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Exposiciones en Madrid: Cranach y Durero, Camille Claudel, Pierre Klossowski

Exposiciones en Madrid: Cranach y Durero, Camille Claudel, Pierre Klossowski

 

En el Museo Thyssen, la exposición Cranach-Durero. Durero, no cabe duda, es uno de los mejores dibujantes que ha habido en la historia del arte. Por eso mismo, no puedo considerarlo un gran pintor. La magnífica técnica, el preciso y precioso dibujo que inunda toda su obra le confieren una gélida perfección. Su autorretrato, tantas veces visto en el Museo del Prado, es una muestra más de esa complacencia en el detalle, así como los grabados de animales, especialmente su espectacular rinoceronte. En todo caso, he visto tanto a Durero, en Madrid y en otros museos, que para mí la gran sorpresa de esta exposición ha sido Lucas Cranach. El trazo puro, el color restallante, las delicadas pieles de sus doncellas (níveas, pero no inanimadas ni muertas, ni inexpresivas) me recuerdan a esas adolescentes de Balthus también llenas de pureza, si bien ligeramente perversas de una manera misteriosa o mejor dicho, de una manera enigmática. Adolescentes que guardan trémulos secretos entre los muslos todavía impúberes.

Así es la ninfa que reposa al lado de la fuente, o la Lucrecia que aguarda antes a la muerte que a la grosera satisfacción de Tarquino. Después, ese hermosísimo retrato de Hans Baldun Grien en tonos naranja, ocres y blancos, que dirige su mirada chinesca y esmeralda  a todos los visitantes, como interrogándonos sobre la mortalidad o la belleza. Pocos lienzos nos retratan así a la adolescencia femenina como éste: quizás con él pondría el retrato de Giovanna Turnabuoni de Ghirlandaio, que habita en el mismo Museo Thyssen, o a la morena, también de aspecto oriental, de Petrus Christus.

Retratos poderosos de jóvenes, pieles bancas, ojos soñadores, formas divinizadas por el pincel.

 

 

La exposición de Camille Claudel  que ofrece la Fundación Mapfre es extraordinaria ( y gratuita). Nos permite verla evolución de esa gran artista francesa, cuya vida quedó marcada con el encuentro con Rodin, para bien y para mal. Su obra está llena de movimiento, de pasión y de fuerza dramática. Y sobresale en un tipo de escultura que podríamos llamar "narrativa", como las escenografías de dolorosa melancolía o de desesperación de sus "chimeneas". La exposición nos permite sumergirnos en el mundo de Claudel. Desde las sucesivas versiones de su obra podemos ver su búsqueda, la profundización que lleva a cabo en las variantes. Son extraordinarias su caritas sonrientes, los esbozos de los "burgueses de Calais" (grupo de Rodin en el que participó la alumna), los retratos que hizo de su hermano Paul a quien plasmó en varias ocasiones desde los seis años hasta los 37: Paul Claudel, que no dudó en internarla para siempre en un asilo psiquiátrico, a pesar de las desgarradoras cartas que le escribía Camille.

En la última sala asistimos a la eclosión de su talento en las obras más significativas: El vals, Sakountala, L’age mür, o su Niobe.

Además, la exposición ofrece una gran cantidad de esculturas de pequeño formato, esbozos, cartas, fotos, y sobre todo, una panorámica de la obra de Camille, llena de personalidad y de fuerza.   

 

En el Círculo de Bellas Artes  se exhibe una amplia colección de dibujos de gran formato de Pierre Klossowski, cuyo hermano, Balthus, oscureció sin querer el calado de su obra. Tal vez también contribuyó a esto el hecho de que Klossowski optara por el dibujo con lápices de colores y no por el óleo o el acrílico, restando así fuerza expresiva a su magnífico estilo, oscuro, perverso, pornográfico, provocativo y sensual.

Es imposible dejar de percibir la tormenta interior que estos dibujos reflejan. Su atroz crudeza. Su verdad.

Una exposición indispensable. 

                   

 

 

 

Comentario a las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, por Carlota Blanch

Antes de las vacaciones, pedí a mis chicos de Modalidad de Literatura que me pasaran a documento sus exámenes de comentario de texto. Los poemas eran variados: desde estas Coplas hasta sonetos de Garcilaso o Francisco de Aldana. Carlota Blanch ha sido la primera en hacerlo, y aquí os dejo su comentario. Creo que para otros estudiantes puede ser útil. Demuestra también la calidad de los textos que pueden producir nuestros alumnos.


Si queréis verlo a pantalla completa pinchad en el icono (abajo a la derecha) de la presentación para ir a la página web y una vez ahí, clicad en Full.

El gustito (huapango) con Linda Ronstadt

Aquí les dejo este huapango. Mis Navidades son muy rancheritas...

Cantando el gustito estaba
Cuando me quedé dormido
Cuando me quedé dormido
Cantando el gustito estaba

Mi mamá me despertaba
Yo me hacía el desentendido
Para ver si me dejaba
Otro ratito contigo

Dicen que el hombre casado
A bailes no va a gozar
A bailes no va a gozar
Dicen que el hombre casado

Pero se han equivocado
Por que él también sabe amar
Por que él también sabe amar
Nomás que es más reservado

Ya con ésta me despido
Cantando con alegría
Huapango por bulerías
Ya con esta me despido
Ahí les dejo mi gustito
Para que alegren la vida
Les dejo mi despedida
Y que les vaya bonito

Bunbury y Raphael con 'Amarga Navidad' de José Alfredo...¡ahí nomás!

Aniversario


23 de diciembre de 1966. Octavio Obregón Fregoso y yo nos hacemos novios.
23 de diciembre de 1967: nos casamos.
1969: hace su aparición en escena la flaca, la calaca, la calva, la puta muerte.
Todavía me haces falta cuarenta años después.

Exabruptos

1. Muchos imbéciles se creen muy listos.
 
2. Otra de las causas de la caída en picado de la educación en España fue la decisión de abrir la puerta de los Institutos a los maestros de primaria.  
 
 
 

Lecturas para el puente

Lecturas para el puente

 


 

A lo que iba: aparte de tener una montaña de exámenes de diverso pelaje y categoría, estoy a medias con un libro de Bartolomé Bennassar, Reinas y princesas del Renacimiento a la Ilustración. El lecho, el poder y la muerte, publicado por Paidós, Barcelona, 2007 (trad. de Núria Petit). La historia de las mujeres en el poder o en sus aledaños es siempre apasionante y aleccionadora, porque hay tantos tópicos que es necesario desterrar...

Esta tarde me he comprado El gran duque de Alba de William S. Maltby, editado por Atalanta (o séase, Siruela), en Girona, 2007 (trad. de Eva Rodríguez Halffter). El libro me permitirá, además, saber un poco más sobre la amistad que mantuvo Garcilaso con este extraordinario personaje, virrey de Nápoles y gobernador de Flandes y protagonista muy principal de la famosa leyenda negra.

Es imposible profundizar en la Literatura sin la ayuda de la Historia.  Siempre he disfrutado con ella, como con la mejor novela. 

Ya os contaré.

 

Perfumes

Perfumes

 

Se acerca la Navidad y el peligro de que él vuelva a regalarme un perfume. Como es natural, ayer hizo prospecciones de terreno. Un poco a salto de mata, me defendí como pude, haciendo un breve (y sin embargo) exhaustivo recuento: Un Agua de Rosas, de Adolfo Domínguez, para los días luminosos y cálidos, Un Chic de Carolina Herrera para los días alegres y confiados, otro de Carolina (el CH, para cuando florecen las orquídeas en la ventana del sur), un Número 5 de Chanel, para cuando quiero parecerme siquiera sea lejanamente, a mi mamá y quiero oler como ella olía, Un Panthère de Cartier, indispensable cuando mis excesos pasionales se me imponen. Un Eau d'Orange Verte de Hèrmes que me da unos ánimos algo oscuros y batalladores cuando la noche se presenta tormentosa (es una colonia masculina).  

 

Es obvio que a él le gustaría regalarme un Anaïs, Anaïs, pero sencillamente, no va con mi carácter.

 

 

El refugio

El refugio



Odio parecerme a mi padre con su cara de buda y cada día me parezco más a él. Siempre me despreció. Me despreció ya cuando yo era bebé: el día que lo conocí yo tenía 12 años. Tocó a la puerta. Para mi desgracia, salí yo a la reja. Una reja verde, con pimpollos y florecillas y hojas de acanto en las que se mezclaban las agujas de los pinos que servían de seto, siempre llenas de polvo. De la puerta de la casa a la reja debía haber unos 10 metros y un sendero de piedras que recorrí corriendo cuando, después de preguntarle qué desea señor, me contestó que si no me acordaba de él, que era mi papá.


Me metí en la casa como quien se mete en una ermita monserratina, deseando no salir más. Mi madre, con esa fria eficiencia que la caracterizó, me dijo que le abriera. Antes muerto, pensé, pero obedecí.


Desde entonces, un sordo y pulido odio ha presidido mis sentimientos hacia él.

A veces hubiera deseado saberlo muerto, antes que tener que soportar su presencia en la sala, cuando venía a visitarme, o en el coche cuando se dignaba pasar a buscarme al colegio en vez de mandar al chofer, o cuando decidió que queria vivir conmigo ¿Cónmigo, ese ser? Hombre. Hay cosas peores, como que te frían en una parrilla, me dijo ella.


Con el paso del tiempo ese odio no ha ido más que incrementándose, a medida que físicamente me iba pareciendo más a él. Íntimamente, anímicamente, estaba yo buscando el camino opuesto. Y cuál era ese camino, si finalmente todos terminamos por actuar egoístamente tal como él actuó cuando yo era un bebé mofletudo e inconsciente y me abandonó por esa prostituta pelirroja cuyo retrato un día entreví en su cartera antes de que también se divorciara de ella, tal como había hecho con mi madre.


Hundí mis raíces de odio en lo más profundo de mi alma y tuve que apartarme de mí mismo para poder soportar mi propia existencia, la parte de mí que procedía de ese ser. Ese ser que para colmo viviría probablemente más que yo, porque provenía de una familia de seres longevos y también egoístas y falsos mientras que yo procedía asimismo de una madre cuya familia era todo lo contrario: morían en lo que se ha dado en llamar la flor de la vida, de modo que podía ser que yo viviese menos, y que ese ser repulsivo y carente de todo afecto o consideración hacia mí viviese más que yo mismo y por lo tanto, que yo nunca me viese libre de su odiosa, aunque afortunadamente, escasa o esporádica presencia.


De modo que cuando me dio aquella escopeta de dos cañones para mi cumpleaños número 17, soñé una y otra vez que en vez de jabalíes mataba budas, digo, mataba a mi padre, y su cabeza presidía una sala de trofeos en la que estaban colgadas también algunas otras cabezas que ahora no diré.


Pero era tan miserable que ni siquiera tuve fuerzas para eso y fue un vecino el que, con valentía épica, un día que sacó muy malas notas, tomó la escopeta de su padre, subió a la buhardilla y se disparó, apretando el gatillo con el dedo del pie y dándose tal tiro que sus sesos debieron llegar hasta la estación del tren que pasaba cada media hora y que llegaba desde tan lejos.


Esto me dio la idea de la huida, y del posible modo de apartarme tanto de ese ser como de mi madre, siempre tan fría y eficiente, siempre dueña de sí misma y que también me despreció, puesto que debió pensar o debió creer que mi nacimiento había precipitado el abandono del marido, o sea, de mi padre.


Cuando de ningún modo fui capaz tampoco de tomar esa decisión, y no acudí a comprar ningún billete a la estación del tren, ni tampoco fui capaz en ningún momento de tomar la escopeta y darle al buda en la cabeza, o al menos en el pecho, o ni tan siquiera tuve los arrestos de decirle todo lo que ahora le cuento a usted sobre este caso, comprendí que a los 18 años, ya mi vida estaba acabada y que había fracasado en todo y fracasaría en todo y que volvería a fracasar en todo, todo el tiempo que me restara de vida. 


De modo que decidí encerrarme en esta habitación con la consola y vivir virtualmente, ya que era imposible vivir fuera. 


Juzgue usted si mi caso no es un caso perdido.


Yo me juzgo a mí mismo muerto, muerto y enterrado. De modo que transmita usted a ese ser y a mi madre mi determinación de seguir aquí. Si quieren que salga, que se maten ellos, tal vez entonces yo pueda mirarme al espejo sin apartar la mirada.

 

 

 

Antonio Machado, sobre la pérdida de Leonor

Antonio Machado, sobre la pérdida de Leonor

 

La muerte de mi mujer dejó mi espíritu desgarrado. Mi mujer era una criatura angelical segada por la muerte cruelmente. Yo tenía adoración por ella; pero sobre el amor, está la piedad. Yo hubiera preferido mil veces morirme a verla morir, hubiera dado mil vidas por la suya. No creo que haya nada extraordinario en este sentimiento mío. Algo inmortal hay en nosotros que quisiera morir con lo que muere. Tal vez por esto viniera Dios al mundo. Pensando en esto, me consuelo algo. Tengo a veces esperanza. Una fe negativa es también absurda. Sin embargo, el golpe fue terrible y no creo haberme repuesto. Mientras luché a su lado contra lo irremediable me sostenía mi conciencia de sufrir mucho más que ella, pues ella, al fin, no pensó nunca en morirse y su enfermedad no era dolorosa. En fin, hoy vive en mí más que nunca y algunas veces creo firmemente que la he de recobrar. Paciencia y humildad.

 

Antonio Machado, Prosas dispersas (1893-1936), Madrid, Páginas de Espuma, 2001, pp. 340 y 343.

 

(Leonor se casó a los 15 años con Machado, que tenía 34, y murió tres años después, de tuberculosis).

 

Conmemoración : un artículo que recuerda a mi tío Pedro De Lille

Conmemoración : un artículo que recuerda a mi tío Pedro De Lille



SE CUMPLEN 42 AÑOS DE LA MUERTE DEL AUTOR DEL CORRIDO DE CHIHUAHUA


Don Pedro De Lille Aizpuru, Parralense por adopción, pionero de la radiodifusión en México y autor del Corrido de Chihuahua, murió el 1 de octubre de 1964, a los 65 años de edad.

 

 

Pedro De Lille, nació el 19 de Junio de 1899 en Gunaceví, Durango, pero casi inmediatamente sus padres, los señores Pedro de Lille Borja y María Aizpuru Alvarez, a los tres meses de nacido lo llevaron a vivir a Parral, Chihuahua.

En 1910, debido a la revolución, la familia se fue a radicar al Paso, Texas. En 1917, a los 18 años de edad, regresó a Chihuahua, donde permaneció durante poco tiempo, para trasladarse a la ciudad de México, a fijar su residencia permanentemente. Una vez en la ciudad de México, entró a trabajar a Petróleos Mexicanos, posteriormente laboró en la Tabacalera Mexicana y en 1930, a los 29 años de edad, entró a formar parte del cuerpo de locutores de la XEW, que se convierte en su definitiva casa de trabajo.

Respecto a sus estudios, los inició en Parral y los continuó en Estados Unidos, donde terminó High School. Los deportes a los que siempre fue aficionado y que practicaba eran el golf, la pesca, el tiro al blanco, el frontón y la natación. Sus amigos lo recuerdan afable, hombre bondadoso con corazón de oro, a quien todos querían y respetaban. Le gustaba viajar, bailar, conversar con sus amigos. Se distraía escuchando la radio, viendo televisión, o jugando ajedrez o dominó. Escuchaba todo tipo de música, pero era conocido su especial gusto por los tangos y los corridos revolucionarios.

Pedro De Lille, locutor pionero de la radio y de la televisión en México, tuvo una vida fascinante; le tocó descubrir y "bautizar" a muchos famosos mexicanos, como Agustín Lara "El músico poeta", Emilio Tuero "El barítono de Argel", Pedro Vargas "El samurai de la canción"...era su especialidad, inventarse un epíteto original, poético y a veces disparatado -por ejemplo, Tuero no era barítono...ni por supuesto, de Argel-. Pedro de Lille era conocido con el apodo de "El príncipe azul", en parte por su programa, "La hora azul", y porque llamaba a sus oyentes "mis princesitas azules". Con su tersa y seductora voz también era conocido como "El caballero del micrófono".

Pedro De Lille recibió muchos reconocimientos por su trayectoria como locutor destacado. Como ejemplo, el Heraldo, el Micrófono de Oro, destacando que a sus veinticinco años de locutor, se le hizo un homenaje, en el que recibió de manos del Sr. Presidente, Lic. Adolfo López Mateos, un collar de oro con veinticinco micrófonos. Un reconocimiento muy importante para él fue la Llave de Oro de la ciudad de Chihuahua.

En Parral, a finales de los años 70s, el Grupo Comunicación, integrado por los trabajadores de los medios electrónicos e impresos, le hicieron un homenaje y las autoridades municipales (1977-80), encabezadas por el presidente José Luis Bremer González le pusieron su nombre a una calle y se levantó un monumento, -un pedestal donde se colocó la réplica de un micrófono, similar a los de su época-. Este monumento está ubicado frente a la clínica del Seguro Social, al inicio de la avenida que lleva su nombre y que corre desde la avenida Independencia hasta el periférico.

Su vida fue plena, llena de interesantes anécdotas. Una de ellas narra que cuando estuvo grave en el Hospital Inglés, una señora que no lo conocía personalmente, al enterarse quién era fue a preguntarle a su esposa, la Sra. Celia Saenz de De Lille, por la salud de su marido. Al platicar con ella, esta señora comentó que había sido Princesita Azul en el programa La Hora Azul. La señora estaba por recibir su primer nieto, al que pusieron Pedro e invitaron como padrinos a Don Pedro y a Doña Celia, luego lo bautizaron en ese hospital.

En el aspecto artístico, su primera obra fue precisamente una con la que más se le recuerda, la letra del Corrido de Chihuahua, canción con la que recibió muchas satisfacciones; era su orgullo, a donde él llegaba lo tocaban, se convirtió en un himno para el Estado de Chihuahua, al que tanto amó.

El Corrido de Chihuahua lo hizo en coautorìa con el maestro Felipe Bermejo, que compuso la música. Se sentía muy gratificado al ver la importancia que para el Estado de Chihuahua adquirió su Corrido, y también, que haya sido grabado con la letra completa, por la reina de la canción mexicana Lucha Reyes. Don Pedro de Lille, murió el 1 de octubre de 1964, en la ciudad de México, pero su recuerdo está presente cada vez que escuchamos el Corrido de Chihuahua.


(La noticia apareció el 9 de abril de 2007 en el Semanario Digital de Parral, Chihuahua, México, sin firma).

 

Palabra y silencio

Palabra y silencio




Decíamos ayer, hablando del silencio de los textos, de lo que Wolfgang Iser llamó los blancos del texto, eso que no se dice, pero está, está debajo del texto, está en estado subyacente, callándose (y en ese silencio nos habla), que es lo que importa de los textos. Y del arte en general. Lo que importa, no está. No está evidenciado. Está detrás, debajo, dentro.

 

Dos fragmentos:


 La escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa como nada pasa en la vida, nada, excepto eso, la vida.


(Escribe Vila-Matas que escribió Marguerite Duras en París no se acaba nunca,  Anagrama, Barcelona, 2003, p. 215).


Guardavo l'orizzonte, e il lago, ancora non sapevo que anche su quel lago ci sarabbe stato un collegio per me. Mangiavo una mela e camminavo. Cercavo la solitudine e forse l'assoluto. Ma invidiavo il mondo.



Fleur Jaeggy, I beati anni del castigo, Adelphi Edizioni, Milano, 2003 (5ª ed).

 

 

Profesión

Profesión

Algunos de los problemas que tengo con los demás pueden deberse a que en el fondo, no respeto a mucha gente. No es que los desprecie, simplemente, no los respeto. En el ámbito profesional, como le decía ayer a un compañero a quien quiero mucho, a quien le debo mucho y a quien admiro, Joan Estarlich, no soporto a esos colegas que viven devorados por la rutina, repitiendo mil veces desde hace años los mismos conceptos, utilizando las mismas fotocopias, dejando los mismos ejercicios, haciendo las mismas lecturas, ajenos a las nuevas tecnologías y en general, inmunes a todo aquello que signifique un esfuerzo por renovarse, por entusiasmar a los alumnos.

 

Algunos profesores vienen al Instituto como si fueran a cumplir una condena.

 

Unos, porque se sienten demasiado 'divinos' para estar ahí. Piensan que saben demasiado y que sus alumnos, simplemente, no están a su altura. Renuncian entonces a transmitir eso que saben, no encuentran el sentido a su trabajo, deambulan cariacontecidos por los pasillos, no puedo imaginar su situación ni por qué son incapaces de comprender que los alumnos quieren saberlo todo. Nuestros alumnos están dispuestos a aprenderlo todo, a interesarse por todo lo que podamos enseñar. Pero, obviamente, para eso hay que amar lo que se enseña, hay que echar los restos, hay que mostrar la pasión que nos devora, lo que amamos: mostrarlo y darlo. Es así de simple.    

 

Otros se quejan continuamente ¿quejarse de qué, me pregunto? ¿no han escogido su profesión? ¿no son nuestros alumnos personitas educadas y encantadoras que se rifarían por cualquier Instituto de las cercanías de Barcelona? 

 

Sinceramente, un trabajo duro es estar 8 horas sentado en una cabina, conduciendo un autobús o un metro. Un trabajo duro es construir una calle, con el ruido, el traqueteo de las máquinas, el frío y el calor... El nuestro es un trabajo variado, cambiante, anti rutinario; un trabajo de comunicación, de relación, de interacción, de retroalimentación constante. Creo que pocos trabajos son tan estimulantes ( y conste que no hablo ya de las vacaciones, porque no quiero que me manchen el blog con la tomatada). 

 

Nuestro trabajo nos empuja a estar al día. Nunca se acaba lo que aprendemos de nuestra especialidad y de nuestros alumnos. Es un trabajo de constante regeneración mental y espiritual. Estamos en contacto con los jóvenes, con su inocencia, su pureza, su dolor, sus sentimientos, sus vivencias, sus angustias, sus anhelos, sus carencias, sus alegrías, sus ilusiones, su descubrimiento del mundo. Estar en contacto con ellos, revivifica.

 

Quien no se da cuenta de esto debería, sencillamente, dedicarse a otra cosa. 

 

 

 

 

 

Felicidad del instante

Felicidad del instante


Salía de la Biblioteca del Mil.lenari con dos libros bajo el brazo: Suicidios ejemplares, de Enrique Vila Matas y Vida de poeta, de Robert Walser. El viento frío hizo que levantara el cuello de mi chaqueta nueva. Bajé por la pendiente lateral del parque, miré las torres del Monasterio de Sant Cugat y de repente, como una lanzada, sentí felicidad.


Miguel Manzur y yo

Miguel Manzur y yo


En 1969, estudié  fugazmente en la Prepa 7, Plantel Ezequiel A. Chávez, en la Calzada de la Viga. Me había casado y cambiado de domicilio, y me mudé de Prepa. Después, nostálgica, regresé a la 6, donde terminé mis estudios preparatorianos. Pero en ese año de 1969 tuve el privilegio de estudiar con el maestro Miguel Manzur Kuri, que nos enseñaba Filosofía.


Hoy me acordé de él porque mi compañero, Andreu Arroyo, bromeando, me propuso sustituirlo en la clase que daría sobre El Banquete de Platón. Con el maestro Manzur Kuri me leí con ganas la Apologia de Sócrates y los Diálogos. También La República. La verdad, la  altura intelectual de muchos alumnos de esa Prepa no era muy grande, así que el maestro 'me echó el ojo' y me dijo un día que yo era una flor entre cardos. Me preguntó que qué hacía yo ahí. Estudiar, naturalmente.


El maestro Manzur era bondadoso y brillante, me atrajo por su claridad y su sencillez expositiva, y me apasionó de una materia que realmente nunca comprendí del todo y que siempre ha estado por encima de mis posibilidades. Con él amé a Platón y a Santo Tomás, y algo también a Heidegger. Creo que he olvidado mucho de la materia que me enseñó, pero no lo he olvidado a él. Fue un privilegio estar en sus clases. Su flequillo alegre, sus cigarritos medio consumidos, sus trajes medio arrugados, su extraordinaria vitalidad, su ironía.


Más tarde (sería por 1972), cuando me puse a trabajar de periodista, me mandaron a la Universidad Iberoamericana, en donde lo reencontré ya como director de la Facultad de Filosofía. Me cogió en fuera de juego cuando me dijo que a veces le gustaba releer viejos exámenes, y que hacía unos días se había releído un examen mío sobre, precisamente, Platón. Me ofreció una beca para estudiar Filosofía en la Ibero. Pero la Ibero era una universidad muy popis para una chava como yo. No iba con mis planteamientos sesentayocheros y pseudorevolucionarios, y además yo sabía que la filosofía no era lo mío, así que decliné el ofrecimiento, aunque siempre recordaré su gesto con mucho cariño y con mucho agradecimiento.


Qué maestros tuve. Qué suertuda fui. Ahora que todavía me queda memoria de aquellos días y de aquellas clases, escribo y recuerdo. 




Sesiones Dobles. Segunda sesión: El séptimo sello, de Ingmar Bergman

Sesiones Dobles. Segunda sesión: El séptimo sello, de Ingmar Bergman


El Séptimo sello es probablemente la película más vista y comentada de Bergman, la que ha calado más hondo en la memoria colectiva. La idea estética y metafísica que le sirve de aliento (la de la Muerte jugando al ajedrez con el caballero), le vino a Bergman cuando, acompañando a su padre por las iglesias del lugar, vio un fresco que documenta ese encuentro. El mismo fresco que Anton Block ha visto también. Cuando la Muerte le pregunta que cómo sabe que juega al ajedrez, Block le responde: "Porque lo he visto en algunas pinturas".  

La película hermana de ésta es El manantial de la Doncella en la que también se mezclan en un solo plano la realidad y el mito o la leyenda.

Yo creo que si hay una película que explique qué fue la Edad Media, ésa es El séptimo sello, cuando lo maravilloso formaba parte de la vida cotidiana (esa bellísima escena, llena de candor, en la que el juglar ve a la Virgen María enseñando a andar al niño Jesús), y en la que la fe y la duda formaban parte integrante de la mentalidad colectiva. Cuando la muerte era una presencia, una acompañante de la vida.

Block y su escudero, un poco cínico y un mucho lúcido y descreído, vuelven de la Cruzada a cumplir su destino, que no es otro que morir. 

En su camino hacia y con la Muerte, encuentran cadáveres, un pintor de iglesias, una joven martirizada como bruja, una muchacha que va a ser violada, una compañía de juglares (que protagonizan una pequeña historia picante), y una esposa que espera el regreso de su marido, Penélope medieval.

Durante ese largo trayecto, avanzan con la Muerte. El juglar, que ve a la Virgen, curiosamente no percibe la presencia de la Muerte excepto cuando va huyendo de ella en medio de una tormenta casi sobrenatural.    

El juglar, José, y su esposa, María, con su hermoso bebé son los verdaderos vencedores. Ellos no morirán (por el momento). El caballero los salva. Es ese pequeño gesto el que lo eleva y redime y no su participación en la Cruzada. A pesar de que no tiene fe, y quiere tenerla, como el San Miguel Bueno de Unamuno, Anton lleva a cabo esta pequeña acción de amistad: distrae a la muerte para que los tres huyan y se salven. Anton sabe que lleva a la muerte consigo y que su juego de ajedrez no es más que una triquiñuela inútil. Pero salvar a esos tres seres llenos de pureza es su acción particular, la que le salvará a él, finalmente. La que le hará sentir que su vida ha tenido un propósito, lejos de la muerte y de la destrucción de su Cruzada, lejos de la frialdad y soledad de su alejamiento del hogar. 

Su reencuentro con la paciente esposa es frío, distante: ya no es de este mundo. El momento más bello es el de la amistad, cuando en el campo come las fresas y bebe la leche que les ofrece María, en compañía de los otros.

El caballero es un ser descreído que necesita creer, el escudero es su conciencia crítica. La Muerte existe, pero no sabe nada. Ella no sabe siquiera si Dios existe ni dónde está. La Muerte lo ignora todo, igual que él. Sólo cumple con su trabajo. 

Como le dice Oliverio a una Muerte más seductora que ésta en El lado oscuro del corazón de Eliseo Subiela : "¡Vaya laburo de mierda que tenés! ¡Muerte puta, puta Muerte!"



El séptimo sello, Dirección y guión: Ingmar Bergman. Producción: Allan Ekelund. Música: Erik Nordgren. Fotografía: Gunnar Fischer. Reparto: Max von Sydow, Bibi Andersson, Gunnar Björnstrand, Bengkt Ekerot, Nils Poppe (Suecia, 1957).

 

Club de Sesiones Dobles:  Sesiones Dobles (Organizador), Books & Films, El diario de Mr. MacGuffin, Sesión doble, Cineahora, El espejo de los sueños, Arte y literatura, El trono de Hatti, La mujer justa, Ojo de buey, Himnem, El lamento de Portnoy, Otros clásicos, La linterna mágica, Mitte, El dia del cazador, Marcovelez.net, Corten!!!, Rulemanes para Telémaco, Cinefilo-Compulsivo, Intramuros, Arricom.


Sabato y el ciego de las ballenitas

Sabato y el ciego de las ballenitas


Conocí a Sabato poco después de terminar mi tesina sobre Abaddón el Exterminador. Yo le había escrito, desconociendo su dirección, a Santos Lugares. La carta le llegó y me contestó: su carta no traía sello. Extrañamente, ambas cartas llegaron a sus respectivos destinos y cuando vino a España, me llamó. Nos encontramos en Madrid. Todavía conservo (creo), el borrador de la introducción de mi tesina, trufada con sus comentarios, con su minúscula e ilegible letra.
Un año después nos encontramos de nuevo, en Barcelona. Fue entonces cuando me llevó a casa de Mario Satz, donde nos contó una historia estremecedora.
Sabato se había inventado el personaje de un ciego que vendía ballenitas en un cruce de calles en el Informe sobre Ciegos de Sobre héroes y tumbas. Un dia, pasó casualmente por aquel cruce y vio a su ciego, vendiendo ballenitas. Estupefacto y aterrado, echó a correr, pensando que el ciego, como en su novela, lo perseguiría e intentaría matarlo.
Más tarde, ya en Santos Lugares, pensó que había tenido una alucinación y creyó o quiso creer que el ciego, el verdadero ciego, no podía existir.
Pero amigos y conocidos suyos le confirmaron su existencia.
Quienes escuchamos a Sabato esa tarde, en casa de Mario Satz, no dudamos ni un durante un segundo que Sabato había creado al ciego verdadero, y que el escritor había corrido un verdadero peligro al encontrárselo.
Porque, queridos todos, la literatura crea la vida.

N.B. Las ballenitas con unas láminas de plástico que se insertan en el interior de los cuellos de las camisas, para que no se arruguen.




Postdata: el Hotel de Suède

Postdata: el Hotel de Suède


Pues finalmente resultó que el Doctor Pasavento sí estuvo en Les Deux Magots, que es mi café, por lo que me he visto obligada a hacer una reserva para pasar dos noches en el Hotel de Suède, en el 31 de la Rue Vaneau. Que sea lo que Dios quiera. No sé si encontraré al Doctor o a Walser o quizá desapareceré ahí como estaría mandado.


Vila-Matas, Axel Munthe y yo

Vila-Matas, Axel Munthe y yo


Como a tantos escritores que amo, a Enrique Vila-Matas lo tenía abandonado desde el deslumbramiento que me causó la lectura de Bartleby y compañía. Hay tanto en común a veces, con ciertos escritores, que me asusto, me coge un escalofrío. Lo dejo, pienso: ya te veré luego.


Pero Exploradores del abismo me llamó. A este libro me unen Paul Auster, Sophie Calle y París, ciudad en la que estoy convencida que he vivido, aunque mi tentativa más seria tuvo lugar en 1973, cuando estuve a punto de quedarme en aquel hotelito de la Rue des Écoles para iniciar la carrera de letras en la Sorbona. Pero ignorar el francés me echó para atrás, me dio pereza pasarme un año aprendiéndolo, y finalmente decidí cambiar el rumbo y venir a Barcelona. Mi historia habría sido otra.


El caso es que, retomando la lectura de Vila- Matas con Exploradores del abismo, y habiéndome quedado verdaderamente satisfecha con el relato sobre Sophie Calle y lo que NO le pidió a Vila-Matas en un café de París que no es el que suelo frecuentar (yo soy del club de los del Deux Magots aparte del de Ocata), seguí con el Doctor Pasavento, libro que había comprado oportunamente pero que por las precauciones ya mencionadas más arriba no había abierto, y lo abrí.


Lo abrí y me encontré de manos a boca con la calle Vaneau, en donde me alojé, justamente, la última vez que viajé a París, y donde, naturalmente, también se había alojado Vila-Matas. Esto no es ninguna coincidencia, puesto que fue precisamente por saber que ahí se había alojado, y que ahi había vivido Saint- Exúpery, que me alojé en el hotel antes dicho. Hasta aquí, todo normal. Pero ahora, avanzando en el libro, me encuentro con Axel Munthe y con la villa de Nápoles, la villa que Axel compró, en donde había vivido el emperador Tiberio.

Munthe es el autor de una obra que amé tempranamente y que vino a ser como mi libro de cabecera cuando yo tenía 12 años. Me lo regaló mi primera maestra de literatura, Consuelo Coronado, a quien yo adoraba, y que creía, acaso ingenuamente, que yo iba a ser una famosa escritora mexicana. Ni fui escritora, ni sé ya si soy siquiera mexicana.


Pero el caso es que el libro de Munthe me ha seguido a todo lo largo de mi existencia, y yo lo he regalado a una persona que antaño me importaba. No hace tanto. Y ahora, Vila-Matas me lo trae a colación, ahora que leo su Doctor Pasavento con retraso.


Bueno, me resulta escalofriante, así. sin más.


Porque uno no puede confiar en el azar, ni siquiera en que las afinidades sean azarosas. Hay un camino, un sendero oculto, pero esplendorosamente claro, que me lleva desde mis doce años vividos en Coyoacán, con el libro de Munthe bajo el brazo, hasta esta habitación en donde a mis 57 años, leo a Vila-Matas que escribe sobre Axel Munthe. Y ya sólo me resta saber hasta cuándo sigo con ellos o hasta dónde me lleva ese sendero. 



Enrique Vila-Matas, Exploradores del Abismo, Anagrama, Barcelona, 2007.

Doctor Pasavento, Anagrama Barcelona, 2005.

Axel Munthe, La historia de San Michele, ed. Juventud, Barcelona.




Sesiones dobles. Primera sesión: Fresas salvajes, de Ingmar Bergman

Sesiones dobles. Primera sesión: Fresas salvajes,  de Ingmar Bergman

 

Aun cuando me había retirado del blog, acepté el reto lanzado desde Sesiones Dobles para hacer una revisión de estas dos obras del Bergman temprano.
Han pasado los días y no conseguía sentarme a ver las películas. Debo aclarar que cuando yo comencé a ver Bergmans en el cineclub de la Ciudad Universitaria de México (corrían los años de 1966 y 1967), no vi estas películas. Yo comencé por Persona, por Pasión, por Vergüenza, para luego ver El rostro o La noche del Lobo. En otras palabras, comencé por el postre.
Fue ya en Barcelona cuando me topé con el Bergman de El séptimo sello, y su fastuoso blanco y negro me era bien conocido, junto con su mezcla de onirismo y neoexpresionismo que todavía hoy me siguen asombrando.

 Hasta hace poco, no había visto Fresas salvajes. Creo que fue a raíz de un post de Portnoy que me picó la curiosidad por esta obra, que en principio no me había apetecido.

Es una obra oscura, misteriosa, deshilvanada. Creada a partir de la intersección del recuerdo y la realidad, y con el añadido de los sueños. Los sueños que muestran, elocuentemente, la realidad que el profesor nos va detallando pocos segundos antes, cuando, tomando la voz narrativa, nos habla de su misantropía, de su egoísmo, de su carencia de verdaderos afectos.


El profesor Isak Bjork inicia su viaje hacia Lundt para recibir una distinción por su jubileo como médico. Antes, tiene un sueño, o mejor dicho, una pesadilla: el sueño de los relojes me recuerda la leyenda de Félix de Montemar, variante de la de don Juan, cuando el personaje principal contempla su propio entierro. El trasfondo es el mismo: el tiempo vuela, y cuando se detiene (ya no hay manecillas que corren para marcar las horas), ¿qué queda? Tal vez sólo el amargo sabor de la soledad y de la nada.


Y sin embargo, la vida corre pararela a esta convicción pesimista (o tal vez sólo realista de la existencia), y al mismo tiempo que el profesor constata que ha vivido -tal vez equivocadamente-, volcado en su profesión, sin atender a los cariños, aparecen nuevos personajes en su vida, y con ellos, nuevos florecimientos, nuevos amores. Al mismo tiempo que de su memoria emerge el primer amor, Sara, que luego casó con su hermano Siegfried, aparece otra Sara, viva, palpitante, cariñosa, aventurera, que viaja hacia Italia (hacia la luz), con sus dos compañeros, Viktor y Anders. Como la antigua Sara, escoltada por los dos pretendientes, Isak y Siegfried, esta Sara irrumpe en la vida de Isak y se siente ’orgullosa’ de él.


También su nuera, Marianne, antes lejana, a raíz del viaje se encuentra con él. Los resabios de un viejo rencor entre el profesor y su hijo desaparecen, Marianne y el profesor ven nacer o renacer el tímido sentimiento paterno-filial. Marianne y el profesor se ven reflejados en un matrimonio con el tienen un accidente, aunque Marianne apostilla: ’Pero nosotros nos queremos’, refiriéndose a ella y al hijo del profesor, Evald. El profesor evoca también a su esposa, a quien, como Evald a Marianne, trató ’glacialmente’.

De todo toma nota el viejo, mientras se acerca el momento de recibir los honores de la universidad. Y así, la extraña película llega a un dulce final, con el profesor que sonríe desde su cama, quizá deseando ser otro ser después del viaje, un ser más humano, más cariñoso, menos solitario.


Algunos críticos piensan que estos sueños o estos recuerdos aparecen en la obra de Bergman para decirnos que el profesor ya no tiene vida. Yo no lo creo. Creo que los recuerdos, los sueños forman parte de nuestro presente, somos lo que fuimos, no dejamos de ser o de tener un presente por recordar nuestro primer amor, nuestra infancia...

Quizá el profesor, que hace un examen de conciencia que dura lo que su viaje, refleje la mirada protestante de ese Bergman moralista que tanto molesta a algunos; pero creo que todos, llegados a la vejez, vamos trazando ese camino que nos lleva hacia atrás, hacemos balance, vemos con claridad nuestros defectos, nuestras carencias, nuestros errores. Como el profesor, creemos que todavía, quizá...tenemos tiempo...

 

Título español: Fresas Salvajes (Smultronstället). Director y guionista: Ingmar Bergman. Fotografía :Gunnar Fischer. Música: Erik Nordgren. Montaje: Oscar Rosander. Producción: Svensk Filmindustri. Reparto:Victor Sjöstrom, Bibi Andersson, Ingrid Thulin, Gunnar Björnstrand, Max von Sydow.

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