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Un adiós a Ingmar Bergman

Un adiós a Ingmar Bergman

Yo tenía 16 años. Iba cada domingo al cineclub del CUC, en la UNAM. Con Bergman (Persona, Pasión, Vergüenza) y con Truffaut, especialmente, comencé a ver cine, a ver cine de verdad.
Persona ha sido para mí, junto con El séptimo sello, una de sus mejores películas. En Persona, Bergman nos habla del silencio, silencio necesario, autoimpuesto, porque llega un momento en que ya no se tolera la impostura, el teatro, la representación de algo que no somos nosotros y hace falta callar. Los otros querrán romper ese silencio, interpretarán ese silencio según su propio discurso interior, como si ese silencio no pudiera, no debiera ser vacío puro, silencio verdadero, como si hubiera que poblarlo de palabras o buscarle un sentido, cuando lo que se manifiesta en él es precisamente la nada. Como en muchas de sus películas, hay un proceso de vampirización, hay una destructividad que se manifiesta a través del amor, amor que en verdad no es más que narcisimo, egoísmo, en fin: mentira.
Después, ya en el Festival de cine, El rostro, El rito, La noche del lobo, y más tarde, Secretos de un matrimonio, Gritos y susurros y ya en España, Fanny y Alexander y las obras anteriores, que antes no había conocido, entre otras, El manantial de la doncella o Fresas salvajes. Toda mi vida ha estado marcada con sus obras. Esas obras duras, severas, pensativas, a veces incluso terroríficas, con un terror profundo, como el que nos hizo salir de la proyección de La noche del lobo casi precipitándonos, al final de la película, atacados todos por un miedo irracional ¿ a qué? ¿a nosotros mismos? El horror de El huevo de la serpiente, lectura implacable del nazismo y de la maldad...
Rara en su obra es la alegría y la frescura de La flauta mágica, o ciertos pasajes de Fanny y Alexander, antes de que esta película se torne sombría y estremecedora.
Bergman llenó mis tardes de domingo de preguntas a las que todavía no he respondido, de inquietudes que todavía me asaltan. En las tertulias posteriores al cineclub y ya por la noche en animada tertulia ante los pambazos de mole de El Convento de Coyoacán, o delante de la fondue de carne de El Coyote Flaco, en la calle de Francisco Sosa, palabras, preguntas, debates y mucho tabaco nos llevaban de regreso, una y otra vez, al cine del maestro sueco durante horas. Recuerdos de una felicidad intelectual que le debo a Ingmar Bergman. El hombre ha muerto, pero la obra queda.

Albi, un tesoro a las orillas del Tarn

Albi, un tesoro a las orillas del Tarn


Albi, maravilla de la arquitectura, ciudad acogedora y calurosa, imponente y a la vez delicada como su basílica, símbolo de la todopoderosa iglesia, que guarda unos maravillosos frescos italianos cuyo tema parece salido de la mano del Bosco. Albi cuenta también con bellísimos, escondidos jardines y está llena de callejuelas y misterios, de hermosas casas burguesas, fruto de la riqueza del pastel, una tintura azul que la hizo rica.
Paseé, leí, pinté un poco; me empapé de la historia conflictiva de este Albi que padeció la terrible y cruenta represión de la cruzada contra los llamados albigenses (que eran solamente unas trescientas personas), y que luego quiso mostrar la omnipotencia del poder eclesiástico católico con la erección de esa basílica-fortaleza y de ese palacio episcopal también imponente que son su sello característico. En el antiguo palacio episcopal, el Berbie, se encuentra hoy el museo de Toulouse Lautrec, hijo de esa ciudad, aunque la ciudad, aparentemente, no haya dejado huella en su obra. Allí pude ver algunos de esos extraordinarios dibujos de Lautrec, que tanto me gustaron cuando era una adolescente. Durante muchos años, Toulouse Lautrec fue mi ídolo, y no pude evitar la emoción al recorrer las salas de su museo.

Me alojé en la Villa Mandarine de la familia Jeambrun (en la foto), gente amabilísima y acogedora, con una casa preciosa que queda a sólo 10 minutos a pie del corazón latiente de Albi: la plaza Vigan. Con una agradable piscina y un lindo jardín. Os recomiendo que si vais a Albi, os alojéis con esta familia encantadora y que no dejéis de callejear intensivamente por esa maravillosa ciudad del Midi francés.

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Injusticias flagrantes en el concurso de oposición para profesores de Secundaria. Barcelona 2007

Injusticias flagrantes en el concurso de oposición para profesores de Secundaria. Barcelona 2007

Aunque no me cabe duda de que el concurso de oposición es el método menos tramposo y más justo para acceder a un puesto definitivo en la enseñanza, hoy no puedo dejar de comentar y de indignarme por lo que ha ocurrido este año. Ya sabíamos que estas oposiciones estaban diseñadas para dar paso a los profesores que, como interinos, habían venido dando clases en la escuela pública, a veces durante años.
Pero que una persona que ha sacado un 9,91 en la oposición se quede sin plaza, me parece verdaderamente lastimoso. Indignante.
Por delante suyo han pasado profesores que, con 24 años de antigüedad como interinos, han sacado un cinco de nota en los exámenes.
La pregunta es: ¿vale más la antigüedad que la calidad de los conocimientos, que el conocimiento mismo?
Si se trataba de eso, haber optado por hacer unas oposiciones restringidas, como se hacían antes. Una persona que sólo puede sacar un 5 en los exámenes tras 24 años de dar clases...¡Dios!
La persona que saca un 9,91 pensará, con justicia, que se le ha hecho una injusticia descomunal. Las víctimas serán, aparte de él mismo, los alumnos.
A veces pienso que a Ensenyament lo que menos le importa es eso: la enseñanza.

Miguel Ángel Maceiras

Miguel Ángel Maceiras

Iba yo a la primaria de las señoritas Amaro, en San Ángel (El Instituto Colonia Guadalupe), y estaba más sola que la una. Mi mamá no me dejaba ni ir solita al colegio : me llevaba Josefina, que era una india güera (rubia), de pelo chino , afro y ojos verdes y que desplegaba su sex appeal como la miel sobre una tostada mañanera. Yo estaba muy enojada, porque era la más chaparrita de la clase y porque no era guapa guapísima, como mi mamá. Yo heredé la cara de batracio de mi papá y estaba muy triste por eso. Me dediqué a la lectura y a la tele. Me vi todas las películas que pasaban por el canal 4, de Bette Davies, de Errol Flynn: todo el cine de los años 40 y 50. Ahí nacieron mis dos aficiones primordiales: los libros y el cine.
Cuando estaba en quinto de primaria, Miguel Ángel Maceiras me trajo a la casa una luciérnaga en una cajita. Me acordé hoy, porque Alejandro Aura en su blog alude a esas criaturas mágicas. Yo no salía de mi casa, así que no vi a la luciérnaga lucir sus fosforescencias, pero aún así, recuerdo esa cajita como uno de los momentos cumbre de mi existencia infantil.
Miguel Ángel Maceiras era uno de los guapos de la clase, era alto, rubio, un poco macarrilla. Que me llevara la luciérnaga a mi casa (aunque no pasó de la reja: órdenes de mi mamá-celadora), fue un triunfo inesperado, una alegria, un vuelco en el corazón.
¿Qué habrá sido de aquellos compañeros de primaria? De Maceiras, de Leticia Viramontes, de Amelia Martínez, de José Antonio Molina, de Sergio Bátiz, de Andrés Piccini Pérez, de Eugenia Ortiz de Zárate, de Teresita Legazpi o de Cristina Deschamps?

Tinísima, de Elena Poniatowska

Tinísima, de Elena Poniatowska

Nos llega la biografía novelada de Tina Modotti a través de la edición de bolsillo de la editorial Era. Sobre Tina yo tenía, desde hacía muchos años, un precioso volumen, ilustrado con fotos de Weston y de la propia Tina, que editó el Fondo de Cultura Económica*. Como Tina pertenece a una época trubulenta, idealista, fecunda de la historia de México, es un capítulo que admite muchas versiones y me interesó conocer la de Elena Poniatowska, periodista y escritora que posee un estilo muy concreto, peculiar, coloquialista y fluido, que me gusta más en ciertos momentos (cuando transcribe el lenguaje popular mexicano, por ejemplo, en Hasta no verte Jesús mío o en La noche de Tlatelolco). Como novelista, en cambio, Poniatowska nunca me ha dejado satsfecha, aunque su éxito internacional sea grande. De todos modos, ocupa, por derecho propio, un lugar importante en las letras mexicanas.
De modo que cuando vi en la Librería Taifa de la calle Verdi, este voluminoso librito, me sentí tentada y naturalmente, caí. Qué menos.
Lo primero que me llamó la atención en los primeros capítulos fue la visión ultra-romántica que Poniatowska muestra sobre la relación de Tina con Julio Alberto Mella. asesinado en México cuando paseaba del brazo de Tina. Poniatowska describe el hecho como un cataclismo para la Modotti, enamorada hasta las cachas, sexualmente dependiente y anhelante del guapísimo revolucionario cubano. Y se extiende bastante, en tono más bien ditirámbico, sobre esta relación. A mí me parece por lo menos extraño que Poniatowska no haga mención, en el incio de su relato, de la duda razonable que planea sobre el crimen de Mella. Crimen que fue ordenado por el propio Partido Comunista a través de Vittorio Vidali, alias Enea Sormenti, Comandante Carlos, José Díaz, Carlos Contreras), quien fuera amante de Tina Modotti (alias María Ruíz). quien luego fuera ¿no es extraño? amante y compañero de Tina desde Moscú hasta su vuelta a México y su muerte, también sospechosa (me refiero a la muerte de Tina), de un ataque al corazón a los 46 años.
El crimen de Mella sigue siendo, en cierto modo, un misterio sin resolver, puesto que aparte de Vidali, no se llegó a saber hasta qué punto Tina estuvo envuelta en el complot. Los testigos del crimen dijeron que Tina y Mella no iban solos por la calle (como ella declaró en la Procuraduría), sino que iban acompañados de una tercera persona. Por otro lado, Tina declaró que ella tomaba del brazo a Mella, precisamente por el lado izquierdo, que es desde donde se hicieron los disparos que acabaron con la vida del revolucionario cubano. Vidali era un matón de Stalin y el probable asesino de Mella, así que ¿cómo se explica que Tina, enamorada del modo que narra Elena Poniatowska en su biografía, haya terminado compartiendo su vida con el asesino del hombre que, segín Poniatowska, tanto amaba?

En cuanto al resto del relato, para mi gusto es excesivamente prolijo. Tanto cuando narra su vida en común con Edward Weston (y sus idas y venidas de USA a México y viceversa), y sus crecientes contactos con el Partido Comunista Mexicano a través, sobretodo, de su relación con Xavier Guerrero, pintor mexicano y militante con el que también vivió hasta que éste marchó a la URSS. Fue entonces, cuando Guerrero estaba en Rusia, que Tina se enamoró de Mella y se produjo el atentado mortal. Finalmente, Tina fue acusada de haber intentado asesinar al Presidente y fue expusada de México, hecho que la llevó a exiliarse en Europa con Vidali. La verdad es que es entonces cuando las fotos de Tina pierden todo interés artístico y todo fuelle. Basta con ver las fotos que tomó en Roma, Berlín o Austria, que de ningún modo pueden compararse con las que hizo en México.

Más tarde, Tina volvió a México con Vidali, donde murió.

Poniatowska documenta todas las relaciones amistosas y amorosas de Tina en México exhaustivamente, con atención especial a la figura omnipresente de Diego y de su entonces mujer, Lupe Marín. Tina fue una de las modelos que con mayor asididuidad pintó Diego en sus murales. El libro mantiene el interés en la medida en que describe la efervescencia y los distintos niveles de compromiso social que existían en el seno de esa sociedad intelectual y/o comprometida en el México de los años 30 y 40 pero, una vez más, se excede y no profundiza. La suya es una narrativa superficial, aunque atractiva.

Finalmente, Tina se nos aparece como una mujer eternamente dependiente y eternamente domesticada y moldeada por sus parejas excepto, quizá, por su marido, Robo, que muere en México antes de que ella llegue. Por lo demás, Cuando vive con Weston, su principal motor es la fotografía, que éste le enseña, y cuando vive con Guerrero, con Mella o con Vidali parece que sólo sabe seguirlos o imitarlos en su entrega al Partido. Me queda la duda de si su relación con Mella es como quiere ver Poniatowska o si verdaderamente fue cómplice en sus asesinato como parece sugerir la relación posterior con Vittorio Vidali y con los sectores más doctrinarios del estalinismo, para los que el estilo de Mella resultaba tremendamente heterodoxo e inaceptable.

(Sobre la magnífica obra de Edward Weston se pueden consultar los volúmenes que en dos colecciones distintas le dedica la editorial Taschen. Yo tengo la versión pequeña, en la colección Icons, Colonia, 2001, en la que se encuentran los bellísimos desnudos que le hizo a Tina en la azotea de su casa y que por sí solos constituyen una obra de arte. Weston es uno de los grandes fotógrafos del siglo XX).


Elena Poniatowska, Tinísima, México, Era, 2006, 660 p.

* Mildred Constantine, Tina Modotti, una vida frágil, FCE, México, 1979 (traducción de Flora Botton).

La literatura según Han-Yu

La literatura según Han-Yu

En un pequeño volumen que publica Octavio Paz con textos de antiguos escritores chinos (que confiesa haber traducido del inglés y del francés en 1957), encuentro este fragmento:

(...) El más perfecto de los sonidos humanos es la palabra; la literatura, a su vez, es la forma más perfecta de la palabra. Y así, cuando el equilibrio se rompe, el cielo escoge entre los hombres a aquellos que son más sensibles, y los hace resonar.


Octavio Paz, Chuang-Tzu, Bibioteca de Ensayo Siruela Núm 6, Madrid, 2005.

Carlota Fainberg, de Antonio Muñoz Molina

Carlota Fainberg, de Antonio Muñoz Molina

Una nouvelle curiosa. A ratos, los anglicismos que trufan el discurso del profesor-narrador tras sus muchos años de estancia en USA como profesor auxiliar, se me hacen molestos. La historia, de todos modos, me atrapa. Dos hombres, muy diferentes entre sí, se encuentran en un aeropuerto. Sus vuelos de retrasan durante horas por una tremenda nevada. Claudio es el receptor de una historia de pasión desatada. La verborrea de Abengoa a ratos le parece agobiante, a ratos fascinadora. Un tono irónico satiriza, en un segundo plano, la vida académica. Es un plus.

Sin duda, lo mejor es el final que, ambiguo, nos lleva a reconsiderar un relato que hasta entonces no parecía fantástico.


Antonio Muñoz Molina, Carlota Fainberg, Punto de lectura, Madrid, 1999. (Sí, como tantos otros libros que tengo en mi biblioteca, lo he dejado ’reposar’ algunos añitos: ¡mea culpa!).

Los reyes malditos de Maurice Druon

Estas novelas históricas comienzan con el final de reinado de Felipe el Hermoso, rey de Francia, cuando éste decide terminar con la Orden del Temple y manda quemar vivo al Gran Maestre de la orden, Jacques de Molay, quien desde la pira, maldice a la dinastía hasta la decimotercera generación. A partir de ahí, se suceden las muertes y la tragedia en el reino de Francia. El hilo conductor que unifica todas las novelas son dos historias: la de Roberto de Artois en su lucha contra su tía Mahout por el control del condado de Artois, y también la de Guccio, banquero lombardo, y su amor imposible por la condesa de Cressy.
Las novelas describen muy bien las intrigas y las luchas de poder en los reinados de Felipe y sus sucesores hasta el cambio de la dinastía, y todos sus problemas políticos y familiares: Luis el Obstinado, Felipe de Poitiers y Carlos el Hermoso, los adulterios de las esposas de Luis y de Carlos, la muerte por estrangulamiento de la esposa de Luis, que necesita un heredero legítimo, el asesinato de su hijo en la cuna(nacido de su segundo matrimonio, con Clemencia de Hungría), Isabel de Francia (única hija de Felipe el Hermoso), y el derrocamiento de su esposo, Eduardo II de Inglaterra, a la vez que une los hechos a través de las historias intercaladas de Robert y Mahaut (historia de odio), y de Guccio y María (historia de amor). También tratan, de manera secundaria, pero con cierta morosidad, del tema del Papado en Avignon. Iglesia y estado envueltos en una misma maraña de intriga.
La serie es interesante porque divulga hechos históricos de manera amena y relativamente precisa, ya que el autor es miembro de la Academia Francesa.

La obra ha inspirado dos series de televisión, una en 1972 y otra en 2005, con Philippe Torreton, Jeanne Moreau, Gerard y Guillaume Depardieu, Jeanne Balibar, Tcheky Karyo, Claude Rich y otros grandes actores y actrices franceses.

Maurice Druon, Los reyes malditos (siete volúmenes), Barcelona, Byblos. (A cinco euros el volumen).

El rey con el corazón de alondra

El rey con el corazón de alondra

Felipe el hermoso (Felipe IV de Francia), nació en 1268 en el castillo de Fontainebleau, del matrimonio de Felipe III con Isabel de Aragón y murió a los 46 años de un accidente de caza. Destacaban en él dos características: la belleza y armonía de su cara y cuerpo, y la obstinación y rigidez de su carácter, por lo que también se le llamó el rey de hierro
Casó a los 16 años con Juana de Navarra, con la que tuvo siete hijos. Le sucedieron tres de sus hijos, Luis X, Felipe V de Francia y Carlos IV, y con ellos terminó la dinastía de los Capeto, cuyos restos descansan en la basílica de Saint Denis. Su hija Isabel casó con Eduardo II, rey de Inglaterra. Ella, en colaboración con Mortimer y con el apoyo de Francia, encarceló al rey y lo mandó matar, por sodomita, en 1327, antes de hacerse con la regencia del reino. Christopher Marlowe escribió una tragedia sobre este hecho y Derek Jarman hizo una película basada en la obra del dramaturgo inglés.
Felipe ataca a los templarios y consigue acabar con su poder. Jacques de Molay, gran maestre de la Orden, acabó siendo quemado en París y según se cuenta, maldijo a Felipe y a su dinastía y predijo la muerte de sus tres poderosos enemigos en menos de un año: el propio Felipe el Hermoso, el Papa Clemente V (Papa francés, instalado por Felipe en Avignon), y el burgués Nogaret, mano derecha del rey de Francia. Cuando en efecto murieron los tres en menos de un año, se comenzó a hablar de la dinastía de los "reyes malditos".
He comenzado a leer la serie de novelas históricas escritas por Maurice Druon (de la Academia Francesa), que escribió 7 libros sobre estos reyes Capetos.
En el primer volumen (El rey de hierro), se cuenta que al morir Felipe el Hermoso y extraerse su corazón para ser llevado al monasterio de Poissy, pudo observarse que se trataba de un corazón muy pequeño, como el de una alondra.
Saquen ustedes sus conclusiones.

Maurice Druon, Los reyes malditos ( 7 volúmenes), Barcelona, Byblos.


Género e identidad sexual: el caso de Mary Frith, también conocida como Moll Cortabolsas

Género e identidad sexual: el caso de Mary Frith, también conocida como Moll Cortabolsas

Estaba leyendo el libro de Renaissance Drama para mi próximo curso de Primero de bachillerato, cuando me he visto obligada a repasar algunas de las obras de Shakespeare, concretamente, Noche de Epifanía (Twelfth Night) en que, como en otras comedias europeas de la época (también en Lope y en Calderón), hay un cambio de sexo aparencial: las mujeres visten de hombres y asumen un papel masculino.
Y leyendo la obra, me encontré con una referencia a otra comedia, ésta de Middleton y Decker, llamada Roaring Girl, (estrenada en Londres en 1611), en la que se cuenta la historia real de una mujer que, como la Monja Alférez, trangredió las normas de la época tanto en lo que se refiere a su vestuario (vestía ropa masculina), como en su profesión: era una conocida ladrona que, al parecer, también se dedicaba a proporcionar mujeres a los hombres y hombres a las mujeres. Se decía que tenía los dos sexos, que era hermafrodita, y en Londres se cobraba por mostrar un retrato suyo, desnuda, en que aparecía con atributos genitales mixtos.
Nació en 1584 y murió de hidropesía en 1659. Fue hija de un zapatero y se dice que fue criada con todos los cuidados y que recibió una buena educación, sólo que en la adolescencia comenzó a vestirse de hombre, frecuentó tabernas y prostíbulos en los que bebía y fumaba públicamente y perfeccionó las artes de su oficio de ladrona.
Es obvio que fue muy popular en su época, que consiguió casarse (al parecer para probar que no se la podía llamar ’solterona empedernida’ en los romances y canciones), y que su leyenda fue acumulando cada vez más historias sobre su audacia y su indudable valor en todo género de duelos y peleas.
Tres años después de su muerte se publicó una biografía.

Jeeves y Wooster en otra historia de P.G. Wodehouse

Hace tiempo que me hice fan de Jeeves y de Bertie Wooster (a través de la serie de la BBC interpretada por Hugh Laurie, en el papel del atolondrado y encantador juerguista, y Stephen Fry, impagable mayordomo y cerebro gris de todas las aventuras). Como he terminado el curso, y a la vez que leo un estudio sobre el drama renacentista inglés, a ciertas horas me entrego al relajo y a la risa que me provocan las historias de P.G. Wodehouse.

De acuerdo, Jeeves comienza con uno de esos tour de force que a menudo se establecen entre el mayordomo y el joven inglés, cuando Jeeves, horrorizado por la compra de una chaqueta blanca con botones dorados, hace ver a su amo la inconveniencia de lucir tan horripilante prenda en Inglaterra. Bertie, quien apela a los sentimientos de orgullo y de pundonor de los Wooster, no cede. Se lleva la chaqueta a Brinkley, desafiando a su mayordomo. La guerra comienza. No sólo eso: Bertie se siente ofendido porque todos confían más en Jeeves que en él, a la hora de arreglar los desaguisados amorosos de toda esa tropa de jóvenes estrafalarios que constituyen el centro de la sátira en las novelas de Wodehouse.


Así, pues, Bertie toma las riendas del desaguisado, primero aconsejando a Gussie Fink-Nottle, el amante de las salamandras, y después a Tuppy Glossop, al mismo tiempo que asesora su tía Dahlia con la mejor estrategia para hacerse con quinientas libras para salvar su revista femenina. Previsiblemente, ocurre un gran desastre y nada puede hacer Bertie para arreglar el gran lío que ha montado, por lo que Jeeves debe intervenir.
Los diálogos son brillantes y las descripciones espléndidas. Entramos de lleno en el mundo de la sátira inglesa. Wodehouse es heredero de Shandy, Thackeray, Austen... El mundo de Jeeves y Bertie Woster es surrealista, delirante, simpático y absurdo y la lectura de cualquiera de sus historias es absolutamente recomendable para pasar ratos inmejorables.

(Ah, y si es posible, no dejéis pasar la serie, una de las mejores de aquellos tiempos míticos de la BBC).


P.G. Wodehouse, De acuerdo, Jeeves, Anagrama, Barcelona, 1990.

Papá, dame la mano que tengo miedo, de Leopoldo María Panero

Papá, dame la mano que tengo miedo, de Leopoldo María Panero

Leopoldo María Panero hace tiempo que me parece el mejor poeta en español vivo, Su prosa poética vuelve a ser torrente pasional de dolor y de herida. Junto a Rimbaud, a Lautréamont, a Nerval, esculpe sus palabras contra el abismo que lo sustenta. Panero salmodia su "temporada en el infierno", desde donde nos sacuden sus palabras. El alma, tras leerlo, duele y se agita.
Un libro que no debéis dejar de leer.

Cito:
Mi alma no es más que vejez y un río en la noche, un nudo de asfixia verde en la garganta, una imposible proximidad, una terrible dulzura de almas que gimen bajo el viento; una "Muerte de Virgilio" que nunca termina, una novela sin diálogos y sólo terror en la sombra, una araña que teje su propia desdicha, una telaraña de desdichas donde los pájaros se restriegan los unos contra los otros, gimiendo por la flor de una bofetada, de una bofetada del loquero, de una flor en la sombra (p. 26).

Lou Andreas Salome, de François Giroud



Hace un año largo, mi hija pequeña me regaló esta biografía de Lou, de quien ya había leído algo hace tiempo. Aunque en su momento leí el libro que ahora reseño, no lo había mencionado aquí. Se trata de una biografía breve, que no incide demasiado en ciertos pasajes de la vida de Lou, como en su falta de atracción por el sexo (parece que sentía verdadera repulsión, que algunos han atribuido a una temprana violación incestuosa que habría causado también una anorexia, todo ello sin tener la más mínima prueba ni indicio. Como si no fuera lógico que una mujer principalmente preocupada por el intelecto fuera, al mismo tiempo, naturalmente reacia a atarse a un hombre: consideremos el tiempo en que vivió).
Lou procedía de una familia de judíos sefarditas que primero se instalaron en Alemania y después pasaron a Rusia, donde nació Lou en 1861. De clase alta, el padre recibió un título nobiliario de mediana importancia, y la única hija, menor de 6 hermanos, desarrolló una inteligencia deslumbrante y una duda metafísica religiosa. Como discípula del pastor protestante de San Petesburgo (la familia se había convertido al protestantismo en el siglo XVI), fue instruida tanto en temas teológicos y biblicos como filosóficos. Con Guillot, su primer maestro y su primer amor platónico, Lou inició los estudios que después intentaría proseguir en París, Berlín y Viena. Pero por desgracia para ella, el pastor se enamoró, le pidió su mano y ella, horrorizada, huyó.
Dsede entonces, un número apreciable de hombres de talento se enamoraron locamente de ella. Pero Lou no cedió. Incluso cuando aceptó casarse con Andreas, lo hizo bajo la condición de que el matrimonio fuera blanco. Y blanco permaneció hasta el fin de sus vidas.
A los 36 años, tras rechazar a Reé (que luego se suicidaría), a Nietzsche (que enloquecería, pero no por culpa de Lou, que oonste), a Zemeck, también suicida y a otros muchos, llegó Rilke, que se cree que fue su primer amor completo (otros se inclinan por Zemeck, de quien pudo tener un hijo si no hubiera sido porque Lou cayó oportunamente de un árbol y abortó y con quien Lou vivió intermitentemente durante once años). Luego vino una larga lista de psicoanalistas afectos, que probablemente gozaron de su alegría innata, de su inmenso talento y de su estimulante compañía, hasta llegar a la ternura y a la devoción que Freud sintió por ella.
¿Qué es lo sobresaliente de Lou? No fue una gran escritora, ni filósofa, ni siquiera aportó grandes cosas al psicoanálisis. Lou fue una mujer libre, consciente de su poder (basado tanto en su belleza como en su aire andrógino y en su soberbio talento e inmensa cultura), antifeminista ( o feminista heterodoxa, si se quiere), que vivió como quiso, que puso las bases de sus relaciones con los hombres y con el conocimiento, que impuso su punto de vista siempre, sin por ello perder el afecto, al amor y la admiración de los que la rodearon. Ése es el rasgo sobresaliente de Lou, mujer única, quizá sólo comparable, en autodeterminación, a George Sand. Su mejor obra fue su misma vida, su optimismo imbatible, su conocimiento de sí misma y de las necesidades de su alma y de su mente, su valor a la hora de luchar por lo que ella quería hacer e hizo, contra o con todos. Siempre. Con un par.

François Giroud, Lou. Histoire d’unne femme libre, Fayard, Paris, 2002.
Los extractos de cartas que aparecen en el anexo (de Freud, Rilke y la propia Lou, se reproducen con permiso de Gallimard).

Fin de curso

Ayer terminó el curso, momento de melancolías y nostalgias. Me despido de los alumnos que han estado conmigo dos años. He disfrutado con ellos, he padecido (especialmente, su ortografía), y me he nutrido de su alegría, de su juventud airosa y a veces, de sus entusiasmos. Estar con ellos es siempre para mí una lección de vida.
Pero el trabajo no termina hoy. Ya se prepara el próximo curso. El mío es un trabajo de esperanzas.

Félix Nussbaum, de nuevo...

Félix Nussbaum, de nuevo...

Ya me conocéis: soy un poquitín obsesiva. Desde el día que vi el autorretrato de Nussbaum en el Museo Thyssen, hace unos meses, me propuse conocer alguna cosa más sobre un pintor que me había resultado completamente desconocido hasta ese momento. Pedí un libro a Amazon: Art and exile, Félix Nussbaum: 1904-1944, catálogo de una exposición que se llevó a cabo en el Museo judío de Nueva York.
El libro consta de tres ensayos y una cronología, y aunque muchas de las ilustraciones son en blanco y negro (cosa lamentable tratándose de pintura), resultó lo bastante interesante y amplio como para que yo pudiera formarme una idea más clara de la peripecia (trágica) de la vida y la muerte de este pintor alemán, así como de los avatares de su obra, desconocida (prácticamente), hasta 1970.
Mi cartero, insensible ante el contenido del sobre que llevaba dentro el catálogo, dobló el libro para introducirlo en el buzón. Así que llevo dos semanas planchándolo con mi tesis de doctorado (que para algo deben servir estas tesis ¿no?) y por fin, esta tarde le he hincado el diente.
Resulta curioso saber cómo su obra fue redescubierta: casi por azar. Cómo, en 1970, sólo se conocía una etapa temprana de su pintura con visibles influencias de la pintura de Van Gaugh, y cómo, poco a poco, tras muchas investigaciones y contactos con quienes le habían conocido (e incluso con quienes le habían presumiblemente, explotado), en sus épocas más negras, poco a poco se fue conociendo esa obra suya original, personal, desgarradora, lúcida y terrible, que surgió del miedo, del horror que padeció y que finalmente le costaría la vida.
En 1970, pocos conocían el nombre de Nussbaum, pero una exposición de pintores de su ciudad natal, y la intervención de una periodista curiosa, propiciaron este descubrimiento.
Parte de la obra de Nussbaum estaba en manos ajenas a las de su familia: en las de el Dr. Grosfils, a quien el propio pintor había pedido que tutelara sus obras en sus últimos años de exilio en Bruselas, cuando se escondía de la Gestapo. Se sabe que este Dr. llegó a commprarle obras por valor de un franco por lienzo. El Dr., cuando fue requerido por la familia para entregar el legado de Nussbaum que obraba en su poder, no sólo se negó, sino que exigió por medio de los tribunales una exorbitante suma por los gastos de almacenar las obras de Nussbaum, aunque éstas finalmente llegaron en estado calamitoso (ya que habían sido guardadas en un sótano sin medidas de conservación), al museo de Osnaebrück donde todo comenzara.
Después de 1970, el proceso de recuperación de obras desconocidas prosiguió a distinto ritmo. Se encontraron obritas menores, dibujos juveniles o retratos hechos por encargo, pero en 1974, aparecieron las obras que hoy causan mi admiración, aquellas que reflejaban la época que le tocó vivir: la de la persecución nazi, la de los campos de concentración, la del horror y la muerte en lienzos conservados por la familia de uno de los que les cobijaron en su exilio belga: la familia Billaestraet.
Estos lienzos nos muestran aquello que expresa Bertold Brecht en un poema que inicia este volumen:

Siempre encontré falso el nombre que nos dieron: emigrantes.
Quiere decir aquellos que dejan su país. Pero nosotros
no nos fuimos, no escogimos
por nuestra propia voluntad, otra tierra. Ni entramos
en esa tierra para quedarnos, si era posible, para siempre.
Simplemente, huimos. Nos sacaron, nos prohibieron quedarnos.
No un hogar, sino un exilio será la tierra que nos acogió.
Sin descanso esperamos, lo más cerca posible de la frontera,
esperamos el día del regreso, cada pequeña alteración
observando tras las fronteras, preguntando con celo
en cada arribada, sin olvidarnos nada, sin renunciar a nada
y sin perdonar nada de lo que pasó, perdonando nada.
Ah, el silencio del Sonido no nos decepciona. Oímos
los gritos de los campos también aquí. Sí, nosotros mismos
somos casi como rumores de crímenes
escapados a través de la frontera. Cada uno de nosotros
que con zapatos rotos caminamos entre la multitud
somos testigos de la vergüenza que ahora asola nuestra tierra.
Pero ninguno de nosotros
se quedará aquí. La palabra final
aún no ha sido dicha.


Emily D. Bilski (comisaria), Art and Exile, Felix Nussbaum 1904-1944. With essays by Peter Junk, Sybil Milton, Wendelin Zimmer, The Jewish Museum, New York, 1985.

(La traducción del poema es mía)

Hoy es el día de José Tomás en Barcelona

Y Barcelona, 200 medios de comunicación, 19, 000 espectadores, nos preparamos, con José Tomás, para vivir aquello que sin lugar a dudas marcará un hito: el encuentro entre un hombre y su mito, como dice Juan Soto Viñolo en El Periódico de Cataluña.
La crónica, por la noche.


23:30
Tres orejas para José y cuatro para Cayetano. Puerta grande, pues, para ambos.

Dos conceptos distintos. José, a un paso de la apoteosis. Faltó el toro. Los suyos tuvieron bravura, pero no fuerza ni fijeza. José toreó como sólo él sabe: de frente y sin adornos, secamente, digamos que desnudo. El silencio que la Monumental sabe guardar cuando él torea es único como único es el toreo de José Tomás. José encarna el mito del hombre frente a la muerte. Impávido, pero no frío. Inmóvil, pero no por el miedo sino por el valor, que lo clava en la arena hasta el ultimo segundo, haciendo que contengamos el aliento. Y ahí sólo cabe callarse. Hasta que termina la suerte y se estalla de júbilo. Dominio del hombre contra el bicho, el minotauro traicionero estuvo a punto de clavarle el pitón en el pecho. En su segundo, maravilla de toreo, asombro: nos faltó poco para tocar el cielo. Gracias por volver, José Tomás, la Monumental es tuya.

Cayetano encarna la fiesta de jarana y pandereta. Con mucho temple, la manita alzada y garigoleo, gestos y adornos. Mucho pico y toreando unas veces para afuera y otras bien, no se distingue de otros toreros a los que he visto ir y venir por los ruedos. Lo que me extraña es que a la misma gente le puedan gustar Cayetano y José. Es como decir que te gustan Corín y San Juan por igual. En fin, yo sé lo que me digo. El concepto del arte que encarna José es el que me interesa. Y esta tarde he vuelto a vivirlo y a disfrutarlo. Y vuelve para la Mercé.
Respondiendo a Javier Villán, a Soto Viñolo y otros críticos taurinos, hoy José Tomás se reencontró con su mito, y se reconoció.

Señores. el toreo ha vuelto.

El video es de burladero.es

Comicidad involuntaria

Comicidad involuntaria

--Este dolor me está matando, dijo, pero más me mata saber que a nadie le importa que este dolor me esté matando.


Criollos y peninsulares en el clero y en la vida cotidiana en la Nueva España

Criollos y peninsulares en el clero y en la vida cotidiana en la Nueva España

Una de las acusaciones que hizo Agustín Rivera a los prelados españoles del Virreinato* fue que se rodeaban casi exclusivamente de cabildos nutridos por españoles. Si seguimos atentamente las afirmaciones de la Pastoral del obispo Leranzana, entenderemos por qué lo hacían. Durante toda la colonización se vivieron momentos delicados para la iglesia y el estado; por ello no se podía aceptar que los "enemigos potenciales" estuvieran dentro de la propia casa. La iglesia colonial no podía permitir que los curas criollos tuvieran el más mínimo poder jerárquico, y atacaban con energía a los que habían conseguido influenciar a los indígenas y que por tanto, en caso de conflicto, podían inclinar la balanza de uno u otro lado.
Esta cerrazón del alto claro hacia los criollos trajo como consecuencia que la mayoría de los canónigos y predicadores de las catedrales fueran nacidos y educados en España o que, al menos, fueran criollos muy españolizados. como lo fueron José Mariano Beristáin de Souza o Aguiar y Zeijas, en cuyas figuras me detendré más adelante. En personajes como estos, se puede pulsar el temor de que la colonia cayera en excesos como los de la Francia de la Revolución. Temían también que se impusiera una cultura de cariz laico, y estos dos temores les condujeron a cerrar filas con los peninsulares, en un intento por salvar las instituciones que los cobijaban y que para ellos significaban el orden, el status quo y la religión verdadera.
Para estos predicadores era imrocedente dedicar sermones a los indios. Esto no quiere decir que no se predicara para ellos en sus capillas de indios, pero se hacía en las lenguas indígenas, generalmente por boca de criollos, y por supuesto, nunca eran llevados a la imprenta s no ser que fiueran publicados a título de curiosidad. Los sermones para indios no se publicaban de manera regular, como sí ocurría con los sermones en castellano (que forman un corpus impresionante, probablemente, el más nutrido de la literatura colonial).
¿Qué sentido hubiera tenido dar a la imprenta sermones dirigidos a una harapienta masa de analfabetos? Normalmente, estos sermones eran doctrinales y en ellos se seguía insistiendo en la explicación o el comentario de los dogmas y creencias básicas de la religión católica. El predicador seguía a pie juntillas el catecismo: utilizaba un estilo pedagógico. Su finalidad era distinta de la de los sermones en castellano: se trataba de enseñar la doctrina a los indios y para ello no era necesario utilizar la retórica, la imaginación o la literatura. Por tanto, no pasaban a la imprenta.
Los sermones en lengua castellana que nos han llegado son numerosísimos y de muy diferentes estilos y subgéneros, pero todos ellos van dirigidos a un público únicamente constituido por españoles peninsulares o criollos, a quienes se suponía completamente inmersos en la religión, sus misterios y sus dogmas. Por tanto, el adoctrinamiento se volvía secundario: en ellos se atendía al estilo, a la retórica, a la belleza del concepto y a la brillantez del silogismo. Entrando en el problema ideológico, nos percatamos de que en estas piezas oratorias, consciente o inconscientemente, se trata de probar que criollos y españoles peninsulares pertenecen a una misma clase - la clase dominante-, católica, fiel al Papa y al rey, obediente con su obispo. En estos sermones no se mencionan jamás las diferencias reales entre los españoles peninsulares y los criollos, presentes en la vida cotidiana de ambos grupos.
Si atendemos a los sermones, ambos grupos sociales deben defender los mismos valores: la monarquía ilustrada y despótica de España y la iglesia de Roma. Estas obras reflejan la falsa idea de que Nueva España es España. Esto lo veremos muy claramente en Beristáin y en Aguiar y Zeijas. Una idea primordial que se transmite es que lo que atañe a una, influye directamente en la otra. Los predicadores no quieren tomar en cuenta que para los años 1770 y siguientes, el curso de la Nueva España es completamente autónomo respecto de la Metrópoli; que su economía, su comercio, su composición social y étnica es absolutamente diversa, y que los intereses del reino europeo chocan ya, y con demasiado frecuencia, con los del virreinato.
En cambio, en lo religioso, ya sea en la teología o en la pastoral, las fuentes españolas y novohispanas son las mismas, dado que lo se leía en España circulaba igualmente en Nueva España; y este hecho permite afirmar que Mayáns, Felipe Beltrán, Francisco Climent, Armañá o Luis de Granada fueron lecturas básicas y frecuentes para los párrocos y predicadores de la colonia que tuvieron el deseo de instruirse en el área de la pastoral por ese lado del Atlántico.
En Nueva España se temía la intrusión de las teorías laicistas del filosofismo francés. El campo estaba abonado. La colonia se alteraba y era necesario atajar esos avances (llamémosles volterianos) con tanta o mayor firmeza que en España.
Al fin y al cabo, Carlos III ( y en igual medida, Carlos IV), supieron poner de su lado a la incipìente burguesía española. Pero esto no había suceido así en las colonias de América, en las que la burguesía criolla se sentía cada vez más descontenta y afectada por la política centralista y nacionalista de los últimos borbones, hasta el punto de que las diferencias entre criollos, mestizos, indios y negros se iban borrando para dar paso a una nueva conciencia nacionalista novohispana o mexicana.
Por eso no es extraño que el arzobispo Lorenzana, a quien no podemos negar una acusada sensibilidad ante el conflictivo panorama del virreinato, se empeñase en México por escribir "sus pastorales" sobre predicación. En ellas señala a todos los párrocos las líneas maestras que antes, o en ese mismo momento, habían señalado Mayáns, Beltrán o Climent en la lejana España.
Lorenzana no tenía la altura moral de Climent o el dominio emocional y estilístico de Beltrán. Sus escritos sobre la predicación así lo reflejan. Pero esto no quiere decir que restara importancia al tema, sino quer más bien, sus talentos en este rubro eran limitados. A Lorenzana le interesaba mucho reforzar su papel de guía religioso a través del Concilio Provincial Mexicano**, al que dedicó grandes esfuerzos durante muchos años, pero no por eso descuidó el otro frente, que era el de la predicación y la importancia que tenía en la sociedad de su tiempo.
En próximos artículos analizaré la pastoral que Lorenzana dirigió A los párrocos y a todo el clero sobre sus respectivas obligaciones, a su llegada a Nueva España, y los Avisos para los párrocos de 1774, ya publicado en Toledo, pero que circuló profusamente en Nueva España con el nombre de Omnibus de predicadores (Imprenta del Nogal, México, 1776),


* Agustín Rivera, Principios críticos del virreinato, Lagos de Moreno, 1888, p. 234.
** Miguel Miguélez, El Concilio IV Mexicano en La ciudad de Dios, XLIII (1897), pp. 198-205, 401-412, 481-487 y 569-578. También se puede ver en M. Giménez Fernández, El Concilio IV Provincial Mexicano, CSIC, Sevilla, 1939.


La casa de papel, de Carlos María Domínguez

La casa de papel, de Carlos María Domínguez

Mi amigo Ferran Pontón me regaló ayer este pequeño y hermoso libro, muy bien ilustrado. Es una nouvelle (novela corta o cuento largo) llena de encanto y de imaginación. Repleta de referencias bibliófilas, su planteamiento ya nos intriga y nos llena de emoción, porque describe muy bien a esa raza escogida y extraña, un poco freaky, que somos los letraheridos. Muy recomendable, tanto por el estilo como por el argumento. El autor, aunque creo que no es muy conocido aquí, tiene una trayectoria considerable, entre biografías, estudios y novelas.
Si queréis leeros un relato breve, lleno de suspenso y de belleza intrínseca, no lo dudéis.


Carlos María Domínguez, La casa de papel, Mondadori, Barcelona, 2007 (Ilustraciones de Peter Sís).
Premio Lolita Rubial, ha sido traducida a 18 lenguas.


La Sainte Chapelle

La Sainte Chapelle

Pequeño relicario, cuya suave pureza se eleva y eleva. Entre la belleza y la delicadeza se escucha la música de Albinoni y aparece, de pronto, tras el hombre que toca el cello y con un dedo sobre los labios, la Melancolía.