Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2005.
Resumen
- 01/08/2005 14:26 - En boca cerrada no entran moscas
- 02/08/2005 13:59 - El maestro de música, de Gérard Corbiau
- 04/08/2005 14:01 - Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas
- 04/08/2005 19:34 - Los musulmanes en el Reino Unido
- 05/08/2005 14:49 - Dos películas de Derek Jarman
- 08/08/2005 00:51 - Garcilaso de la Vega y el soneto X o "La vida como mito"
- 10/08/2005 20:10 -
- 15/08/2005 14:14 - "Liberté" de Paul Eluard
- 17/08/2005 19:31 - El contorno del abismo.Vida y Leyenda de Leopoldo María Panero
- 18/08/2005 11:02 - ¿Y ahora qué?
- 21/08/2005 12:19 - El rey danza (La pasión del rey) de Gerárd Corbiau
- 21/08/2005 11:23 - Alexander Calder o el arte como juego
- 25/08/2005 12:01 - Sin City, un gran acierto de Robert Rodríguez
- 28/08/2005 15:24 - Las afinidades electivas de los Hermanos Taviani
- 31/08/2005 20:35 - La soledad sin fondo del doctorando
01/08/2005
En boca cerrada no entran moscas
Siempre he añorado una vivencia no vivida: la del silencio en un claustro o jardín conventual.
A veces las palabras desaparecen: el signo lingüístico, todos lo sabemos, es dialogístico. Pero cuando deja de serlo desaparece, se esfuma no como niebla, sino como vacío.
Cuando el vacío se instala, es mejor salir de la habitación.
La habitación vacía es la hermosa metáfora de la ausencia. Y sólo admite una persona: el contemplador, que está afuera y observa, silenciosamente, pero no participa de esa ausencia, pues la ausencia no es posible habitarla.
La paradoja consiste en anunciar la ausencia de las palabras, porque solamente diciéndolo es posible convocar el vacío que vendrá. Así, por un momento, la palabra habita la ausencia, para enseguida abrir la puerta y salir.
02/08/2005
El maestro de música, de Gérard Corbiau
Tan fecunda como la relación entre cine y literatura es la relación entre la música y el cine, y también me siento inclinada a las películas en las que esta relación se concreta. Una de mis presentes frustraciones es no tener en mi devedeteca “Todas las mañanas del mundo”, de Alain Corneau, pero en cambio tengo una buena colección de películas en las que la música es protagonista, y una de ellas es ésta de Corbiau.
El maestro de música, protagonizada por José Van Dam, trata de la música como legado y como secreto cabalístico, como corpus hermeticus. De hecho, la música y la matemática celeste han estado hace siglos ligadas en el contexto de la sabiduría occidental. La música de los astros, el mundo celeste movido al compás de la voluntad divina para extraer una melodía, como en el poema de Fray Luis,en su "Oda a Francisco Salinas":
(...)
El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,
Salinas, cuando suena
la música estremada,
por vuestra sabia mano gobernada.
A cuyo son divino
el alma, que en olvido está sumida,
torna a cobrar el tino
y memoria perdida
de su origen primera esclarecida.
Y como se conoce,
en suerte y pensamientos se mejora;
el oro desconoce,
que el vulgo vil adora,
Ve cómo el gran maestro,
aquesta inmensa cítara aplicado,
con movimiento diestro
produce el son sagrado,
con que este eterno templo es sustentado.
Y como está compuesta
de números concordes, luego envía
consonante respuesta;
y entrambas a porfía
se mezcla una dulcísima armonía.
Aquí la alma navega
por un mar de dulzura, y finalmente
en él ansí se anega
que ningún accidente
estraño y peregrino oye o siente.
(...)
¡Oh, suene de contino,
Salinas, vuestro son en mis oídos,
por quien al bien divino
despiertan los sentidos
quedando a lo demás amortecidos!
La película.
A principios del siglo XIX, Joachim Dallayrac (Van Dam), famoso cantante, ya viejo, cansado y enfermo, decide retirarse tras una actuación apoteósica pero, incapaz de prescindir de la música y deseando transmitr todos sus secretos, se dedica a transmitirlos a una joven alumna, cuyo inmenso talento la hace merecedora de esa summa que son los conocimientos de Dallayrac. Circunstancialmente, aparece un joven salvaje, dueño de una voz excepcionalmente hermosa, y comienza el tejido de las relaciones entre los cuatro: los alumnos(Sophie, la exquisita Anne Roussel, y Jean), el profesor y su compañera. Joachim acepta el reto de su Moriarty particular, el príncipe Scotti: participarán en un concurso donde el protegido de éste tiene todas las de ganar, pues Dallayrac y sus alumnos estarán en campo enemigo. La diferencia no estribará aquí pues, ya en la técnica (que como a los toreros, se les supone) sino en la capacidad que cada uno tiene para transmitir el sentimiento místico, sensual o supraterreno de la música y también en la modestia con que se acercan al arte, pues Dallayrac ha enseñado a Jean que si Scotti perdió su peculiar duelo con él, no fue por ser inferior a él, sino por creerse superior.
Porque Dallayrac no sólo enseñará a sus alumnos la técnica, la práctica y la teoría musicales, también la ética que subyace en todo arte o sea, el espíritu y la materia del arte de la música. La fuerza, la contención, la rabia, y la moral, la belleza transida tantas veces de dolor, pero jamás ¡jamás! mancillada por la soberbia o por una ambición espúrea.
Todo en esta película rezuma nobleza y belleza: la música, por supuesto, con la hermosísima voz de su protagonista, José Van Dam en primer lugar; los escenarios, el vestuario, las actuaciones y la belleza de la moral estética, no exenta a veces de juego y seducción y toques de ironía, especialmente en ese final de “Comedia del arte” que refleja el cartel promocional. No es una película solemne, sino profunda: dos cosas muy distintas. Ahora que ha salido el DVD de “El Rey Danza”, también de Corbiau, cuya belleza es también perfecta (aunque como película sea más superficial que ésta), recomendaría la visión su opera prima (1988), que tuvo un éxito merecido en su estreno y fue nominada como mejor película extranjera a los Oscar de ese año.
A los amantes de la música y del cine no les decepcionará.
04/08/2005
Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas
Siempre he disfrutado con Enrique Vila-Matas. Después de leer a Auster, que siempre me deja agotada, necesitaba un poco de aire fresco. Ayer de nuevo visité La Central y me traje un botín variopinto: Las partículas elementales de Michel Houellebecq, Las palabras y las cosas del gran Foucault, que en una de mis muchas mudanzas se perdió, o se lo llevó mi amado ex (pero no lo creo, porque él lo tenía en francés), y que estuvo mucho tiempo agotado, y este Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas al que me dediqué inmediatamente, ya en el Metro del Vallès que me traía hasta casa.
La escritura de Vila-Matas tiene la prodigiosa levedad y aérea gracia de un pétalo de flor. No por ligera es menos profunda. A veces pienso que su alma de artista es similar a la de un prestidigitador o un mago del siglo XIX, pero no uno circense, sino uno verdadero, al estilo del que hizo desaparecer para siempre a Lady Mildred Chaunce en aquella histórica sesión de espiritismo y magia a la que asistió sir Arthur Conan Doyle en el castillo de Kilkenny en una tormentosa noche de invierno. Que el mago desapareciese también no quita verosimilitud al relato.
Bartleby y compañía trata de todos aquellos no escritores o escritores interruptus que han existido. Aquellos que, como Rimbaud o Rulfo, dejaron de escribir tras la publicación de sus obras maestras. Aquellos que nunca escribieron, como Sócrates o como Clément Cadou, que tras conocer a Witold Gombrowicz (a quien admiré mucho en mis juveniles años), decidió no escribir nunca y sólo fue autor de su epitafio, que pasó así a ser su opera omnia.
Es un tema que a mí me ha gustado mucho, éste del silencio y de la palabra. Y he meditado mucho y creo que tdos los amantes de las palabras sabemos, con un conocimiento que nos llega a herir, que las palabras son algo muy peligroso. Armas de dos filos, elementos casi vivos, que como los hombres y las mujeres, halagan, aman y traicionan y matan. Palabras que matan o que mueren, o si no son dichas, su enverso, su no existencia, dice también, a veces. El silencio también habla, inspira o sugiere.
Yo creo que toda persona que haya tratado con ellas largamente sabe que las palabras no son suficientes nunca, y en ese sentido, todos nos hemos planteado alguna vez el porqué de seguirlas enlazando, dándoles un sentido a través de la sintaxis o del discurso, o tratando de buscar un sentido a algo que quizá no lo tiene. Al mismo tiempo ¿qué seríamos sin ellas? ¿o cómo nos reconoceríamos? Y todos los que hemos escrito, profesionalmente o por amor a las palabras nos hemos preguntado muchas veces si vale la pena escribir, si no es más normal simplemente leer. No a todos las palabras leídas les convocan unas palabras escritas. Y no todo a los que les dirgimos las palabras tienen a bien contestarnos, dejando así, un vacío, una frustración inetrna en nuestra alma. Una herida. Una herida que no tiene cura.
Así que el libro de Vila-Matas, Bartleby y compañía, nos remite a esos escritores del "No", como él los llama, a los que han renunciado a la escritura (con pretexto o sin él) y también a la posibilidad de que esos libros en realidad no escritos, floten o estén en estado latente en el mundo, hasta que alguien los encuentre y los escriba. Habla también Vila-Matas de una biblioteca de libros no publicados en Burlington, Vermont (USA), en donde aquellos libros escritos, pero no leídos, son mimados, guardados y cuidados con esmero, a la espera de lector.
Hombres que han amado tanto las palabras, de una manera tan sublime, que se han pasado la vida buscando la forma de hilvanarlas, como el español exiliado en México, Pedro Garfias (que se pasaba meses en busca de un adjetivo), o el ilustrado Joseph Joubert. "Locos", que han terminado sus días en un psiquiátrico o en una oscura oficina portuaria como Robert Walser, Samuel Beckett, o desaparecidos en las aguas de México como Arthur Cravan. Personas que nunca han podido comenzar a escribir, aterradas por el ¿Por dónde empezar? (que también leí, en la facultad) de Barthes o que mueren sin haber dado a la luz sus escritos, olvidados tal vez en algún cajón que se llevará la basura un día, cuando la casa donde ellos han vivido desaparece, cuando se vende la casa, cuando los muebles se cambian por otros más modernos. Libros escritos y olvidados, libros ocultados, libros no escritos pero pensados, anhelados quizá, pero no encontrados en ningún sitio. Atxaga dice que después de 25 años de escribir empieza a no querer escribir: síntomas de la enfermedad de Bartleby: escritores que quieren dejar de escribir.
Podría parecer que éste es un libro triste. No lo es. Es un libro escrito sobre los que no escriben, no han escrito o ya no escribirán. Pero no es triste. Es hermoso y está lleno de historias, que son, como todos sabemos, las semillas de la escritura.
Los musulmanes en el Reino Unido
En torno a los sucesos del 7 y 21 de julio se ha especulado mucho. Mi pequeña contribución sólo consiste en mostrar algunos datos. A veces, como pensaban los filósofos del XIX, éstos son suficientemente elocuentes, aunque no me cabe duda de que es necesario interpretar, pero interpretar ¿desde qué orilla? Por eso he preferido engarzarlos en esta breve información.
En Inglaterra existe una comunidad musulmana que roza los 2 millones de personas, de un total de 59 millones de habitantes. La situación de esta comunidad es precaria, en su mayoría. Habitan los suburbios, los extrarradios de las ciudades industriales del noroeste de Inglaterra (ahí está Bradford, cerca de Leeds), ganan 150 libras menos por semana que un británico blanco, e incluso menos que un asiático no musulmán o un caribeño. El nivel de paro es el mayor de las minorías británicas, y afecta a ocho de cada diez mujeres y a cuatro de cada diez hombres y se sitúa entre el 38 y el 43%. Una tercera parte de estos musulmanes no tienen teléfono, sus hijos asisten a las escuelas gratuitas, el 47% de sus ancianos no tienen derechos sociales o subvenciones, el 73% de ellos están por debajo del umbral de la pobreza y el 80% por debajo del salario medio anual. Por otro lado, partidos racistas como el National Front o el British National Party de inspiración nazista, continúan hostigando, como en Oldham, Bradford (Leeds) o Burnley, abonando el campo para la islamofobia
Ante los acontecimientos del 7 de Julio en Londres ¿cómo ha reaccionado la comunidad musulmana?
Según las encuestas, un 88% de los musulmanes británicos no justifican las muertes del Metro ni del autobús, así como los ulteriores ataques, afortunadamente fallidos. Sin embargo, un 6% de ellos creen que tales ataques han sido justificados. Esto puede dar la impresión de ser un porcentaje pequeño, pero estamos hablando de cien mil personas. Más o menos las mismas que en el País Vasco justificaban la violencia de ETA en el año 2000. Es preocupante también que exista un 24% de la población de religión musulmana que siente “simpatía” por las acciones de estos terroristas y que un 56% entiendan la razón de la violencia terrorista, aunque no necesariamente la justifiquen.
Dentro del grupo de los musulmanes británicos encuestado, el más influenciable es el de los hombres jóvenes procedentes de Pakistán y Bangladesh, pero nacidos en Inglaterra, que no por casualidad son los grupos más depauperados del espectro de la inmigración en la isla.
Por lo que se refiere al grado de implicación o satisfacción por vivir en Inglaterra o ser británicos, el 46% sienten “lealtad”, mientras un 33% se sienten medianamente leales y un 18% no sienten lealtad alguna por Britannia. De nuevo volvemos a esos cien mil musulmanes británicos desafectos.
En cuanto a los valores occidentales, un 56% piensa que la sociedad occidental puede no ser perfecta, pero no pretenden cambiarla o terminar con ella, mientras que un 32% creen que la sociedad occidental es inmoral, decadente y que los musulmanes deben buscar su fin. De entre los que opinan así, unos 16-18 mil individuos piensan que esto debería llevarse a cabo por medios violentos y se declaran dispuestos a luchar por ello con todos los medios, incluido el terrorismo. Y decenas de miles ven la política británica como algo malévolo y sospechoso. El 52% por cierto de los encuestados opina que los líderes políticos británicos no hablan sinceramente cuando pronuncian la palabra “Igualdad” y creen mucho más valiosas las vidas de los blancos, despreciando, en el fondo de sus almas, las de los musulmanes británicos, como se demostró durante el tiroteo que causó la muerte a Jean Charles de Menezes ejecutado con 8 tiros en la cabeza por haber sido confundido con un musulmán, en un "incidente" que ha causado enorme alarma en la comunidad musulmana.
Estas personas piensan que no existe un respeto de las autoridades británicas hacia el Islam, al que desconocen.
Estas sospechas de falsedad se basan en la activa cooperación del Primer Ministro Blair (y la nación entera, salvo honrosas excpciones), con la política del Presidente Bush en Irak. Y muestran su desconcierto ante las tibias protestas de los líderes de la comunidad musulmana-británica, como Sir Iqbal Sacranie, a quienes muchos consideran entregado a la política del Primer Ministro Blair.
Sin embargo, un 73% de la población musulmana británica informaría a la Policía si tuviese datos que llevaran a la detención de los terroristas. Al menos la mitad cree que tendrán un juicio justo.
La encuesta fue hecha por YouGov para The Daily Telegraph fue hecha sobre una muestra de 526 musulmanes británicos entre el 15 de julio y el 22 del mismo mes.
Está claro que en Gran Bretaña hay una Quinta columna formada por unos 16 a 18 mil hombres jóvenes musulmanes nacidos en Gran Bretaña, en donde no se han sentido asimilados social, cultural y económicamente. Lo mismo ocurre en los Países Bajos, Alemania y Francia, que posee el mayor número de musulmanes europeos, al margen de los países del Este, para no hablar del Canadá británico, donde han comenzado a tener incidentes preocupantes.
Algunos comparan estos acontecimientos, que se iniciaron el 11 de septiembre del 2001 en Nueva York, con el fin del Imperio Romano. El fin de la civilización occidental tal como la conocemos, el inicio de una era islamista, cuyos prolegómenos llenarán de sangre nuestras ciudades.
Pero otros señalan la política británica en Irak como el factor desencadenante de estos ataques (cf. Young muslims and Extremism), como algunos prestigiosos especialistas, que no se sienten inclinados a las tesis apocalípticas.
Lo que es evidente es que es necesario hacer un estudio real de las implicaciones, causas, efectos y consecuencias de lo que está pasando. Y actuar en consecuencia antes de que sea demasiado tarde. No olvidemos que las injusticias se pagan.
05/08/2005
Dos películas de Derek Jarman
Comenzó su extensa carrera de creador multifacético (poeta, narrador, fotógrafo, pintor y cineasta, además de activista) en 1969 y realizó una ingente cantidad de obras hasta su prematura muerte, en 1994.
Hubo una época en que me interesé por el cine inglés, aunque me he sentido sucesivamente más identificada con otras cinematografías (como la francesa o la china, pero nunca he llegado tan lejos como para hacerme fan del cine iraní, a pesar de lo que pueda pensar mi hija Paulina).
La primera película inglesa que me impactó fue A taste of Honey(1961), de Tony Richardson, que vi en 1966 con Octavio, en la cineteca del CUC. Una década después, me aficioné (al menos parcialmente) al cine de Ken Russell. Era nuestra era pop y su cine era diferente. Además, contaba con la complicidad de la gran Glenda Jackson, de Oliver Reed y Alan Bates. A Bates lo vi en Londres en el teatro, en una obra de Harold Pinter, autor que siempre he tenido muy metido en mis entretelas y con el que precozmente me sentí involucrada ya en mi época de “crítica teatral” en México. Bueno, es obvio que mi cineasta inglés favorito es Ridley Scott, (el maestro de maestros). Pero Derek Jarman también me gusta. Hoy me he propuesto reseñar dos de sus películas que he tenido la suerte de “pescar” en diversos establecimientos barceloneses. Esto de “pescar” perlas raras es muy excitante, porque estas películas son codiciadas por los cinéfilos, que aunque escasos, existen; porque generalmente sólo hay una en la tienda más grande del mundo, porque si le preguntas por ella al vendedor, inevitablemente te mirará como si fueras un marciano o un asesino en serie, porque nadie más las ha visto, porque… en fin, hoy estoy haciendo demasiadas digresiones y paso a centrarme. Decía que Jarman me gusta, porque aparte de la etiqueta de cineasta gay, su afán experimental siempre me ha producido placer. Nunca me ha parecido estridente o vulgar y algunas de las cosas que hizo, hoy se hacen con toda naturalidad. Además, tiene mucho en común con Pasolini (con el mejor Pasolini), que para mí no es el del Decamerón o los Cuentos de Canterbury, que son las películas que han editado en DVD, sino el de Teorema, Medea o Edipo. Porque en ambos hay un deseo de autenticidad, un deseo anti-hollywoodiense, de presentar la antigüedad casi antropológicamente, buscando los paisajes, la música, el vestuario y las imágenes mentales que pudieran tener verdaderamente en esos tiempos. Y también buscando trenzar los hilos que nos unen hoy, en nuestro presente histórico, con esos tiempos anteriores. Cosa que creo consigue siempre el arte: abolir el tiempo sin obviarlo, haciéndose eterno retorno, actualizándose cada vez: volviendo a nacer, volviendo a ser, una y otra vez y siempre fresco.
Sebastiane (1976)
Guión: Derek Jarman y James Whalley
Música: Brian Eno
Fotografía: Peter Middleton
Reparto: Richard Warwick, Neil Kennedy, Leonardo Treviglio, Lindsay Kemp, Barnes James.
Es bien conocida la iconografía de San Sebastián, icono gay donde los haya, para contar de nuevo la historia de este mártir cristiano de la era de Dioclesiano. Jarman aquí filma en latín (como Mel Gibson filmó en latín y arameo La pasión de Cristo)y por las mismas razones: le resultaba imposible contar esta historia de otro modo. Encuentro esta idea doblemente seductora: por una parte, el latín posee una elegancia, una limpidez y una belleza que no puede ser igualada por el inglés (o por ninguna otra lengua, salvo, quizás, el francés), por otra, Jarman busca la verosimilitud y el alejamiento de los clichés hollywoodienses que son la marca de fábrica de este enfant terrible inglés.
El texto de la película de Jarman es un texto hermoso, poético y lleno de metáforas y de imágenes poéticas. Y para mí, lo más bello de la película. La expresión del amor divino que embarga a Sebastián es única: por fuerza está emparentada con la literatura mística, cuyas palabras o cuyo erotismo no pueden tener otro referente que el amor humano, pero cuyo destinatario es otro muy diferente: Dios mismo.
Filmada en el norte de África, en un paisaje agreste, arenoso, seco, en él el mar y la arena, escenario del exilio al que es condenado Sebastián, juegan un papel muy importante. No sé por qué, en su momento, esta historia fue leída como cuasi pornográfica o como apología de la homosexualidad. Porque históricamente, la homosexualidad era factor inherente en la milicia, tanto griega como romana, y porque en el exilio, perdidos en aquel campamento casi inhabitable, solos con ellos mismos, la homosexualidad brotaba incluso en aquellos que eran heterosexuales.
El amor que siente Severus por Sebastián es un amor terreno, al que el futuro mártir no puede ni quiere corresponder: "Triste y pobre Severius -le dice- ¿Crees que tu ebriedad libidinosa puede compararse con el amor de Dios?". Y su ascetismo, su pureza, en resumen, su diferencia respecto al grupo, son un estímulo para la crueldad de todos, exceptuando a Justinus, su gran amigo, en compañia de quien Jarman filma las más bellas escenas de amistad desinteresada y pura entre hombres que yo haya visto jamás. No puedo resistir la tentación de inlcuir un fragmento de diálogo entre ambos, cuando Justinus ofrece un caracol a su amigo y escuchan su sonido, ambos retrepados en una roca, rodeados por el mar:
--¿Qué oyes?
-- Oigo suspirar a los dioses ¿y tú?
-- Nada. Espera... Oigo una gaviota que grita tu nombre en medio de una tempestad. Dice tu nombre: "¡Sebastián, dilectísimo Sebastián!". Toma. Escucha.
-- Oigo un canto hermoso como el de un ruiseñor. Escúchalo. Me recuerda mi infancia y el sonido de voces medio olvidadas.
La crueldad del bello centurión Severus se basa en el deseo insatisfecho; la de los otros, en una simple diversión perversa, en medio de una ociosidad exasperante, muy bien explicada en los juegos absurdos que ocupan su tiempo.
En ese mundo de incomprensión, Sebastián goza del consuelo de su fe, de la visión de Cristo (nada que ver con la habitual de Hollywood) y de la amistad de Justinus, que morirá defendiéndolo.
Un defecto de la película es que no se ajusta a los hechos históricos. En realidad, Sebastián no muere a causa de las flechas, sino que sobrevive. Al enterarse Diocleciano, le manda azotar hasta la muerte. Pero la verdad poética es tan poderosa… Yo creo que Jarman no se vio con fuerzas para oponerse a tantos siglos de iconografía para contar la verdad sobre la muerte del santo.
La fotografía muestra tanto la agresividad del paraje como la belleza de esos cuerpos semi desnudos de hombres hechos a la guerra, en constante movimiento inútil, sin rumbo, sin finalidad: fuertes y a la vez vulnerados por el deseo o por la crueldad. Quemados por el sol, mojados por el mar; primitivos, crueles, y sólo excepcionalmente tiernos, como en esa hermosa escena del amor masculino entre Antonio y Adriano, rodada con tremenda sensibilidad.
No entiendo cómo puede herir susceptibilidades esta obra. Yo la encuentro desnuda y hermosa como una escultura del período pre-clásico.
Eduardo II (1991)
Guión: Derek Jarman, Stephen McBride, Ken Butler ( Basada en una obra de teatro de Christopher Marlowe, contemporáneo de Shakespeare)
Música: Simon Fisher Turner
Fotografía: Ian Wilson
Reparto: Tilda Swinton, Steven Waddington, Andrew Tiernan, John Lynch, Dudley Sutton, Kevin Collins, Jerome Flynn, Nigel Terry
Basada en una obra teatral de Christopher Marlowe (en su tiempo, mucho más famoso que el hoy idolatrado William Shakespeare), que a su vez se basó, como era muy frecuente, en la historia de Inglaterra (qué gran Historia, llena de asesinatos, sangre, parricidios y humor negro), Jarman plantea este tremendo dramón de homofobia, traición, intereses políticos, adulterio y sadismo en una escenografía futurista y/o minimalista. Esto ya de por sí me parece interesante. La visión hollywoodiense ha hecho que pensemos inevitablemente en salones del trono y palacios kitsch, en lujos asiáticos, en grandes cortinajes, abundancia de objetos. No, los lujos vinieron mucho más tarde, cuando los monarcas se establecieron como absolutos, ya muy entrado el siglo XVI. La escenografía es muy escueta, con grandes muros de concreto, con plataformas, con tonos grises o sepias. Los actores visten con trajes modernos, y todo transcurre en interiores, salvo las escenas nocturnas de la persecución de Gaveston, en las que la oscuridad circundante (sólo rota por la luz de la hoguera), no deja ver tampoco el escenario natural.
La historia de Eduardo II ( 1284-1327) es la de un rey inglés casado con Isabel de Francia (la misma que, anacrónicamente, aparece como “enamorada” del héroe escocés en ese Braveheart de Mel Gibson tan radicalmente opuesta a esta obra de Jarman en todo), enamorado de Piers Gaveston, un galés de la pequeña nobleza al que su padre, mientras reinaba, exilió. En cuanto consigue la corona, Eduardo le invita a volver. Todo lo que sigue es previsble: los celos y el salvaje rencor de la reina, las intrigas de los grandes nobles, que luchan inútilmente por el favor del rey y que se sienten insultados por la absurda cantidad de títulos, tierras y dinero que Eduardo da a su favorito. La guerra de Escocia y su pérdida, por culpa de la inconciencia real, la alianza entre el traidor Mortimer e Isabel de Francia para deponer y asesinar al rey, y finalmente la cruel prisión y la infamante muerte del odiado Eduardo.
Esta película fue nominada para el León de Oro de Venecia, y Tilda Swinton recibió la Copa Volpi: Eduardo II se sostiene todavía como una obra sin concesiones en la que el protagonista, Eduardo, es probablemente el único sincero. Sincero en su amor por Gaveston, por quien se lo juega todo, sincero en sus desinterés por los asuntos de estado, sincero en su ingenuidad, que le impide ver el interés del favorito y el rencor de su esposa y de su amante, Mortimer, el odio de los nobles y su poder sobre él: solo, en su amor loco. Solo como todo ser que ama y no es realmente correspondido. La tragedia para mí es ésta y no la infamante muerte, que durante siglos ha alimentado el morbo de la gente. La tragedia es amar y no ser amado con igual denuedo.
08/08/2005
Garcilaso de la Vega y el soneto X o "La vida como mito"
La Eneida es una narración identitaria que canta los orígenes de Roma en el mito. Es un poema de viajes y guerras del último de los grandes guerreros troyanos, Eneas, del que desciende la familia de Octaviano Augusto, en la práctica el primer emperador de Roma. Para él escribe Virgilio el poema y ante él leyó los primeros borradores acabados. Cuentan que su esposa, la emperatriz Livia, se desmayó de emoción al escuchar cierto pasaje. Al final de la primera mitad, en el libro IV, se inserta una historia amorosa de traición y muerte, la tragedia de Dido o Elisa (su nombre semita), la reina cartaginesa que se enamora de Eneas, que como un náufrago ha llegado a sus costas.
Desde los primeros versos de este libro se nos presenta a la reina enloquecida por el deseo. El amor la quema hasta la médula y no permite razonamiento. Dido queda sin habla y boquiabierta escucha cada vez que Eneas abre la boca para contar cualquier detalle de sus viajes. Un día de caza y lluvia, Dido se entrega a Eneas y lo considera su esposo. Son días felices para ambos. Pero la mente de Eneas está puesta en otros proyectos que no pasan por Cartago. Un sueño divino se lo recuerda. Ha de buscar otras tierras y saciar el deseo de poder. A escondidas prepara a sus hombres y los barcos para partir hacia las costas cercanas de Italia donde le esperan las maravillas de un nuevo reino. Frente a la huida de Eneas, la desesperación de Dido no se puede expresar con palabras. Eneas le ha dejado como ‘prenda’ su espada y ropas, y son esos objetos los que desatan la desesperación de Dido. La tristeza la lleva al suicidio y, ante la espada de Eneas que mal clavada le causará la muerte, Virgilio le hace pronunciar unas últimas palabras famosas que serán las que recordará Garcilaso al principio del soneto X:
IV,651-652
‘dulces exuviae, dum fata deusque sinebat,
accipite hanc animam meque his exsolvite curis.’
[Despojos dulces, mientras el destino y Dios lo permitían,
acoged esta alma y libradme de mis cuitas]
¡Oh dulces prendas por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería,
juntas estáis en la memoria mía
y con ella en mi muerte conjuradas!
¿Quién me dijera, cuando las pasadas
horas que’n tanto bien por vos me vía,
que me habíades de ser en algún día
con tan grave dolor representadas?
Pues en una hora junto me llevastes
todo el bien que por términos me distes,
lleváme junto el mal que me dejastes;
si no, sospecharé que me pusistes
en tantos bienes porque deseastes,
verme morir entre memorias tristes.
Cuando Garcilaso escribe este soneto está en Nápoles. Participa allí en las reuniones literarias de la Academia de Giovanni Pontano. Pontano fue uno de los más geniales lectores y comentaristas de Virgilio y su influencia marcaba las actividades de la Academia. Además, se supone que Virgilio está enterrado en Nápoles, y los napolitanos lo han considerado siempre como un poeta propio. Sabemos también que en las reuniones de la Academia se discutía y leía a Virgilio y algo del virgilianismo de ese ambiente enlaza con nuestro soneto.
Los dos primeros versos reflejan exactamente y en una hermosa traducción el primer verso latino. Es habitual que en las versiones de la época un hexámetro latino se desglose en dos endecasílabos castellanos. Para recordarnos la fuente, Garcilaso empieza el verso con ‘dulces’ repitiéndolo anafóricamente en el verso siguiente. El término virgiliano 'exuviae' son los despojos del enemigo o los objetos personales que se quitan de un cuerpo y sirven para recordarlo. Por ejemplo en la Égloga 8,91-92 de Virgilio ‘has olim exuvias mihi perfidus ille reliquit, / pignora cara sui’ [estos despojos me ha dejado aquel pérfido / prendas queridas suyas]. En este caso se trata de las ropas que ha recibido una pastora de su amado que la ha abandonado. Quizá haya que pensar que ‘prenda’ está en sentido literal de ‘prenda de ropa’ perteneciente a la amada como en la Égloga virgiliana. A lo que se añadiría el sentido de ‘prenda’ o ‘prueba de seguridad por lo que se ha prometido’ (que es el sentido del latín 'pignus', palabra de la que deriva empeñar, casa de empeño y prenda). En un juramento de fidelidad se entregan ‘prendas’: pañuelos, guantes, alhajas, rizos del cabello etc. como prueba de buena fe en el acuerdo, amoroso o de otro tipo. El poeta ha ‘hallado’ casualmente esos objetos que le han recordado ‘para su mal’ a la amada muerta. Tanto Dido como Garcilaso dirigen su discurso a estas ‘prendas’ de amor. Dido les pide que reciban su alma, ‘accipite hanc animam’ (662) y se la liberen de las cuitas ‘exsolvite curis’. Garcilaso desarrolla esta misma súplica en el primer terceto donde estos objetos adquieren un carácter animado: ‘lleváme junto el mal que me dejastes’ que se corresponde con el ‘me exsolvite curis’ de Dido, ‘soltadme de mis penas [lleváoslas lejos de mí]’. Más comprensible en el caso de Dido porque habla con una espada (un objeto del amado que lo simboliza) y más ambigüo en el caso de Garcilaso porque desconocemos la fuerza de esas ‘prendas’ que tienen el poder de matar con su recuerdo.
Evidentemente el recuerdo del suicidio de Dido planea sobre los versos de Garcilaso. La muerte tinta todo el poema hasta el último verso. Y sin duda es un poema en el que el poeta se identifica con una mujer desesperada que llega al suicidio como la del mito de Dido. El suicidio por amor, un tema de la novela sentimental y de la comedia humanística, de la que la Melibea de la Celestina es uno de los posibles ejemplos, se esconde detrás de estos versos, y enlaza con la tragedia de la reina de Cartago. Lo excepcional en este caso es que se trata de un hombre. La desesperación amorosa es, literariamente, cosa de mujeres. Pero en este caso el militar Garcilaso se ha feminizado identificándose con la figura mítica de Dido. El poeta es también como una plañidera que salmodia un threno, un canto funerario, que resuena en las aliteraciones de ‘m’ del último verso que cierra la palabra ‘tristes’. ‘Tristes’ es el final del canto que ha empezado con la alegre exclamación ‘dulces’. ‘Dulces’ y ‘tristes’ marcan el inicio y el final del recorrido en el que se insertan los movimientos de este bello soneto.
10/08/2005
Migrando a otro servidor No puedo evitar la sensación de escalofrío que me produce el que Blogia haya decidido migrar los blogs ( y el mío, claro) a otro servidor. Temo perder mis post y las horas que me he pasado blogueando y buscando las ilustraciones. Ya sé que tengo la mayoría guardadas en mis documentos, pero los comentarios no, y entre ellos, muy especialmente el de Italo. Aunque él piense que no lo quiero o no me acuerdo de él, porque nunca lo llamo y nunca me encuentra en mi casa, lo quiero mucho. El día que me posteó un comentario me sentí muy feliz.
Los comentarios son muy escasos en mis blogs y creo saber por qué. En arteyliteratura tengo muchas visitas, unas 50-60 cada día (bueno, para mí son muchas y bastante inexplicables), pero muy poquitos comentarios, mientras que mi prima Mary en su blog (Mycrazylife) acumula doscientos mil comentarios por post. Yo creo que es porque mis posts no son personales (éste es la excepción), aunque a veces he escrito sobre mi familia o amigos, pero generalmente lo hago desde fuera, descriptivamente, como si fueran unas memorias; no escribo como si estuviera haciendo un diario, porque publicar lo que me pasa cada dia ¿a quién le importa?
En realidad, la parte de mi vida que para mí tiene más importancia es la del espíritu: los libros, las películas y la música que me van haciendo crecer interiormente. Esa es la parte de mi vida que quiero cultivar y compartir, al menos públicamente. En estos temas la gente no se avienta a comentar, porque esto no es un chat, no se puede establecer el ´diálogo, así que me leen (o no) y se van sin decir nada.
Mi hija Paulina a veces me ha preguntado para qué escribo estas cosas de libros, de películas, yo creo que por la misma razón que cuando era estudiante de Filología hacía fichas de mis lecturas, o recortaba reseñas de los periódicos y revistas sobre temas que me interesaban, o de conciertos a los que había ido, o películas que me habían emocionado: para no olvidar. Porque uno durante su vida va leyendo, va incorporando cosas, pero si no las escribe, es como si no las hubiera hecho, se van perdiendo. Sí, escribir es querer guardar contigo lo que eres, lo que vas siendo. Para que no se escape, no se pierda y no caiga en el vacío.
Las palabras son el testimonio de que mi vida no ha estado vacía. No totalmente.
15/08/2005
"Liberté" de Paul Eluard
LIBERTÉ
Sur mes cahiers d'écolier
Sur mon pupitre et les arbres
Sur le sable sur la neige
J'écris ton nom
Sur toutes les pages lues
Sur toutes les pages blanches
Pierre sang papier ou cendre
J'écris ton nom
Sur les images dorées
Sur les armes des guerriers
Sur la couronne des rois
J'écris ton nom
Sur la jungle et le désert
Sur les nids sur les genêts
Sur l'écho de mon enfance
J'écris ton nom
Sur les merveilles des nuits
Sur le pain blanc des journées
Sur les saisons fiancées
J'écris ton nom
Sur tous mes chiffons d'azur
Sur l'étang soleil moisi
Sur le lac lune vivante
J'écris ton nom
Sur les champs sur l'horizon
Sur les ailes des oiseaux
Et sur le moulin des ombres
J'écris ton nom
Sur chaque bouffée d'aurore
Sur la mer sur les bateaux
Sur la montagne démente
J'écris ton nom
Sur la mousse des nuages
Sur les sueurs de l'orage
Sur la pluie épaisse et fade
J'écris ton nom
Sur les formes scintillantes
Sur les cloches des couleurs
Sur la vérité physique
J'écris ton nom
Sur les sentiers éveillés
Sur les routes déployées
Sur les places qui débordent
J'écris ton nom
Sur la lampe qui s'allume
Sur la lampe qui s'éteint
Sur mes maisons réunis
J'écris ton nom
Sur le fruit coupé en deux
Dur miroir et de ma chambre
Sur mon lit coquille vide
J'écris ton nom
Sur mon chien gourmand et tendre
Sur ses oreilles dressées
Sur sa patte maladroite
J'écris ton nom
Sur le tremplin de ma porte
Sur les objets familiers
Sur le flot du feu béni
J'écris ton nom
Sur toute chair accordée
Sur le front de mes amis
Sur chaque main qui se tend
J'écris ton nom
Sur la vitre des surprises
Sur les lèvres attentives
Bien au-dessus du silence
J'écris ton nom
Sur mes refuges détruits
Sur mes phares écroulés
Sur les murs de mon ennui
J'écris ton nom
Sur l'absence sans désir
Sur la solitude nue
Sur les marches de la mort
J'écris ton nom
Sur la santé revenue
Sur le risque disparu
Sur l'espoir sans souvenir
J'écris ton nom
Et par le pouvoir d'un mot
Je recommence ma vie
Je suis né pour te connaître
Pour te nommer
Liberté
17/08/2005
El contorno del abismo.Vida y Leyenda de Leopoldo María Panero

de J. Benito Fernández, Tusquets (col. Andanzas),1999. Con un prólogo de Antonio Martínez Sarrión.
Llegué a la lectura de este libro con retraso, porque mi relación con Leopoldo María Panero es ambigua. Por una parte, reconozco en él al gran poeta. Por otra, su temática me resulta difícil de digerir, antiestética, sucia. Lo considero un autor irregular, capaz de escribir el mejor verso y el poema más deleznable. Pero lo mismo pasa con Picasso o con cualquier creador importante. A la postre, resulta que lo que sobrevive es mucho menos de lo esperado. Unos cuantos poemas de una obra ingente. Unos cuantos cuadros del pintor más prolífico del siglo XX. No hablo del valor comercial o del mercado, hablo de la calidad de la obra.
Esta biografía, basada en hechos narrados puramente desde el exterior, no exégetica, tiene ventajas y desventajas. La ventaja es que no es cursi ni apologética. La desventaja es que tienes la sensación de ir siguiendo los pasos de un muñeco que no llega nunca a encarnarse.
Es evidente que desde El Desencanto, de Jaime Chávarri, los Panero pasaron a categorizarse como arquetipo ¿De qué? Del fracaso, tal vez, de la familia burguesa. La destrozada morfología se hace evidente, pero no la razón de tal destrozo, de tal decadencia. En la biografía, me entero de que hay una parte de la familia con enfermedades mentales. Y está el alcoholismo, quizá heredado, del padre. La violencia, que se intuye aunque no se nombra, forma parte del cuadro. La familia es un monstruo de mil cabezas. Lo verdaderamente llamativo es la ejemplaridad de la persistencia. Persistir en la búsqueda del poema a lo largo de tantos años, en medio de la locura, en medio de la desesperación, en medio de la propia mierda, como dijera Sartre en los años 50. Para mí lo heroico es esa gesta de Leopoldo María Panero: ser poeta, a pesar de estar loco, de ser destructivo y autodestructivo, a pesar de ser drogadicto, borracho, promiscuo, coprolálgico: despojo, pero despojo poético. "No soy un monstruo", dice. Me recuerda la escena de El hombe elefante de Lynch en que John Merrick responde a la furiosa turba: "Soy un hombre". Panero también es un hombre, herido, mutilado y creador. Al fin y al cabo, cada uno en distinta medida somos Gregorio Samsa. Pero no todos tenemos el valor de asumir eso como provocación, como escupitajo, como rebelión, como herida abierta.
A pesar de que lectura de este libro me ha servido, me sirven más sus poemas. No me molesta convenir con Octavio Paz cuando afirma que la única biografía de un poeta es su obra.
Y la obra de Leopoldo María Panero persistirá. La finalidad del arte, me dijo hace mucho Tomás Segovia, no es la belleza, sino la verdad. En la obra de Panero hay verdad, y esa belleza oscura, turbia de la pureza. Vida u Obra.
Más allá de donde
aún se esconde la vida, queda
un reino, queda cultivar
como un rey su agonía,
hacer florecer como un reino
la sucia flor de la agonía:
yo que todo lo prostituí, aún puedo
prostituir mi muerte y hacer
de mi cadáver el último poema.
De Last River Together 1980
18/08/2005
¿Y ahora qué?
21/08/2005
El rey danza (La pasión del rey) de Gerárd Corbiau
La documentación es excelente: Corbiau nos presenta tanto las coreografías de los ballets tal como fueron creadas, como los figurines (históricos) del vestuario (a cargo de Olivier Bériot), o la complicada "maquinaria" utilizada en estos teatros palaciegos, primero en Fontainebleau, el Louvre y después en Versalles. El rey danza nos presenta a Luis XIV desde la infancia (Emile Tarding), fascinado con la música de Lully, preocupado por no poder gobernar o mandar a causa de Mazarino y de la reina regente, la española Ana de Austria. Y cómo la figura real y el poder de Luis se afianzan a medida que va adquiriendo madurez a través del arte, a través de la alegoría de los ballets y de la música. La música de Lully surge como elemento clave para entender la idea de estado de Luis; la proyección de su imagen de rey absoluto queda pasmada ante la corte contundentemente, porque el rey danza vestido de sol, vestido de Apolo, omnipotente, y los cortesanos danzan alrededor de él, planeta central, dios apolo, dador de la luz, centro de la existencia, creador de la vida, y se inclinan, se posternan ante su figura. Luis reina como bailarín y reina como metáfora del ojo divino. La apoteosis de Lully coincide con el momento estelar de la vida de Luis como artista de la danza.
Lo demás, la bisexualidad de Lully, su triple papel de danzarín, violinista y compositor de ballets y de ópera franceses, las envidias de los otros músicos de la corte, los tejemanejes con Molière (Tcheky Karyo), con quien creó las obras que hoy día casi todos desconocen que fueron musicales, forman parte del fresco que nos propone Corbiau. Lo esencial de la película, a mi modo de ver, es la intercomunicación entre la música y el poder y entre la música, la poesía, la palabra.
Habría sido demasiado ambicioso plantear en una sola película cómo Luis XIV configura su imagen utilizando todas las artes a través de una política consecuente, calculada. Utilizando la música, la danza, el teatro, sí, pero también impulsando la arquitectura ( el mejor ejemplo: la construcción de Versalles), la pintura, la escultura, la tapicería, la literatura y hasta la numismática para crear, concienzudamente, esta imagen carismática de sí mismo como Rey Sol. Todo esto se explica y analiza detenidamente en el estudio de Peter Burke, La fabricación de Luis XIV (Editorial Nerea, San Sebastián, 1995). Este culto a la imagen propia convierte a Luis en el primer gran manipulador o creador de imagen pública de la Historia.
En cuanto a la música de Lully (Boris Terral), el otro personaje central de esta historia (por encima del personaje mismo del músico italiano trasterrado a Francia), a mí me parece fascinante. Majestuosa o ligera, la música de Lully me gusta especialmente en El burgués gentilhombre, en Alcidiade o El templo de la Paz o en su ópera (que entonces se llamaba tragedia lírica)el Phaëton y creo que es un músico que, como Luigi Bocherinni (es inevitable pensar en los Quintetos de Madrid) más tarde, lleva a cabo una obra para ensalzar la figura de un rey y de un país, pero luego, a lo largo del tiempo, va trascendiendo aquel objetivo.
Lully debería ser más conocido y mejor apreciado y recordado como el creador del ballet y la ópera francesas, que durante el Barroco fueron preeminentes en Europa.Jean Baptiste Lully es un músico completísimo, cuya obra fascinará a todo aquel que ame la belleza. Colaboró con Molière, como se ha dicho, pero también con otros grandes escritores de la época como Boileau, Corneille, Racine y tiene una obra ingente, variada, rica en matices.
A mí la película de Corbiau me ha servido para acercarme de nuevo a Lully, a quien tenía muy olvidado. Para recrearme en las puestas en escena de esa época gloriosa, para recordar que más allá del poder, está la gloria de la creación artística, que prevalece.
Alexander Calder o el arte como juego
Cuando mi hija Paulina era pequeña, solíamos ir los domingos a ver los títeres en el Turó Park, el teatro infantil en la Fundación Miró, conciertos vespertinos de una hora de la Radiotelevisión española los miércoles en el Palau de la Música Catalana, y visitar las galerías del Barrio Gótico.
Miró, Picasso o Alexander Calder son artistas que un niño percibe muy bien. Son artistas puros, artistas coloridos, artistas que conservan su alma de niños.
En la desaparecida galería Maeght, sita en la calle Montcada, vimos una de las exposiciones más bonitas: la de Alexander Calder. Ahí estaban los famosos móviles, los estábiles, y también artefactos artísticos mecánicos, motorizados, que como los autómatas del Tibidabo (que también visitábamos ocasionalmente), resultaban fascinantes. Finalmente, nos quedamos a ver un corto precioso: el del Circo de Calder, filmado en 1966 por Carlos Vilardebó.
Hace unos días, Paulina y yo fuimos al CCCB, museo que es de nuestro gusto, y en su bonita librería encontramos el DVD del famoso Circo, aquel que habíamos visto, tantos años atrás, en la Maeght. Naturalmente, se lo regalé. Pauli me lo ha traído y lo he podido disfrutar de nuevo.
Alexander Calder nació en Filadelfia, USA en 1898, hijo y nieto de escultores. Se diplomó en Ingeniería Mecánica en 1919 y en 1923 entró en la Art Students League de Nueva York. Trabajó como ilustrador y en 1925 el periódico le encargó las ilustraciones de los espectáculos del circo Ringling Bros. Esta tarea de dos semanas despertó en él la fascinación por el tema circense de modo que, trasladado a París en 1926, creó su Circo Calder, una performance en la que intervenían figuras construidas con alambre y mediante el que el artista se presentó a Mondrian, Léger, Arp, Man Ray, Duchamp y otros artistas de la vanguardia parisina y que fue presentado en el Salón de los Humoristas de París en 1927.
Las figuras están hechas artesanalmente, articuladas, y están llenas de gracia y de humor. El león que se come la cabeza del hombre con la cabeza de corcho, el lanzador de cuchillos que hiere accidentalmente a su partenaire y los camilleros que rápidamente hacen su aparición para llevársela, la rápida sustitución de la víctima por una segunda señorita, igual de engalanada, las caquitas de los animales, rápidamente recogidas por el propio Calder con su recogedor y su escobita en miniatura, y la precisión de los movimientos de los jinetes, o de los equilibristas y trapecistas. La misma pista del circo, hecha con maderitas pintadas, las alfombritas, los animales: perros, leones, caballos, elefantes… Y Calder disfrutando como un niño, anunciando las atracciones, utilizando el silbato, marcando el ritmo de la función, disfrutando cada segundo del papel de Maestro de ceremonias...
El creador de los famosos móviles (esas estructuras poético-musicales cuya abstracta belleza es hechizante), y estábiles que podemos encontrar en México, Caracas, Nueva York o Barcelona integrándose en el paisaje urbano con sus geometrías que semejan dinosaurios, flamencos, rinocerontes o elefantes (moles que no son masas), el pintor de guaches con colores vivos y rotundos que recuerdan a Miró o a algunas piezas africanas (en sus figuras en blanco y negro), nos pone en contacto con el arte en su versión lúdica. Juego y disfrute del arte: risa, movimiento, color, asombro infantil, intergración del arte en forma de pureza.
(La Magie Calder. Trois filmes de Carlos Vilardebó.Les Films du Paradoxe.)
Mi hija ha recordado en su blog la visita que hicimos a la galería Maeght sobre calder (tierna criaturilla)
25/08/2005
Sin City, un gran acierto de Robert Rodríguez
Robert Rodríguez selecciona tres historias del artista del cómic Frank Miller (que co-dirige y hace un cameo de sacerdote en el confesionario), los enmarca en dos breves secuencias (prólogo y epílogo) de sensual belleza y vierte (literalmente) las viñetas en blanco y negro con algunos toques de color: verde de los ojos, rojo de los labios, la sangre o el vestido de lamé de una de las protagonistas y el amarillo del líquido putrefacto que en vez de sangre tiene ese pederasta psicótico Roark Jr. (Nick Stahl) tras su transformación en el Bastardo amarillo. Rodríguez, que es también camarógrafo y editor de su película, pone en movimiento las estáticas figuras, pero respeta gloriosamente (diría) su trágico blanco y negro. Los planos en picado y contrapicado y esa lluvia insistente nos sumergen en Basin City, esa ciudad llena de maleantes de alto y bajo vuelo, de prostitutas armadas hasta los dientes o de angélicas, inermes criaturas como Nancy Callahan. Pero aún en medio de esa corrupción (corrupción política, eclesial, policial, especialmente), aún de ese mundo sórdido y oscuro, surgen las criaturas que, convencidas de su misión, logran alzarse para dar un sentido final a su vida y a su muerte.
Rodríguez traslada con fidelidad visual y moral ese universo entero a la pantalla, y lo hace con la ayuda de un reparto estupendo, en el que a mí sólo me falla un elemento: Clive Owen (como Dwight), que no logra dotar a su personaje de la fiereza y fuerza requeridas. Pienso que si Rodríguez hubiese intercambiado a Benicio del Toro con Owen, la cosa habría mejorado sustancialmente.
La historia protagonizada por Mickey Rourke y Jaime King (en el doble papel de Goldie/ Wendy) es la traslación moderna y trágica de La Bella y La Bestia. El amor surge dentro de ese monstruo cuya fisonomía remite tanto a Frankenstein como a Hulk, para arrastrarlo a una serie de crímenes y expiaciones cuya finalidad es la venganza. El amor de esta “bestia” surge volcánico e incontenible ante la pérdida del “ángel” que fue amable y cariñoso con é: la única capaz de humanizarle por una noche a través de la pasión y la ternura. La silenciosa y perniciosa irrupción del caníbal (Elijah Wood) rompe este momento feliz de su existencia, llevándolo a la desesperación más absoluta. Marv (Rourke)es el héroe romántico por excelencia: el que no tiene nada que perder porque nada ha tenido nunca. Su única redención proviene de constituirse a posteriori, digno del amor que ha logrado encender en su pecho la hermosa, arcangélica Goldie(Jamie King). Ya se intuye que la fuerza del mal que está detrás de todo crimen en Sin City no es solamente la de los ejecutores: los cerebros serán un Rutger Hauer rescatado para un breve, pero intenso papel de cardenal Roark, y su hermano, el senador y padre del Bastardo.
Bruce Willis es Hartigan, un policía a horas de jubilarse que decide enfrentarse a este mundo del Mal (del Mal con mayúscula), para salvar la vida de una niñita secuestrada, que sin su intervención sería violada y después asesinada cruelmente. Hartigan sabe con quién se va a enfrentar: nada más y nada menos que con el hijo del senador, Raork Jr., pederasta y psicópata y como tal, monstruo entre los monstruos. Lo hace a conciencia, sabiendo que se juega la vida, para salvar su alma. El calvario que le espera es aterrador. Tras la liberación, busca a aquella niña, ya convertida en una joven de 19 años (la sensual a la par que ingenua Jessica Alba)a quien salvó y que a su vez le salvó de la locura y la muerte con sus cartitass semanales y con ellas llenó los ocho miserables años que pasó en la jaula. Esta búsqueda de Nancy le lleva a encontrarla y a definirla claramente como el gran amor de mi vida. Amor que, como todo calvario en su versión romántica, debe terminar con el holocausto del amante. El sacrificio de la propia vida para salvar la de ella. Hermoso final y gran actuación de Willis, quien siempre me ha parecido un excelente actor, nada histriónico y sí muy expresivo.
La tercera historia ( a mi juicio la más floja), tiene como protagonistas a Clive Owen (Dwight) quien, llevado por la ira, perseguirá y después será perseguido por Jackie-Boy (Benicio del Toro), un maltratador de mujeres. La persecusión les llevará hasta la ciudad vieja, donde las prostitutas han establecido un nuevo “Reino de las Amazonas” (Rosario Dawson, tan hermosa como siempre en su papel de Dominatrix, Devon Auki –ojo con esta chica, dará que hablar- y Alexis Bledel) Gail (Dawson)y sus chicas matan a Jackie-Boy (del Toro) sin saber que es poli. Y de ahí, la secuencia automovilístico-surrealista que filma Quentin Tarantino por un dólar, la ruptura de la tregua con la poli, la masacre, la sangre y la apoteosis final.
La obra se cierra con un epílogo de menor belleza que el prólogo, a mi juicio y con la estupenda sensualidad de la música de la Sensemayá de Silvestre Revueltas.
Esta película significa un paso adelante en la carrera de ese irregular director chicano que es Robert Rodríguez. Necesariamente, esta experiencia no será repetida, a no ser en una segunda parte que propiamente no podremos llamar secuela, por lo que su futuro como autor (para mí) sigue siendo un interrogante. No cabe duda que ha sabido innovar visualmente, que su puesta en escena es deslumbrante, que sus actores han sido excelentemente dirigidos y que su romanticismo (me refiero al romanticismo de verdad), presente tanto en El Mariachi como en Abierto hasta el Amanecer, ha salido reforzado. No os podéis perder Sin City. Hay que verla más de una vez.
Como Bonus track, Rodríguez nos rescata del olvido a dos actores con mitología: Mickey Rourke (Nueve semanas y media) y Hauer (qué decir de su inolvidable Nexus 6, en la absoluta obra maestra que es Blade Runner), ambos estupendos en sus respectivos papeles y que son también, dentro del cine, héroes caídos. Finalmente, nos salva del encasillamiento a Elijah Wood ¿Qué más puede pedirse?
Si tuviese que definirla entres palabras diría: Amor. Muerte. Fabulosa.
28/08/2005
Las afinidades electivas de los Hermanos Taviani
FRANCIA - ITALIA 1996
Paolo y Vittorio Taviani (basado en el libro homónimo de J. W. Goethe)
Con Isabelle Huppert, Jean-Hugues Anglade, Fabrizio Bentivoglio, Marie Gillian, Laura Marinoni, Massimo Popolizio y Stefania Fuggetta
Producido: Film Tre, Gierre Film, Florida Movies
Dur: 98 mins.
Las afinidades electivas (1809) es una de las novelas más conocidas del gran Goethe. Cuando tenía yo unos 20 años leí primero su Werther, para después pasar a leer sus poesías, que son muy poco conocidas. Los poemas de Goethe tienen la dulzura y la musicalidad características de la poesía alemana, del cual es un alto representante. Poco después de leer Werther, mi prima Paloma me prestó una novela de Thomas Mann, Carlota en Weimar, que fue la primera obra de Mann que leí, sobre la relación de un Goethe ya viejo y cansado con su eterna amada platónica. Se trata de una obra en la que Mann no sólo bucea en el alma del autor del Fausto, sino también analiza su papel político en la República de Weimar. Pero ésta de las Afinidades electivas no he llegado a leerla, por lo que, al ver el devedé en Fnac, firmado por los hermanos Paolo y Vittorio Taviani y protagonizado por Isabelle Huppert, Jean-Hugues Anglade, Fabrizio Bentivoglio y Marie Gillain me decidí a comprarla sin haberla visto.
Como en sus anteriores obras, Goethe une aquí las dos grandes corrientes que en él confluyen, armonizándose. Muchos sabemos que el neoclasicismo abre la puerta al romanticismo o, dicho de otro modo, que el romanticismo no es más que una forma avanzada de la Ilustración. Y aquí Goethe se propone probar cierto teorema sobre la combinatoria de los elementos dispares que funcionaría como una premisa para explicar las afinidades o mejor dicho, las pasiones de un grupo de personas. Carlota (Huppert) y Eduardo Otón (Anglade) son un matrimonio surgido después de un largo periodo de separación, unidos no sólo por el corazón, sino también por la razón, que han ido cultivando por separado. El hallazgo de una estatua romana en el fondo del mar y exhibida en Pisa será el punto de partida (no casual) de este nuevo encuentro definitivo. Casados y con un proyecto común (dotar de infraestructuras modernas y racionales la hacienda de él con sistemas de riego, caminos y cultivos nuevos), pronto llegarán a reunirse con ellos dos personajes que van a actuar de revulsivos: Otilia (Gillain), hija adoptiva y protegida de Carlota y un amigo ingeniero de Eduardo, con quien comparte el segundo nombre (ambos se llaman Otón), interpretado por Bentivoglio.
Poco a poco, el ingeniero y Carlota van acercándose, y lo mismo ocurre entre Eduardo y Otilia. Las pasiones se desatan, pero no los dominan, pues son seres ilustrados, que aspiran a dominarse incluso en estos momentos de apasionado arrobo. El nacimiento del hijo de Carlota y Eduardo (que había "heredado" misteriosamente los cabellos rojos de Otón y el lunar de Otilia), nacido ya en un momento de extraña pasión entre las parejas entrecruzadas, abre la segunda parte de la obra, la de la separación de los amantes.
Un segunda parte eminentemente romántica, en la que Eduardo y Otón se alejan, y en la que Carlota y Otilia se dedican al cuidado del niño, hasta su muerte accidental. Un intento de divorcio, un encuentro fugaz y la muerte de Otilia, por anorexia y depresión, llevan a la muerte a Eduardo, convalesciente todavía de una herida de guerra. Quienes les sobreviven no pueden, en justicia, permitirse la felicidad. Y por ello se despiden. Carlota seguirá siendo siempre el amor de Otón y Otón el de Carlota. Los amantes muertos descasarán, ya siempre unidos en un mausoleo dentro de la propiedad. Y la danza de la criadita en medio del campo toscano, sumida en la locura por la muerte de Otilia, cierra la película, mientras vemos alejarse a Otón.
La fotografía es adecuada al tiempo narrado, sigue los parámetros trazados por el la magistral de Barry Lyndon con la luz de las velas, a media luz. La actuación oscila entre la contención y la intensidad, pero no llega a conmovernos. Se trata de una obra hermosamente ilustrada, a la que le falta ese aliento invisible que se llama "inspiración". No por ello es desdeñable.
31/08/2005
La soledad sin fondo del doctorando
Una amiga reciente, que sufre en la soledad su perplejidad acuciante frente a un ordenador que espera devorar ansioso Documento Word tras Documento Word, que finalmente culmine en suficientes Documentos Word para quedar estructurados como tesis, como Summa, me ha recordado mi larguísimo calvario o periplo como doctoranda-en-proceso-de-escribir-una-tesis. Y aquí paso al recuerdo que figura en los temas de este apartado de mi blog.
¡Tuve tantas dudas! Primero iba a dedicarme a la Lírica Popular con Margit Frenk, pero Frenk se fue a dar clases a Harvard. En El Colegio de México-CELL (Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios), donde cursé los tres años de estudios, me dejó al cargo de Yvette Jiménez de Báez. Pero yo tenía dudas, dudas de que se pudiese tratar la Literatura oral como la escrita, sin tomar en cuenta el contexto, la antropolgía que sustenta esas creaciones, tal como hacían el El Colegio. Así que cambié los derroteros de mi investigación. Había estado buscando a un amigo de Juan Meléndez Valdés, poeta español del siglo XVIII, que se había ido a Guadalajara de México como Magistral de la Catedral ( y a quien Meléndez había dedicado la Epístola a Gaspar González de Candamo), para escribir un artículo. Y de pronto me vi envuelta en una serie de lecturas que me llevaron a plantearme que el género de la Oratoria Sagrada (con tantas implicaciones ideológicas, de manipulación informativa, etc), había estado completamente olvidado, aunque es difícil encontrar otro género literario más abundante por aquellos años. Me gustó la idea de un estudio interdisciplinar: ideología y literatura. Total, ya con una beca del Instituto de Cooperación Hispano-Mexicano, volví a España, dispuesta a encontrar las raíces de esa Ilustración novohispana en España. González de Candamo iba a ser mi personaje. Pero claro, me lié. Incluí finalmente dos predicadores más: Beristáin de Souza y Aguiar y Zeijas, y tuve que hablar del sincretismo, del guadalupanismo mexicano, de la alta jerarquía eclesiástica mexicana, de Alexander de Humboldt...en fin. Traté de trazar un fresco coherente de la época y del lugar y de la peculiar Ilustración española y de la Novohispana, aún más ignorada.
Para no hacer el cuento largo, padecí 6 años solitarios frente a mi tesis. La padecí y la gocé, investigando cuando y cuánto podía (en Salamanca, en Oviedo, en León, en Madrid, incluso en Tarragona), escribiendo una y otra vez algunos capítulos. Y sin ayuda de un ordenador: a máquina, heroicamente ¡Qué pesadilla! A la vez, era orgásmico cuando encontraba algún documento desconocido, que solamente a mí me importaba encontrar. Mi director de tesis fue Joaquín Marco que, aunque sabe un montón de Ilustración Española, no sabe nada absolutamente de Nueva España, ni de su historia del XVIII, ni de la iglesia mexicana, ni ...tampoco estaba interesado en leer lo que yo iba escribiendo. Sospecho que leía la primera página como mucho. Aún así, me sobrellevó con algunas entrevistas, pero claro, nunca pudo aportarme nada, excepto ánimos y una frase "No es una tesis de Estado"...porque yo tardaba tanto en escribirla... y es que nadie sabe más que uno mismo de su tesis de doctorado. Nadie conoce mejor que un mismo sus fallos, sus lagunas, sus errores y sus taras. Sólo uno, uno mismo, sabe qué falta y dónde, y de ahí que yo, tercamente, tratase de mejorarla, escribiendo incansable, o reescribiendo, aún más desvalida, una y otra vez, hasta que me parecía que los capítulos estaban bien escritos. Pero después, la estructura general... Un capítulo puede estar bien, pero lo importante es la estructura general.
¿A quién le importa, se preguntarán ustedes, la Oratoria Sagrada en Nueva España de 1770 a 1816? Pues a mí, joder, a mí me importaba. Con la tesis terminada fui a México, no para entegarla en El Colegio, porque no me valía la pena hacer los trámites ahí (yo ya estaba establecida en Barcelona y aparte de haber estudiado en la Universidad Central de Barcelona la licenciatura, había hecho la convalidación los estudios de El Colegio y algún que otro curso de doctorado más). No. Llevé la tesis terminada a la única persona que sabía que sabía sobre mi tema: Antonio Alatorre.
Estuve un mes en México. Antonio me dijo: "No voy a leerla completa (¡eran 500 páginas!), pero le haré algunas calitas". Pero la leyó completa. Y la corrigió completa. Es la única persona, incluyendo al jurado que me dio el Cum Laude en 1990, estoy segura, que la leyó de principio a fin. Jamás le agradeceré bastante sus correcciones, sus aportaciones, sus críticas y sus elogios.
Una vez de vuelta en Barcelona, la pasé en limpio, tomando en cuenta todo lo que me había dicho Antonio, y la presenté ante un jurado compuesto por mi "director de Tesis", Joaquín Marco, Sergio Beser y José Manuel Blecua Jr. de la UAB, Sebastián Serrano, de Lingüística, Y Carlos Vaíllo y Luis Izquierdo de Literatura. Beser y Serrano se la leyeron bastante como para poder aportar cosas y salir del trance. Vaillo también. Izquierdo pasó, lo mismo que mi director de tesis, diciendo lo bien que estaba y blablabla. Y Blecua fue siempre amable, como es, y me dio ánimos. Una hora y media y ya era doctora, tras seis años de esfuerzos.
¿Valió la pena? Objetivamente, no. No valió la pena, porque para dar clases en un Instituto de Secundaria y Bachillerato no se necesita un doctorado. Es más: diría: me sobra ese doctorado, reniego de él.
Pero personalmente, sí valió la pena ¿Cómo olvidar la excitación al entrar en los archivos, abrir los folios polvorientos, oler el picante tufo de la tinta vieja de más de dos siglos?, el placer de leer aquello que nadie nunca ha leído antes, la documentación, y la bibliografía moderna de Historia, de Sociología, de Historia de la Iglesia, de Retórica y Póética, las obras literarias de los autores contemporáneos... todo eso valió la pena. Y luchar contra uno mismo, para escribir un discurso coherente, bien estructurado, nuevo. Documentado, pero no aburrido. Descubrir un mundo y darle un sentido, aunque sólo sea para uno mismo.
Sí: valió la pena.

















































































