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Grados de la castellanización indígena ( 3 )

Grados de la castellanización indígena ( 3 )

 Parece que los indios que vivieron reunidos a la fuerza en las congregas o repartimientos urbanos estuvieron menos castellanizados que los que vivían como peones  en las zonas mineras o ganaderas de la periferia o del interior. Este hecho, que podría parecer paradójico, se explica mejor si pensamos que en las zonas urbanas el papel social de la cada clase estaba rígidamente codificado, y esto fue especialmente así en la capital de la colonia, donde el protocolo social era inamovible. Los indios ‘urbanos’ no tenían más contacto con los españoles que su trabajo, y las órdenes se daban a través de intérpretes: la relación del explotado con el explotador es casi siempre muda. 

Los indios tenían terminantemente prohibido vestir como españoles o llevar una sola de las prendas que éstos llevaban, no podían ir más que a pie por la scale de la ciudad, no tenían libertad para pasear por todas las calles, sino que su trayecto estaba limitado a la zona donde vivían y trabajaban en los barrios indígenas asignados.. Razonablemente, los indios, como las otras razas y castas existentes, tendían a formar círculos cerrados entre sus propios hermanos de raza, sin nunca mezclarse con las otras que ocupaban su territorio, de manera que en Nueva España,  todos los grupos raciales eran endogámicos no sólo en lo sexual sino también en lo social. La lengua castellana no les era necesaria para comunicarse, puesto que no se comunicaban más que con sus iguales. 

En cambio, en zonas mineras o ganaderas del norte o del sureste de la  colonia, los indios  podían tener caballos ( cosa terminantemente prohibida en la ciudad), lo que les daba una mayor libertad de tránsito, y se relacionaban con aventureros españoles, con viajeros  a los que no les importaba trabar relación con los indios, creándose así una mayor interrelación racial. Sin embargo, la castellanización se dio por contacto y no por ser enseñado o transmitido de una manera sistemática.  

Es verdad que se fundaron escasos colegios para los hijos de la nobleza india. Por ejemplo, el colegio de Santiago Tlatelolco fue creado para acoger niños de la nobleza indígena, la mayoría huérfanos por razones obvias, aunque excepcionalmente se admitió a niños indios de origen plebeyo. Sin embargo, el castellano no fue asignatura de estos colegios hasta finales del siglo XVIII, precisamente a instancias de Lorenzana.  En cuanto a la necesidad de que los alcaldes y regidores indios supieran castellano, sólo se legisló sobre ello  hasta el año 1690, fecha ya muy tardía, cuando esta forma de gobierno municipal estaba ya prácticamente agonizante, precisamente por la escasísisma población indígena que quedaba viva y en ningún caso se establecía un sistema educativo para conseguir que esto así ocurriese.

El rey, en 1691, volvió a expedir Cédula ordenando la castellanización indígena, pero es evidente que su aplicación se hizo muy fragmentaria y precariamente. 

En el norte del virreinato, en lo que después se llamó ‘las Provincias Internas’ (el territorio de Sinaloa, Sonora, Nueva Vizcaya, Nuevo León, Nuevo Santander y Texas), la castellanización de los indios fue nula o insignificante  por tratarse de terrenos habitados por los llamados ‘indios bravos’ o ‘ chichimecas’, que se sustrajeron a la dominación durante siglos y que fueron finalmente masacrados o repartidos en la última etapa de la colonización, que se llevó a cabo en ya en los finales del XVII y principios del XVIII. El único contacto que estas tribus nómadas tuvieron con españoles se limitaba a los ataques a que los sometían: los españoles estaban dispersos por un puñado de presidios (fuertes) diseminados por el extensísimo territorio y eran presa fácil de los ataques de estos indios, que también aniquilaban las misiones que algunos frailes evangelizadores erigían trabajosamente en la soledad de la inmensa región. 

Los indios ‘bravos’: apaches, comanches y todos aquellos que los españoles llamaron genéricamente ‘chichimecas’ (que quiere decir ‘bárbaros’), eran tratados con la máxima dureza en caso de ser capturados por los españoles: eran enviados, encadenados, a zonas muy alejadas de sus lugares de origen (preferentemente al sur del Virreinato), separando concienzudamente a las familias. La mayoría moría durante las largas caminatas que eran forzados a efectuar para llegar a su destino. Por supuesto, su castellanización era un problema que no preocupaba a sus captores.

Canto a un dios mineral de Jorge Cuesta

Canto a un dios mineral de Jorge Cuesta

Jorge Cuesta (México 1904-1942) es uno de los grandes poetas contemporáneos. Su vida y su muerte han sido una sombra para la apreciación de su obra. Canto a un dios mineral es un poema puro, perfecto, armonioso, lleno de música interior y de ritmo, un anhelo imposible de impasibilidad y de perfección, de orden en el caos del mundo. De belleza matemática en oposición al horror telúrico.
La obra de Cuesta contradice su vida, y sin embargo, sus claves secretas sólo pueden ser entendidas al conocer su vida. Así, ‘vida u obra’ se convierten en ‘vida y obra’: antítesis que necesita transmutarse en síntesis para llegar hasta su médula.

Canto a un dios mineral (1942)
(Fragmentos)

Capto la seña de una mano, y veo
que hay una libertad en mi deseo;
ni dura ni reposa;
las nubes de su objeto el tiempo altera
como el agua la espuma prisionera
de la masa ondulosa.

Suspensa en el azul la seña, esclava
de la más leve onda, que socava
el orbe de su vuelo,
se suelta y abandona a que se ligue
su ocio al de la mirada que persigue
las corrientes del cielo.

Una mirada en abandono y viva,
si no una certidumbre pensativa,
atesora una duda;
su amor dilata en la pasión desierta
sueña en la soledad y está despierta
en la conciencia muda.

Sus ojos, errabundos y sumisos,
el hueco son, en que los fatuos rizos
de nubes y de frondas
se apoderan de un mármol de un instante
y esculpen la figura vacilante
que complace a las ondas.

La vista en el espacio difundida,
es el espacio mismo, y da cabida
vasto y nimio al suceso
que en las nubes se irisa y se desdora
e intacto, como cuando se evapora,
está en las ondas preso.

Es la vida allí estar, tan fijamente,
como la helada altura transparente
lo finge a cuanto sube
hasta el purpúreo límite que toca,
como si fuera un sueño de la roca,
la espuma de la nube.

Como si fuera un sueño, pues sujeta,
no escapa de la física que aprieta
en la roca la entraña,
la penetra con sangres minerales
y la entrega en la piel de los cristales
a la luz, que la daña.

No hay solidez que a tal prisión no ceda
aun la sombra más íntima que veda
un receloso seno
¡en vano!; pues al fuego no es inmune
que hace entrar en las carnes que desune
las lenguas del veneno.

( … )

Cómo pasma a la lengua blanda y gruesa,
y asciende un burbujear a la sorpresa
del sensible oleaje:
su espuma frágil las burbujas prende,
y las prueba, las une, las suspende
la creación del lenguaje.
El lenguaje es sabor que entrega al labio
la entraña abierta a un gusto extraño y sabio:
despierta en la garganta;
su espíritu aun espeso al aire brota
y en la líquida masa donde flota
siente el espacio y canta.

Multiplicada en los propicios ecos
que afuera afrontan otros vivos huecos
de semejantes bocas,
en su entraña ya vibra, densa y plena,
cuando allí late aún, y honda resuena
en las eternas rocas.

 

José Luis Cuevas

José Luis Cuevas es uno de mis dibujantes y grabadores favorito: aquí os dejo algunas de sus obras. Es el Daumier mexicano.Algunas obras seleccionadas pertenecen a su ’Suite Catalana’(1981).


El salón en Württemberg, de Pascal Quignard

El salón en Württemberg, de Pascal Quignard

Leo y escribo. Escribo y escribo, y me digo a mí mismo que este espíritu debe tener un cuerpo, estos ojos deben tener lágrimas, estos labios necesitan algún tipo de lamento. Escribo y súbitamente pienso que también, quizá, este sueño necesita un durmiente.(p. 274).  

Mi ejemplar de este libro tiene su pequeña historia. Lo compré a través de  amazon porque en español está agotado, y me costó un céntimo (más los portes). Me llegó de Australia en perfectas condiciones: no creo que nadie lo haya abierto antes. Pertenecía a la biblioteca de algún pueblo canadiense: Fraser Valley Regional Library. No lo compré en francés  porque, aunque lo leo, los volúmenes nutridos me agotan: muchas veces debo mirar el diccionario, demasiadas para también disfrutar con la lectura, así que opté por esta versión inglesa, ya que la versión española está agotada desde hace mucho tiempo.

Este libro, este ejemplar del libro de Quignard ha viajado hasta aquí, me digo, para que yo lo lea.  

El salón en Württemberg es una novela primeriza de Quignard (publicada originalmente en 1986). Pero ya es su voz. Cuando la escribió ya tenía 40 años. Ya tiene su estilo: su sugerente,  magnífica prosa, su toque exquisito y  misterioso: oraciones como gemas que se ocultan y cuyo brillo llega afuera. Siempre hay un misterio detrás de las palabras de Quignard, detrás de su prosa. Ese misterio se encarna en nuestro interior, mientras leemos. Cuando cerramos el libro el misterio quiere irse, escaparse y huir, como si su destello fuese sólo un silencio y toda palabra dicha fuese una profanación.

En cierto modo, la suya es una literatura del silencio, como lo es la pintura de Vermeer. 

El protagonista, Charles Chenognes resulta ser cellista como Quignard,  y la acción tiene lugar retrospectivamente a partir de 1963, en la época en la que el narrador, un joven de 21 años, está haciendo su servicio militar. El hecho de que Quignard escoja la novela como medio, no excluye que la obra esté trufada con sus habituales reflexiones, algo que dota a la obra de un aire profundamente lírico y poético, una de cuyas cumbres ya conocidas es el tema del lenguaje o más bien, de la incapacidad del lenguaje para decir aquello que verdaderamente importa: para describir un cuerpo amado, para decir el deseo, el placer que en él buscamos. Hablamos en científico, en pedante o en procaz, pero nunca decimos lo que verdaderamente quisiéramos decir sobre el amor y el deseo: no hay un lenguaje para ello. Dice Quignard: ‘es un gemido, es un grito, es un suspiro o es un vago silencio’ 

Hay un aire decadentista en todo lo que toca Quignard y así, muchas veces, se nos hace difícil situar en los años sesenta esa tertulia en casa de Madmoiselle Aubier  o la estancia de los tres jóvenes en la casa de la Provenza, o ya solos los dos amantes en la casa de verano de Normandía: podríamos perfectamente visualizarlas un siglo antes. Tras muchos años de exitosa carrera musical,  este alter ego de Quignard rememora aquel tiempo vivido en casa de Mademoiselle Aubier, la amistad profunda que le unió a Florent Seinecé, el amor que sintió por la mujer de éste, Isabelle, la ternura que le provoca la hija del matrimonio, Delphine o la simpatía del perrito de Mademosielle Aubier, Poncio Pilatos.

La historia de Chenognes es también la de su familia, escindida entre Alemania y Francia, en esos territorios que las guerras hicieron pasar de Francia a Alemania a causa de las guerras. Y él, Charles, es un niño escindido entre dos lenguas: el francés y el alemán, y entre dos nombres: Charles y Karl.

La muerte de la madre de Florent le remite a la muerte y al recuerdo de su propia madre: qué extraño resulta que la familia más cercana sea como una sombra nunca encarnada de nuestras vidas… un recuerdo de  un pasado que no fue, que nunca fue común.

El amor entre Ibelle y Charles cede paso, poco a poco, a la separación. Algo se rompe, no sé sabe ni cómo ni cuándo. Todo se vuelve oscuro y frío. ‘Estaba inmerso en una extraña tristeza que no era realmente dolorosa pero que no cesaba’. Poco a poco, la sombra de Seinecé ganó terreno entre los dos amantes. Los reproches que se hacían el uno al otro también se los podían haber dicho a sí mismos. Ibelle le reprocha: ‘ Lo sé, es a Florent a quien amas –dijo-, te equivocaste al venir conmigo. Vuelve a él’. La separación es como una muerte y a la vez un renacimiento. Y ese renacimiento es la música y también la vuelta a la casa familiar de Bergheim, la dedicación a la música barroca y a la viola de gamba, los conciertos, las traducciones de biografías de músicos. Finalmente, la adquisición de una casita en medio de un bosque en Oudon. La vida simplificada de un eremita. Las pesadillas, los terrores nocturnos, la soledad y el dolor. La culpa, la muerte del único ser que verdaderamente le había amado, Dido.

A lo largo de los años que vendrán, Florent Seinecé. el amigo de la juventud, el marido de Ibelle, el padre de Delphine, el huésped de Mademoiselle Aubier seguirá vivo en Charles, al igual que todo lo vivido después de su primer encuentro. Veinte años después, el resultado es El salón en Württemberg, que leemos. Recuerdo y memoria de un tiempo que fue. Reflexión sobre el amor, los amores, la soledad y la muerte. Sobre las palabras y el silencio.

Parece que estas novelas de Quignard van a reeditarse. Al menos, he leído que Terraza en Roma está por aparecer en Espasa. Ojalá.     

Pascal Quignard, The Salon in Würtemberg, (trad. Barbara Bray), ed. Grove Weidenfeld, New York, 1991.

 

Vida y arte de Glenn Gould, de Kevin Bazzana

Vida y arte de Glenn Gould, de Kevin Bazzana

Por e-mail me llega la siguiente noticia sobre la publicación de este libro que estará en febrero en las librerías españolas:  

 “Objeto de culto a la personalidad, la vida y la obra de Glenn Gould han recibido una atención póstuma sin precedentes, fruto en gran parte de los interrogantes que suscita su excéntrica personalidad, inasequible a los tópicos, rodeada de misterio, hipocondriaca y aparentemente asexuada. Por otro lado, el lugar que ocupa entre los grandes intérpretes de piano parece cada vez más sólido a medida que las nuevas generaciones descubren su obra. 

Ésta y otras cuestiones se analizan en este libro de éxito internacional y merecedor de varios premios que constituye el estudio definitivo sobre el singular pianista canadiense. Veinte años de investigación exhaustiva y acceso sin restricciones a los papeles y el entorno de Gould han permitido a Kevin Bazzana revelar datos inéditos y componer un intenso retrato artístico y vital de uno de los más grandes artistas de todos los tiempos”.

Espero que llegue a las librerías para comprarlo y reseñarlo.

Kevin Bazzana, Vida y arte de Glenn Gould; ISBN: 978-84-7506-736-0; Dimensiones: 13,5x21; Año de publicación: 2007; Encuadernación: rústica con solapas; No. de páginas: 570; Traductores: Eugenia Vázquez Nacarino y Miguel Martínez-Lage ; Nº de fotos en B/N: 40; Editorial: Turner.

  

 

El quinto en discordia, de Robertson Davies

El quinto en discordia, de Robertson Davies

Mi librero, Ferran Pontón, me recomendó este libro y no es extraño porque fue premio de los libreros catalanes en 2006. Aparte de John Irving no he leído nada de literatura canadiense. Me he encontrado con un libro hermoso, bien escrito a la manera clásica, realista y descriptivo; dotado de un humor corrosivo y crítico hacia la sociedad que retrata y al mismo tiempo, un libro atravesado por un halo de melancolía y de nostalgia.

El quinto en discordia es la primera obra de una trilogía, la de Deptord, lugar de nacimiento del narrador, Dunstan Ramsay. No me cabe duda de que leeré los otros dos volúmenes que la conforman.

Un accidente trivial marca el inicio de la historia: un chico, Boy Staunton, lanza una bola de nieve con una piedra dentro a nuestro narrador, en un lejano día de infancia. La bola es esquivada y no da en el blanco. Golpea a la señora Dempster, quien se va a convertir, a partir de este hecho, en el eje sobre el que va a girar toda la existencia de Ramsay. A partir de aquí, la historia se centra en ese pequeño pueblo dividido no sólo por clases sociales, sino por las diferentes iglesias, la presbiteriana,, la anabaptista y la católica. Los dimes y dientes, la crueldad de los rumores, la intransigencia de unos, la bondad de otros, los sentimientos ocultos, todo se va desplegando ante nuestros ojos. La relación profunda que surge entre la señora Dempster y Ramsay a pesar de la diferencia de edades y la responsabilidad que él siente hacia ella marcan toda la primera parte de la novela. La dulzura de ella es un descubrimiento precioso para un chico oprimido por unos padres que son como dos extraños. Vínculos. Los vínculos misteriosos.

El otro eje sobre el que gira la novela, de muy distinto signo, es el que unirá a Ramsay con Boy Staunton: por oposición. Boy es brillante, guapo, rico y tiene mucha suerte: el reverso de Ramsay. Hay un poso de envidia y a la vez de desprecio: Boy no es lo que quisiera ser Ramsay y sin embargo, Ramsay lamenta no ser como él. Sin embargo, la relación será siempre cordial, incluso de mutua ayuda, casi de amistad. La bola de nieve que Staunton le lanzó un día empujó la vida de Ramsay en un sentido que jamás habría tenido de otro modo. A lo largo de la novela, la presencia de Boy siempre será decisiva para el narrador.

Las diversas etapas de la vida de Ramsay: sus cuidados y preocupación por el triste estado de la señora Dempster, su participación en la Primera Guerra Mundial, su heroísmo involuntario, su regreso al hogar, sus amores, su vida como profesor de Historia, todo es narrado con pasión y a la vez con un distanciamiento irónico, siempre ameno. Ramsay es un bicho raro y él lo sabe. Robertson Davies sabe imprimir a su historia la fuerza y la belleza necesarias para no dejarnos salir de sus páginas.

Os recomiendo calurosamente la lectura.

 

Cambios en la política lingüística de la Nueva España en el siglo XVIII

Cambios en la política lingüística de la Nueva España en el siglo XVIII

El primer impulso evangelizador cedió el paso muy pronto a una segunda etapa de la iglesia en las colonias en la que el clero abandonó definitivamente la aspiración utópica y se replanteó muy seriamente la acción pastoral, cambiándola, mientras que negaba efectividad o valor a los esfuerzos de los primeros evangelizadores. Se quiso creer (prematuramente) que la evangelización estaba concluida y pasó al primer plano la necesidad de establecer la iglesia colonial como institución y aparato de estado. La iglesia colonial comenzó a acumular riquezas en forma de tierras, tributos, patrimonio arquitectónico…Burocratizaron el aparato clerical y la propia labor doctrinal, al tiempo que los cabildos estaban únicamente constituidos por españoles. Hay muchos testimonios de que esta nueva actitud consiguió que los indígenas, que al principio habían creído ver en los frailes a sus únicos valedores, comenzaran a abandonarlos o al menos a verlos como cooperantes del injusto sistema colonial.

                                        *** 

El impulso evangelizador original resurgió fugazmente a finales del siglo XVII y principios del XVIII, cuando la expansión del virreinato hacia el norte inspiró de nuevo  a las órdenes religiosas – especialmente a los franciscanos y jesuitas, poco antes de su expulsión-. La diferente constitución de las tribus indígenas pobladoras del norte y la expulsión de los jesuitas fueron serios reveses de esta segunda evangelización utópica.

                                      *** 

Por todo ello, resulta sorprendente que Lorenzana se queje en su Pastoral V de la pervivencia de las lenguas indígenas en detrimento del castellano en la Colonia, puesto que el propio clero defendió esa pervivencia. Sería sorprendente, si no fuera porque Lorenzana era ya un prelado muy distante del cristianismo franciscano y utopista: era un hombre ilustrado, racionalista y regalista, como correspondía a su momento. Para él, como para otros de sus contemporáneos, el orden civil estaba indisolublemente ligado a la preponderancia de la corona y a sus prerrogativas. El idealismo cristiano de los primeros años de la conquista ya no tenía sentido para él.

                                    *** 

Lorenzana  (y otros ilustrados) se dan cuenta del ‘fracaso’ de la colonización. Hay un sincretismo religioso preocupante, la desconfianza entre indios y párrocos es una realidad, las rebeliones indígenas estallan por todas partes, se descubren focos idolátricos que se creían completamente extinguidos. Todo ello aparece ante los ojos de los ilustrados con meridiana claridad y con una significación: no se ha llevado a cabo la colonización más que superficialmente. La situación es inquietante. Por ello, Lorenzana cree indispensable una nueva ordenación política y administrativa de la colonia y también es necesario castellanizar a los indios para llevar a cabo lo que hoy llamaríamos ‘aculturación’, que no se ha producido. Pero ¿cómo, si los indígenas están excluidos de la vida pública, política, administrativa e intelectual de la colonia?

                                     ***  

No sólo se preocupan los ilustrados por los indígenas: hay otro sector muy presente en todas estas ‘nuevas’ disquisiciones y medidas. Es el de los criollos: preocupa la creciente influencia que los párrocos criollos ejercen sobre los indígenas a través de su conocimiento de los idiomas vernáculos. Esto nos indica que la pugna entre los diferentes estamentos dentro de una misma institución (clero regular contra clero secular) dio paso, en la época que nos ocupa, a una pugna de clase o de casta (clero criollo contra clero español). No olvidemos que años después, en 1810, es el clero criollo el principal motor de la Independencia, hecho que comenzaron a presentir los ilustrados españoles en Nueva España a partir de 1770.

                                    ***

La población criolla había crecido, mientras que la indígena había padecido una espectacular caída: En 1521, a la llegada de Hernán Cortés, la población de Nueva España se calcula en 25 millones de individuos. Hacia 1650, en una espectacular caída poblacional que se inició con la epidemia de 1576-1579, sólo quedaban un millón trescientos mil indígenas. Algunos investigadores atribuyen a este número un falso incremento, dado que se pudieron incluir también muchos mestizos. En otras palabras, México había perdido en  un siglo y cuarto de conquista y colonización el 94% de su población nativa. 

Hubo muchas razones, sobradamente conocidas para esta terrible, trágica disminución: la sobreexplotación de razas delicadas en trabajos que superaban con mucho s capacidad, la separación de las familis indígenas que se levó a cabo concienzudamente, las guerras, las enfermedades importadas por los españoles, el destrozo de sus civilizaciones en todos sus aspectos.

Recordemos que Juan de Solórzano y Pereira, autor de la Política Indiana, lo atribuyó poco más o menos a la justicia divina, sinq ue dj de mencionar otras razones más 'reales': Miradas las cosas con ojos desapasionados, en muchas partes dieron ocasiones bastantes los indios para ser guerreados y maltratados, o ya por sus bestiales y fieras costumbres, o por los graves excesos y traiciones que cometían e intentaban contra los nuestros (…) En otras, no los han acabado y consumido los españoles sino sus vicios y borracheras, terremotos, graves enfermedades y pestes repetidas de viruelas y otras con que Dios con sus secretos juicios se ha servido de apocarlos.

                                     ***

En todo caso, el cambio radical tardío en la política lingüística que se da en el último tercio del siglo XVIII en Nueva España se debe tanto al incremento poblacional de los criollos y su creciente influencia sobre los naturales, que se deseaba ( y casi se necesitaba) evitar, como a la caída poblacional de éstos y a los nuevos elementos también inquietantes, que son la subsistencia de las culturas, religiones e ideologías indígenas que poco a poco se van descubriendo, junto con las crecientes rebeliones de los naturales contra sus colonizadores.

Todo esto pone en guardia a las autoridades, tanto civiles como religiosas, y hace necesaria una reconsideración de las bases de la colonización de Nueva España y la asunción de nuevas medidas.

            

Un meme: Las cinco cosas que no sabéis de mí

Un meme: Las cinco cosas que no sabéis de mí

Gregorio Luri me pasó este meme hace una semana o más. En su momento, le contesté en su blog porque sus lectores no son los míos y no los quería traer acá: me pareció que no les iba a gustar mi blog y que no correspondía traerlos aquí, pero ahora que ando otra vez liada con el trabajo, con poco tiempo para escribir (aunque no sin materia), rescato mi respuesta, para que la leáis vosotros...El meme lo paso a Ramon (ya sé que te debo uno, ya), a debolsillo y a Ferre.

1. En cuanto a la música, me gustan las rancheras (y cantarlas con la guitarra, en compañía de mis hijas), la ópera, especialmente Puccini y Mozart, y en general la música clásica y la de cámara especialmente. Por encima de todos los intérpretes amo a Glenn Gould, pero eso se sabe. Una cosa que no se sabe es que estudié piano de chiquita. pero mis manos no daban para una octava y así se frustró mi temprana vocación pianística. También me gustan los tangos de Piazzolla, Adriana Varela, Andrés Calamaro (a veces) y Lila Downs.

2. ¿Riesgos? Me gustaba volar. Un amigo mío me enseñó a volar en avioneta por encima de la moderna Tenochtitlan, un espectáculo maravilloso. Una sensación de libertad que terminó el día que nuestro tren de aterrizaje se hundió, aterrizamos con la panza de la avioneta. y cuando finalmente se detuvo, con un ala rota y el morro hecho trizas, me vi ardiendo. No pasó nada. Un rasguño en la mano. Lo dejé no por cobardía sino por presiones familiares, pero nunca lo he olvidado. Por un tiempo, me sentí pájaro y en el cielo, completamente libre.

3. Nací en México D.F., en el barrio de San Ángel, en el sur de la ciudad. Mi casa era una casa con jardín y con biblioteca. Del jardín saqué las enseñanzas de don Fermín, el jardinero, un personaje al que debo mucho. Y de la biblioteca, mi vicio principal: leer, leer y leer. En México lo perdí casi todo ( o debería decir, los perdí a casi todos), y vivo en Sant Cugat del Vallès (desde hace más de veinte años), entre la nostalgia y el olvido.

4. De niña tuve un perro: el ’Tigre’. Cuando se murió lo enterramos al pie de un árbol de aguacate muy alto. Ver cómo se sumía la pequeña montaña inicial al pie de ese árbol al paso de las semanas me hizo pensar mucho. De ahí ya me decanté por los gatos. He tenido tres: Xóchitl (mexicana) y Ágata (catalana), unas señoras gatas... y un gato: Alfonso Reyes. En este momento soy la abuela de otro, que de vez en cuando necesita que le haga un canguro, pero habiendo pasado a mejor vida mis animalitos, he preferido guardarles la fidelidad.

5. Del mundo real sólo he visto una parte: la que me gusta o me interesa. La otra no la veo. No es un fingimiento, es una de mis características principales: tengo una visión parcial, incompleta de la vida real. Ahora que ya soy viejita pienso que nunca he entendido nada, que he vivido intensamente pero sin saber qué es esto de vivir o a qué realidad me atengo.

 

La Ciudad Universitaria de México

Es uno de mis lugares. Ahí pasé parte importante de mi primer noviazgo y mi primer amor: paseando por su Campus, yendo al cineclub universitario del CUC, por los pasillos de la facultad de Filosofía y Letras...pero estuve también en la facultad de Química, en el Estadio Olímpico, y en Políticas; las reuniones y asambleas en el auditorio Che Guevara...
La majestuosidad de la UNAM, presidida por el inmenso campus y el imponente mosaico de Juan O’Gorman, santo y seña de la Biblioteca de la UNAM, es un recuerdo vivo en mi memoria. Alma Mater.


Lorca éramos todos, de Pepe Rubianes

Lorca éramos todos, de Pepe Rubianes

A mediados de diciembre, los estudiantes de Bachillerato, mis compañeros Alicia y Tomás y yo fuimos a ver al Teatre Auditori de Sant Cugat la obra Lorca éramos todos, de Pepe Rubianes. Tras algún tropiezo anterior (nos decepcionó inmensamente "El castigo sin venganza" de Lope, por la Compañía Nacional de Teatro el año pasado, pese a que es una gran obra), fuimos allí un poco mosqueados. Fue una grata sorpresa: a todos nos gustó. Aquí os dejo algunas de las opiniones de mis muchachos.

Marc Alsina:

Personalmente creo que la obra estuvo bastante bien, me sirvió para enterarme de la vida y de la muerte de Lorca. Se notaba que Rubianes estaba bien documentado cuando escribió la obra, además tiene un toque de acidez característico de él, por ejemplo cuando empieza a sonar el “Cara al Sol” y todos los actores levantan la mano derecha. Creo que es una obra original en cuanto a la estructura en sí de la obra: diez actores (cada uno con su propio personaje) y una soberbia bailarina que representa la muerte. Dicha bailarina le da a la obra un toque que no consigo definir, solo sé que fue una gran idea y que sin ella la obra no seria lo mismo. Además la “percusión” no está presente sólo en dicha bailarina, sino que los actores también hacen ruidos con su cuerpo (dando palmas etc..) y esto le da a la obra, en ciertos momentos, la tensión y/o intensidad que hacen que el espectador “despierte”. Me gustó sobre todo cuando cada uno de los implicados en la muerte de Lorca dan una versión diferente de los hechos, todas contradictorias y diferentes, donde el verdugo cambia según cada individuo. El punto álgido de la obra, para mí, es cuando Lorca se va al fondo del escenario acompañado por la bailarina, creo que es una manera muy original de acabar con la presencia de Lorca en el escenario. El hecho de Lorca que deje la chaqueta en el escenario yo lo interpreto como que después de muerto, algo del autor marca y queda en los personajes que le rodearon en sus últimos días y también, dicha chaqueta, representa los vestigios del poeta en la sociedad, ya que después de muerto los personajes restantes nos hacen una especie de crónica de lo que pasó los meses siguientes.

Personalmente creo que invertimos bien nuestro tiempo viendo dicha obra, yo personalmente creo que es bastante mejor que las que hemos visto con anterioridad.


Georgina Mesón:

La obra que fuimos a ver el pasado viernes, Todos somos Lorca, representaba, esencialmente, la vida de éste. Su escenografía era bastante simple, pero tampoco necesitaba más: únicamente se componía por unas sillas donde se sentaban los actores que iban narrando la vida de Lorca. Además de éstos, otros personajes completaban el reparto: una "bailaora" de flamenco se encargaba de escenificar la muerte, y otra mujer a Lorca.

En general creo que la obra estuvo bien, aunque a mi parecer faltó un poco más de acción, la encontré un poco monótona. Otro aspecto a tener en cuenta es la representación de Lorca: primeramente me pareció muy mal imitado el acento andaluz, y además, hubiera sido mejor que el personaje lo hubiera representado un hombre, ya que así hubiera parecido más real.

Xavier Aparicio:

La verdad es que fuí al teatro con la intención de ver una obra sobre la poesía de Lorca, y entonces iba con el prejuicio de que sería un pelín “rollazo” ,ademàs de que ya nos llevamos un buen susto el año pasado. Tampoco me esperaba que la obra fuera sin apenas escenografía ya que la escenografía eran una simples sillas para los actores y durante toda la obra sigue así. Al principio, como toda obra, me costó entrar en ella ya que iba un poco desorientado con lo que iba a ver. Pero a medida que los actores fueron explicando y demás, te ibas enterando e ibas viendo de qué iba la cosa.

Sobre el escenario había 11 actores se encargaban de contarnos lo que le pasó a Lorca y de cómo vivió sus últimas horas. El papel de Lorca era interpretado por una mujer.

El personage que más me asombró fue la bailadora, que interpretaba la muerte. La obra sucede y los diferentes personajes( familiares, amigos…) nos van contando lo que admiraban al gran poeta y los hechos que le llevaron a la muerte. No cabe duda que Lorca causaba admiración por dónde iba, era como un imán para las personas y probablemente eso le perjudicó ya que al ser tan conocido y como todos los demócratas de la época le surgieron perseguidores que acabaron con él.

La verdad es que la obra me encantó. La magnífica interpretación de los personajes ayudó mucho pero además te hacían entender lo que había pasado con Lorca y con tanta gente en esa época. Entonces me quedé asombrado ya que he ido bastantas veces al teatro pero nunca tuve este sentimiento de rábia, en este caso, al pensar la terrible matanza que tuvo lugar. Son de esas cosas que sabes pero que con el ritmo de vida diario no te paras a pensar, y eso es justo lo que la obra me inspiró, una rabia hacia el franquismo y el sentirse impotente al no poder ya hacer nada.

Por lo tanto se la recomiendo a todo el mundo ya que creo que es como una obra-documental magnífica.

Ivan Fontal:


Me ha parecido una obra muy interesante y que mostraba muy bien la situación que pasó Lorca antes de ser fusilado, gracias a la buena puesta en escena de los actores. A pesar de que el escenario siempre era el mismo la han representado muy bien, y tenía el toque dramático adecuado a la situación. No me ha gustado el principio de la obra porque han empezado con la trama muy rápido y también que repetían que Lorca fue fusilado cuando aún estaban en el entremedio de la obra, creo que eso lo tendrían que haber hecho dicho al final aunque ya se supiera que iba a morir, pero sólo es una opinión personal. Lo que más destacaría positivamente es la actuación de los actores, tanto de los que estaban en las sillas, como la que interpretaba a Lorca, iban todos muy bien coordinados.


Ivó Castells:

La obra de teatro que fuimos a ver el pasado viernes representa la vida de Lorca y de todos quienes le conocían. Creo que la obra está bastante bien, aunque no puedo decir si es de las mejores de Pepe Rubianes, ya que aunque he oído hablar muy bien de él nunca he visto una obra suya. La obra estaba representada en un escenario muy pobre, tan solo compuesto por unas pocas sillas, había un total de diez personajes representando a Lorca y los que le rodean, también había una mujer que representaba la muerte mediante un zapateado, con el cual también se conseguía la “musica” de fondo al sumársele algunos ruidos que hacían los actores con su cuerpo, lo cual conseguía intensificar sensaciones.
Lo que no me gustó de la obra fue el hecho de que Lorca fuese representado por una mujer, ya que eso dificultaba la interpretación.


Jordi Mas:

Esta obra trata sobre la vida del gran artista Federico García Lorca, desde el principio hasta el final los personajes (que son él i todos con los que se relacionó cuando Lorca estaba en vida.Desde el principio nos cuentan que él tiene que dejar su ciudad natal e irse a Madrid para estudiar en la universidad, allí conoce a José Caballero, un pintor, con el que se hace muy amigo, entre algunos otros. Jose es el último personaje que estar con Lorca sus últimos días de estancia en Madrid, porque Lorca decide ir a Nueva York, allí reside como becario durante un año.Cuando vuelve de Estados Unidos y por culpa de la guerra civil decide volver a Granada donde está su familia, para pasar la navidad con ellos. Allí se encuentra con que el General de ejercito, Franco, hace reprimir toda Granada, lo hace poniendo a Jose Valdés como gobernador civil de Granada, en ese instante y por culpa de Ramón Ruiz Alonso, Lorca es perseguido, y también es registrado en su casa, entonces un buen amigo suyo Luis Rosales lo acoge en su casa para protegerlo de los registros que hacían en su casa. Allí conoce a toda la familia Rosales, que era una familia importante, ya que los hermanos de Luis formaban parte de la Falange.Cuando el gobierno civil se da cuenta de dónde está Lorca, van a detenerlo en casa de los Rosales, y él decide ir hasta el gobierno civil, pero fue acompañado por Miguel Rosales (hermano mayor de Luis).Miguel cree que se llevan a Lorca sólo para interrogarle, pero después de pedir ayuda a su hermano José y ver como no podían hacer nada, entendió que Lorca estaba en peligro, y así fue, el día en que lo iban a sacar de allí (gracias a José), el gobierno se lo lleva para asesinarlo, causando una profunda herida en todos los conocidos de Lorca.

Arnau Marimón:


La obra que fuimos a ver se llamaba “Lorca eran todos” y estaba dirigida por Pepe Rubianes. La obra explicaba la vida de Federico García Lorca, sobretodo su etapa en contacto con el franquismo, a la par que lo explicaba a éste, y la represión que supuso. En la obra la historia es contada desde bandos opuestos, cada uno justificando su punto de vista.

La obra constaba de una escenografía minimalista compuesta por sillas, un par de taburetes y dos cajones. La falta de una escenografía rica se veía compensada por una iluminación excelente, que resaltaba la acción que se llevaba a cabo e incluso creaba atmósferas diferentes (sobretodo cuando bailaba la bailarina). Tampoco había una interpretación gestual demasiado movida, sino que la obra se basaba en lo que decían los intérpretes y, evidentemente, en cómo lo decían.

En mi opinión, ésta es una de las mejores obras a las que hemos acudido con el instituto. Me gustó mucho el enfoque que se daba al tema, y encontré realmente acertada la interpretación por parte de la bailarina, que con los ritmos de pies creaba una atmósfera mágica sin necesidad de recurrir a la música más compleja que podría distraer al público de la acción principal.

Otro tema que me gustaría mencionar fue el ambiente que se vivió en el teatro. En mi opinión éste fue pésimo, puesto que los silbidos, carcajadas y demás faltas de respeto hacia los actores y al resto del público eran frecuentes. Creo que se demostró una importante falta de cultura y educación de una parte importante del público.

Aparte de este incidente, por mi parte disfruté mucho la obra y deseo que en posteriores años, los alumnos acudan a obras de calidad igual a la de la aquí comentada.


Eduardo Pérez Pellitero:

El pasado viernes día 15 de Diciembre tuvo lugar la representación en el Auditorio de Sant Cugat de la obra “Todos somos Lorca” , el guión y la dirección de la cual corren a cargo de Pepe Rubianes.La obra comienza con una voz en off (tapada por cierto por el ruido de algunos de los espectadores…) que nos sitúa en lo que será la obra. Poco a poco se aumenta la intensidad de la luz y se pueden vislumbrar en el escenario una austera escenografía formada tan solo por sillas, y también diez actores que representarán personajes clave en el periodo anterior al asesinato de Lorca, incluido el mismo Lorca, representado por la actriz Alejandra Jiménez, actuación que a mi personalmente no me agradó demasiado ya que no acabó de convencerme de ser un hombre. Dentro de estos diez personajes nueve vestían un negro muy formal y uno de ellos, Lorca, vestía de blanco, como simbolización de su alegría, su genialidad, su grandeza. Además de esto, también está en el escenario una “bailaora” que simbolizará la muerte. Quizá una de las escenas más emotivas para mi fue el momento en que bajo un foco rojo y el discurso de los golpistas dirigido a los sevillanos, ésta baila con majestuosidad al son de una música flamenca (si no recuerdo mal, de Paco de Lucía).La obra fue un excelente montaje en el que los sucesos son explicados por los personajes más cercanos de ambas partes, amigos y enemigos (Luís Rosales, Ramón Ruiz Alonso, etc.). Todos ellos se encuentran sentados en el centro del escenario; Lorca en cambio se sienta en un pequeño taburete a la derecha y hace pequeñas intervenciones puntualmente. Mientras se explican estos relatos, los actores que no participan directamente introducen sonidos de fondo como palmadas, o frases como “cada cual cuenta su historia” muy bien encontradas y que le dan un toque muy interesante a la obra. La obra finaliza con un homenaje a la muerte de Lorca, y también a todos aquellos que siguieron su mismo destino, bajo la frase “todos somos Lorca”, un detalle importantísimo por parte de Rubianes. Otro gesto emotivo fue el momento en que los actores que están saludando al público se giran para hacer una reverencia ante la imagen de Lorca.


Jordi Bolibar:


Acostumbrados al teatro que normalmente vemos con el instituto, sorprende que hayamos ido a ver una obra como ésta. Primero de todo ya me sorprendió que fuera de Pepe Rubianes, un autor no muy de la línea de la mayoría de obras que hemos ido a ver, que más bien eran de autores clásicos con interpretaciones espesas y difíciles. La obra resultó ser más bien fresca, innovadora respecto lo visto anteriormente y sobretodo trataba un tema interesante de forma interesante. El tema de la Guerra Civil Española y de la dictadura del general Franco es un tema relativamente reciente y que nos es conocido e importante para todos. Para hablar sobre él, Rubianes utiliza la figura de Federico García Lorca, un importante escritor, dibujante y músico que fue aniquilado por el régimen y que le sirve para representar el horror de la represión impuesta por los franquistas y echar una ojeada a nuestro pasado para contrastarlo con el presente.


La obra cuenta con una escenografía más bien austera, pero a decir la verdad no se hecha en falta, ya que con las interpretaciones de los actores te metes directamente en la historia. Lo que tiene más gracia del aspecto visual de la obra es el juego de luces, que va resaltando y oscureciendo los diferentes actores según van actuando, el baile flamenco con la música que ayuda a ambientar la trama de la obra y el continuo cambio de papeles de los actores, que pasan a un primer plano a la hora de actuar mientras que después se sitúan detrás sentados en sillas.


La obra empieza contando los días antes de la ejecución de Lorca: todo lo que hizo y con quién habló, narrado detalladamente con precisión histórica. Explica como decide quedarse en España a pesar del alzamiento y como va a Granada a visitar a su familia. Allí vemos como pronto es amenazado por las fuerzas del régimen y se tiene que refugiar a casa de su amigo Luís Rosales. A pesar de esto vemos como los miembros franquistas sin juicio previo ni escrúpulos se lo llevan a la casa del gobernador civil, entonces Valdés, y la misma mañana siguiente, sin avisar a nadie y sin dejar apelar nada en su defensa es ejecutado junto con muchos otros hombres. Después de esto hace un repaso de las actuaciones del los diferentes personajes, analizando sus acciones y mostrando el increíble caos que reinaba en España aquellos días. Acaba sospesando la afirmación que a pesar que Lorca era un gran hombre y artista, que fue una gran pérdida, también hubo otros miles de muertes como la suya que también deben ser recordadas. Por tanto queda totalmente justificado el título de la obra “Lorca eran todos”, ya que como la de Lorca, hubo miles de historias igual de tristes en aquel triste capítulo de la historia de España.


Mikel Borràs:

La obra “Lorca eran todos” es una magnífica obra de memoria histórica, el guión y la dirección del cual son de la mano de Pepe Rubianes. En la obra salen 10 actores que encarnan a personajes clave en las últimas horas del poeta de Granada. Lorca mismo está representado por una chica en la obra. También hay una bailadora de flamenco que actúa durante las secuencias que tienen algún tipo de relación con la muerte. La obra, que muestra las últimas relaciones de Lorca con sus amigos y familiares, y expresa sus sentimientos en esas horas de angustia, va acompañada de diversos fragmentos de discursos franquistas, hechas por representantes de la falange de la época o partidarios revolucionarios, y también de algunas canciones flamencas como alguna de Paco de Lucía. En la obra hay un momento álgido en que suena el Cara al Sol, cantado por todos los actores presentes. Personalmente, la obra me ha gustado bastante aunque acostumbro a aborrecer el teatro en general. Pienso que está muy bien planteada y dirigida y los trozos en que sale la bailadora son muy emotivos. También creo que, aunque no te guste esta obra, se le tiene que agradecer mucho a Rubianes que haya cogido este tema y lo haya sacado a la escena y, me parece un hecho nefasto que se haya prohibido en Madrid...pero bueno, ésta es la sociedad de hoy en día, quizás no tan diferente de ésa que se representa en la obra.

Mis tres películas favoritas de 2006


1. Babel, de Alejandro González Iñárritu.


Durante mucho tiempo permanecerá en la retina ese suntuoso travelling inverso horizontal que marca el final de las cuatro historias entrelazadas con tanta solvencia como sensibilidad por el que es hoy, sin duda ninguna, el mejor director en activo (con permiso de David Lynch, naturalmente), Alejandro González Iñárritu.
Extraordinario viaje por el dolor y el amor, por la injusticia y la solidaridad, por la herida personal y colectiva; por las fronteras que separan y por la hermandad entre los hombres. Con la belleza de un tratamiento cinematográfico que en todo momento es soberbio (y especialmente las escenas filmadas en Tokio) y que elevan la película a una categoría sublime, con actuaciones que quitan el aliento (de los actores profesionales y de los improvisados), con una fotografía impecable, caliente y fría, alternativamente roja, ocre y azul, muy personal, muy expresionista, y con una música absolutamente perfecta, Babel se erige como la película de 2006. Honda, viva, poética y realista.

Babel, Dirección: Alejandro González Iñárritu. Guión: Guillermo Arriaga.
Reparto: Cate Blanchett, Brad Pitt, Gael García Bernal, Adriana Barraza, Mahima Chaudhry, Jamie McBride, Kôji Yakusho, Rindo Kikushi, Shilpa Shetty, Lynsey Beauchamp, Paul Terrell Clayton, Fernández Mattos Dulce, Nathan Gamble. Fotografía: Rodrigo Prieto. Música: Gustavo Santaolalla. Producción: Raúl Olvera Ferrer, Steve Golin, Jon Kilik, Tita Lombardo. USA, 2006.


2. El Nuevo Mundo, de Terrence Malick.


La mirada de Malick profundizando en una herida abierta, pero tocando únicamente lo que podríamos llamar la metáfora del Paraíso Terrenal hollado. Naturaleza y guerra, amor y odio. La épica del mundo virginal en el rostro de la bellísima Pocahontas. Toda la primera parte de esta película es un ejercicio que pocos pueden igualar: poesía pura.
En la última parte, la que transcurre en Inglaterra, el drama ocurre ya en un ámbito más político que íntimo, más aparencial que auténtico, más convencional, y la película baja su tono lírico y diría, sinfónico, para hacerse melodía de cámara.
Aunque irregular, una de las grandes películas de este año.

El Nuevo Mundo, Dirección: Terrence Malick. Producción: Sarah Green, Terrence Malick . Guión: Terrence Malick. Música: James Horner . Fotografía: Emmanuel Lubezki. Vestuario: Jacqueline West . Reparto: Q’Orianka Kilcher, Colin Farrell, Christian Bale, Christopher Plummer, August Schellenberg, Wes Studi, David Thewlis, Yorick Van Wageningen. USA, 2005.


3. El laberinto del Fauno, de Guillermo del Toro.


Fábula e historia entrelazadas en una película sobre la muerte y el terror, sobre el fascismo y la intolerancia, sobre el miedo y el dolor, sobre la soledad y la inocencia.
Abriendo brecha, la fábula nos interna en el mundo de la guerra y de la destrucción con una sutileza incontestable, con una delicadeza de cuento de terror gótico y a la vez con una dulzura lúcida, que interfiere con el horror de lo contado sólo para resaltarlo.
La gran actuación de Sergi López ha pasado en cierto modo desapercibida entre las excelencias de los efectos especiales, la originalidad del acercamiento al tema de la postguerra española y la potencia de un guión prácticamente perfecto.


El laberinto del Fauno, Guión y Dirección: Guillermo del Toro. Productores: Berta Navarro, Alfonso Cuarón, Frida Torresblanco, Álvaro Agustín, Guillermo del Toro. Productor ejecutivo: Edmundo Gil. Fotografía: Guillermo Navarro. Música: Javier Navarrete. Montaje: Bernat Vilaplana. Diseño de producción: Eugenio Caballero. Efectos especiales: David Martí (maquillajes), Reyes Abades. Reparto: Sergi López, Maribel Verdú, Ivana Baquero, Doug Jones, Álex Angulo, Ariadna Gil, Roger Casamajor, César Bea, Manuel Solo, Federico Luppi, Sebastián Haro, Mina Lira, Iván Massagué, Chema Ruiz, Milo Taboada. España-México-USA, 2006.



Problemas de la colonización en Nueva España: religión y castellanización de indios ( 1 )

Problemas de la colonización en Nueva España: religión y castellanización de indios ( 1 )

Inicio la publicación de un nuevo tema con estos fragmentos extraídos de mi tesis doctoral (1990) Introducción a la Oratoria Sagrada Novohispana en la segunda mitad del Siglo XVIII. Un tema que nunca ha dejado de interesarme es el de la colonización y el postcolonialismo. Espero que os resulte atractivo.   

 

La Colonia fue durante toda su historia un espacio en el que pervivió de manera destacada un sistema de vida feudalizante, pues las diversas formas de posesión de la tierra como la encomienda, la hacienda, el repartimiento de indios o las congregas se asemejaban bastante al sistema de vasallaje, aunque no tenían sus ventajas.  Este sistema, la labor de los peones en el obraje y la jerarquización estricta de la sociedad, más la diversificación productiva de las diversas regiones mexicanas, dividieron claramente a la población. Además de existir la diferencia entre españoles, criollos, indios y castas, la diferencia entre habitantes del campo y de la ciudad fue una constante cuyas consecuencias aun hoy pueden observarse.En el mundo colonial la religión venía  a ser un fundamento indispensable para todo acto de vida, y en función de ella se juzgaban todos los acontecimientos. Sin embargo, en esa sociedad encontramos diversos planos religiosos. El hegemónico está representado por el clero español y criollo y por la sociedad dominante y colonialista: su espacio natural es el urbano. Pero existe también una religión sincrética cuya presencia es asimismo importantísima, sólo que en el ámbito rural. Ésta, que llamaremos ‘religión popular’ no es privativa de ninguna manera de la Colonia , pero el sincretismo mexicano es más reciente y por tanto, más evidente

                                      ***

En 1766, Francisco Antonio de Lorenzana tomó posesión de la diócesis más rica y más importante de la América conquistada: la de México. Tres años después, el arzobispo publicó una Carta pastoral instando a los párrocos y a los vicarios de la Colonia para que  extendiesen el uso del castellano entre los indios. Respondiendo a esta Carta, Carlos III envió una Real Cédula (1769), refrendando todos los puntos expuestos por el arzobispo. Al presentarla, Lorenzana añadía que el castellano no sólo podía ser implantado por medios persuasivos, sino también por la fuerza.

                                      ***

Volviendo la mirada atrás, diremos que lo que algunos llaman ‘la primera etapa misionera’ duró escasamente 20 años, en los inicios de la Conquista. En la segunda etapa (que se suele identificar entre los años de 1565 hasta mediado el siglo XVIII), el clero abandonó la evangelización y se identificó totalmente con las premisas del poder, bajo el supuesto de que los primeros evangelizadores habían conseguido una absoluta conversión. ¿Es posible que lo creyeran verdaderamente, o tal vez les convenía creerlo así para actuar en consecuencia?

                                     ***

La Inquisición nunca tuvo fuero con los indígenas. Por un lado, este hecho puede valorarse positivamente. Por otro, es evidente que se juzgó que si los indios eran herejes esto no constituía ningún prejuicio para la corona, ni económica, ni políticamente. Los indios estaban completamente marginados de la sociedad novo-hispana y por tanto sus supuestos pecados quedaban circunscritos a su entorno circular cerrado. Esto facilitó la práctica sincrética.

                                      ***

La Carta Pastoral V reafirmaba la política del gobierno eclesial de la Colonia para conseguir la homogeneidad lingüística de la población nativa: tanto la carta como la cédula carolina exponen con toda claridad las disensiones y resistencias activas y pasivas de los nativos ante la conquista y la colonización.

Lorenzana se queja: ‘ En dos siglos y medio de hecha la conquista de este reino estamos aún llorando y sintiendo que, como si fuésemos el mismísimo esclarecido conquistador Hernán Cortés, necesitamos intérpretes de lenguas e idiomas de los naturales'.

Las lenguas indígenas pervivieron durante todo el proceso de la colonización. Aunque algunas lenguas minoritarias sucumbieron, las principales lograron conservarse. Una vez cumplida la primera fase de la conquista (1521), la castellanización del indio se vio entorpecida por esa enorme diversidad lingüística del sustrato, y sobre todo por la división de intereses de cada una de las instituciones gobernantes.                          

                                     ***

La Iglesia y el Estado mantuvieron posturas muy distantes sobre el destino de la población nativa y además, dentro del seno de cada una de ellas, también había propuestas y posturas contradictorias. De ahí que la política con relación a los indios ( y con ella, la política lingüística), fuese perpetuamente vacilante.

                                     ***

Durante el siglo XVI, la corona expidió multitud de Cédulas Reales y decretos dirigidos a virreyes y obispos ordenando la enseñanza de la lengua española a los indígenas. Cédulas y decretos que fueron letra muerta mientras los franciscanos y otras órdenes religiosas se hicieron cargo de los curatos y de la evangelización, es decir, hasta 1572.

Carlos III escribe al respecto en la Cédula: ‘ Al principio los regulares vincularon en sí los curatos, manteniendo los idiomas (de los indios) y después que lo seculares lo han aprendido, ha sido trascendental el prejuicio, procediendo en esto contra la práctica de los conquistadores, como los romanos introdujeron su lengua en las naciones conquistadas.’

                                     ***

Un rasgo característico de este tipo de documentos (pastorales, cédulas, etc.), es que dicen una verdad mientras callan otras.

Es evidente que a Lorenzana le interesaba destacar únicamente el control que consiguieron los frailes sobre la población indígena por medio del aprendizaje de sus lenguas. Pero no es menos cierto que no fue exclusivamente el ansia de poder lo que les llevó a rechazar la castellanización. Había otras razones: una era que el Reino de Dios en la tierra, una de cuyas formas podía ser la utopía católica, estaba en condiciones de materializarse por medio de la Conquista. El mantenimiento de las lenguas indígenas era condición sine qua non para poder llevar a cabo ese sueño utópico. Los indios se mantendrían en un estado incontaminado, ajenos a los conquistadores sedientos de poder y de oro, llenos de ambición y de pecados mundanos: poseedores de todos los defectos de la civilización, y muy a menudo completamente corrompidos.

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Cinco veces la flor, de Alejandro Aura

Cinco veces la flor, de Alejandro Aura


UNA:
No tengo amor.
Vivo este lunes frío para nadie.
En mi corazón hubo fortalezas y banderas;
hoy, que se le busque un brote,
una siquiera banderita verde.
Que alguien se la busque.

DOS:
Alto a la destrucción.
Un momento.
Propongo un pacto general:
que se cultiven flores,
no jardines.

TRES:
Alguien dejó una flor de papel sobre mi mesa,
es linda y morada y verde, gracias.
Esperé una flor toda la vida,
y hoy, martes raspado de melancolía,
no sé de dónde, me ha llegado.
Pinche florecita de papel,
te quiero.

CUATRO:
De las horas más muertas que tenía
tú me sacaste al mundo
y me pusiste a cantar.

CINCO:
No tú dijiste nada
sino tu pelo y tus uñas y tus besos.

Por eso, pequeñita,
platito de arroz,
mientras mi corazón estaba seco
me levanté contento
a quererte con los pies y con las manos,
me levanté otra vez sonando mis tambores.

Dirás que no
pero hoy me levanté a quererte
y a que tú me quieras.


Alejandro Aura es fundamentalmente un hombre de teatro.

Nació en el Distrito Federal, el 2 de marzo de 1944.
Es poeta, narrador, dramaturgo, director de escena y guionista. Ha sido director y guionista de programas de radio y televisión y autor de varios de ellos como: Azul, En su tinta y Entre amigos. Ha dirigido también talleres de poesía, para instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Ha dado cursos de Teatro Clásico, Danza y Montaje Escénico.
Fue becario del Centro Mexicano de Escritores en 1964.

Bibliografía poética:
"Cinco veces la flor", en Poesía Joven de México (colectivo), ed. Siglo XXI, México, 1967.
Alianza para vivir, UNAM, 1969.
Varios desnudos y dos docenas de naturalezas muertas, Monterrey, Nuevo León, Poesía en el Mundo. 1971.
Volver a casa, Instituto Nacional de Bellas Artes/ Joaquín Mortiz, 1974.
Tambor interno, Casa de la Cultura del Estado de México, 1975.
Hemisferio sur, Papeles Privados, 1982.
La patria vieja, Universidad Autónoma de Puebla, Asteriscos, 1986.
Cinco veces, Secretaría de Educación Pública, 1989.
Poeta en la mañana, Fondo de Cultura Económica, 1991.


Robert Dudley, Earl (conde) de Leicester: Sweet Robin

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Si la reina Elizabeth I de Inglaterra amó alguna vez a alguien que no fuera ella misma, fue a Robert Dudley, Earl (conde) Leicester a quien llamaba ‘Mi dulce Robin’ y ‘Mis ojos’.

Durante la etapa Tudor, tres generaciones de Dudley estuvieron muy cerca del trono, no siempre para bien.
Edmund Dudley, el abuelo de Robert, fue ministro de Finanzas de Enqrique VII, el primer Tudor (tras el trágico fin de Ricardo III, la guerra de las dos rosas terminó con el matrimonio de Enrique VII (un Lancaster) y Elizabeth de York). El padre de Robert John Dudley, caballero de la Jarretera,  fue Consejero Privado de Edward Seymour en tiempos de Eduardo VI y fue nombrado por éste, primero Conde de Warwick y luego Duque de Northumberland. Tanto Seymour como Dudley terminaron sus días decapitados por traición.
Robert nació el 24 de junio de 1532, del matrimonio de John, conde de Warwick y duque de Northumberland, en esos días el hombre más poderoso de Inglaterra, y lady Jane Guildford. El matrimonio tuvo 13 hijos. Robert era el quinto vástago, pero sólo llegaron a vivir la gloria de Elizabeth, Ambrose, Mary y Catherine. Mary es quien ha pasado a la posteridad por haber sido la madre de gran poeta renacentista inglés (equivalente en importancia a Garcilaso), Sir Philip Sydney.
Robert Dudley creció en los alrededores de la ciudad de Londres y en su casa natal de Sussex. Su relación con la que después sería la reina Elizabeth data de su infancia: la conoció cuando ambos tenían 8 ó 9 años y compartían los estudios en el palacio real. Se hicieron muy amigos, esta amistad duraría toda su vida. Robert era tan inteligente como Elizabeth, aunque no le interesaban los clásicos, como a ella. Fue educado por John Dee, igual que todos sus hermanos. Y gustaba sobre todo de las matemáticas, la astronomía y el cálculo. Era un gran jinete (Elizabeth también era una amazona notable) y un atleta sobresaliente.
Ya desde entonces, según comentó él alguna vez, Elizabeth decía ‘que jamás contraería matrimonio’. La trágica muerte de su madre, Ana Bolena, probablemente la apartó para siempre del sacramento que tan caro le costó a su progenitora.
En junio de 1550, cuando tenía 18 años, Dudley casó con Amy Robsart, hija y heredera de un caballero de Suffolk que le aportó numerosas propiedades en Norfolk. Siendo el quinto hijo, un matrimonio con una heredera era algo muy deseable, puesto que él no iba a heredar títulos o propiedades de su padre. A su boda asistieron tanto Edward VI como la princesa Elizabeth. La propiedad de Norfolk también le llevó a la Cámara de los Comunes. Un año más tarde, pasó a la Cámara de los Lores, en donde intervino en varios asuntos referidos a otros nobles, a pesar de su juventud.
Cuando Robert cumpió 19 años, su padre le hizo entrar en el Consejo privado del joven rey Edward VI.
Poco antes de la muerte de Edward VI, a Dudley se le concedieron tierras en Northamptonshire y Leicestershire. Claramente, Northumberland esperaba que Robert levantase a sus vasallos en favor de la subida al trono de Jane Grey, que era su nuera, en contra de la legítima heredera del trono, Mary Tudor, conocida después como Bloody Mary, hija mayor de Enrique VIII, de su primer matrimonio con Catalina de Aragón.
En julio de 1553, el Consejo privado ordenó la aprehensión de John Dudley (Northumberland) y de sus seguidores y fue llevado a la Torre de Londres. En 1554 se declaró culpable de traición ante el jurado de la ciudad de Londres y fue sentenciado a muerte y ejecutado.
Robert fue hecho prisionero junto con su padre y sus hermanos en la Torre de Londres. A la sazón, ahí estaba presa también Elizabeth, manchada por sospechas de complicidad con la rebelión de Thomas Wyatt en contra (también) de su hermana Mary. La leyenda dice que fue ahí donde surgió el amor entre Robert y Elizabeth.
John Dudley, padre de Robert, fue ejecutado y también lo fue su hermano menor Guildford, casado con Jane Grey, quien también fue ajusticiada. Ambos jóvenes fueron víctimas e instrumentos de la ambición de Northumberland, el padre de Robin.
La reina Mary no quiso mancharse más de sangre, que adivinaba inocente, y habiendo desaparecido la amenaza principal a su trono en las figuras de Lady Jane Grey y de dos Dudleys, dejó en libertad al resto de los hermanos en octubre de 1555 y los perdonó poco después.
El hermano mayor de Robert, John, murió poco después. Los tres hermanos restantes, Ambrose, Robert y Henry pasaron a formar parte del séquito inglés del rey Felipe II, a la sazón en Inglaterra como marido (desgraciado) de Mary Tudor.
En 1557, los tres pasaron a luchar con las tropas de Felipe en San Quintín, obteniendo a cambio la devolución de sus propiedades familiares, que habían sido incautadas por la reina con el asunto de Lady Jane. En San Quintín murió Henry Dudley. Robert volvió a Inglaterra como mensajero de Felipe. Sus servicios fueron recompensados ampliamente, pues le fueron devueltos todos sus privilegios a él y a sus hermanos y hermanas en 1558.
Por esta época, parece que Robert tuvo que vender algunas propiedades para auxiliar a su amiga Elizabeth, que tenía dificultades económicas, pues su hermana Mary se sentía celosa de ella, y molesta por su obstinada lealtad a la fe protestante. Elizabeth nunca olvidó ese gesto de lealtad de Robert.
Poco después murió Mary y Elizabeth, en 1558, por fin accedió al trono de Inglaterra.
De inmediato, Dudley fue nombrado ‘Master of the Horse’, un cargo que le aseguraba pingües ingresos y presencia en la corte. Organizaba las apariciones públicas y las diversiones de la reina: él también amaba la música, los bailes, el teatro y la música. Todos comprendieron la preeminencia del favorito de Elizabeth. Situación que duró, con intermitencias, 30 años. Se rumoreaba que había intimidad entre ellos, pero nunca se supo el grado…Ella le permitía entrar en sus habitaciones a cualquier hora, pero vigilaba, porque no era una mujer imprudente.
Dudley era el hombre más odiado de Inglaterra. Era arrogante y poderoso, dispendioso y a menudo fanfarrón. Pero ella le adoraba y no podía pasar sin él. Por su parte, es evidente que él, más allá de su ambición – lógica- por hacerse con la mano de Elizabeth y el reino-, la quería sinceramente.
La muerte de Amy Robsart iba a ser el obstáculo mayor para su improbable matrimonio. La mujer de Dudley fue encontrada con el cuello roto al pie de la escalera de su casa de Oxfordshire, en un día en que los sirvientes no estaban. Dudley tampoco, pero aún así, se rumoreó que había sido un asesinato. Hubo una pesquisa y él resultó inocente, pero Elizabeth no podía ya casarse con él, de haberlo deseado (cosa que dudo). A no ser que hubiese aceptado pasar a la historia como posible cómplice de un asesinato. Probablemente fue una caída accidental, debido a una fractura espontánea de huesos, ya que Amy padecía un cáncer de pecho muy avanzado. En todo caso, él no salió indemne del suceso a pesar del veredicto de inocencia. Robert esperó inútilmente que Elizabeth aceptase casarse con él, hasta 1578, en que por fin, se casó secretamente con Lettyce Knollys, prima de Elizabeth y madre de Robert Deveraux.
Mientras tanto, Robert fue nombrado miembro del Consejo Privado de la reina en 1762, y recibió los títulos de barón de Denbigh y conde de Leicester. Tuvo un hijo con Lady Douglas Sheffield (ella alegó que habían contraído secreto matrimonio, pero no le fue reconocido, aunque sí el hijo, también llamado Robert, único descendiente varón de Dudley) . En 1578, Dudley casó secretamente como hemos dicho, con Lettyce, con quien tuvo dos hijos varones, ambos muertos: el primero poco después de nacido, el segundo, a los 4 años de edad. Su muerte causó a Dudley el más atroz de los sufrimientos: sabía que su descendencia y su nombre se perdían con él.
En 1585, la reina le nombró Comandante de su ejército en Flandes. La región se rebelaba contra España y los ingleses se aliaron con los holandeses. No tuvo mucho éxito y gastó enormes sumas de dinero. La ambición sin límites le llevó a actuar casi como un virrey y a crear una falsa corte, con Lettyce como ‘virreina’, lo que enojó especialmente a Elizabeth. En 1588, Robert acompañó a Elizabeth a Tilbury, ocasión que recogen todas las crónicas, cuando la Armada Invencible amenazaba las costas inglesas. Fue en esa ocasión memorable cuando estuvieron juntos por última vez.
Dudley padecía cáncer de estómago y ya estaba muy débil. De camino para tomar las aguas, murió en su casa de Oxfordshire en septiembre de 1588 y fue inhumado en la capilla de Beauchamp de la iglesia de Saint Mary, en Warwick.
Elizabeth siempre conservó sus cartas como si fueran un tesoro. Al saber que había muerto, se encerró en su habitación, presa del dolor y del pánico. Estuvo encerrada tres días. Le sobrevivió 15 años. El hijastro de Dudley, Robert Deveraux, Lord Essex, nunca fue tan amado, nunca mereció, como su padrastro, la confianza de Elizabeth.

He traducido y adaptado de aquí. Las imágenes proceden de la misma fuente.

 

 

 

 

 

 

Profundo Carmesí, de Arturo Ripstein

Profundo Carmesí, de Arturo Ripstein

En realidad, me había propuesto hablar de Pialat nuevamente (quería escribir sobre L’enfance nue), pero la reseña sobre la novela de Carlos Fuentes me llevó inesperadamente a revisar la que para mí es la mejor película de Arturo Ripstein, Profundo Carmesí por una asociación de ideas muy lógica. Al hablar de Carlos Fuentes hablé de Rita Macedo, y al hacerlo, cité su magnífica actuación en una obra juvenil de Ripstein: El Castillo de la Pureza; de ahí salté a reflexionar sobre la poética del cine ripsteniano, tomando como ejemplo esta película descarnada e intensa, cuyas virtudes son paradigmáticas dentro del universo de este autor.

De nuevo en tandem con su esposa y guionista, Paz Alicia Garciadiego, Ripstein reelabora aquí una historia real ocurrida en los Estados Unidos que ya había sido filmada por Leonard Kastele en The Honeymoon Killers en 1970. Curiosamente, François Truffaut la cita como su película americana favorita. Salma Hayek se metió también en el papel de la verdadera protagonista de esta historia, Martha Beck, en Lonely Hearts, dirigida en este 2006 por Todd Robinson.

Los verdaderos protagonistas murieron en la silla eléctrica en la prisión de Sing-Sing, en 1951: habían sido acusados de 17 asesinatos, aunque sus víctimas llegaban al centenar.
Aquí, el desenlace se mexicaniza y los asesinos son ajusticiados con la famosa ‘ley fuga’ en medio del desierto sonorense, en un plano secuencia largo y esperpético, en el que Coral murmura a su amado Nico : ‘Hoy es el día más feliz de mi vida’ antes de caer fulminada por los disparos.
A medio camino entre el esperpento y el melodrama, el cine de Ripstein se nutre de estos temas: crimen, miseria, amor desesperado. La muerte ronda siempre a sus protagonistas: es un personaje más. La historia de Coral y Nico (de Raymond y de Martha) le viene como anillo al dedo. El bolero que podría haber sido leit-motif de esta película se convierte en vals en esta obra, gracias a un tema hermoso de David Mansfield (la música del film ganó también en Venecia, donde Profundo Carmesí consiguió tres galardones).

La interpretación es ejemplar. No es novedad en cuanto a Daniel Jiménez Cacho (Cronos, Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, Celos), uno de los grandes actores mexicanos, ni por lo que toca a Marisa Paredes, excelente como la viuda beata que sucumbe a los encantos del engañador; aparece brevemente la gran Patricia Reyes Spíndola, actriz fetiche de Ripstein (La reina de la noche, Así es la vida, La virgen de la lujuria, El coronel no tiene quien le escriba, El Evangelio de las maravillas, para sólo citar las obras de Ripstein en las que aparece); sobresale también Rosa Furman, en un breve pero contundente papel, y sobre todo Regina Orozco, (cantante de ópera y vodevil mexicano), estupenda como la enfermera Coral (verdadero ángel de la muerte), a quien dota de humanidad, locura y pasión verosímiles: decidida y sangrante en su amor incondicional.

Los largos plano-secuencias característicos de Ripstein dan a la obra su ritmo ceremonial. El rito del amor convertido en sangre, en crimen, en huida y en redención. Es un tema vampírico: la sangre que alimenta el amor y la necesidad mutua de dependencia, de complicidad más allá de toda regla humana.

Desgraciadamente no está disponible en DVD.


Profundo carmesí (México-España-Francia, 1996):Dirección: Arturo Ripstein, Asistentes de Dirección: Iván Ávila y Edmundo Díaz, Producción: Pablo Barbachano y Miguel Necoechea [México]; José María Morales [España]; Marin Karmitz [Francia]; productora ejecutiva: Tita Lombardo; administrador de la producción: Puy Oria. Guión: Paz Alicia Garciadiego, Fotografía: Guillermo Granillo, Diseño de Producción: Mónica Chirinos, Marisa Pecanins, Macarena Folache y Patricia Nava; decorados: Antonio Muño-Hierro, Vestuario: Mónica Neumaier, Edición: Rafael Castanedo, Sonido: Antonio Betancourt, Gabriel Romo, Carlos Faruelo y Eduardo Valverde ,Música: David Mansfield ,Reparto: Daniel Giménez Cacho, Regina Orozco, Marisa Paredes,Verónica Merchant, Julieta Egurrola, Patricia Reyes Spíndola, Rosa Furman.

Pascal Quignard o la pureza del lenguaje

Pascal Quignard o la pureza del lenguaje

Cuando un escritor me gusta, igual que cuando me gusta un cineasta, procuro conocerle a fondo; seguirle, en la medida de mis fuerzas, para comprenderle, para disfrutar con él, para crecer por dentro. Todo crecimiento requiere su luz y su tiempo.

Eso me ha sucedido con mi tardío encuentro con Pascal Quignard. Francia nos ha dado grandes escritores, novelistas, poetas, pero también en español existen esas razas. Lo que no tenemos es un escritor-escritor. Uno que escribe sin importar el género, en una mezcla de narración, ensayo y poesía o incluso yendo más allá, internándose en el mito, en el misterio profundo guardado bajo cientos, bajo miles de palabras. No tenemos un Foucault ni un Quignard, a pesar de los esfuerzos de Francisco Umbral o de Octavio Paz. No sé si es una cosa que podríamos llamar génética: si esto se explica porque no tuvimos antes Madames de Savigné o Montesquieus, ni siquiera Bossuets. O si es que en el interior de las  lenguas existe eso que se denomina ADN en los humanos, que determina si la columna vertebral de una lengua será reflexiva o lúdica, lenta y referencial o rápida y bulliciosa, o si será filosófica, conceptista; si en ella existen o no los gérmenes de la búsqueda, probablemente bizantina, de la verdad. La limpia sintaxis francesa, la elegancia imponderable del discurso en esa lengua, la propia importancia del discurso en francés me hacen pensar que algo hay de eso. Algo hay en esas cláusulas francesas que no encontramos en español, algo que no puedo definir pero que siento. Cadencias, colores, interrogaciones, tempos. la lengua francesa tiene tempos muy largos, frases que se entrelazan vívidamente, que se entrelazan sin perder el hilo de Ariadna. Que no suenan a tercetos encadenados. Qué placer, la lectura. Qué lentitud nos pide esa lectura. Qué lentitud de la palabra dicha, qué lentitud de la palabra leída: pensamiento que se detiene: reflexión, indagación, buceo.
La estructura del discurso de Quignard es versicular. Pensamientos que él llama tratados. Fragmentación que requiere que de nuestro ser interior surja la columna vertebral que los una:la reflexión vertebradora es nuestra. Como en la poesía, sólo se le puede citar literalmente: letra por letra.
Sólo se le puede leer si uno también se siente fuera del mundo, en el mundo de la letra, es decir, en el pensamiento vivo.
Y ese pensamiento es silencioso. La paradoja es sacra. Palabra y silencio. La antinomia únicamente humana.
Sólo se le puede leer cuando se lleva, desde el nacimiento, la nostalgia del mundo prenatal: del mundo originario, de sonidos y de sensaciones no dichas. Nostalgia que nos viene de lejos, tal vez de generaciones anteriores, en la que algún antepasado pronunció una palabra, tuvo un pensamiento que traspasó, sin ser dicho nunca, nuestro mundo inmerso en la placenta. Que no se borró en el trance del parto, que nos acompañó más allá de la herida genital de nuestra madre, al darnos la luz, al darnos a luz. Esa nostalgia silenciosa es la certeza que jamás tendremos sobre nuestra existencia como especie. Una certidumbre de la que carecemos los que buscamos la letra, la literatura. Esa inquietud que nos traspasa y que nos impide ser como los demás, que nos aparta, que nos ha apartado siempre, del mundo de los vivos.

Guitarreando

Guitarreando

Anoche nos la pasamos cantando rancheras y similares ’a la De Lille’. Mi hija mayor aportó esta canción de Víctor Iturbe, que espero que les parezca tan divertida como a mi familia:



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'De librorum delectu', de Pascal Quignard

'De librorum delectu', de Pascal Quignard

* La lectura sirve para hacer resurgir a aquellos que fueron. Sirve para aproximar lo que no está. Sirve para llamar a quienes están sin voz. Por la lectura sombras y silencios se encuentran. Sirve para que ellas participen en la existencia que los vivos llevan. Como aquellos que viven cerca de nosotros, como aquellos a quienes hemos amado, como aquellos cuyos libros nos conservan los nombres. La lectura de este modo sirve para incluirnos en esa “nada”. Sirve para apropiarnos de quienes ya no son, de ese defecto de aquellos que nos hicieron entre sus piernas, y de ese vacío en nosotros que les corresponde en el acto.

¿El objeto que el escritor hace poco a poco es el mismo que el lector tiene en sus manos? El escritor trabaja en un texto. El lector lee un libro. Una metamorfosis se presenta entre una faz imaginaria y siempre panorámica y un volumen de páginas distintas y no yuxtapuestas. La consagración de la escritura no equivale a la actualización de la lectura. El latín es más preciso. El scriptum se hace liber y un liber se hace lectura. Pero la lectio (que es la enunciación del libro, y éste está en las manos del lector) es una actualidad física, una materialización, un intercambio y una solidaridad violenta, más o menos fácil, que suscita una significación que no preexiste en el “texto” o en la página imaginaria. Es una tensión entre un objeto del cual un cuerpo se ha suprimido y un objeto del cual un cuerpo añade su existencia, la singularidad de su deseo, los medios de su pensamiento, y los sedimentos de su memoria.

Sin duda hay una especie de “lectura que gobierna el texto”, una suerte de “tipografía”, de temporalidad y de espaciamiento que domina la página manual, un fantasma de volumen mudo e inacabado que somete, para quien escribe, el trabajo vivo y cotidiano.

Pero esta misma anticipación no es simétrica. El lector que toma un libro está en la incapacidad de presentir la metamorfosis que le ha otorgado luz (el transporte de la incertidumbre textual y manual en su nitidez tipográfica y física). El lector se desliza de entrada en esta forma que lo domina, que mueve y ritma su mirada, que siente su percepción no sinóptica y lo soborna. Sin duda él puede evocar al que escribió, preguntarse por lo que éste pretendía hacer, etc., pero sólo el liber, el opus es interrogado, y en rigor el scirptum: no la scriptio, no la contingencia y la quimera de la operatio. (Menos aún: pues a pesar de que no tenga la posibilidad, el lector que se prende de un libro no alimenta sin duda el deseo de tocar lo arbitrario de donde éste procede.

Pero estas dos asimetrías son en verdad más o menos indistintas.

*
Esta no coincidencia de la naturaleza del libro (para el autor y el lector), si excluye una definición general, se conforma al mismo tiempo a una función simple, acentúa el interés que nace de la metamorfosis, provoca el enigma que ella propone, desampara en la autonomía particular (dos veces heterónomo en este caso) que de ello resulta, hace surgir de repente la locura que se apodera de algunos hombres.

Plus: Quignard al piano y leyéndose.

 

Nosotros no envejeceremos juntos, de Maurice Pialat

Nosotros no envejeceremos juntos, de Maurice Pialat

Este segundo largometraje de Pialat (1972) es una obra autobiográfica. Merlène Jobert cuenta, en una entrevista que aparece en los extras, que Pialat deseaba que ella usase un bikini exactamente igual que el que tenía ‘su’ Catherine y que lo que Pialat contaba en la película era la crónica desgarrada de la desintegración de su pareja. Así pues, el personaje de Jean, que con el acierto de siempre encarna el gran actor francés Jean Yanne, es un alter ego de Pialat.

Jean es un cineasta, casado con Françoise, con quien mantiene una relación fraternal y átipica, pues en los momentos en que ella no viaja por Rusia comparten piso, si bien no cama.

Su relación con Catherine dura ya seis años. Y con ella, Jean se comporta de manera dictatorial y caprichosa, cruel, a menudo violenta, alternando estos momentos de odio con otros de cierta ternura, de leves arrepentimientos,  y sobre todo, de dependencia.

Catherine, por su parte, acepta con pasmosa naturalidad este errático comportamiento, hasta que finalmente su amor comienza a desaparecer.

La poética de esta obra de Pialat se basa en dos recursos: la reiteración de los episodios de violencia y rechazo, por un lado, y la repetición de los episodios de reconciliación y el realismo y la naturalidad con el que se contemplan y transmiten. La película es una película en carne viva, que relata la peripecia amorosa de un hombre que no se gusta a sí mismo, que se condena al desamor por no saber cómo amar.

Es una película desgarrada y extraña cuya fascinación radica precisamente en la aversión que el personaje de Jean nos provoca, y en la incredulidad que la actitud de Catherine nos despierta.

Sin ser una película excepcional, sí es un obra reveladora y franca sobre esos momentos de destrucción de la pareja que todos hemos vivido alguna vez: una crónica veraz sobre la lenta, desesperante, interminable agonía de un amor.   

Nosotros no envejeceremos juntos (1972) Dirección, producción, guión y diálogos a partir de su novela homónima (éditions Galliéra): Maurice Pialat ·  Productor asociado: Jacques Dorfmann · Fotografía: Luciano Tovoli · Sonido: Claude Jauvert · Montaje: Arlette Langmann · Reparto: Marlène Jobert, Jean Yanne, Patricia Pierangeli, Christine Fabréga, Jacques Galland, Harry-Max, Maurice Risch, Muse Dalbray y Macha Méril.

 

Carlos Fuentes, Diana o la cazadora solitaria

Carlos Fuentes, Diana o la cazadora solitaria

Hace décadas que la creación novelística de Carlos Fuentes me resulta decepcionante. Cuando lo comencé a leer, yo tenía 18 ó 19 años. Me inicié con esos relatos magistrales de Aura o La muñeca reina, y después me interné en aquel universo culto, vertiginoso y especial que creó desde su primera novela:   Los días enmascarados, La región más transparente,  Las buenas conciencias, La muerte de Artemio Cruz, Cantar de ciegos o Cambio de piel (mi preferida).

Creo que su decadencia comenzó cuando publicó Zona sagrada en 1967, una novela muy parecida a ésta, Diana o la cazadora solitaria, A partir de entonces, Fuentes ha incursionado con varia fortuna en el ensayo (es notable para mí su Tiempo mexicano ( 1971) , y se ha convertido en un intelectual tal como se entiende esa palabra en América Latina. Un  hombre comprometido, lúcido en lo político y en lo ético, con una prosa excelente, una gran capacidad de análisis, pero ya sin magia, sin esa magia que elevaba sus creaciones iniciales. Sus primeras novelas nada tienen que ver con las publicadas después de los setenta. 

La verdad es que yo estaba en medio de una crisis de creación que yo mismo aún no medía. Mis primeras novelas tuvieron éxito  porque un público lector nuevo en México se reconoció (o todavía mejor, se desconoció) en ellas, dijo así somos o así no somos, pero en todo caso, les dio una respuesta interesada, y a veces hasta apasionada, a tres o cuatro libros míos, que eran vistos como puente entre un país convulso, mustio, rural, encerrado, y una nueva sociedad urbana, abierta y acaso demasiado abúlica (…) No quise repetir el éxito de esas novelas. Acaso me equivoqué en buscar mi nueva fraternidad sólo en la forma, divorciándome de la materia. El hecho es que un día llegué al agotamiento palpable entre el fondo vital y la expresión literaria. (p.63). 

En cuanto a las novelas posteriores, Terra Nostra (1975), La cabeza de la hidra (1978), Gringo viejo ( 1985), Cristóbal Nonato (1987), Instinto de Inez (2001), La silla del águila (2003) o Inquieta compañía (2004),  me han parecido obras fallidas. A menudo su escritura se me ha vuelto aburrida, farragosa, superficial o prescindible.

Y sin embargo, le sigo leyendo. ¿Y por qué? Quizá porque sigo buscando aquel don primero, aquella fascinación, aquel placer de tardes de lectura en el Parque Hundido, entre el reloj floral y el exhibicionista de la Avenida de los Insurgentes; tardes de la colonia Florida, cuando yo era poco más que una adolescente ávida de palabras, aventurera de lecturas interminables.  

La naturaleza muere pero sus nombres son idénticos. La flor, el pájaro, el río, el árbol, la cosecha, tienen siempre el nombre de la rosa y el colibrí, el Nilo y el pirul, el trigo. Su muerte, su paso, no cambia sus nombres (Cambio de piel). 

Así que después de un tiempo sin leer a Fuentes, y habiendo visto hace poco la Santa Juana  de Otto Preminger con Jean Seberg por enésima vez, decidí adentrarme en esta novela, más autobiográfica que lo que suele serlo cualquier novela, pues está basada en la historia de amor y de pasión que mantuvo Fuentes con Seberg en los años 69/70.

La obra está escrita en primera persona: son unas memorias de aquellos días, de aquellas semanas, de aquellos dos meses en que Fuentes y Seberg se amaron y se dejaron de amar.

La historia de la creación de una pareja y de su posterior disolución es universal, pero es siempre distinta, siempre íntima. Hacerla pública le confiere una categoría ficcional a lo vivido, le confiere un análisis que no lleva en sí ninguna relación, que por naturaleza es pasional, es irracional y no meditada: es absurda, siempre. Pero después, ay, sí, después, cuando esa relación es vertida en palabras, entonces se ve, se ve verdaderamente  lo que fue, y más todavía, lo que significó. Escribir lo vivido permite también ponerlo en contexto. Toda vida transcurre dentro de una coordenadas políticas, económicas, sociales, pero mientras es vivida estas redes no se ven. Es cuando volvemos la vista atrás, cuando ponemos eso vivido en palabras, cuando reflexionamos y pensamos sobre ello, que nos damos cuenta de cuánto influyó en nosotros ese contexto inevitable. Al mismo tiempo, todo cuanto escribimos, de modo radical, ya no late. 

Diana la cazadora solitaria. Esta narración lastrada por las pasiones del tiempo se derrota a sí misma porque jamás alcanza la perfección ideal de lo que se puede imaginar. Ni la desea, porque si la palabra y la realidad se identificasen, el mundo se acabaría, el universo ya no sería perfectible simplemente porque sería perfecto. La literatura es una herida por donde mana el indispensable divorcio entre las palabras y las cosas. Toda la sangre se nos puede ir por ese hoyo. (p.16). 

La figura de Seberg-Soren  se recorta así en un primer plano en que resaltan su pureza de muchacha de Iowa que salta a la fama de un día para otro, tras su elección como Doncella de Orleáns en el film ya citado; su inconsciente y candorosa posición política, sus relaciones con los grupos de los Panteras Negras, su matrimonio abierto con un escritor e intelectual francés, su incómoda posición frente al cine de Hollywood y la persecución de que fue objeto por parte de FBI y CIA. El discurso político de Fuentes entra en todos los ámbitos de esta narración: la sustenta. La poderosa fuerza destructora de ese imperio represivo e intrusivo se hace visible en todo: no sólo en la persecución de Diana, también en otros ámbitos, impregnándolo todo, manchándolo todo.  

Ella, todos los años regresaba a su pueblo en Iowa a conmemorar el Día de Acción de Gracias, ese Thanksgiving que sólo los gringos celebran. Les recuerda su inocencia: eso es lo que de verdad celebran. Evocan el año cumplido por los fundadores puritanos (…) Yo los llamo, para hilaridad de algunos amigos los primeros espaldas mojadas de los Estados Unidos. ¿Dónde estaban sus visas, sus tarjetas verdes? Los puritanos eran trabajadores inmigrantes, igualito que los mexicanos que hoy cruzan la frontera sur de los Estados Unidos  en busca de trabajo y son recibidos, a veces, a palos y a balazos.  ¿Por qué? Porque invaden con su lengua, su comida,  su religión, sus brazos, sus sexos un espacio reservado para la civilización blanca. Son los salvajes que vuelven. En cambio, los blancos gozan de la buena conciencia del civilizador. Roban tierras,  asesinan indios, decretan la separación sexual, impiden el mestizaje, imponen una intolerancia peor que la que dejaron atrás, cazan brujas imaginarias y son, sin embargo, los símbolos de la inocencia y de la abundancia. (p. 91).   

El interludio mexicano de Jean Seberg es breve pero no ya anecdótico, puesto que ha sido rescatado por la literatura y ha sido completado su retrato con el retrato de su nación y de su tiempo. Fuentes también se retrata a sí mismo y no es autocomplaciente. Se nos muestra soberbio, pero también consciente de sus fallos, de la pérdida del don mágico de la escritura, consciente de que su matrimonio con Luisa Guzmán (en la realidad Rita Macedo, una excelente actriz que podemos ver en películas de la etapa mexicana de Buñuel, como Nazarín, o en otras de Ripstein como El Castillo de la Pureza)  ha fallado ya, a pesar de los esfuerzos de ella. Fuentes nos cuenta con franqueza su donjuanismo, su esnobismo, su persistente lucha contra y por las palabras…  

Mínimo Don Juan cuarentón de la noche mexicana yo aspiraba como hombre a este poder de metamorfosis y movimiento, pero sobre todo lo deseaba como escritor. Amando o escribiendo, nada es más excitante o más bello que reconocer  la resietncia mutua entre el poder que ejercemos sobre un semejante y el poder que el otro –hombre o mujer- ejerce sobre nosotros (…) Este es el terreno común del sexo y la literatura. Pasa un ángel con alas de ceniza. (p.22).  

El matrimonio de Fuentes y Macedo es otra relación que se deshace, al mismo tiempo que se deshace el breve encuentro con Seberg. Todo se desvanece en esta novela: los  yo de Fuentes y de Seberg, sus matrimonios, su relación con el cine (en el caso de ella) y con la literatura (en el de él). Todo está en crisis y en proceso de destrucción. El mundo también se deshace en medio de la corrupción, de la suciedad de los agentes secretos de la CIA o el FBI empeñados en el fútil intento de destruir a una actricita de Iowa. 

Me crucé con ella una noche en un restaurante de París a finales de los setenta. Me sonrió fijamente pero no me reconoció. Era como una muerta a la que no le cerraron los ojos. Una sonrisa sin destinatario. El desfase de la mirada. Una zombi de carnes hinchadas. Una carne miserable. Una belleza mal nutrida. (p.219).  

Sin embargo, él seguirá escribiendo tras esa tormenta, mientras que ella, más frágil, más sola,  también más implicada en la política aunque sea de manera un tanto irresponsable, irá cayendo hasta llegar al momento de la muerte. Drogas, cirugía plástica, tristeza, depresión, la muerte de un hijo recién nacido…todo la lleva hasta su destrucción como ser humano, pero no como actriz ni como musa. Al menos dos obras, aparte de sus films, sobrevivieron a su caída: Diana o la cazadora solitaria, y Lágrimas negras, la obra póstuma de Ricardo Franco.

Recuerdo y escribo para recordar el momento en que ella siempre sería como fue, esa noche, conmigo. (p.12).  

Carlos Fuentes, Diana o la cazadora solitaria, Madrid, Punto de lectura, 2006 (14ª edición).