Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2006.
Resumen
- 01/12/2006 15:47 - Hermen Anglada Camarasa en CaixaForum
- 02/12/2006 11:59 - Travels in the Scriptorium (Viajes por el Scriptorium), de Paul Auster
- 04/12/2006 07:24 - Robert Deveraux, conde de Essex: una biografía
- 06/12/2006 19:16 - El museo de Sorolla de Madrid y la exposición Sargent-Sorolla
- 08/12/2006 10:27 - Safo de Lesbos
- 08/12/2006 19:17 - Balada para un loco de Piazzolla, con Roberto Goyeneche
- 10/12/2006 21:32 - Epitafio de Augusto Pinochet
- 15/12/2006 18:03 - Feliz Navidad, amigos
- 16/12/2006 15:02 - Europa ¿Civilización y/o barbarie?
- 17/12/2006 10:27 - Sobre Internet como herramienta de estudio y de trabajo en el aula (TIC)
- 18/12/2006 07:43 - ¿Civilización contra barbarie? ( 2 ) Las pinturas de Fernando Botero: Abu Grahib
- 18/12/2006 23:30 - Carlos Fuentes, Diana o la cazadora solitaria
- 20/12/2006 05:34 - Nosotros no envejeceremos juntos, de Maurice Pialat
- 21/12/2006 15:51 - 'De librorum delectu', de Pascal Quignard
- 25/12/2006 20:58 - Guitarreando
- 26/12/2006 13:39 - Pascal Quignard o la pureza del lenguaje
- 27/12/2006 14:07 - Profundo Carmesí, de Arturo Ripstein
- 28/12/2006 10:15 - Robert Dudley, Earl (conde) de Leicester: Sweet Robin
- 29/12/2006 00:32 - Cinco veces la flor, de Alejandro Aura
01/12/2006
Hermen Anglada Camarasa en CaixaForum
Mi museo favorito en Barcelona fue el de Arte Moderno y Contemporáneo que estaba situado al lado el Parlament de Catalunya, en el Parc de la Ciutadella.
Allí contemplé por primera vez la obra de este gran artista catalán, el primero que traspasó fronteras, como más tarde hicieron Dalí o Miró.
En el Reina Sofía aprecié en su ambigüedad y belleza el Retrato de Sonia de Klamery, condesa de Pradére, y en el de Bellas Artes de Asturias, en Oviedo, el maravilloso lienzo de los Campesinos de Gandía.
Ahora tenemos la oportunidad de ver, reunida, la obra de este artista extraordinario, ya que se exhiben casi 200 obras. Salvo algunos paisajes en tonos pastel de la última época, que me parecen mediocres, todo lo demás merece una vista, aun cuando la exposición carece (una vez más) de una luz adecuada, o de una atmósfera más cálida.
Una virtud de la exposición es que nos permite recorrer, didácticamente, todas las etapas de la obra y del artista. La exposición nos ofrece también algunos cuadros de contemporáneos suyos muy afines (quién podría olvidar las similitudes existentes entre algunos retratos de Camarasa y otros del gran Zuloaga, uno de cuyos cuadros, magnífico, pende en esta exhibición).
La luz, la sombra, la belleza del color, la riqueza de las formas, y una perversa cualidad ambigua que se desprende de algunas de sus obras, bastan para fascinar al visitante.
Están bien representadas todas las etapas: la de Barcelona, que va del 1885 al 1894, en la que es visible la influencia de otro gran pintor catalán, Modest Urgell, y en la que se nota el orientalismo que flotaba sobre toda la pintura europea de la época desde Delacroix.
Las dos épocas de París, en la que vemos la influencia de Lautrec, y también del cartelismo modernista, así como las temáticas de la vida nocturna parisina. En estas etapas, Anglada Camarasa se mueve, fluctuante, entre el realismo y el simbolismo, entre el sueño y la curva, entre el sensualismo y la perversa atracción de las alucinaciones provocadas por esa hada verde que puebla las miradas de sus retratados. Etapas que van de 1894 a1914), antes de la Primera Gran Guerra. Ambas etapara están separadas únicamente por un viaje a Valencia que no será episódico, sino que va a reflejarse quizá en una tendencia barroca y mediterránea que teñirá algunas de sus mejores obras, como las de los Campesinos de Gandía o La novia valenciana, e incluso El ídolo.
A partir de los comienzos del siglo XX, Anglada Camarasa consigue éxito y reconocimiento internacional. Gorki, Diaghiliev, Kandinsky, Picasso, el gran Manolo Hugué se convierten en sus admiradores. Una de sus discípulas más destacadas es Marie Blanchard.
Durante la etapa mallorquina, que va de 1914 a 1936, Anglada Camarasa se refgudia en la isla, huyendo de la devastación de una Europa en Guerra. De aquí surgen esos paisajes que sólo excepcionalmente logran decirme algo: la mayoría son cuadros decorativos, carentes de emoción, en tonos pastel: sin vibración interna.
Anglada se queda anclado atrás de las vanguardias, y su estilo se resiente. Se debilita, se hace blando y ya no es el mismo. O ese mismo que es ha dejado de hablar.
En la última etapa, es la que le sorprende en Barcelona durante la Guerra Civil. Por sus ideas republicanas, es admitido (como protegido) en Montserrat. Ahí lleva a cabo de nuevo unos paisajes, de los que uno al menos, me parece hermoso. De Montserrat pasa a Francia, exiliado, y de nuevo, más tarde, pasa a Mallorca. En 1953 sufre un accidente y abandona, forzosamente, la pintura.
De Anglada Camarasa sorprende la fuerza expresiva, el barroquismo, entre el kitsh y la emoción suprema, la afinidad con Klimt (en algunos, en varios cuadros, le veo superior a éste, tan amanerado en ocasiones) y con el Zuloaga de La condesa de Noailles ( propiedad del Museo de Bellas Artes de Bilbao, del que un día hablaré), o de La morfinómana, que aquí se exhibe tan oportunamente.
En conclusión: Anglada Camarasa es un pintor que vale la pena conocer, ver, disfrutar. Nos recuerda la efímera voluptuosidad de la fama.
Exposición: El mundo de Anglada Camarasa
Lugar: CaixaForum
Horario: De martes a domingo, de 10.00 h a 20.00 h
Precio: Actividad gratuita
Dirección: Av. Marquès de Comillas, 6-8. 08038 BARCELONA
Al pie del MNAC, en Montjuich
02/12/2006
Travels in the Scriptorium (Viajes por el Scriptorium), de Paul Auster

Como ando bastante despistada por el aluvión de exámenes ( y las consecuentes correcciones) de fin de trimestre, había olvidado que encargué a mis libreros Pilar y Ferran Pontón del Celler de Llibres, el último libro de Paul Auster, aún no publicado en español.
Ayer, que pasaba a comprar un regalo de cumpleaños, me lo entregaron. La edición es muy bonita, en tapa dura, con una portada a la par elegante y sobria.
La novela pertenece a esa vertiente austeriana en la que reflexiona metafóricamente sobre la creación propia, sobre su encierro como escritor, A esta primera trama que podríamos llamar metaliteraria, entrelazará Auster la lectura de un manuscrito ajeno: las memorias de un soldado Sigmund Graf, de un estado que es también metáfora de USA: la Confederación. Ambientado en 1830, este relato se irá desarrollando hasta quedar inconcluso, para asombro y disgusto de Mr. Blank, que tendrá que imaginar el desenlace. Se trata de un relato apenas esbozado, en su esqueleto: una nouvelle folletinesca, con cierto saborcillo a western crepuscular, desengañado.
Para empezar, en Travels in the Scriptorium, como en La trilogía de Nueva York , existe un escritor cautivo, un alter ego de Auster. Esta vez se llama El señor Blanco (Mr. Blank). Es viejo, se olvida de todo, está cautivo o cree estarlo (en realidad, no sabemos dónde está, si hay una ventana en la habitación que puede abrirse al exterior o si no la hay, si la puerta está cerrada o está abierta, si puede salir libremente o no, si hay un armario o no lo hay en la habitación), Mr. Blank no recuerda cómo llegó ahí ni qué hace ahí. Tampoco recuerda, más que muy vagamente, a su criaturas, pero ellas lo acompañan. En su habitación todo está rotulado: la pared lleva un nombre inscrito con cello: PARED, la mesa, otro: MESA…Las fotos de esas criaturas que él ha creado están sobre su escritorio, pero él no las reconoce, si acaso se acuerda del nombre de pila de una: de Anna Blume , o de la inicial del nombre de Sophie…pero ahí están Quinn, Fanshowe, Stillmann, el recuerdo de David Zimmer, de El Palacio de la luna y de El libro de las Ilusiones…reprendiéndole por lo que les hizo, pero también queriéndole, pues gracias a él, como dice Anna, han vivido…
Este tipo de novelas tienen un indiscutible sabor becketiano, pero también, para un lector español, unamuniano. Es imposible leer esta novela (corta, para lo que venía siendo habitual últimamente), sin acordarse de aquella famosa escena de Augusto Pérez y Unamuno en la Universidad de Salamanca en Niebla ( 1914 ):
—Bien, ¿y qué? —me interrumpió, volviéndome a la realidad. —Y luego has insinuado la idea de matarme. ¿Matarme? , ¿a mí?, ¿tú? ¡Morir yo a manos de una de mis criaturas! No tolero más. y para castigar tu osadía y esas doctrinas disolventes, extravagantes, anárquicas, con que te me has venido, resuelvo y fallo que te mueras. En cuanto llegues a tu casa te morirás. ¡Te morirás, te lo digo, te morirás!
—Pero... por Dios...
—No hay pero ni Dios que valgan. ¡Vete!
— ¿Conque no, eh? —me dijo—, ¿conque no? No quiere usted dejarme ser yo, salir de la niebla, vivir, vivir, vivir, verme, oírme, tocarme, sentirme, dolerme, serme: ¿conque no lo quiere?, ¿conque he de morir ente de ficción? Pues bien, mi señor creador don Miguel, ¡también usted se morirá, también usted, y se volverá ala nada de que salió...! ¡Dios dejará de soñarle! ¡Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo quiera; se morirá usted y se morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, todos, sin quedar uno! ¡Entes de ficción como yo; lo mismo que yo! Se morirán todos, todos, todos. Os lo digo yo, Augusto Pérez, ente ficticio como vosotros, nivolesco lo mismo que vosotros. Porque usted, mi creador, mi don Miguel, no es usted más que otro ente nivolesco, y entes nivolescos sus lectores, lo mismo que yo, que Augusto Pérez, que su víctima...
— ¿ Víctima ? —exclamé.
— ¡Víctima, sí! ¡Crearme para dejarme morir! ¡Usted también se morirá! El que crea se crea y el que se crea se muere. ¡Morirá usted, don Miguel, morirá usted, y morirán todos los que me piensen! ¡A morir, pues! Este supremo esfuerzo de pasión de vida, de ansia de inmortalidad, le dejó extenuado al pobre Augusto. Y le empujé a la puerta, por la cual salió cabizbajo. Luego se tanteó, como si dudase ya de su propia existencia. Yo me enjugué una lágrima furtiva.
De manera paralela, aunque sin la acritud de Unamuno y Augusto, en Travels in the Scriptorium, Anna Blumme le dice a Mr. Blank:
Sin usted, yo nunca habría conocido a David (Zimmer). Créame, Mr. Blank, no es su culpa. Usted hace lo que tiene que hacer, y después las cosas pasan. Cosas buenas y cosas malas. Es así. Nosotros podemos ser los que sufran, pero hay una razón para ello, una buena razón, y cualquiera que se queje es que no comprende lo que es estar vivo. (p. 22)
Más adelante, el diálogo continuará de este modo:
Empiezo a recordarte ahora, dice él. No todo, pero pequeños fragmentos, trozos, y piezas aquí y allá. Yo era muy joven la primera vez que te vi ¿ no es cierto?Cerca de los veintiuno, creo, dice Anna.
Pero continué perdiéndote. Estabas ahí por unos días, y después te desvanecías. Pasó un año, pasaron dos años, cuatro, y de repente volviste a aparecer.
Usted no sabía qué hacer conmigo, ésa es la razón. Le tomó mucho tiempo imaginarme.
Y entonces te mandé a tu…a tu misión. Recuerdo que temía por ti. Pero eras una auténtica guerrera en esos dias, ¿no es así?... y eso es lo que me dio esperanza. Si no hubieses sido una persona con recursos, no lo habrías conseguido. (p. 24).
El narrador es un omnisciente parcial. Y su relato, objetivo y externo, se puede confrontar con una cámara cenital que toma nota, cada segundo, de la actividad o reposo de Mr. Blank. Para mí, la vertiente más interesante de Auster no es ésta. No son éstas las narraciones suyas que más me atraen.
Pero es una vertiente muy suya. Reflexionar sobre la escritura, sobre las criaturas, sus agonistas (como diría Unamuno), sobre su propia condición de recluso de su obra, de cautivo en una habitación cerrada, es muy propio de Auster.
El porqué de que Auster se convierta en personaje es muy sencillo:
Mr. Blank es uno de nosotros ahora y aunque tenga dificultades para comprender su predicamento, siempre estará perdido. Creo que hablo por todos los cargos que se pueden hacer contra él, cuando digo que tiene lo que merece, no más, no menos. No como un castigo, sino como un acto de suprema justicia y compasión. Sin él, no somos nadie, pero la paradoja es que nosotros, los hilos desprendidos de otra mente, sobreviviremos a la mente que nos creó, porque una vez que fuimos echados al mundo, contonuamos existiendo siempre, y nuestras historias seguirán siendo explicadas, incluso después de nuestra muerte. (p. 129)
Así que, convierténdose en agonista, él sobrevivirá como personaje. No como Auster, condenado, como todos los demás, a la muerte y el olvido. Esa es la razón de que Auster esté, en sus mismas ficciones, ficcionalizado.
Paul Auster, Travels in the Scriptorium, Faber and Faber, London, 2006.
(La traducción de los fragmentos citados es mía)
Nota posterior: Anagrama ya ha editado en español este libro, con traducción de Benito Gómez Ibáñez (2007).
04/12/2006
Robert Deveraux, conde de Essex: una biografía
Me gusta mucho la historia, y la del Renacimiento europeo aún más. De tanto en tanto, encargo algún libro sobre este tema. Hace algún tiempo me llegó Robert, Earl of Essex, An Elizabethan Icarus, que hoy me propongo reseñar. Después del libro de Elizabeth y Essex, escrito por Lytton Strachey, la de Lacey es sin duda la mejor forma de acercarse a este extraño personaje, lleno de encanto y de ambición. El Renacimiento inglés nos ha dado algunas figuras de cortesanos relevantes como Philip Sydney o Lord Essex y en menor medida, el conde de Southampton, inmortalizado por su protegido, William Shakespeare. El libro que me ocupa hoy nos ofrece una biografía detallada del último favorito de la Reina Elizabeth I: Robert Devereaux , conde de Essex ( 1567, Herefordshire-1601, Londres), que fue un caballero hermoso, culto, pero un poco simple, muy renacentista –entre el refinamiento y la barbarie, entre la cultura y la simplicidad de juicio-, impetuoso, narcisista, equivocado en cuanto a una materia tan delicada como el favor de la reina. Una reina tan compleja como imprevisible, cuya atracción senil por el hijastro de su primer amor, Robert Dudley, conde de Leicester, terminó trágicamente. Francis Bacon, quien fue primero su protegido y después su peor enemigo, le escribió: Siempre lamentaré que su Excelencia volase con alas de cera, poniendo a prueba de nuevo el destino de Ícaro. Robert Deveraux, Earl (conde) Essex nació de la unión de Lettice Knollys (prima de la reina Isabel) y Walter Deveraux, primer conde de Essex. Los Deveraux no pertenecían a la rancia nobleza inglesa, cien años antes del nacimiento de Essex ni siquieran eran vizcondes. Su familia subió como la espuma, al tiempo que crecía la estrella de los Tudor.
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Lettice Knollys fue la segunda esposa de Robert Leicester, el primer amor de Isabel, a quien ella llamaba ‘Mis ojos’. La unión de Leicester y de la reina se hizo imposible desde el momento en que él estaba casado con Amy Robsart. Pero aún más imposible fue cuando enviudó, dado que la muerte de su esposa se dio en extrañas circunstancias. Hubo un juicio, del que Leicester salió indemne, pero la reina de Inglaterra no podía casarse con un hombre que había sido acusado del asesinato de su esposa. Corría el riesgo de que se pensase que ella había sido cómplice y que el juicio había sido una cortina de humo para consumar un matrimonio que, a ojos vistas, ella deseaba.
Viendo que su reina no movía ficha en el tablero, Leicester casó secretamente con Lettice en segundas nupcias, hecho que puso tan furiosa a Elizabeth que le retiró el favor a Leicester durante muchos años. La reina era celosa.
Lettice era la hija mayor de sir Francis Knollys, uno de los principales consejeros de la reina y era nieta de María Bolena, la hermana mayor de Ana, que había sido amante de Enrique VIII antes de que su hermana se casara con el rey, con tan mala fortuna que terminó perdiendo (literalmente) la cabeza por él.
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Cuando Leicester llevó a Essex, su hijastro (muchos creían que en realidad era su hijo), a la corte, sabía lo que hacía: su relación con Elizabeth se había convertido en una amistad amorosa, constante, pero ya no imprescindible para ella. Leicester jugó a su peón, el bello Essex, y naturalmente, dio en la diana.

Cuando Isabel lo conoció, Essex tenía pocos años. Ella le dijo que era un hermoso muchacho y siguió llamándolo siempre así, ‘My boy’.
Essex carecía de fortuna. Podríamos decir que era el noble más pobre de Inglaterra. Su padre había perdido enormes sumas de dinero guerreando por Isabel. Guardaba sólo aquellas propiedades imposibles de vender por ley. Lettice había caído en desgracia en la corte isabelina desde su matrimonio (secreto) con Leicester. Ya no tenía influencias ni contactos. Essex se veía así, constreñido por un problema que le acució durante toda su vida: la pobreza. Sólo el favor de la reina le podía dar aquello de lo que carecía: dinero, y con él, poder y gloria.
Leicester, su padrastro, no había sido tan ambicioso porque no había sido tan pobre. Mientras tuvo el favor de la Reina peleó por ella con varia fortuna y obtuvo puestos importantes, pero jamás aspiró a todo, o quizá lo disimuló mejor que su hijastro. Leicester nunca conspiró.
Essex era distinto.
Peleó, con desigual fortuna por su reina en siete expediciones, y en cuatro de ellas como comandante. Reorganizó su servicio secreto, modernizándolo, pues desde los tiempos de Sir FrancisWalsingham (de quien era yerno), las cosas habían cambiado. Fue patrono y protector de Francis Bacon y del poeta Edmund Spencer, uno de los cantores oficiales de Gloriana, y puede que también protegiera a Shakespeare ocasionalmente.
Essex fue también poeta, como todos los de su generación, aunque jamás llegó a tener la fama y la gloria que le tocó disfrutar a Philip Sydney, el príncipe de los poetas ingleses de su tiempo. Sydney se había enamorado locamente de una hermana de Essex, Penélope Deveraux, su musa, quien le inspiró los hermosísimos sonetos seriados recogidos en el volumen Astrophel y Stella. Pero Penélope estaba casada con Lord Rich, de modo que Sydney se contentó con cantar la belleza de ella, su amor y su frustración amorosa en poemas que sólo tienen un parangón en Europa: los sonetos de Garcilaso de la Vega a Elisa. Sydney se casó con Frances Walsingham, hija del consejero de la reina y jefe de su servicio secreto. La bella Francis, al morir Sydney, se casó con Essex.



Hoy día tenemos bastantes razones para pensar que Isabel en realidad no llegó nunca a entregarse físicamente a sus favoritos y que sus relaciones con los hombres eran, inevitablemente, ambiguas. Para ella, celosa de su poder absoluto el único esposo era Inglaterra.
¿Por qué razón iba Isabel, que había ‘sacrificado’ su vida a una nación, a entregársela a Essex?
Elizabeth mantuvo siempre una relación entre afectuosa y distante con sus favoritos. Daba y quitaba, jugaba. Jugaba seriamente, pero amaba. Eso no lo podemos dudar.
Y quizá por su edad, (tenía 66 años cuando Essex tenía 18), lo amó y le consintió demasiado. De modo que él no tuvo en cuenta verdaderamente el peligro que corría, hasta que fue demasiado tarde.
Lacey considera que Elizabeth consintió a Essex porque no tenía nada que perder. Sin embargo, yo no lo creo. Sólo cuando Robert Devereaux, conde de Essex, llegó a ser un peligro para su trono, ella actuó.
Los tiempos en que Londres aclamaba a Gloriana habían pasado hacía ya mucho. El reinado se prolongaba demasiado. Elizabeth envejecía dudando, sin tomar jamás una decisión, sin resolver la cuestión irlandesa. Muchos vitoreaban a Essex y veían en él un candidato mucho más atractivo que el católico rey de Escocia, Jacobo, hijo de la católica María Estuardo, a quien Elizabeth había llevado al patíbulo.
Tras la desastrosa campaña de Irlanda, en la que Essex se había empeñado, la relación entre la reina y el favorito se torció definitivamente. Él quiso meter mano en el Consejo, pero tenía demasiados enemigos. Conspiró, llevado por sus impulsos, contra Elizabeth. Entró en Londres esperando que los súbditos se levantaran con él. Pero nadie se movió en Londres. Essex fue conducido a la Torre. Su destino estaba decidido. El juicio fue justo, él mismo lo admitió, y fue condenado a muerte por traición.
Que él llegara tan lejos fue una consecuencia de la generosidad con que ella le trató durante demasiado tiempo.
En cierto modo, ambos cayeron en una trampa. Se deslizaron, poco a poco, hacia un final que a los dos iba a herir mortalmente.
Robert Lacey, Robert, Earl of Essex, an Elizabethan Icarus, Phoenix Press, London, 2001.
06/12/2006
El museo de Sorolla de Madrid y la exposición Sargent-Sorolla

Uno de mis museos favoritos se encuentra en Madrid: es la Casa-Museo de Sorolla. Me gusta por su intimidad, porque parece que vas a sorprender a Sorolla pintando, y a sus hijos pasando, veloces, de una habitación a otra. Aunque sean tan diferentes, me recuerda un poco el Museo de Frida Kahlo de la Calle de Londres, en Coyoacán, tan vivo y tan suyo.
Ahora que he polemizado un poco con Gregorio Luri acerca de Anglada Camarasa, y habiendo salido el tema del decorativismo, no puedo menos que pensar qué pensará mi amigo cibernético de mi amor por Sorolla.
Su luz y la belleza de sus cuadros me producen un placer indefinible, un poco proustiano, de cosa que no he probado ni vivido, que sólo he soñado.
Pasear por los jardines de la casa de Sorolla, libro de Verlaine en mano ¡qué cosa tan decadente y tan bonita! Leyendo, por ejemplo:
Comme la voix d’un mort qui chanterait
Du fond de sa fosse,
Maîtresse, entends monter vers ton retrait
Ma voix aigre et fausse.
Ouvre ton âme et ton oreille au son
De ma mandoline :
Pour toi j’ai fait, pour toi, cette chanson
Cruelle et câline.
Je chanterai tes yeux d’or et d’onyx
Purs de toutes ombres,
Puis le Léthé de ton sein, puis le Styx
De tes cheveux sombres.
Comme la voix d’un mort qui chanterait
Du fond de sa fosse,
Maîtresse, entends monter vers ton retrait
Ma voix aigre et fausse.
Puis je louerai beaucoup, comme il convient,
Cette chair bénie
Dont le parfum opulent me revient
Les nuit d’insomnie.
Et pour finir, je dirai le baiser
De ta lèvre rouge,
Et ta douceur à me martyriser,
- Mon Ange ! - ma Gouge !
Ouvre ton âme et ton oreille au son
De ma mandoline :
Pour toi j’ai fait, pour toi, cette chanson
Cruelle et câline
Imaginar que en la avenida no corren los coches y los autobuses sino las calesas, y que las damas que pasean con sus perritos llevan largos vestidos y vistosos sombreros: sueño decadentista de un pintor que pintó a contracorriente de su tiempo, al margen de las vanguardias, y que sin embargo, triunfó, tal como lo hizo Anglada Camarasa.
También me ha venido a la mente la exposición que se vio en su día en CaixaForum, sobre las coincidencias entre Sorolla y Sargent, pintor decorativista también, y decadentista, esteticista, hoy más conocido porque se ha puesto de moda para ilustrar ediciones de libros decimónicos. La exposición se exhibe ahora en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid (de cuya web he tomado las ilustraciones)
A pesar de que puede acusarse a ambos pintores de superficialidad, de esteticismo o de preciosismo, no cabe duda que contemplar sus obras es un placer para nuestro espíritu, ávido de belleza.
Casa-Museo de Sorolla en Madrid
Dirección: General Martínez Campos, 37 28010 - Madrid
Horario:
De martes a sábado: de 9:30 a 15:00 h.
Domingo y festivos: de 10:00 a 15:00 h.
Cerrado: todos los lunes del año, 1 de enero, 1 de mayo, 24, 25 y 31 de diciembre, y dos festivos locales.
Horario ininterrumpido durante todos los miércoles del año de 9:30 a 18:00 h.
Precio de la entrada: 2,40 €
Precio reducido: 1,20 € (para titulares de carné joven, carné de estudiante o los correspondientes internacionales; y para grupos vinculados a instituciones de carácter cultural o educativo, constituidos por 20 o más miembros, previa solicitud)
Entrada gratuita: Domingos, 18 de mayo (Día Internacional de los Museos), 12 de octubre (Fiesta Nacional de España), 6 de diciembre (Día de la Constitución Española)
Acceso gratuito: Menores de 18 años, mayores de 65 años y jubilados
Visita en grupo: La visita en grupo se debe concertar con un mínimo de 15 días de antelación. Atendiendo a la seguridad de las colecciones, cada grupo estará compuesto por un número máximo de 20 personas acompañadas de un responsable
08/12/2006
Safo de Lesbos

Ahora que mi hija mayor, Paulina, pasa estos días en Londres, me acordé de que allí compré hace mucho tiempo, una preciosa edición de los poemas (fragmentos), que se conservan de Safo. Era una pequeña librería griega. Los poetas griegos me llegan al corazón. Safo, claro está, y también los modernos: Kavafis, Seferis, Elytis.
Safo me atrapa precisamente por el laconismo de sus versos, por su contención; por su elegancia y por su melancolía.
Siempre he pensado que entre lo griego y lo mexicano hay una línea de unión, algo profundo que surge y que se siente, hondo, en el pecho y en la mirada.
*Se han sumergido la luna y las Pléyades, media
noche, pasan las horas y yo duermo sola.
* Sola, en alta rama, enrojece la dulce granada,
alto, en lo más alto, inadvertida a los recolectores.
No, no inadvertida, es que no pudieron alcanzarla.
*De nuevo, Amor me perturba.
Rastrero, incombatible, dulceamargo.
Para ti, Atis, es odioso preocuparte por mí
revoloteas hacia Andrómeda.
Me parece que igual a los dioses
es aquel joven que frente a ti
se sienta y escucha de cerca mientras
amable conversas.
* Sonríes, seductora. Sí, esto
aterra mi corazón dentro del pecho,
pues tan pronto te miro un instante,
como ya me es imposible decir una palabra,
pues mi lengua se desmaya: en seguida,
un fuego sutil irrumpe bajo mi piel,
nada veo con mis ojos, zumban
mis oídos,
se me esparce el sudor, un escalofrío
me apresa toda, estoy más pálida
que la hierba y me parece que
falta poco para morir.
Pero todo hay que soportarlo, pues Amor
es así.
*Amor zarandea mis sentidos, como el viento
en la montaña acomete a las encinas.
Una amiga mía, Raquel Colomer, me ha hecho llegar este poema suyo, cuyo aroma viene de Grecia, y me ha recordado a Safo:
Te amo y sólo encuentro de ti
El rumor infinito de tu silencio.
Aislada en la torre de una agonía
Deslumbrada por la violencia con que golpea el viento
la rama de un árbol de hojas rojas
Sueño contigo y pienso
Solamente en tu boca.
Desnuda, entro en mi cama
Con la certeza de tu ausencia.
De ninguna voz me llega ni un aliento.
Descubro, desolada,
El hueco de la almohada en una trémula
Vacuidad de corales hirsutos.
De nuevo, ansío tu voz.
Tu voz que calla.
Balada para un loco de Piazzolla, con Roberto Goyeneche
Y una versión posterior del propio Goyeneche:
10/12/2006
Epitafio de Augusto Pinochet

The day is ours; the bloody dog is dead.
(El día nos ha sido propicio. ¡El sanguinario perro ha muerto!)
Shakespeare, Richard III
15/12/2006
Feliz Navidad, amigos
No pude subir la música de las Posadas aquí, pero las tenéis en la barra lateral, en la Stickam. Es una versión un poco ñoña pero ¡qué le vamos a hacer!
16/12/2006
Europa ¿Civilización y/o barbarie?

Para mi querido Gregorio Luri, con verdadero afecto.
El suplicio de Cuauhtémoc
Hecho así, cuando se hubieron ido los embajadores de los señores de Tlatelolco, luego se presentaron ante (los españoles) los principales de Tenochtitlan. Quieren hacerlos hablar.
Fue cuando le quemaron los pies a Cuauhtemoctzin.
Cuando apenas va amanecer lo fueron a traer, lo ataron a un palo, lo ataron a un palo en casa de Ahuizotzin en Acatliyacapan.
Allí salió la espada, el cañón propiedad de nuestros amos.
Y el oro lo sacaron en Cuitlahuactonco, en casa de Itzpotonqui. Y cuando lo han sacado, de nuevo llevan atados a nuestros príncipes hacia Coyoacan.
Fue en esta ocasión cuando murió el sacerdote que guardaba a Huitzilopochtli. Le habian hecho investigación sobre dónde estaban los atavíos del dios y los del Sumo Sacerdote de Nuestro Señor y los del Incensador máximo.
Entonces fueron hechos sabedores de que los atavíos que estaban en Cuauhchichilco, en Xaltocan; que los tenían guardados unos jefes.
Los fueron a sacar de allí. Cuando ya aparecieron los atavíos, a dos ahorcaron en medio del camino de Mazatlán.
Los últimos días del sitio de Tenochtitlan
Y todo esto pasó con nosotros.
Nosotros lo vimos,
nosotros lo admiramos.
Con esta lamentosa y triste suerte
nos vimos angustiados.
En los caminos yacen dardos rotos,
los cabellos están esparcidos.
Destechadas están las casas,
enrojecidos tienen sus muros.
Gusanos pululan por calles y plazas,
y en las paredes están salpicados los sesos.
Rojas están las aguas, están como teñidas,
y cuando las bebimos,
es como si bebiéramos agua de salitre.
Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe,
y era nuestra herencia una red de agujeros.
Con los escudos fue su resguardo, pero
ni con escudos puede ser sostenida su soledad.
Hemos comido palos de colorín,
hemos masticado grama salitrosa,
piedras de adobe, lagartijas,
ratones, tierra en polvo, gusanos...
Comimos la carne apenas,
sobre el fuego estaba puesta.
Cuando estaba cocida la carne,
de allí la arrebataban,
en el fuego mismo, la comían.
Se nos puso precio.
Precio del joven, del sacerdote,
del niño y de la doncella.
Basta: de un pobre era el precio
sólo dos puñados de maíz,
sólo diez tortas de mosquito;
sólo era nuestro precio veinte tortas de grama salitrosa.
Oro, jades, mantas ricas,
plumajes de quetzal,
todo eso que es precioso,
en nada fue estimado.
Nos hemos convertido en sombras,
Hemos perdido nuestra tierra, nada somos ya,
Hemos sido vencidos.
Ya nada nuestro tenemos,
Nada somos ya.
(Extraigo estos fragmentos de la Visión de los vencidos, de Miguel León Portilla, México, FCE, 1988, que a su vez los trae a colación: esta crónica es de 1528 y se guarda en la Biblioteca Nacional de París)
17/12/2006
Sobre Internet como herramienta de estudio y de trabajo en el aula (TIC)

Algunos de mis lectores ya sabrán que intento introducir el uso de Internet en el aula como herramienta de estudio, y que Ensenyament me da dos horas semanales para ello. Se aprobaron 50 proyectos, entre los que estaba el mío, para impulsar este uso.
En verano asistí a un curso de 15 horas muy instructivo en la UPC, en el que nos pusieron en contacto con una serie de herramientas útiles. Algunas las había utilizado y las conocía (como la revista web de Centro, el blog, el power point, la web-quest), y otras no, pero sobre todo, me fue muy útil conocer el trabajo de otros colegas, porque en realidad yo he estado en contacto con gente de fuera, precisamente a través de Internet, pero muy poco con la gente que trabaja en Cataluña seguramente porque mi trabajo se ha hecho en el ámbito del español, y no en catalán. De modo que el curso fue muy enriquecedor. El lunes pasado (11 de diciembre) y continuando aquellas Jornadas, asistí a una conferencia de Daniel Cassany, profesor de Teoría del Discurso de la Universitat Pompeu Fabra. Al instante recordé aquel curso que nos vino a dar Anton van Dijk a El Colegio de México que tanta satisfacción me dio y tanto me aportó profesionalmente.Cassany no decepcionó Después, pasamos a exponer los logros y dificultades de nuestros proyectos ya en petit comité.Como no soy política, yo me centré más en los problemas y en lo didáctico, mientras que mis compañeros, más experimentados en estas lides, se centraron en los logros y las peticiones de maquinaria informática. Soy tan políticamente incorrecta que hasta me molesto conmigo misma (después) y no puedo evitar preguntarme por qué demonios soy como soy. Ésta es una de las razones de mi fracaso en el mundo universitario español: me falta mano izquierda. En fin, a lo que iba: Yo había escrito previamente un informe de las actividades del primer trimestre y pasé a exponerlo. Mis conclusiones son pesimistas. Encuentro una resistencia tremenda ante Internet como herramienta de trabajo y de estudio. Para mi sorpresa, la mayoría de los compañeros que hablaron explicaban que en sus centros todos o casi todos estaban entusiasmados con su uso y lo usaban profusamente en clase. Me dieron envidia, primero, y luego me pregunté si eso sería así, en verdad. Afortunadamente, nos coordina una profesora que ya conocí en las Jornadas de verano, Laia Martín, que creo que tiene mucho entusiasmo y que no es una especialista ni una política, sino como yo, una profesora que se apasiona con su trabajo y trata de mejorar constantemente. Esa fue la impresión que me dio.
Hace tiempo publiqué aquí un artículo, que tuvo cierta difusión, sobre las pobres condiciones de trabajo en mi Instituto con relación a la falta de ordenadores o de cañones de proyección. Hoy, que a causa del proyecto nos han enviado nueve cañones con sus respectivos ordenadores, la situación no ha mejorado en el fondo, porque el profesorado prácticamente no los está utilizando. Ya en aquel artículo, señalé que uno de los problemas acuciantes era esta indiferencia, esta apatía de muchos profesores. Ahora lo he ido comprobando. Las conclusiones de mi trabajo son éstas:
a) Mi impresión es que hay un gran número de profesores reacios a utilizar internet en el aula (alrededor de 45-50); un número regular de profesores ( alrededor de 20), dispuestos a aprender su uso, pero inseguros en cuanto a su capacidad o al tiempo de dedicación que tienen para hacer documentos propios, es decir, inseguros sobre su propia capacidad para utilizar las herramientas de Internet en el aula, y un pequeño número de profesores que poco a poco se van iniciando en este uso ( unos 6 ó 7), y que van progresivamente intentando pequeñas incursiones didácticas y de trabajo colaborativo con los alumnos en sus cursos actuales.
Mi propuesta ha sido que desde los departamentos se estimule a que los profesores lleven a cabo al menos una unidad didáctica para ser utilizada con TIC La poca implicación del profesorado es preocupante. Considero que muchos profesores, no sólo los de mayor edad, tienen una actitud de desinterés, basada, probablemente, en un desinterés más generalizado en su profesión. Desmotivados en términos generales, inmersos en rutinas obsoletas. Cuya aspiración máxima es no trabajar demasiado, hacer las cosas fáciles. Algunas frases como ‘ Yo tengo una familia y no tengo tiempo para esto’ o ‘ Yo soy un profe clásico: de pizarra y tiza’ se repiten en cuanto se ofrece una tutoría sobre TIC.
Considero que esta actitud, bastante generalizada, debería alertar a Ensenyament sobre el descontento interno o la apatía de muchos de los profesores que tienen contratados indefininidamente.
Por otro lado, que profesores interinos o sustitutos no se impliquen con este trabajo, que no nos engañemos, es arduo, es más comprensible. Su situación de inseguridad es absoluta y la perspectiva de las pocas plazas ofrecidas con relación al número de aspirantes los hace concentrarse únicamente en las tareas de preparación de oposiciones, hecho que no se puede reprochar.
b) En cuanto a los medios, creo que desde Ensenyament se debe priorizar el uso de Internet en el aula dotando a cada aula de un proyector y de un ordenador. Y no sólo dar 9 ‘kits’. Es poco, es insuficiente.
Este proyecto durará tres años. Yo espero que en ese tiempo esta impresión mía cambie, y que mis compañeros comprendan la importancia que tiene introducir esta herramienta como algo cotidiano, normal en sus clases. Que se preocupen por hacer sus propios materiales (porque cada uno de nosotros tiene su opinión, su punto de vista sobre las cosas, su prioidades sobre lo que sabe más importante o indispensable en cuanto al tema que enseña), o que acudan a trabajos ya elaborados -porque otra de las ventajas de internet en el aula es que hay mucho material al alcance de todos-, es un arma colaborativa, democrática. Y sobre todo, que se den cuenta de que usar internet no significa simplificar conocimientos, sino que nos ayuda a seleccionar lo mejor, a profundizar en el conocimiento, como antaño lo hizo la imprenta frente al manuscrito...
18/12/2006
Carlos Fuentes, Diana o la cazadora solitaria

Hace décadas que la creación novelística de Carlos Fuentes me resulta decepcionante. Cuando lo comencé a leer, yo tenía 18 ó 19 años. Me inicié con esos relatos magistrales de Aura o La muñeca reina, y después me interné en aquel universo culto, vertiginoso y especial que creó desde su primera novela: Los días enmascarados, La región más transparente, Las buenas conciencias, La muerte de Artemio Cruz, Cantar de ciegos o Cambio de piel (mi preferida).
Creo que su decadencia comenzó cuando publicó Zona sagrada en 1967, una novela muy parecida a ésta, Diana o la cazadora solitaria, A partir de entonces, Fuentes ha incursionado con varia fortuna en el ensayo (es notable para mí su Tiempo mexicano ( 1971) , y se ha convertido en un intelectual tal como se entiende esa palabra en América Latina. Un hombre comprometido, lúcido en lo político y en lo ético, con una prosa excelente, una gran capacidad de análisis, pero ya sin magia, sin esa magia que elevaba sus creaciones iniciales. Sus primeras novelas nada tienen que ver con las publicadas después de los setenta.
La verdad es que yo estaba en medio de una crisis de creación que yo mismo aún no medía. Mis primeras novelas tuvieron éxito porque un público lector nuevo en México se reconoció (o todavía mejor, se desconoció) en ellas, dijo así somos o así no somos, pero en todo caso, les dio una respuesta interesada, y a veces hasta apasionada, a tres o cuatro libros míos, que eran vistos como puente entre un país convulso, mustio, rural, encerrado, y una nueva sociedad urbana, abierta y acaso demasiado abúlica (…) No quise repetir el éxito de esas novelas. Acaso me equivoqué en buscar mi nueva fraternidad sólo en la forma, divorciándome de la materia. El hecho es que un día llegué al agotamiento palpable entre el fondo vital y la expresión literaria. (p.63).
En cuanto a las novelas posteriores, Terra Nostra (1975), La cabeza de la hidra (1978), Gringo viejo ( 1985), Cristóbal Nonato (1987), Instinto de Inez (2001), La silla del águila (2003) o Inquieta compañía (2004), me han parecido obras fallidas. A menudo su escritura se me ha vuelto aburrida, farragosa, superficial o prescindible.
Y sin embargo, le sigo leyendo. ¿Y por qué? Quizá porque sigo buscando aquel don primero, aquella fascinación, aquel placer de tardes de lectura en el Parque Hundido, entre el reloj floral y el exhibicionista de la Avenida de los Insurgentes; tardes de la colonia Florida, cuando yo era poco más que una adolescente ávida de palabras, aventurera de lecturas interminables.
La naturaleza muere pero sus nombres son idénticos. La flor, el pájaro, el río, el árbol, la cosecha, tienen siempre el nombre de la rosa y el colibrí, el Nilo y el pirul, el trigo. Su muerte, su paso, no cambia sus nombres (Cambio de piel).
Así que después de un tiempo sin leer a Fuentes, y habiendo visto hace poco la Santa Juana de Otto Preminger con Jean Seberg por enésima vez, decidí adentrarme en esta novela, más autobiográfica que lo que suele serlo cualquier novela, pues está basada en la historia de amor y de pasión que mantuvo Fuentes con Seberg en los años 69/70.
La obra está escrita en primera persona: son unas memorias de aquellos días, de aquellas semanas, de aquellos dos meses en que Fuentes y Seberg se amaron y se dejaron de amar.
La historia de la creación de una pareja y de su posterior disolución es universal, pero es siempre distinta, siempre íntima. Hacerla pública le confiere una categoría ficcional a lo vivido, le confiere un análisis que no lleva en sí ninguna relación, que por naturaleza es pasional, es irracional y no meditada: es absurda, siempre. Pero después, ay, sí, después, cuando esa relación es vertida en palabras, entonces se ve, se ve verdaderamente lo que fue, y más todavía, lo que significó. Escribir lo vivido permite también ponerlo en contexto. Toda vida transcurre dentro de una coordenadas políticas, económicas, sociales, pero mientras es vivida estas redes no se ven. Es cuando volvemos la vista atrás, cuando ponemos eso vivido en palabras, cuando reflexionamos y pensamos sobre ello, que nos damos cuenta de cuánto influyó en nosotros ese contexto inevitable. Al mismo tiempo, todo cuanto escribimos, de modo radical, ya no late.
Diana la cazadora solitaria. Esta narración lastrada por las pasiones del tiempo se derrota a sí misma porque jamás alcanza la perfección ideal de lo que se puede imaginar. Ni la desea, porque si la palabra y la realidad se identificasen, el mundo se acabaría, el universo ya no sería perfectible simplemente porque sería perfecto. La literatura es una herida por donde mana el indispensable divorcio entre las palabras y las cosas. Toda la sangre se nos puede ir por ese hoyo. (p.16).
La figura de Seberg-Soren se recorta así en un primer plano en que resaltan su pureza de muchacha de Iowa que salta a la fama de un día para otro, tras su elección como Doncella de Orleáns en el film ya citado; su inconsciente y candorosa posición política, sus relaciones con los grupos de los Panteras Negras, su matrimonio abierto con un escritor e intelectual francés, su incómoda posición frente al cine de Hollywood y la persecución de que fue objeto por parte de FBI y CIA. El discurso político de Fuentes entra en todos los ámbitos de esta narración: la sustenta. La poderosa fuerza destructora de ese imperio represivo e intrusivo se hace visible en todo: no sólo en la persecución de Diana, también en otros ámbitos, impregnándolo todo, manchándolo todo.
Ella, todos los años regresaba a su pueblo en Iowa a conmemorar el Día de Acción de Gracias, ese Thanksgiving que sólo los gringos celebran. Les recuerda su inocencia: eso es lo que de verdad celebran. Evocan el año cumplido por los fundadores puritanos (…) Yo los llamo, para hilaridad de algunos amigos los primeros espaldas mojadas de los Estados Unidos. ¿Dónde estaban sus visas, sus tarjetas verdes? Los puritanos eran trabajadores inmigrantes, igualito que los mexicanos que hoy cruzan la frontera sur de los Estados Unidos en busca de trabajo y son recibidos, a veces, a palos y a balazos. ¿Por qué? Porque invaden con su lengua, su comida, su religión, sus brazos, sus sexos un espacio reservado para la civilización blanca. Son los salvajes que vuelven. En cambio, los blancos gozan de la buena conciencia del civilizador. Roban tierras, asesinan indios, decretan la separación sexual, impiden el mestizaje, imponen una intolerancia peor que la que dejaron atrás, cazan brujas imaginarias y son, sin embargo, los símbolos de la inocencia y de la abundancia. (p. 91).
El interludio mexicano de Jean Seberg es breve pero no ya anecdótico, puesto que ha sido rescatado por la literatura y ha sido completado su retrato con el retrato de su nación y de su tiempo. Fuentes también se retrata a sí mismo y no es autocomplaciente. Se nos muestra soberbio, pero también consciente de sus fallos, de la pérdida del don mágico de la escritura, consciente de que su matrimonio con Luisa Guzmán (en la realidad Rita Macedo, una excelente actriz que podemos ver en películas de la etapa mexicana de Buñuel, como Nazarín, o en otras de Ripstein como El Castillo de la Pureza) ha fallado ya, a pesar de los esfuerzos de ella. Fuentes nos cuenta con franqueza su donjuanismo, su esnobismo, su persistente lucha contra y por las palabras…
Mínimo Don Juan cuarentón de la noche mexicana yo aspiraba como hombre a este poder de metamorfosis y movimiento, pero sobre todo lo deseaba como escritor. Amando o escribiendo, nada es más excitante o más bello que reconocer la resietncia mutua entre el poder que ejercemos sobre un semejante y el poder que el otro –hombre o mujer- ejerce sobre nosotros (…) Este es el terreno común del sexo y la literatura. Pasa un ángel con alas de ceniza. (p.22).
El matrimonio de Fuentes y Macedo es otra relación que se deshace, al mismo tiempo que se deshace el breve encuentro con Seberg. Todo se desvanece en esta novela: los yo de Fuentes y de Seberg, sus matrimonios, su relación con el cine (en el caso de ella) y con la literatura (en el de él). Todo está en crisis y en proceso de destrucción. El mundo también se deshace en medio de la corrupción, de la suciedad de los agentes secretos de la CIA o el FBI empeñados en el fútil intento de destruir a una actricita de Iowa.
Me crucé con ella una noche en un restaurante de París a finales de los setenta. Me sonrió fijamente pero no me reconoció. Era como una muerta a la que no le cerraron los ojos. Una sonrisa sin destinatario. El desfase de la mirada. Una zombi de carnes hinchadas. Una carne miserable. Una belleza mal nutrida. (p.219).
Sin embargo, él seguirá escribiendo tras esa tormenta, mientras que ella, más frágil, más sola, también más implicada en la política aunque sea de manera un tanto irresponsable, irá cayendo hasta llegar al momento de la muerte. Drogas, cirugía plástica, tristeza, depresión, la muerte de un hijo recién nacido…todo la lleva hasta su destrucción como ser humano, pero no como actriz ni como musa. Al menos dos obras, aparte de sus films, sobrevivieron a su caída: Diana o la cazadora solitaria, y Lágrimas negras, la obra póstuma de Ricardo Franco.
Recuerdo y escribo para recordar el momento en que ella siempre sería como fue, esa noche, conmigo. (p.12).
Carlos Fuentes, Diana o la cazadora solitaria, Madrid, Punto de lectura, 2006 (14ª edición).
20/12/2006
Nosotros no envejeceremos juntos, de Maurice Pialat

Este segundo largometraje de Pialat (1972) es una obra autobiográfica. Merlène Jobert cuenta, en una entrevista que aparece en los extras, que Pialat deseaba que ella usase un bikini exactamente igual que el que tenía ‘su’ Catherine y que lo que Pialat contaba en la película era la crónica desgarrada de la desintegración de su pareja. Así pues, el personaje de Jean, que con el acierto de siempre encarna el gran actor francés Jean Yanne, es un alter ego de Pialat.
Jean es un cineasta, casado con Françoise, con quien mantiene una relación fraternal y átipica, pues en los momentos en que ella no viaja por Rusia comparten piso, si bien no cama.
Su relación con Catherine dura ya seis años. Y con ella, Jean se comporta de manera dictatorial y caprichosa, cruel, a menudo violenta, alternando estos momentos de odio con otros de cierta ternura, de leves arrepentimientos, y sobre todo, de dependencia.
Catherine, por su parte, acepta con pasmosa naturalidad este errático comportamiento, hasta que finalmente su amor comienza a desaparecer.
La poética de esta obra de Pialat se basa en dos recursos: la reiteración de los episodios de violencia y rechazo, por un lado, y la repetición de los episodios de reconciliación y el realismo y la naturalidad con el que se contemplan y transmiten. La película es una película en carne viva, que relata la peripecia amorosa de un hombre que no se gusta a sí mismo, que se condena al desamor por no saber cómo amar.
Es una película desgarrada y extraña cuya fascinación radica precisamente en la aversión que el personaje de Jean nos provoca, y en la incredulidad que la actitud de Catherine nos despierta.
Sin ser una película excepcional, sí es un obra reveladora y franca sobre esos momentos de destrucción de la pareja que todos hemos vivido alguna vez: una crónica veraz sobre la lenta, desesperante, interminable agonía de un amor.
Nosotros no envejeceremos juntos (1972) Dirección, producción, guión y diálogos a partir de su novela homónima (éditions Galliéra): Maurice Pialat · Productor asociado: Jacques Dorfmann · Fotografía: Luciano Tovoli · Sonido: Claude Jauvert · Montaje: Arlette Langmann · Reparto: Marlène Jobert, Jean Yanne, Patricia Pierangeli, Christine Fabréga, Jacques Galland, Harry-Max, Maurice Risch, Muse Dalbray y Macha Méril.
21/12/2006
'De librorum delectu', de Pascal Quignard

* La lectura sirve para hacer resurgir a aquellos que fueron. Sirve para aproximar lo que no está. Sirve para llamar a quienes están sin voz. Por la lectura sombras y silencios se encuentran. Sirve para que ellas participen en la existencia que los vivos llevan. Como aquellos que viven cerca de nosotros, como aquellos a quienes hemos amado, como aquellos cuyos libros nos conservan los nombres. La lectura de este modo sirve para incluirnos en esa “nada”. Sirve para apropiarnos de quienes ya no son, de ese defecto de aquellos que nos hicieron entre sus piernas, y de ese vacío en nosotros que les corresponde en el acto.
¿El objeto que el escritor hace poco a poco es el mismo que el lector tiene en sus manos? El escritor trabaja en un texto. El lector lee un libro. Una metamorfosis se presenta entre una faz imaginaria y siempre panorámica y un volumen de páginas distintas y no yuxtapuestas. La consagración de la escritura no equivale a la actualización de la lectura. El latín es más preciso. El scriptum se hace liber y un liber se hace lectura. Pero la lectio (que es la enunciación del libro, y éste está en las manos del lector) es una actualidad física, una materialización, un intercambio y una solidaridad violenta, más o menos fácil, que suscita una significación que no preexiste en el “texto” o en la página imaginaria. Es una tensión entre un objeto del cual un cuerpo se ha suprimido y un objeto del cual un cuerpo añade su existencia, la singularidad de su deseo, los medios de su pensamiento, y los sedimentos de su memoria.
Sin duda hay una especie de “lectura que gobierna el texto”, una suerte de “tipografía”, de temporalidad y de espaciamiento que domina la página manual, un fantasma de volumen mudo e inacabado que somete, para quien escribe, el trabajo vivo y cotidiano.
Pero esta misma anticipación no es simétrica. El lector que toma un libro está en la incapacidad de presentir la metamorfosis que le ha otorgado luz (el transporte de la incertidumbre textual y manual en su nitidez tipográfica y física). El lector se desliza de entrada en esta forma que lo domina, que mueve y ritma su mirada, que siente su percepción no sinóptica y lo soborna. Sin duda él puede evocar al que escribió, preguntarse por lo que éste pretendía hacer, etc., pero sólo el liber, el opus es interrogado, y en rigor el scirptum: no la scriptio, no la contingencia y la quimera de la operatio. (Menos aún: pues a pesar de que no tenga la posibilidad, el lector que se prende de un libro no alimenta sin duda el deseo de tocar lo arbitrario de donde éste procede.
Pero estas dos asimetrías son en verdad más o menos indistintas.
*
Esta no coincidencia de la naturaleza del libro (para el autor y el lector), si excluye una definición general, se conforma al mismo tiempo a una función simple, acentúa el interés que nace de la metamorfosis, provoca el enigma que ella propone, desampara en la autonomía particular (dos veces heterónomo en este caso) que de ello resulta, hace surgir de repente la locura que se apodera de algunos hombres.
Plus: Quignard al piano y leyéndose.
25/12/2006
Guitarreando

Anoche nos la pasamos cantando rancheras y similares ’a la De Lille’. Mi hija mayor aportó esta canción de Víctor Iturbe, que espero que les parezca tan divertida como a mi familia:
(Si no funciona, pincha en la Stickam de la barra lateral)
26/12/2006
Pascal Quignard o la pureza del lenguaje

Cuando un escritor me gusta, igual que cuando me gusta un cineasta, procuro conocerle a fondo; seguirle, en la medida de mis fuerzas, para comprenderle, para disfrutar con él, para crecer por dentro. Todo crecimiento requiere su luz y su tiempo.
Eso me ha sucedido con mi tardío encuentro con Pascal Quignard. Francia nos ha dado grandes escritores, novelistas, poetas, pero también en español existen esas razas. Lo que no tenemos es un escritor-escritor. Uno que escribe sin importar el género, en una mezcla de narración, ensayo y poesía o incluso yendo más allá, internándose en el mito, en el misterio profundo guardado bajo cientos, bajo miles de palabras. No tenemos un Foucault ni un Quignard, a pesar de los esfuerzos de Francisco Umbral o de Octavio Paz. No sé si es una cosa que podríamos llamar génética: si esto se explica porque no tuvimos antes Madames de Savigné o Montesquieus, ni siquiera Bossuets. O si es que en el interior de las lenguas existe eso que se denomina ADN en los humanos, que determina si la columna vertebral de una lengua será reflexiva o lúdica, lenta y referencial o rápida y bulliciosa, o si será filosófica, conceptista; si en ella existen o no los gérmenes de la búsqueda, probablemente bizantina, de la verdad. La limpia sintaxis francesa, la elegancia imponderable del discurso en esa lengua, la propia importancia del discurso en francés me hacen pensar que algo hay de eso. Algo hay en esas cláusulas francesas que no encontramos en español, algo que no puedo definir pero que siento. Cadencias, colores, interrogaciones, tempos. la lengua francesa tiene tempos muy largos, frases que se entrelazan vívidamente, que se entrelazan sin perder el hilo de Ariadna. Que no suenan a tercetos encadenados. Qué placer, la lectura. Qué lentitud nos pide esa lectura. Qué lentitud de la palabra dicha, qué lentitud de la palabra leída: pensamiento que se detiene: reflexión, indagación, buceo.
La estructura del discurso de Quignard es versicular. Pensamientos que él llama tratados. Fragmentación que requiere que de nuestro ser interior surja la columna vertebral que los una:la reflexión vertebradora es nuestra. Como en la poesía, sólo se le puede citar literalmente: letra por letra.
Sólo se le puede leer si uno también se siente fuera del mundo, en el mundo de la letra, es decir, en el pensamiento vivo.
Y ese pensamiento es silencioso. La paradoja es sacra. Palabra y silencio. La antinomia únicamente humana.
Sólo se le puede leer cuando se lleva, desde el nacimiento, la nostalgia del mundo prenatal: del mundo originario, de sonidos y de sensaciones no dichas. Nostalgia que nos viene de lejos, tal vez de generaciones anteriores, en la que algún antepasado pronunció una palabra, tuvo un pensamiento que traspasó, sin ser dicho nunca, nuestro mundo inmerso en la placenta. Que no se borró en el trance del parto, que nos acompañó más allá de la herida genital de nuestra madre, al darnos la luz, al darnos a luz. Esa nostalgia silenciosa es la certeza que jamás tendremos sobre nuestra existencia como especie. Una certidumbre de la que carecemos los que buscamos la letra, la literatura. Esa inquietud que nos traspasa y que nos impide ser como los demás, que nos aparta, que nos ha apartado siempre, del mundo de los vivos.
27/12/2006
Profundo Carmesí, de Arturo Ripstein

En realidad, me había propuesto hablar de Pialat nuevamente (quería escribir sobre L’enfance nue), pero la reseña sobre la novela de Carlos Fuentes me llevó inesperadamente a revisar la que para mí es la mejor película de Arturo Ripstein, Profundo Carmesí por una asociación de ideas muy lógica. Al hablar de Carlos Fuentes hablé de Rita Macedo, y al hacerlo, cité su magnífica actuación en una obra juvenil de Ripstein: El Castillo de la Pureza; de ahí salté a reflexionar sobre la poética del cine ripsteniano, tomando como ejemplo esta película descarnada e intensa, cuyas virtudes son paradigmáticas dentro del universo de este autor.
De nuevo en tandem con su esposa y guionista, Paz Alicia Garciadiego, Ripstein reelabora aquí una historia real ocurrida en los Estados Unidos que ya había sido filmada por Leonard Kastele en The Honeymoon Killers en 1970. Curiosamente, François Truffaut la cita como su película americana favorita. Salma Hayek se metió también en el papel de la verdadera protagonista de esta historia, Martha Beck, en Lonely Hearts, dirigida en este 2006 por Todd Robinson.
Los verdaderos protagonistas murieron en la silla eléctrica en la prisión de Sing-Sing, en 1951: habían sido acusados de 17 asesinatos, aunque sus víctimas llegaban al centenar.
Aquí, el desenlace se mexicaniza y los asesinos son ajusticiados con la famosa ‘ley fuga’ en medio del desierto sonorense, en un plano secuencia largo y esperpético, en el que Coral murmura a su amado Nico : ‘Hoy es el día más feliz de mi vida’ antes de caer fulminada por los disparos.
A medio camino entre el esperpento y el melodrama, el cine de Ripstein se nutre de estos temas: crimen, miseria, amor desesperado. La muerte ronda siempre a sus protagonistas: es un personaje más. La historia de Coral y Nico (de Raymond y de Martha) le viene como anillo al dedo. El bolero que podría haber sido leit-motif de esta película se convierte en vals en esta obra, gracias a un tema hermoso de David Mansfield (la música del film ganó también en Venecia, donde Profundo Carmesí consiguió tres galardones).
La interpretación es ejemplar. No es novedad en cuanto a Daniel Jiménez Cacho (Cronos, Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, Celos), uno de los grandes actores mexicanos, ni por lo que toca a Marisa Paredes, excelente como la viuda beata que sucumbe a los encantos del engañador; aparece brevemente la gran Patricia Reyes Spíndola, actriz fetiche de Ripstein (La reina de la noche, Así es la vida, La virgen de la lujuria, El coronel no tiene quien le escriba, El Evangelio de las maravillas, para sólo citar las obras de Ripstein en las que aparece); sobresale también Rosa Furman, en un breve pero contundente papel, y sobre todo Regina Orozco, (cantante de ópera y vodevil mexicano), estupenda como la enfermera Coral (verdadero ángel de la muerte), a quien dota de humanidad, locura y pasión verosímiles: decidida y sangrante en su amor incondicional.
Los largos plano-secuencias característicos de Ripstein dan a la obra su ritmo ceremonial. El rito del amor convertido en sangre, en crimen, en huida y en redención. Es un tema vampírico: la sangre que alimenta el amor y la necesidad mutua de dependencia, de complicidad más allá de toda regla humana.
Desgraciadamente no está disponible en DVD.
Profundo carmesí (México-España-Francia, 1996):Dirección: Arturo Ripstein, Asistentes de Dirección: Iván Ávila y Edmundo Díaz, Producción: Pablo Barbachano y Miguel Necoechea [México]; José María Morales [España]; Marin Karmitz [Francia]; productora ejecutiva: Tita Lombardo; administrador de la producción: Puy Oria. Guión: Paz Alicia Garciadiego, Fotografía: Guillermo Granillo, Diseño de Producción: Mónica Chirinos, Marisa Pecanins, Macarena Folache y Patricia Nava; decorados: Antonio Muño-Hierro, Vestuario: Mónica Neumaier, Edición: Rafael Castanedo, Sonido: Antonio Betancourt, Gabriel Romo, Carlos Faruelo y Eduardo Valverde ,Música: David Mansfield ,Reparto: Daniel Giménez Cacho, Regina Orozco, Marisa Paredes,Verónica Merchant, Julieta Egurrola, Patricia Reyes Spíndola, Rosa Furman.
28/12/2006
Robert Dudley, Earl (conde) de Leicester: Sweet Robin
Si la reina Elizabeth I de Inglaterra amó alguna vez a alguien que no fuera ella misma, fue a Robert Dudley, Earl (conde) Leicester a quien llamaba ‘Mi dulce Robin’ y ‘Mis ojos’.
Durante la etapa Tudor, tres generaciones de Dudley estuvieron muy cerca del trono, no siempre para bien.
Edmund Dudley, el abuelo de Robert, fue ministro de Finanzas de Enqrique VII, el primer Tudor (tras el trágico fin de Ricardo II, la guerra de las dos rosas terminó con el matrimonio de Enrique VII (un Lancaster) y Elizabeth de York). EL padre de Robert John Dudley fue Consejero Privado y Caballero de la Jarretera de Edward Seymour, en tiempos de Eduardo VI y fue nombrado por éste, primero Conde de Wrwick y luego Duque de Northumberland. Tanto uno como otro terminaron sus días decapitados por traición.
Robert nació el 24 de junio de 1532, del matrimonio de John, conde de Warwick y duque de Northumberland, en esos días el hombre más poderoso de Inglaterra, y lady Jane Guildford. El matrimonio tuvo 13 hijos. Robert era el quinto vástago, pero sólo llegaron a vivir la gloria de Elizabeth, Ambrose, Mary y Catherine. Mary es quien ha pasado a la posteridad por haber sido la madre de gran poeta renacentista inglés (equivalente en importancia a Garcilaso), Sir Philip Sydney.
Robert Dudley creció en los alrededores de la ciudad de Londres y en su casa natal de Sussex. Su relación con la que después sería la reina Elizabeth data de su infancia: la conocía cuando ambos tenían 8 ó 9 años y compartían los estudios en el palacio real. Se hicieron muy amigos, esta amistad duraría toda su vida. Robert era tan inteligente como Elizabeth, aunque no le interesaban los clásicos, como a ella. Fue educado por John Dee, igual que todos sus hermanos. Y gustaba sobre todo de las matemáticas, la astronomía y el cálculo. Era un gran jinete (Elizabeth también era una amazona notable) y un atleta sobresaliente.
Ya desde entonces, según comentó él alguna vez, Elizabeth decía ‘que jamás contraería matrimonio’. La trágica muerte de su madre, Ana Bolena, probablemente la apartó para siempre del sacramento que tan caro le costó a su progenitora.
En junio de 1550, cuando tenía 18 años, Dudley casó con Amy Robsart, hija y heredera de un caballero de Suffolk que le aportó numerosas propiedades en Norfolk. Siendo el quinto hijo, un matrimonio con una heredera era algo muy deseable, puesto que él no iba a heredar títulos o propiedades de su padre. A su boda asistieron tanto Eduard VI como la princesa Elizabeth. La propiedad de Norkolk también le llevó a la Cámara de los Comunes. Un año más tarde, pasó a la Cámara de los Lores, en donde intervino en varios asuntos referidos a otros nobles, a pesar de su juventud.
Cuando Robert cumpió 19 años, su padre le hizo entrar en el Consejo privado del joven rey Edward VI.
Poco antes de la muerte de Edward VI, a Dudley se le concedieron tierras en Northamptonshire y Leicestershire. Claramente, Northumberland esperaba que Robert levantase a sus vasallos en favor de la subida al trono de Jane Grey, que era su nuera, en contra de la legítima heredera del trono, Mary Tudor, conocida después como Bloody Mary, hija mayor de Enrique VIII, de su primer matrimonio con Catalina de Aragón.
En Julio de 1553, el Consejo privado ordenó la aprehensión de John Dudley (Northumberland) y de sus seguidores y fue llevado a la Torre de Londres. En 1554 se declaró culpable de traición ante el jurado de la ciudad de Londres y fue sentenciado a muerte y ejecutado.
Robert fue hecho prisionero junto con su padre y sus hermanos en la Torre de Londres. A la sazón, ahí estaba presa también Elizabeth, manchada por sospechas de complicidad con la rebelión de Thomas Wyatt en contra (también) de su hermana Mary. La leyenda dice que fue ahí donde surgió el amor entre Robert y Elizabeth.
John Ducley, padre de Robert, fe ejecutado, y también lo fue su hermano menor Guildford, casado con Jane Grey, quien también fue ajusticiada. Ambos jóvenes fueron víctimas e instrumentos de la ambición de Northumberland, el padre de Robin.
La reina Mary no quiso mancharse más de sangre, que adivinaba inocente, y habiendo desaparecido la amenaza principal a su trono, en las figuras de Lady Jane Grey y de dos Dudleys, dejó en libertad al resto de los hermanos en Octubre de 1555 y los perdonó poco después.
El hermano mayor de Robert, John, murió poco después. Los tres hermanos restantes, Ambrose, Robert y Henry pasaron a formar parte del séquito inglés del rey Felipe II, a la sazón en Inglaterra como marido (desgraciado) de Mary Tudor.
En 1557, los tres pasaron a luchar con las tropas de Felipe en san Quintín, obteniendo a cambio la devolución de sus propiedades familiares, que habían sido incautadas por la reina con el asunto de Lady Jane. En San Quintín murió Henry Dudley. Robert volvió a Inglaterra como mensajero de Felipe. Sus servicios fueron recompensados ampliamente, pues le fueron devueltos todos sus privilegios a él y a sus hermanos y hermanas en 1558.
Por esta época, parece que Robert tuvo que vender algunas propiedades para auxiliar a su amiga Elizabeth, que tenía dificultades económicas, pues su hermana Mary se sentía celosa de ella, y molesta por su obstinada lealtad a la fe protestante. Elizabeth nunca olvidó ese gesto de lealtad de Robert.
Poco después murió Mary y Elizabeth, en 1558, por fin accedió al trono de Inglaterra.
De inmediato, Dudley fue nombrado ‘Master of the Horse’, un cargo que le aseguraba pingües ingresos y presencia en la corte. Organizaba las apariciones públicas y las diversiones de la reina: él también amaba la música, los bailes, el teatro y la música. Todos comprendieron la preeminencia del favorito de Elizabeth. Situación que duró, con intermitencias, 30 años. Se rumoreaba que había intimidad entre ellos, pero nunca se supo el grado…Ella le permitía entrar en sus habitaciones a cualquier hora, pero vigilaba, porque no era una mujer imprudente.
Dudley era el hombre más odiado de Inglaterra. Era arrogante y poderoso, dispendioso y a menudo fanfarrón. Pero ella le adoraba y no podía pasar sin él. Por su parte, es evidente que él, más allá de su ambición – lógica- por hacerse con la mano de Elizabeth y el reino-, la quería sinceramente.
La muerte de Amy Robsart iba a ser el obstáculo mayor para su improbable matrimonio. La mujer de Dudley fue encontrada con el cuello roto al pie de la escalera de su casa de Oxfordshire, en un día en que los sirvientes no estaban. Dudley tampoco, pero aún así, se rumoreó que había sido un asesinato. Hubo una pesquisa y él resultó inocente, pero Elizabeth nopodía ya casarse con él, de haberlo deseado (cosa que dudo). A no ser que hubiese aceptado pasar a la historia como posible cómplice de un asesinato. Probablemente fue una caída accidental, debido a una fractura espontánea de huesos, ya que Amy padecía un cáncer de pecho muy avanzado. En todo caso, él no salió indemnea pesar del veredicto de inocencia. Robert esperó inútilmente que Elizabeth aceptase casarse con él, hasta 1578, en que por fin, se casó secretamente con Lettyce Knollys, prima de Elizabeth y madre de Robert Deveraux.
Mientras tanto, Robert fue nombrado miembro del Consejo Privado de la reina en 1762, y recibió los títulos de barón de Denbigh y conde de Leicester. Tuvo un hijo con Lady Douglas Sheffield (ella alegó que habían contraído secreto matrimonio, pero no le fue reconocido, aunque sí el hijo, también llamado Robert, único descendiente varón de Dudley) . En 1578, Dudley casó secretamente como hemos dicho, con Lettyce, con quien tuvo dos hijos varones, ambos muertos: el primero poco después de nacido, el segundo, a los 4 años de edad. Su muerte causó a Dudley el más atroz de los sufrimientos: sabía que su descendencia y su nombre se perdían con él.
En 1585, la reina le nombró Comandante de su ejército en Flandes. La región se rebelaba contra España y los ingleses se aliaron con los holandeses. No tuvo mucho éxito y gastó enormes sumas de dinero. La ambición sin límites le llevó a actuar casi como un virrey, y a crear una falsa corte, con Lettyce como ‘virreina’. Lo que enojó especialmente a Elizabeth. En 1588, Robert acompañó a Elizabeth a Tilbury, ocasión que recogen todas las crónicas, cuando la Armada Invencible amenazaba las costas inglesas. Fue en esa ocasión memorable cuando estuvieron juntos por última vez.
Dudley padecía cáncer de estómago y ya estaba muy débil. De camino para tomar las aguas, murió en su casa de Oxfordshire en septiembre de 1588 y fue inhumado en la capilla de Beauchamp de la iglesia de Saint Mary, en Warwick.
Elizabeth siempre conservó sus cartas como si fueran un tesoro. Al saber que había muerto, se encerró en su habitación, presa del dolor y del pánico. Estuvo encerrada tres días. Le sobrevivió 15 años. El hijastro de Dudley, Robert Deveraux, Lord Essex, nunca fue tan amado, nunca mereció, como su padrastro, la confianza de Elizabeth.
He traducido y adaptado de aquí. Las imágenes proceden de la misma fuente.
29/12/2006
Cinco veces la flor, de Alejandro Aura

UNA:
No tengo amor.
Vivo este lunes frío para nadie.
En mi corazón hubo fortalezas y banderas;
hoy, que se le busque un brote,
una siquiera banderita verde.
Que alguien se la busque.
DOS:
Alto a la destrucción.
Un momento.
Propongo un pacto general:
que se cultiven flores,
no jardines.
TRES:
Alguien dejó una flor de papel sobre mi mesa,
es linda y morada y verde, gracias.
Esperé una flor toda la vida,
y hoy, martes raspado de melancolía,
no sé de dónde, me ha llegado.
Pinche florecita de papel,
te quiero.
CUATRO:
De las horas más muertas que tenía
tú me sacaste al mundo
y me pusiste a cantar.
CINCO:
No tú dijiste nada
sino tu pelo y tus uñas y tus besos.
Por eso, pequeñita,
platito de arroz,
mientras mi corazón estaba seco
me levanté contento
a quererte con los pies y con las manos,
me levanté otra vez sonando mis tambores.
Dirás que no
pero hoy me levanté a quererte
y a que tú me quieras.
Alejandro Aura es fundamentalmente un hombre de teatro.
Nació en el Distrito Federal, el 2 de marzo de 1944.
Es poeta, narrador, dramaturgo, director de escena y guionista. Ha sido director y guionista de programas de radio y televisión y autor de varios de ellos como: Azul, En su tinta y Entre amigos. Ha dirigido también talleres de poesía, para instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Ha dado cursos de Teatro Clásico, Danza y Montaje Escénico.
Fue becario del Centro Mexicano de Escritores en 1964.
Bibliografía poética:
"Cinco veces la flor", en Poesía Joven de México (colectivo), ed. Siglo XXI, México, 1967.
Alianza para vivir, UNAM, 1969.
Varios desnudos y dos docenas de naturalezas muertas, Monterrey, Nuevo León, Poesía en el Mundo. 1971.
Volver a casa, Instituto Nacional de Bellas Artes/ Joaquín Mortiz, 1974.
Tambor interno, Casa de la Cultura del Estado de México, 1975.
Hemisferio sur, Papeles Privados, 1982.
La patria vieja, Universidad Autónoma de Puebla, Asteriscos, 1986.
Cinco veces, Secretaría de Educación Pública, 1989.
Poeta en la mañana, Fondo de Cultura Económica, 1991.










