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Werner Herzog y Carlos Saura con Lope de Aguirre

Werner  Herzog y Carlos Saura con Lope de Aguirre

“Aguirre” no es la película más lograda de Herzog, pero tiene algunas escenas magníficas, como las del inicio, cuando la fila de hombres como hormigas van bajando de esas alturas (de Macchu Picchu, como diría Neruda), internándose en esa vastedad que luego veremos que va a tragárselos, y el plano se hace medio y aparecen ya los indios, los españoles y las llamas, y cae una de las cargas y se destroza, como alegoría o premonición de la destrucción que les espera en esa inmensidad inabarcable e indomable. Ahí pienso yo que Herzog establece el “tema” de la obra. También es precioso (y muy famoso), el travelling circular del final con la balsa infestada de monos, cuando ya todo acaba y es pura miseria, hambre, muerte, sangre y río.
En cuanto a Aguirre, era un hombre pequeño y estaba cojo de la pierna derecha porque había recibido dos disparos de arcabuz y los cronistas hablan de su mirada de loco y de que padecía insomnio: no dormía porque temía ser asesinado. Antes de ese viaje ya había matado muchos españoles, oidores, gobernadores, frailes y soldados. Y él mismo, cuando se llama “Ira de Dios”, o “Traidor” en la famosa carta que escribe a Felipe II, establece su identidad sanguinaria. Creo que fue Unamuno (pero no estoy segura), quien le llamó “hermano de Macbeth”.
La película de Saura es complementaria de ésta. A mí me gusta mucho Omero Antonutti. Saura tiene una visión más política. Y Herzog se preocupa por dar una visión ontológica, se preocupa más por la locura de estos hombres que piensan que conquistan esa vastedad territorial cuando en realidad están siendo absorbidos y vampirizados por ella. Creo que lo que importa a Herzog es mostrar esa pretensión de dominio del medio que no puede cumplirse y que acaba con el conquistador, después de que él haya acabado con los otros.

"Fue hombre de casi cincuenta años, muy pequeño de cuerpo y poca persona; mal agestado, tullido en la guerra del Pirú, la cara pequeña y chupada; los ojos que si miraban de hito le estaban bullendo en el casco, especial cuando estaba enojado... Fue gran sufridor de trabajos, especialmente del sueño, que en todo el tiempo de su tiranía pocas veces le vieron dormir, si no era algún rato del día, que siempre le hallaban velando. Caminaba mucho a pie y cargado con mucho peso; sufría continuamente muchas armas a cuestas; muchas veces andaba con dos cotas bien pesadas, y espada y daga y celada de acero, y su arcabuz o lanza en la mano; otras veces un peto."

La educación en España de 1960 hasta hoy

La educación en España de 1960  hasta hoy

“a).- 1960 (enseñanza tradicional)

Un campesino vende un saco de patatas por 1.000 ptas. Sus gastos de producción se llevan a 4/5 del precio de la venta.

¿Cuál es su beneficio?

b).- 1970 (enseñanza tradicional)

Un campesino vende un saco de patatas por 1.000 ptas. Sus gastos de producción se elevan a 4/5 del precio de venta, esto es, a 800 ptas.

¿Cuál es su beneficio?

c).- 1980 (enseñanza moderna)

Un campesino cambia un conjunto P de patatas por un conjunto M de monedas. El cardinal del conjunto M es igual a 1.000 ptas. Y cada elemento vale 1 Pta. Dibuja mil puntos gordos que representen los elementos del conjunto M.

El conjunto F de los gastos de producción comprende 200 puntos gordos menos que el conjunto M. representa el conjunto F como subconjunto del conjunto M y da la respuesta a la cuestión siguiente:

¿Cuál es el cardinal del conjunto B de los beneficios? Dibuje B con color rojo.

d).- L.O.G.S.E.

Un agricultor vende un saco de patatas por 1.000 ptas. Los gastos de producción se elevan a 800 Ptas. Y el beneficio es de 200 ptas.

Actividad: subraya la palabra ‘patata’ y discute sobre ella con tu compañero.

e).- La próxima reforma de ZP

El tío Ebaristo, lavriego burges latifundista espanyol i intermediario i catolico es un Kapitalista Kabron insolidario y centralista q saenriquecido con 200 pelas al bender espekulando un mogollón d patatas’.

Analiza el testo, vusca las faltas de sintaxis, dortografia, de puntuacion.

Si no las bes no t traumatices q no psa nda.

Envía unos sms a tus compis comentando los avusos antidemocraticos d Ebaristo i convocando una manifa espontanea n señal d protesta. Pásalo”.

Elegir un libro

Elegir un libro

Por Gabriela Zayas

Hace unos días, mi compañero de departamento, Gonzalo Tomás, hombre culto y muy discreto, me sugiró como quinta lectura del Bachillerato “La sombra del ciprés es alargada” de Miguel Delibes. Debió quedar atónito cuando e dije que no lo había leído y que es más, no sabía que era de Delibes.
Hace tiempo que asumí que a veces mis ignorancias son oceánicas. Es inevitable. Asumirlo es contrario a la costumbre. Pero yo no tengo complejos.
Lo que pasó me hizo pensar en que llega cierto punto en mi vida en que ya no me interesa tanto abarcar. Hubo una época enciclopédica, por así decirlo, en que intentaba leerlo todo. Pero la novela española de la posguerra nunca me ha atraído demasiado, ésa es la verdad. Mi exuberancia barroca, supongo. De hecho, de los españoles del XX prefiero a Unamuno, a pesar de su desnudez estilística, porque me sugiere mucho, pero no he leído toda su obra, auque lo he frecuentado bastante en varias etapas de mi vida sin que nunca consiga decepcionarme. De los posteriores, Delibes, Cela… prefiero a Torrente Ballester. Pero no soy entusiasta.
Siendo profe de Literatura española, esto puede resultar chocante. Pero nunca me he creído mucho lo de la partición y clasificación por naciones o lenguas. En el arte no hay fronteras. No veo por qué, existiendo un Paul Auster, tengamos que poner a leer a los niños a Delibes. Por supuesto, esto no se lo dije a mi docto compañero de departamento: no hubiera sido procedente.
De la literatura española, yo me quedo con el señor Garcilaso, con Aldana, con Herrera, con San Juan de la Cruz, con los sonetos filosóficos de Quevedo, con Sor Juana, pero en el XVII me quedo con Shakespeare a pesar de Lope o Calderón. Me quedo en el XVIII con Goethe, Swift, Defoe, Sterne; en el XIX con Poe, con Barrett-Browning, con Mary Shelley, con el propio Shelley, con Walter Scott, con las Brönte, con Dumas, con Flaubert, con Turgueniev, con Tolstoi, con Dostoievski, el gran Balzac. Y renuncio perfectamente a Larra, al duque de Rivas o a Enrique Gil y Carrasco ¡Dónde va a parar! Galdós es bueno, pero su lenguaje se ha quedado tan anticuado, que creo que solamente aguanta un poco. “La Regenta” de Clarín me sigue gustando, e incluso he pensado que sería bonito escribir algo sobre esas tres mujeres: Anita Ozores, Emma Bovary, Ana Karenina; puede que “Los pazos de Ulloa” de la condesa Pardo Bazán sobreviva en mis elecciones por su atrevido argumento, su crudeza y su descripción del mundo caciquil.
En la poesía, prefiero a Mallamé, a Nerval, a Baudelaire. No porque desprecie a Bécquer… bueno, de acuerdo, me quedo con Bécquer… aunque esté desplazado varias décadas atrás en tantas cosas…
En el XX…ya dije: Unamuno. Y luego salto hasta Cortázar, mi amado Cortázar. Sabato, Borges, Carpentier, Posse, La tregua de Benedetti y no su poesía, ¡ojo! Su poesía me tortura y me hace huir. Pero Steinbeck, Dos Passos, Faulkner, especialmente Las palmeras salvajes…oh, eso es delicia pura ¿Rulfo? Bueno, mejor el Fuentes de Cambio de piel, o el de Aura. García Márquez, Vargas Llosa en algunas obras, nada que ver con lo de España… no. En su tiempo, leí con gusto a Marsé, a Goytisolo…pero creo que ahora son muy difíciles de sobrellevar esas obras. Prefiero la lisa y pura prosa de Auster, para mí el autor más importante del XX. Fascinante.
También Bernhard, con ese discurso peculiar, obsesivo, paradójicamente silencioso es otro de mis elegidos, su hostilidad lúcida: una lección contemporánea. Kafka, especialmente El Castillo. Los relatos de Joyce, o su Retrato del artista adolescente.. Malraux, Gide… ah. Maravilloso. Cuento también a Foucault, maravilloso prosista. Y Samuel Beckett…oooooh, pura palabra dicha…pura dicha…
En fin, mi cultura literaria es ecléctica, como yo.
Elijo y no me intereso por lo que sé que no me interesa.
Ay, tendré que leer estas vacaciones La sombra del ciprés es alargada…
Ya os contaré.

"Los nuevos príncipes mendigos" o el problema del paro ya no tan juvenil

"Los nuevos príncipes mendigos" o el problema del paro ya no tan juvenil

Por Gabriela Zayas

Hace tiempo que vengo observando cómo algunos ya no tan jóvenes, especialmente hombres, dependen cada vez más de sus padres a edades ya muy tardías. Mis hijos o yo misma, y creo que la gran mayoría de la gente, comienzan, comenzamos a trabajar a los 19-20 años. Empezamos por cualquier cosa: trabajando de camareros/as, de repartidores de pizzas, de descargadores de camiones, de peones de albañil, de jardineros, generalmente los veranos o los fines de semana, para hacer un dinerillo. Nos acostumbramos, así, a trabajar y nos enteramos de lo que "vale un peine".
Pero cada vez más, hay un grupo de jóvenes licenciados, con una o dos carreras a sus espaldas, que no han trabajado nunca, que no trabajan, que continúan viviendo con sus padres, que se sienten molestos cuando se pronuncia la palabra "trabajo" e indignados si se menciona la frase "cualquier trabajo". Muchos son hijos de obreros. Sus madres son mujeres poco cultas, dedicadas desde siempre a las labores del hogar. Familias humildes que tienen un pisito de 90 metros, tal vez una casita en malas condiciones en el pueblo natal y un Seat Toledo de diez años de antigüedad. Los padres de estos príncipes modernos han terminado a duras penas la primaria y han comenzado a trabajar antes de los 14 años. Paradójicamente, sus hijos son aún más pobres, porque a los 25 ó 26 años aún no tienen nada. Todo proviene de los papás. Y esperan, un poco indolentemente ante la cerveza sabatina en el bar de su barrio, el partido de fútbol e internet, que algún magnífico trabajo caiga del cielo; un trabajo, naturalmente, a la altura de sus cualificaciones universitarias en carreras "de futuro" como audiovisuales, informática o telecos. Pero el gran trabajo no baja del cielo. Y nuestros príncipes mendigos languidecen, enfadados, pero eso sí, finos, muy finos, disfrutando la tortilla casera, la ropa planchada, la mesa puesta, la cama hecha por la mamá y padeciendo el áspero desprecio y el exiguo "donativo" forzoso del padre para que el "nene" salga con los amigos al menos dos veces por semana.
La película francesa "Tanguy" llevaba esta situación al límite del humor negro al contarnos la historia de dos padres -que como franceses ¡naturalmente! son cultivados- desesperados porque el hijo no quiere salir del nido. Y nos cuenta sus fallidos intentos y sus sucias triquiñuelas para librarse de su incómoda presencia en el hogar, hasta llegar a un intento de asesinato del "niño grande" que se ha convertido en un verdadero tormento. Un buen día consiguen para el nene un doctorado en China y se deshacen de él. Y es entonces cuando, conmovidos por la distancia, por fin pueden querer a su hijo, echarlo de menos.
No dudo que muchos padres españoles, si pudiesen prescindir de esa férrea dictadura impuesta por la moral judeo-cristiana, se sentirían perfectamente reflejados en estos padres franceses y desearían para sus cultos y preparados, improductivos príncipes mendigos, un doctorado en el culo del mundo para poder, por fin, comenzar a liberarse y volver a vivir sin esa piedra colgada al cuello, sin esa vergonzante presencia de niño-adulto-parásito en la sala de estar o frente a la pantalla del ordenador.

Vida y amores de los trovadores

Vida y amores de los trovadores

Martín de Riquer
Vidas y amores de los trovadores y sus damas.
Acantilado, 2004.

Por Gabriela Zayas

Tuve el placer de cursar estudios de Literatura Románica en la Universidad de Barcelona con este gigante de los estudios medievales. Su magisterio es reconocido en todo el mundo académico. El libro que ha publicado en Acantilado es un pequeño juguete delicioso. En él, Riquer nos ofrece el florilegio de las vidas y “razós”de los trovadores europeos conocidos: de Languedoc, Lemosín, Provenza, Cataluña, o Norte de Italia. Se trata de una antología de las noticias (a menudo entre el mito y la leyenda), que forjaron los propios contemporáneos de estos poetas medievales.
El mundo de la poesía medieval es siempre apasionante y además de literario, meta-literario. Las vidas (o las muertes) de estos hombres, dignas de ser leídas y disfrutadas por el lector actual.
Riquer se pasea por las fuentes que son, naturalmente, los diversos cancioneros, cuyas entradas estaban constituidas por estas breves biografías. Ellas ilustraban, de la misma manera que hoy día cualquier antología, los principales hechos de la vida de los poetas. Riquer señala que estos breves textitos dispersos son el germen de la primera historia de la literatura europea.
Quien haya disfrutado de las poesías de Arnaut Daniel o de Marcabrú, de Bernat de Born o Jaufré Raudal (mi preferido), disfrutará con la prosa de tales joyitas. Y quien no las haya leído y sienta la atracción del mundo aventurero de las cruzadas, del amor platónico o “amor de lejos”, de los torneos y las canciones amorosas o satíricas de los inicios de la lírica europea, no se sentirá defraudado.

Selecciono un fragmento de la hermosa historia de Raudel:

“Jaufré Raudel de Balia fue muy gentil hombre, príncipe de Valía. Y se enamoró de la condesa de Trípoli, sin verla, por el bien que oyó decir de ella a los peregrinos que volvían de Antioquía. E hizo de ella muchos versos con buen son y con buenas palabras. Y por deseo de verla se hizo cruzado, y se embarcó, y cayó enfermo en la nave y fue llevado a Trípoli, a un albergue, por muerto.
Ello se hizo saber a la condesa, y fue a él, a su lecho, y lo tomó en sus brazos. Y cuando él supo que era la condesa, al punto recobró el oído y el aliento, y alabó a Dios porque le había mantenido la vida hasta haberla visto; y así murió entre sis brazos” (p. 35).
El autor de la mejor edición de Tirant lo Blanc, el estudioso del mundo de los trovadores, de lass novelas de caballerías, el autor del mejr estudio escrito hasta nuestros días sobre los temas épicos medievales y de la literatura de Cervantes, recopila en este volumen una parte importante y desconocida de la historia de la literatura medieval, cuyo conocimiento nos faltaba.

Antonio Alatorre sobre Rulfo.

Antonio Alatorre sobre Rulfo.

Como he dicho antes, Antonio Alatorre posee una fina ironía. Me apetece colgar aquí un fragmento de un artículo suyo sobre Juan Rulfo y la invención de su personaje público, que se refiere concretamente a la influencia de Faulkner en su Pedro Páramo y a la estructura de la novela. Creo que es un fragmento interesantísimo, que posee la gracia, la agudeza y la precisión de la que siempre hace gala Antonio. He aquí el fragmento:

He dicho que Juan era lector de novelas norteamericanas, y esto me da pie para hablar de una mentira mucho menos trivial. Inmediatamente después de publicado Pedro Páramo en 1955, hubo críticos que detectaron en la novela -así como en varios de los cuentos, por ejemplo “Macario”- la huella inconfundible de William Faulkner. El primero que lo dijo en letras de imprenta parece haber sido Mario Benedetti en un artículo publicado en Marcha, de Montevideo, en noviembre del propio año de 1955. Y en 1956 defendió James Irby su tesis sobre La influencia de Faulkner en cuatro narradores hispanoamericanos, uno de ellos Juan Rulfo (Irby 132-163). No sé si Juan leyó esta tesis, pero sin duda supo de su existencia, pues la república literaria de México era pequeña en 1956. El caso es que el 15 de marzo de 1985, cuando se celebraban los treinta años de la primera edición de Pedro Páramo, Juan publicó en Excélsior unas declaraciones de tono solemne, especie de” last will and testament”, para dejar asentada la “verdad histórica” en cuanto al proceso de elaboración y las circunstancias de publicación de su muy aplaudida novela. No he vuelto a leerlas, pero tengo la impresión de que Juan las hizo sobre todo para negar, y muy categóricamente, cualquier huella faulkneriana en su obra: “Cuando escribí Pedro Páramo yo aún no leía a Faulkner”.Como antes dije, yo estudié en una orden religiosa, y de allí salí a los 20 años hecho un perfecto imbécil en cuestión de literatura, sobre todo la moderna. Mi introductor a la lengua española (García Lorca, Neruda, Gorostiza) y a la francesa (Claudel, Cocteau, Duhamel) fue Juan José Arreola. Y mi introductor a la norteamericana fue Juan Rulfo. Por él supe de la existencia de John dos Passos, de Willa Cather, de John Steinbeck, de Hemingway. Estuve varias veces en su casa, casa de gente acomodada; Juan tenía un buen tocadiscos, y música clásica (lujo inalcanzable para Arreola y para mí; y tenía, limpiamente ordenados en la estantería, muchos libros, de los cuales recuerdo en especial las novelas norteamericanas, en traducciones impresas en Buenos Aires y Santiago de Chile. Él trataba de contagiarme su enorme afición a esas novelas, pero yo, la verdad, bastante quehacer tenía con los contagios de Arreola. Como para facilitarme la entrada en ese mundo nuevo, Juan me prestó una novela sencilla, God’s little acre, de Erskine Caldwell (La chacrita de Dios, en la traducción argentina). Y, sobre todo, me puso por las nubes las novelas de Faulkner, que él estaba dispuesto a prestarme. El resultado fue que inmediatamente me eché a leer una de ellas, Santuario. Si en 1985 mi trato con Juan hubiera sido como el que tuvimos cuarenta años antes (creo que la última vez que lo vi fue a fines de 1981), le hubiera dicho: “Juan, ¿pero por qué dices eso, si tú y yo y Arreola sabemos que no es verdad?” Pero es claro que el Rulfo de 1985 no era el de 1945. Era otro. Y me doy esta explicación: consciente -y orgulloso- de la originalidad de Pedro Páramo, tan subrayada además por la crítica, Juan tiene que haber sentido que quienes hablaban de lo faulkneriano estaban achicando esa originalidad. Los hombres famosos suelen volverse muy susceptibles. La responsabilidad de esa flagrante mentira no recae sobre Juan, sino sobre su gigantesca fama. Y si en 1985 hubiera tenido un trato más o menos asiduo con él, también le hubiera dicho: “Puesto que el objeto de tus declaraciones es decir cómo se hizo Pedro Páramo, ¿por qué no mencionas la ayuda que te dio Arreola en un momento en que mucho la necesitabas?” En efecto, esta es otra mentira ex silentio, como la del paso por el seminario. He aquí mi testimonio: Una vez, pocos meses antes de que saliera Pedro Páramo a la luz, me contó Arreola, en esencia, lo siguiente: El otro día estuve en casa de Rulfo porque me pidió ayuda. Estaba en un atolladero, realmente angustiado por el plazo de entrega de su novela,y quería que le ayudara a hilvanar los pasajes que tiene escritos. Yo le dije: “Mira, tu novela es como es, hecha de fragmentos, y así funciona muy bien. El orden es lo de menos”. Entonces puse la mesa del comedor los distintos montoncitos de cuartillas, y comenzamos a acomodarlos mientras yo le decía esto aquí, esto quizá después, esto mejor hacia el comienzo. Tardamos varias horas, pero al final Juan estaba ya tranquilizado. Eso que me contó Arreola, y que resumo con la mayor honradez, se me quedó muy grabado por la sencilla razón de que yo tenía unas ganas enormes de leer la novela de Juan desde que me topé en la revista Universidad de México, en junio de 1954, con el maravilloso “Fragmento de la novela Los murmullos”. A fines de 1988, al recordar Arreola y yo este episodio en un diálogo público, durante el gran simposio rulfiano celebrado en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, él dijo (Homenaje 208-209) que fueron dos las sesiones, y añadió algo que yo no recordaba. Lo cito: “Mira, en realidad no nomás estaba hecho todo Pedro Páramo, sino que hubo Pedro Páramo de más, que no conocimos nunca. Cuando yo llegué, esa tarde, ya había un cesto con muchas cuartillas rotas y él estaba en trance de seguir rompiendo”. Arreola no lo dice expresamente, pero da a entender que él moderó esa furia destructora, tan de Rulfo. Y, como para quitarle trascendencia a su intervención, añade esto: “Yo creo que cualquiera que fuera el orden que se diera a los fragmentos, existiría Pedro Páramo igual, dejando sólo la parte final exacta como está” (o sea que allí no hubo problema alguno: el final fue siempre el final) ¿Por qué este espeso silencio de Rulfo? Seguramente, me digo yo, por la misma razón tan sin razón que lo llevó a negar la lectura de Faulkner. ¡La fama, la maldita fama! Todos los que han escrito sobre Pedro Páramo habrán estudiado, quién más, quién menos, la disposición del texto, la secuencia narrativa, las rupturas…, en una palabra, la estructura novelística. Y ciertamente hay abundante material de análisis, abundantes oportunidades para que los rulfistas se luzcan, sobre todo si poseen un buen bagaje de doctrinas “narratológicas”. Pero no sería superfluo para los rulfistas saber que, más que obediencia a un exquisito plan artístico que se hubiera trazado Rulfo, la estructura del Pedro Páramo que conocemos no es sino el resultado de las horas que empleó Arreola en sacar del atolladero a su amigo.

Constantino Cavafis

Constantino Cavafis

La ciudad
Dices: "Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
Y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo los ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí".
No hallarás otra tierra ni otro mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad es siempre la misma. Otra no busques -no la hay-
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.

La gente del Colemex

La gente del Colemex

Cuando ingresé en El Colegio de México para cursar el doctorado en Literatura Hispánica venía de Barcelona, de un tipo de educación académica muy distinta a la que enocntré ahí. Una de nuestras primeras clases fue con Antonio Alatorre. Yo ignoraba quién era él, aparte de traductor del "Erasmo en España". Me irritó y le respondí feo. A él le debí hacer gracia. Nos echó un anzuelo defendiendo a ultranza a Corín Tellado para indagar sobre el tema, tan sartreano, de "qué es la literatura". Yo piqué y me eché un "discursito", tal como me dijo él. Desde ahí yo le traté con distanciamiento y él me trató con sorna, pero con sorna cariñosa. Sus clases no eran serias y se traía a su psicoanalista. Nos contaba sus sueños. La verdad, no le encontré el chiste. Era la persona que más sabía de Siglo de Oro, pero no nos servía. Luego fui entendiendo su lección. Antonio no es un profesor, es un maestro, cosa bien distinta y mucho más distinguida y exótica y excepcional.
Aprendí a quererlo a regañadientes. Alto y feo, pero no desagradable, su ironía era de las finas. Al mismo tiempo, su discurso era sencillo y profundamente sabio. Pero no es un hombre sencillo. Es petulante porque sabe lo que sabe. Y no admite trucos ni trampas. Le choca el "bluff", tan mexicano. Y no pasa por complaciente.
Me relacioné con él al mismo tiempo que con Margit cuando ella no veía bien que uno simpatizara con los dos. Con ella tuve también mis más y mis menos, y la notaba muy rígida. También la quise y ella me impulsó a tomar aquel curso en el INAH sobre Literatura y antropología. Margit es muy dulce a la vez que muy exigente. Es completamente distinta de Antonio. Los quise a los dos.
La casa de Antonio está llena de juguetes mexicanos.
Me gustaría volver a verte, Antonio, y decirte que nunca llegué a ser una erudita, pero que sigo amando la literatura como el primer día.

Isadora Duncan y Sergéi Yesenin

Isadora Duncan y Sergéi Yesenin

“Isadora Duncan y Sergéi Yesenin”
Carola Stern
Muschnik editores.
Barcelona, 2001

Por Gabriela Zayas.
Fascinante historia de dos artistas revolucionarios: Isadora Duncan, la mítica creadora de la danza moderna (indispensable su autobiografía: “Mi Vida”), y el poeta ruso por excelencia Sergei Yesenin.
Por separado, la vida de Isadora ya es de por sí materia novelesca: su bohemia infancia y juventud, sus danzas semidesnuda y descalza, su sueño de reencarnar la naturaleza en el movimiento, su fe en el amor libre, la muerte de sus pequeños hijos, precipitados dentro de un coche en el Sena. Sus éxitos mundiales. Su extraña muerte en Niza, a bordo de un Bugatti descapotable, estrangulada por el largo y vaporoso “echarpe” que abrazaba su cuello. El mundo mitológico de Duncan es el mundo de Sarah Bernhardt, de Diaghilev, de Bernard Shaw: un mundo desaparecido, donde las “celebridades” eran artistas verdaderos, cuyas aportaciones hacían del arte de su tiempo un campo de experimentación.
Isadora Duncan, ya en su madurez, busca en la Rusia revolucionaria el aliento de su propia lucha: un arte por y para el pueblo, alejado de las convenciones de lo clásico: nuevo, orgánico y libre, como la propia sociedad que (sueña) está naciendo en la nueva Rusia.
Ahí encontrará al ángel rubio, mezcla de campesino rudo de la estepa y de Rimbaud atormentado que era Sergéi Yesenin. Diecisiete años más joven, gamberro, destructivo, borracho y maltratador, pero poseído por las musas. Probablemente bisexual, sus excesos con el alcohol y una posible epilepsia le equiparan con otros creadores como Dostoievski, Edgar Alan Poe, Scott Fitzgerald o Jack London, pero su poesía lo coloca en el olimpo de los grandes poetas rusos como Pushkin, Gogol o Máximo Gorki, quien le admiró profundamente. En él, Isadora encuentra el hijo que perdió y el amante mudo que todas hemos soñado. La pasión entre ellos se produce sin que puedan intercambiar palabra: Yesenin no habla ni francés ni inglés ni alemán. Duncan no conoce la lengua de Tolstoi. Así que, impelidos ambos solamente por la sexualidad o por el instinto, vivirán una pasión llena de altibajos: ternuras y violencias, cuidados y maltratos. Tiranías y dulces retahílas sin sentido. Viajan por Europa: París, Berlín, Venecia son algunos de los escenarios en que Yesenin, torturado, destrozará muebles y cuadros en las lujosas suites de los mejores hoteles como cualquier moderno cantante de rock, mientras Isadora paga las facturas y mece a su niño una vez pasada la turbiedad de la borrachera y del “delirium tremens”
Finalmente, la vuelta a Rusia y las palabras de Duncan “He devuelto el niño a su patria y ya no tengo nada que ver con él”. La renuncia de Duncan acendrará la tortura del poeta que, tras diversas angustias (duda de su importancia como poeta, duda de la importancia de la poesía en un mundo tal), terminará suicidándose, no sin antes escribir con su sangre un último poema:

Hasta pronto, amigo mío, hasta pronto.
Te llevo, querido mío, en el corazón
Esta separación predestinada
Nos promete un encuentro en algún otro lugar.

Hasta pronto, amigo mío, no sufras, no te lamentes.
Sin estrechar tu mano me voy y sin palabras.
En la vida, morir no es nada nuevo.
Ni es nada nuevo vivir.

La quadratura del cercle (Documental)

La quadratura del cercle (Documental)

Mostra Internacional de films de dones
SECCIONS
FEMINISMES
La quadratura del cercle
Diumenge dia 12, 20,15 h - Sala B
Dijous dia 16, 18 h - Sala B

2005, Espanya
47 minuts

Combinant imatges d’arxiu i entrevistes, el film és una crònica dels esdeveniments més significatius de les lluites feministes dels anys 70 a Tarragona, i per extensió a Catalunya. A partir de la intersecció dels materials de l’època i del testimoni directe i actual d’algunes de les protagonistes, membres i fundadores del Bloc Feminista de Tarragona, que expliquen i valoren les seves experiències durant aquests anys contrastant-les amb el present, es rescata un fragment de la història del feminisme del nostre país. De forma amena i gens tòpica, aquest documental, fet per un col·lectiu de dones joves, permet comunicar a les noves generacions la potència dels continguts del feminisme emergent i el seu poder de transformació social.

Les filles de Lilith
La col·laboració entre Sara Alcina, Ariadna Costa, Caterina Mas, Anna Mercadé i Joana Zapata comença amb La quadratura del cercle, que constitueix la seva primera incursió en el camp del cinema documental. Les cinc realitzadores catalanes són estudiants de la Universitat Rovira i Virgili de Tarragona, on actualment finalitzen els seus estudis de Filologia i Comunicació.

Luchino Visconti y "Ludwig"

Luchino Visconti  y "Ludwig"

Por Gabriela Zayas

A principios de julio vi, con sorpresa, que habían programado el “Ludwig” de Luchino Visconti en los cines Verdi y fui. Constaté que entendía perfectamente el italiano (lo estudié en la facultad, “illo tempore”). Compré el DVD en Alemania (trae las versiones alemana e italiana) y he vuelto a verla. Trae dos discos, y en uno, un documental sobre Visconti. Me he acordado de mí. De mí como espectadora de esas películas. Cómo es esto de la edad. Uno va haciendo etapas inadvertidamente: va acumulando. Puedo ver hacia atrás, las mías.
Los primeros años, a mis 16. Todavía virgen o casi, en cuanto al cine (y en cuanto a casi todo). La Cineteca de la Universidad. Se llamaba el CUEC (Centro Universitario de Estudios Cinematográficos), en la zona de Copilco. Octavio y yo solíamos ir los domingos. Después de las proyecciones había debates. A Octavio le encantaba Visconti ( además de Mónica Vitti), así que creo que la primera película que vi en la Cineteca fue “Rocco y sus hermanos”. Luego, con “El Gatopardo”, recuerdo a Octavio anticipándose a aquella hermosa entrada de la cámara de cine en la estancia de la villa del príncipe, cuando todos rezan el rosario. Y el aire que mueve la cortina, y la sobriedad de la familia entre aquella suntuosidad. Lo recuerdo diciendo: “Fíjate qué maravilloso comienzo”. Recuerdo la emoción de los dos (mía y de Octavio) cuando entra en el baile la hermosa Claudia, fresca, toda vestida de blanco: la nueva Italia entra con ella. Es uno de los momentos inolvidables de mi juventud, qué cosas.
Visconti, que es a la vez un comunista y un aristócrata, se convierte una vez más en el narrador de la decadencia, de la soledad y de la permanencia de los hábiles. “Que todo cambie para que todo siga igual”, creo que dice el Príncipe.
Después, vi “La tierra tiembla”, “Obsesión”, “Senso”, y más tarde “La muerte en Venecia”, “La caída de los dioses”, “Los malditos”, y ya en Barcelona, este “Ludwig” y luego, “El inocente”. Pero aquí de nuevo volví a ver “El Gatopardo”. Recuerdo que fui con Paulina. Así que he visto a Visconti en todas mis edades, en todas mis etapas, y en todas me ha hablado. El profesor, en “Confidencias”… qué gran personaje, qué fábula tan magnífica. El elegante, el solitario profesor, que confiesa a la absurda familia, tan corrompida, pero viva, que los ha llegado a ver como si fueran de su propia sangre.
Pienso que en Visconti todo gira alrededor de la soledad y de la solidaridad. Creo que son los ejes de la obra de Visconti. Esos dos polos. El amor por la belleza y la necesidad de lo humano, auque no sea bello, sino turbio, manchado e impuro.
En cuanto a “Ludwig”, estoy de acuerdo con mi amigo Óscar en que a "El Gatopardo" y a "Ludwig" les falta un cierto brío. Sin embargo, lo asocio con una característica que tienen ambas, y es que muestran un conflicto personal dentro de un contexto político y sociológico, y en el caso de "Ludwig", incluso psicológico. Eso implica dejar de lado la acción para mostrar las muchas caras de ese conflicto y todas las implicaciones. Es más un análisis que una descripción y por eso ambas películas transcurren concierta morosidad, perdiendo un poco de fuerza, pero ganando en profundidad.
La primera parte, hasta que se rompe el compromiso con Sophie y termina el "idilio" con Wagner, tiene el encanto de la ascensión, de la belleza y juventud de Ludwig, y no es tan expícita (excepto en las escenas con Sissi en el bosque o en la isla, cuando él le recita partes de Sigfrido o cuando ella le riñe por sus excesivos gastos), encuanto a la contradicción entre los ideales y la realidad que van a marcar la vida del monarca. Lo que me interesa mucho a mí es la aspiración que tiene de un mundo lleno de nobleza, belleza y poesía, y la dura lucha cotidiana contra la mezquindad, el interés económico y
erótico que subyace en los otros y en él, también.
Me resulta interesante cómo busca literaturizar y exaltar la vida ideal, a la vez que cae en brazos de seres anímicamente liliputienses.
Incluso Wagner le utiliza de una manera innoble, se aprovecha de él descaradamente para pagar sus deudas millonarias, para vivir como un pachá, para llevar a cabo sus proyectos megalómanos. Y aunque sea un gran artista, se comporta como un chulo. Yo creo que el gran amor de la vida de Ludwig es Wagner. Y ni siquiera él llega a cumplir
sus expectativas, porque se da cuenta de sus manejos, de sus engaños, de sus traiciones (me encanta la Mangano, qué extraordinaria está como Cosima).
Pienso que los diálogos con Sissi son especialmente lúcidos, por parte de ella. La forma en que analiza el porqué del "amor" de Ludwig hacia ella : porque es un amor imposible, por eso la ama. Así, no hay posibilidad de desilusión. Y cómo ella, aun sintiéndose identificada en cierto modo con él, le recuerda que por egoísmo no puede dejar de lado sus compromisos o gastar esas sumas exorbitantes a su capricho.
Las intervenciones de los ayudantes, del ministro o de los médicos aportan datos sobre cómo el gobierno de Baviera jugó con Ludwig, primero soltándole la rienda y después cómo, cuando le convino, apeló a la "locura" para apartarlo y constituir la nueva Alemania sin ese molesto lastre que constituía el final de la dinastía reinante desde
hacía tantos siglos.
En realidad, la "locura" consiste en buscar la belleza y la perfección formal e inventarse unos escenarios, vacíos de personajes, esps castillos alucinantes y anacrónicos, que por cierto pagaba de su bolsillo. Y planificar su vida imaginaria en medio de la soledad más absoluta. Vivir casi como un espectro y desdeñar el poder, la corte y los compromisos de su cargo. Pero no para vivir como un burgués o como un anacoreta, claro. Su prima hizo algo similar, pero no fue tan extravagante ni reinaba. Al ser solamente la consorte, Aunque fuera la consorte del emperador de Austria-Hungría, no fue tan escandaloso. A ella no la acusaron de loca. Aunque nunca fue buen vista, pero su rechazo de la vida que
le tocó vivir es similar a la de Ludwig, de ahí que él la considerase una especie de alma gemela.
Yo creo que el discurso de Visconti ( como he dicho antes), tanto aquí como en "El Gatopardo" y también en "Confidencias" y en "La muerte en Venecia", es precisamente el de un aristócrata que ama la belleza, el lujo, la poesía y el arte, pero que muestra la necesidad que tenemos todos de "descender" a lo humano, porque nadie puede
privarse de los demás. Y creo que el problema de Ludwig es ése precisamente, que a pesar de sus esfuerzos por desprenderse de la vulgaridad del mundo, no puede dejar de lado lo humano; lo que necesariamente lo enfrenta con la mezquindad, la avaricia, la ambición de todos los que entran en contacto con él. Porque no va a encontrar a
nadie que le ame por sí mismo. Y el amor de él a los demás es un amor ficticio, como le señala Sissi : un amor que en realidad desea no encarnarse, no ser realidad.
Entonces la tragedia radica en la imposibilidad de vivir el sueño de la sublimidad.
Y por eso Ludwig abdica y muere, o se deja morir o se suicida. No se resiste, ni intenta, después de tener a todo su gobierno en sus manos, salvarse. Porque no existe esa salvación. Ir a Munich, ser un gobernante: no es eso lo que quiere. Quiere seguir en sus castillos y que lo dejen solo. Y sabe que ya no es posible.
Es una parábola muy hermosa, y lo es más si consideramos que es histórica. Y también el final del estado de Baviera, la absorción de los estados nacionales alemanes para formar la Gran Alemania. Todo eso es apasionante. El triunfo del pragmatismo sobre el romanticismo. Y los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial.

Jani

Jani

Jani se preparaba para ir a la Preparatoria . Le preocupaba solamente una cosa ¿qué me voy a poner? Pero ésta no era una pregunta frívola, como puede parecer a primera vista, porque no era que Jani tuviera una armario tan repleto que no supiera elegir si la falda marrón, si el vestido burdeos, si la camisita a cuadros, si...porque Jani no tenía nada, absolutamente nada que ponerse. Nada que pudiera llamarse ni falda, ni blusa, ni vestido ni pantalón. Todo lo que tenía esa chica alta, morena, fuerte, de cabellos muy rizados, de aspecto casi africano, eran harapos. "Toda su ropa" era expresión hiperbólica, que definía sus magras posesiones. Porque a Jani hacía cuatro años que nadie le compraba nada. No había dinero. Sus zapatos estaban rotos. En las suelas había unos agujeros, y por más que varias veces se habían pegado, las puntas se desprendían inevitablemente cada poco tiempo. Pero a Jani eso no la amedrentó, ya que era una chica decidida. Bajó la escalera de madera que comunicaba su habitación con el resto de la casa, y de un montón de ropa usada y ropa vieja y ropa sucia, extrajo un vestido rojo, un vestido de raso brillante, que había sido de la madre. Un vestido de baile que no estaba roto, solamente muy viejo, y se lo puso. Y con ese vestido rojo se fue a la Prepa 6. Y así, con sus zapatos rotos y su vestido de raso rojo de fiesta de los años 50, la conocí yo a Jani.

Sonia Alejandra, qué nombre tan bonito...parece el nombre de una heroína rusa. Con estas palabras la recibí yo aquella mañana de nuestro ingreso en la Preparatoria. Me acerqué a ella por instinto, como me pasa siempre, que intuyo al gemelo, al hermano, a la hermana...Habíamos tenido una clase de Historia del Arte. Le habían preguntado si sabía qué obra famosa había pintado Leonardo da Vinci. Jani había dicho, Leonardo da Vinci pintó la Piedad. Mi manita de precoz amante del arte debió levantarse, presurosa y muy segura. Cuando la maestra dijo ¿alguien sabe en qué se equivocó aquí su compañera? yo, con mi dulce vocecita, respondí, Leonardo pintó la Última Cena, La Gioconda... La Piedad es una escultura, y es de Miguel Ángel.
Jani pensó ¡ Esta pendeja, hija de la guayaba !...Jani comenzó odiándome. Al poco de terminar la clase, sin embargo, ya éramos amigas. Ella medía 1.75 y era muy , muy, muy brava . Pero como todos, ese primer día de clase se había sentido intimidada al entrar a la Preparatoria de Coyoacán. Sonia entró allí desafiante, con su cuaderno, su lápiz y una goma de borrar. Cientos y cientos de jóvenes en los patios, y ella con su vestidito rojo de raso. Muchos se rieron de ella, pero ella les mentaba la madre, chinga a tu madre... otros, simplemente la miraban. Pero ella continuó caminando hasta llegar al aula del grupo C-106.
Desde ese día, Jani y yo fuimos amigas, aliadas. Aprendimos mutuamente la una de la otra.
Sonia o Jani se había criado en un barrio proletario, bueno, casi lumpen de la Ciudad de México: la Colonia Portales. Colonia de mala fama, de burdeles y cantinas, de atracadores y malvivientes. Cuando la visitaba, y eso lo hacía muy frecuentemente, tenía que ir pasando por encima de chicos desmayados, chicos inconscientes, chicos drogados. En el portal de su casa, ahí tirados, siempre había varios. Los de las pandillas eran amigos de sus hermanos: los famosos "Nazis" de la Portales. Pasaban con sus motos, nos saludaban. Jani vente a una fiesta, te traes a tu amiga, y Sonia, vete a la chingada, pendejo, yo no voy a tus pinches fiestas. Jani era muy suya.
Su madre tenía una tiendecita que era como del tamaño de un armario, en la que vendía hilos, agujas y forraba botones y cinturones. Se llamaba Teresa y se había casado con el papá de Jani, que no hacía nada , aparte de beber y pegarle, porque él había decido enamorarla después de que la hermana de Teresa le despreciara. Y siempre la discusión comenzaba rememorando esa historia, pues si yo ni te quería a ti, la que me gustaba era tu hermana.
Los padres de Jani, entre paliza y paliza, habían tenido muchos hijos: Rubén, Sonia mi amiga, Edison, Griselda, Mauricio, Ludivina. Vivían en ese terreno enorme, que alquilaban como desguazadero de coches, en una chabola de madera.
Yo nunca había visto antes una casa con el suelo de tierra, con las paredes de cartones y de maderas juntadas, con agujeros por todas partes. El "segundo piso", era el cuarto de Jani. Se subía allí con una escalera de mano de madera, como las de los albañiles. Estaba llenos de agujeros, por todas partes.
Una vez que me quedé a dormir, me quedó un ojo totalmente hinchado, porque el agujero de la pared daba justo en mi ojo... y se me resfrió. Fue graciosísimo, y Jani y yo nos reímos mucho cuando ella tuvo que coger las gafas negras de Edison para que yo pudiera ir a la Prepa. Porque con ese ojo hinchado... ya ve ¿cómo iba a ir?
Jani se ocupaba de sus hermanos, porque la madre además hacía títeres y los vendía en los mercados. Cuando cerraba la tiendita, se iba con sus muñecos a vender. Así que Sonia cocinaba, lavaba, planchaba y barría. Y por eso, cuando yo tuve a Paulina, ella de un escobazo lo ponía todo en orden, porque era una experta en labores del hogar hechas a mil por hora. Coser y cantar era arreglar mi casa para ella.
Cuando yo la conocí, la hermanita chiquita, Lidu, era una nenita de cinco años, rubita, preciosa. Sonia la llevaba siempre cargada en la cadera. Íbamos con ella de paseo por la Portales. Era muy chiquita, estaba enferma. Siempre se reía, pero no se sostenía casi sobre sus delgadas piernitas.El cuellito tan blanco le caía sobre el pecho, pero era una niñita feliz, que gorjeaba como un pajarito. No sabe cómo adorábamos a Lidu. Sonia le decía , mi muñequita, mi muñequita linda, mi reinecita, mi vida.
Rubén, el hermano mayor, ya hacía su vida aparte. Casi nunca lo ví. Edison era un pandillero. Se peleaba cada día. Venía sangrando, pero no se drogaba. Solamente fumaba marihuana, pero nada más. Edison tenía un espíritu curioso. Era un chico violento y a la vez hipersensible. Capaz de entusiasmarse por el arte o por la filosofía con un ímpetu que daba hasta miedo. En esos momentos, cuando tenía unos 14 años, se lanzaba como en picado hacia su perdición. Hacia allá iba, como casi todos los muchachos de la Portales, pero no contaba con Sonia, que detuvo su caída a base de encerrarlo, de pegarse con él, de llorarle, de suplicarle y de darle de bofetadas. Finalmente, Sonia consiguió sacar adelante a toda esa tropa. Todos se salvaron del destino que la Colonia Portales parecía tenerles preparado. Y fue Sonia solita quien lo consiguió. Porque ella...uf. Si hay alguien en este mundo fuerte, ésa es Sonia Alejandra Pérez Gómez.
Es la única mujer que he conocido, aparte de mi prima Paloma, a la que he admirado de verdad. La admiro a fondo, no solamente por su inteligencia tan aguda, tan agresiva, tan despierta, tan siempre buscando nuevas cosas que aprender, sino por su fuerza de carácter, porque ha podido con todo, como una mujer bíblica. Y porque una vez subida la cima del éxito, cuando era superjefa en la Subsecretaría de Pesca, se bajó de la montaña, porque no se reconoció. Se fue a Saltillo, compró un huerto y volvió a lo suyo, a los suyos, a aglutinar a su alrededor a los hermanos desperdigados por la República, y a cultivar sus manzanas, a tener sus abejas, a sacar miel. Volvió a su vida de pobre, pero rica en experiencias, en proyectos... Sonia, fue y es mi amiga. Y ella me enseñó que nada es demasiado difícil si se tiene valor en esta vida.
Por mi parte, le enseñé un mundo para ella desconocido. Cuando ella entró en el departamento de la Torre Tollán y vio aquel piano, y la alfombra, los cuadros. Era un piso modesto para mí. Para ella, un palacio. Allí le enseñé a escuchar la música: a Beethoven, a Mozart. Con Octavio fuimos a los conciertos, a los cines, a ver las películas que ella nunca habría visto. Le enseñé la poesía, le leí muchas obras, a Kafka, mientras se las leía a mi abuelita, a Lezama Lima, a Borges. La eduqué y ella me educó. Cuando me casé, ella venía, como le dije, casi diariamente a casa. Una vez le compré unas botas, porque sus zapatos estaban muy gastados. Para mí eso no fue importante y lo olvidé. Y hace unos años, cuando nos vimos, me dijo, ¿te acuerdas de las botas que me compraste? Nunca había tenido unas, todavía las guardo, fuiste para mí como una madre, como una hermana.Esas botas me hicieron feliz, me hicieron sentirme linda...
Cuando mi papá se fue a Acapulco, ella estaba viviendo en aquel piso okupado y me fui con ella. Recuerdo que yo me encerraba en el cuarto con Paulina porque había tanto humo, que sólo con respirarlo, ya te drogabas. El humo de la marihuana produce unos efectos espantosos, unos dolores de cabeza... una sensación muy desagradable. De pronto oí voces y salí, fui a la sala. Todos estaban asustados. Eran como las dos de la mañana. Y allí estaba Sonia, medio inconsciente, que me decía, adiós, Gaby, me voy... mira qué lindas las estrellas, me voy allá. Y me dio miedo, que se fuera a perder de verdad, por allá arriba, en un sueño narcótico. La llamé y la sacudí y bajó hasta mí. Volvió a la realidad. La abracé con tanta dicha como no puede imaginarse. ¡Qué sola me hubiera sentido sin ella!
Sonia estudió Biología y se especializó en Acuacultura. Mucho tiempo después, cuando yo volví a México, después de cinco años en España, iba yo caminando por la Colonia del Valle, iba de espaldas a ella, y ella pasó con el coche y me vio caminar, me vio de espaldas, le digo, y me reconoció. Bajó, nos besamos, nos reencontramos. Nos volvimos a hermanar. Sus aventuras son incontables. Sus negocios, sus proyectos, casi delirantes. Ella sola ha hecho y deshecho plantas de cría de langostinos en el desierto, se ha peleado con las mafias de allá...y les ha ganado, les ha dado miedo Sonia Alejandra. Es usted mucha mujer, le dijo uno de esos mafiosos, haga lo que quiera y váyase a ... Ha montado `plantas de piscifactorías en Michoacán, en Janitzio, en Pátzcuaro...ha cargado ella solita sus cajas de manzanas, ha cultivado su inmenso huerto ella sola, ha desafiado a las autoridades por no querer poner insecticidas del GATT. Ha desviado miles de litros de agua por segundo...En fin, es como un Hércules femenino...Ha tenido imprentas...ha escrito panfletos anarquistas...ha organizado escuelas infantiles para niños sin hogar...ha tenido varios amantes y a todos los ha dejado porque se le quedaban chiquitos, casi enseguida. Tuvo una hija con un español exiliado, y la tuvo ella sola y sola la crió. En fin. Mi amiga Sonia...
Le diré: Rubén es ingeniero agrícola, Edison, actor y escritor, Mauricio, músico y profesor del Conservatorio; Griselda, médico, y la pequeña Liduvina... es bióloga también.Va en su silla de ruedas, allá en la Baja California, se casó. Sigue tan linda con su melena rubia, tan dulce como siempre.
Finalmente, los padres de Sonia se divorciaron. Él comenzó una nueva vida, junto a una nueva esposa. Estudió inglés. Se convirtió en profesor de inglés en Chapingo, una universidad técnica que hay allá, de bastante prestigio... la madre puso un teatro de títeres. Se hizo bastante famosa. Viajó con su espectáculo hasta Europa. Una familia rara. Muy rara. Extraordinaria. Entre el frenesí de la locura y la genialidad. Gente con un entusiasmo casi patológico. Gente maravillosa que me gustaría que pudiera conocer. Porque si se lo cuento parece mentira... tendría que oír a Mauricio tocar... a Edi hablar del arte... haber visto esa chabola...para entender. Pero ellos existen. ¿No es maravilloso?

La historia de Miguel

La historia de Miguel

En ese piso entraba y salía muchísima gente. Miguel no vivía con nosotros, solamente se dejaba caer a cada rato. A veces se quedaba a dormir, cuando se hacía muy tarde. Vivíamos en una Colonia que, irónicamente, se llamaba Héroes de la Independencia. Sí , casí héroes, pero esperábamos que no mártires...
Miguel vivía con una tía suya. Era huérfano, como le dije en mi relato anterior.Sus padres murieron juntos, en un accidente de coche, cuando él tenía como 7 años. Tenía hermanos, que estaban casados. Y era muy pobre. Una vez me contó que, intentando ponerse una bota, se encontró que había un ratoncillo dentro. Y eso lo impresionó tanto que estuvo enfermo varios días. Tenía una salud delicada: tenía una vértebra (la quinta, creo), empotrada en otra, y eso le causaba tremendos dolores y molestias. Era delineante, y trabajaba en diferentes empresas de ingenieros; pero odiaba ese trabajo, y en realidad, todo trabajo. Ya que el trabajo aliena al hombre. Lo deshumaniza. Lo convierte en engranaje del capital. Esa idea aún la tengo. No me importa que la gente odie su trabajo: me parece normal. Después de todo, es algo que nos aleja de lo que de verdad queremos hacer. Nos vuelca en el consumo a través del sueldo, nos doma como seres que deberían revolverse contra la injusticia; nos hace egoístas, ambiciosos...las más de las veces. La prueba de que no es bueno trabajar es que si tuviéramos suficiente para vivir, no trabajaríamos. En una carta de cuando ya tiene 26 años, Miguel me dice, es horrible estar contrarreloj, siempre puntual, corriendo como si persiguiéramos nuestros pasos, nuestra sombra, el reflejo de nuestra vida. Corremos ávidamente arrastrando el honor y la fama, el éxito y el poder: hábitos, palabra de gente que no escucha nunca, que son como mandriles inquietos y mecánicos. Así , Miguel.
A mí, Suso, mii trabajo me interesa, no por la enseñanza que imparto (supuestamente), sino por lo que ellos, esos niños, me enseñan a mí. Me enseñan a ser joven cada día, me cuentan sus peripecias. Les veo buscándose, buscando una identidad, decepcionados del mundo o ilusionados... por eso me gusta mi trabajo, no por el trabajo en sí. Por lo que me da como persona, por lo que me dan las personas con las que trabajo. Esas personitas ya rechazadas por sus propios padres, ya enamoradas, ya orgullosas, ya sufrientes,ya avergonzadas de sí mismas... Es un cosmos que me sujeta al mundo. No me gustaría trabajar con adultos, ya sin perspectivas... Hablo con mucha gente de mi edad que tiene otra profesión, o gente de mi profesión, y no me ilusiona su discurso, los veo cansados, aburridos. Yo no. Yo creo que mi ilusión se debe a ellos, a lo que mis alumnos me dan de sí mismos. Su cariño, su confianza y su lealtad hacia mí. Eso me conforta cada día. Y después, cuando ya se han ido, cuando me encuentran por la calle y me saludan, me besan, me llaman por mi nombre, y yo solamente recuerdo vagamente esas sonrisas, esos ojos, pero ya no recuerdo los nombres... me doy cuenta que en realidad sí me quisieron, sí me aprecian, todavía. Entonces acaricio esas caras, ya no adolescentes, les sonrío. Es muy grato.
Miguel (vuelvo al tema), era poeta. Escribía poemas. Yo también. Nos leíamos. Nos criticábamos o alabábamos. Él fumaba mucha marihuana y eso era para él un problema laboral. Se olvidaba... se liaba el porro en el trabajo...lo echaban, etc. Me acuerdo que una vez, años después de esto, íbamos en su coche y´nos paró una patrulla, y all bajarse del coche, mientras venían ellos, se puso a liar el cigarrito. Yo le hacía señas, gestos y él...¡nada!. Qué risa nos dio después... Miguel estaba generalmente harto del mundo, de la gente, de la horrible gente, de la familia, a la que él llamaba "el monstruo", y amaba la filosofía, que fue finalmente la carrera que estudió después. Y las preguntas... la lectura de Spinoza, Descartes,de Platón, la "Apología de Sócrates", nos las leíamos. Sí hay una cosa que tengan en común las personas que más he amado es ésa: que siempre les he leído y ellos a mí. Creo que la "Apología", nos la recitábamos casi...casi nos la sabíamos de memoria. Leíamos mucho, entonces, a Laurence Durrell, a Kavafis, a Mallarmé... Rimbaud era nuestro héroe y uno de nuestros favoritos, y también la "Anabasis" de Saint John Perse. Leíamos a Ovidio, las "Metamorfosis", y "Las tristes" y nos alimentábamos de eso. Miguel era un as robando libros. Nunca robamos comida en un super. Pero ¿libros? Decnas. Yo pasaba miedo y é se reía. Decía ¿viste el de Carpentier, ese libro gordísimo? ¿se te antojó? y¡ zas! lo sacaba de debajo del jersey. Escapábamos del mundo de la mano de esos autores. Ah, Cortázar...leíamos y entonces ya no éramos pobres, ni estábamos solos en el mundo, sino que el mundo era nuestro, y éramos hermosos y estábamos libres allí, entre las palabras. Las palabras, buscar la poesía, eso hacíamos. Queríamos dominar esas palabras para decir nuestro dolor y nuestro anhelo. Miguel me diceen una carta, lo que quiero hacer con las palabras es artificio pulido, límpido, cristalino, hacer de mi vida una metáfora de amapolas lascivas, una magia placentera que siempre viva y muera, como el fuego de Heráclito. Hacer con las palabras una brújula, una risa, fundirnos en ellas como hierro candente, como lava, como fuego en madera. Los poemas, dice Miguel en otra carta, se van aglutinando en alguna cueva oscura así dice Miguel, Miguel, son sus palabras que transcribo: una cueva oscura, fría e inaccesible de nuestra vida, de la de cada uno; he pensado que no escribo porque no tengo qué escribir, porque los poemas, a veces, tienen vida y muerte instantánea. A veces vuelan más rápido que nuestros dedos y cuando intentamos transmitirlos, no podemos hacerlo como hubiéramos querido.
Dice Gorostiza (sigo citando a Miguel), "Oh inteligencia, soledad en llamas que todo lo concibes sin crearlo". Sí, parece mentira, pero nosotros que queremos escribir, en ocasiones no hacemos más que pensar y pensar y ahí nos quedamos, anclados en la tierra de nuestras miserables vidas, en la riqueza de nuestros pensamientos. Si algo escribo, si un poema viene a mi casa, le daré hospedaje, le hablaré de ti y lo mandaré a Barcelona.
Miguel me amaba y yo lo sabía. Pero su amor fue siempre silencioso, porque él pensó que yo no lo amaría, y estaba en lo cierto. Solamente lo podía amar como a un segundo hermano. Lo amé mucho, Suso, a Miguel. Lo amo todavía. lo tengo dentro de mí, y oigo en mí su voz, vacilante por la marihuana. su voz que era toda una duda... lenta y triste. Miguel me acaricia, en sus cartas, furioso de piel y arena. Me dice flor y viento al oído.
Años después me escribió, es un placer recordarte, imaginarte ligera y activa; oler el perfume de tu piel blanca y tersa y ver, más allá de todas las fronteras, tu cuerpo frágil como un bambú; tus vestidos cálidos rozando mis brazos. Sí, te invento, y te beso y estoy contigo, siempre. He pensado, tú has estado en mí desde hace mucho tiempo, Gabriela. Cuando vivíamos allá nunca tuve ¿valor? de decirte lo que deseaba . Para mí ese deseo o deseos reprimidos llegaron a convertirse en una terrible tortura, Tal vez los dos teníamos deseos de hacer el amor, pero... tantas, tantas cosas, Gaby, tantas. Tú eres mi único consuelo y a quien le puedo confiar absolutamente cualquier sentimiento. Nos complementamos en algo que yo quiero llamar "espíritu", desdichas, sufrimiento, y sobre todo, nos queremos como somos, así, inciertos y enfermos, alegres y eufóricos, locos y racionales.
Así, Miguel años después, me hablaba, y me habla, me habla, Suso. Me dice el secreto que tuvimos, el secreto de nuestro amor. Nos queremos como somos, dice. Sí, es eso. Eso: eufóricos, y tristes, dice, sí. Inciertos y enfermos. Sí. Locos y racionales. Sí. Sí.
Miguel sabía que la nieve de mi foso, como lo llamaba Octavio, no se fundía... Y es curioso, me escribió una vez, esto, tres años después de haber ido: te envío este poema a ti, mujer de nieve, lucero eternamente encendido, te envío este poemita, con algo más que amor.

Si un día cualquiera llegaras a flotar
sobre las vísceras del infortunio
y logras, finalmente, respirar las voces medicinales
del silencio estridente,
entonces no habrá lamentación
no correrá más sangre amarga por tus venas,
no sabrá vencerte la tristeza,
y tus pulmones
como un valle soleado
darán cabida al viento que lleva estas palabras
hasta ti. Sombra en vuelo.

Miguel cuidó de Paulina con mucha ternura. Cuando yo salía a trabajar,
él la cuidaba, jugaba con ella, y le decía , mi princesita y Paulina Obregón tiene cola de ratón y de faisán y de colibrí...siempre le estaba haciendo poemas, y le dibujaba. Tenía muy buena relación con los niños, pues él lo era en cierto sentido. Había una persona muy importante en su vida, era su Maestro. Maestro, le llamaba él. Guiaba sus lecturas, era un amigo-mentor. Enrique, se llamaba, y tenía un hijo al que había puesto Altazor, como el poema de Vicente Huidobro. Miguel y Altazor tenían unas conversaciones, Suso... una cosa que era asombrosa. De veras. Miguel era un ser puro. Eso pienso. En él no había nada de mentira. Era todo él verdad.

Este poema me lo envió desde México, cuando me escribía, me escribía y me escribía y yo le escribía, le escribía y le escribía a él. Y aunque lejos, no estábamos lejos. Nos hablábamos por cartas, nos acompañábamos en nuestras soledades. Es de Li-Po. 618-D.C.

Yo soy como un melocotonero que floreciera en hondo pozo
¿Hacia quién puedo mirar y sonreír?
Tú eres la luna que reluce en el cielo.
Al pasar me miraste durante una hora;
luego, te fuiste para siempre.
La espada con la hoja más fina
no puede cortar el agua del río en dos
para que deje de correr.
Mi pensamiento, como el agua del río,
corre y te sigue siempre.


Así Miguel se hace presente en mí, hoy a través de sus palabras y se lo confío a usted, se lo confío como como cosa mía, sabiendo que usted, al leerlo, también lo amará. Lo querrá . Lo entenderá. ¿No es cierto?

"El Libro de las ilusiones"

"El Libro de las ilusiones"

Por Gabriela Zayas

El gran tema de Auster es la soledad, el apartamiento del mundo. La soledad. La necesidad o la imperiosidad de apartarse de la vida para pensar, para sufrir, para agonizar , para morir en vida, para reinventarse, para poder salir de nuevo del cascarón, para seguir viviendo. Finalmente: para ser. Hacer un alto prolongado en el camino insoportable de la vida: huir. La validez de la huida del mundo. Hundirse en libros, en las “Memorias de Ultratumba” de Chateaubriand y en las películas mudas de Héctor Mann, es lo que hace David Zimmer en “El libro de las ilusiones”. Huye de la vida, pero no para no sufrir, sino para sufrir plenamente el dolor causado por la muerte de su mujer y de sus hijos. Así, quien sacara a Marco Stanley Fogg de su propio aislamiento y huida radical del mundo y de la vida como un Robinson en Central Park en “El palacio de la luna”, es quien en este libro se erige a sí mismo como Robinson, igualmente emparedado en vida, apartado y radicalmente solo, primero en un apartamento neoyorkino, después en una casa de Vermont.
Estas huidas del mundo son causadas por la muerte de los seres queridos: en “El Palacio de la luna”, la muerte del tío de Fogg, quien le deja sus cajas de libros. Y la tarea amorosa de Fogg consiste en leer esos libros antes de venderlos: incluso tocándolos con los dedos, repasando las líneas de las páginas, ya incapacitado para leer con los ojos, acuciado por el hambre y la necesidad, Fogg toca así los entresijos del alma de su tío, y esas líneas escritas son los caminos que le acercan a la vida. A la vida del mundo, escrita en literatura, en las literaturas.
En “El libro de las ilusiones” esas muertes de su mujer e hijos precipitan a Zimmer en la exhaustiva indagación de la obra cinematográfica de un hombre que a su vez ha desaparecido de la vida. Un día, Hector Mann desaparece, reencarnado en un fantasma nómada: Hermann Loesser (El hombre perdedor). No hay explicación. Y Zimmer se adentra en la obra de ese otro “muerto en vida”: ve todas sus obras, se sumerge en él, hasta que el muerto le habla, le escribe por medio de su esposa: le llama. Como siempre en Auster, los hilos conductores nos llevan de una historia a otra historia. Y el azar y las coincidencias no son sino muestas del orden secreto de las cosas. De los hilos conductores invisibles que dan sentido a este gran carnaval, a este guiñol, a este esperpento cuyas tripas estructuran nuestras vidas rotas, nuestras vidas desesperadas, nuestras estremecedoras soledades. Y por la vida de Mann, las mujeres que han pasado, dejando su profunda huella de deleite y de pecado o de salvación y redención: Dolores, Nora, Brigid, Sylvia, Frieda y Alma. Y por la de Zimmer, las estaciones de su calvario, de Nueva York a Vermont y a la casa de Zimmer, convertido ahora en Hector Spelling.

Si en “El Palacio de la luna” el “otro muerto”, al que se enfrenta Fogg es Effing, el lisiado que se aparta del mundo para escribir sus memorias a través de la pluma de Fogg, y con el que van a unirle curiosas, mágicas relaciones que se descubrirán más tarde, en “El libro de las ilusiones”, Zimmer verá reflejada y reflectada su muerte tanto en Mann como en Chateaubriand, aquel hombre que estuvo escribiendo su vida con la voz de un muerto, porque, como dice, “estas memorias salen del sepulcro”. Y así, del sepulcro en que se convierte la vida de Zimmer, salen la traducción de las “Memorias de Ultratumba”, su libro sobre Hector Mann, y el propio “Libro de las Ilusiones” que recoge su estremecedora aventura en Tierra del Sueño, Nuevo México.

Como Fogg en “El Palacio”… Zimmer habitará en la casa de “el otro muerto”. Y como él, será redimido de su soledad a partir del encuentro con una mujer: aquí, Alma Grund, cuyo apartamiento del mundo (o diferencia sustancial), se debe a una marca de nacimiento que le ocupa media cara. Sin esa marca, ella sería como las demás, pero con ella… es también alguien como él: otra exiliada, alguien con quien Zimmer puede comunicarse desde la igualdad, desde el mismo lugar del exilio. Y él, mutilado y manchado también sustancialmente por las muertes de su mujer e hijos es para ella también, un ser de su sitio.

Transcurrida la mitad de la novela, aún no ha empezado la novela. Y sin embargo, se nos han contado ya varias historias. Porque toda historia, ciertamente, es fruto de otras muchas: de cruces, de encabalgamientos, de coincidencias, de desvíos, de digresiones, de antinomias, paralelismos, dicotomías. Y el recorrido hacia esa historia no puede ser ni es nunca en Auster un recorrido lineal. Nuestros ojos siguen las líneas quebradas de su escritura, los meandros y las bifurcaciones. Porque él es el gran contador de vidas y de historias. Y despliega ante nosotros esas vidas sangrantes, esas soledades, esas muertes, esas desapariciones, esas renuncias, esas claudicaciones, esos despertares, esos destellos de luz, esas tormentas, esos accidentes, esos azares.

La extraordinaria historia de Hector Mann.

“Ahora sólo hablo con los muertos. Sólo en ellos confío, son los únicos que me comprenden. Como ellos, vivo sin futuro” (Chateaubriand)

La novela se centra entonces en la extraordinaria historia del actor de cine mudo Hector Mann, su ascensión, su diversificada, fantástica y azarosa vida ; sus amores, desamores y culpas. Y su desaparición del mundo de los vivos con sus andanzas por diversas ciudades hasta la expiación final y la redención, que ocurre en aquel mismo lugar en que misteriosamente alguien inventó una vez que había nacido: Sadunsky, Ohio. Ahí en efecto, renacerá ( habiendo casi muerto para ello) y encontrará la compañera definitva: Frieda Spelling.
La encargada de plasmar esa vida, (que en “El Palacio”… respecto a Effing, era Fogg), será Alma. Ella tomará nota de la vida de Mann, entrevistará a los supervivientes. Cotejará la verdad con los recuerdos del anciano. Ella será, también la que enviará esas películas mudas a las filmotecas de medio mundo, que han ocupado la vida y han sido la tabla de la salvación de Zimmer y será Alma quien propicie el encuentro de ambos náufragos, Zimmer y Mann, en aquella casa alejada en medio del desierto de Nuevo México en la que Mann, secretamente, había estado haciendo películas desde finales de los años 40.
La mágica conjunción de los hechos narrados posee la perfección de un mecanismo en el que todo está a punto y acaba por ocurrir con la exactitud y la belleza del universo pensado en una fórmula científica de raíz einsteniana, pero herido y recorrido por la llama de la emoción y de la vibración humanas.
El cataclismo final que cierra la novela termina con una pequeña, frágil, improbable...esperanza.

El Palacio de la Luna

El Palacio de la Luna

Por Gabriela Zayas

“El Palacio de la luna” narra la historia de Marco Stanley Fogg desde sus inicios como huérfano ignorante de su orfandad, hasta el momento en que, después de un via crucis iniciático, mete los pies en el Gran Océano y recomienza su historia. En esa literal travesía del desierto, Fogg, como Phileas, recupera su día perdido. Gana su apuesta y se convence, por fin, de que puede vivir.
La pérdida (en este caso del tío Víctor, su único familiar vivo), como en otras obras de Auster, da pie al comienzo del duelo: el duelo es el primer paso de la desaparición del mundo: “Al final, el problema no era la pena, la pena era la primera causa tal vez… pero…toda una cadena de fuerzas se había puesto en marcha” y la vida de Fogg comienza a desvanecerse al mismo tiempo que desaparecen las cajas con los libros que ha heredado de Víctor.
Para mí, uno de los pasajes más emocionantes de toda la literatura actual se encuentra en esos fragmentos en los que Víctor deja a su sobrino, apilados eclécticamente en cajas de cartón, sus 1492 volúmenes: poemas, novelas, filosofía, libros de ajedrez y opúsculos de ínfima calidad, amontonándose en el orden de sus etapas vitales, ilustrando su vida por épocas. M.S. Fogg convierte esas cajas primero en mobiliario, apilándolas de diversas formas, haciendo con ellas bases para el colchón, mesas, taburetes… pero después, iniciada ya la caída, comienza a leerlos para poder, después, venderlos al librero de viejo. A medida que su dieta se hace cada vez más escueta, Fogg pierde la capacidad de comprender las palabras de los libros de Víctor, pero tenazmente, en homenaje amoroso, no puede venderlos sin antes, al menos, pasar sus dedos por cada renglón. Pocas veces se ha descrito un homenaje de amor más conmovedor que éste: “Así fue como terminé la tarea: como un ciego leyendo en braille. Si no podía leer las palabras, al menos quería tocarlas”.
Y así, poco a poco, el joven estudiante de Columbia University termina su carrera casi ciego, convertido en un esqueleto de campo nazi, en medio de Nueva York: orgulloso de no haber cedido a soluciones. Dispuesto a esfumarse de la vida. El periodo eremita de Fogg no ha hecho más que comenzar, pues aún tiene un techo; pero pronto lo perderá y se convertirá en el náufrago que vive bajo las estrellas, privado de todo, en Central Park.
Estas páginas mágicas nos recuerdan la terrible precariedad de nuestras vidas, y cómo la privación de aquello que amamos devasta nuestras vidas. Los personajes de Auster son seres que aceptan esa radical fragilidad; que no la eluden, que la admiten y la viven a fondo y llegan hasta rozar los labios de la muerte, convencidos de que no pueden hacer otra cosa que escapar de la vida, que estar muertos en vida para purgar. Para sufrir. Son personajes que beben hasta el fondo del vaso esa cicuta que se llama dolor o se llama soledad. Que admiten el desamparo de una manera total, sin medias tintas ni componendas. He ahí su grandeza.
Su extraordinario encuentro con Kitty Wu cuando en realidad busca a David Zimmer (luego protagonista de “El libro de las ilusiones”), es típico de Auster: el reconocimiento de la igualdad de ambos “gemelos” es fulgurante. Y ella será el ángel que, en compañía de Zimmer, le salvará del naufragio en Central Park porque como dice Fogg:”Yo había saltado desde el borde y entonces, en el último instante, algo me cogió en el aire. Ese algo es lo que defino como amor. Es la única cosa que puede detener la caída de un hombre, la única cosa lo bastante poderosa para invalidar las leyes de la gravedad”.
Desde esa salvación, el camino de Fogg se cruzará con la de Effing, un extravagante millonario ciego e impedido, que va a narrarle su vida y sus memorias (que como en otras novelas de Auster constituye una novela dentro de la novela),y que va a conducirle, inexorablemente a encontrar por fin la identidad del padre desconocido. Fogg conocerá la piedad por un camino tortuoso, extraño. Y después de un viaje iniciático y revelador a pie por el desierto americano, en el que romperá cinco pares de botas, llegará a su propio lugar fundacional. Renacido, encontrará por fin su verdadera patria “Aquí es donde empiezo, me dije, aquí es donde mi vida comienza”

Cuento: La joven que tenía dos corazones

Cuento: La joven que tenía dos corazones

Por Gabriela Zayas

Esa joven. La vi por primera vez una mañana de junio en 1999. La vi corriendo por la calle. Había llovido pero por un momento, la lluvia cesó. Ella se apresuraba por la Gran Vía esperando, supongo, esquivar la lluvia que volvería a caer enseguida. La vi con su faldita blanca que volaba entre las rodillas huesudas, de mujer flaca, de joven mujer flaca que corre. La blusa, no me fijé en la blusa, pero debía ser una blusa de colores, porque por aquella época, luego me di cuenta, ella llevaba siempre flores en el pecho: flora urbana. Entró apresuradamente en un edificio de oficinas. Yo la observaba desde el café de La Habana. Me tomaba un café y unas tostadas cuando la vi pasar. Cuerpo delgado y ágil de muchacha. Piernas flacas. Sí, pero muslos carnosos, más sensuales: casi como delfines que saltan alegres y despreocupados en la bocana del puerto. Los muslos de la joven me retrotrajeron al puerto, a su olor salado y bochornoso, a ese aire caliente y húmedo y como grisazulado del aire del puerto. Aire salitroso y espeso, cargado de sensualidad, como el semen de un marinero recién desembarcado que busca sexo en las esquinas de la ciudad del puerto.
Al ver las piernas de la joven que corría y sin embargo, al detenerme a pensar en esas piernas veloces que corrían, mi pensamiento se detuvo en ellas a pesar de la velocidad que esas piernas alcanzaron. Pensé que la carne de las mujeres no es rosada ni blanca ni es morena o amarillenta, según la raza. Todas ellas tienen infinidad de matices, de colores, que van desde el azul prusia, en leves venillas insolentes, hasta cierto verde agua, que las relaciona con el mar y las ondas, y que proviene de su origen marino. Luego vienen los rosas y los rojos, rojos que proceden del corazón caliente de las mujeres, tan proclive a amar como a odiar de pronto y sin previo aviso. Y la carne de ellas también tiene tonos suavemente sepias y marrones, porque algo las lleva a ser dulces como el membrillo y luego duras, cortantes como cuchillos. Esos colores tienen que ver, yo creo, con la variedad de emociones que las traspasan, que las hienden. Amarillos para la envidia y los celos, verde para la suave esperanza de sus vidas; gris para los días de cada día, en las mañanas en que, como hoy, ellas se apresuran a llegar al trabajo intentando no mojarse con esa lluvia pertinaz y sucia que moja las calles de la ciudad.
Coches y asfalto, ruidos y gases, gentes que huelen a sudor húmedo y ella, la joven aún desconocida, corriendo para esquivar la lluvia. Con sus veloces piernas, sus rodillas huesudas y sus muslos de delfín joven.
Esa fue la primera vez que la vi.

No vi su rostro aquel día. No imaginé sus ojos, tan azules como el Prusia, con pequeños destellos plateados, a veces amarillentos, otras verdosos. Su pupila. Una de ellas siempre más dilatada que la otra. Luego me di cuenta que era completamente asimétrica: una parte de su cara era casi siempre oscura, casi siempre estaba teñida de azul, en sombra. La otra parte de la cara era luminosa, casi amarilla de tan clara: tan casi blanca que relucía entre las luces del alba, entre las sábanas. Uno de sus ojos era más grande: ligeramente más grande que el otro ojo, y miraba con astucia; también con desconfianza. El otro ojo, ligeramente más pequeño, compensaba esta condición porque el párpado era más alto, más hermoso que el otro párpado, el del ojo grande y suspicaz. Así, supongo, los dos ojos se armonizaban entre sí, y esa asimetría no la notaba nadie. Nadie que no observara atentamente esa cara hubiera notado lo que yo: pero yo la observé, sí, atentamente, lujuriosamente, calmadamente, obsesivamente y lo vi, vi el ojo suspicaz y el otro, el ojo amoroso y dulce. El ojo con que a veces me miraba, ocultando el otro en la almohada. Pero yo sabía que ella me contemplaba desde su interior con los dos ojos, y sabía también que con ambos ojos me juzgaba y me condenaba a veces, y en otras ocasiones, con ambos ojos me absolvía, me arropaba en su amor, me abrazaba con ambas pupilas, con ambos párpados, con las dos miradas.
Al otro día, como suele ocurrir en junio, hacía calor. El clima de la ciudad había cambiado completamente. La ciudad se había despertado llena de humos y ruidos: ruidos, voces, calor que subía desde el asfalto hasta el más alto de los edificios. Subía el calor como sube el humo de un incendio y así, incendiado, pero por otro fuego, la vi pasar de nuevo. Esta vez las dos piernas la llevaban con suavidad, con energía suave y delicada, con pequeños saltos imperceptibles hacia el edificio de las oficinas que ya suponía yo que era donde ella trabajaba. Conjugar este verbo en relación a su persona de pronto me pareció incongruente y extraño, pues no la imaginaba sentada, las dos piernas una sobre otra o las dos en paralelo ligeramente inclinado sobre una imaginaria vertical, ante una mesa: estática. No la imaginaba así, no podía hacerlo, porque hasta ahora, las dos veces que la había visto la había visto en movimiento, en movimiento atlético el día anterior y ahora en movimiento lento, sincopado, aunque enérgico. Porque su juventud la llevaba, sí, con lentitud pero con segura energía, hasta su puerto. Sus muslos, ahora cubiertos por la falda que ya no danzaba ni se arremolinaba sobre las flacas rodillas, la llevaban de nuevo frente a mí: a mostrarse de nuevo.

Aun en esta segunda vez no me fijé en su rostro, porque seguí mirando fijamente esas piernas, ahora ya no veloces, sino seguras y pausadas, la seguí viendo mientras esperaba ver algo de delfín, algo de bocana, de puerto... y desde lejos, contemplándola, me sorprendí aspirando hondo, como si quisiera oler su olor de pez, de pez que llega a saltos hasta cerca de la playa. De pez gris azulado y saltarín.Y me soñé por un momento en una esquina del puerto, de una de sus calles, oliendo a salitre y a húmedo calor procedente del mar, y sentí cómo suavemente se alzaba la tela de mi pantalón, se impregnaban mis ingles y mi sexo él también del dulce olor a agrio del sudor y del puerto, sin que en realidad, por supuesto, pudiera yo oler a esa joven de piernas ahora pausadas. Ni por asomo pude olerla aquel día, pues pasaba, aunque lenta, muy lejos de mí, aunque cerca de mi mirada evocadora la tuviera un momento, o más bien, la retuviera y le hablara en mis pensamientos, y le dijera: detente, dime algo, mírame. Déjame olerte un poco, sé que hueles a puerto.

Al tercer día, mi impaciencia me llevó ya fuera del café La Habana.
La esperé en la esquina de Gran Vía y Aribau. Esta vez la vi emerger de la escalera del Metro, y por primera vez vi primero sus ojos, sus ojos asimétricos, aunque en ese momento aún no me percaté de tan sutil asimetría. Pero sí vi que su rostro estaba partido en dos mitades, una mitad azul oscuro, de sombra, la otra mitad amarilla, casi blanca, casi hecha de pura luz matinal, inocente y serena. Vi su nariz, algo larga y un poco ancha en la parte de abajo, y la boca, de labios amplios, serios, labios algo sonámbulos, que besan -pensé entonces y luego confirmé- como si estuvieran un poco ausentes de todo. Labios que luego besé tanto y tan inútilmente, intentando llevar hasta ellos mis miriadas de hormigas. Pero mis hormigas no consiguieron trepar hasta allí, si acaso hasta las manos, a veces. Las manos que eran también como las rodillas, huesudas y flacas, grandes, casi de hombre. Manos bruscas, nerviosas, que a veces me llegaron a hacer pensar que sí, que había hormigas, porque ella de pronto metía sus manos debajo de mis pantalones y sacaba violentamente los faldones de mi camisa, y me levantaba la camisa, y las manos buscaban mi piel, mi espalda, especialmente, pero también mi pecho, y las manos subían y bajaban con premura por mi torso, por mis omóplatos, sobando y a veces, incluso arañando y haciendo apresurado todo, pero sin que las piernas, en cambio, consiguieran saltar hacia mí en actitud de delfín eufórico, porque siempre había algo en ese cuerpo raro que iba despacio, pausado, aunque otras de sus partes anduvieran con prisas. Esa fue otra de las asimetrías que logré concretar. La asimetría entre lo rápido y lo lento.

Ella se llamaba Carmen. Carmen. Carmen. Carmen. Carne y sangre y piel se llamaban Carmen, pero un ojo y algunas veces los labios no debían llamarse así. Tenía ella otro nombre que no quiso decirme y que luego averigüé, ya cuando la había perdido.Y no tenía solamente un nombre sino dos, porque dos eran sus ojos: uno astuto y suspicaz; otro suave y amoroso, y dos eran las velocidades de su amor, uno era lento y el otro apresurado, y dos eran los corazones que latían en su pecho, uno era mío y el otro era de otro. Y mientras yo repetía en la habitación y sobre sus pechos Carmen , Carmen, Carmen, ella debía de estar oyendo también, por el otro oído y en el otro corazón el otro nombre, porque de pronto se levantaba y retornaba la vista a su ojo suspicaz, y ponía en marcha las piernas rápidas y el movimiento acelerado, y recogía sus cosas, y se vestía a toda prisa, y medio sonreía con media boca - la otra mitad de la boca ya se estaba yendo- y se marchaba toda ella, se iba y una mano, una de sus huesudas manos se agitaba, ya bajando la escalera del mi estudio, y me decía la mitad del adiós, porque la otra mitad era ya un "Ya he vuelto", dicho al otro, al que la esperaba después.
Pero en el momento, yo todo esto lo intuía solamente.

El cuarto día, el sorprendido fui yo, pues ella llegó por detrás mío. Me tocó el hombro ligeramente y me volví. Al verla, sin saber por qué, se me llenaron los ojos de lágrimas. La había pensado mucho, había intentado comenzar una introducción. Me acordé de María Iribarne, al ver a Carmen, al constatar que era ella la que había estado buscando, como Juan Pablo había buscado a María. Pero no sabía aún si ella era mi ella, pues mis dientes no se habían hundido todavía, suavemente, en esa piel de sol y sombra que era su vientre. sintiéndome tan en ella como quien quiere naufragar, jamás salir a flote.
- Disculpe ¿ le pasa algo? Me preguntó.
-Nada ¿por qué?
-Ayer le vi. Parecía usted perdido, y al verle hoy de nuevo, me pregunté si tal vez está usted enfermo, o si se encuentra bien.
Me di cuenta de que , en efecto, mi aspecto debía ser patético. Sin afeitar desde hacía cuatro días, sin cambiar de ropa, solamente pensando obsesivamente en ese momento que ya había llegado. Le dije:
-Necesito desayunar ¿me invita?

Sentado frente a la mesita de mármol del café de La Habana, tomando un café, unas tostadas, sorbiendo el aire que me separaba de ella, la miré. Fijamente. Y ella a mí. Ya no hubo preguntas, sino certezas. Ella trabajaba en efecto, en el dominical del diario "La Vanguardia", se ocupaba del diseño gráfico. No se sentaba demasiado, como imaginé. Brevemente, le hice un resumen de mi vida. Pinto. Hago esculturas. Escribo a veces historias que me sugieren mis cuadros, pues a menudo un medio solamente no es suficiente para expresar lo que quiero expresar. Así, las letras se mezclan con los colores. Surge el personaje en el relato y la forma se establece en el lienzo. Así me son más familiares, más cercanos mis muñecos. Me acompañan en mi soledad. Y apareció la primera pregunta:
-¿Y por qué está solo?
-No lo sé. ¿Quiere usted remediarlo?
-Podemos intentarlo, dijo.
Durante dos semanas, prácticamente no nos separamos. No sé cómo, cuándo ni qué diría ella a los demás: en el trabajo, a su familia, al mundo suyo. Sólo sé que duchándome con ella, secándole la suave piel, despertando en la misma cama que ella, me sentí por fin, cogido al mundo con las dos manos.
Escribía por las mañanas, cuando ella dormía. La pintaba a veces, cuando se ponía a leerme. Era una excelente lectora, y dominaba el arte de no despojar a la poesía de su misterio. No exageraba las inflexiones de la voz ni levantaba nunca ésta por encima del susurro. Escuchaba su intimidad mientras decía los versos, sin recitarlos. Me acompasaba al ritmo de sus sílabas, como un gato sobre un regazo maternal.
Bájabamos a veces, por las tardes, a ver el mundo, a constatar que seguía allí existiendo ese ruido, esas otras gentes desconocidas, esos olores tan carnales; a aceite frito, a jabón, a sudor, a humo. Y por la noche, las luces de los faros de los coches y el zumbido de las máquinas que los llevaban a destino, parecían recordarnos que el tiempo corre sin cesar, que no podemos detenerlo. En un momento u otro él nos atrapa, nos hace el rizo. Nos lleva al otro lado de la cinta y ya estamos otra vez sumergidos en la rutina, en el aburrimiento, en el sopor de cada día. Se acaba la magia y se acaba y se va.
Y así se fue el tiempo nuestro, y empezamos a hablar de vida en común, y ella me contó de su trabajo, al que debía volver, de su familia, de sus padres, hermanos, de sus amigas y yo...que tenía mucho menos que contar, también hablé de mi infancia, de mis padres, ya muertos, de mis dos hermanas, gemelas idénticas, y sin embargo, tan diferentes entre sí. Y le expliqué que en mi soledad, antes de encontrarla a ella, yo era feliz. Estaba tranquilo y resignado. Amaba lo poco que tenía: la pintura, las formas que adoptaban a veces mis esculturas, mis palabras... que de vez en cuando tenían un sentido, y en cambio ahora eso parecía tan poco, me dejaba tan vacío solamente tener eso. Porque la necesitaba a ella, y cada día la anhelaba, y cada frase suya me hacía desear escuchar la siguiente frase y necesitaba tocarla y si no la tocaba sentía que a mi mano, a mi cuerpo todo le faltaba una parte, y buscaba su cuerpo, su dedo, su pie, cualquier parte de su cuerpo, para tocarlo y para sentir que era. Que yo era. que yo existía, en efecto, Allí. En ese pedacito de carne, de dedo, de pie. Allí era yo, existía todo yo, concentrado en su existencia como un niño en la silueta de un globo que se pierde en el espacio.
Pero ya había yo observado que a veces ella me juzgaba y no le gustaba del todo. Ya notaba yo que parte de su cara me negaba lo que con la otra parte me concedía. Ya comenzaba ella a veces a saltar de la cama y a irse...Y una noche escuché ese otro tic-tac del segundo corazón. Antes no lo había oído, anegado como estaba en mi propio placer egoísta. Pero una noche lo oí.
No dije nada.
Callé, por miedo a escuchar una verdad insoportable.
Ella volvió al trabajo, a su vida. Llegaba siempre a las seis de la tarde. Eso me tranquilizó. Pensé: debe haber algún eco extraño en ese pecho tan hermoso; algún desván donde el corazón retumbe de tan grande que es.
Un día, ya pasados algunos meses, ella ya no volvió a las seis.
Y por la noche, mientras dormía, comprobé que el segundo latido del corazón del otro lado era más y más fuerte cada vez. Cada noche, durante un tiempo, volví a escuchar ese latido, a comprobar si existía verdaderamente ese segundo corazón. Y aún más. Encontré unas llaves, unas llaves en su bolso. Cuando las encontré, porque las buscaba, mi propio corazón resonó tan estruendosamente que me asusté. Quedé sobresaltado. Ella ya no se duchaba, para entonces, conmigo. Ya se secaba sola la suave piel. Había pasado el tiempo, nuestro tiempo. El viento y el frescor se hacían más evidentes, y en mi alma se anunciaba una tormenta. Porque ¿qué podía hacer? Engañarme o afrontar... hablar. No, no quise hablar. Tuve miedo de perderla. Pero la espié cuando me miraba, con esos dos ojos asimétricos, y cuando me decía hola con una mano y adiós con la otra mano, y cuando un corazón ya latía débilmente por mí, mientras que el otro iba vigorosamente alado al corazón del otro. La espié, pero no la seguí.
No la seguí porque poco a poco me fui recluyendo en mí mismo, en mi casa, en mi obra. Deseaba el ostracismo. Me convertí en un hombre cuya única vida entraba por la puerta a cualquier hora. Ya no contaba las horas que ella estaba conmigo, ni escuchaba las palabras de conmiseración que le despertaba mi aspecto. Yo me encerraba en el baño, a veces, a llorar y mirar mi imagen reflejada en el espejo. Tántalo seducido y paralizado por el miedo. Sabía que la perdía y no podía hacer nada. Ni siquiera llamarla por el nombre del otro.
Y un día, ella no llegó.
Y otro día, ella no llegó.
Y el tercer día, y el cuarto, ella no volvió.
Y yo no fui a buscarla; no salí a la Gran Vía a ver si la veía. Ni me detuve delante de la escalera del metro , entre Aribau y Plaza Universidad. No lo hice. En cambio, pinté y pinté su rostro en muchos lienzos; su rostro azul y amarillo, con un ojo ligeramente más grande que el otro, con una pupila algo más dilatada, un ojo más dulce, y otro más amargo, crítico, con el que sin duda me juzgó indigno de ser dueño de sus dos corazones.

El Instituto Colonia Guadalupe

El Instituto Colonia Guadalupe

Yo pasé toda mi primaria en ese pequeño colegio, muy estricto. Todos los lunes cantábamos el himno nacional y también el himno del Colegio, cuya letra y música había escrito la maestra de inglés. No recuerdo su nombre, pero tenía una voz de soprano que nos hacía reír a todos. La letra era ésta:

El "Instituto Colonia Guadalupe",
rica fuente de ciencia y saber.
Todo alumno que aquí un lugar ocupe,
con rectitud debe proceder.

Venerar a la Patria querida,
es principio de un santo deber.
Ser valiente y honrado en la vida,
tanto el hombre como la mujer.

Implorar siempre ayuda del cielo,
aprender a luchar con valor.
Del hogar ser la paz y el consuelo,
de la escuela salir con honor.

Un sendero de amor sembraremos,
con las rosas del más alto ideal.
Y estudiando por fin venceremos,
apartando el camino del mal.

El "Instituto Colonia Guadalupe"... (bis)

La letras es muy bonita y también lo era la música, que aún recuerdo perfectamente.
La escuela era de dos señoritas ya viejas, Carmen y Anita Amaro. De familias buenas de Chihuahua.
Pero yo sufrí mucho, intentando siempre destacar y siendo poco apreciada por mis méritos, hasta que gané aquel concurso de zona escolar que algún día relataré.

El inocente asesino

El inocente asesino

Por Gabriela Zayas

El tiempo aquí fuera pasa de otro modo. El tiempo no tiene una sola interpretación. Todos saben que sus ritmos son variables. El tiempo aquí, el tiempo en que te recuerdo, es infinitamente lento. Salgo del piso. Camino hacia el Portal del Ángel. Tengo tiempo y miro con detenimiento los escaparates de anticuarios, de marquistas; las galerías comerciales, las tiendas de discos, los bares. Atravieso las Ramblas y la calle Canuda antes de llegar a la Plaza. Entro en el café de la Catedral, todavía cerca de donde ocurrió aquel parricidio que aún recuerdan en el barrio, por su horrible crudeza.
Nadie conocía a aquel chico, me dice mi casual compañera de mesa. El bar está lleno hasta los topes y me ha pedido que la deje sentar mientras bebe su copa de cerveza. Me conocía de vista, me dice, me ha visto en otras ocasiones por aquí. Asiento. Didier, me cuenta, fue condenado a cumplir la pena en el Hospital Psiquiátrico de Reus hasta llegar a la mayoría de edad. Después, sería liberado. Un niño aislado, que desconocía el mundo que se extendía más allá de los visillos de la ventana. Al parecer, la mayor parte del tiempo la había pasado en una cuna, dormido o drogado. Su único entretenimiento fue mirar y mirar a su alrededor, haciendo un día tras otro de su corta vida, el monótono catálogo de los objetos de la habitación: la colcha de la cama de su madre, las figuras de un belén que años atrás se había montado y no había sido guardado. Las botellas de colonia, los frascos de crema, los pintalabios de Julie.
Mi desconocida narradora era una mujer cuyos ojos me recordaban vivamente los tuyos. De ahí que la escuchara con absoluta atención y accediera, gustoso, a escuchar la truculenta historia de aquel crimen.
Julie, la madre, era una mujer aún atractiva. Cuando digo “aún”, me refiero, me dijo mi narradora, a que todavía las arrugas que surcaban su rostro la hacían parecer interesante, todavía no decrépita. Su cuerpo seguía siendo grácil, pero la sonrisa no acababa de cuajar en el delicado rostro. Siempre vestida de negro y con sencillez, recordaba a todos la época en que Saint Germain se hallaba lleno de cuevas de jazz y la “bohemia” aún existía. Julie se parecía a aquella cantante ¿Yo no la conocía? ¿no había oído hablar de ella? Se llamaba Juliette Greco. Estuvo muy de moda en mis años de juventud, dijo mi narradora. Claro que yo era demasiado joven para conocerla. El caso es que, delgada y distante, Julie, una francesa que hablaba con dificultad el castellano, iba y venía, abría y cerraba la puerta del portal, sin intercambiar palabra con nadie. Por eso mismo, nadie sabía que en su vida existía un secreto: la existencia de Didier, su presencia, hacía años, en la casa.
La mañana que Didier salió a la calle por vez primera, semidesnudo, manchado de sangre y balbuceando incoherencias, no se pudo establecer en un primer momento de dónde provenía. Bastante alto y encorvado, el albornoz azul con ositos blancos que vestía le llegaba apenas a cubrir las nalgas. Los brazos difícilmente entraban en las mangas. Le cubrían hasta los codos, apretando sus macilentas carnes. La blancura extrema del rostro y de todo su cuerpo revelaban bien a las claras que no había sido expuesto directamente a la luz del sol. Azorado, el muchacho se quedó hecho un ovillo en la acera, con los ojos cerrados y los labios temblando, a unos cincuenta metros de su domicilio. Casi enseguida, personas solícitas y extrañadas le rodearon ¿Qué ocurre, chaval? Su balbuceo no cesó, pero era ininteligible. No lloraba (después se comprobó, dijo mi narradora, que ni siquiera al sufrir un daño físico, un golpe fuerte o una caída, Didier era capaz de llorar: no conocía el consuelo de las lágrimas). Se le veía abatido y confuso y su mirada era errática. Nadie se atrevió a tocarlo hasta la llegada del SAMUR.
Entre las calles de este barrio de estudiantes, de artistas y de malvivientes, te recuerdo, querida mía. Recorro estas calles observando todas las nucas, buscando en todos los ojos. Esperando que un día, por un extraño milagro (pero qué digo: todos los milagros son extraños y ésa es, precisamente, su naturaleza), vengas a mí o vislumbre tus cabellos o tu cuello. Tu estrecha cintura, tus hermosas, sinuosas caderas. Sueño con frecuencia que me buscas en la estrecha calle. Que llamas a mi puerta. Cada vez que suena el timbre me sobresalto, pensando en ti; late mi corazón aceleradamente por ti, hasta parecer que va a estallarme dentro del pecho; mis dedos esperan tus mejillas, tus sienes, tus cabellos; mi boca muerde la tuya, antes de besarla. Pero nunca eres tú. Tú no llamas nunca a mi puerta. El tiempo eternizado de tu pérdida me inunda mansamente: la certidumbre de tu pérdida. Mis ojos ya no te lloran. Tu ausencia es ya sustancial en mí. Inquieto con tu recuerdo, desosegado, vuelvo a mirar los ojos de mi interlocutora y vuelvo a la historia de Didier. Mientras la narra, la mujer fuma compulsivamente. Mira hacia el vacío o hacia la copa de cerveza que bebe lentamente. Evita mi mirada al narrar la terrible historia. Mi mirada escrutadora, fija en ella, atenta.
Poco después de llegar el SAMUR, llegó también la policía. Se siguió el breve rastro de sangre que el muchacho había dejado tras de sí en sentido inverso y penetraron en el portal, subieron la escalera, abrieron la puerta y hallaron el lugar del crimen.
Allí se hallaba el cadáver decapitado de una mujer, cuidadosamente colocado dentro de la cuna en la que luego se supo que había dormido Didier desde su nacimiento. Una cuna romántica, inocente como todas las cunas, pintada de blanco y con los esbeltos barrotes torneados. Sobre la cama de matrimonio que se hallaba en la misma habitación, fue encontrada la cabeza, depositada sobre una de las almohadas.
La autopsia demostró después que Julie no había sido violada. Sin embargo, su cuerpo había sido cubierto con saliva y después, rociado con el semen del adolescente de 13 años. La cabeza había sido lavada, me dijo, estremeciéndose, mi narradora. Didier había removido todo rastro de sangre. El cabello había sido secado y peinado. En el rostro destacaba un “rouge” intenso de Chanel. Tenía una expresión tranquila. Sí, tranquila. No era más que una cabeza limpia, perfectamente colocada encima de un almohadón. Ominosa, la cabeza casi esbozaba aquella sonrisa que en vida de Julie no había conseguido cuajar.
Mientras escucho la historia, impasible, recorro el rostro de la mujer del bar. Miro sus manos nerviosas, que van del cigarrillo al cenicero y luego a la copa de cerveza. Y miro su boca, que se abre y cierra al articular la narración y al fumar y al beber el dorado líquido. Miro también la ceniza acumulada en el cenicero, inmunda. Al mirar sus manos blancas me vienen a la memoria tus blancas manos, tan dulces, tan pequeñitas. Tus dedos finos, las afiladas uñas con que arañaste mis manos y mi rostro, querida madre mía, mientras yo te cortaba el grácil cuello. Una vez terminadas la historia del niño asesino y la copa de cerveza, he invitado a la mujer narradora a tomar una segunda copa en mi piso de la Calle Escudellers. Y ella ha aceptado, sonriente. Desde luego, tiene una hermosa cabeza.

Cuento: El cazador y el perro

Cuento: El cazador y el perro

Por Gabriela Zayas

Hace tiempo escuché esta historia.
En el Valle de Graf, en las montañas leonesas, vivía un cazador. Era conocido en todo el lugar por su hosquedad y su difícil carácter. Nadie se explicaba por qué Refrén no bajaba hasta el pueblo en los días de fiesta, o cómo era posible que viviera allá arriba, en medio de las peñas, sin más compañía que la de su perro.
Lo que los aldeanos ignoraban era que el perro de Refrén hablaba. Y por las tardes y durante las grises mañanas lluviosas, mientras transportaban la leña al hogar o buscaban la pieza, disertaban sobre todos los temas, sobre lo humano y lo divino. El perro argumentaba demasiado e incluso defendía ciertos puntos de vista contrarios a los de su amo, y éste, a menudo, cansado de su cháchara, le hacía callar con un pescozón. Entonces el perro le miraba con ojos tristes. Aguardaba a que el amo recuperara el humor y le diera, de nuevo, permiso para hablar.
Poco a poco, las charlas se fueron haciendo más cortas y menos gratas. Las palabras se fueron haciendo frías, y las discusiones subieron de temperatura. Refrén exigía que el perro estuviera siempre de acuerdo con él. Demandaba continuos halagos y no aceptaba la menor crítica. Y el perro tenía una personalidad tan definida que no se arredraba y defendía sus puntos de vista. La amistad entre ambos se fue enrareciendo.
Una noche ( hacía frío y el cierzo estaba por caer), en medio de una discusión intrascendente, Refrén decidió castigar a su perro. Primero le hizo callar. Luego le prohibió que le hablara hasta nueva orden. Abrió la puerta de la casita y señaló el monte. -Esta noche duermes fuera, le dijo. No quiero oírte ni rechistar. Ya te llamaré cuando lo considere pertinente.
El perro salió y calló. Conocía a Refrén y sabía que sus cóleras eran terribles. Triste y dolido, buscó un saliente bajo la roca y ahí pasó la noche. Al llegar la mañana esperó, pero el amo no le llamaba.
Nervioso, triste, el perro pasó algunos días, un número de días indeterminado, sin oír el silbido de su amo. Hasta que un día, el amo silbó. El perro, casi enfermo de pena, pero decidido, se dirigió a la cabaña y le miró.
Le dijo: "Si vine aquí a hacerte compañía fue porque tuve compasión de tu soledad y de tu exilio de los hombres, y no para que me maltrataras. Te has convertido en un tirano.Te dejo aquí. No mereces mi fiel amor, ni mi compañía, ni mis palabras".
Mientras miraba alejarse al perro, Refrén pensó: "Ya encontraré otro perro que me hable".

Cuento: El sueño de Mela Aizpuru

Cuento: El sueño de Mela Aizpuru

Por Gabriela Zayas

Mela... cuando la pienso, la veo erguida, alta y delgada como un junco, erguida y delgada por el corsé que usó durante años, siempre diciendo enderézate, hijita. Hay que ir siempre erguida en esta vida, pase el que pase.
Ojos azules, piel translúcida de tan blanca. Manos de pianista y tocaba...cómo tocaba Mela. Si todo lo hacía bien: leer, recitar, amasar pan o encender el horno a las cinco de la mañana, allá en Honduras, para alimentar a aquella ilustre tropa de sus hijos: Alberto, Vicente, Melita, Leonor, Sara, Samuel, Raquel y María . Aquella tropa que en los ríos se lanzaba a la brava, nalga al aire, salvaje, riente e inconsciente. Mi tío Sami aprendió a nadar antes que a andar porque lo lanzaron al río, y él, muy listo, movió las patitas y las manos diminutas: flotó. Hay milagros. A caballo se desplazaban por los campos. Mela, amazona osada. Hasta en una edad más que madura la veo montada, en los prados del Desierto de los Leones, qué nombre paradójico para un valle cubierto de bosques milenarios, cruzando rauda, diciendo, te juego una carrera, a ver quién gana.
Mela, obstinada, voluntariosa. Corría la voz en la casa, "Melita quiere"...
Melita quiere y consigue. Consiguió a su marido, un hombre raro, un hombre honesto, vegetariano, socialista , culto y con barbas de chivo, porque le gustó cómo la tomó del talle en un baile, allá en Chihuahua, en su Parral de los recuerdos. Todos los galanes eran tímidos. Tomaban a las señoritas como con miedo, y ella me dijo, tu abuelito me agarró firmemente por el talle y me dijo, míreme a la cara, señorita, porque está usted viendo la cara de su marido, del que se va a casar con usted dentro de un año. Así que míreme de frente, a ver si le gusto. Y si le gusto, quedamos cuando quiera.
En esa época, me dijo Mela, las muchachas decentes no miraban a los ojos a los hombres, sólo de refilón, no fuera a ser que se pensaran que ellas andaban buscando líos. Pero mi abuela lo miró, lo miró a la cara fijamente, me dijo, y le sonrió. Le dijo, pues sí, usted me gusta. Tiene los ojos transparentes y le voy a decir una cosa, si usted me quiere por esposa, yo también lo querré a usted. Pero no me haga bolas. Sea usted firme en sus sentimientos. Una canita al aire y usted no me ve más. Casados o no casados ¿Estamos?
Mi abuela Mela y Pedro se casaron al año. Año de 1898. Él andaba siempre estudiando, con sus libros alemanes, franceses, sus libros en griego y en latín ,y era muy muchachero, jugaba siempre con sus hijos, les enseñaba cosas desordenadamente. Ella mandaba en la casa, qué duda cabe. Ella imponía el orden. Melita quiere. Fueron naciendo los hijos, y vino la Bola. La revolución. Pedro vio su momento. Momento de cumplir sus anhelos de justicia social. México es un país de aprovechados y de ladrones. Hay que dar a los pobres lo que es suyo, lo que les han quitado todos éstos. Y se apuntó a las filas del Constitucionalismo. Nunca fue de Pancho Villa, nunca le gustaron esas bromas del Centauro del Norte, esas pachangas. Es un simple cuatrero, eso le dijo a Mela. Te voy a mandar fuera con los niños, porque no quiero que vengan esos cabrones y te violen, te maten y me presenten tu cabeza. Te me vas a ir muy lejos. Con la tropa. Te nombro capitana de tu pequeño ejército, ahí me los cuidas. Me les enseñas lo que en la escuela no enseñan. A ser hombres y mujeres de bien. Samuel estaba tan chiquito que ni siquiera gateaba.
Pedro acompañó a Venustiano Carranza en todas sus campañas. Era un hombre de letras y era un hombre de acción. Estuvo en el Congreso Constituyente y en las buenas y en las malas fue siempre fiel a sus ideas y a Mela. Tal como le prometió.
Mi abuelita, desde el comienzo, entendió que la decisión de su marido era una orden. Y ahí se fue mi abuelita, cruzando la República de lado a lado, atravesando Guatemala, a caballo, en burro, en carreta y en tren, que todo eso usó para llegar tan lejos, y se instaló en Olanchito, donde encontró un lugar a su gusto. En el monte. Junto al río Aguán. Allá la llamaban la inglesita, por sus cabellos claros y sus ojos azules, pero era más mexicana que el mole. Melita quiere. Mujer del norte mexicano, brava como un león herido, dulce como una canción. Con la tropa siempre ordenada, aún en medio de aquellas selvas, de aquellos montes, en medio del bravo río, remando para ir a buscar las vituallas. Tú vas por la leña, Alberto; a ver, Vicente, esas manos, lavadas; vamos a ponernos con el solfeo después de la siembra del maicito; vístanse para comer. Y todos ellos aprendieron a solfear, a amasar pan, a hacer tortillas, a nadar y a cazar conejos y palomas. Aprendieron a leer en francés y en castellano, y los grandes cuidaban de los chicos, y a veces, como he dicho, los tiraban al río.
En la noche, las camas con mosquitera los guardaban como las alas del ángel de la guarda.
Y esa noche, la noche del sueño de Mela, Mela vio cómo su cama comenzaba a arder. Se despertó en el sueño, en el sueño soñó que despertaba. La cama ardía y en la puerta estaba Pedro. Pedro herido, con una raja en el pecho, con la camisa hecha jirones, descalzo y todo ennegrecido por el fuego. En la mano llevaba una carta sellada.
Mi abuela le dijo, Pedro ¿se está quemando la casa? Y él contestó, no Mela, soy yo que ya estoy muerto. Vengo a avisarte. Nunca te dije que te quería como te quería. Mis palabras no fueron reflejo de mi amor. Te lo hice ver, sí es cierto, pero tuve siempre miedo de decirte palabra a palabra lo feliz que me hiciste. Lo mucho que te quiero. Por eso, en las noches, en las madrugadas, cuando llegaba a los ranchos o dormía al raso, me ocupé de escribirte poco a poco lo que estuve sintiendo todos estos años por ti. Y aquí te traigo la carta: es muy larga, es como un diario de mi amor. Léela con gusto, sabe cuánto te quise, cuánto te estoy queriendo.
Mela, en el sueño, se levantó y apartó los tules de la cama, que ardían. Iba descalza, me cuenta, sintiendo el suelo frío. Se acercó a su marido y le tomó la carta de las manos. Él desapareció.
Cuando se despertó al otro día, Melita supo que el sueño era verdad, que su Pedro había muerto en algún lado. Buscó la carta por toda la pieza, pero no la encontró. Pensó, ya llegará la carta, y preparó a sus hijos. Les dijo, muchachos, su papá se murió. Anoche vino a verme. No nos vamos a poner de luto porque el luto se lleva dentro. Vamos a dar una vuelta por el monte, vamos a recoger muchas flores, las vamos a tirar al río, para que le lleguen.
Preparó luego a la tropa, órdenes y contraórdenes, y comenzó el regreso hasta Parral. Tardó más de un año en llegar, y cuando por fin llegó, la estaba esperando una carta de mi abuelo. Un compañero de armas la había llevado hasta la casa de los padres de Mela. Mi abuelo, tal vez presintiendo el fin, se la había dado a Bernardo Álvarez, por si le pasaba algo.
Pedro había muerto en Tlaxcaltongo, al lado de su general Carranza, en la emboscada. Se habían refugiado de la balacera en una iglesia y allí los habían matado. Los encerraron y prendieron fuego a la iglesia. Así había muerto Pedro. Chamuscado.
¿Y la carta, abuelita? ¿La carta?... Mela me miró, ojos azules, piel translúcida. La carta, m' hijita, la tengo en esa cajita de terciopelo. Ya les dije a tus tíos. Cuando me muera, que me incineren con ella. Yo también quiero arder, me dijo, con esa carta en mis manos.