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El rey danza (La pasión del rey) de Gerárd Corbiau

<strong>El rey danza</strong> (<strong>La pasión del rey</strong>) de Gerárd Corbiau

Hecha en el año 2000, la última película (de las 4 que ha realizado) de Corbiau tiene, como la primera (Le Mâitre de Musique), una relación estrecha con la música. Con Bênoit Magimel como Luis XIV (me es difícil imaginar un actor con mayor majestad que éste), narra la historia de amor y dependencia de Jean-Baptiste Lully con el monarca, su ambición, su agitada vida y su difícil relación con Molière, al que acaba "robando" los derechos de las obras que conjuntamente habían realizado.
La documentación es excelente: Corbiau nos presenta tanto las coreografías de los ballets tal como fueron creadas, como los figurines (históricos) del vestuario (a cargo de Olivier Bériot), o la complicada "maquinaria" utilizada en estos teatros palaciegos, primero en Fontainebleau, el Louvre y después en Versalles. El rey danza nos presenta a Luis XIV desde la infancia (Emile Tarding), fascinado con la música de Lully, preocupado por no poder gobernar o mandar a causa de Mazarino y de la reina regente, la española Ana de Austria. Y cómo la figura real y el poder de Luis se afianzan a medida que va adquiriendo madurez a través del arte, a través de la alegoría de los ballets y de la música. La música de Lully surge como elemento clave para entender la idea de estado de Luis; la proyección de su imagen de rey absoluto queda pasmada ante la corte contundentemente, porque el rey danza vestido de sol, vestido de Apolo, omnipotente, y los cortesanos danzan alrededor de él, planeta central, dios apolo, dador de la luz, centro de la existencia, creador de la vida, y se inclinan, se posternan ante su figura. Luis reina como bailarín y reina como metáfora del ojo divino. La apoteosis de Lully coincide con el momento estelar de la vida de Luis como artista de la danza.
Lo demás, la bisexualidad de Lully, su triple papel de danzarín, violinista y compositor de ballets y de ópera franceses, las envidias de los otros músicos de la corte, los tejemanejes con Molière (Tcheky Karyo), con quien creó las obras que hoy día casi todos desconocen que fueron musicales, forman parte del fresco que nos propone Corbiau. Lo esencial de la película, a mi modo de ver, es la intercomunicación entre la música y el poder y entre la música, la poesía, la palabra.
Habría sido demasiado ambicioso plantear en una sola película cómo Luis XIV configura su imagen utilizando todas las artes a través de una política consecuente, calculada. Utilizando la música, la danza, el teatro, sí, pero también impulsando la arquitectura ( el mejor ejemplo: la construcción de Versalles), la pintura, la escultura, la tapicería, la literatura y hasta la numismática para crear, concienzudamente, esta imagen carismática de sí mismo como Rey Sol. Todo esto se explica y analiza detenidamente en el estudio de Peter Burke, La fabricación de Luis XIV (Editorial Nerea, San Sebastián, 1995). Este culto a la imagen propia convierte a Luis en el primer gran manipulador o creador de imagen pública de la Historia.
En cuanto a la música de Lully (Boris Terral), el otro personaje central de esta historia (por encima del personaje mismo del músico italiano trasterrado a Francia), a mí me parece fascinante. Majestuosa o ligera, la música de Lully me gusta especialmente en El burgués gentilhombre, en Alcidiade o El templo de la Paz o en su ópera (que entonces se llamaba tragedia lírica)el Phaëton y creo que es un músico que, como Luigi Bocherinni (es inevitable pensar en los Quintetos de Madrid) más tarde, lleva a cabo una obra para ensalzar la figura de un rey y de un país, pero luego, a lo largo del tiempo, va trascendiendo aquel objetivo.
Lully debería ser más conocido y mejor apreciado y recordado como el creador del ballet y la ópera francesas, que durante el Barroco fueron preeminentes en Europa.Jean Baptiste Lully es un músico completísimo, cuya obra fascinará a todo aquel que ame la belleza. Colaboró con Molière, como se ha dicho, pero también con otros grandes escritores de la época como Boileau, Corneille, Racine y tiene una obra ingente, variada, rica en matices.
A mí la película de Corbiau me ha servido para acercarme de nuevo a Lully, a quien tenía muy olvidado. Para recrearme en las puestas en escena de esa época gloriosa, para recordar que más allá del poder, está la gloria de la creación artística, que prevalece.

Alexander Calder o el arte como juego

Alexander Calder o el arte como juego

Cuando mi hija Paulina era pequeña, solíamos ir los domingos a ver los títeres en el Turó Park, el teatro infantil en la Fundación Miró, conciertos vespertinos de una hora de la Radiotelevisión española los miércoles en el Palau de la Música Catalana, y visitar las galerías del Barrio Gótico.
Miró, Picasso o Alexander Calder son artistas que un niño percibe muy bien. Son artistas puros, artistas coloridos, artistas que conservan su alma de niños.
En la desaparecida galería Maeght, sita en la calle Montcada, vimos una de las exposiciones más bonitas: la de Alexander Calder. Ahí estaban los famosos móviles, los estábiles, y también artefactos artísticos mecánicos, motorizados, que como los autómatas del Tibidabo (que también visitábamos ocasionalmente), resultaban fascinantes. Finalmente, nos quedamos a ver un corto precioso: el del Circo de Calder, filmado en 1966 por Carlos Vilardebó.
Hace unos días, Paulina y yo fuimos al CCCB, museo que es de nuestro gusto, y en su bonita librería encontramos el DVD del famoso Circo, aquel que habíamos visto, tantos años atrás, en la Maeght. Naturalmente, se lo regalé. Pauli me lo ha traído y lo he podido disfrutar de nuevo.
Alexander Calder nació en Filadelfia, USA en 1898, hijo y nieto de escultores. Se diplomó en Ingeniería Mecánica en 1919 y en 1923 entró en la Art Students League de Nueva York. Trabajó como ilustrador y en 1925 el periódico le encargó las ilustraciones de los espectáculos del circo Ringling Bros. Esta tarea de dos semanas despertó en él la fascinación por el tema circense de modo que, trasladado a París en 1926, creó su Circo Calder, una performance en la que intervenían figuras construidas con alambre y mediante el que el artista se presentó a Mondrian, Léger, Arp, Man Ray, Duchamp y otros artistas de la vanguardia parisina y que fue presentado en el Salón de los Humoristas de París en 1927.
Las figuras están hechas artesanalmente, articuladas, y están llenas de gracia y de humor. El león que se come la cabeza del hombre con la cabeza de corcho, el lanzador de cuchillos que hiere accidentalmente a su partenaire y los camilleros que rápidamente hacen su aparición para llevársela, la rápida sustitución de la víctima por una segunda señorita, igual de engalanada, las caquitas de los animales, rápidamente recogidas por el propio Calder con su recogedor y su escobita en miniatura, y la precisión de los movimientos de los jinetes, o de los equilibristas y trapecistas. La misma pista del circo, hecha con maderitas pintadas, las alfombritas, los animales: perros, leones, caballos, elefantes… Y Calder disfrutando como un niño, anunciando las atracciones, utilizando el silbato, marcando el ritmo de la función, disfrutando cada segundo del papel de Maestro de ceremonias...
El creador de los famosos móviles (esas estructuras poético-musicales cuya abstracta belleza es hechizante), y estábiles que podemos encontrar en México, Caracas, Nueva York o Barcelona integrándose en el paisaje urbano con sus geometrías que semejan dinosaurios, flamencos, rinocerontes o elefantes (moles que no son masas), el pintor de guaches con colores vivos y rotundos que recuerdan a Miró o a algunas piezas africanas (en sus figuras en blanco y negro), nos pone en contacto con el arte en su versión lúdica. Juego y disfrute del arte: risa, movimiento, color, asombro infantil, intergración del arte en forma de pureza.
(La Magie Calder. Trois filmes de Carlos Vilardebó.Les Films du Paradoxe.)

Mi hija ha recordado en su blog la visita que hicimos a la galería Maeght sobre calder (tierna criaturilla)

¿Y ahora qué?

¿Y ahora qué?

Después de terminar el libro sobre Panero, no sé qué hacer. tengo una cantidad de libros aquí... el de Odiseas Elytis, la novela de Elena Garro, el de Foucault, y tengo pedido el de Nerval en la traducción de Tomás Segovia, que ya conozco, parcialmente, desde que estaba en México. No sé qué hacer, porque son encrucijadas. Hay momentos en que siento que estoy parada en una cruz del término municipal. Me parece mentira que una cosa así me haga sentir tan indefensa. Yo creo que ya no estoy en edad de sentir esto, pero eso no ayuda. Lo siento y punto. Me siento desconcertada ante todo lo que no sé y nunca sabré, ante lo que no sé y puedo llegar a saber, ante toda esa montaña que no sé si podré subir ¿Pero hasta qué punto uno aprende? ¿O aprende y olvida? ¿Y por qué? ¿Esto llena de sentido una vida o es solamente un pretexto para sentirla llena, cuando en realidad está vacía? Sentimiento de la muerte, de la nada. Todo se va a perder o yo me voy a perder en la nada. Pero no, todavía no. Ya sé que esto no me va a detener: sé que hay más libros, más museos, más películas que veré. Es sólo un momento de pánico.

El contorno del abismo.Vida y Leyenda de Leopoldo María Panero

<strong>El contorno del abismo.Vida y Leyenda de Leopoldo María Panero</strong>

de J. Benito Fernández, Tusquets (col. Andanzas),1999. Con un prólogo de Antonio Martínez Sarrión.

Llegué a la lectura de este libro con retraso, porque mi relación con Leopoldo María Panero es ambigua. Por una parte, reconozco en él al gran poeta. Por otra, su temática me resulta difícil de digerir, antiestética, sucia. Lo considero un autor irregular, capaz de escribir el mejor verso y el poema más deleznable. Pero lo mismo pasa con Picasso o con cualquier creador importante. A la postre, resulta que lo que sobrevive es mucho menos de lo esperado. Unos cuantos poemas de una obra ingente. Unos cuantos cuadros del pintor más prolífico del siglo XX. No hablo del valor comercial o del mercado, hablo de la calidad de la obra.
Esta biografía, basada en hechos narrados puramente desde el exterior, no exégetica, tiene ventajas y desventajas. La ventaja es que no es cursi ni apologética. La desventaja es que tienes la sensación de ir siguiendo los pasos de un muñeco que no llega nunca a encarnarse.
Es evidente que desde El Desencanto, de Jaime Chávarri, los Panero pasaron a categorizarse como arquetipo ¿De qué? Del fracaso, tal vez, de la familia burguesa. La destrozada morfología se hace evidente, pero no la razón de tal destrozo, de tal decadencia. En la biografía, me entero de que hay una parte de la familia con enfermedades mentales. Y está el alcoholismo, quizá heredado, del padre. La violencia, que se intuye aunque no se nombra, forma parte del cuadro. La familia es un monstruo de mil cabezas. Lo verdaderamente llamativo es la ejemplaridad de la persistencia. Persistir en la búsqueda del poema a lo largo de tantos años, en medio de la locura, en medio de la desesperación, en medio de la propia mierda, como dijera Sartre en los años 50. Para mí lo heroico es esa gesta de Leopoldo María Panero: ser poeta, a pesar de estar loco, de ser destructivo y autodestructivo, a pesar de ser drogadicto, borracho, promiscuo, coprolálgico: despojo, pero despojo poético. "No soy un monstruo", dice. Me recuerda la escena de El hombe elefante de Lynch en que John Merrick responde a la furiosa turba: "Soy un hombre". Panero también es un hombre, herido, mutilado y creador. Al fin y al cabo, cada uno en distinta medida somos Gregorio Samsa. Pero no todos tenemos el valor de asumir eso como provocación, como escupitajo, como rebelión, como herida abierta.
A pesar de que lectura de este libro me ha servido, me sirven más sus poemas. No me molesta convenir con Octavio Paz cuando afirma que la única biografía de un poeta es su obra.
Y la obra de Leopoldo María Panero persistirá. La finalidad del arte, me dijo hace mucho Tomás Segovia, no es la belleza, sino la verdad. En la obra de Panero hay verdad, y esa belleza oscura, turbia de la pureza. Vida u Obra.

Más allá de donde
aún se esconde la vida, queda
un reino, queda cultivar
como un rey su agonía,
hacer florecer como un reino
la sucia flor de la agonía:
yo que todo lo prostituí, aún puedo
prostituir mi muerte y hacer
de mi cadáver el último poema.

De Last River Together 1980

"Liberté" de Paul Eluard

&quot;Liberté&quot; de Paul Eluard

Conocí a Paul Eluard (1985-1952) a través de unos libritos publicados por Alberto Corazón, allá en los años 70, Capital del Dolor y Poesía y verdad. Por entonces yo todavía no leía en francés fluidamente. Eluard, comunista, surrealista y gran poeta romántico, me dio mucho. Hijo de un contable y de una costurera, Eluard enferma de tuberculosis: es uno más de los muchos que llegan a la poesía a través de la enfermedad. Conoce a Gala (que después le dejaría por Dalí), y es él quien la bautiza con ese nombre, único válido para la historia del arte. Su poesía es, en relación con su calidad, poco conocida. No importa. Éxito no es sinónimo de verdad y precisamente, de Poesía y verdad extraigo este magnífico poema:

LIBERTÉ

Sur mes cahiers d'écolier
Sur mon pupitre et les arbres
Sur le sable sur la neige
J'écris ton nom

Sur toutes les pages lues
Sur toutes les pages blanches
Pierre sang papier ou cendre
J'écris ton nom

Sur les images dorées
Sur les armes des guerriers
Sur la couronne des rois
J'écris ton nom

Sur la jungle et le désert
Sur les nids sur les genêts
Sur l'écho de mon enfance
J'écris ton nom

Sur les merveilles des nuits
Sur le pain blanc des journées
Sur les saisons fiancées
J'écris ton nom

Sur tous mes chiffons d'azur
Sur l'étang soleil moisi
Sur le lac lune vivante
J'écris ton nom

Sur les champs sur l'horizon
Sur les ailes des oiseaux
Et sur le moulin des ombres
J'écris ton nom

Sur chaque bouffée d'aurore
Sur la mer sur les bateaux
Sur la montagne démente
J'écris ton nom

Sur la mousse des nuages
Sur les sueurs de l'orage
Sur la pluie épaisse et fade
J'écris ton nom

Sur les formes scintillantes
Sur les cloches des couleurs
Sur la vérité physique
J'écris ton nom

Sur les sentiers éveillés
Sur les routes déployées
Sur les places qui débordent
J'écris ton nom

Sur la lampe qui s'allume
Sur la lampe qui s'éteint
Sur mes maisons réunis
J'écris ton nom

Sur le fruit coupé en deux
Dur miroir et de ma chambre
Sur mon lit coquille vide
J'écris ton nom

Sur mon chien gourmand et tendre
Sur ses oreilles dressées
Sur sa patte maladroite
J'écris ton nom

Sur le tremplin de ma porte
Sur les objets familiers
Sur le flot du feu béni
J'écris ton nom

Sur toute chair accordée
Sur le front de mes amis
Sur chaque main qui se tend
J'écris ton nom

Sur la vitre des surprises
Sur les lèvres attentives
Bien au-dessus du silence
J'écris ton nom

Sur mes refuges détruits
Sur mes phares écroulés
Sur les murs de mon ennui
J'écris ton nom

Sur l'absence sans désir
Sur la solitude nue
Sur les marches de la mort
J'écris ton nom

Sur la santé revenue
Sur le risque disparu
Sur l'espoir sans souvenir
J'écris ton nom

Et par le pouvoir d'un mot
Je recommence ma vie
Je suis né pour te connaître
Pour te nommer

Liberté

Garcilaso de la Vega y el soneto X o "La vida como mito"

Garcilaso de la Vega y el soneto X o &quot;La vida como mito&quot;

Por Juan Francisco Alcina Rovira

La Eneida es una narración identitaria que canta los orígenes de Roma en el mito. Es un poema de viajes y guerras del último de los grandes guerreros troyanos, Eneas, del que desciende la familia de Octaviano Augusto, en la práctica el primer emperador de Roma. Para él escribe Virgilio el poema y ante él leyó los primeros borradores acabados. Cuentan que su esposa, la emperatriz Livia, se desmayó de emoción al escuchar cierto pasaje. Al final de la primera mitad, en el libro IV, se inserta una historia amorosa de traición y muerte, la tragedia de Dido o Elisa (su nombre semita), la reina cartaginesa que se enamora de Eneas, que como un náufrago ha llegado a sus costas.
Desde los primeros versos de este libro se nos presenta a la reina enloquecida por el deseo. El amor la quema hasta la médula y no permite razonamiento. Dido queda sin habla y boquiabierta escucha cada vez que Eneas abre la boca para contar cualquier detalle de sus viajes. Un día de caza y lluvia, Dido se entrega a Eneas y lo considera su esposo. Son días felices para ambos. Pero la mente de Eneas está puesta en otros proyectos que no pasan por Cartago. Un sueño divino se lo recuerda. Ha de buscar otras tierras y saciar el deseo de poder. A escondidas prepara a sus hombres y los barcos para partir hacia las costas cercanas de Italia donde le esperan las maravillas de un nuevo reino. Frente a la huida de Eneas, la desesperación de Dido no se puede expresar con palabras. Eneas le ha dejado como ‘prenda’ su espada y ropas, y son esos objetos los que desatan la desesperación de Dido. La tristeza la lleva al suicidio y, ante la espada de Eneas que mal clavada le causará la muerte, Virgilio le hace pronunciar unas últimas palabras famosas que serán las que recordará Garcilaso al principio del soneto X:

IV,651-652
‘dulces exuviae, dum fata deusque sinebat,
accipite hanc animam meque his exsolvite curis.’
[Despojos dulces, mientras el destino y Dios lo permitían,
acoged esta alma y libradme de mis cuitas]

¡Oh dulces prendas por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería,
juntas estáis en la memoria mía
y con ella en mi muerte conjuradas!
¿Quién me dijera, cuando las pasadas
horas que’n tanto bien por vos me vía,
que me habíades de ser en algún día
con tan grave dolor representadas?
Pues en una hora junto me llevastes
todo el bien que por términos me distes,
lleváme junto el mal que me dejastes;
si no, sospecharé que me pusistes
en tantos bienes porque deseastes,
verme morir entre memorias tristes.

Cuando Garcilaso escribe este soneto está en Nápoles. Participa allí en las reuniones literarias de la Academia de Giovanni Pontano. Pontano fue uno de los más geniales lectores y comentaristas de Virgilio y su influencia marcaba las actividades de la Academia. Además, se supone que Virgilio está enterrado en Nápoles, y los napolitanos lo han considerado siempre como un poeta propio. Sabemos también que en las reuniones de la Academia se discutía y leía a Virgilio y algo del virgilianismo de ese ambiente enlaza con nuestro soneto.
Los dos primeros versos reflejan exactamente y en una hermosa traducción el primer verso latino. Es habitual que en las versiones de la época un hexámetro latino se desglose en dos endecasílabos castellanos. Para recordarnos la fuente, Garcilaso empieza el verso con ‘dulces’ repitiéndolo anafóricamente en el verso siguiente. El término virgiliano 'exuviae' son los despojos del enemigo o los objetos personales que se quitan de un cuerpo y sirven para recordarlo. Por ejemplo en la Égloga 8,91-92 de Virgilio ‘has olim exuvias mihi perfidus ille reliquit, / pignora cara sui’ [estos despojos me ha dejado aquel pérfido / prendas queridas suyas]. En este caso se trata de las ropas que ha recibido una pastora de su amado que la ha abandonado. Quizá haya que pensar que ‘prenda’ está en sentido literal de ‘prenda de ropa’ perteneciente a la amada como en la Égloga virgiliana. A lo que se añadiría el sentido de ‘prenda’ o ‘prueba de seguridad por lo que se ha prometido’ (que es el sentido del latín 'pignus', palabra de la que deriva empeñar, casa de empeño y prenda). En un juramento de fidelidad se entregan ‘prendas’: pañuelos, guantes, alhajas, rizos del cabello etc. como prueba de buena fe en el acuerdo, amoroso o de otro tipo. El poeta ha ‘hallado’ casualmente esos objetos que le han recordado ‘para su mal’ a la amada muerta. Tanto Dido como Garcilaso dirigen su discurso a estas ‘prendas’ de amor. Dido les pide que reciban su alma, ‘accipite hanc animam’ (662) y se la liberen de las cuitas ‘exsolvite curis’. Garcilaso desarrolla esta misma súplica en el primer terceto donde estos objetos adquieren un carácter animado: ‘lleváme junto el mal que me dejastes’ que se corresponde con el ‘me exsolvite curis’ de Dido, ‘soltadme de mis penas [lleváoslas lejos de mí]’. Más comprensible en el caso de Dido porque habla con una espada (un objeto del amado que lo simboliza) y más ambigüo en el caso de Garcilaso porque desconocemos la fuerza de esas ‘prendas’ que tienen el poder de matar con su recuerdo.
Evidentemente el recuerdo del suicidio de Dido planea sobre los versos de Garcilaso. La muerte tinta todo el poema hasta el último verso. Y sin duda es un poema en el que el poeta se identifica con una mujer desesperada que llega al suicidio como la del mito de Dido. El suicidio por amor, un tema de la novela sentimental y de la comedia humanística, de la que la Melibea de la Celestina es uno de los posibles ejemplos, se esconde detrás de estos versos, y enlaza con la tragedia de la reina de Cartago. Lo excepcional en este caso es que se trata de un hombre. La desesperación amorosa es, literariamente, cosa de mujeres. Pero en este caso el militar Garcilaso se ha feminizado identificándose con la figura mítica de Dido. El poeta es también como una plañidera que salmodia un threno, un canto funerario, que resuena en las aliteraciones de ‘m’ del último verso que cierra la palabra ‘tristes’. ‘Tristes’ es el final del canto que ha empezado con la alegre exclamación ‘dulces’. ‘Dulces’ y ‘tristes’ marcan el inicio y el final del recorrido en el que se insertan los movimientos de este bello soneto.

Laura Esquivel : "El erotismo de la cocina"

Laura Esquivel  : &quot;El erotismo de la cocina&quot;

Por Sara Alcina Zayas y Anne-Sophie Barbut

En "Como agua para chocolate", el espacio de la cocina ocupa el primer plano y se carga de un simbolismo cada vez más complejo conforme vamos leyendo. El universo de la cocina es, ante todo, el espacio de la cotidianidad, con sus gestos rituales, sus ritos. El tiempo adquiere en este espacio un valor sagrado. Es el lugar de las recetas, sabiamente dictadas por la voz de la mentora-gurú-madre simbólica de Tita, el último eslabón de la larga cadena de mujeres educadas en el arte sagrado de la cocina. Es el lugar del equilibrio entre el arder demasiado y el enfriarse demasiado, del punto justo en la utilización de los ingredientes, su cocción, su manejo, su manera de hacer cada platillo...Es el lugar de la inmediatez y del conocimiento atávico, intuitivo y empírico de las mujeres: "Nacha, que se las sabía de todas todas respecto a la cocina (...) Ni siquiera sabía leer ni escribir, pero eso sí, sobre cocina tenía tan profundos conocimientos como la que más."(p.12)

La cocina es un universo críptico, con su saber empírico y sus maneras de medir las cantidades de alimentos: "Gertrudis leía la receta como si leyera jeroglíficos." (p. 165)

Es este lenguaje criptado que permite crear un espacio de libertad que posibilite la resistencia y la lucha subterranea contra el poder patriarcal ejercido por Mamá Elena y que finalmente consigue vencer.

La voz se dirige hacia la expresión de las cosas próximas, los sentimientos, a través de palabras muy sencillas. El significante se sitúa a una distancia mínima de la realidad que pretende evocar. Y con la misma precisión con la que se describe la preparación de los platillos las protagonistas femeninas van evocando sus sentimientos. Aplican el lenguaje culinario a los sentimientos, lo que da paso a un universo de metáforas: "En ese momento comprendió perfectamente lo que debe sentir la masa de un buñuelo al entrar en contacto con aceite hirviendo. Era tan real la sensación de calor que invadía todo su cuerpo que anste el temor de que, como a un buñuelo, le empezaran a brotar burbujas por todo el cuerpo –la cara, el vientre, el corazón, los senos- Tita no pudo sostenerle esa mirada y bajando la vista cruzó rápidamente el salón hasta el extremo opuesto." (p. 22)

La cocina se convierte en el prisma a través del cual se ve el mundo y lo tizna de corporeidad.
El nacimiento inusitado de Tita es una imagen de este prisma. La cocina es una segunda matriz para Tita, porque la acoge después de que el cuerpo de la madre la haya rechazado: "Y sin que mi bisabuela pudiera decir ni pío, Tita arribó a este mundo prematuramente, sobre la mesa de la cocina, entre los olores de una sopa de fideos que estaba cocinando, los del tomillo, el laurel, el cilantro, el de la leche hervida, el de los ajos y, por sujpuesto, el de la cebolla." (p.11)

La cebolla es un elemento simbólico importante en esta novela porque es una imagen del destino trágico de la mujer: "Tita nació llorando de antemano, tal vez porque ella sabía que su oraculo determinaba que en esta vida le estaba negado el matrimonio." (p.11)

Pero la cebolla es símbolo también de la posibilidad de superar este destino trágico a través de la voz que se va generando desde el origen y que sus sucesivas capas podrían simbolizar: La cebolla también es una imagen de la interioridad y la exterioridad, conceptos claves a la hora de discernir los espacios: el espacio de la cocina (interior) del espacio exterior.
Subvirtiendo el concepto de mansedumbre tradicionalmente ligado a la cocina, en el imaginario de estas escritoras hispanoamericanas, la cocina se convierte en un espacio de conocimiento, resistencia y reapropiación de la identidad y de la llamada “tradición oculta”, esto es: la sabiduría de las mujeres, transmitida oralmente de madres a hijas desde tiempo inmemorial: "Tita era el último eslabón de una cadena de cocineras que desde la época prehispánica se habían transmitido los secretos de la cocina de generación en generación y estaba considerada como la mejor exponente de este maravilloso arte, el arte culinario." (p.43)

La novela nos muestra una lucha entre el poder patriarcal y el poder oculto de las mujeres. Podemos distinguir dos espacios: el espacio represivo (representado por la figura de Mamá Elena) en el cual la boca no sirve más que para reproducir expresiones lexicalizadas, vacías, formulismos, órdenes, palabras prendidas dentro de la tradición y la costumbre y que en realidad son palabras que dicen silencio: "Entonces Mamá Elena decía:-Por hoy ya terminamos con esto.
Dicen que al buen entendedor pocas palabras, así que después de escuchar esta frase todas sabían qué era lo que tenían que hacer." (p.15).

En cambio el otro espacio, se define por la libre expresión de la sensualidad, el juego, el gozo, y la imaginación a través del recuerdo, encarnado por Tita, que se nos dice que: "De igual forma confundía el gozo de vivir con el de comer (...) Este espacio le pertenecía por completo, lo dominaba". (p.13)

Estos dos espacios vienen a enfrentarse dentro del relato cuando Tita rompe con la tradición al pretender casarse con Pedro Muzquiz, cuando la ley patriarcal se lo impide, estipulando que la menor de las hijas debe quedarse con la madre y le es negado el matrimonio.
El conflicto en el vocabulario se traduce en la utilización de palabras como rebeldía o represión y el discurso oficial viene a chocarse silenciosamente contra el discurso que quisiera brotar: "Díjo Mamá Elena, luego de un silencio interminable que encogió el alma de Tita...Mamá Elena le lanzó una mirada que para Tita encerraba todos los años de represión que habían flotado sobre la familia".

En el capítulo seis, a esos dos espacios se les asocian dos cualidades antitéticas que son el calor y el frío, que vienen conceptualizados en una teoria elaborada por la abuela indígena del personaje del médico, que arroja luz sobre toda la novela. En este capítulo, la receta se convierte en un experimento de química, con ingredientes como nitro en polvo, minio, goma arábiga en polvo, azafrán, cartón y sobre todo fósforo: "Mi abuela tenía una teoria muy interesante, decía que si bien todos nacemos con una caja de cerilllos en nuestro interior, no los podemos encender solos, necesitamos, como en el experimento, oxígeno y la ayuda de una vela. Solo que en este caso el oxígeno tiene que provenir, por ejemplo, del aliento de la persona amada; la vela puede ser cualquier tipo de alimento, musica, caricia, palabra o sonido que haga disparar el detonador y así encender uno de los cerillos. Por un momento nos sentiremos deslumbrados por una intensa emoción. Se producirá en nuestro interior una agradable calor que irá desapareciendo poco a poco conforme pase el tiempo, hasta que vuelva una nueva explosión a reavivarlo. Cada persona tiene que descubrir cuales son sus detonadores para poder vivir, pues la combustión que se produce al encenderse uno de ellos es lo que nutre de energía el alma. En otras palabras, esta combustión es su alimento. Si uno no descubre a tiempo cuales son sus propios detonadores, la caja de cerillos se humedece y ya nunca podremos encender un solo fósforo.
Si eso llega a pasar el alma huye de nuestro cuerpo, camina errante por las tinieblas más profundas tratando vanamente de encontrar alimento por sí misma, ignorante de que solo el cuerpo que ha dejado inerme, lleno de frío, es el único que podría dárselo." (p.102-103)

La comida se convierte en un instrumento de resistencia y expresión porque tiene el poder de apaciguar y reconfortar a Tita contra los ataques de su madre. La comida no es capaz de calmarla si el dolor es demasiado vivo, cuando se origina en el amor frustrado: "Intentó comer la torta de Navidad que Nacha le había dejado sobre su buró, junto con un vaso de leche. En muchas otras ocasiones le había dado excelentes resultados. Nacha, con su gran experiencia, sabía que para Tita no había pena alguna que no lograra desparecer mientras comía una deliciosa torta de Navidad. Pero no en esta ocasión. El vacío que sentía en el estómago no se alivió." (p. 24).

La novela se configura como un libro de cocina (un recetario), tiene doce capítulos que se corresponden a los doce meses del año. Es una forma acabada. Cada capítulo se corresponde también con una receta que va marcando el hilo de la narración. El libro de recetas señala los acontecimientos más importantes de la batalla contra la figura de la madre que detenta la imposición y el repeto a la Ley del Padre, así es que la novela es también un catálogo de resistencia, con sus recuerdos llenos de esperanza y sus conmemoraciones: "Hoy que comimos este platillo, huyó de la casa Gertrudis..." (p. 50)

La comida es un vehículo de comunicación criptado que permite burlar las normas impuestas (la fronteras que Mamá Elena impone entre Tita y Pedro). A través de la preparación del alimento, éste se impregna del sentimiento de la persona que lo realiza y se da una identificación entre el objeto preparado y el sujeto que lo prepara en una suerte de transmutación de la sustancia espiritual en corpórea, para ser así asimilada y fundirse con la persona que lo come en una especie de coito. En el capítulo tres, vemos cómo al cocinar las rosas que Pedro le ha ofrecido Tita abre un espacio de subversión y erotismo, para Pedro el hecho de comer este plato preparado con las rosas que le ha dado a Tita es una sublimación del acto amoroso: "Tal parecía que en un extraño fenómeno de alquimia su ser se había disuelto en la salsa de las rosas, en el cuerpo de las codornices, en el vino y en cada uno de los olores de la comida. De esta manera penetraba en el cuerpo de Pedro, voluptuosa, aromática, calurosa, completamente sensual (...) Pedro no opuso resistencia, la dejó entrar hasta el último rincón de su ser sin poder quitarse la vista el uno del otro." (p. 63)

La comida es también un instrumento que puede metamorfosear a quien la come en relación con el estado de ánimo de la cocinera puede tener un efecto afrodisíaco (capítulo 3), vomitivo y nostálgico (capítulo 2) o euforizante (capítulo 12).

Capítulo 2: "Una inmensa nostalgia se adueñaba de todos los presentes en cuanto le daban el primer bocado al pastel (...) Inclusive Pedro, siempre tan propio, hacia un esfuerzo tremendo para contener las lágrimas." (p. 34)

Capítulo 3: "En cambio, a Gertrudis algo raro le pasó. Parecía que el alimento que estaba ingiriendo producía en ella un efecto afrodisíaco, pues empezó a sentir que un intenso calor le invadía las piernas. Un cosquilleo en el centro de su cuerpo no la dejaba estar correctamente sentada en su silla. Empezó a sudar y a imaginar qué se sentiría al ir sentada a lomo de un caballo, abrazada por un villista, uno de esos que había visto una semana antes entrando a la plaza del pueblo (...) Vió muchas noches junto al fuego deseando la compañía de una mujer a la cual pudiera besar, una mujer a la que pudiera abrazar, una mujer... como ella." (p. 42)

Capítulo 12: "Qué diferencia entre esta y la desafortunada boda de Pedro con Rosaura, cuando todos los invitados terminaron intoxicados. Ahora por el contrario al probar los chiles en nogada, en lugar de sentir una gran nostalgia y frustración, todos experimentaban una sensación parecida a la de Gertrudis cuando comió las codornices en pétalos de rosas." (p.205)

La cocina es un arte que impone sus leyes, la preparación tiene que producirse en un tiempo de tranquilidad sino el sabor se verá cambiado por las circunstancias y el humor de la cocinera. Encontramos ejemplos de esto en varios episodios de la novela, como en el capítulo once, cuando los frijoles se niegan a cocerse por falta de amor:

"Pero cuál no sería su sorpresa al ver que a pesar de todas las horas que llevaban en el fuego los frijoles aún no estaban cocidos." (p. 187)

El alma de la cocinera tiene que coincidir con el fuego para lograr la cocción:

"El corazón lanzaba borbotones de pasión(...) Mientras Tita cantaba, el caldo de los frijoles hervía con vehemencia." (p. 188)

La imagen final de la novela es la del abrasamiento de los amantes, en un fuego simbólico y real, durante un acto amoroso en el que el cuarto de dormir se convierte en una capilla nupcial por la presencia de las velas puestas en él por Pedro y a igual que la cocina, el cuarto de dormir se transforma en lugar sagrado, en templo. Es la imagen del fuego incontrolable, reprimido durante demasiado tiempo y que provoca una cocción desmesurada, tal y como lo presagia la teoría de la abuela indígena del capítulo 6:

"-Claro que también hay que poner mucho cuidado en ir encendiendo los cerillos uno por uno. Porque si por una emoción muy fuerte se llegan a encender todos de un solo golpe producen un resplandor tan fuerte que ilumina más allá de lo que podemos ver normalmente y entonces ante nuestros ojos aparece un túnel esplendoroso que nos muestra el camino que olvidamos al momento de nacer y nos llama a reencontrar nuestro perdido origen divino." (p. 90).

La novela por entero se haya traspasada por el orden y el lenguaje propios de lo real-maravilloso cuya característica es hacer volcar las barreras fijas e inmutables de la Realidad, de lo Lógico, de lo Posible y que permite adentrarse en un lenguaje poético que nos otorga la posibilidad de la sub-versión, del cambio, de pasar de una categoria a otra, de un estado a otro (de lo etéreo o a lo corpóreo y viceversa) permitiéndonos volcar en la realidad lo que permance oculto, poniendo al mismo nivel la interioridad y la exterioridad, superponiéndolas como en un juego de espejos.

Migrando a otro servidor

No puedo evitar la sensación de escalofrío que me produce el que Blogia haya decidido migrar los blogs ( y el mío, claro) a otro servidor. Temo perder mis post y las horas que me he pasado blogueando y buscando las ilustraciones. Ya sé que tengo la mayoría guardadas en mis documentos, pero los comentarios no, y entre ellos, muy especialmente el de Italo. Aunque él piense que no lo quiero o no me acuerdo de él, porque nunca lo llamo y nunca me encuentra en mi casa, lo quiero mucho. El día que me posteó un comentario me sentí muy feliz.
Los comentarios son muy escasos en mis blogs y creo saber por qué. En arteyliteratura tengo muchas visitas, unas 50-60 cada día (bueno, para mí son muchas y bastante inexplicables), pero muy poquitos comentarios, mientras que mi prima Mary en su blog (Mycrazylife) acumula doscientos mil comentarios por post. Yo creo que es porque mis posts no son personales (éste es la excepción), aunque a veces he escrito sobre mi familia o amigos, pero generalmente lo hago desde fuera, descriptivamente, como si fueran unas memorias; no escribo como si estuviera haciendo un diario, porque publicar lo que me pasa cada dia ¿a quién le importa?
En realidad, la parte de mi vida que para mí tiene más importancia es la del espíritu: los libros, las películas y la música que me van haciendo crecer interiormente. Esa es la parte de mi vida que quiero cultivar y compartir, al menos públicamente. En estos temas la gente no se avienta a comentar, porque esto no es un chat, no se puede establecer el ´diálogo, así que me leen (o no) y se van sin decir nada.
Mi hija Paulina a veces me ha preguntado para qué escribo estas cosas de libros, de películas, yo creo que por la misma razón que cuando era estudiante de Filología hacía fichas de mis lecturas, o recortaba reseñas de los periódicos y revistas sobre temas que me interesaban, o de conciertos a los que había ido, o películas que me habían emocionado: para no olvidar. Porque uno durante su vida va leyendo, va incorporando cosas, pero si no las escribe, es como si no las hubiera hecho, se van perdiendo. Sí, escribir es querer guardar contigo lo que eres, lo que vas siendo. Para que no se escape, no se pierda y no caiga en el vacío.
Las palabras son el testimonio de que mi vida no ha estado vacía. No totalmente.

Dos películas de Derek Jarman

Dos películas de  <a href=&quot;http://technorati.com/tag/Derek Jarman&quot; rel=&quot;tag&quot;>Derek Jarman</a>

Derek Jarman nació en Northwood, Middlesex, Inglaterra en 1942. Se educó sucesivamente en Hampshire y Dorset antes de emigrar a Londres para estudiar Bellas Artes en el prestigioso King's College (1960-1963) y en la no menos famosa Slade School of Art (1963-1967).
Comenzó su extensa carrera de creador multifacético (poeta, narrador, fotógrafo, pintor y cineasta, además de activista) en 1969 y realizó una ingente cantidad de obras hasta su prematura muerte, en 1994.

Hubo una época en que me interesé por el cine inglés, aunque me he sentido sucesivamente más identificada con otras cinematografías (como la francesa o la china, pero nunca he llegado tan lejos como para hacerme fan del cine iraní, a pesar de lo que pueda pensar mi hija Paulina).
La primera película inglesa que me impactó fue A taste of Honey(1961), de Tony Richardson, que vi en 1966 con Octavio, en la cineteca del CUC. Una década después, me aficioné (al menos parcialmente) al cine de Ken Russell. Era nuestra era pop y su cine era diferente. Además, contaba con la complicidad de la gran Glenda Jackson, de Oliver Reed y Alan Bates. A Bates lo vi en Londres en el teatro, en una obra de Harold Pinter, autor que siempre he tenido muy metido en mis entretelas y con el que precozmente me sentí involucrada ya en mi época de “crítica teatral” en México. Bueno, es obvio que mi cineasta inglés favorito es , (el maestro de maestros). Pero Derek Jarman también me gusta. Hoy me he propuesto reseñar dos de sus películas que he tenido la suerte de “pescar” en diversos establecimientos barceloneses. Esto de “pescar” perlas raras es muy excitante, porque estas películas son codiciadas por los cinéfilos, que aunque escasos, existen; porque generalmente sólo hay una en la tienda más grande del mundo, porque si le preguntas por ella al vendedor, inevitablemente te mirará como si fueras un marciano o un asesino en serie, porque nadie más las ha visto, porque… en fin, hoy estoy haciendo demasiadas digresiones y paso a centrarme. Decía que Jarman me gusta, porque aparte de la etiqueta de cineasta gay, su afán experimental siempre me ha producido placer. Nunca me ha parecido estridente o vulgar y algunas de las cosas que hizo, hoy se hacen con toda naturalidad. Además, tiene mucho en común con Pasolini (con el mejor ), que para mí no es el del Decamerón o los Cuentos de Canterbury, que son las películas que han editado en DVD, sino el de Teorema, Medea o Edipo. Porque en ambos hay un deseo de autenticidad, un deseo anti-hollywoodiense, de presentar la antigüedad casi antropológicamente, buscando los paisajes, la música, el vestuario y las imágenes mentales que pudieran tener verdaderamente en esos tiempos. Y también buscando trenzar los hilos que nos unen hoy, en nuestro presente histórico, con esos tiempos anteriores. Cosa que creo consigue siempre el arte: abolir el tiempo sin obviarlo, haciéndose eterno retorno, actualizándose cada vez: volviendo a nacer, volviendo a ser, una y otra vez y siempre fresco.

Sebastiane (1976)
Guión: Derek Jarman y James Whalley
Música: Brian Eno
Fotografía: Peter Middleton
Reparto: Richard Warwick, Neil Kennedy, Leonardo Treviglio, Lindsay Kemp, Barnes James.

Es bien conocida la iconografía de San Sebastián, icono gay donde los haya, para contar de nuevo la historia de este mártir cristiano de la era de Dioclesiano. Jarman aquí filma en latín (como Mel Gibson filmó en latín y arameo La pasión de Cristo)y por las mismas razones: le resultaba imposible contar esta historia de otro modo. Encuentro esta idea doblemente seductora: por una parte, el latín posee una elegancia, una limpidez y una belleza que no puede ser igualada por el inglés (o por ninguna otra lengua, salvo, quizás, el francés), por otra, Jarman busca la verosimilitud y el alejamiento de los clichés hollywoodienses que son la marca de fábrica de este enfant terrible inglés.
El texto de la película de Jarman es un texto hermoso, poético y lleno de metáforas y de imágenes poéticas. Y para mí, lo más bello de la película. La expresión del amor divino que embarga a Sebastián es única: por fuerza está emparentada con la literatura mística, cuyas palabras o cuyo erotismo no pueden tener otro referente que el amor humano, pero cuyo destinatario es otro muy diferente: Dios mismo.
Filmada en el norte de África, en un paisaje agreste, arenoso, seco, en él el mar y la arena, escenario del exilio al que es condenado Sebastián, juegan un papel muy importante. No sé por qué, en su momento, esta historia fue leída como cuasi pornográfica o como apología de la homosexualidad. Porque históricamente, la homosexualidad era factor inherente en la milicia, tanto griega como romana, y porque en el exilio, perdidos en aquel campamento casi inhabitable, solos con ellos mismos, la homosexualidad brotaba incluso en aquellos que eran heterosexuales.
El amor que siente Severus por Sebastián es un amor terreno, al que el futuro mártir no puede ni quiere corresponder: "Triste y pobre Severius -le dice- ¿Crees que tu ebriedad libidinosa puede compararse con el amor de Dios?". Y su ascetismo, su pureza, en resumen, su diferencia respecto al grupo, son un estímulo para la crueldad de todos, exceptuando a Justinus, su gran amigo, en compañia de quien Jarman filma las más bellas escenas de amistad desinteresada y pura entre hombres que yo haya visto jamás. No puedo resistir la tentación de inlcuir un fragmento de diálogo entre ambos, cuando Justinus ofrece un caracol a su amigo y escuchan su sonido, ambos retrepados en una roca, rodeados por el mar:

--¿Qué oyes?
-- Oigo suspirar a los dioses ¿y tú?
-- Nada. Espera... Oigo una gaviota que grita tu nombre en medio de una tempestad. Dice tu nombre: "¡Sebastián, dilectísimo Sebastián!". Toma. Escucha.
-- Oigo un canto hermoso como el de un ruiseñor. Escúchalo. Me recuerda mi infancia y el sonido de voces medio olvidadas.

La crueldad del bello centurión Severus se basa en el deseo insatisfecho; la de los otros, en una simple diversión perversa, en medio de una ociosidad exasperante, muy bien explicada en los juegos absurdos que ocupan su tiempo.
En ese mundo de incomprensión, Sebastián goza del consuelo de su fe, de la visión de Cristo (nada que ver con la habitual de Hollywood) y de la amistad de Justinus, que morirá defendiéndolo.
Un defecto de la película es que no se ajusta a los hechos históricos. En realidad, Sebastián no muere a causa de las flechas, sino que sobrevive. Al enterarse Diocleciano, le manda azotar hasta la muerte. Pero la verdad poética es tan poderosa… Yo creo que Jarman no se vio con fuerzas para oponerse a tantos siglos de iconografía para contar la verdad sobre la muerte del santo.
La fotografía muestra tanto la agresividad del paraje como la belleza de esos cuerpos semi desnudos de hombres hechos a la guerra, en constante movimiento inútil, sin rumbo, sin finalidad: fuertes y a la vez vulnerados por el deseo o por la crueldad. Quemados por el sol, mojados por el mar; primitivos, crueles, y sólo excepcionalmente tiernos, como en esa hermosa escena del amor masculino entre Antonio y Adriano, rodada con tremenda sensibilidad.
No entiendo cómo puede herir susceptibilidades esta obra. Yo la encuentro desnuda y hermosa como una escultura del período pre-clásico.

Eduardo II (1991)
Guión: Derek Jarman, Stephen McBride, Ken Butler ( Basada en una obra de teatro de Christopher Marlowe, contemporáneo de Shakespeare)
Música: Simon Fisher Turner
Fotografía: Ian Wilson
Reparto: Tilda Swinton, Steven Waddington, Andrew Tiernan, John Lynch, Dudley Sutton, Kevin Collins, Jerome Flynn, Nigel Terry

Basada en una obra teatral de Christopher Marlowe (en su tiempo, mucho más famoso que el hoy idolatrado William Shakespeare), que a su vez se basó, como era muy frecuente, en la historia de Inglaterra (qué gran Historia, llena de asesinatos, sangre, parricidios y humor negro), Jarman plantea este tremendo dramón de homofobia, traición, intereses políticos, adulterio y sadismo en una escenografía futurista y/o minimalista. Esto ya de por sí me parece interesante. La visión hollywoodiense ha hecho que pensemos inevitablemente en salones del trono y palacios kitsch, en lujos asiáticos, en grandes cortinajes, abundancia de objetos. No, los lujos vinieron mucho más tarde, cuando los monarcas se establecieron como absolutos, ya muy entrado el siglo XVI. La escenografía es muy escueta, con grandes muros de concreto, con plataformas, con tonos grises o sepias. Los actores visten con trajes modernos, y todo transcurre en interiores, salvo las escenas nocturnas de la persecución de Gaveston, en las que la oscuridad circundante (sólo rota por la luz de la hoguera), no deja ver tampoco el escenario natural.
La historia de Eduardo II ( 1284-1327) es la de un rey inglés casado con Isabel de Francia (la misma que, anacrónicamente, aparece como “enamorada” del héroe escocés en ese Braveheart de Mel Gibson tan radicalmente opuesta a esta obra de Jarman en todo), enamorado de Piers Gaveston, un galés de la pequeña nobleza al que su padre, mientras reinaba, exilió. En cuanto consigue la corona, Eduardo le invita a volver. Todo lo que sigue es previsble: los celos y el salvaje rencor de la reina, las intrigas de los grandes nobles, que luchan inútilmente por el favor del rey y que se sienten insultados por la absurda cantidad de títulos, tierras y dinero que Eduardo da a su favorito. La guerra de Escocia y su pérdida, por culpa de la inconciencia real, la alianza entre el traidor Mortimer e Isabel de Francia para deponer y asesinar al rey, y finalmente la cruel prisión y la infamante muerte del odiado Eduardo.
Esta película fue nominada para el León de Oro de Venecia, y Tilda Swinton recibió la Copa Volpi: Eduardo II se sostiene todavía como una obra sin concesiones en la que el protagonista, Eduardo, es probablemente el único sincero. Sincero en su amor por Gaveston, por quien se lo juega todo, sincero en sus desinterés por los asuntos de estado, sincero en su ingenuidad, que le impide ver el interés del favorito y el rencor de su esposa y de su amante, Mortimer, el odio de los nobles y su poder sobre él: solo, en su amor loco. Solo como todo ser que ama y no es realmente correspondido. La tragedia para mí es ésta y no la infamante muerte, que durante siglos ha alimentado el morbo de la gente. La tragedia es amar y no ser amado con igual denuedo.

Un brasileño asesinado "por error" por la policía de Londres

Un brasileño asesinado &quot;por error&quot; por la policía de Londres

Se ha dado la noticia sin demasiados aspavientos. Ya se sabe que cuando el imperio o los imperios matan, se trata de "consecuencias indeseadas" de su justa lucha por la "libertad" y la "paz". , un brasileño de 27 años, fue asesinado por la policía londinense con cinco tiros (la mayoría en la cabeza), cuando intentaba huir de ellos, vestidos de paisano con armas, no lo olvidemos, huyendo por las escaleras, corriendo por el andén, y finalmente intentando coger un vagón del metro.
La policía londinense explica ahora que intentó huir "porque, habiendo vivido en una favela, temía por insitinto a la policía": no se escapa el matiz irónico de tal afirmación, pues ¿no hemos de temer a una policía que en Brasil o en Londres actúa impunemente, tirando a matar a un hombre, juzgándole temerariamente culpable, apuntando a su cabeza y disparando cinco veces sobre ella?
Como se trata de un país sin armas ni ejército ni casi importancia, Londres pedirá una disculpa diplomática (¿O actuará Londres como actuó USA en el "caso Couso") y dirán que fue un "error comprensible dada la situación"?
La BBC y otros medios británicos recogen ya la aclaración policial: Jean Charles de Meneses "No tenía relación alguna con el terrorismo islámico" y era un trabajador con permiso legal desde hacía tres años.
Scotland Yard dijo que el señor Menezes, que vivía en el distrito de Brixton, en el sur de Londres, ha muerto trágicamente y su muerte es lamentada por la Policía Metropolitana.
¡Viva la democracia occidental!

Los musulmanes en el Reino Unido

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Por Raquel Colomer

En torno a los sucesos del 7 y 21 de julio se ha especulado mucho. Mi pequeña contribución sólo consiste en mostrar algunos datos. A veces, como pensaban los filósofos del XIX, éstos son suficientemente elocuentes, aunque no me cabe duda de que es necesario interpretar, pero interpretar ¿desde qué orilla? Por eso he preferido engarzarlos en esta breve información.

En Inglaterra existe una comunidad musulmana que roza los 2 millones de personas, de un total de 59 millones de habitantes. La situación de esta comunidad es precaria, en su mayoría. Habitan los suburbios, los extrarradios de las ciudades industriales del noroeste de Inglaterra (ahí está Bradford, cerca de Leeds), ganan 150 libras menos por semana que un británico blanco, e incluso menos que un asiático no musulmán o un caribeño. El nivel de paro es el mayor de las minorías británicas, y afecta a ocho de cada diez mujeres y a cuatro de cada diez hombres y se sitúa entre el 38 y el 43%. Una tercera parte de estos musulmanes no tienen teléfono, sus hijos asisten a las escuelas gratuitas, el 47% de sus ancianos no tienen derechos sociales o subvenciones, el 73% de ellos están por debajo del umbral de la pobreza y el 80% por debajo del salario medio anual. Por otro lado, partidos racistas como el National Front o el British National Party de inspiración nazista, continúan hostigando, como en Oldham, Bradford (Leeds) o Burnley, abonando el campo para la islamofobia

Ante los acontecimientos del 7 de Julio en Londres ¿cómo ha reaccionado la comunidad musulmana?

Según las encuestas, un 88% de los musulmanes británicos no justifican las muertes del Metro ni del autobús, así como los ulteriores ataques, afortunadamente fallidos. Sin embargo, un 6% de ellos creen que tales ataques han sido justificados. Esto puede dar la impresión de ser un porcentaje pequeño, pero estamos hablando de cien mil personas. Más o menos las mismas que en el País Vasco justificaban la violencia de ETA en el año 2000. Es preocupante también que exista un 24% de la población de religión musulmana que siente “simpatía” por las acciones de estos terroristas y que un 56% entiendan la razón de la violencia terrorista, aunque no necesariamente la justifiquen.
Dentro del grupo de los musulmanes británicos encuestado, el más influenciable es el de los hombres jóvenes procedentes de Pakistán y Bangladesh, pero nacidos en Inglaterra, que no por casualidad son los grupos más depauperados del espectro de la inmigración en la isla.
Por lo que se refiere al grado de implicación o satisfacción por vivir en Inglaterra o ser británicos, el 46% sienten “lealtad”, mientras un 33% se sienten medianamente leales y un 18% no sienten lealtad alguna por Britannia. De nuevo volvemos a esos cien mil musulmanes británicos desafectos.
En cuanto a los valores occidentales, un 56% piensa que la sociedad occidental puede no ser perfecta, pero no pretenden cambiarla o terminar con ella, mientras que un 32% creen que la sociedad occidental es inmoral, decadente y que los musulmanes deben buscar su fin. De entre los que opinan así, unos 16-18 mil individuos piensan que esto debería llevarse a cabo por medios violentos y se declaran dispuestos a luchar por ello con todos los medios, incluido el terrorismo. Y decenas de miles ven la política británica como algo malévolo y sospechoso. El 52% por cierto de los encuestados opina que los líderes políticos británicos no hablan sinceramente cuando pronuncian la palabra “Igualdad” y creen mucho más valiosas las vidas de los blancos, despreciando, en el fondo de sus almas, las de los musulmanes británicos, como se demostró durante el tiroteo que causó la muerte a ejecutado con 8 tiros en la cabeza por haber sido confundido con un musulmán, en un "incidente" que ha causado enorme alarma en la comunidad musulmana.
Estas personas piensan que no existe un respeto de las autoridades británicas hacia el Islam, al que desconocen.
Estas sospechas de falsedad se basan en la activa cooperación del Primer Ministro Blair (y la nación entera, salvo honrosas excpciones), con la política del Presidente Bush en Irak. Y muestran su desconcierto ante las tibias protestas de los líderes de la comunidad musulmana-británica, como Sir Iqbal Sacranie, a quienes muchos consideran entregado a la política del Primer Ministro Blair.
Sin embargo, un 73% de la población musulmana británica informaría a la Policía si tuviese datos que llevaran a la detención de los terroristas. Al menos la mitad cree que tendrán un juicio justo.
La encuesta fue hecha por YouGov para The Daily Telegraph fue hecha sobre una muestra de 526 musulmanes británicos entre el 15 de julio y el 22 del mismo mes.
Está claro que en Gran Bretaña hay una Quinta columna formada por unos 16 a 18 mil hombres jóvenes musulmanes nacidos en Gran Bretaña, en donde no se han sentido asimilados social, cultural y económicamente. Lo mismo ocurre en los Países Bajos, Alemania y Francia, que posee el mayor número de musulmanes europeos, al margen de los países del Este, para no hablar del Canadá británico, donde han comenzado a tener incidentes preocupantes.
Algunos comparan estos acontecimientos, que se iniciaron el 11 de septiembre del 2001 en Nueva York, con el fin del Imperio Romano. El fin de la civilización occidental tal como la conocemos, el inicio de una era islamista, cuyos prolegómenos llenarán de sangre nuestras ciudades.
Pero otros señalan la política británica en Irak como el factor desencadenante de estos ataques (cf. Young muslims and Extremism), como algunos prestigiosos especialistas, que no se sienten inclinados a las tesis apocalípticas.
Lo que es evidente es que es necesario hacer un estudio real de las implicaciones, causas, efectos y consecuencias de lo que está pasando. Y actuar en consecuencia antes de que sea demasiado tarde. No olvidemos que las injusticias se pagan.

Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas

<a href=&quot;http://technorati.com/tag/Bartleby y compañía&quot; rel=&quot;tag&quot;>Bartleby y compañía</a>, de Enrique Vila-Matas

Editorial Anagrama, 2004.

Siempre he disfrutado con Enrique Vila-Matas. Después de leer a Auster, que siempre me deja agotada, necesitaba un poco de aire fresco. Ayer de nuevo visité La Central y me traje un botín variopinto: Las partículas elementales de Michel Houellebecq, Las palabras y las cosas del gran Foucault, que en una de mis muchas mudanzas se perdió, o se lo llevó mi amado ex (pero no lo creo, porque él lo tenía en francés), y que estuvo mucho tiempo agotado, y este Bartleby y compañía de al que me dediqué inmediatamente, ya en el Metro del Vallès que me traía hasta casa.
La escritura de Vila-Matas tiene la prodigiosa levedad y aérea gracia de un pétalo de flor. No por ligera es menos profunda. A veces pienso que su alma de artista es similar a la de un prestidigitador o un mago del siglo XIX, pero no uno circense, sino uno verdadero, al estilo del que hizo desaparecer para siempre a Lady Mildred Chaunce en aquella histórica sesión de espiritismo y magia a la que asistió sir Arthur Conan Doyle en el castillo de Kilkenny en una tormentosa noche de invierno. Que el mago desapareciese también no quita verosimilitud al relato.
Bartleby y compañía trata de todos aquellos no escritores o escritores interruptus que han existido. Aquellos que, como Rimbaud o Rulfo, dejaron de escribir tras la publicación de sus obras maestras. Aquellos que nunca escribieron, como Sócrates o como Clément Cadou, que tras conocer a Witold Gombrowicz (a quien admiré mucho en mis juveniles años), decidió no escribir nunca y sólo fue autor de su epitafio, que pasó así a ser su opera omnia.
Es un tema que a mí me ha gustado mucho, éste del silencio y de la palabra. Y he meditado mucho y creo que tdos los amantes de las palabras sabemos, con un conocimiento que nos llega a herir, que las palabras son algo muy peligroso. Armas de dos filos, elementos casi vivos, que como los hombres y las mujeres, halagan, aman y traicionan y matan. Palabras que matan o que mueren, o si no son dichas, su enverso, su no existencia, dice también, a veces. El silencio también habla, inspira o sugiere.
Yo creo que toda persona que haya tratado con ellas largamente sabe que las palabras no son suficientes nunca, y en ese sentido, todos nos hemos planteado alguna vez el porqué de seguirlas enlazando, dándoles un sentido a través de la sintaxis o del discurso, o tratando de buscar un sentido a algo que quizá no lo tiene. Al mismo tiempo ¿qué seríamos sin ellas? ¿o cómo nos reconoceríamos? Y todos los que hemos escrito, profesionalmente o por amor a las palabras nos hemos preguntado muchas veces si vale la pena escribir, si no es más normal simplemente leer. No a todos las palabras leídas les convocan unas palabras escritas. Y no todo a los que les dirgimos las palabras tienen a bien contestarnos, dejando así, un vacío, una frustración inetrna en nuestra alma. Una herida. Una herida que no tiene cura.
Así que el libro de Vila-Matas, Bartleby y compañía, nos remite a esos escritores del "No", como él los llama, a los que han renunciado a la escritura (con pretexto o sin él) y también a la posibilidad de que esos libros en realidad no escritos, floten o estén en estado latente en el mundo, hasta que alguien los encuentre y los escriba. Habla también Vila-Matas de una biblioteca de libros no publicados en Burlington, Vermont (USA), en donde aquellos libros escritos, pero no leídos, son mimados, guardados y cuidados con esmero, a la espera de lector.
Hombres que han amado tanto las palabras, de una manera tan sublime, que se han pasado la vida buscando la forma de hilvanarlas, como el español exiliado en México, Pedro Garfias (que se pasaba meses en busca de un adjetivo), o el ilustrado Joseph Joubert. "Locos", que han terminado sus días en un psiquiátrico o en una oscura oficina portuaria como Robert Walser, Samuel Beckett, o desaparecidos en las aguas de México como Arthur Cravan. Personas que nunca han podido comenzar a escribir, aterradas por el ¿Por dónde empezar? (que también leí, en la facultad) de Barthes o que mueren sin haber dado a la luz sus escritos, olvidados tal vez en algún cajón que se llevará la basura un día, cuando la casa donde ellos han vivido desaparece, cuando se vende la casa, cuando los muebles se cambian por otros más modernos. Libros escritos y olvidados, libros ocultados, libros no escritos pero pensados, anhelados quizá, pero no encontrados en ningún sitio. Atxaga dice que después de 25 años de escribir empieza a no querer escribir: síntomas de la enfermedad de Bartleby: escritores que quieren dejar de escribir.
Podría parecer que éste es un libro triste. No lo es. Es un libro escrito sobre los que no escriben, no han escrito o ya no escribirán. Pero no es triste. Es hermoso y está lleno de historias, que son, como todos sabemos, las semillas de la escritura.

El maestro de música, de Gérard Corbiau

El maestro de música, de Gérard Corbiau

Ayer leí que hoy canta en el Castell de Perelada José Van Dam, el extraordinario bajo-barítono belga que protagonizó hace algunos años de Gérard Corbiau, autor también de la más popular Farinelli, el castrado, que nos permitió ver cómo los ídolos musicales del pasado vivían y eran admirados similarmente a los del presente. Sobre Farinelli, el castrado hablaré en otra ocasión, ya que el fenómeno de la música para "castrati" y su moderna proyección (bajo el nombre de "contratenores" o "altotenores"con grandes nombres como James Bowman o Alfred Deller, por sólo citar a dos ellos), me fascina y enriquece musicalmente.
Tan fecunda como la relación entre cine y literatura es la relación entre la música y el cine, y también me siento inclinada a las películas en las que esta relación se concreta. Una de mis presentes frustraciones es no tener en mi devedeteca “Todas las mañanas del mundo”, de Alain Corneau, pero en cambio tengo una buena colección de películas en las que la música es protagonista, y una de ellas es ésta de Corbiau.
El maestro de música, protagonizada por José Van Dam, trata de la música como legado y como secreto cabalístico, como corpus hermeticus. De hecho, la música y la matemática celeste han estado hace siglos ligadas en el contexto de la sabiduría occidental. La música de los astros, el mundo celeste movido al compás de la voluntad divina para extraer una melodía, como en el poema de Fray Luis,en su "Oda a Francisco Salinas":
(...)
El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,
Salinas, cuando suena
la música estremada,
por vuestra sabia mano gobernada.

A cuyo son divino
el alma, que en olvido está sumida,
torna a cobrar el tino
y memoria perdida
de su origen primera esclarecida.

Y como se conoce,
en suerte y pensamientos se mejora;
el oro desconoce,
que el vulgo vil adora,

Ve cómo el gran maestro,
aquesta inmensa cítara aplicado,
con movimiento diestro
produce el son sagrado,
con que este eterno templo es sustentado.

Y como está compuesta
de números concordes, luego envía
consonante respuesta;
y entrambas a porfía
se mezcla una dulcísima armonía.

Aquí la alma navega
por un mar de dulzura, y finalmente
en él ansí se anega
que ningún accidente
estraño y peregrino oye o siente.
(...)
¡Oh, suene de contino,
Salinas, vuestro son en mis oídos,
por quien al bien divino
despiertan los sentidos
quedando a lo demás amortecidos!

La película.

A principios del siglo XIX, Joachim Dallayrac (Van Dam), famoso cantante, ya viejo, cansado y enfermo, decide retirarse tras una actuación apoteósica pero, incapaz de prescindir de la música y deseando transmitr todos sus secretos, se dedica a transmitirlos a una joven alumna, cuyo inmenso talento la hace merecedora de esa summa que son los conocimientos de Dallayrac. Circunstancialmente, aparece un joven salvaje, dueño de una voz excepcionalmente hermosa, y comienza el tejido de las relaciones entre los cuatro: los alumnos(Sophie, la exquisita Anne Roussel, y Jean), el profesor y su compañera. Joachim acepta el reto de su Moriarty particular, el príncipe Scotti: participarán en un concurso donde el protegido de éste tiene todas las de ganar, pues Dallayrac y sus alumnos estarán en campo enemigo. La diferencia no estribará aquí pues, ya en la técnica (que como a los toreros, se les supone) sino en la capacidad que cada uno tiene para transmitir el sentimiento místico, sensual o supraterreno de la música y también en la modestia con que se acercan al arte, pues Dallayrac ha enseñado a Jean que si Scotti perdió su peculiar duelo con él, no fue por ser inferior a él, sino por creerse superior.
Porque Dallayrac no sólo enseñará a sus alumnos la técnica, la práctica y la teoría musicales, también la ética que subyace en todo arte o sea, el espíritu y la materia del arte de la música. La fuerza, la contención, la rabia, y la moral, la belleza transida tantas veces de dolor, pero jamás ¡jamás! mancillada por la soberbia o por una ambición espúrea.
Todo en esta película rezuma nobleza y belleza: la música, por supuesto, con la hermosísima voz de su protagonista, José Van Dam en primer lugar; los escenarios, el vestuario, las actuaciones y la belleza de la moral estética, no exenta a veces de juego y seducción y toques de ironía, especialmente en ese final de “Comedia del arte” que refleja el cartel promocional. No es una película solemne, sino profunda: dos cosas muy distintas. Ahora que ha salido el DVD de “El Rey Danza”, también de Corbiau, cuya belleza es también perfecta (aunque como película sea más superficial que ésta), recomendaría la visión su opera prima (1988), que tuvo un éxito merecido en su estreno y fue nominada como mejor película extranjera a los Oscar de ese año.
A los amantes de la música y del cine no les decepcionará.

Mi tío Enrique De Lille Aizpuru

Mi tío <a href=&quot;http://technorati.com/tag/Enrique De Lille Aizpuru&quot; rel=&quot;tag&quot;>Enrique De Lille Aizpuru</a>

Probablemente, de todos mis tíos el más inteligente fue mi tío Enrique De Lille. Nació en Guanaceví, Durango, en 1900 y vivió, como mi madre y sus hermanos, la mayor parte del tiempo en Hidalgo del Parral, estado de Chihuahua.
Los avatares de la Revolución Mexicana, a la que mi abuelito, porfirista, se oponía, los llevaron a los Estados Unidos. Entonces no era infrecuente que las familias “bien” de estados limítrofes cruzaran con celeridad la frontera para ponerse a salvo de los excesos de los villistas. Mi abuelo, don Pedro De Lille Borja, era un positivista y un afrancesado, y no soportaba la inopia cultural e “incívica” de los que para él eran simples cuatreros y bandidos.
El caso es que mi tío cruzó la frontera en tren y se cuenta que por el camino se subieron los alzados y él se refugió debajo de las faldas de mi abuela, María Aizpuru Álvarez, mujer bíblica: fuerte, enérgica, y muy guapa.
Una vez allá, situados en Los Ángeles, mi abuelo hizo carrera en unos laboratorios de cierta importancia. Pero, muy patriota, quiso regresarse cuando la Revolución terminó y con ella los descalabros. Para mi abuelo, vivir lejos de su tierra no era vivir. Mi mamá me contaba que en Gringolandia vivían muy bien, y hasta un gran coche llegaron a tener. A pesar de ello, se tomó la decisión de la vuelta de la familia. Pero no todos estuvieron de acuerdo. Mi tío Enrique, que se había recibido de Licenciado en Química y Farmacología en 1921, hablaba perfectamente el español, el inglés, el francés y el alemán. Era guapo y elegante. Hubiera tenido un futuro dorado en México, pero no quiso volver. Se había enamorado de una joven irlandesa, Elsie O’Day. Y no soportaba la idea de apartarse de ella. A mis abuelos, Elsie no les gustaba: había estado casada y ya tenía hijos, era unos diez años mayor que Enrique. Pero a mi tío eso no le importó (al principio). Se casaron en Los Ángeles en 1924. Así que se quedó en los USA. Y de ahí viene la rama gringa de los De Lille-Aizpuru, que no han perpetuado el apellido porque mi tío y Elsie tuvieron dos niñas: Marjorie Antoinette y Marie Constance. Se nacionalizó gringo en 1938, me imagino que por razones burocráticas.
Parece que al principio fueron felices o es de desear que lo fueran, pero a raíz de la quiebra del 29, la farmacia de mi tío quebró y vivió muchas dificultades. Perdió el rumbo. Tal vez el alejamiento de los suyos, los hijos del anterior marido, los celos…todo eso junto lo llevó a depresiones constantes. En mi familia, las depresiones y las euforias son muy comunes. Pertenecemos a una familia de neuróticos. En México, esas neurosis se sobrellevan con santa paciencia, mientras que en USA se interna a los individuos ¿Tal vez hubo uno o varios intentos de suicidio? No lo descarto. Y así fue como tío Enrique se pasó años entrando y saliendo de los psiquiátricos, aquejado de esa depresión profunda. Puedo imaginarlo perfectamente, porque viví las de mi tio Mario, que pasaba de cantar “Adiós muchachos” con sombrero y bastón, bailaba y era un hombre lleno de vida, a encerrarse a llorar a su habitación, ciego de furia, de ira y de celos si alguien osaba tocar con la mirada, aunque fuese casual, a mi tía Leonor. Aún enfermo, mi tío Erique era muy trabajador (como todos en mi familia), y estuvo muchísimos años de farmacéutico en la cadena de farmacias “Thrifty Drugstores”.
Sospecho que aquellos psiquiátricos, más que curar a mi tío Enrique, le hundieron aún más. Era la época en que usaban los electroshocks para tratar las depresiones: era la época “nazi” de la medicina mental. Al parecer, después de muchos, muchos años, se inventó el trankimazin o el diazepam y él se “curó”. Así de triste es a veces la vida. Pobres de las gentes que nacen unos añitos antes que las pildoritas o los tratamientos que pueden arreglarles la vida.
Por ello, sus hijas tuvieron escaso contacto con él durante esas epocas aciagas, igual que su esposa. Pero al menos pudo vivir con ellas sus últimos años en paz.
Mi mamá y mis tios fueron varias veces a buscarlos a los USA, pero él nunca volvió. En cambio, alojó en su casa a mi tío Mario, cuando éste tenía unos 14 ó 15 años, de lo cual existe una historia que no puedo contar aquí, pero que marcó la vida de mi tío Mario.
Aunque nunca lo conocí, mi mamá y mis tios lo tenían muy presente, y así quedó, presente en mi memoria, este hombre amable, inteligente y desdichado que fue Enrique De Lille Aizpuru.

Mi tío Mario De Lille Aizpuru

Mi tío <a href=&quot;http://technorati.com/tag/Mario De Lille Aizpuru&quot; rel=&quot;tag&quot;>Mario De Lille Aizpuru</a>

En realidad, no sé dónde nació, si en Guanaceví, Durango, o ya en Parral, Chihuahua, pero creo que a partir de mi madre (que era la que en línea ascendente iba antes que él), ya todos los hijos de Pedro De Lille Borja y María Aizpuru Álvarez nacieron en Parral.
Me contaron que de niño era muy tímido, porque no hablaba bien: tenía un problema con las “erres” y decía “eles”, por lo que, cuando lo enviaban a la tienda, todos se reían al escucharle decir “Pol favol, un kilo de aloz y un kilo de flijoles”. Mi tío tenía un gato fiel, que le seguía por todas partes y que le esperaba a la salida de la escuela. Gato cuyo rastro se perdió en una de esas huidas a los USA que ya he relatado. Malos tiempos para los animales domésticos.
La inteligencia de mi tío, en cuanto a las Matemáticas, era excepcional. Una vez, el profesor mandó llamar a mi abuelito para decirle que mi tío hacía trampas con las operaciones. Que debía haberse agenciado el libro del profesor con las respuestas, pues no acababa él de escribir los ejercicios, cuando ya mi tío tenía los resultados. Además, la inteligencia maquiavélica de mi tío había hecho que el profesor no pudiera encontrar el dichoso solucionario, por lo que el indignado profesor acudía a mi abuelito para el interrogatorio del reo. Mi tío dijo a mi abuelo que él solucionaba los problemas él solito. Y que no tenía la culpa que esto fuese raro o excepcional. Mi abuelo le creyó y le propuso al maestro la sencilla prueba de la sinceridad y aptitud del muchacho: él mismo dictó los problemas de un libro al chico, mientras el maestro observaba atentamente al chaval, quien no sólo resolvió en cuestión de segundos los de su curso, sino que también pudo con los de cursos superiores.
Este talento inusual para las matemáticas hizo albergar sin duda muchas expectativas para el futuro de mi tío, en el sentido de una posible dedicación a la ciencia. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, no fue así.
Mi tío Mario era guapísimo, más todavía que mi tío Pedro, pero no era tan alto. No tenía tan buena planta. Era delgado y sus enormes ojos castaños tenían un brillo especial. No estudió ninguna carrera ¿Es probable que estuviera acomplejado por mi abuelo, dada su inmensa y legendaria sabiduría, o por el éxito de mi tío Pedro? No lo sé. Pero se dedicó a la venta ambulante. Durante la época de la Segunda Guerra, mi tío vendía lámparas de petróleo, porque en la capital había muchos apagones. Luego fue mejorando hasta terminar como vendedor estrella de una compañía de muebles para oficina, H. Steele y Cía.
Se cuenta que una vez mi tío Pedro quiso introducirlo en la radio. Fue un fracaso. Como venía de los Estados Unidos, de aquella estancia en casa de mi tío Enrique que ya mencioné en un post anterior, hablaba un poco en gringo y anunció a un “piano solo”, en vez de a un pianista y su obra. Con lo que al parecer la salida radiofónica no pudo prosperar.
No sé si tuvo amores antes de conocer a mi tía Leonor. Ellos se conocieron cuando los dos trabajaban en la Compañía de luz. Tras un año de noviazgo, se casaron. Leonor Fuentes había tenido un novio al que había adorado: Juanito. Por equis o zeta esa relación había terminado, y mi tío se introdujo en su vida. Una vez me confió que él, incluso si se hubiese casado con aquel tipo, la habría esperado a que se quedara viuda. El hecho es que, en efecto, Juanito se casó con otra y murió poco después. Mi tía siempre lo recordaba con nostalgia. A mis abuelitos tampoco les gustaba mi tía Leonor (igual que Elsie) porque venía de una familia mucho más liberal. Mi tía nadaba muy bien, montaba a caballo, se iba de fin de semana con amigas. Eso mis abuelitos, al fin bastante provincianos, bastante profiristas, bastante reaccionarios, vieron eso como una cosa muy indeseable, excesivamente "moderna". Sin embargo, estoy segura que después mi abuela "Niní" pudo apreciar las muchas cualidades de mi tía, que tocaba el piano de oído. cantaba, cocinaba de vicio y era una mujer alegre y preciosa, como podéis ver en la foto de la boda. Claro que tenía sus defectos. Yo la quise muchísimo. Al final creo que mi abuela y mi tía se quisieron bastante.
Si puede decirse algo de mi tío, es que adoraba a Leonor. Quizá ella hubiera preferido ser menos querida y menos celada. Mi tío desconfió siempre de ella, aun cuando ella nunca le fue infiel. Las razones de estos celos patológicos las conozco, pero no puedo revelarlas. Esos celos destrozaron la vida familiar. Mi tío era alegre, simpático, bueno, trabajador, aunque nunca salió de pobre. Pero esos celos envenenaron su vida y la de Leonor. Aunque no creo que él fuese violento con ella, o nunca lo he oído decir. Pero aún así, él hacía sufrir, inflingiendo daños, moralmente. También creo que mi tía hubiese querido que él tuviera más dinero, más éxito. Sus hermanas se habían casado bien. Ella la única que vivía en una vecindad, en la calle de Van Dick 50, en Mixcoac, mientras que sus hermanas casadas se daban la gran vida.
El caso es que mis tios tuvieron 5 hijos: Mario, que es arquitecto y escritor, Paloma, que ha sido profesora de inglés, psicóloga, escultora y ocasional escritora; Enrique, que ha tenido negocios y empresas y tocaba muy bien la guitarra, aunque no hizo una carrera universitaria; Ramón, que es médico anestesista y también músico aficionado como Enrique, y Patsy o Patricia, que tampoco hizo carrera y se casó.
Casi todos mis primos tienen aptitudes artísticas de diverso estilo. Por eso creo que la neurosis colectiva familiar está ligada en parte a esa inquietud artística, que no acaba de cuajar en ninguno de nosotros.
Al final de su vida (que fue corta, pues murió a los 55 años), mi tío había conseguido mejorar un tanto su estatus. Y creo que estaba en camino de mejorar también sus ataques de celos y de impotencia, esas angustias que de pronto le asaltaban, esa desesperación que le hacía encerrarse en su cuarto y llorar a gritos.
Para mí fue el padre que nunca tuve: aunque naturalmente, mi relación con él fuese intermitente y episódica, marcada por los malentendidos o las afinidades caprichosas que mantenía mi madre con él. Pero él fue una persona que yo adoré, al que le debo algunas de las emociones más nobles que sentí en mi infancia, emociones estéticas compartidas ante un atardecer, frente al mar de Acapulco o cariños y efusiones que mi madre nunca me dio y mucho menos mi (ausente) padre.
Mi tío también escribía muy bien, pero no fue un escritor. No sé si mis primos conservan sus escritos. Ojalá sea así. Lo que es cierto es que mientras vivamos aquellos que le quisimos, él seguirá viviendo en nuestros corazones y su recuerdo no se perderá.
Toavía lo recuerdo, bombín en mano, con un paraguas como bastón, cantando con su hermosa voz de tenor "Adiós, muchachos, compañeros de mi vida". No adiós, querido tío, sino hasta luego.

"La poesía latina de Garcilaso de la Vega"

&quot;La poesía latina de Garcilaso de la Vega&quot;

Por
(Publico este artículo a la espera de otro prometido por el autor)

A finales del siglo XV y principios del XVI, bajo la protección de los reyes aragoneses, el reino de Nápoles había producido lo más brillante de la poesía neolatina renacentista de Italia: la poesía erótica y catuliana de Giovanni Pontano (1426-1503) y las églogas y el poema épico de Jacopo Sannazaro (c. 1455-1530), entre otros escritores. Garcilaso a partir de su llegada en 1532, en contacto con los círculos napolitanos y la Academia Pontaniana, busca asimilarse a esta cultura. El latín es la lengua propia de los humanistas italianos que consideran bárbaros a españoles, franceses o alemanes, incapaces de expresarse elegantemente en la lengua de Virgilio. Incluso la creación en toscano, una lengua artificial y lejana para los napolitanos, tiene un rango menor frente al latín. En ese contexto, un exiliado como Garcilaso, que busca aceptación en los círculos cultos de la ciudad, al escribir en latín intenta no sentirse extranjero. Con sus odas neolatinas Garcilaso pretende mostrar que no es tan salvaje como piensan en su fuero interno los sofisticados miembros de la Academia: el cardenal Girolamo Seripando, Antonio Minturno o el virgilianista Scipione Capece. Este cambio de lengua es frecuente en escritores renacentistas y se puede comparar, por ejemplo, con el bilingüismo del poeta de la Pléiade Joachim du Bellay que en su estancia en Roma se pasará con armas y bagajes al latín produciendo una hermosa colección de Poemata. Es una deserción lingüística que Ronsard explica sintéticamente en dos versos dedicados a este poeta: «y que en tierra latina latín hablas ahora, / y tu lengua natal cambias por la extranjera» (Poesía, trad. C. Pujol, Valencia, 2000, p. 61). Garcilaso, a través de su poesía neolatina, desde la Academia y de las relaciones diplomáticas de la corte del virrey, entra después en contacto con otros humanistas italianos, especialmente con el intelectual más famoso del momento, Pietro Bembo, el encargado de las cartas papales y modelo estilístico del ciceronianismo europeo. Como presentación Garcilaso le envía una colección de odas latinas, una de ellas en forma de panegírico al propio Bembo. No nos han llegado, aunque quizá alguna de las que tenemos formara parte de esa colección. Evidentemente Garcilaso las consideraba suficientemente importantes como para enviárselas al escritor más influyente de Italia.

De toda la poesía latina que llegó a escribir, sólo nos han llegado tres odas: la Oda II a través de papeles que se remontan al propio destinatario, Juan Ginés de Sepúlveda y la I y III, a través de manuscritos de recopilaciones napolitanas de poesía latina que se remontan a copias del cardenal Seripando. En estas recopilaciones napolitanas las dos odas aparecen con frecuencia anónimas, como por ejemplo en la del manuscrito misceláneo Vat. Lat. 2836, entremezcladas con poetas conocidos como el napolitano Girolamo Carbone (c. 1470-1528), el romano M. Antonio Casanova (c. 1477-1528), o Gian Battista Filocalo, profesor de humanidades en la Universidad de Nápoles (de c. 1527-1535) que hace de copista de esta sección; incluyen también series anónimas de epigramas funerarios, como los dedicados a la muerte de Ludovico Ariosto (1533). ¿Habrá algo más de Garcilaso entre ellos? Probablemente nunca lo sabremos.

Sobre el género de la oda podemos decir que ni la poesía latina del Renacimiento italiano anterior a 1530, ni tampoco la que se escribía en España, habían producido ninguna colección importante de odas latinas. Las formas preferidas habían sido los epigramas en dísticos, el hexámetro y las formas catulianas. Los grandes imitadores de Horacio aparecerán más tarde y serán los poetas morales y religiosos de la segunda mitad del siglo XVI y del Barroco. Visto desde esa perspectiva, el horacianismo de Garcilaso, reflejado en la Ode ad florem Gnidi y en las tres odas latinas, presenta una faceta de innovación. Métricamente, además, las tres odas latinas son también excepcionales: no utiliza, por ejemplo, la estrofa sáfica, que es la más habitual y busca la variedad escribiendo cada oda en un metro distinto, empleando la estrofa alcaica y dos sistemas asclepiadeos. Es cierto que son una pequeña muestra de una obra que debió de ser más amplia, pero, precisamente por eso, a juzgar por lo que tenemos, es plausible suponer que habría en el resto de la obra el mismo gusto por la variedad formal y esfuerzo experimental.

La primera oda está dedicada a Antonio Tilesio (1482-1534), autor de una pequeña colección de Poemata (1524) y una tragedia, Imber aureus. Al poco de llegar en 1532, Garcilaso agradece a su amigo Tilesio su amistad y acogida en Nápoles, donde halla consuelo a su situación personal, bien a través de la poesía, bien gracias a las charlas en casa de Scipione Capece. La ausencia de su mujer que por lo demás no parece que le hubiera preocupado demasiado, aparece aquí en el primer verso: «Vxore, natis... exsul relictis» (‘exiliado lejos de mi esposa y mis hijos’) para recalcar después enseguida su carácter de hombre culto que es lo que le interesa que tenga presente Tilesio, Musarum alumnus, que ha sufrido el exilio entre los bárbaros de la isla del Danubio, pero que ahora vuelve a estar donde merece. Enlaza con la tradición neolatina de poesía Ad amicum o Ad Sodales como instrumento de relación social con referencias a lo cotidiano que no permite la abstracta poesía petrarquista en romance.

La oda segunda de Garcilaso al humanista e historiador Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573), famoso por su estilo ciceroniano, «Arcum quando adeo religionis...» (‘Puesto que poner más tenso el arco de la religión...’) es un breve poema dedicatorio, quizá pensado para los preliminares de la Historia de Carlos V que está preparando Sepúlveda en 1535. Es habitual colocar poemas de elogio del autor, en latín o en castellano, en las primeras páginas de las obras impresas del Siglo de Oro. El poema recuerda primero la obra anterior de Sepúlveda (1535), el De convenientia militaris disciplina cum christiana religione dialogus qui inscribitur Democrates (‘Sobre la unión de la disciplina militar con la religión cristiana, diálogo titulado Demócrates’); se centra después en la figura de Carlos V como guerrero sanguinario y sin piedad, a través de las imágenes y símbolos del fuego que arrasa las mieses o el león aterrorizando a sus presas. Escrita en metros horacianos (asclepiadeos) tiene reminiscencias de Virgilio (que Garcilaso conocía muy bien), y curiosamente también de Catulo, en vv. 34-35: «non ferat indidem / ingeneretque...», donde recuerda a Catulo 61, 214-215 «sed indidem / semper ingenerari», juntura no notada, que yo sepa, hasta ahora, y que demuestra que Garcilaso también leyó al veronés con atención y lo tuvo presente en esta oda y la siguiente. Refuerza además la lectura del manuscrito frente a la enmienda de Mele.
La tercera oda es una curiosa escena mitológica sobre el inmenso poder de Cupido. No sólo los mortales están sometidos a su poder, sino también los dioses: Júpiter, Diana (la luna) y su hermano Apolo, la madre Cibeles, enamorada de Attis y la propia Venus, pendiente de Marte (o quizá aludiendo a su amor enloquecido por el adolescente Adonis, aunque no se expresa). Es un poema lleno de referentes eruditos a Catulo (al poema LXIII sobre Attis) y a las quejas del Horacio maduro ante las nuevas solicitudes de la diosa de Chipre. En la última estrofa, la diosa Venus humildemente sólo le pide a su tiránico hijo que no deje nunca de abrazarla. Es sin duda la más elaborada de las tres odas.

La métrica de estas odas presenta algunas irregularidades, quizá debido a la transmisión o quizá debido al propio autor. Aunque esto último no deja de ser una cuestión menor. Benito Arias Montano también fuerza algunas escansiones y no deja de ser por ello un gran poeta en latín. Más bien lo que se echa en falta es una lengua más tersa y flexible. Tal vez la búsqueda de originalidad escogiendo difíciles formas horacianas le llevó a meterse en un corsé excesivamente estrecho. De todas formas, podemos admirar en ellas el esfuerzo, innovador siempre, del toledano, su recreación de autores clásicos, diversas imágenes llenas de fuerza (en la oda a Sepúlveda) y de delicadeza (en la oda a Cupido) y el dejarnos entrever algo de la cara más humanística de su estancia en Nápoles.

"El sueño erótico en la literatura española" de Antonio Alatorre

&quot;El sueño erótico en la literatura española&quot; de Antonio Alatorre

Fondo de Cultura Económica, 2003.

Por Gabriela Zayas

El libro de recoge una parte de su inmenso conocimiento de la literatura aúlica española, en forma de comentarios no eruditos, de puntos de vista que enriquecen la lectura, sin caer jamás en la pedantería (que Alatorre detesta). Es como pasear con él por esa florida selva de la poesía. Señalando, iluminando y comentando para gozar con la lectura.
Nada de notas eruditas, pero sí mucho amor. Amor por esas palabras inmortales, ciñéndose al prolífico tema del ensueño amoroso en conexión con la tortura amorosa o la ausencia de la dama. Como él mismo señala, el español no distingue entre el sueño del dormir y el sueño del soñar: una limitación lingüística, sin duda, comparable a la de la carencia de una palabra que designe la distinción “nouvelle/roman”. A cambio, tenemos la distinción “ser/estar”. No quiero hacer digresiones.
El libro de Alatorre nace de la experiencia de unos seminarios impartidos durante mucho tiempo en La UNAM, en los que el poema no es un cadáver que se disecciona (ni siquiera un cadáver exquisito), sino un cuerpo vivo que requere atención y mucho amor. Una cosa viva y vivificadora que para ser sentida no necesita conocimiento erudito, sino únicamente afición, atención, amor.
Él mismo nos cuenta cómo muchos de sus alumnos han descubierto en sus seminarios, poemas antes "analizados", pero nunca antes "leídos", captados y sentidos verdaderamente. Yo coincido en todo esto con él. Yo también pienso que la lectura ha de ser atenta, pero no ha de estar lastrada por el aparato erudito o el frío filológico. Pienso que el poema debe hablar al lector a través de los mismos canales que la pintura o la música: sensorialmente.
Alatorre comienza el periplo amoroso-poético con un poeta judaico: Sem Tob y unas deliciosas miniaturas, para seguir por la senda de la poesía cancioneril, Garcisánchez de Badajoz , deteniéndose en un hermoso poema que no desmerecería en la refinada poesía italiana. Sigue con Castillejos, a quien con brevedad sitúa perfectamente: en dos párrafos deshace Alatorre la etiqueta injusta que siempre se le ha ido colocando por inercia o por ignorancia.
Por supuesto, las páginas dedicadas a la “Imitatio”, a la influencia clásica o a la de Dante y Petrarca, pero también Sannazaro y Della Casa, son especialmente delicadas y llenas de hermosísimos sonetos originales o no (este concepto, como bien recuerda el maestro, es inoperante en la época) y nos adentra en el sueño del deseo: poseer es imposible, y por ello se hace necesaria la poesía, que con el arte suple la realidad (cruda, agria), por la imaginación, rica, feraz, dichosa.
A veces las glosas que a lo largo del libro va haciendo Alatorre, me recuerdan su forma de hablar: coloquial, aguda y humorística, como cuando comenta el soneto cervantino que dice:

…de par en par del alma abrí las puertas
Y dejé entrar al sueño por los ojos,
Con premisas de gloria y gusto ciertas:

Gocé, durmiendo, cuatro mil despojos
(Que los conté sin que faltase alguno)
De gustos que acudieron a manojos.

“O sea – comenta Alatorre- Yo he tenido exactamente 4000 sueños eróticos maravillosos (pero no ando haciendo sonetos sobre eso). La burla es también autoburla. Por algo en la lista de damas inventada por los poetas está Galatea”.

Hermosos son el capítulo dedicado a Garcilaso y sus comentaristas, el de Sor Juana y su amor por el conocimiento (creo que Alatorre es el único que ha comprendido y repetido que Sor Juana es consumida por una única pasión: la de alcanzar sabiduría), los dedicados a Góngora o Quevedo, o a los poetas portugueses, pero también a autores menos conocidos, no menos acertados y que han deshilado el tema del sueño erótico con verdadera maestría, sin olvidar ese capítulo dedicado a la escatología, al chiste obsceno y a la “pornografía”. Es un libro para disfrutar y consigue su objetivo: se goza leyéndolo. Podría decirse que es un hermoso "Florilegio" comentado por uno de los señores que más sabe de esto.

Una delicia, en fin. Un paseo por el campo de las poesías bien leídas, bien lucidas, bien halladas.

Absolutamente recomendable para todos lo que aman la lectura y la palabra.

En boca cerrada no entran moscas

En boca cerrada no entran moscas

O cuando se terminan las palabras es mejor quedarse callado, que diría el gran Wittgenstein.
Siempre he añorado una vivencia no vivida: la del silencio en un claustro o jardín conventual.
A veces las palabras desaparecen: el signo lingüístico, todos lo sabemos, es dialogístico. Pero cuando deja de serlo desaparece, se esfuma no como niebla, sino como vacío.
Cuando el vacío se instala, es mejor salir de la habitación.
La habitación vacía es la hermosa metáfora de la ausencia. Y sólo admite una persona: el contemplador, que está afuera y observa, silenciosamente, pero no participa de esa ausencia, pues la ausencia no es posible habitarla.
La paradoja consiste en anunciar la ausencia de las palabras, porque solamente diciéndolo es posible convocar el vacío que vendrá. Así, por un momento, la palabra habita la ausencia, para enseguida abrir la puerta y salir.

Big Fish, de Tim Burton (Una impresión)

Big Fish, de Tim Burton (Una impresión)

En 2003 escribí esta breve impresión de la que entonces era la última película de Tim Burton. Hoy la rescato, pues me la ha recordado el artículo que Óscar ha colgado en El Parnasillo, como siempre muy completo y trabado.

Entonces, al calor de la impresión de Big Fish escribí:

(Burton) "Es un poeta de la imagen. Un espíritu fantástico, también un poco fantasmal. Que ama las nieblas que se levantan en los bosques y las extrañas criaturas que ahí pueden vivir y viven, alejadas de los ojos de los prosaicos.
Lo improbable, incluso lo muy improbable, puede ser cierto. La vida no está solamente constituida de la plana realidad. Lo ficcional puede encarnarse. Ante los ojos atónitos del hijo, todos los seres, todos los hechos surgidos de la fantasía del padre, vienen a juntarse en una ceremonia de despedida. Hay bondad. solidaridad, colaboración en la película. No hay maldad. Ni una sola acción viene precedida ni por el odio, ni por la envidia, ni por la avaricia.
El padre es el gran pez que no puede ser pescado. El superviviente: el mito.
Y los que en la penumbra del cine gozamos y sufrimos con sus avatares, nos sentimos unidos por las lágrimas que corren, reales y no ficticias, porque deseamos creer que es cierto lo que nos cuenta la ficción. Ésa es la magia del cine.
Magnífica banda sonora, como siempre, de Danny Elfman".

Eduardo Haro Ibars: o el asco que dan algunas vidas vacías

Eduardo Haro Ibars: o el asco que dan algunas vidas vacías

J. Benito Fernández
Eduardo Haro Ibars: los pasos del caído
Anagrama, 2005
¡Finalista del premio Anagrama de Ensayo!

Leer la biografía de este desquiciado que fue Eduardo Haro Ibars me ha resultado tan tediosa y monótona y sin sentido como la lectura de los 120 días de Sodoma del marqués de Sade. Un niño de papá (o de abuela, pues a ella le endosaron “el regalito” los padres, quizá de antemano aterrorizados por este muñeco diabólico), drogadicto, ladrón, encarcelado por tráfico de drogas, sádico, maltratador de mujeres y sólo anecdóticamente escritor, me ha dado asco. El biógrafo, J. Benito Fernández, describe objetivamente, con enfermizo detallismo, las idas y venidas de este fantoche sin pronunciarse sobre sus actos. Eso es reseñado como un buen detalle ya que no “glorifica” las “hazañas” de su biografiado. Pero el sólo hecho de haber escrito esta biografía, ya lo hace.
Nacido de un matrimonio inestable (no inestable en el sentido de roto, sino en el sentido de separaciones y reuniones múltiples, de cambios de domicilio constantes, de probables aventuras de ambos cónyuges: en el sentido también de “irresponsable”), dejado en manos de la abuela, recogido en el seno del “hogar” y vuelto a dejar en las manos de la anciana muchas veces. Errante en mil colegios y con un padre y una madre ausentes o consentidores al extremo de lo criminal, este engendro de la España de la transición se droga con todo lo que tiene a mano, desde pegamento hasta insecticida, se folla (pues no otra cosa son sus encuentros), a hombres y mujeres, va y viene por Madrid, Tánger, Londres, París o Amsterdam con el dinero de papá o de la abuela, y termina muriendo, como casi todos sus amigos y como sus tres hermanos varones, de Sida. Que en una familia de 6 hijos mueran 4 en plena juventud ya nos dice de qué estamos hablando. En el libro se sugiere que no solamente estos hijos varones del matrimonio Haro han estado viviendo su corta vida en las drogas, el sexo indiscriminado, animal, el incesto y todas las perversiones imaginables.
Locura colectiva. Perversión, enfermedad mental, vacío interior. Estas vidas gastadas no me parecen ejemplares, ni siquiera de la pretendida “bohemia”. Porque el talento es pequeño. Haro Ibars no es Rimbaud, no es Verlaine, no es Baudelaire. Es sólo un hijo de un padre que publica (Eduardo Haro Teclen, que paga los desmanes a la vez que se horroriza, distancia y deja hacer), un enchufado, un mantenido y un pelele.
No recomiendo esta lectura, a menos que se quiera vomitar.