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Claude Chabrol ( I ), Madame Bovary (1991)

 

 

No me gustan las necrológicas de artistas. Los artistas no mueren nunca del todo, y este tópico es de una realidad apabullante. Chabrol ha dejado en herencia dos docenas de títulos indispensables para entender nuestro mundo y nuestra psicología. Ha sido capaz de retratar, no sólo a la pequeña burguesía de la provincia francesa, sino a todos nosotros. 

De mi particular panteón de los cineastas franceses, he comentado aquí películas de Maurice Pialat y de François Truffaut. También amo al Rohmer íntimo y colorista, así como al Patrice Leconte preciosista y romántico.

Recalaré esta semana en algunas películas de Chabrol, como pequeño homenaje al cineasta recientemente desaparecido. Comenzaré por su Madame Bovary de 1991.

La musa que ilumina muchas de sus obras (Isabelle Huppert),  no es como las de Truffaut (Isabelle Adjani o Fanny Ardant), una mujer de belleza o de presencia extraordinaria, no: Huppert es pecosa, pequeña, físicamente casi insignificante. Pero desde su aparición en aquella gloriosa película de Claude Goretta, La encajera, Huppert ha tenido y tiene y sostiene el cetro del cine francés (con permiso de Jeanne Moreau, claro está). La mirada de Huppert lo dice todo. Y su sumisión a los directores que la usan como vehículo de sus historias es total, tal como ella misma cuenta refiriéndose a Haeneke. Ella, dice, hace todo lo que ellos le piden. Y le piden, ni más ni menos que encarne a los personajes; literalmente, que los haga carne, que los viva con total naturalidad para que podamos comprenderlos. Y ella lo hace, así de fácil: coser y cantar. Madre mía, qué actriz. Y ahí nos encontramos con un pedazo de realidad desnuda, de la que no podemos apartar la vista. Me encanta la paradoja de que el cine, el cine que es un arte (es decir, un artificio), nos revele la verdad. Nos diga lo que ocultamos, lo que no queremos ver. Cruda o sutil, ahí está la verdad, o al menos una verdad que no podemos eludir: en el celuloide.

Cuando Flaubert escribió su Madame Bovary, por la que fue llevado a los tribunales, declaró que no era él el creador de semejante adúltera y suicida, sino la sociedad francesa de provincias con su mezquindad y su hipocresía. Recordemos que después, el autor fue declarado inocente. La sociedad, representada por los jueces, asumía así su culpa, su mezquindad, su hipocresía asesina. La obra ha sido llevada al cine muchas veces, pero sólo Chabrol ha sabido desentrañar la verdad profunda de todo cuanto acontece en esa obra, en esa vida. Su Bovary es la crónica de esa sociedad hipócrita, mezquina, aburrida y sexista, que lleva a esa quijotesca mujer a su perdición. Como la Isidora Rufete de Galdós (La desheredada es una obra inexplicablemente olvidada por los cineastas españoles), Emma Bovary sueña a través de la literatura romántica con otra vida. Una vida de pasiones y de ascensión social. Y convierte su vida, no en una gran novela romántica, sino en un folletín que transcurre entre engaños, empeños y vejaciones hasta su suicidio. La obra de Flaubert no es un folletín, por supuesto, pero sí lo es la vida de Emma que, engañada por su imaginación, intenta primero con el pobre Charles, luego con León y finalmente con Rodolphe, salir de la mediocridad que la rodea, vivir el gran amor, la gran ascensión, sólo para probar el amargo sabor del fracaso repetido hasta llegar a la destrucción de todos sus sueños, materiales e inmateriales.

Chabrol nos entrega a su Emma en un retrato integral, y con su pincel realista nos entrega, asimismo, el hastío que la domina, la rebeldía que la sustenta, la esperanza que la lleva adelante, el dolor y el miedo que la desesperan. Y el entorno de Emma se devela ante nuestros ojos en las interminables horas de su frustrada historia.

En la literatura y en el cine es muy difícil casar lo individual con lo colectivo. Flaubert y su intérprete, Claude Chabrol, lo consiguen en esta obra.

 

Madame Bovary (Francia, 1991), Dirección y guión: Claude Chabrol sobre la novela homónima de Gustave Flaubert; Música, Mathieu Chabrol; Fotografía, Jean Rabien; Vestuario, Corinne Jorry;  Reparto: Isabelle Huppert, Jean-François Balmer, Christophe Malavoy, Lucas Belvaux, Jean Yanne, Christianne Milazzoli, Thomas Chabrol.

¡Esas eran voces! ¡Y que viva México!

 

Así cantaba la gran Lucha Reyes, la reina de la canción ranchera (años 30 ¡ahí nomás!)

Pinchando abajo al terminar una canción, se pueden escuchar otras con la gran intérprete ranchera.

Contra el viento del norte, de Daniel Glattauer

Contra el viento del norte, de Daniel Glattauer

 

Regalo de un querido amigo, este libro me enganchó de tal manera que me lo leí en dos noches sucesivas. Está muy bien llevado, especialmente desde el punto de vista de la tensión que se establece en la trama en un encuentro temido/deseado entre dos seres que no se conocen más que por vía email. La variante de la actividad epistolar actual es el email, y esta novela pertenece al género epistolar, sólo que, al ser el email un modo de comunicación tan rápido (en el sentido de que la emisión y la recepción son casi simultáneas si el receptor está en el ordenador), la trama se hace rápida también y eso es lo que acelera el deseo de saber qué pasa, cómo se resuelve el dilema planteado. La novela me parece muy acertada, por cuanto revela que on-line pueden existir y existen sentimientos profundos, acuciantes y sinceros que nos cimbran igual que los sentimientos que nos produce una persona conocida o cercana en el mundo real. Lo virtual es real de otra manera, y sólo quienes conocemos ese mundo podemos afirmar (y afirmamos), que es tan intenso como el mundo exterior.
En la novela, aparte de la historia, está muy presente ese subtexto sobre el carácter particular de los sentimientos que suscita internet, en este caso por via email.

Por otro lado, los personajes principales están muy bien dibujados en su misterio, y nos atraen precisamente por lo que ocultan, por lo que no quieren decir. Pero van diciendo poco a poco, descubriéndose mutuamente y descubriéndonos su intimidad, su verdad, no sin miedos, no sin (justificados) recelos. Y justo cuando el dilema comienza a hacerse repetitivo y hasta cierto punto inverosímil, aparecen otros personajes que nos cuentan dos subtramas que enriquecen la acción y que nos llevan al desenlace.

La única cosa que no me gustó, es que en la última página se nos anuncie la secuela, con título y todo: Cada siete olas. Y no me gustó porque entonces el final pierde toda su fuerza (ya no es un final, vamos). Me pareció tramposo.

No es una gran novela, como tampoco lo es Las amistades peligrosas, pero tampoco es banal, o vacía. Entretiene, hace pensar, engancha.

 

Daniel Glattauer, Contra el viento del norte, Alfaguara, Madrid, 2010 (trad. de Macarena González). 

Hablar, desarmarse, confiar...

Hablar, desarmarse, confiar...

Fragmento de El silencio y el resto, de Tomás Segovia.

Publicado en A contracorriente, UNAM, México, 1973.

 

 

Hablar es desarmarse porque es estar siempre en falta abiertamente. Es cierto pues que “Seul le Silence est grand, tout le rest est faiblesse” (Vigny) . Pero esta debilidad puede ser el principio de una fuerza. El que habla y con ello abre la puerta a la duda, el que se explica y de ese modo se descubre, el que se expresa y por tanto, nunca coincidirá exactamente consigo mismo, el que se delata, renuncia a la victoria. Lo cual no significa necesariamente que esté por debajo de la victoria. Puede quizá aspirar a una victoria más alta, no sobre el contrincante, sino sobre la guerra misma. Puede pensar que la guerra no nos ha sido dada para vencer en ella sino para vencerla.

Entonces romper el silencio es empezar a desgarrar las tinieblas. El que dice arriesga todo porque es la única manera de poder, quizá, ganar todo. Abandona las armas porque no quiere ganar un poder sobre los otros. Espera poder recibir el don que de sí mismos le hagan los otros como seres enteros. Perderse en explicaciones es correr efectivamente el riesgo de perderse. Pero todo lo que puede perderse puede también salvarse, e incluso sólo eso puede salvarse. El que se delata y el que entra en explicaciones, el que intenta motivar sus actitudes y el que busca el sentido de sus actos, el que quiere hacerse comprender y el que aspira a iluminar sus sentimientos, busca darse a conocer y busca también conocerse, pero admite que estas dos cosas son una sola. (...).

Para muchos, esa dependencia y ese margen serán la imagen de una debilidad irremediable que quizá deseen someter y aprovechar, pero de la que nunca se les ocurrirá esperar fuerza alguna y mucho menos, apoyo (...).

De este modo, si sólo quien nos resiste, nos domina y no se deja “penetrar” puede parecernos  fuerte, en cambio sólo quien no nos domine ni resista y se nos transparente puede hacernos fuertes. Para alcanzar la plenitud ideal de nuestra propia realización en la relación con otro ser, es preciso que (...) pongamos en sus manos el poder de destruirnos totalmente y es preciso que él no use ese poder. Si lo usa, estamos perdidos verdaderamente. (...)

De entre los que en este mundo se atreven a tener la flaqueza de “decir”, sólo de entre ellos, si no sucumben, pueden surgir aquellos que no poseen la fuerza, pero que pueden dárnosla: darnos apoyo sin someternos, darnos sentido, sin hacernos absurdos, modelarnos sin mutilarnos, fundarnos sin usarnos, darnos la consistencia sin quitarnos la libertad. Y todo lo que en la coexistencia no es sólo acechante enemistad y pacto sórdido, lo que hace de la vida entre los hombres algo más que una obstinación apenas justificable, todo eso pone en obra todos los días el milagro de la transparencia humana en la luz del lenguaje, que hace que en cada una de nuestras jornadas hayamos transcurrido, sin notarlo apenas, por lo secreto de tantas personas.

 

(Publicado en la Revista Mexicana de Literatura, 1964).

Alain Corneau, director de Todas las mañanas del mundo, ha muerto

 

El cineasta y músico francés Alain Corneau ha muerto a los 67 años, víctima del cáncer. De su corta filmografía destaca Tous les matins du monde (Todas las mañanas del mundo), film en que reunió un reparto sensacional (Gérard y Guillaume Depardieu, Jean Pierre Marielle y una jovencísima Anne Brochet) que dieron vida a los personajes de la nouvelle de Pascal Quignard del mismo título. La música corrió a cargo de Jordi Savall y su formación Hesperion XX, y fue uno de los film franceses más populares del siglo. Con él ganó un César a la mejor película y la BSO fue justamente valorada como una de las mejores de la segunda mitad del XX.

El cine de Maurice Pialat ( I )

El cine de Maurice Pialat ( I )

En mis grandes pasiones cinéfilas, Maurice Pialat se disputa el primer puesto con François Truffaut. Pero si hablamos de amores, diré que Truffaut es el de mi juventud y Pialat el de mi madurez.

La primera película que filmó Pialat fue gracias a los buenos oficios de Truffaut.

Pialat era un hombre imprevisible e iracundo. Cuenta Isabelle Huppert que, mientras filmaban Loulou, Pialat desapareció durante tres días completos y que cuando por fin fue encontrado (en una época en que no había teléfonos móviles), su director artístico bajó las escaleras para hacer una llamada al set y anunciar que lo había encontrado sólo para encontrarse que Pialat, en el ínterin, había vuelto a desaparecer.

En cuanto a la dificultad de su carácter: todos sus actores y técnicos sufrieron sus ataques de ira. Algunos dejaban el trabajo a medio hacer, huyendo de él para nunca más volver. Otros, como Jacques Dutronc, Depardieu o Sandrine Bonnaire, comprendían que esas crisis se debían a su anhelo de perfección, a su dolor ante la vida, a su vulnerable y extraña manera de vivir. Amaban trabajar con él. Y a él. Como dice Depardieu en una entrevista, Maurice era el amor y el odio en estado puro. Lo daba todo y todo lo quitaba, como Dios.

En España se han editado varias de sus obras (por separado y en un pack) y  podéis ver A nuestros amores, Police, Van Gogh, Nosotros no envejeceremos juntos y Bajo el sol de Satán. Resta por editarse la otra mitad de su obra: L’enfance nue, su primer largo, L’amour existe, un extraordinario y lírico mediometraje, Le garçu, su última obra, Loulou, con la inmejorable Isabelle Huppert y Depardieu, La maison des bois, y La guele ouverte

 

Tomás Segovia escribió en  A Contracorriente (UNAM; Mëxico, 1966) que el arte no busca la belleza, sino la verdad. Y Maurice Pialat hace cine (ese arte hecho de artificio y de simulación) con esa premisa. De ahí que muchas veces, viendo sus películas, el único tributo que puedo hacerle se traduce en lágrimas. Reconozco en su cine esa verdad que sólo puede decir el arte y que la vida nos esconde.

Gérard Depardieu ha manifestado en alguna ocasión que Pialat era un monstruo precisamente porque era un genio. Casi nadie podía soportarlo y menos que nadie, él mismo. En sus rodajes nadie decía ’acción’ o ’corten’, porque la actuación brotaba  de la situación y fluía en el plano secuencia -otra de las características de su cine-, sin que los actores supieran bien a bien desde cuándo estaban siendo filmados, o cuándo paraba la filmación. Pialat mezclaba actores (actorazos) con personas que jamás habían estado frente a las cámaras. Por ejemplo, en Police (1985) intervenían policías, inspectores, delincuentes y abogados reales metidos en situación, sin guiones escritos: trabajaba frecuentemente con guiones orales, dejándose llevar por la acción, pero sin embargo, siguiendo una idea muy precisa de lo que deseaba. A menudo Pialat hacía 30, 40 tomas, hasta quedar satisfecho. A medio rodaje despedía gente o la gente huía de él, llegaba gente nueva y sin embargo, la obra terminada es de una consistencia, de una coherencia absoluta, única.

Pialat es una paradoja, un autor imprescindible.

Trois nouvelles, de Madame de Staël

Trois nouvelles, de Madame de Staël

 

Como ya he comentado en muchas ocasiones, resulta mucho más barato leer en francés o en inglés que en español. Inexplicablemente para mí, no encuentro ediciones baratas y dignas de los clásicos de la tierra, lo que me lleva a beber de otras fuentes, en este caso, de la colección Folio 2 (2 euros), de la editorial Gallimard.

Iba por un pasillo de la librería cuando me detuve a ver qué ofrecían esta vez. Ya había comprado antes, de esa misma colección, una nouvelle de Saint-Exupèry, y las Cartas de Madame de Sevigné. Como ya saben quienes me leen habitualmente, adoro la literatura dieciochesca, y esta vez encontré y no pude resistirme a las Trois nouvelles (1795) de Madame de Staël, una dama importantísima desde varios puntos de vista: histórico, político, literario y psicológico, en la Francia de la última mitad del siglo XVIII. Se decía que había tres grandes potencias en la Europa de su tiempo: Gran Bretaña, Rusia y... Mme de Staël. Su vida es interesantísima, y como personaje, aparece en los roman à clef de uno de sus amantes, el genial Benjamin Constant, uno de los cuales ya he reseñado aquí.

Las obritas vienen con un prefacio muy útil y muy breve, en el que se explica la trayectoria literaria de la autora y su importancia en la vida y las letras francesas. Sus temas más comprometidos son la diferencia tanto en raza como en género; le preocupa el tema de la esclavitud, y esencialmente, el de la negritud, y el papel de la mujer en la sociedad, todo ello adobado con un incipiente Romanticismo que desarrolla de una forma muy personal, anticipándose a sus colegas masculinos. La suya es una obra de transición entre el Siglo de las Luces y el Romanticismo, escrita por una mujer que no dejó nunca de ser considerada una outsider en la Francia de su época.

En la edición que nos ocupa. aparece el breve prefacio de la propia autora, en el que indica que las nouvelles fueron escritas cuando ella todavía no cumplía los 20 años. Este dato aclara sin duda el aire entre romántico y soñador que ha imprimido a sus tres cuentos, en el que son las heroínas quienes llevan el papel protagonista. También es evidente la influencia de la Nueva Eloísa de Rousseau, a quien Madame de Staèl admiraba profundamente y a quien dedicó su primera publicación.

La primera nouvelle, Mirza ou Lettre d’un voyageur, es un cuento amoroso, en el que dos protagonistas negros, considerados ’salvajes’ por los franceses, muestran la grandeza de sus almas y también sus flaquezas, iguales a las de los ’blancos y cultos europeos’. La figura de la mujer, Mirza, se engrandece en el sacrificio por amor. De Staël desarrolla una historia sin duda convencional, si no fuera por la raza de los protagonistas, lo que la convierte en un relato audaz para su tiempo. Muestra en ella la crueldad de la esclavitud impuesta bajo el supuesto de que ’esos seres’ no son humanos, no son sensibles, no se rompe ninguna ley esclavizándolos. Teoría que ha legitimado, desde el siglo XVI, todos los abusos cometidos por las potencias europeas sobre las naciones sometidas. Tema que, por cierto, y por desgracia, no ha perdido actualidad. Sobre este tema tan interesante volveré en un próximo post.

La segunda nouvelle, Adèlaïde et Theodore, es un estudio psicológico con un fondo romántico. Como las novelas autobiográficas de Benjamin Constant, la característica neurótica del amor exacerbado se observa en la forma de actuar del hombre. Theodore es un ser hipersensible, que lleva una herida de amor anterior a su enamoramiento por Adelaïde, de ahí su vacilación a la hora de expresarle su amor. Los celos son su tortura, pero no es un celoso violento sino introspectivo, de modo que los celos le torturan a él silenciosamente. De este modo, incapaz de verbalizar sus (injustificadas) sospechas, los celos le matan, literalmente. Muerte que él ha previsto o presentido desde el principio de la relación, y que en realidad (si nos ponemos psicoanalíticos), ha buscado.

"Je suis jaloux, susceptible même; il n’y a pas de bonheur pour moi, si le plus léger nuage l’obscurcit; et mon imagination est si sombre, qu’un prétexte suffit pour me plonger dans le désespoir. La plupart des hommes sont occupés de la fortune ou de la célébrité; moi je ne serai jamais malheureux que par une seule cause; toutes mes forces sont rassemblés dans mon coeur; c’ est là que je puis vivre ou mourir (...) L’amour n’est jamais ramené par des reproches, et mon âme est trop délicate et trop fière pour s’y livrer, mais j’en mourrais..." (p.53).

("Soy celoso, susceptible, incluso; no hay felicidad para mí si la nube más ligera lo oscurece; y mi imaginación es tan sombría, que un pretexto basta para que yo me hunda en la desesperación. La inmensa mayoría de los hombres se ocupan de la fortuna o de la gloria; yo jamás seré desdichado sino por una sola causa; todas mis fuerzas están concentradas en mi corazón; es allí que puedo vivir o morir (...) El amor jamás vuelve cuando hay reproches, y mi alma es demasiado delicada y demasiado orgullosa para entregarse a eso, pero moriría por eso...")*

Theodore es el héroe romántico por excelencia, centra todo en el sentimiento, en el corazón. Por oposición a los demás hombres, morirá a causa de esta excepcional condición.

En cierto modo, se puede relacionar (al menos, a mí me lo parece) esta nouvelle con La princesa de Clèves de Mme de LaFayette, reseñada hace ya tiempo aquí.

Ambas historias convierten al celoso silencioso (e injusto) en víctima mortal de su propia obsesión. Y es curioso observar que en tiempos pasados esta muerte inducida por los sentimientos sea aceptada como verosímil por los lectores de esas épocas. Nosotros, en cambio, sabemos que el dolor no mata, como se lamenta Heathcliff después de la muerte de Cathy.

Adélaïde, por su parte, se siente tan agobiada por el remordimiento que muere también, poco después de dar a luz al hijo póstumo de Theodore. En esta nouvelle encontramos otro personaje importante: la figura de la madre superprotectora. Theodore es el centro de la vida de la condesa de Rostain, quien trata injustamente a su nuera y contribuye, creyendo que las sospechas de su hijo son ciertas, a la muerte (por decisión) de Adelaïde.

En la estructura novelística de los personajes de Madame de Staël siempre hay una consejera virtuosa, pero no fanática; una mujer de mundo que acoge a la protagonista de la obra y le sirve de guía y de mentora. En esta nouvelle también tenemos una, Mme d’Orfeuil. Es en los consejos que esta mentora da a Adelaïde que (creo) que encontramos al alter ego de la autora. A través de su consejos y sentencias, pienso que escuchamos el ideario femenino de esta gran mujer, o al menos, lo que ella quisiera mostrar como su ideal femenino.

Encuentro que en esta nouvelle coexisten los mundos romántico y el ilustrado. Romántico en la historia, ilustrado en la manera de contarla y en la visión (crítica) que se ofrece sobre los males que pueden conllevar los sentimientos demasiado exaltados. Aquí tenemos una historia de mutuo amor que podría haber sido feliz y que es una tragedia.

En la tercera nouvelle tenemos la historia de una jovencísima Pauline, huérfana rica y hermosa que vive en Santo Domingo, que se casa a los 13 años con un hombre mucho mayor que ella y que enseguida se ve perdida, ya que no tiene a nadie, en las redes de un malvado ( pienso que Oscar Wilde conocía esta novela de Mme de Staël porque no puede ser que el Lord Henry Wotton que pervierte a Dorian Gray sea tan parecido a Meltin por pura coincidencia): Meltin, también mucho mayor que ella, aunque no tanto como el ausente marido, la empuja primero a los brazos de un amante joven (nuevamente llamado Theodore), a quien, una vez consumado el adulterio, él mismo propone partir para Francia con la intención de convertirse él mismo en el segundo amante de Pauline, cosa que consigue fácilmente en cuanto el muchacho escribe a Pauline una carta llena de frialdad y desapego.

La historia, que parece tan similar a otras que narran la cáida en el pecado de una jovencita, se complica y termina siendo una historia ejemplar. No sin la ayuda de una mujer excepcional, piadosa, sabia y prudente: de nuevo la mentora, que en esta historia se llama Mme de Verseuil.

Las tres novelas cortas son a la vez liberales y románticas, y sobre todo, son novelas que muestran con gran detalle los intersticios psicológicos de unos personajes que, si bien no logran ser ellos mismos completamente (la presencia de la narradora es abrumadora en las tres), sí consiguen expresar lo que ésta está intentando transmitirnos sin ser excesivamente panfletarias, planas o deterministas. El hecho de que notemos una fuerte presencia ideológica en las obras no las descalifica. Recordemos, por ejemplo, las novelas de tesis de Galdós, o las nivolas de Unamuno; obviamente, las de Jane Austen, incluso más presente como narradora que Mme de Staël o Mme de LaFayette.

 

Toda persona que ame la literatura francesa debe tomar muy en cuenta a Mme de Staël;  si no es posible leerla en francés, pues en traducciones, aunque su obra narrativa no está traducida, sólo lo están sus ensayos.

 

 

Madame de Staël, Trois nouvelles, Folio-Gallimard (Col. Femmes de lettres, ed. Martine Reid, Barcelona, 2009.** 

*La traducción libre es mía, pido perdón por los fallos.

**No es un error, la edición está impresa en Barcelona, como otras de Folio-Gallimard.

Rolando Villazón en el Gran Teatre del Liceu

 

En enero de 2008, el tenor mexicano Rolando Villazón pisó de nuevo el escenario del Gran Teatro del Liceu en Barcelona. Fue un concierto que no podremos olvidar. El Liceu ha prohijado a Villazón. La entrega del cantante (en esa y otras ocasiones) y de su público me recordó de inmediato la conexión única que se establecía  con la Caballé, en illo tempore. Rolando es, como algunos cantantes del pasado, un ser carismático, que va más allá de su arte para comunicar emociones. No es sólo un tenor. Es un artista. Y un artista que va más allá de arte va hacia el centro del ser. Del suyo y del de los otros. Eso explica que a pesar de sus problemas vocales (dos operaciones, dos largas interrupciones en su carrera, muchas cancelaciones), cuando se anunció que volvería a cantar en Barcelona, se agotaron las entradas. Al segundo día de salir a la venta ya no quedaba ninguna buena. Rolando vuelve en abril de 2011 y tiene el Liceu vendido enterito desde, por lo menos, el 15 de julio. 

Resulta curioso y sintomático observar que ni Violeta Urmana, ni el gran contratenor Andreas Scholl ni el tenor ’de moda’ Jonas Kaufmann hayan conseguido la misma respuesta del público. Invita a reflexionar. Sobretodo lo de Kaufmann, que canta en octubre de este año y todavía tiene por vender más de la mitad de las entradas. Me resulta misterioso observar que nadie, por los pagos de los blogs de ópera, se haya parado a analizar este dato: es más, que este dato haya sido conscientemente silenciado. Villazón está en crisis vocal, Kaufmann está en su apogeo. Así pues, ¿cómo se explica que el mexicano haya conseguido el lleno en julio para su concierto de abril de 2011 y el alemán no haya vendido ni la mitad del aforo para el suyo de octubre de este mismo año?

Villazón tiene tantos detractores, tantos son los que parece que esperan con morbosidad o cierto deleite malsano que fracase, que resulta confortante ver que sigue teniendo el mismo gancho que en sus mejores momentos. Y esto se explica porque Villazón es más que un tenor, más que un cantante, como he dicho arriba. Es un alma que sale de sí misma para entregar su arte y en ese acto se empeña él mismo. El riesgo que corre al entregarlo no es un esfuerzo vano ni le sale gratis al artista. En esa entrega va implícita la pérdida de algo de sí mismo que habla a los otros. Esa entrega consigue decir algo de ellos a esos que escuchan, algo que no saben, que intuyen, algo que él probablemente tampoco sepa, pero que da. Algo silenciado pero presente, algo misterioso, pero concreto, existente. En esa comunicación entre artista y público, algo muy hondo se da y algo se transmuta en quienes le escuchan. Ese algo que nos da el artista con mayúsculas es una revelación para el que lo recibe: es humanidad, lucha, fracaso, dolor, alegría melancólica, y es indecible.

La emoción estética requiere una entrega por parte de quien la propone y por parte de quien está decidido a recibirla. La unión entre el artista y el público es una especie de unión mística que surge de la percepción y no del análisis. La música, entre todas las artes, es la más abstracta, la más mística de todas. Es la que es anterior a la palabra, la que está por encima de ella. Por eso cabe en ella la más grande emoción. Quignard* nos dice que la rotundidad de la emoción que la música nos ofrece es sólo comparable a la de aquel nadador de Paestum que se sumerge en las aguas para morir, abandonándose completamente, sin reservas, a las aguas. La música no es la nota musical: es el agua. Lo insondable que espera al nadador suicida.

Villazón es ese nadador. Y por eso, porque su Arte se encara con la muerte, se sumerge en el abismo, se entrega del todo: por eso su Liceu está lleno desde el 15 de julio, y el de los otros, no. 

 

 

* "La musique commence par murmurer à la oreille de celui qui l’aime et qui s’approche du chant qui l’enveloppe, où il consent à perdre son identité et son langage: Souvenez-vous, un jour, jadis, on a perdu ce qu’on aimait. Souvenez-vous qu’un jour vous avez tout perdu de tout ce qui était aimé. Souvenez-vous qu’il est infiniment triste de perdre ce qu’on aime". (Pascal Quignar, Boutès, p. 79).

 


Contradictio in terminus (La historia de Felicitas Guerrero)

Contradictio in terminus (La historia de Felicitas Guerrero)

Resulta por lo menos sarcástico llamarse Felicitas y ser muy desdichada. De desdicha trata la historia de esta mujer argentina, nacida de una familia bien de Barracas, Buenos Aires, Felicitas Guerrero (1846-1872). Enamorada de Enrique Ocampo (lejano ascendiente de Victoria y Silvina), y casada a la fuerza a los 16 años con un hombre que tenía por lo menos 40 años más que ella y que mantenía ya una familia (secreta, por supuesto) en Río Grande con cuatro hijos, cuyas edades superaban con mucho la de su adolescente esposa, Felicitas no conoció la felicidad. 

Hoy en día estas historias de matrimonios de conveniencia arreglados por los padres  en las que se unía a una niña y a un viejo nos parecen muy lejanas. Históricamente, sin embargo, esto sucedió apenas ayer.

A pesar de su resistencia, Felicitas obedeció y se casó con Martín de Álzuaga, uno de los hombres más ricos de su tiempo, estanciero, con quien tuvo dos hijos, muertos en la infancia.

Diez años después del matrimonio, Martín murió, dejándola heredera de una inmensa fortuna y de una cantidad de haciendas. Así fue como la joven Felicitas se convirtió en administradora de sus bienes, y cómo se vio de nuevo lanzada a la ruleta rusa de encontrar nuevo marido, ya que a pesar de estar demostrando que era una mujer de cabeza bien firme, se suponía, se supuso, que necesitaba a un hombre (otra vez), para controlar la fortuna y las propiedades. Enrique Ocampo volvió a aparecer en su vida, pero tempus fugit, la ahora rica viuda no lo vio como lo había visto antes, ni lo eligió, como lo habría elegido antes. Enrique había cambiado, ella también, y libremente, Felicitas quiso casarse esta vez con otro estanciero, Samuel Sáenz Valiente.

Enrique no supo aceptar esta decisión de Felicitas, como antes los otros hombres de su vida tampoco quisieron aceptar sus decisiones. 

Es curioso comprobar en esta historia el papel de todos los hombres de su vida: su padre, que la obligó a casarse apenas llegada a la adolescencia con un hombre que le repugnaba; Martín de Álzuaga, que escogió como esposa a una niña menor que todos sus hijos; Enrique, que no supo aceptar su negativa y la mató, disparándole por la espalda para evitar "que fuera de otro": triste concepción de la mujer como objeto que se posee y que es tan contemporánea todavía. Nos queda Samuel, que sinceramente enamorado de la hermosa y rica viuda, a saber cómo habría reaccionado una vez casado con ella.  Todos negaron a Felicitas la capacidad de decidir sobre su propia vida, de cometer sus propios errores, de conseguir sus propias victorias.

Y ella se sometió.

La historia se ha convertido en leyenda. Los padres erigieron un templo en honor de su hija muerta. Otra ironía, ya que en el origen de la tragedia estuvo su decisión de casarla con un hombre al que no amaba. En Buenos Aires se cuenta que el fantasma de Felicitas aparece cada año y recorre las capillas de su templo.

Con alguna licencia sobre la verdadera historia, Teresa Constantini relata el drama con realismo, pero sin inspiración. De todos modos, la película es interesante, puesto que el sujeto lo es. Los actores, estupendos.

 

Felicitas Guerrero, Dir: Teresa Constantini, Reparto: Sabrina Garciarena, Gonzalo Heredia, Antonella Costa, Luis Brandoni, Alejandro Awada, Ana Celentano. (Argentina, 2009).

Una novela rusa de Emmanuel Carrère

Una novela rusa de Emmanuel Carrère

 

Antes de leer esta obra, sólo había leído otra de este autor francés, El adversario, reseñada en este blog hace un tiempo. No se le puede negar a Carrère la capacidad de transmitir el horror. Por lo que él mismo cuenta en esta obra autobiográfica, el horror y la locura han estado siempre detrás de su necesidad de escribir. Como todos sabemos, la ficción autobiográfica es un oxymoron cuya vigencia nos trae reminiscencias muy antiguas. Creer o no en la "veracidad" de lo narrado viene a ser un subtópico metaliterario en el que no voy a entrar. Ficción o verdad, lo que se narra tiene que tener carne y sangre. Y esta obra las tiene.

Hay un entrecruzamiento de historias, así como de puntos de vista. Las principales son tres: la desaparición de un soldado húngaro tras la Segunda Guerra Mundial, recluido durante 53 años en un psiquiátrico ruso es la que sirve como punto de partida de toda la narración, puesto que lleva a Carrère a Rusia varias veces. Su familia proviene de ahí, de Georgia, y el ruso para Carrère es a la vez una lengua perdida y una conquista que a lo largo de la novela se revelará imposible.

Como en un cuento infantil terrorífico, esas tres veces, esos tres viajes, marcan la introducción a una sociedad desconocida en un pueblo miserable, perdido de Rusia, el desarrollo de esa relación en el segundo viaje, y finalmente, el desenlace, que no es otro que un crimen: el de una mujer joven y su hijito y un misterio: el de su asesino. Estos viajes lo llevan a contar y a intentar desvelar la verdad de un secreto: la desaparición de su abuelo materno, también ruso. Secreto que ha devastado a la familia entera durante tres generaciones y que atormenta al escritor-personaje. La tercera historia es la de la crisis de su relación amorosa con Sophie, su amante de entonces; de todas, ésta es la más doliente, puesto que en ella, Carrère se muestra en toda su fealdad interior: como un ser manipulador, celoso, posesivo, sexista y clasista, que atormenta hasta lo indecible y destruye a su pareja, al tiempo que se destruye a sí mismo.

Son historias complejas perfectamente contadas. El tono es sincero y cruel. No hay concesiones. El lector o la lectora a ratos quisiera soltar el libro, lleno de dolor, maldad, soledad y miseria, pero no puede. Y en eso la obra es profundamente rusa, profundamente dostoievskiana, e incluso, nabokoviana.

Lo intelectual queda concientemente fuera de este libro egocéntrico, desnudo de toda racionalidad.   

En medio de la desolación no hay esperanza. Gran libro. Peligroso y letal.

Un triunfo del Carrère escritor, que no comparte el hombre, si todo lo que cuenta es en verdad, verdad.

 

Emmanuel Carrère, Una novela rusa, Anagrama, Barcelona, 2008 (Trad. de Jaime Zulaika). 

 

Pascal Quignard, Lycophron et Zétès (2010)

Pascal Quignard, Lycophron et Zétès (2010)

Hace ya unos meses apareció en la colección Poésie de Gallimard el último volumen de la serie Dernier Royaume de Pascal Quignard. Como en otras ocasiones, el volumen se compone de dos partes bien diferenciadas. En primer lugar, la traducción del poema alejandrino de Lycophron, Alexandra, que desarrolla la trágica historia de Casandra, profetisa condenada a no ser creída, condenada a decir la verdad, pero en vano; traducción que Quignard emprendió cuando sólo tenía 19 años. Poema oscuro y misterioso, cuyos versos ocuparon los días y las noches del joven Quignard. Luego viene la segunda parte, la de Zétès, fragmentos poéticos y ensayísticos a la manera inconfundible del autor, en la que recuenta o cuenta sobre sí mismo, sobre su relación con la palabra, con los amigos y mentores que estuvieron detrás de la traducción (Paul Celan, Klossowski, entre muchos otros), y con su propia máscara: el heterónimo Zétès. Esta segunda parte se subdivide en ocho pequeños tratados heterogéneos, pero siempre coherentes con el autor y su ritmo, con su tono y su voz.

El poema comienza con un palabra griega que quiere decir: Diré. Y sobre ello, Quignard expresa lo que hay en esta palabra, lo que significa, lo que anuncia, a lo que llama.

El poema viene acompañado del prefacio de 1971 (año de la primera edición de la traducción), y de un postfacio de 2009. Quignard nos cuenta aquí cómo este libro fue escrito sobre una mesa llena de diccionarios heredados de su bisabuelo y de su abuelo. Yo también heredé un Bailly de mi abuelo, que regalé a mi hijo, también dedicado a la literatura griega, como Quignard.

Quignard en el postfacio vuelve a su tema preferido: anorexia y palabra. Y cómo se puede vivir "24 horas sobre 24" en el mundo de los muertos, de las lenguas muertas, de las palabras. Y cómo se puede sentir que la vida es menos vida que ese mundo intangible de las palabras. Mundo de oscuridad y desesperación, mundo de misterio y de dolor, pero decible, mientras que el dolor real, el mundo real es indecible por naturaleza. Y por tanto, inescrutable.

En la segunda parte, Zétès (como Boutès, otro argonauta), se convierte en el personaje principal de la reflexión redundante, siempre circular de Quignard. La segunda parte trata así, del silencio, del anuncio de la mudez, de la máscara, de la persona y habla también de la traducción, de qué significa estar en varias lenguas buscando lo indecible.

Los lectores de Quignard buscamos también saltar, como Boutés o volar como Zétès, hundirnos o tomar vuelo en ese mundo de palabras que hablan anunciando el silencio, la noche que nos precede, el Antaño. El mundo del grito inarticulado, anterior al lenguaje.

Dice Quignard: "Écrire constitue un second parler muet seul capable d’accéder au dire plus vivant.

Écrire déstérilise la parole collective, souffrante, désirriguée, familiale, abstraite, séche. Courante, dans le discurs courant, la langue courante court les rues, s’étiole, se délave, s’assèche, se recroqueville, tombe. Elle tombe sur l’asphalte, ou sur le goudron, ou sur les pavés, aussi sèche, aussi pulvérulente, aussi siccative et fragile qu’une fuille morte..."  (p. 147).

La traducción es la tela de araña que construye el traductor para ocultarse y defenderse. Es la piel de ciervo en la que se envuelve para cambiar su olor y su aspecto, para no ser reconocido o devorado: es el antifaz de Perseo. Quignard escuchó, dice, la voz del poema de Lycophron como si fuera la suya propia, como la de un ser antiguo que lo habitó durante un año entero durante 24 horas al día: un poema que le dio la voz que le pertenecía, y a cuya sombra escribió durante los años 1972 a 1979, poemas propios bajo el seudónimo de Zétès, que en griego quiere decir el que busca. Y esta voz es la del castillo interior.

El libro de Zétès está formado por la traducción que hizo Quignard de esos fragmentos atribuidos a otro ¿Se traduce a sí mismo o a otro que lo habitó? No es la primera vez. Quignard se ha ocultado también en Albucius* o tras la matrona romana Apronenia Avitia**.

Esos fragmentos ¿son un ensayo o son poesía? Gallimard los ha editado en su colección Poésie... Quignard el inclasificable.

"Toda traducción es una cabaña de Sainte Colombe, construida bajo una morera, a la que no toca el sol". (p. 149)

Leerlo constituye un viaje peligroso como el de los argonautas, lleno de impresiones indelebles, de historias conocidas o desconocidas. De personajes que reconocemos, de alusiones autobiográficas , de autocitas y sobre todo, de verdad.  

 "Casandra dice la verdad, mas en vano.

No es la falsedad la que hace el corazón de la literatura, sino la verdad, mas en vano". (p. 162)

                                                 ***

Como todo verdadero amor, el amor a Quignard exige mucho. No fácilmente se van pasando las páginas de sus libros ¿Es la fidelidad del pensamiento la más larga de todas? ¿Es absoluta? Persiste la sensación escalofriante de estar abriendo un alma. Y también la certidumbre de que en el fondo de esa alma hay un espejo: la imagen reflejada es la mía.

 

 

Pascal Quignard, Lycophron et Zétès, (Col. Poésie), Gallimard, Paris, 2010.

*Pascal Quignard, Albucius, El cuenco de plata, Buenos Aires, 2010. (la edición francesa es de 1990, ed. Gallimard).

**Pascal Quignard, Las tablillas de boj de Apronenia Avitia, Espasa-Calpe, Madrid, 2003.  

Unas pinturitas

Un amigo mío me preguntó por mis pinturas. La verdad, me gustan unas cuantas, aunque he pintado mucho.

Aquí hago un intento de selección.

 

 

Manifiesto

Manifiesto “En defensa de los derechos fundamentales en internet”

Ante la inclusión en el Anteproyecto de Ley de Economía sostenible de modificaciones legislativas que afectan al libre ejercicio de las libertades de expresión, información y el derecho de acceso a la cultura a través de Internet, los periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de internet manifestamos nuestra firme oposición al proyecto, y declaramos que…

1.- Los derechos de autor no pueden situarse por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos, como el derecho a la privacidad, a la seguridad, a la presunción de inocencia, a la tutela judicial efectiva y a la libertad de expresión.

2.- La suspensión de derechos fundamentales es y debe seguir siendo competencia exclusiva del poder judicial. Ni un cierre sin sentencia. Este anteproyecto, en contra de lo establecido en el artículo 20.5 de la Constitución, pone en manos de un órgano no judicial – un organismo dependiente del ministerio de Cultura -, la potestad de impedir a los ciudadanos españoles el acceso a cualquier página web.

3.- La nueva legislación creará inseguridad jurídica en todo el sector tecnológico español, perjudicando uno de los pocos campos de desarrollo y futuro de nuestra economía, entorpeciendo la creación de empresas, introduciendo trabas a la libre competencia y ralentizando su proyección internacional.

4.- La nueva legislación propuesta amenaza a los nuevos creadores y entorpece la creación cultural. Con Internet y los sucesivos avances tecnológicos se ha democratizado extraordinariamente la creación y emisión de contenidos de todo tipo, que ya no provienen prevalentemente de las industrias culturales tradicionales, sino de multitud de fuentes diferentes.

5.- Los autores, como todos los trabajadores, tienen derecho a vivir de su trabajo con nuevas ideas creativas, modelos de negocio y actividades asociadas a sus creaciones. Intentar sostener con cambios legislativos a una industria obsoleta que no sabe adaptarse a este nuevo entorno no es ni justo ni realista. Si su modelo de negocio se basaba en el control de las copias de las obras y en Internet no es posible sin vulnerar derechos fundamentales, deberían buscar otro modelo.

6.- Consideramos que las industrias culturales necesitan para sobrevivir alternativas modernas, eficaces, creíbles y asequibles y que se adecuen a los nuevos usos sociales, en lugar de limitaciones tan desproporcionadas como ineficaces para el fin que dicen perseguir.

7.- Internet debe funcionar de forma libre y sin interferencias políticas auspiciadas por sectores que pretenden perpetuar obsoletos modelos de negocio e imposibilitar que el saber humano siga siendo libre.

8.- Exigimos que el Gobierno garantice por ley la neutralidad de la Red en España, ante cualquier presión que pueda producirse, como marco para el desarrollo de una economía sostenible y realista de cara al futuro.

9.- Proponemos una verdadera reforma del derecho de propiedad intelectual orientada a su fin: devolver a la sociedad el conocimiento, promover el dominio público y limitar los abusos de las entidades gestoras.

10.- En democracia las leyes y sus modificaciones deben aprobarse tras el oportuno debate público y habiendo consultado previamente a todas las partes implicadas. No es de recibo que se realicen cambios legislativos que afectan a derechos fundamentales en una ley no orgánica y que versa sobre otra materia.

Este manifiesto, elaborado de forma conjunta por varios autores, es de todos y de ninguno. Si quieres sumarte a él, difúndelo por Internet.

 

 

Pasó el día de muertos y...

Pasó el día de muertos y...

 

Pasó el día de Muertos y volví a constatar cómo nuestros muertos nos habitan. Tengo el fantasma del abuelo de mi marido viviendo en mi casa desde hace mucho. Es un fantasma afable y veloz, que sólo se deja ver mientras pasa corriendo del espejo del pasillo al cuarto que fue de mi hijo Arturo y que es el más alejado de la casa. A veces mete bulla, pero debo definirlo como un fantasma muy cortés, muy discreto.

Ignoro por qué permanece aquí, porque por lo que sé, no le gustaba esta casa. Pero algo lo tiene atrapado, y yo no he conseguido juntar valor para preguntarle por qué no se va, o qué necesita para irse, o si quiere irse.

El caso es que con las obras he quitado el espejo del pasillo, y no sé si he dejado al fantasma del abuelo dentro o fuera, porque es evidente que ésa era su puerta de entrada y salida. La cosa me ha preocupado desde hace días. Es curioso que yo, que no soy nada suyo, piense mucho en él. Es mi fantasma, no el de mi marido, su nieto.

Volver a poner un espejo ahora que terminen las obras es mi principal preocupación. No quiero que mi fantasma vaya a sentirse solo. Llevamos tanto tiempo viviendo juntos que yo también lo extrañaría.

 

Una entrevista a Pascal Quignard: Sobre La barque silencieuse

Os cuelgo aquí una entrevista hecha a Quignard en Septiembre de 2009 con ocasión de la salida de La barque silencieuse. Siento que no haya subtítulos, pero su francés es transparente y creo que se entiende bien.

 

Juan O'Gorman: ingeniero/arquitecto, pintor y muralista mexicano

 

Ingeniero, pintor excelentísimo, muralista. Sobre todo; humanista.


En este día en que se conmemora el brutal encuentro de Europa y América, quiero hacer mi propia conmemoración, recordando a este insigne mexicano con el lema de la Universidad Nacional Autónoma de México, máxima casa de estudios: ¡Por mi raza hablará el espíritu! 

Los videos pertenecen a Canal Once Mexicano, canal cultural pionero en América Latina. A la serie Con los ojos de... Juan O’Gorman (1994).

 

Pascal Quignard: L'enfant au visage couleur de la mort

Pascal Quignard: L'enfant au visage couleur de la mort

Pascal Quignard escribió este cuento  terrorífico como desprendido del ensayo El lector ( que está escrito en forma de epístola, en segunda persona). Ya había hecho algo similar con El nombre en la punta de la lengua, que viene acompañado por un cuento que ilustra perfectamente las hipótesis expresadas en el ensayo. De este modo, cuento y pensamiento se entrelazan y complementan. Es una idea preciosa y no sé por qué no se publicó L’enfant... en el mismo volumen, junto con Le lecteur.

L’enfant au visage couleur de la mort es un relato que no se ha traducido al español. Como tantas obras de Quignard, ésta fue editada varias veces por distintas editoriales hasta que en 2006 apareció la edición definitiva en Galilée. Ya he comentado en otro lugar la belleza de estas ediciones, y es aquí donde Quignard publica su narrativa breve con muy buen criterio. Si yo tuviera una editorial, negociaría los derechos de todos estos cuentos y los publicaría en español sin tardanza en un solo volumen, porque son tan bellos y terribles como los que editó Bruno Bettelheim en el XX o recopilaron los Andersen, Grimm o Perroult en el siglo XIX. Quignard ha escrito que aspira a ser leído por los hombres y mujeres del 1640. Es decir, él aspira al clasicismo. Y clásico es su francés, sobrio y contenido en los relatos. Apenas aparece el narrador-estilista que hay en él. Quignard elude su propia sombra en estos cuentos y hay unos ’ Dicen’, unos ’Contaban que’... que desvanecen la personalidad del autor para subrayar el carácter tradicional del cuento. Un cuento cuyos orígenes se muestran, así, brumosos. No es un cuento del siglo XXI, es un relato ancestral.   

En muchos otros escritos suyos, pero especialmente en El lector y en La barque silencieuse, Quignard teoriza sobre la peligrosidad de la lectura. Los libros nos apartan de los otros, y más radicalmente, de la vida. Es verdad que lo hacen para darnos una vida distinta, tal vez más intensa y verdadera, pero el suyo es un peligro real: un lector se divorcia de la sociedad. Los libros excluyen a la sociedad porque leer te encierra dentro de ti mismo, alza fronteras entre tú y los otros y entre tú y el mundo y crea una adicción solitaria que pocos pueden eludir o vencer, una vez experimentada.

En el cuento de Quignard vemos estas ideas en acción: un padre se ausenta para ir a la guerra y pide a su hijo dos cosas: que no le espere y que no abra nunca un libro. El niño se queda con la madre y obedece la primera orden pero desobedece la segunda. La madre, al principio, no ve mal en ello y compra libros para el niño. Poco a poco, éste se va metamorfoseando y su rostro adquiere el color de la muerte. Vive encerrado con sus libros en una torre en la que nadie entra. Sus ojos se han apagado, su color se ha marchitado, su vista horroriza: se convierte en un monstruo. Pero llega el momento en que el infante desea una esposa. Y la madre, angustiada, tiene que suplicar a la más pobre de las pobres de su reino para que le ceda una de sus tres hijas... La pobre más pobre del reino se compadece del dolor de la otra madre que sufre por su hijo y deja que su hija mayor se vaya con la castellana. Pero la hija muere. Como en todos los cuentos tradicionales, esto se repite tres veces. Tres son las hijas que la pobre cede a la castellana para que pasen la noche con su hijo, el infante del rostro color de la muerte. Al emprender el camino, una vieja las interpela: ’¿Adónde vas?’ La dos hijas no contestan a la vieja, a la que desprecian ostensiblemente, pero la tercera y última hija, responde a la vieja: ’ ¡Oh, vieja! A quien me habla, yo respondo. Marcho con lentitud porque es mi último viaje como ser vivo. Escucho así  a las aves y al aire que resuenan en las hojas de las hayas. Respiro así el aire y el viento que pasa. Así yo te hablo y así te saludo porque allá donde voy, allá está la muerte, y allá ni el cielo ni los campos se escuchan, ni el ave canta, ni las hojas se mueven, ni el aire ni el viento pasan’. 

La vieja, entonces, aconseja a la joven que se ponga tres vestidos, y que cada vez que el infante del color de la muerte le pida que se desnude, ella le pida que se desnude antes él. Y cada vez, la joven se despojará de uno de los vestidos: primero del vestido blanco, luego del vestido amarillo, el tercero será el vestido marrón. Así lo hace la joven, y la tercera vez que el infante le pide que se desnude, ella le pide que antes, se desnude él. Así, el desnuda primero su piel tan blanca como la muerte, la segunda, la carne enfermiza y los ojos sin brillo, y la tercera, él se desvanece para convertirse en la imagen de un libro: ’Desnúdate, le ordena el infante. Desnúdate tú también, delante de mí, le dice ella. Entonces un gran gemido se escucha en el lugar donde se encontraba el infante, y un largo aullido desde allí se fragmentó, poco a poco al contacto con el aire. Y la voz y el aliento se desvanecieron, dejando en su lugar la página de un libro iluminado’.

Entonces la joven vio que en la página aparecía la imagen de un hombre hermosísimo, que era el verdadero infante. Y tanto lo vio que llegó a amarlo: ’Ellos terminan diciendo que ella se aproxima, toma la página del libro y mira con sorpresa el dibujo de un hombre más bello que el amanecer de un día. Con una mirada más vívida que la vida que impulsa el batir de su corazón. Un rostro más luminoso que el sol reflejado en las mareas de una ribera de mar. Ellos cuentan que repentinamente se enamora de esta cabeza, la cabeza del infante de colores muy vivos. Cuentan que ella deseó abrazar ese cuerpo que retrataba la imagen. Dicen que ella no deseaba más que esto en el mundo: apretar contra su seno la cabeza del hombre que aparecía sobre la página del libro’. 

Después de contar el cuento, Quignard agrega algunas palabras enigmáticas, misteriosas, seductoras:

’Los nombres mismos perdieron la fuerza que tienen los nombres para evocar. Parecen indescernibles, erróneos. Signos sordos. Vanos.Temerarios.’ *

 

Y otras cosas que dice después en su forma habitual, en versículos, en pequeños ensayos y que no voy a traducir. A quienes sepan leer en francés: es un hermoso libro, como un texto medieval. Con su misterio y su pesadilla. A los que no sepan leer en francés: ¡vale la pena aprender esa lengua sólo para leer a Quignard!

 

Pascal Quignard, L’Enfant au visage coleur de la mort (conte), Paris, Galilée, 2006.

 

* La traducción es mía, pido perdón por los posibles fallos.

 

 

 

 

Leonor de Aquitania, de Régine Pernoud

Leonor de Aquitania, de Régine Pernoud

Por fin se reedita en español la traducción de este magnífico estudio de Régine Pernoud (1909-1998), en la que se revisa concienzudamente la trayectoria vital de esta mujer extraordinaria que fue Leonor de Aquitania. Denostada y adorada a un tiempo, Leonor fue ejemplo de cultura, independencia, audacia política y visión de estado en una época (la medieval) que ha sido  mal conocida o recordada como época oscura (en parte a causa de la visión negativa que nos legó Petrarca) y que fue una época brillante y apasionante. 

En la historia de las mujeres, la Edad Media no puede decirse que fuera negativa, al menos en lo que respecta al género, aunque sí lo fuera en cuanto a la clase social. Muchas mujeres de alta cuna destacaron en esa época, y entre ellas, Leonor no fue de las menos importantes. Heredera de los ricos feudos de Aquitania y del Poiteu, la reina que se casó dos veces con reyes manejó las riendas de la complicada política de su época con perspicacia, siempre defendiendo sus derechos territoriales y exportando la alta cultura de su tierra a los dos reinos a los que accedió por matrimonio: Francia e Inglaterra. Conservó también y defendió sus dominios para pasarlos a su hijo favorito, Ricardo Corazón de León, quien, tras la muerte de sus hermanos mayores, Guillermo y Enrique, era el soberano legítimo. Leonor luchó por conseguir el altísimo rescate que el Emperador de Alemania pidió para liberar a Ricardo y luchó también porque Juan sin Tierra, su hijo pequeño, no usurpara los dominios que le correspondían a su hermano mayor. La biografía incide especialmente en la etapa en la que Leonor, ya mujer, y tras el divorcio de Luis VII de Francia, casa con Enrique Plantagenet e inicia con él un largo reinado en Inglaterra. Al principio, nos dice Pernoud, en íntima colaboración con esposo, Leonor reina en Inglaterra cuando Enrique está ausente en sus tierras francesas, y es reina en Aquitania cuando Enrique está en Inglaterra. Ambos esposos viajan constantemente, y al alimón gobiernan sus estados. Quince años después, y tras el golpe moral que supuso la entrada en escena de la bella Rosamunda, Leonor se separa de facto de Enrique e inicia una campaña de desprestigio contra él, consiguiendo que sus vasallos continentales y sus hijos se alcen en su contra. Después de la época dorada de su matrimonio con el extraordinario Enrique Plantagenet, en la que incluso es capaz de acompañarlo en la Cruzada, Leonor se despega de él, lo reta. Más tarde sufrirá prisión y exilio a causa de ello, para renacer después de la muerte del esposo de nuevo con la grandeza de una reina madre que cuida y gobierna en nombre del hijo ausente.  

Las turbulencias eran constantes en esta época feudalista, en las que las guerras, pequeñas y grandes, no cesaban de movilizar a los hombres. Europa ha sido siempre el escenario de cruentas guerras fratricidas, y lo fue también entonces.

La aportación de Régine Pernoud a la historia de Leonor de Aquitania es importante porque deja de lado los dimes y diretes que desde su propia época han venido empañando la labor política e histórica de esta mujer, centrándose en habladurías sexistas sobre sus amores, supuestos adulterios, supuestos amores incestuosos - con el padre de su esposo Enrique, por ejemplo,- y que se crearon sólo porque Leonor fue una mujer libre, hermosa y poderosa. Por tanto, muchos historiadores y cronistas se afanaron en ocultar la dimensión más política de su oficio de reina para poner el acento en su vida personal erótica. Naturalmente, como impulsora de las cortes de amor, de la poesía trovadoresca, Leonor estaba sujeta a la ficcionalización de su vida y a la idealización de su belleza y poderes femeninos en tanto que musa de tantos y tantos poetas cortesanos. Pero la historia tiene la obligación de separar literatura, leyenda y hechos reales, y no lo ha hecho bastante con Leonor. De ahí el interés de esta biografía, aparecida en Francia en  los años sesenta.

No sólo es una biografía extraordinaria: también es una gran relato narrativo, pero no es una novela. Es Historia de la mejor.

Lo único que se echa en falta es un mapa de los reinos y feudos de la época.

 

Régine Pernoud, Leonor de Aquitania, El Acantilado, Barcelona (Traducción de Isabel de Riquer).

Miguel Condé expone en Madrid

El pintor y grabador mexicano Miguel Condé expone obra sobre papel, en Madrid, del 5 de Noviembre al 12 de Diciembre en la Galería BAT Alberto Cornejo.

La dirección es Calle María de Guzmán, 61,

Madrid 28003

http://www.galeriabat.com

La cita promete ser muy interesante.

 

Arráncame la vida, de Ángeles Mastretta

Arráncame la vida, de Ángeles Mastretta

Leí esta novela de la escritora mexicana ( o más, precisamente, poblana) cuando fue editada hace una veintena de años. Me gustó. Después leí Mujeres de ojos grandes y aunque de menor aliento, también me gustó. Luego le perdí la pista a la Mastretta hasta que hace un par de meses empecé a visitar su blog, Puerto Libre

Ahora que han estrenado la peli basada en esta novela, he querido releerla antes de ir al cine. Se trata de la historia de una mujer mexicana que desde los quince años vive con un hombre cuyo interés reside, precisamente, en su complejidad. Un hombre que sube con la Revolución y con ella se corrompe mientras por otro lado la enseña a sentir placer, a ser su compañera. Irónico, pero no desprovisto de ternura, el general es un personaje crecientemente despreciable, pero no fácil de definir. Mujeriego, mafioso, criminal, pero también tierno, cariñoso, preocupado por sus innumerables hijos a los que va llevando a su casa para que Catalina los críe; cercano a su mujer, sobre todo en los primeros años de su matrimonio antes de que ella se dé cuenta de que él es al mismo tiempo prepotente, tiránico, celoso, cruel y posesivo.

Me extraña que en algunas reseñas digan que el tema de la película es el machismo mexicano. Primero, cuestiono el adjetivo: en México hay tanto machismo como en el resto de los países ( y no sólo me refiero a los países hispanoahablantes); segundo, en todo caso, el tema es el crecimiento de Catalina, su aprendizaje de la vida, su camino hacia la liberación, hacia la autosuficiencia a través de una serie de avatares que acompañan la historia de México en las décadas de los 40 a los 50. Se trata de una narración en primera persona, por lo que todo lo que ocurre lo vemos a través de los ojos de Catalina que, en un largo flashback, nos cuenta su vida, unida a la del general desde su adolescencia.

Según se afirma, Mastretta basa la trama en la vida de Maximino Ávila Camacho, hermano del presidente de México que sucedió a Lázaro Cárdenas, y en la de su segunda esposa.

Literariamente, la novela no es brillante, pero cuenta una historia que vale la pena leer.

De todos modos, tampoco entiendo que se la lea como una reivindicación feminista porque, al fin y al cabo, Catalina no renuncia al poder ni al dinero que tan suciamente ha conseguido el general. Sólo se libera (sexualmente) por la vía de mantener ocultos a sus amantes y yo me pregunto si esta es la verdadera liberación.

Esta novela está en el nivel de las de Isabel Allende: es amena, está bien escrita, atrae lectores: tiene su público. No más (y tampoco menos). 

 

Ángeles Mastretta, Arráncame la vida, Seix-Barral, Barcelona, 2007.