aunque jamás llegó a tener la fama y la gloria que le tocó disfrutar a Philip Sydney, el príncipe de los poetas ingleses de su tiempo. Sydney se había enamorado locamente de una hermana de Essex, Penélope Deveraux, su musa, quien le inspiró los hermosísimos sonetos seriados recogidos en el volumen Astrophel y Stella. Pero Penélope estaba casada con Lord Rich, de modo que Sydney se contentó con cantar la belleza de ella, su amor y su frustración amorosa en poemas que sólo tienen un parangón en Europa: los sonetos de Garcilaso de la Vega a Elisa. Sydney se casó con Frances Walsingham, hija del consejero de la reina y jefe de su servicio secreto. La bella Francis, al morir Sydney, se casó con Essex.

 

 

 

 

Hoy día tenemos bastantes razones para pensar que Isabel en realidad no llegó nunca a entregarse físicamente a sus favoritos y que sus relaciones con los hombres eran, inevitablemente, ambiguas. Para ella, celosa de su poder absoluto el único esposo era Inglaterra.

¿Por qué razón iba Isabel, que había ‘sacrificado’ su vida a una nación, a entregársela a Essex?

Elizabeth mantuvo siempre una relación entre afectuosa y distante con sus favoritos. Daba y quitaba, jugaba. Jugaba seriamente, pero amaba. Eso no lo podemos dudar.

Y quizá por su edad, (tenía 66 años cuando Essex tenía 18), lo amó y le consintió demasiado. De modo que él no tuvo en cuenta verdaderamente el peligro que corría, hasta que fue demasiado tarde.

Lacey considera que Elizabeth consintió a Essex porque no tenía nada que perder. Sin embargo, yo no lo creo. Sólo cuando Robert Devereaux, conde de Essex, llegó a ser un peligro para su trono, ella actuó.

Los tiempos en que Londres aclamaba a Gloriana habían pasado hacía ya mucho. El reinado se prolongaba demasiado. Elizabeth envejecía dudando, sin tomar jamás una decisión, sin resolver la cuestión irlandesa. Muchos vitoreaban a Essex y veían en él un candidato mucho más atractivo que el católico rey de Escocia, Jacobo, hijo de la católica María Estuardo, a quien Elizabeth había llevado al patíbulo.

Tras la desastrosa campaña de Irlanda, en la que Essex se había empeñado, la relación entre la reina y el favorito se torció definitivamente. Él quiso meter mano en el Consejo, pero tenía demasiados enemigos. Conspiró, llevado por sus impulsos, contra Elizabeth. Entró en Londres esperando que los súbditos se levantaran con él. Pero nadie se movió en Londres. Essex fue conducido a la Torre. Su destino estaba decidido. El juicio fue justo, él mismo lo admitió, y fue condenado a muerte por traición.

Que él llegara tan lejos fue una consecuencia de la generosidad con que ella le trató durante demasiado tiempo.

En cierto modo, ambos cayeron en una trampa. Se deslizaron, poco a poco, hacia un final que a los dos iba a herir mortalmente.

 

Robert Lacey, Robert, Earl of Essex, an Elizabethan Icarus, Phoenix Press, London, 2001.

 

 

La iconografía de Elizabeth I

La iconografía de Elizabeth I

No cabe duda que Elizabeth I  supo manejar la iconografía (como luego haría Luis XIV) y reinar sobre las artes para proyectar la imagen deseada: la de una divinidad.

No hablaré aquí de las obras literarias ni musicales, las alegorías, los grabados, las monedas, sino que mostraré únicamente una serie de retratos en los que por encima del tiempo (algunos le fueron hechos ya en las postrimerías de su vida), ella permaneció siempre igual a sí mims, icono de la monarquía, Astrea o Gloriana: intocable, inalcanzable a los mortales: deificada. Algunos comentaban que en algunas zonas, su maquillaje alcanzaba una media pulgada de espesor. Los retratos son magnífica muestra del Poder. Así lo explica el libro en que baso esta pequeña nota gráfica.

1559:

            

 1569:

            

1570:

      

1572:

      

Y del mismo año:

        

El Retrato Darnley es del mismo año:

            

1580:

            

Y también:

            

1592:

            

1600:

           

 Todos ellos pintados para mostrar el poder de:

                  

Roy Strong, Gloriana, The portraits of Queen Elizabeth, Random House, Londres, 2003.

 

Elizabeth I de Inglaterra, de nuevo en TV

Elizabeth I de Inglaterra, de nuevo en TV

Me acabo de enterar que estrenan pronto en la HBO una nueva serie sobre Elizabeth I de Inglaterra. La figura de esta reina sigue fascinando a los televidentes como yo, que adoran la historia inglesa y la complejidad del siglo XVII. Hace bastantes años, la BBC lanzó una magnífica serie con el mismo tema en la que Glenda Jackson, entonces una de las máximas estrellas del firmamento británico (musa y colaboradora del excéntrco Ken Russell y gran actriz), encarnaba a la extraordinaria mujer que llegó al poder de manera tan azarosa como truculenta, tras ser considerada por su propio padre, Enrique VIII, como bastarda. Aquella serie solamente tenía un defecto a mi entender, y era la desgraciada elección de la actriz que personificaba a María Estuardo, que para nada desprendía el encanto que se supone que poseía la reina de Escocia. La serie contaba la historia de Elizabeth desde su juventud  hasta su muerte, y todos los detalles iconográficos, el vestuario y los escenarios estaban perfectamente planificados para dar una idea muy acertada y cercana de la época. Las extrañas relaciones entre la reina y Leicester y después las que mantuvo con el hijastro de él, Essex, más todas las intrigas cortesanas y la política nacional (con los asuntos de Irlanda y de la pugna religiosa entre católicos y protestantes) e internacional (las guerras, las intrigas, las alianzas y las traiciones), quedaban perfectamente reflejadas en una serie que constaba de suficientes capítulos para hacer un gran fresco en el que la historia destacaba sin empañar la visión intimista y personal de los actantes.

Será interesante ver esta nueva aproximación. Los actores principales no pueden ser mejores: Helen Mirren y Jeremy Irons en los papeles de Elizabeth y Leicester. Es lógico pensar que esta mini serie se centrará en los últimos años del reinado de Elizabeth. Ojalá podamos verla pronto.

Aquí os dejo un enlace para que veáis los trailers y otros clips sobre el tema. 

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Isabel I de Inglaterra y Essex

Isabel I de Inglaterra y Essex Por Raquel Colomer

Lytton Strachey, miembro destacado del grupo de Bloomsbury, escribió, entre otros, un hermoso librito llamado “Elisabeth y Essex”, sobre el amor de Isabel I de Inglaterra, ya vieja, y el joven Robert Devereux, conde de Essex. Publicado en 1928, se ha venido reeditando en Inglaterra y también en España(ed. Lumen)pues la prosa de Strachey es una prosa delicada, irónica y llena de finura que permanece clásica y fresca, apetecible para cualquiera que ame la literatura.
El tema es jugoso.
Se han escrito muchos libros, pero mi favorito es el de Strachey, agudo observador, que quiso dejar constancia un tanto irónica de quien fuera “el último de los nobles feudalistas de Inglaterra”, paradigma de la conjunción entre sensibilidad y fuerza bruta que marcó el ideal del caballero renacentista. Pero los tiempos habían cambiado, el siglo XVII no era el XV, no era el XVI, y su oponente era una mujer. Elizabeth, marcada por su azarosa ascensión al trono inglés, por la decapitación de su madre y de su primer amor, el almirante de Inglaterra, Thomas Seymour, y por la situación siempre conflictiva de Irlanda. Aunque temblando, Elizabeth también consintió ejecutar a su prima, María de Escocia, reina consagrada que tenía derechos sucesorios al trono de Inglaterra.
La mano de Elizabeth es una mano firme y la reina tiene la sabiduría de rodearse de esa flor y nata de hombres ilustres que no provienen de la nobleza y que son los que edificarán el mito de su reinado: William Cecil y su hijo Robert, el filósofo Francis Bacon, Walsingham; éstos son los hombres verdaderamente importantes en la vida de Isabel, mientras que sir Walter Raleigh, Robert Dudley, conde de Leicester o incluso D’Alençon, hijo de Catalina de Médicis, son sus muñecos: su diversión. Puede que haya amado a Dudley, a quien llamaba “Mis ojos”, pero jamás se le ocurrió desposarse con él y entregarle su reino. Guardó su última carta en el joyero, pero no olvidó que la había traicionado casándose en secreto con su prima Lettice Knollys.
Robert Devereux, conde de Essex era hijastro de Dudley, hijo del primer matrimonio de Lettice y tenía 20 años (Elizabeth 60), cuando se amaron y comenzaron a enfrentarse. El choque de dos planetas no habría sido menos rudo e intenso. Él no podía admitir la supremacía de la mujer y ella no podía tolerar que él pusiera en peligro su autoridad como reina. El poder ejercido por la mujer la transforma. Elizabeth es “Gloriana”, es “Astrea”. La reina dijo a su pueblo en Tilbury, ante la amenaza de la Armada Española: “Tengo el frágil cuerpo de una mujer, pero el arrojo de un hombre”. Y con ese mismo espíritu indomable se enfrentó a Essex cuando éste puso en peligro su trono y lo envió a la muerte aún amándolo con locura. La versión de Strachey es freudiana: la madre que ama al padre (Dudley) y se enamora del hijastro en una doble relación materno-sexual intensamente afectiva. Essex se comportaba como un niño caprichoso unas veces y otras como un hombre profundamente orgulloso, como un verdadero señor. Y a ella eso le divertía y le irritaba por igual y unas veces le consentía y otras le enviaba al exilio o le castigaba duramente.
La condición tranformadora del poder es visible en la iconografía de Elizabeth: en los famosos retratos de la Armada, en el retrato del Armiño, en la deificación de su imagen. Más allá de la femineidad, ella establece su condición omnipotente. Y el hombre es el vasallo, es el servidor de esta diosa. No puede equiparársele, no puede discutir con ella, no puede replicar. El objeto, por una vez, es un “él” y no una “ella”.
Essex es un hermoso ejemplar de hombre: alto, pelirrojo, apuesto, culto y también turbulento, viril. Capaz de guerrear valerosamente o de retirarse, melancólico, a leer a Virgilio. Para él, Elizabeth es una Gorgona: un ser a la vez fascinante y repulsivo, deseable y despreciable. Su orgullo le impide obedecerla. Y el orgullo de ella le impide ser desobedecida. Así, el torneo queda inaugurado. El amor se convierte en un campo de batalla. Y el desenlace es a muerte.

¿Qué elementos hacen que Essex ame a esa mujer vieja, calva, imperiosa? ¿Su talento, su habilidad para la danza, su ingenio, su energía, su poder? ¿Y qué le repele? Su propia inferioridad ante ella. Ser más joven, más bello, más valiente, dotado para todas las artes, incluida la de la guerra, y tener que obedecer y doblegarse. Ante la humillación que ella le inflinge un día, cuando se niega a concederle el mando de la expedición a Irlanda, Essex le grita con violencia y hace ademán de sacar la espada ¿Sería capaz de matar a su reina? Ella piensa que sí. Él escribe: “Debo a mi reina el mejor servicio, pero no puedo servirla como villano o como esclavo ¿No pueden los príncipes errar? ¿Es el suyo un poder terrenal o su autoridad infinita?”
Finalmente, consigue hacerse con el mando de la expedición, que resulta desastrosa. Él se queja, llora, implora, pero esencialmente, no hace nada de provecho. Ignora las órdenes de atacar a Tyrone ( el general irlandés), y en su lugar, se reúne con él en el lecho de un río y pacta una tregua que a los ojos de Inglaterra tiene los tintes de una traición. Un cuarto de millón de libras había sido gastado en esa “contienda” en la que apenas hubo enfrentamientos y sí muchas bajas por agotamiento y hambruna.
Asustado, Essex embarca para Inglaterra e irrumpe por sorpresa en la cámara de la reina. La sorprende en traje de dormir, sin maquillar y sin peluca. La respuesta es el exilio. Él, roto, deprimido, enfermo, la asaetea con misivas desesperadas. Ella le quita el monopolio del vino y él entonces intenta destronarla. Prepara un levantamiento y se siente el Henry Tudor de “Ricardo III”, quien consigue destronar a un rey injusto y tiránico.
Aunque aparentemente haya perdonado sus arrebatos, Elizabeth ahora teme la entrada de Essex en la ciudad de Londres. Él es un ídolo popular, es un héroe hermoso. A ella su violencia y su ira la han excitado y la han atraído en el pasado, pues como toda mujer desea ser conquistada, si es preciso, a sangre y fuego. La rebeldía de él es un acicate para una mujer como ella, a cuyos pies se rinden todos servilmente.
Pero el juego se ha vuelto demasiado peligroso y ha llegado el momento de terminarlo. Y cuanto más se empeña él en desafiarla, más peligroso se vuelve para él. Sus contactos con Escocia son un intento de golpe muy claro. Jacobo, el hijo de María de Escocia, es el siguiente en el orden dinástico inglés (y será el rey, en efecto, a la muerte de Elizabeth). El juego de Essex es ya mortal. Londres no se alza cuando él lo cruza. Londres no sigue sus consignas de levantamiento. Hundido e incrédulo, Essex aún espera clemencia. Establecer su poderío de macho en el terreno de ella: el político. Fracasa. La Cámara de la Estrella, el consejo de Su Majestad, le condena a muerte. Essex espera en vano un indulto, que no llega.
En palabras de Strachey “Era un hombre extraño. Amaba y odiaba; era un adicto servidor y un hosco rebelde, todo a la par”.
Ella podría, afirma Strachey, haber acallado los detalles más sórdidos de la conspiración. Eran confidenciales. Habría podido conmutar la pena y exiliar a Essex, embargar sus bienes y al cabo de un tiempo prudente, volver a él. Volver a los días de la dicha y las risas, de los bailes y los juegos, pero “veía claramente que nunca podría confiar en él, que el futuro repetiría incansable el pasado, que cualesquiera fuesen los sentimientos de ella, los de él permanecerían escindidos, peligrosos, profundamente huraños… entonces ¿toda la historia de sus relaciones no había sido más que un prolongado e infame engaño?”
Porque lo debió creer así, Elizabeth actuó como actuó, enviando a Essex al cadalso. Vestido de negro, se quitó el sombrero, saludó a los presentes y habló larga y gravemente. Perdonó a su verdugo y soportó tres golpes antes que el hacha consiguiera desgajar la cabeza del cuerpo. Sus últimas palabras fueron “Dios salve a la reina”.