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Otelo

Otelo

Por Gabriela Zayas

Por la noche, sigiloso, lo sentí abrir la puerta de la cámara donde yo yacía, ya trémula, esperando su abrazo.Estaba desnuda sobre la seda azul de las sábanas de Oriente. Vi brillar, a la luz de las velas, sus profundos ojos negros. Alcancé a sentir sus manos recorriendo mi cuerpo. Sus dedos alrededor de mi cuello. Dejé escapar un ligero suspiro. Y comencé a disfrutar del mayor placer que jamás conocí. Tan hermoso fue, que no quise despertarme a pesar de que, en la lejanía, escuché que me llamaba desesperadamente.

La sorpresa de Pascua

La sorpresa  de Pascua

Por Gabriela Zayas

Cuando éramos niños, mi madre solía esconder en el inmenso jardín de la casa, canastas con huevos de chocolate o de caramelo, conejitos de peluche, así como pollitos de juguete. Nos levantábamos ilusionados. El jardín era tan grande...era como buscar un tesoro en alta mar. A veces, triunfando sobre esa indolencia que la caracterizaba para todo aquello que tenía que ver con nosotros, mi madre se levantaba de la cama para indicarnos si estábamos cerca o lejos de nuestro objetivo: Frío, frío...tibio...caliente....hirviendo, cuando llegábamos a descubrir el tesoro chocolatil. Una vez, yo debía tener 8 ó 9 años, llegó una postal desde Estados Unidos, debía ser el Lunes de Pascua. Llevaba escrito mi nombe en el sobre y la abrí. Descubrí un conejito pintado, con una lágrima de cristal pegada a su mejilla. Algo como estoy lejos y te recuerdo en Pascua debía decir. Era del extraño: del padre no recordado, no conocido, misterioso ser cuya existencia se intuía pero de quien no se hablaba: nunca se hablaba de él, su existencia no podía ponerse en duda, pero era eludida, acallada, quizá por ser un ser peligroso, un ser fantasmagórico, ominoso. Las cábalas de Pablo y mías sobre la excéntrica postal, un conejo llorando una lágrima de cristal pegada a su mejilla; la ahora verificada existencia de tan misterioso ser superaron ese año la expectativa de la canasta oculta entre las plantas. Aún así, y para mayor seguridad, preguntamos a mi madre por la existencia del ser misterioso. Enfadada, me riñó por haber abierto el sobre. Yo respondí, lo recuerdo como si fuese hoy, el sobre ponía mi nombre, y tuve conciencia de la profunda injusticia de ella cuando respondió, es igual: no debías haberla abierto sin estar yo presente.
Verificada de esa manera algo enigmática la peligrosidad del sujeto que envío la conejil postal lacrimosa, Pablo y yo decidimos enterrarla al lado del cadáver de nuestro amado perro "Tigre", como testimonio una vez más de que aquello no podía constituir y no constituía, más que un mensaje de un más allá cuyos detalles no deseábamos investigar, por miedo a ser fulminados por el rayo de la ira de ella. Sin embargo y a pesar de mis deseos, ya veis cómo aquí, tantos años después, esa postal de Pascua se erige como uno de los más vívidos recuerdos de mi infancia.
De entonces acá, los conejos de Pascua, los huevos de chocolate, las canastitas escondidas y las postales alusivas me han parecido objetos especialmente siniestros.
Así fue como Pablo y yo comprobamos que el ser llamado "padre" existía verdaderamente. Fue una sorpresa de Pascua.

Notas sobre la adaptación de

Notas sobre la adaptación de

Por Sally Potter (Trad. de Gabriela Zayas)

Mi objetivo al adaptar el libro de Virginia Woolf para la pantalla fue encontrar un camino verdadero hacia el espíritu del libro y hacia las intenciones de Virginia. Al mismo tiempo, intenté que la modificación del material no fuese brusca o innecesaria al transformarlo en material cinematográfico.
Habría sido contraproducente establecer una relación de servilismo literal respecto al libro, pues ella fue una escritora comprometida con la escritura y la forma novelística. La película, de la misma manera, debía comprometerse con la energía de lo cinematográfico. Y aun cuando el libro era una destilación de 400 años de historia inglesa (por cierto, una visión libre de esa historia, tocada con un cierto grado de licencia poética), la película necesitaba llegar aún más allá.
Los cambios más urgentes fueron de estructura. El argumento se simplificó: todos los hechos que no estaban directamente relacionados con el tema central fueron desestimados.
También se tuvo que reconducir la narración. Mientras que la novela podía soportar perfectamente la abstracción o la arbitrariedad (como el cambio de sexo de Orlando), el cine es más pragmático. Tenía que haber razones – aunque fuesen sutiles- para propulsarnos en ese viaje vital que se basa en una especie de suspensión en la incredulidad.
Así es como, en la película, la reina Elizabeth parece prefigurar la larga vida de Orlando("No desfallezcas, no te marchites, no envejezcas..."), mientras que en el libro esta perenne juventud permanece inexplicada.
Asimismo, el cambio de sexo de Orlando en la película es el resultado de haber llegado a una crisis: la crisis de la identidad masculina. En el campo de batalla él mira la muerte y la destrucción a la cara y afronta el reto de
matar o morir. Es la imposibilidad de Orlando para conformarse a lo que se espera de él como hombre lo que lo lleva (dentro de la lógica de la película), a este cambio de sexo. Después, por supuesto, como mujer, encuentra que no puede adaptarse a aquello que se espera de ella como fémina tampoco, y hace una serie de elecciones que la llevan, a diferencia del libro, a encontrarse sin un marido, sin su maravillosa casa, y con una hija – y no con un hijo, como en el libro-.
Estos cambios me parecieron consistentes del todo con el punto de vista que Virginia Woolf desarrolló en otras obras suyas en relación con la condición femenina (especialmente en "Una habitación propia") y también con la lógica interna del marco inicial de la primera parte de la historia.
Orlando es principalmente una historia de pérdida: la pérdida del tiempo a medida que transcurre; y una meditación sobre la fugacidad del amor, del poder y de la política. Yo simplemente llevé esa lógica hasta incluir la pérdida de la casa familiar y del estatus de la protagonista en el siglo XX.
En la novela, la pérdida de la propiedad es un indicativo de que las mujeres son ciudadanos de segunda clase, pero hay también un aspecto que merece una celebración: la pérdida de los privilegios y del estatus que se basa en un
anacrónico sentido de clase en Inglaterra.
Orlando por supuesto, fue escrita como una biografía espúrea de Vita Sackville-West. Cuando el libro se atiene más a los hechos reales, es cuando pierde fuerza como historia y como literatura – como cuando Orlando “se ocupa” de la casa al final del libro— que fue una recurso de Virginia para restaurar el mundo perdido a Vita Sackville-West.
Yo traté de transformar el "Orlando" en una obra más sólidamente unida a una visión profundamente irónica de la clase alta inglesa y de su actitud colonialista.
Al mismo tiempo, necesitaba que Orlando fuese un personaje adorable. La clave estaba en mostrar su inmarchitable inocencia. Sucede que él nace en el seno de una clase social, un lugar y un tiempo y es modelado por ellos, pero, aunque su ser esencial permanece, sus patrones de conducta y su actitud varían y se transforman.
Otros cambios evidentes ente libro y película fueron la inclusion de diálogos (y poemas) que han sido inventados a partir de sutiles claves encontradas en el texto... y las palabras de Orlando y sus miradas a cámara
se incluyeron como un guiño a la propia autora, que gusta de dirigirse directamente a sus lectores y para convertir el ingenio de Virginia Wolf en humor cinematográfico, capaz de provocar una sonrisa en los espectadores.
Finalmente, al concluir la obra en un tiempo presente, contemporáneo nuestro, respondía al mismo deseo de la autora de llevar el fin de su obra hasta el tiempo de su escritura. Llevar ese final hasta nuestros días requería incluir algunos hechos esenciales del siglo XX, como las dos guerras mundiales, la revolución electrónica y la contracción del espacio reinventado por la velocidad. Pero la película acaba en algún sitio intermedio entre el cielo y la tierra, en un lugar de comunión y de éxtasis con el momento presente.

Análisis de

Análisis de

Por Gabriela Zayas


a)Texto del cuento de Cortázar:

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
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b)Orden y estructura del cuento.
El orden de los hechos se da de una manera clásica: En las primeras líneas, el lector acompaña, a través de la narración de un narrador omnisciente, al personaje central del cuento El punto de partida del cuento nos presenta a este personaje, dueño de una hacienda, que lee una novela. La lee de espaldas a la puerta. El escenario se despliega ante nuestros ojos, así como la localización del personaje en él. El estudio, el parque de los robles, el sillón favorito, los ventanales...El estatus del personaje nos lo da Cortázar al mencionar su condición de hacendado, al mencionar al mayordomo, al abogado...También la actitud del lector, a través de una penetración en sus sensaciones y pensamientos: goce, atención, memoria de lo leído.
Entramos en el meollo de la trama ( el lector del lector piensa que se trata de la trama de la novela que lee el lector), cuando entran en escena los otros dos personajes : los amantes.
La mujer, recelosa. El hombre, impaciente. El complot. El tercero que sobra, que hay que eliminar. La separación de los amantes. Ella se va. Sigue la senda que va al norte. Él se dirige hacia la casa con el puñal en la mano. Sabemos que va a matar.
El desenlace se precipita. El narrador nos sitúa al lado del amante. Vamos con él recorriendo las habitaciones que lo ( que nos) separan del marido, del que sobra, del que será asesinado. La sorpresa (la maestría de Cortázar se evidencia), es cuando vemos que el marido es el lector, y descubrimos que la trama que leíamos no es la de la novela que lee, sino la del cuento que leemos. El puñal queda alzado. No cae. Fin de la narración, pero no del relato, que nosotros completaremos, como explicaré más adelante.
Así pues, el relato transcurre en dos niveles: el lector- personaje-víctima. Y el otro lector (que soy yo), que es cómplice inconsciente, primero, y que luego, al final del cuento, en su mente bajará el puñal del amante ( en un espacio blanco yo imagino lo que me sugiere el narrador). Lo que no sucede en la palabra escrita por Cortázar sucede en mi mente, en la mente de todos los lectores del cuento. Yo ( y todos los lectores de Cortázar), bajamos el puñal, convirtiéndonos, por tanto, en asesinos virtuales del lector-personaje. Así, la frontera entre lectura y vida se estrecha, se diluye. El lector (yo), participo, así sea pasivamente, en la muerte del lector-personaje. Acudo a su casa, paso las habitaciones, cada vez más rápido, hasta llevar a cabo ese gesto final: el de bajar el puñal asesino.
El relato nos retrotrae en el tiempo al momento de la lectura que hace el lector personaje de su novela. El tiempo en que él lee es el mismo que empleo yo en leer el relato en el que él está situado. Cuando él lee a los amantes que se encuentran en el parque, yo estoy ahí: en ese fragmento , también. Su tiempo y mi tiempo coinciden. Pero yo no lo sé. Sólo tengo conciencia de ello cuando, acompañando al amante asesino, entro en el estudio, le veo leyendo la novela que cuenta su propia muerte. Ahí, compartiendo su mismo espacio, mi tiempo ya es otro que el suyo. Mi actitud no puede ser otra: el narrador me obliga a acercarme, a ver el puñal que pende sobre él. El lector no sé si se apercibe también: ya sólo contemplo el puñal, ya sólo lo bajo, violentamente, sobre su espalda. Así, el tiempo circular nos envuelve, como en aquel otro relato de Cortázar, "Axolótl", Es uno de sus juegos favoritos.
El tiempo discurre linealmente, para ambos lectores. Es decir, él lee una novela que tiene un desarrollo (cuando los amantes se encuentran para repasar el guión del asesinato del que sobra), y la muerte del marido. Y yo leo linealmente, también hacia adelante, ese mismo guión. Lo que se modifica es la dimensión . Cuando yo paso de ser lector del lector, a ser acompañante y actante al bajar el puñal. El final suspende la muerte del lector-personaje. No la consuma. Yo la consumo, ahí mi tiempo prevalece. El otro, el del relato propiamente dicho, ha terminado un segundo antes.
En el relato intervienen otros personajes, además del amante, del lector-personaje y de el "yo" que lee: el mayordomo y el abogado solamente introducen información relativa a la situación económica y social del personaje-lector, del futuro asesinado. Son referenciales. Ella, la esposa, en cambio, es la que provoca el "causus belli": la Helena de esta guerra. El objeto que, para ser conseguido, requiere de la eliminación del marido, del personaje que sobra en esta historia: el lector-personaje. Ella aparece pues, brevemente descrita. Y su tiempo se pierde antes de que nosotros entremos en escena como "yo" lector-coadyuvante. Ella y él no se reúnen en el parque para consumar sus amores, sino para repasar los detalles del asesinato. Ella va recelosa, como ya he dicho, Ella restaña la sangre del amante, que se ha herido con una rama. Ella muestra así, con ese gesto lacónico, su amor y su interés por el amante. Lo acaricia, ella es la mujer incitadora, la Jezabel de la historia. Pero su aparición es solamente necesaria para explicar el asesinato. Porque finalmente, el relato no trata de este asesinato. Ya que no se consuma. El relato trata de como yo, lector de esta historia, me puedo convertir, por obra y gracia de la literatura, en un asesino. De cómo un lector pasa a ser personaje. De la frontera o del pasillo que nos separa o nos conduce de la vida al arte narrativo. De los conceptos de la "realidad" y de la "ficción". Ése es el verdadero tema del relato. La desaparición de las fronteras. Lo elusivo de las fronteras. O de cómo , casi sin sentirlo, un lector aparece en medio de una hacienda, al lado de un amante impaciente por tener a su amada, y sin conocerlo, es capaz de, fuera del tiempo real, en un tiempo imaginado, participar, consumar ese crimen que él no llega a consumar en las palabras del relato.

Así pues, tiempo de la lectura de la novela. Tiempo de mi lectura: transcurren paralelos. Tiempo de la mujer que se pierde al irse hacia el sendero del norte. Tiempo en que yo me sumo al tiempo del relato, me convierto en personaje. Y finalmente, tiempo cero del relato mismo, fin del relato. Mi tiempo continúa: yo asesino, yo bajo el puñal. Yo mato. Mi tiempo narrativo dura más que la acción narrada.Así pues, yo constituyo el futuro del relato.

¿Y cómo es esto posible? ¿qué recursos se emplean para ello? Pasaré a reseñarlos.
Al principio, el relato transcurre lentamente. Toda la parte primera, en la que el personaje-lector es introducido por el narrador, abunda en verbos de permanencia, en adverbios como "lentamente". La situación es estable y plácida "esa tarde".. "arrellanado" en su sillón, después de llevar a cabo ciertas gestiones, se sienta, por fin, a tomarse un tiempo para la lectura. La lectura que había comenzado días antes. Pero hoy es el día de la acción, de la acción que se proyectará sobre mí, aunque yo ahora lea inocentemente. Por ello iba "desgajando línea a línea", gozosamente, la trama de su novela. Igual que yo, que leo detenidamente. Los detalles me hablan de esa estabilidad, de esa tranquilidad. El sillón, en el que se acomoda "cómodamente", los cigarrillos, el hecho mismo de estar de espaldas a la puerta: confiado, abandonado a su lectura.
Luego, la trama del complot: la acción, con verbos durativos, se desarrolla ante mí como una película: "ella entraba"... "ahora llegaba" (él). (ella) "restañaba"las heridas. "El puñal se entibiaba". La escena transcurre ahora, vivaz. En movimiento toda ella. Todo vivo, vibrando."Debajo latía la libertad agazapada". "El diálogo anhelante corría".... Todo latiente, como contraste con lo que va a suceder. Con el asesinato que se planea. La figura del oponente se presenta como "abominable". es "la figura de otro cuerpo que era necesario destruir". El que sobra: el marido. Plan hecho anteriormente. Plan cuyos detalles habían sido configurados con perfecto cuidado. Nada había sido dejado al azar. Ahora estamos en el momento de la verdad. Ha llegado la hora, nos dice el relato. El suspense nos indica: estamos a punto de empezar a actuar. Nos preparamos para ello.
En la tercera parte, cuando ella desaparece ya y el "yo" del lector que lee el relato aparece, me sorprendo. La cámara que enfocaba los movimientos, los cuchicheos de los amantes ahora soy yo. Yo voy con el amante: Compruebo con él que todo está como estaba previsto que estuviera: "Los perros no debían ladrar, y no ladraron". "El mayordomo no estaría a esa hora y no estaba". "Subió (subimos, digo), los tres peldaños del porche y entró. Aquí terminan los verbos de acción, de acción ya hecha. Estamos en el umbral del crimen. Ya todo es presente. No hacen ya falta los verbos aquí: Yo veo la acción, la vivo. No me hacen falta verbos. Hago: Primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada". Voy con el amante: lo vemos todo juntos, lo recorremos todo, juntos. El tiempo narrativo se acelera con nuestros movimientos, mientras recorremos la sala, la galería, subimos la escalera.
"Dos puertas". Abrimos. Miramos. Todo transcurre en un segundo, mientras leo. "Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda". Las comas precipitan la búsqueda. La urgencia de la búsqueda. Pero llego, llegamos: "la puerta del salón, y entonces, el puñal en la mano, la luz de los ventanales" ( ya estoy en el principio del relato, en el espacio que me han descrito en esos primeros renglones), ya veo " el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón, leyendo una novela". Y sé para qué el narrador me ha conducido hasta ahí. Hago lo que me ha sugerido que debo hacer con todos aquellos verbos de obligación anteriores. No importa que el relato se detenga. Sé cómo acaba. Lo hago. Pienso: "Y baja el puñal, violentamente, hacia la nuca".
He terminado el cuento. Yo soy , al mismo tiempo, el lector, el personaje, el asesino y el narrador final. Gracias, Cortázar.

Paul Auster: "La noche del oráculo"

Paul Auster: "La noche del oráculo"

"La noche del oráculo" (2003) es la
novela más reciente del escritor neoyorquino por antonomasia. Si uno
busca deambular por las calles y la vida cotidiana de Nueva York o
desea reencontrarse con viejos recuerdos que tengan de fondo la
ciudad del Hudson, las obras de Auster son como pasar las páginas de
un álbum de imágenes familiares. Ahí, en éste su último libro,
también está la abigarrada geografía urbana de Brooklyn, Manhattan,
el Village y, en ella, escrupulosamente ubicados, pequeños
restaurantes, librerías, tiendas de alimentación o de
electrodomésticos que tal vez existan con nombres propios o quizás
sólo decoren el imaginario del novelista. No importa: todo nos
parece auténtico porque sabemos que el paisaje de Nueva York es así.
Pienso que las singulares historias que Auster cuenta no resultarían
tan convincentes si no ocurrieran en Nueva York, el magmático
escenario donde todo lo posible se hace verosímil.

Sidney Orr es un escritor por supuesto neoyorquino, de poco más de
treinta años, que acaba de salir de una grave enfermedad que ha
puesto en peligro su vida. Orr aparece enseguida como un personaje
inconfundible de Auster. Todas las mañanas, cuando su esposa Grace
se marcha a trabajar, Orr, todavía débil, pasea por la ciudad para
ir recuperando las fuerzas. El día 18 de septiembre de 1982 descubre
entre las calles Carroll y President, al sur de su barrio de Cobble
Hill, una pequeña papelería, el Palacio de Papel, regentada por un
chino enigmático, el señor Chang, y allí descubre un cuaderno de
color azul importado de Portugal que literalmente lo hipnotiza.
Conviene recordar que Auster escribió en 1993 un librito delicioso
con el título de El cuaderno rojo. Al llegar a casa y después de
meses sin coger la pluma, Orr escribe con extraña fluidez, casi en
trance, varias páginas de una historia inspirada en Flitcraft, un
personaje de El halcón maltés, de Dashiell Hammett, que lo mismo que
él estuvo a punto de morir accidentalmente. Quien habla de Flitcraft
a Orr es John Trause, amigo suyo y de Grace, también escritor de más
edad y prestigio que casualmente ha escrito su última novela en un
cuaderno asimismo azul adquirido en la tienda del señor Chang. Lo
que sigue es demasiado laberíntico para sintetizarlo. Lo cierto es
que una cosa lleva a la otra, una historia abre paso a otras
historias, lo real dentro de la novela converge en otras realidades
que son ficciones insertas en la ficción que es la propia vida de
Sidney Orr y, así, como en el magistral juego de espejos con que
Orson Welles concluía La dama de Shanghai, el lector se encuentra
asistiendo a una sesión de ilusionismo entre supuestamente realista
y oscuramente artificiosa que lo mantiene en una sensación extrema
de perplejidad.

Auster cree como nadie en los poderes inmanentes del azar, en sus
juegos a veces mortíferos. Así como cree –aquí lo escribe– que en
según qué circunstancias la palabra mata. Auster es un maestro en la
manipulación del azar; sobre sus jugarretas, llámense casualidades o
asombrosas coincidencias, ha construido gran parte de sus mejores
novelas. El individuo no es libre de encauzar su destino. Algo
superior, inexplicable, que escapa de la racionalidad, conduce sus
pasos por tortuosas sendas y abruptos despeñaderos que lo llevan
hasta donde nunca hubiera querido ir. Una simple llamada de teléfono
un domingo a primera hora de la mañana o la compra impremeditada de
un llamativo cuaderno azul puede inducir a un giro radical de
nuestra vulgar existencia. Eso es lo que le ocurre a Orr en aquellos
ocho días de pesadilla rememorados al cabo de veinte años, en la
Nueva York de 2002 traumatizada por el derrumbe de las Torres
Gemelas aunque él y por supuesto Auster, dado que reconstruyen la
memoria de un hecho, se las arreglan para no mencionar siquiera que
bastó un solo día de espanto para que los neoyorquinos perdieran
definitivamente la inocencia.

Estos son los pilares de la narrativa de Auster, junto a la
constante reflexión sobre los secretos del arte de novelar, la
soledad del creador y algunos destellos autobiográficos. Nada que a
estas altura sea nuevo para el lector asiduo de Auster. La novedad
de La noche del oráculo es que un Auster en plenitud ha alcanzado
tal grado de perfección en el montaje de las piezas de tan compleja
estructura narrativa, capaz no ya de sostener sino de encajar
milimétricamente varias historias simultáneas –incluso relatadas a
pie de página–, que el conjunto, pese a las múltiples vibraciones
que desprende, resulta frío y abrumador como si el exceso de
precisión y la carencia de grietas dificultara el transpirar de lo
humano. Absurda sensación cuando al fin y al cabo el espinazo de la
novela es una historia de amor y perdón que viven Grace y Sidney en
el circuito de una realidad profunda, multitentacular, sórdida y
violenta –interesante personaje el joven Jacob, hijo marginal de
John Trause, sospecho si quizá trasunto del Mark que es clave en
Cuanto amé, la novela de Siri Hustvedt, actual esposa de Auster, y
del hijo conflictivo que éste tuvo con su primera mujer–, sobre la
que en todo momento se ciernen los peligros de la vulnerabilidad, la
amenaza de destrucción y el persistente acecho de la muerte.

Desde esta perspectiva no cabe duda de que, como Auster no cesa de
afirmar, toda novela es tan real como la vida que nos toca vivir y a
la vez tan extraordinariamente ficticia como en muchas ocasiones
pueden llegar a parecernos ciertos episodios, por lo común
intraducibles, que salen a nuestro encuentro. En cualquier caso las
novelas forman parte de la realidad, lo mismo que lo imaginado por
el novelista y las maquinaciones del azar que alteran nuestra
voluntad como si fuese convulsionada por los remolinos de un
tornado. Ése es el misterio que hipnotiza a Paul Auster, lo que
trata de explicarse desde que comenzó a levantar la armazón de su
peculiar mundo literario, un mundo hoy ya cartografiado en todas sus
vertientes, que da la impresión de no exigirle mayores riesgos.
Pienso si uno no echa de menos en los dominios donde Auster reina,
en esta insondable Nueva York tan suya y tan nuestra gracias a él –y
para ser justo a Don DeLillo–, el reto de nuevos compromisos
morales, la indagación de otras incertidumbres éticas. Lo pienso,
sí, pese a haber disfrutado con la maestría de "La noche del oráculo".

David Hockney

David Hockney

DAVID HOCKNEY
"ASÍ LO VEO YO"

Una de las muchas razones por las que pienso que Picasso es tan importante es porque él puso claramente de manifiesto la contradicción existente entre verosimilitud e imitación de las apariencias.

Sin embargo, no estoy de acuerdo cuando se dice que antes los artistas tenían fe y ahora no pueden tenerla. Creo que el arte moderno se ha traicionado a sí mismo al no interesarse por todos los tipos de imágenes por los que podría haberlo hecho. La fotografía se ha hecho cargo de la elaboración de estas imágenes. No debemos olvidar que no hace tanto tiempo que se hizo la primera foto.
La fotografía existe desde hace unos ciento cincuenta años, pero muy poca gente pudo contemplar imágenes fotográficas en un principio. Sospecho que no fue hasta principios del siglo XX cuando la gente empezó a darse cuenta de sus implicaciones artísticas.
La fotografía se difundió rápidamente y se convirtió en un elemento más de vida cotidiana cuando comenzaron a abrirse estudios fotográficos, cuando se empezaron a hacer retratos y reportajes de boda. Hoy en día casi todo el mundo tiene alguna fotografía de sus bisabuelos realizada a principios de siglo. Pero hasta la invención del fotograbado la gente no pudo ver grandes cantidades de fotografías. En el momento en que se difunde ese procedimiento, la fotografía se hace omnipresente; está en todos los sitios, domina nuestro modo de ver el mundo.

Hoy en día, los planteamientos modernos sobre la representación del mundo no parecen diferir demasiado de los que tiene la gente acerca de la "realidad" de la imagen fotográfica. Los artistas modernos piensan que están ante el mundo y que ese mundo se parece a la fotografía; lo que ellos hacen es reelaborarlo de una manera artística.
Pero el mundo no es exactamente así. Creo que es mucho más que eso: todas nuestras ideas acerca de la realidad y la representación están cambiando constantemente.
Y también creo que si ahora estamos empezando a ser conscientes de todo esto es porque estamos empezando a darnos cuenta de las limitaciones de la fotografía.

Tendemos a pensar que la fotografía es un registro perfecto de la vida. Sin embargo, la fotografía no es más que la última consecuencia de la pintura renacentista. Es la formulación mecánica de las teorías perspectivas del Renacimiento, de la invención del punto de fuga en la Italia del siglo XV, para mucha gente uno de los principales inventos de todos los tiempos. Sin embargo, los pintores del Renacimiento siempre descifran las rígidas leyes de la perspectiva y las suavizaron y adaptaron a sus intereses, como habría hecho cualquier buen pintor.

En fotografía, no obstante, esas rígidas reglas no se pueden modificar demasiado. La cámara es mucho más antigua que la propia fotografía; en realidad es un invento del siglo XVI.
La "cámara oscura" es aún más antigua, pero fue en dicho siglo cuando se le aplicaron las lentes.
El procedimiento fotográfico se basa simplemente en el descubrimiento en el siglo XIX de una sustancia química que podía "congelar" la imagen proyectada desde un agujero en la pared, por así decirlo, sobre una determinada superficie.

Lo verdaderamente nuevo fue ese descubrimiento de los químicos, y no el modo de ver en concreto, cuya invención se remonta a la Italia del siglo XV. Es decir, que en cierto sentido la fotografía es el desarrollo final de algo muy antiguo, no el principio de algo nuevo.

Hay algo más allá de la imagen fotográfica congelada. Pero sólo puedes convencer a la gente de que hay algo más allá de la fotografía convencional si la alteras haciéndola aún más vívida, más enérgicamente vital. Eso es precisamente lo que hace el cubismo, pero el dominio de la fotografía obstaculiza una adecuada percepción de los logros del cubismo.

Siempre cabe la posibilidad de coger una fotografía y decir: "Mira, esto es así". Hasta el inicio de lo que llamamos arte moderno, es decir, hasta aproximadamente 1870 o 1880, la gente comprendía en uno u otro sentido los cuadros que contemplaba, incluso aunque no fuera experta en la materia.

Los cuadros, como las pinturas de las iglesias, se hacían para ser comprendidos. Las imágenes posibilitaban que los campesinos que no sabían leer entendiesen las historias cristianas: ésa era su función. Los pintores no pintaban escenas bíblicas que los campesinos no pudiesen asimilar. El arte moderno empieza a mirar fuera de Europa, descubre una manera diferente de estructurar el mundo, un modo distinto de ver.

Los nuevos modos de ver y representar la realidad tienen su paralelo en los descubrimientos científicos sobre una nueva configuración del mundo.

A pesar de todo, al enfrentarse a una obra cubista la mayoría de la gente suele afirmar:"El mundo no es así".

Las imágenes de Picasso les parecen absolutamente deformes. Si miramos lo que la gente decía, por ejemplo, en 1925 (cuando ya se habían pintado casi todas las grandes obras cubistas y Picasso atravesaba su período clásico), veremos que incluso para algunos iniciados, para los aficionados a la pintura, los cuadros cubistas resultaban demasiado confusos; muchos pensaban que aquello no era la realidad en una pintura, que era otra cosa. Para la mayoría, las pinturas cubistas no reflejaban lo que se suponía que era una realidad objetiva, sino una versión subjetiva de la realidad.

El inmediato desarrollo del expresionismo hizo que mucha gente considerara que el cubismo tenía que ver con la percepción personal y subjetiva de la realidad. Y las teorías de Einstein parecían ir en el mismo sentido. Antes de Einstein, se pensaba que el espacio y el tiempo eran conceptos disociados y absolutos, que siempre habían existido. Einstein afirmó que no era así, que no eran ideas absolutas, sino que dependían en gran medida del observador; distintos observadores perciben acontecimientos diferentes en momentos diferentes. Este punto de vista también parecía oponerse a la idea de la existencia de una realidad objetiva, al plantear que todos vemos las cosas de una manera ligeramente distinta.
Es nuestra memoria lo que hace que eso sea así . En las historias del arte convencionales suele afirmarse que el cubismo es un movimiento precursor de la abstracción desarrollada a partir de 1925 aproximadamente. Ése fue el año en que empezó a difundirse la obra de Mondrian y de otros artistas abstractos, aunque lo que denominan "abstracción pura" tuvo lugar en realidad antes. Este planteamiento genera confusión.

La gente piensa que por un lado está la abstracción, las obras que llamamos abstractas, en las que las cosas no se parecen o no importa que se parezcan a la realidad circundante; por otro lado está la representación, en la que existe un parecido con la realidad, y cuyo último grado es la fotografía.
Por consiguiente, ya que ahora tenemos a nuestra disposición fotografías que reproducen mecánicamente la realidad tal como la vemos, la pintura no tiene por qué preocuparse de eso y ya no es necesario que exista una pintura topográfica; ahora la pintura puede ser ella misma.

Pero la pintura siempre ha sido pintura. Ese razonamiento nos ha llevado a creer en la existencia de dos conceptos disociados, abstracción y representación, dos actitudes completamente diferentes.
Durante mucho tiempo yo también pensé de esa manera, como casi todo el mundo. Pero ahora no estoy en absoluto seguro de que sea así. De hecho, cuanto más profundizo en el asunto, más me parece que en realidad lo único que existe es la abstracción.

La fotografía es una abstracción muy sutil, de igual manera que lo es la perspectiva.

Mi principal preocupación intelectual en los últimos años ha sido este asunto de la fotografía y la plasmación de imágenes, de la representación y la abstracción. Me he servido de estas ideas, a veces con buenos resultados y otras veces con otros no tan buenos.

Si alguien me dijera que hay ciertas obras de arte, por ejemplo una pintura de Rothko, que son plasmaciones de ideas subjetivas más que de las apariencias externas, yo le contestaría que eso es lo que ocurre con todas las obras de arte. En cierta ocasión, en un conversación acerca del cubismo, alguien me dijo que ese tipo de pintura tenía que ver con la visión interna. Yo le contesté que ésa era la única visión que tenemos, la única que existe. Por el momento no existe otra.




DAVID HOCKNEY

Juan Rulfo

Por Gabriel García Márquez                                                                                                                          

El descubrimiento de Juan Rulfo -como el de Franz Kafka- será sin duda un capítulo esencial de mis memorias. Yo había llegado a México el mismo día en que Ernest Hemingway se dio el tiro de muerte -2 de julio de 1961-, y no sólo no había leído los libros de Juan Rulfo, sino que ni siquiera había oído hablar de él. Era muy raro. En primer término, porque en aquella época yo me mantenía muy al corriente de la actualidad literaria, y en especial de la novela en las Américas. En segundo término, porque los primeros con quienes hice contacto en México fueron los escritores que trabajaban con Manuel Barbachano Ponce en su castillo de Drácula de las calles de Córdoba, y con los redactores de suplemento literario de Novedades, que dirigía Fernando Benítez. Todos ellos conocían muy bien a Juan Rulfo, por supuesto. Sin embargo, pasaron por lo menos seis meses sin que alguien me hablara de él. Tal vez porque Juan Rulfo, al contrario de lo que ocurre con los clásicos grandes, es un escritor que se lee mucho pero del cual se habla muy poco.

Yo vivía en un apartamento sin ascensor en la calle Renán, en la colonia Anzures, con Mercedes y Rodrigo, que entonces tenía menos de dos años. Teníamos un colchón doble en el suelo del dormitorio grande, una cuna en el otro cuarto, y una mesa de comer y escribir en el salón, con dos sillas únicas que servían para todo. Habíamos decidido quedarnos en esta ciudad que todavía conservaba un tamaño humano, con un aire diáfano y flores de colores delirantes en las avenidas, pero las autoridades de inmigración no parecían compartir nuestra dicha. La mitad de la vida se nos iba haciendo colas inmóviles, a veces bajo la lluvia, en los patios de penitencia de la Secretaría de Gobernación. En las horas que me sobraban escribía notas sobre la iteratura colombiana que transmitía de viva voz por la Radio Universidad, dirigida entonces por Max Aub. Eran unas notas tan sinceras, que el embajador de Colombia llamó un día por teléfono a la emisora para sentar una protesta formal. Según él, las mías no eran notas sobre la literatura colombiana, sino contra la literatura colombiana. Max Aub me llamó a su despacho, y yo pensé que aquél era el final del único medio de supervivencia que había logrado conseguir en seis meses. Pero ocurrió lo contrario.
-No he tenido tiempo de oír el programa -me dijo Max Aub-. Pero si es como dice tu embajador, debe ser muy bueno.

Yo tenía treinta y dos años, había hecho en Colombia una carrera periodística efímera, acababa de pasar tres años muy útiles y duros en París, y ocho meses en Nueva York, y quería hacer guiones y cine en México. El mundo de los escritores mexicanos de aquella época era similar al de Colombia, y me encontraba muy bien entre ellos. Seis años antes había publicado mi primera novela, La hojarasca, y tenía tres libros inéditos: El coronel no tiene quien le escriba, que apareció por esa época en Colombia; La mala hora, que fue publicada por la Editorial Era poco tiempo después a instancias de Vicente Rojo, y la colección de cuentos de Los Funerales de la Mamá Grande. Sólo que de este último no tenía sino los borradores incompletos, porque Alvaro Mutis le había prestado los originales a nuestra adorada Elena Poniatowska, antes de mi venida a México, y ella los había perdido. Más tarde logré reconstruir todos los cuentos, y Sergio Galindo los publicó en la Universidad Veracruzana a instancias de Alvaro Mutis.
De modo que era ya un escritor con cinco libros clandestinos. Pero mi problema no era ése, pues ni entonces ni nunca había escrito para ser famoso sino para que mis amigos me quisieran más, y eso creía haberlo conseguido. Mi problema grande de novelista era que después de aquellos libros me sentía metido en un callejón sin salida, y estaba buscando por todos lados una brecha para escapar. Conocía bien a los autores buenos y malos que hubieran podido enseñarme el camino, y , sin embargo, me sentía girando en círculos concéntricos. No me consideraba agotado. Al contrario: sentía que aún me quedaban muchos libros pendientes, pero no concebía un modo convincente y poético de escribirlos. En ésas estaba, cuando Alvaro Mutis subió a grandes zancadas los siete pisos de mi caa con un paquete de libros, separó del montón el más pequeño y corto, y me dijo muerto de risa:
-¡Lea esa vaina, carajo, para que aprenda!
Era Pedro Páramo.
Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura. Nunca, desde la noche tremenda en que leí la Metamorfosis de Kafka en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá -casi diez años atrás-, había sufrido una conmoción semejante. Al día siguiente leí El Llano en llamas, y el asombro permaneció intacto. Mucho después, en la antesala de un consultorio, encontré una revista médica con otra obra maestra desbalagada: La herencia de Matilde Arcángel. El resto de aquel año no pude leer a ningún otro autor, porque todos me parecían menores.
No había acabado de escapar al deslumbramiento, cuando alguien le dijo a Carlos Velo que yo era capaz de recitar de memoria párrafos completos de Pedro Páramo. La verdad iba más lejos: podía recitar el libro completo, al derecho y al revés, sin una falta apreciable, y podía decir en qué página de mi edición se encontraba cada episodio, y no había un solo rasgo del carácter de un personaje que no conociera a fondo.
Carlos Velo me encomendó la adaptación para el cine de otro relato de Juan Rulfo, que era el único que yo no conocía en aquel momento: El gallo de oro. Eran dieciséis páginas muy apretadas, en un papel de seda que estaba apunto de convertirse en polvo, y escritas con tres máquinas distintas. Aunque no me hubieran dicho de quién era, lo habría sabido de inmediato. El lenguaje no era tan minucioso como el del resto de la obra de Juan Rulfo, y había muy pocos recursos técnicos de los suyos, pero su ángel personal volaba por todo el ámbito de la escritura. Más tarde, Carlos Velo y Carlos Fuentes me invitaron a hacer una revisión crítica de la primera adaptación de Pedro Páramo para el cine.
Menciono estos dos trabajos -cuyo resultado final estuvo muy lejos de ser bueno-, porque ellos me obligaron a profundizar todavía más en una obra que sin duda ya conocía mejor que el propio autor. A quien, por cierto, no conocí en persona sino varios años después. Carlos Velo había hecho algo sorprendente: había recortado los fragmentos temporales de Pedro Páramo, y había vuelto a armar el drama en un orden cronológico riguroso. Como simple recurso de trabajo me pareció legítimo, aunque el resultado era un libro distinto: plano y descosido. Pero me fue muy útil para una comprensión mejor de la carpintería secreta de Juan Rulfo, y muy revelador de su insólita sabiduría.
Había dos problema esenciales en la adaptación de Pedro Páramo. El primero era el de los nombres. Por subjetivo que se crea, todo nombre se parece de algún modo a quien lo lleva, y eso es mucho más notable en la ficción que en la vida real. Juan Rulfo ha dicho, o se lo han hecho decir, que compone los nombres de sus personajes leyendo lápidas de tumbas en los cementerios de Jalisco. Lo único que se puede decir a ciencia cierta es que no hay nombres propios más propios que los de la gente de su libro. A mí me parecía imposible -y me sigue pareciendo- encontrar jamás un actor que se identificara sin ninguna duda con el nombre de su personaje.
El otro problema -inseparable del anterior- era el de las edades. En toda su obra, Juan Rulfo ha tenido el cuidado de ser muy descuidado en cuanto a los tiempos de sus criaturas. Narciso Costa Ros ha hecho hace poco una tentativa fascinante de establecerlos en Pedro Páramo. Yo siempre había pensado, por pura intuición poética, que cuando Pedro Páramo logró por fin llevar a Susana San Juan a su vasto reino de la Media Luna, ella era ya una mujer de sesenta y dos años. Pedro Páramo debía ser unos cinco años mayor que ella. En realidad, el drama me parecía más grande, más terrible y hermoso, si se precipitaba por el despeñadero de una pasión senil sin alivio. Las edades establecidas para ambos por Costa Ros no son las mismas, pero no están muy lejos de las que yo había supuesto. Semejante grandeza poética era impensable en el cine. En las salas oscuras, los amores de ancianos no conmueven a nadie.
Lo malo de esos preciosos escrutinios es que las razones de la poesía no son siempre las mismas de la razón. Los meses en que ocurren ciertos hechos son esenciales para el análisis de la obra de Juan Rulfo y yo dudo de que él fuera consciente de eso. En el trabajo poético -y Pedro Páramo lo es en su más alto grado- los autores suelen invocar los meses por compromisos distintos del rigor cronológico. Más aún: en muchos casos se cambia el nombre del mes, del día y hasta del año, sólo por eludir una rima incómoda, o una cacofonía, sin pensar que esos cambios pueden inducir a un crítico a una conclusión terminante. Esto ocurre no sólo con los días y los meses, sino también con las flores. Hay escritores que se sirven de ellas por el prestigio puro de sus nombres, sin fijarse muy bien si corresponden al lugar o a la estación. De modo que no es raro encontrar buenos libros donde florecen geranios en la playa y tulipanes en la nieve. En Pedro Páramo, donde es imposible establecer de un modo definitivo dónde está la línea de demarcación entre los muertos y los vivos, las precisiones son todavía más quiméricas. Nadie puede saber, en ralidad, cuánto duran los años de la muerte.

He querido decir todo esto para terminar diciendo que el escrutinio a fondo de la obra de Juan Rulfo me dio por fin el camino que buscaba para continuar mis libros, y que por eso me era imposible escribir sobre él sin que todo pareciera sobre mí mismo. Ahora quiero decir también que he vuelto a releerlo completo para escribir estas breves nostalgias, y que he vuelto a ser la víctima inocente del mismo asombro de la primera vez. No son más de trescientas páginas, pero son casi tantas, y creo que tan perdurables, como las que conocemos de Sófocles.

Tomado de Araucaria de Chile. Nº 33 - 1986

"Suave Patria" de Ramón López Velarde

"Suave Patria" de Ramón López Velarde

PROEMIO

Yo que sólo canté de la exquisita
partitura del íntimo decoro,
alzo hoy la voz a la mitad del foro
a la manera del tenor que imita
la gutural modulación del bajo,
para cortar a la epopeya un gajo.

Navegaré por las olas civiles
con remos que no pesan, porque van
como los brazos del correo chuán
que remaba la Mancha con fusiles.

Diré con una épica sordina:
la patria es impecable y diamantina.

Suave Patria: permite que te envuelva
en la más honda música de selva
con que me modelaste todo entero
al golpe cadencioso de las hachas
y pájaros de oficio carpintero.

Patria: tu superficie es el maíz,
tus minas el palacio del Rey de Oros,
y tu cielo, las garzas en desliz
y el relámpago verde de los loros.

El Niño Dios te escrituró un establo
y los veneros del petróleo el diablo.

Sobre tu Capital, cada hora vuela
ojerosa y pintada, en carretela;
y en tu provincia, del reloj en vela
que rondan los palomos colipavos,
las campanadas caen como centavos.

Patria: un mutilado territorio
se viste de percal y de abalorio

Suave Patria: tu casa todavía
es tan grande, que el tren va por la vía
como aguinaldo de juguetería.

Y en el barullo de las estaciones,
con tu mirada de mestiza, pones
la inmensidad sobre los corazones.

¿Quién, en la noche que asusta a la rana
no miró, antes de saber del vicio,
del brazo de su novia, la galana
pólvora de los juegos de artificio?

Suave Patria: en tu tórrido festín
luces policromías de delfín,
y con tu pelo rubio se desposa
el alma, equilibrista chuparrosa,
y a tus dos trenzas de tabaco, sabe
ofrendar aguamiel toda mi briosa
raza de bailadores de jarabe.

Tu barro suena a plata, y en tu puño
su sonora miseria es alcancía;
y por las madrugadas del terruño,
en calles como espejos, se veía
el santo olor de la panadería.

Cuando nacemos, nos regalas notas,
después, un paraíso de compotas,
y luego te regalas toda entera
suave Patria, alacena y pajarera.

Al triste y feliz dices que si,
que en tu lengua de amor prueben de ti
la picadura del ajonjolí.

¡Y tu cielo nupcial, que cuando truena
de deleites frenéticos nos llena!
Trueno de nuestras nubes, que nos baña
de locura, enloquece a la montaña,
requiebra a la mujer, sana al lunático
incorpora a los muertos, pide el Viático,
y al fin derrumba las madererías
de Dios, sobre las tierras labrantías.

Trueno del temporal: oigo en tus quejas
crujir los esqueletos en parejas;
oigo lo que se fue, lo que aun no toco,
y la hora actual con su vientre de coco.
Y oigo en el brinco de tu ida y venida
oh trueno, la ruleta de mi vida.

INTERMEDIO

Cuauhtémoc
Joven abuelo; escúchame loarte
único héroe a la altura del arte.

Anacrónicamente, absurdamente,
a tu nopal inclinase el rosal;
al idioma del blanco, tú lo imantas
y es surtidor de católica fuente
que de responsos llena el victorial
zócalo de cenizas de tus plantas.

No como a César el rubor patricio
te cubre el rostro en medio del suplicio:
tu cabeza desnuda se nos queda
hemisféricamente, de moneda.

Moneda espiritual en que se fragua
todo lo que sufriste: la piragua
prisionera , al azoro de tus crías,
el sollozar de tus mitologías,
la Malinche, los ídolos a nado,
y por encima, haberte desatado
del pecho curvo de la emperatriz
como del pecho de una codorniz.

SEGUNDO ACTO

Suave Patria: tú vales por el río
de las virtudes de tu mujerío.
Tus hijas atraviesan como hadas,
o destilando un invisible alcohol
vestidas con las redes de tu sol,
cruzan como botellas alumbradas.

Suave Patria: te amo no cual mito,
sino por tu verdad de pan bendito;
como a niña que asoma por la reja
con la blusa corrida hasta la oreja
y la falda bajada hasta el huesito.

Inaccesible al deshonor, flores;
creeré en ti, mientras una mexicana
en su tápalo lleve los dobleces
de la tienda, a las seis de la mañana
y al estrenar su lujo quede lleno
el país, del aroma del estreno.

Como la sota moza, Patria mía,
en piso de metal, vives al día,
de milagro, como la lotería.

Tu imagen, el Palacio Nacional
con tu misma grandeza y con tu igual
estatura de niño y de dedal.

Te dará, frente al hambre y el abús,
un higo San Felipe de Jesús.

Suave Patria, vendedora de chía:
quiero raptarte en la cuaresma opaca,
sobre un garañón, y con matraca,
y entre los tiros de la policía.

Tus entrañas no niegan un asilo
para el ave que el párvulo sepulta
en una caja de carretes de hilo,
y nuestra juventud, llorando, oculta
dentro de ti el cadáver hecho poma
de aves que hablan nuestro mismo idioma.

Si me ahogo en tus julios, a mi baja
desde el vergel de tu peinado denso
frescura de rebozo y de tinaja:
y si tirito, dejas que me arrope
en tu respiración azul de incienso
y en tus carnosos labios de rompope.

Por tu balcón de palmas bendecidas
el Domingo de Ramos, yo desfilo
lleno de sombra, porque tú trepidas.

Quieren morir tu ánima y tu estilo.
cual muriéndose van las cantadoras
que en las ferias, con el bravío pecho
empitonando la camisa, han hecho
la lujuria y el ritmo de las horas.

Patria, te doy de tu dicha la clave:
sé siempre igual, fiel a tu espejo diario;
cincuenta veces es igual el Ave
taladrada en el hilo del rosario,
y es mas feliz que tú, Patria suave.
Sé igual y fiel; pupilas de abandono;
sedienta voz, la trigarante faja
en tus pechugas al vapor; y un trono
a la intemperie, cual una sonaja:
¡la carretera alegórica de paja!

Primer amor ( 1 )

Primer amor ( 1 )

Claire tuvo un hermano. ¿Lo sabía?. No, no lo sabía porque nunca se lo expliqué.

Pablo le llevaba a su hermana un año y nueve meses. Él era rubio, alto, guapo. Todo lo que ella no era. Era fuerte, ágil. Le enseñó a Claire a subir a los árboles, a saltar la reja de la casa cerrada. La casa y el jardín eran su reino. Esa casa solitaria no era oscura. No puedo decir que lo fuera. Todas las habitaciones eran grandes y estaban llenas de luz. La madre. Una mujer siempre ausente. Siempre fuera, trabajando. No fiera, pero no cariñosa. Fría. Eficiente. Su trabajo era su vida. Los hijos crecieron con las criadas. Con el jardinero. Solitarios no, porque se tenían el uno al otro.
Salían de clase a las 2 de la tarde. Y el resto del tiempo era suyo. Leían y jugaban. Cada tarde. Se leían uno al otro en voz alta los libros más inadecuados. Dante, Petrarca, Platón. No podemos saber ya qué entendían de los libros, pero sí que las palabras les enamoraban. Les encantaba escucharse, soñar.
Pablo crecía. Ella menos. Él le llevaba a veces pequeños regalos. Una libélula fue el que a ella más le gustó, muerta en su pequeña caja, con tantos colores.
Por las noches, la madre llegaba muy cansada. No tenía tiempo para ellos, o no tenía ganas de estar con ellos. Se sentaba ante el televisor. Ellos se iban al fondo de la casa. Lejos de ella. Tan fría, tan eficiente. Tan silenciosa. Tan sin caricias.
Claire tenía el cabello muy largo y había que peinarlo. Todas las noches había que cepillar esos cabellos castaños, lisos, abundantes. La madre la llamaba. Trae el cepillo y siéntate. Pero Claire se quejaba, me estiras el cabello. Antes de que la madre la tocara, Claire ya estaba llorando. Lás lágrimas le caían por las mejillas. Me duele, mamá.
Pablo entonces entraba. Déjalo, ya lo hago yo. Conmigo no llora. Que te peine tu hermano, decía. Y así se iban. Se iban por el pasillo hasta el fondo de la casa. En la habitación de Claire, se sentaban en la cama. Él deshacía las trenzas con sumo cuidado. Poco a poco, con infinita paciencia, iba pasando cabellos y cabellos hasta que toda esa masa quedaba tersa sobre la espalda de la niña. Luego volvía a dividir el pelo en dos mitades y tejía de nuevo las trenzas. Así, cada noche, durante años.
Después, los dos se iban a la cama. Claire se metía entre las sábanas. Contenta. Pablo la arropaba y acariciaba su carita. Ella tomaba las manos de él. El se tendía a su lado. Ponía su cabecita sobre el pecho de ella. Y ella le acariciaba los cabellos, los cabellos rubios, algo rebeldes. Se hablaban. Se contaban historias. Piratas, reyes, príncipes... aventuras en las selvas. Sí, ella iría después a las selvas, esperando encontrar a su Pablo. Pero no lo encontró.
Cuando Claire cumplió los doce años, hizo una íntima declaración de independencia. Estaba cansada de que la llevaran al colegio, cansada de las trenzas, tal vez cansada de dormir cada noche con ese hermano al lado. Se fue resueltamente a la peluquería. Dijo a la dueña, que dice mi mamá que me cortes las trenzas. ¿Estás segura? dijo Raquel. Sí, contestó muy formalita, dice que ya soy muy grande para llevar trenzas
¿Hasta dónde? Hasta aquí, dijo Claire y señaló el cuello.
Pablo la miró extrañado, interrogante. Más seria todavía, ella lo miró y le dijo, qué miras, ya no tengo trenzas, ya no me vas a peinar más, y ya no vas a dormir en mi cama. Ya soy grande y quiero dormir sola.
Tres días después, encontraron a Pablo en la bañera. Ahogado en su propia sangre. Ella no pudo verlo, no debió verlo, no lo recuerda. No se acuerda de nada. Pero oyó que decían que en el espejo, él había escrito con letras mayúsculas, con un lápiz de labios rojo, un nombre : CLAIRE.

Patrice Leconte:" Confidencias muy íntimas"

Patrice Leconte:" Confidencias muy íntimas"

"Mi marido ya no me toca. Prefiero eso a ser una mujer abandonada.-

El cine de Patrice Leconte es romántico. En la mayoría de sus films prevalece el sentimiento sobre la razón. El amor sobre los propios instintos o el propio carácter (como en “La chica del puente”). El amor es un encuentro fortuito y sin embargo, un destino, como en “El marido de la peluquera” que trae la felicidad o que lleva a la muerte (“La viuda de Saint Pierre”). Hábil cineasta y maestro de los travellings ascendentes, Leconte se rodea de los mejores para llevar a cabo sus proyectos: Daniel Auteuil, Juliette Binoche, Jean Rochefort, y en “Confidencias muy íntimas”, Fabricio Luchini y Sandrinne Bonnaire. Leconte gusta de forzar su esteticismo, impone su tono visual. No lejos aquí de “Monsieur Hire” ese magnífico drama más amoroso que policial, más psicoanalítico que sociológico, nos lleva a explorar un fatalismo ante la propia soledad, que cae hecho añicos ante el descubrimiento súbito del amor más fulgurante, más evidente, más inesperado y más abismal. En “Confidencias muy íntimas”, tenemos esos mismos elementos: la música es dramática y omnipresente hasta la saturación, los planos son primeros planos (de los rostros, de los pies que llevan a Anne a la consulta del que ella cree que es un psiquiatra y resulta ser un gris asesor financiero que usa el despacho como vivienda: un despacho y una vivienda que ha heredado de su padre.
Desde el primer momento, cuando seguimos los pies enfundados en las botitas de Bonnaire, cuando escuchamos la música, sabemos que algo extraño pasará, algo inusual, algo que no nos esperamos. Tal vez un crimen. La luz ilumina los grises, los azules y los verdes y sólo destaca el naranja oscuro del abrigo de Bonnaire en ese mar de tonalidades oscuras y solemnes, de ese mar de soledad cromática. El mobiliario, la puerta acolchada, las lámparas del despacho del “psiquiatra”, el cuadro, borroso, en la pared: todo nos habla de soledad, de desilusión, de tiempo caducado y perdido. Todo es inquietante y angustioso hasta que ese torrente de palabras sale de la boca de ella, hasta que vemos la cara de asombro de él, su silencio, su desvalimiento ante la sinceridad de ella. Todo es angustioso y a la vez atrayente. Sabemos que hay un misterio ¿pero qué misterio? Como en “El hombre del tren”, el misterio se irá desvelando y aparecerán otros, otras dudas: ¿Es él un “fisgón”? ¿Es ella una mentirosa? ¿Es todo falso? Y si lo es ¿qué busca ella? ¿Qué busca él (en ella)?
La obra se mueve en un constante ir y venir de sensaciones y de palabras y silencios entre los dos personajes. Cerrado en sus propios límites, el drama sólo puede acoger a una tercera persona: el marido. Y ocurre ante los ojos de una testigo: la secretaria, también heredada de la época del padre. Las confidencias son pudorosas, ocultan y desvelan, con muy pocas palabras, toda una historia del desamor. Y sin embargo, es un film realista. La poética se desprende de él y nos envuelve, pero no por idealización, sino por decoro del dolor, de las lágrimas, del ansia de amar. Pero todo es silencioso. Paradójicamente, todo el subsuelo de la película es silencioso, no elocuente. Y ésa es su poesía, como en “El marido de la peluquera” el amor que vemos surgir , la necesidad del otro, ocurre en silencio ante nuestros ojos, sin ser mancillado por las palabras banales, o por los gestos innecesarios. Los gestos son mínimos: nos encontramos ante dos personas, dos personajes, dos actores. El interés reside en ese dueto clásico: el de un hombre y una mujer que se relacionan con palabras, con silencios, con expectativas y con dudas. El drama interior reducido a la mínima expresión ¿o a la máxima?
Sandrinne Bonnaire y Fabricio Luchini. Ella, dura y seductora, irritada o nerviosa, solitaria y buscando consuelo. Bella sin hermosura. La que con su confusión derecha-izquierda irrumpe en la vida de William para transformarla. Y Luchini, atónito, molesto, inseguro, desvalido, expectante, desconfiado, maniático, depresivo, triste, que se pone en marcha en el momento en que regala el cuadro heredado a su exmujer, Jeanne. Con el cuadro, se desprende de todo su pasado y del pasado del padre. Comienza a avanzar. Y avanza hacia ella cuando ella se marcha. Porque ahora, la vida de él es ella. Y para encontrarla debe dejarlo todo, incluso a sí mismo, a ese yo inmóvil, serio, infantil, resignado.
La película no trata tanto de las confidencias de Anne, como de la transformación de William.
La luz gris azulosa de la primera parte del film se debe tornar luz radiante, blanca, amarilla. Los abrigos e impermeables deben dejar paso a la ligereza de los vestidos y camisas del verano. El París triste y lluvioso debe dejar paso al Mediodía. El despacho y lo que significa debe ser abandonado: una nueva vida. Para los dos. Eduardo Serra imprime estilo en este cambio de escenario, con su cambio de luz, su cambio anímico, subrayando con la luz y el color el paso de la soledad a la compañía, de la duda a la certeza, de la desesperanza a la esperanza. Pero no hay un guiño al erotismo: hablamos de algo más profundo. El abrazo se superpone a los créditos finales, pudoroso. La historia que se quería contar era una historia interior. Y lo que viene ya es otra película."

María Novaro: una directora de cine mexicana

María Novaro: una directora de cine mexicana

María Novaro está considerada la directora de cine más exitosa y conocida de México y sin duda, la más prolífica. En 1991, su segundo largo, "Danzón" (protagonizado por la genial María Rojo, fue muy bien recibido en el Festival Internacional de Cannes. En el Festival de la Habana, el film ganó el premio al Mejor Director, y en Chicago y Valladolid, su protagonista ganó los premios a la Mejor Actriz. Asimismo, "Danzón" fue un éxito económico en México y América Latina.

María Novaro Peñaloza nació en México D.F. el 11 de septiembre de 1951.
En los 70 estudió Sociología en la UNAM y participó ya entonces en el colectivo feminista de mujeres, con las que llevó a cabo diversos documentales. Esta actividad la llevó a estudiar cine en el CUEC (Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM). En la década de los 80, Novaro se dedicó a hacer cortos experimentales en super 8 y 16 mm. Al término de sus estudios trabajó en la industria como mezcladora de sonido y camarógrafa, para después convertirse en ayudante de dirección de Alberto Cortés en su film "Amor a la vuelta de la esquina"(1985). Empezó entonces su propia carrera de directora profesional. Fue precisamente uno de aquellos cortos, "Una isla rodeada de agua" (1984), el primero en llamar la atención de la crítica hacia el trabajo de Novaro. En ese ejercicio, acerca de una niña de la costa de Guerrero que emprende un viaje en busca de la madre que un día la abandonó, la directora planteaba los temas esenciales de toda su obra fílmica: la condición femenina en el México contemporáneo y la lucha de la mujer por la supervivencia emocional.

"Azul celeste" (1988), un corto acerca de una mujer embarazada que busca a su marido en la inmensa ciudad de México, fue el punto culminante de la primera etapa de la carrera de Novaro. Con él cierra su primera etapa como directora de cortos.

"Lola" (1989) se convertiría en el primero de, hasta el momento, cuatro largometrajes: el mayor número de los realizados por mujeres en México. Y trata del tema de la mujer sola que se enfrenta al mundo y a la maternidad, a la lucha por la vida, con coraje, asumiendo sus limitaciones y sin renunciar a nada.
En películas como "Danzón" (1991), "El jardín del edén" (1994) y "Sin dejar huella" (2000), María Novaro ha logrado establecer, con gran éxito, una empatía hacia el personaje femenino protagonista y reflejar la soledad existencial de la mujer mexicana contemporánea. Esta soledad, que sus personajes viven en carne y hueso, se expande y se puede asumir como la contraparte femenina a la soledad del hombre mexicano, tal como la esbozó Octavio Paz en "El laberinto de la soledad".
Sin restar méritos al resto de su filmografía, para mí su mejor obra sigue siendo "Danzón". Más adelante incluiré una reseña de esta obra.

Filmografia: Cortometrajes.

Lavaderos (1981)

Sobre Las Olas (1981)

Encaje y Azúcar (1981)

Es La Primera Vez (1981)

Conmigo la Pasarás Muy Bien (1982)

7 a.m. (1982)

Querida Carmen (1983)

Una Isla Rodeada de Agua (1985) Directora y guionista.

Pervertida (1985) Directora y guionista.

Azul celeste (1987) Directora y guionista.

Otoñal (1993) Directora y guionista.

Largometrajes:

Lola (1989) Directora y guionista.

Danzón (1991) Directora, guionista y editora.

El Jardín del Edén (1994) Directora, guionista y editora.

“Enredando Sombras” (1998) episodio de Cuando Comenzamos a Hablar.

Sin Dejar Huella (2000) Directora y guionista.

Paul Auster: Biografía

Paul Auster: Biografía

¿Qué mejor retrato de un escritor que mostrar a un hombre que ha quedado embrujado por los libros?
“Ciudad de Cristal”

Novelista norteamericano, ensayista, traductor y poeta, cuyas misteriosas novelas tienen que ver a menudo con la búsqueda de la identidad personal y el conocimiento de uno mismo.

Nació en Newark, New Jersey en 1947. Tuvo una infancia difícil, pues la madre, después de dar a luz a la hermana de Auster, comenzó a padecer trastornos psicológicos graves. Auster comenzó lo que él llama su "exilio interior", cuando comenzóa sentirse un extranjero en su propia casa. En 959, uno de sus tíos, en viaje por Europa, dejó en su casa una serie de cajas conteniendo su biblioteca. El jovencísimo Auster comenzó a devorar caja tras caja de libros, y extrajo de ahí grandes dosis de placer nunca antes sentido, cosa que le alejó aún más de sus progenitores. Comenzó a escribir poemas, y su tío, una vuelto del viaje, le asesoró y criticó : era un hombre estricto, según él mismo ha declarado. Después de graduarse en la Universidad de Columbia (M.A., 1970), Auster se trasladó a Francia, donde comenzó a traducir los trabajos de escritores franceses y a publicar sus propias obras en revistas americanas. Obtuvo renombre por una serie de historias experimentales sobre detectives publicadas en un tomo como "La Trilogía de Nueva York" (1987). Comprende "Ciudad de Cristal" (1985), sobre un autor de novela negra que se ve envuelto en una situación misteriosa que le lleva a asumir diversas identidades; "Fantasmas" (1986), sobre un detective llamado "Azul" que debe investigar a un hombre llamado "Negro" por cuenta de un cliente llamado "Blanco"; y "La Habitación Cerrada" (1986), la historia de un escritor que, mientras se encuentra investigando la vida de un escritor desaparecido para una biografía, se da cuenta que va asumiendo paulatinamente la identidad de esa persona.
Otros libros en los que los protagonistas aparecen obsesionados con los acontecimientos diarios de la vida de otras personas son las novelas "El Palacio de la Luna" (1989) y "Leviatan" (1992). "La Invención de la Soledad" (1982) es a la vez un recuerdo sobre la muerte de su padre y una meditación sobre el acto de escribir. Otros trabajos de Auster incluyen los volúmenes de poesía "Unearth" (1974) y "Wall Writing" (1976), las colecciones de ensayos "White Spaces" (1980) y "El Arte del Hambre" (1982), y las novelas "La Música del Azar" (1990), "Mr. Vertigo" (1994) y "Tombuctú" (1999). Ha escrito también los guiones de películas aclamadas por la crítica como "Smoke" and "Blue in the Face" (1995) y "Lulu on the Bridge" (1998).
En la colección de relatos "Creía que mi padre era Dios" (2002), Paul Auster realizó una propuesta inusual: invitó a los oyentes a participar en un programa de radio contando una historia verdadera. La respuesta fue abrumadora: más de cuatro mil relatos de los que Paul Auster seleccionó y editó ciento ochenta, y que componen un volumen extraordinario. Son historias relatadas por gente de todas las edades, orígenes y trayectorias vitales. La mayoría de las historias son breves, intensos fragmentos narrativos que combinan sucesos ordinarios y extraordinarios, y la mayor parte de ellas describen un incidente concreto en la vida del narrador. Unas son divertidas, como la historia de cómo el amado perro de un miembro del Ku Klux Klan apareció corriendo por la calle durante el desfile anual del Klan y le arrebató la capucha a su amo mientras la ciudad entera estaba mirando. Otras son misteriosas, como la historia de una mujer que vio cómo un pollo blanco caminaba muy decidido por una calle de Portland, Oregón, subía a saltos los escalones de un porche, llamaba a la puerta y entraba tranquilamente en casa.
En 2003 publicó "El libro de las ilusiones", novela tan increíble como las anteriores: el azar, las decisiones, y las intrigas confabulan un universo mágico propio del escritor. Imprescindible y un año siguiente (en 2004), la maravillosa "El oráculo nocturno".
Auster también fue editor en Random House y es traductor de poetas franceses, de ensayos y poemas de Joan Miro, Jacques Dupin, Jean-Paul Sartre, Stephan Mallarme, y Jean Chesneux, entre otros. Es Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia desde 1993; recibió el Premio Medicis de literatura extranjera en ese mismo año; el de la American Academy and Institute of Arts and Letters en 1990; el Premio de la fundación Ingram Merrill, en de traducción del Centro del Club PEN. Fue profesor de escritura creativa en la Princeton University de 1986 a 1990.

Sideways (Entre copas)

Sideways (Entre copas)

Duración: 130 minutos
Clasificación: 13 AÑOS
Género: Drama - Comedia
Director: ALEXANDER PAYNE
Actores: Paul Giamatti, Thomas Haden Church, Virginia Madsen, Sandra Oh
Guionista: Alexander Payne, Jim Taylor,Rex Pickett.
Web oficial de la película

Una película bien escrita y bien actuada. Con esos toques de melancolía profunda de las mejores comedias. Basada en una novela de Rex Pickett, es una road movie en la que dos amigos emprenden un viaje (iniciático),por el mundo del vino y del sexo, (respectivamente). Por medio, el fracaso, la incertidumbre sobre el futuro en todas sus versiones, el miedo a amar, a vivir y a equivocarse.
Alexander Payne nació en Omaha, Nebraska, en 196. Su filmografía está compuesta por "Citizen Ruth"(1986), "Election" (1989) y "A propósito de Schmidt" (2002). Esta última, ganadora de los Globos de Oro al Mejor Director, Mejor Guión Adaptado. Para el Círculo de Críticos de Cine de Los Ángeles y de Londres, fue la Mejor película de 2002. En cierto modo, estas dos obras ("Schmidt" y "Entre copas", mantienen una misma línea, en la que la mezcla de comedia y drama es constante.
La película se va gestando desde 1999, en que Payne lee la novela de Rex Pickett. Payne se siente atraído por la enorme humanidad de la historia, con el tema del fracaso sentimental y profesional, con el amor a la vida, con la amistad y el placer: con la naturaleza humana, en suma, en su forma más simple, más espontánea y más natural.
No es una gran película, pero merece ser vista.

Nicole Garcia, cineasta francesa

Nicole Garcia, cineasta francesa

Sitio oficial de Nicole Garcia
El adversario (reseña)
Place Vendôme (reseña)

Nace el 22 de abril de 1946 en Orán (Algeria)
Deja su Algeria natal en la adolescencia y pasa a matricularse en la facultad de Derecho y Teatro en el Conservatorio de París. Gana el Primer premio de Comedia moderna en 1969, pero ya un año antes había debutado en el cine con "Des Garçons et des filles et Le Gendarme se marie", aunque su primer éxito lo obtiene en 1974 en "Que la fête commence" de Bertrand Tavernier.
Comienza a colaborar en películas audaces, tanto por su temática ("La Question" y "L’ Honneur d’un capitaine", dos obras militantes, sobre la Guerra de Algeria, o su estética ("Duelle" de Jacques Rivette o "Mon oncle d’Amérique", realizado por Resnais en 1980). También interviene en películas cómicas, como "Mais c’est grâce au Cavaleur", una comedia de Broca con Jean Rochefort -su pareja, entonces-, con la que obtiene el César como mejor actriz de reparto en 1978. El éxito de "Uns et les Autres", la saga de Lelouch, asienta su popularidad que, en los años 80, encarna con energía y sensibilidad los diferentes papeles que asume la mujer moderna: emancipada en "Garçon!" de Sautet, seductora ("Péril en la demeure" de Deville en 1985) o ambiciosa("El cuarto poder").

Al igual que sus amigos Christine Pascal et Brigitte Rouan, Nicole Garcia comienza su carrera de directora. Después de "15 août", cortometraje presentado en Cannes en 1986, comienza por los largometrajes, intersándose especialmente por personajes atormentados o enfermos, o en crisis existencial. Gusta de trabajar con grandes actores y actrices, como Nathalie Baye en "Un week-end sur deux" (1990), Gérard Lanvin en "Fils préféré", con el que gana el César al mejor actor en 1995; Catherine Deneuve en un atípico en ella papel de alcohólica en "Place Vendôme" (una actuación que le valió el Premio de interpretación en Venecia en 1998) y Daniel Auteuil, como mitómano en "El Adversario", evocación del caso Romand, que fue proyectado con gran éxito en Cannes en 2002.
Nicole Garcia no actúa en sus propias películas, pero sigue trabajando como tal en otras producciones, especialmente para el teatro y para la pequeña pantalla, ha trabajado como la esposa de Jean-Pierre Bacri en "Kennedy et moi" de Sam Karmane y encarna con una refrescante crudeza a la protagonista en "Betty Fisher et autres histoires" (2001) y muestra su encanto en "La Petite Lili" (2003), dos films de Claude Miller.

Sally Potter

Sally Potter

Ficha, fotos, crítica y trailer de "Orlando"
Trailer de "La lección de tango"
Trailer y ficha técnica de "Yes"

Mujer polifacética, Sally Potter es bailarina, coreógrafa, guionista, actriz, música y directora de cine. Pronto aparecerá su última película, ahora en la etapa de festivales, "Yes"(2004). Su estilo como directora es innovador, a la par que mantiene esos rasgos de belleza clásica que enamora al espectador. Nació en 1949 y comenzó a hacer películas amateur siendo todavía una adolescente, al tiempo que iniciaba su vida profesional como bailarina ( estudió en la London Scholl of Contemporary Dance)y "performancer". Siempre ha sido una lider. Durante la década de los setenta, Sally funda su propia compañía de danza y comienza una serie de cortos en blanco y negro y color con el tema de la danza. Se convierte en directora de teatro y pone en escena varias "performances" que pronto la dan a conocer al público británico.
su primer éxito internacional es el corti "Thriller" (1979), una versión libre de La Bohème de Puccini, lleno de creatividad y belleza, que se convirtió en una película de culto en los circuitos de los festivales internacionales, donde la Potter ha sido desde entonces un icono. Cuatro años más tarde, filma a Julie Christie en "Dagas doradas", la historia de una mujer que remonta el Yukon para hacerse cargo de una herencia y que por su tono feminista irritó a muchos, a la vez que encantó a otros. A este film siguió una sere televisiva: "Lágrimas, risas, miedos e ira" y una palícula documental sobre el cine soviético de mujeres que se llamó "I Am an Ox, I Am a Horse, I Am a Man, I Am a Woman" (1988).
En 1992 lleva a cabo el que hasta ahora ha sido su película más nombrada: "Orlando", con la maravillosa Tilda Swinton, que hasta entonces había sido la musa de Derek Jarman. Se trata, obviamente, de una adaptación de la novela de Virginia Wolf sobre un noble que vive 500 años y que se decepciona como hombre y como mujer (pues sufre una transformación sexual), sucesivamente de la poesía, el amor, la amistad y la política. El film mereció un éxito resonante y optó a dos Oscar y consiguió 25 premios internacionales.
Así, Potter se permite unir sus dos pasiones fundamentales, el cine y la danza, en el magnífico film "La lección de tango" (1997), coprotagonizado por el famoso bailarín argentino Pablo Veron.Aunque no obtuvo el mismo reconocimiento internacional que "Orlando", "la leccion" es una película que trata sobre los misterios de la creación artística, la exigencia, el amor, la lucha de sexos y otros temas con absoluta belleza y a la vez amablemente. Los críticos no se pusieron de acuerdo al intentar definirla. Para mí es una película que tiene un perfume especial. Un encanto que precisamente por indefinible es más preciado. En el 2000, Potter vuelve al tema de un viaje iniciático femenino: el que emprende una magnífica Christina Ricci en busca de su padre en la época de la Segunda Guerra Mundial. La película "The man who cried", coprotagonizada por un Johnny Depp silencioso y expresivo en su papel de caballista gitano, nos cuenta una historia de amor en la que Ricci pasa de su arrasada patria rusa a Londres, París y finalmente Los Ángeles acompañada en sus etapas por Cate Blanchett, John Turturro y Johnny Depp. Se trata de una historia hermosa y poe´tica, com todas las de Potter, en la que la audacia y la velantía femeninas no se contraponen con la existencia y la aceptación del gran amor. porque para Potter, el feminismo jamás llega a cuestionar la existencia del otro.

Andrew Wyeth

Andrew Wyeth

Enlace a obras más representativas
Algunas obras menos conocidas de Wyeth

Pintor realista americano nacido en Pennsylvania. Su aprendizaje se lo dio el padre, pintor e ilustrador. A partir de 1945, comienza a pintar acuarela y paisajes con tempera. Crea sus propios pigmentos y comienza a desarrollar una personalísima paleta. Sus retratos adquieren pronto una cualidad casi fotográfica. Sus paisajes y personajes de Pennsylvania y Maine adquieren proporción poética y metafórica, aparte de una maestría en el oficio que parece casi renacentista. Es uno de mis pintores favoritos.

Iris Murdoch (1919-1999)

Iris Murdoch (1919-1999)

Web ooficial de la escritora
Enlace con fragmentos de sus obras

Escritora y filósofa irlandesa y profesora de la Universidad de Oxford, Iris Murdoch se preocupó específicamente de temas éticos y morales, vistos a la luz del mito. Fue una escritora prolífica, con 26 novelas en 40 años, las últimas, en titánica lucha con la enfermedad de Alzheimer que padeció antes del final.
Quiso, a través de sus novelas, llegar a todos los lectores potenciales de distintas maneras: atrayéndolos con sus historias, su humor, sus ideas y sus implicaciones filosóficas; y quiso transmitir a través de sus páginas ese mundo personal que ella creó.
Nació en Dublínen 1919. Su madre había sido cantante de ópera y su padre trabajó como administrativo, tras luchar en la caballería británica en la Primera Guerra Mundial. Se mudaron a Londres, donde Iris comenzó sus estudios. Amaba la literatura clásica, la historia y la filosofía y de esos áreas se ocupó como estudiante en Oxford. Durante la Segunda Guerra Mundial, formó parte del Partido Comunista, aunque posteriormente, decepcionada, renunció a él, sin nunca renunciar a sus ideas de igualdad y justicia. Estudió un postgrado en Austria, bajo la égida de Ludwig Wittgenstein. En 1948, fue elegida miembro del St. Anne's College de Oxford, donde trabajó como profesora hasta 1963. Entre ese año y 1967 dio clases también en el Royal College of Art.
Su primera obra publicada fue un estudio crítico-filosófico: SARTRE, ROMANTIC RATIONALIST (1953). La escritora había conocido al filósofo francés en los años 40 y se había sentido atraída por el Existencialismo. Su primer gran amor fue el poeta checo de origen judío Franz Steiner, muerto prematuramente de un ataque al corazón en 1952. Posteriormente, tuvo una relación con el escritor Elias Cannetti, pero casó en 1956, muy enamorada, con el tímido profesor de Oxford John Bayley, seis años menor que ella (y virgen, a causa de su extrema timidez). Él tenía 29 y ella 35. Vivieron 30 años en Steeple Ashton, en una vieja casa llamada Cedar Lodge.
Iris Murdoch nunca sintió la llamada de la maternidad y tuvo algunos amoríos esporádicos durante su matrimonio con Bayley, sin por ello dejar de amarlo profundamente. Él así lo entendió y a su vez tuvo algunos asuntos amorosos, pero ninguno de los dos jamás llegó a dudar de su amor como tronco sustancial de sus vidas.
En 1954, Murdoch publica su primera novela: UNDER THE NET en la que existe un fondo existencialista. A SEVERED HEAD (1961) explora las teorías junguianas de los arquetipos, y siempre en sus novelas aparecen teorías psicoanalísitcas o filosóficas como fondo. Se trata de novelas difíciles, que requieren de la colaboración del lector.
Murdoch se atreverÁ con la historia en THE RED AND THE GREEN (1965), en la que trata la rebelión irlandesa de Pascua, ocurrida en medio de la Primera Guerra Mundial y aborda la tragedia de Irlanda en toda su magnitud.
Aunque sus obras están llenas de destellos filosóficos, psicoanalíticos o morales, Iris no pensaba que el artista estuviese comprometido con la sociedad. Para ella, su solo compromiso es con el arte. El escritor, dice, debe expresar sinceramente su mundo interior, buscar la perfeccion de la forma, encontrar la alta literatura. Para ella, el arte es un destino.
Murdoch escribe también otro tipo de textos, como METAPHYSICS AS A GUIDE TO MORALS (1992)o THE SOVEREIGNTY OF GOOD AND OTHER CONCEPTS (19679, textos cuya influencia ha sido extensa en el campo de la filosofía y de la Ética.
En 1987 es nombrada "Dama" del Imperio Británico. A partir de los años 90 comenzó a padecer un Alzheimer pacífico y dulce, como cuenta su esposo. Y murió en sus brazos en 1999, en Oxford. En su "Elegía para Iris", Bayley dice: "Era un ser superior cuya dulce naturaleza no fue modificada ni siquiera por su enfermedad".

Enlace con fragmentos de sus obras

Mariana Pineda (1804-1830)

Mariana Pineda (1804-1830)

Heroína liberal andaluza. Mariana nació el 1º de Septiembre de 1804 en Granada, segunda hija sobreviviente de Ma. de los Dolores Muñoz y Bueno, de Lucena, Córdoba, plebeya, y de Mariano de Pineda y Ramírez, capitán de navío, retirado, de Guatemala, noble ; y murió asesinada en garrote vil el 26 de mayo de 1831, por el verdugo José Campomonte, poco antes de cumplir 27 años, viuda, con dos niños pequeños.
Sus padres no estaban legalmente casados, porque la condición de noble de su padre no lo permitía, y entre 1804 y 1805, sus padres litigaron por la herencia. Antes de morir en 1805, el padre testó a favor de Mariana a quien reconoció como hija natural, y nombró tutor y curador a su hermano José. Su madre desapareció de su vida al agotarse sus posibilidades de percibir siquiera una parte de los bienes de don Mariano.
José de Pineda era ciego, de 47 años al hacerse cargo de su sobrina. En 1806, cuando Mariana tenía 2 años, decidió casarse con una prima suya, menor de edad, que no quería criarla. Fue un matrimonio arreglado por la madre de la novia, para restablecer su situación económica. Don José murió en 1812, y en su testamento ordenó cumplir con las decisiones judiciales sobre la herencia paterna de la niña.
Mariana inició su activismo político en 1824, un año después del fallecimiento de su esposo, Manuel de Peralta y Valte, militar retirado, liberal, padre de sus dos hijos, José María y Úrsula María. Asistía a las reuniones de liberales, conseguía los pasaportes falsos, mantenía y distribuía la correspondencia bajo nombres falsos con los exiliados en Gibraltar, y entre éstos y los presos en la cárcel de Granada, a quienes asistía a diario...Parte de las tareas de inteligencia estaban a su cargo.
Tuvo un nuevo proyecto matrimonial con Casimiro Brodett y Carbonell, de 26 años, destacado militar liberal, pero los tribunales no lo purificaron. Entre 1825 y 1827, Mariana se ausentó de Granada. En 1829, lo impurificaron nuevamente, y en 1830 se asiló en Cuba, retornó a España en 1834 y se incorporó al Ejército hasta su muerte en servicio, en 1837. Aún se desconocen por qué no pudieron casarse.
Antes de que Ramón Pedrosa y Andrade llegara a Granada, Mariana y su criado, Antonio Burel, fueron procesados por primera vez por causa de infidencia, delatados por Romero Tejada, preso en Málaga. Merced a su defensor, sobre Mariana no recayó sentencia alguna. Pedrosa intentó reactivar la causa, sin éxito.
En 1825, Fernando VII nombró a Pedrosa Alcalde del Crimen de la Real Chancillería de Granada. Fue el Juez que la condenó a muerte por garrote, y su nombre, sinónimo de fanatismo, intolerancia y tiranía. Estaba enamorado de Mariana, quien lo rechazó, y la sentencia a muerte estuvo relacionada con esto.
En 1828, Mariana organizó la fuga de la cárcel de Granada de su primo y amante, don Fernando Alvarez de Sotomayor, 33 años, militar liberal, activo conspirador. Procesado y sentenciado a pena de muerte en 1827, se fugó disfrazado de fraile, y días después, huyó a Gibraltar. La policía requisó la casa de Mariana sin probarle nada, la rodearon de espías, y el alcalde de la cárcel de corte fue depuesto.
Ese mismo año, Mariana se mudó a la casa que habitó hasta su muerte, ubicada a pocos metros de la campiña granadina, donde vivía con su hijo, un criado y dos criadas. En 1929, murió su tutor; doña Úrsula se mudó con ella y nació su tercera hija, Luisa, hija de don José de la Peña y Aguayo, señorito andaluz. Mariana la reconoció como hija natural, la confió a un ama, y se complicó aun más su situación económica. Intentó vender dos propiedades heredadas, cobrar los réditos adeudados, y los bienes heredados por su hijo. A comienzos de 1831, tras el fracaso de los alzamientos de Torrijos y Manzanares, ordenó interrumpir el bordado de una bandera masónica, a enarbolarse en un inminente alzamiento liberal. Pedrosa sospechaba de Mariana, y por azar, por una delación, logró iniciarle proceso por causa de infidencia.
El 18 de marzo de 1831, en un reconocimiento en su casa, hallaron la bandera y los letreros, que doña Úrsula trató de esconder infructuosamente. Quedaron bajo arresto domiciliario con vigilancia policial durante 9 días, cuando las trasladaron al Convento de Sta. Ma. Egipciaca. Mariana intentó fugarse sin éxito. Desde el inicio del proceso Pedrosa le insistió con que delatase a sus cómplices a cambio de indulgencia, pero estaba consternado frente a su mutismo. Mariana permaneció en el Convento hasta el 24 de Mayo, cuando la trasladaron a la Cárcel Baja para ajusticiarla el 26.
El 19 de Marzo Pedrosa elevó un completo informe de lo hallado al Ministro de Gracia y Justicia, don Francisco Tadeo Calomarde, quien adoptó medidas urgentes y remitió la resolución real, que ascendió a Pedrosa a Alcalde de Casa y Corte, puesto ocupado por don Andrés Oller, liberal amigo de Mariana, designado fiscal en la causa. El ascenso otorgó poder a Pedrosa para condenarla a muerte. El proceso duró 2 meses. Su defensor, don José Ma. Escalera, tuvo 24 horas para estudiar el caso y preparar el escrito. Le negaron la posibilidad de apelación y le formularon un cargo falso que nunca conoció. El 26 de Abril, le notificaron el fracaso del litigio por la herencia paterna y al mismo tiempo, la sentencia a pena de muerte suscrita por Oller, fundada en el art. 7º del Decreto del 1 de Octubre de 1830, tras 4 días de juicio. Fernando VII firmó la sentencia de muerte que llegó a Granada a fines de Mayo. Oller fue destituido poco después y rehabilitado en 1833, cuando depusieron a Pedrosa.
El 24 de Mayo la trasladaron desde el Beaterio de Sta. Ma. Egipciaca a la Cárcel Baja. Pedrosa temía una rebelión popular. Allí estuvo 2 días, hasta su ejecución en el Campo de Triunfo de la Inmaculada. En la cárcel le notificaron la sentencia, pero no declaró. A su confesor le expuso su estado patrimonial y la situación de sus hijos. Le confiscaron todos los bienes y Pedrosa inutilizó las cartas para su hijo y su tío, presbítero. La ejecutaron el 26 de Mayo por la mañana. La trasladaron al cadalso en mula por su origen noble. Iba un nutrido grupo de funcionarios de justicia, sacerdotes y militares. Todas las desembocaduras del Albaicín estaban llenas de mujeres, que lloraban ante su entereza. Llegaron refuerzos de tropa presintiendo un amotinamiento. Hubo un complot preparado para salvarla y matar al verdugo, que falló a último momento. La enterraron en el cementerio de Almengor. Esa noche, dos figuras de negro ingresaron al cementerio y clavaron una cruz en la tumba innominada de Mariana.

¡Yo soy la Libertad porque el amor lo quiso!

¡Pedro! La Libertad, por la cual me dejaste.

¡Yo soy la Libertad, herida por los hombres!

¡Amor, amor, amor, y eternas soledades!

(Federico García Lorca)

Clint Eastwood y su "Million Dollar Baby"

Clint  Eastwood y su "Million Dollar Baby"

Web oficial de la película
Enlace a la crónica de los Oscar 2004

"Y no sabemos que el ardor de nuestra sangre/ es sólo su añoranza de
la tumba" escribió William Butler Yeats, poeta que Frankie Dunn, el
último héroe melancólico interpretado por Clint Eastwood, lee
compulsivamente en la nueva obra maestra con la que el actor y
director norteamericano acaba de golpear el estómago -y el corazón-
de un público desprevenido. Como evocando estos versos, "Million
dollar baby" se balancea entre el vertiginoso batir de una sangre
juvenil y excesiva, y la intuición oscura del súbito reposo en que
todo cuerpo humano encuentra origen y destino.

Es, sin embargo, la cita a otro famoso poema del autor irlandés, "The
Lake Isle of Innisfree", la que sirve a Eastwood para hacer presente
el recuerdo fordiano de "El hombre tranquilo", filme sobre boxeadores
homéricos cuyos momentos de amor más emotivos tienen lugar, como
bien ha explicado Núria Bou en un libro reciente, entre antiguas
tumbas y vestigios de muerte. Pero si Ford narraba un melodramático
viaje hacia la redención del pasado, Eastwood sigue fiel al latido
trágico de sus últimas obras, y vuelve a convertir la errancia
nihilista en el reducto final de su héroe atormentado, ese
desesperanzado entrenador que acumula las cartas sin abrir devueltas
por su hija, que va a misa diariamente para purgar culpas nunca
confesadas, y que pasa sus numerosas horas de tedio estudiando
gaélico.(Por cierto, he de recordar también esa magnífica película
"maldita" del cine catalán - o español- que es "Innisfree", de José
Luis Guerin, en que vuelve a la mítica localidad de rodaje fordiano,
en un ejercicio de maravillosa naostalga y sentimiento que jamás cae
en el sentimentalismo).

Antes de llegar a su clímax de trágica irreversibilidad, "Million
dollar baby" se ha ido construyendo, con una impostación casi
hawksiana, como el modélico retrato de un grupo de profesionales del
boxeo que ve turbada su cotidianidad por la intromisión de una joven
decidida que desea que el escéptico entrenador acepte trabajar con
ella. Hay, en esos primeros minutos de descripción de la vida
cotidiana en el gimnasio, el brío narrativo con que el mejor cine
clásico supo crear un clima de complicidad familiar respecto a sus
personajes. El boxeo es el ámbito dramático en que transcurre la
historia, pero esa cordialidad emprendedora sería la misma si
estuviéramos en un mundo de aviadores o pilotos de carreras, pues
Eastwood no sigue en absoluto las convenciones del género:no se
entretiene en críticas aun entorno mafioso, no busca un discurso
moralizante, no habla de los sacrificios y ni tan sólo celebra el
ego del estrellato, sino que,más bien, a medida que su heroína
femenina va ascendiendo, retrata la espontaneidad casi animal del
triunfo, y elabora un simple canto a la acción, coreografiada como
si se tratara de un musical legendario. Por ello, aunque se hable
mucho de boxeo, a través de la voz en off del narrador Morgan
Freeman, siempre tenemos la impresión de que se está hablando más
bien de cine. Cuando se explica, por ejemplo, que a veces es
necesario alejarse para golpear mejor, pero nunca alejarse tanto
como para abandonar la pelea, se diría que nos explica el sistema
expresivo del director, su capacidad de filmar las cosas desde una
distancia prudente y justa, ni enfática ni indiferente.

Asistimos, pues, desde el inicio de "Million dollar baby", a una
deslumbrante apropiación de la escritura clásica en toda su generosa
capacidad de convocar un universo armónico. Pero el clasicismo tiene
siempre su reverso oscuro y, muy sutilmente, la puesta en escena de
su director va sembrando pistas que han de advertirnos del carácter
terminal de este ejercicio de facilidad narrativa. Así, cuando los dos
viejos socios, Frankie y Eddie (o sea, Eastwood y Freeman) abordan,
en escenas sucesivas, a la aspirante Maggie (Hilary Swank),
sumergida en su obsesivo entrenamiento nocturno, ambos son mostrados
en sendos planos de conjunto, avanzando desde un mismo fondo en
sombras, como revenants de un mundo desaparecido, acaso regresados
del territorio apocalíptico de "Sin Perdón", el filme que reunió por
primera vez a ambos intérpretes.

Puntuando la película con éstas y otras notas de premonitorio
claroscuro (la propia Hillary Swank hace su primera aparición
surgiendo de la oscuridad de un corredor que es metáfora del mundo
desolado del que viene), Clint Eastwood narra la ascensión
prodigiosa de la joven pugilista hasta un estrellato efímero, hecho
de victorias imparables sobre la lona, y de progresivas
complicidades con su admirado entrenador. El esplendor estético de
este tramo de filme deriva de la necesidad de dar forma a la lucha
constante entre ilusión y escepticismo que enfrenta a sus
protagonistas, al tiempo que los lanza, irreversiblemente, a un
hermoso enamoramiento paterno-filial. La atracción que se da entre
ambos personajes anuncia, además, otra clave temática de "Million
dollar baby": la construcción de la familia fuera de la biología, la
herencia sentimental más allá de lo consanguíneo, como se acaba
desprendiendo del uso de la expresión gaélica "Mo chuisle" que
constituye el Rosebud del relato, y cuya libre traducción el héroe
nos revela, en la secuencia tal vez más emotiva, inyectando en
nuestras venas la tristeza de un blues irreversible.

Puede sorprender que un filme que valdría por sí solo en su excelso
canto al triunfo de un cuerpo femenino en movimiento, deba
decantarse, en su sorprendente último acto, por una cita abismal con
la muerte. Con esta poderosa inversión, Clint Eastwood no hace otra
cosa, sin embargo, que rescribir, por enésima vez, la historia de un
jinete pálido que tiene por destino la condena errática de ver
actualizadas una y otra vez sus más infernales pesadillas. El
despoblado y frío pasillo del hospital donde trascurre el último
acto de la película es, en este sentido, el obligado espacio mítico
por el que Eastwood debe entrar y partir, después de realizar el
último y más doloroso acto de amor hacia la joven a quien ha
adoptado, perdiéndose, como un vaquero solitario, en el mismo
horizonte de leyenda de sus mejores westerns. Pero si bien el
destino de su personaje debe seguir siendo el de la desolación más
absoluta, la historia que cuenta "Million dollar baby" tiene, como
toda gran tragedia lanzada a la consecución de la catarsis, un
testigo para contarla. El ojo fiel y testimonial del tuerto que
encarna Morgan Freeman, transforma la catástrofe vivida en legado
narrado, y hace así, del dolor absoluto, un puro y necesario
aprendizaje humano. A lo largo de todo el metraje, su voz nos ha ido
desgranando, en forma de balada intermitente, la historia de una
ascensión y una caída que viene a revelarnos el inevitable lazo
donde, parafraseando a Yeats, el flujo rabioso de los corazones se
une a la voracidad intempestiva de las tumbas.
La música, también de Eastwood ( del propio Clint y de su hijo Kyle)
es también extraordinaria. Posee lirismo y belleza.

Guadalupe Amor (1918-2000)

Guadalupe Amor (1918-2000)

Guadalupe Amor (Pita Amor, llamada "La undécima musa")

Fue idolatrada por Alfonso Reyes, Albert Camus, Sartre, el Dr. Atl, Diego Rivera, Roberto Montenegro. Neruda la describió "como el canto del agua cristalina que corre, te nombro franca e inmemorial, dulcísima..."

Trabajó en cine y teatro antes de llegar a la literatura. Fue extraordinaria como conferenciante y recitaba sus poemas como nadie. Nunca pasaba inadvertida. Genial, hermosa, hiperbólica y enloquecida, fue todo: humo y fuego al mismo tiempo.

La poesía de Guadalupe Amor nos habla de la angustia de vivir, de Dios, de la nada. De la tortura de vivir, de la muerte y de la sombra. Quevedo femenina y mexicana...sensual, atormentada, soberbia, humilde, hueca y llena de luz. Todo eso y más ha sido Pita, maestra del soneto y de la décima. Ardió...de vida.

Algunas de sus obras son:(Puerta obstinada (1947); Círculo de angustia (948); Polvo (1949); Décimas a Dios (1953); (1958) Sirviéndole a Dios, de hoguera (1958); Todos los siglos del mundo (1959); Soy dueña del universo (1984). En prosa: Yo soy mi casa (1959):"Paralelamente a ese placer de los sentidos, de verme o creerme bella, crecía en mí una callada angustia: el pavor de la soledad, un miedo incontenible de lo oscuro"...

Dos poemas:

Dios, invención admirable,
hecha de ansiedad humana
y de esencia tan arcana,
que se vuelve impenetrable.
¿Por qué no eres tú palpable
para el soberbio que vio?
¿Por qué me dices que no
cuando te pido que vengas?
Dios mío, no te detengas,
o ¿quieres que vaya yo?

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Es tan grande la ovación
que da el mundo a mi memoria.
Que si cantando victoria
me alzase en la tumba fría.
En la tumba me hundiría
bajo el peso de mi gloria.

Enlace a poemas de Pita Amor recitados por ella misma.