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Jane Eyre, con Orson Welles y Joan Fontaine (1944)

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¡Este artículo contiene spoilers!

 

Con el pintoresco título de Alma Rebelde, por fin ha salido a la venta el DVD de Jane Eyre con Orson Welles y Joan Fontaine como Rochester y Jane.  Se trata de una versión ya clásica en un gótico blanco y negro dirigida, se dice que a medias, por Robert Stevens y Welles. Aparte de esta curiosidad, encontramos en ella a una jovencísima Elizabeth Taylor, toda dulzura y rizos, en el papel de Ellen Burns, la única amiga de Jane. Lo curioso es que su nombre no aparece en los créditos.

El problema de trasladar la novela de Charlotte Brontë a la pantalla grande ha sido siempre su compleja estructura narrativa. Para empezar, la novela tiene como narradora a la propia protagonista, y esa voz narrativa nos informa de cosas que no nos son narradas, sino comentadas por ella, que escribe su historia diez años años después. Como ejemplo, podríamos citar la celebérrima frase que inicia el último capítulo de la obra: Reader, I married him: Lector, me casé con él. Esa frase nos dice que Jane toma la decisión, no Rochester; nos dice que ella lleva las riendas de su vida, que ha conseguido ser dueña de su vida y hacer lo que quiere y lo que debe hacer siguiendo su particular código ético y sus sentimientos. En esa frase se resume la autonomía conseguida por Jane, nos habla de su infinita libertad interior y por eso es tan importante conservar esa voz. Nada hubiera hubiera sido igual si Jane hubiera escrito: El señor Rochester se casó conmigo...

Conservar esa voz en off conlleva muchas cargas en el cine y pocas veces resulta soportable. Por el contrario, prescindir de ella nos quita esa esencial cualidad del libro, que es la columna sobre la que Brontë edifica su extraordinaria narración.

Por tanto, en la pantalla debe conservarse, sin con ella restar fuerza a las acciones. Difícil tarea.

Un segundo problema de la estructura narrativa es la sucesión de tres tramas inextricablemente unidas, cada una con su estructura de planteamiento, desarrollo y desenlace. Cada una con personajes distintos, lugares distintos, épocas distintas: la infancia de Jane, primero en casa de la tía Reed (personaje difícilmente olvidable en su execrable frialdad) y en el internado de Lowood, donde se forja el carácter de Jane; en segundo lugar, la trama ’central’ de Thornfield, con Rochester, Adèle, la Sra Fairfaix y Bertha, y la subtrama que introduce Rochester con su falso cortejo de la vanidosa Blanche Ingram, y tercero, la huida de Jane tras el descubrimiento del matrimonio de Rochester, que tiene lugar en la casa del páramo, con Saint-John, sus hermanas, Hannah, la escuela para niñas, la proposición de Saint-John, la herencia del tío de Jamaica y la llamada telepática de Rochester, que hace a Jane volver a Thornfield para reunirse con su amado, ahora ciego y desesperado en su indefensión y soledad. 

Todo ello se ha revelado como un material imposible de resumir en una película de duración convencional, y es por ello que solamente las versiones seriadas hechas por la televisión inglesa han podido ajustarse a la obra de Brontë, aunque también han debido ’saltarse’ ciertos aspectos (especialmente, en varias de ellas, el amor de Saint-John por Rosamunda, aunque se trate de una historia que revela muchísimo sobre este personaje singular).

Al ver esta versión de Jane Eyre debemos ser conscientes de esas limitaciones insuperables. El guión está firmado por Aldous Huxley, que resuelve con enormes elipsis los problemas estructurales y que modifica sin contemplaciones y excluye toda la tercera parte de la novela, que es tan importante para Jane. Pues es en compañía de Saint-John y de sus hermanas que Jane consigue crecer, madurar, saber quién es, decidir por sí misma. Este largo proceso queda eliminado en la versión que nos ocupa, así como la herencia de la fortuna del tío de Jamaica, que tanto explica sobre la nueva igualdad sobre la que Jane edificará su unión con Rochester: en el libro, Jane aporta al matrimonio una fortuna -que ha compartido con sus primos pero que no es pequeña ni mucho menos-. Ya no es una huérfana destituida y empobrecida. Ya es la igual de Rochester. Y este elemento es importantísimo. Sin embargo, debemos quedarnos sin él y conformarnos con verla de vuelta en casa de la tía Reed, cuyas posesiones, después de su muerte, están siendo subastadas. La llamada telepática se produce, pero en condiciones muy distintas a las imaginadas por Brönte. Y Jane vuelve a Thornfield sin haber experimentado esa transformación liberadora que se produce en el libro. Son las servidumbres que impone la duración de una película convencional de menos de hora y media.

Tercer problema: los escenarios. Esta versión de 1944, rodada en plena Segunda Guerra Mundial, carece de presupuestos lujosos y prescinde de los lugares reales donde ocurre la acción. Está rodada íntegramente en estudio ¿Y cómo prescindir de esos páramos de Yorkshire inmensos, solitarios, salvajes? El mismo problema lo encontramos en la versión -también clásica y mítica- de Wuthering Heights (Cumbres Borrascosas), rodada en estudio por Laurence Olivier y  la inadecuada Merle Oberon. Es obvio que un elemento importante de la obra es el lugar donde ocurren los hechos. Thornfield, cuyo nombre mismo evoca la soledad y la hosquedad en la historia de Rochester, que oculta ahí la miseria y el secreto de su matrimonio y de su vida secreta. El misterio que rodea Hay Lane, el lugar del primer encuentro entre Rochester y Jane, que a él se le figura un elfo o una bruja que hace un conjuro para que caiga su caballo y lo desmonte, y a ella le recuerda una leyenda sobrenatural, al ver a Rochester montado en aquel corcel, precedido por el fantasmagórico Pilot y surgiendo de la niebla como un fantasma... Escena en la que ambos se imaginan al otro saliendo de un mundo sobrenatural, en la que se habla de hechizos, de anillos mágicos...Y la casa de Saint-John, en medio del páramo lluvioso, apartado del mundo, estoico, sobrio como el propio Saint-John. 

Todo esto no puede ser reflejado con los efectos de niebla artificial o con decorados pintados, y sin embargo, de algún modo, la película consigue, a pesar de su pobreza visual evidente, crear la ilusión del páramo o de Hay Lane ¿Por qué no? Queremos creer que lo que vemos es eso. Y lo creemos, a pesar de los pesares. Incluso diría que esa limitación se convierte en otro factor poético de la película.

Así pues ¿qué elementos hacen que esta versión sea imprescindible?

Las escenas del internado están muy bien rodadas, tanto por lo que toca al reparto como a la atmósfera, genialmente fotografiada en esos contrastes de luz y sombra tan expresionistas como elocuentes. En ese calvario que modela el alma de Jane, el internado toma vida propia. Sólo hay dos luces ahí: la inocencia de Ellen y la bondad del médico. Todo lo demás es horror, pura tortura. Y sin embargo, Jane sale indemne de la prueba, fortalecida y ennoblecida por la influencia benéfica de esas presencias y del conocimiento que recibe, a pesar de todo, en ese lugar y que le permitirá ganarse la vida, salir al mundo, encontrar su propio camino.

Ya en Thornfield, encontramos dos actrices que me parecen dos joyas relucientes de esta versión: la Sra. Fairfax, interpretada por Agnes Moorehead, y la pequeña Adèle, por Margaret O’Brien. La primera, amable, pero también reticente ante los acontecimientos. Misteriosa (¿sabe algo la Sra. Fairfax?). Y la pequeña, deliciosa, encantadora, vaporosa, vanidosa...la mejor Adèle de todos los tiempos. No sé qué sería de esta actriz infantil (sólo la recuerdo en una versión de Mujercitas que no he visto hace mucho, y no sé si en otra de El Jardín Secreto), pero está perfecta como esa florecilla parisina que tan malos recuerdos le trae a Rochester sobre su oscuro pasado.

Aún mutilada, la historia de Jane es hechizante. Fascina. La unión improbable de los dos polos opuestos que son Jane y Rochester hace saltar chispas. La bondad de ella no es sosa ni aburrida, porque ella es fuerte y heroica. Actúa movida por fuerzas imbatibles: su ética y su sentimiento. Su evolución es hermosa y noble. Admirable, diría. Y su amor no es un regalo de los dioses, es una amor conflictivo y en el que luchan elementos universales: atracción y rechazo. Afirmación y negación de sí misma. Su amor llegará a triunfar porque ella, antes, ha sabido vencerse y renunciar a lo que Rochester pretendía. Ante todo, ella es veraz, incluso a costa de lo que más ama ¿Y Rochester? ¡Ah, esa paradoja viviente! Quizá es uno de los héroes más extraños de la literatura, porque es al mismo tiempo despreciable y  mentiroso, manipulador, cruel, inmoral, a la vez que tierno, apasionado, generoso, igualitario, divertido, sarcástico, fuerte y vulnerable a un tiempo. Un personaje cuya complejidad fascina, no cabe duda, a todos los lectores de esta obra máxima. Y que acaba siendo un personaje amado por Jane y por nosotros, a pesar de que debería ser odiado y denostado. Una maravilla de personaje. 

Y la encarnación de Welles está a la altura de ese prodigio de hombre. Welles cuenta con esa fuerza, esa rudeza, esa presencia escénica imborrable que suponemos en Rochester. Tiene su carisma. En la escena de Hay Lane se yergue poderoso, aunque herido tras el accidente, y amedrenta, a la vez que nos hace sonreír con su sorna. Parece que Welles nació para encarnar a este hombre contradictorio e inolvidable.  Su Rochester es tan oscuro y misterioso como Thornfield. Es también un ’campo de espinos’ (que es la traducción de ese nombre). Y tan luminoso cuando toma delicadamente la mano de Jane, cuando se despide de ella.

Intenso, Welles es Rochester, a pesar de su acento americano. Y un Rochester que no desmerece en la lista de los actores que lo han encarnado en estas décadas, sino que los supera (quizá con la excepción de Michael Jayston, para mí el mejor de todos y un poco por delante de Toby Stephens, a quien le falta la presencia escénica y un poco más de vigor perverso para erigirse como el Rochester definitivo).

 Las actrices que han encarnado a Jane han sido siempre, desde mi punto de vista, el lado más débil de las adaptaciones hasta la llegada, muy reciente, de Ruth Wilson, que la retrata con una compleja delicadeza hasta en sus mínimos matices), pero la Jane de Joan Fontaine me parece muy digna, muy en su papel de muchacha ingenua pero decidida. Quizá menos acertada en las escenas pasionales, Fontaine se empareja con el coloso Welles sin perder pie y sin desmerecer a su lado, y ya es mucho decir.

El error de esta parte central de la historia es la elección de Blanche Ingram, que no sé por qué se empeñan en retratar como rubia, cuando su cabello es tan negro como el plumaje de un cuervo, según la descripción de la Sra. Fairfaix. Sólo en dos versiones televisivas Blanche se parece a la oscura figura de esta mercenaria con la que Rochester intenta presionar a Jane y despertar sus celos para descubrir si lo ama. El color oscuro de la bella Blanche es importante, pues es trasunto de la belleza criolla de Bertha Mason. Las únicas versiones que respetan este importante detalle narrativo son las que hizo la BBC en 1973 (para mí la mejor Blanche: Stephanie Powers), y la de 1983. 

En suma, a pesar de las importantes lagunas de esta versión de 1944, es imprescindible.

El DVD, por desgracia, no está a la altura de la importancia de la película. Viene con un precio alto (18.95, un euro menos en FNAC), y a pesar de estar remasterizada, arrastra un sonido pésimo. Sin extras, ni bonus, ni un triste material adicional que llevarse a la boca, sólo aporta un librillo del todo prescindible con algunas notas sobre el rodaje o la adaptación y una galería fotográfica. Francamente, es una pena que no se aproveche mejor la oportunidad de ofrecer algo digno de esta obra clásica.

Enlace a unas escenas de la película (en inglés).

Alma Rebelde (Jane Eyre) Director: Robert Stevenson, Reparto: Orson Welles, Joan Fontaine, Margaret O’Brian, Peggy Ann Garner, Agnes Moorehead, John Sutton, Hillary Brooke. Productores: William Goetz, Kenneth MacGowan. Orson Welles. Guión (sobre la novela de Charlotte Brontë): John Houseman, Henry Koster, Aldous Huxley. Fotografía: George Barnes. Música: Bernard Herrmann. 20 th Century Fox, USA (1944).

 

 

 

 

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06/06/2009 10:13 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 2 comentarios.

A taste of honey (Un sabor a miel), de Tony Richardson

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Por casualidad han coincidido en el tiempo la edición en DVD de A taste of honey (1961), de Tony Richardson y la prematura muerte de la hija del fallecido cineasta y de Vanessa Redgrave, Natasha Richardson, de quien escribiré muy pronto.

Cuando yo era casi una niña, empecé a ver películas en el cine club de la UNAM, allí en Copilco. Una de las pelis que más me impresionó fue esta crónica, tan realista como conmovedora, de un sector de la sociedad inglesa poco utilizada en la cinematografía de aquel país hasta ese momento: los pobres y desvalidos. Tony Richardson fue, no lo olvidemos, uno de los principales representantes de aquella corriente neorrealista inglesa denominada Free Cinema, y esta película fue uno de sus mayores logros. Ken Loach, Jim Sheridan o Stephen Frears han sido algunos de sus descendientes.

A taste of honey  cuenta la historia de una muchacha abandonada a su propia suerte por una madre frívola y egoísta, de quien no recibe amor. Fea, solitaria y pobre, la muchacha sale del paso como puede. Los temas de la película son varios, y todos resueltos de una manera eficaz: el embarazo adolescente, la homosexualidad, la maternidad despreocupada, el paro y la pobreza. Todo ello cabe en esta historia triste, en la que sin embargo triunfan los sentimientos, la solidaridad entre Jo y su amigo Geoff, que la atiende y la cuida como su madre nunca hizo, Jimmy, el marinero que se enamora fugazmente de la chica y parte... y hasta la madre, a veces consciente de su actitud errónea, a veces torpemente tierna con la hija adolescente que ha conseguido fundar un hogar al lado de alguien que la quiere, el muchacho generoso, aceptado como es y finalmente rechazado por la madre. Un momento dulce en medio de la tristeza y de la desolación. Un toque de miel en esa amarga pócima que es la vida de los desheredados, de los desechados de la sociedad, de los pobres, de los feos, de los distintos.

La fotografía en blanco y negro, la banda sonora, los actores,la historia,  todo contribuye a hacer de esta película una pequeña joya cuyos valores son eternos, o así quisiera creerlo. 

 

A taste of honey (Un sabor a miel), Dirección y Producción: Tony Richardson, Guión: Tony Richardson y Shelagh Delaney, Fotografía: Walter Lasally, Música: John Addison, Reparto: Rita Tushingham, Dora Bryan, Murray Melvin, Robert Stephens, Paul Danquah (Gran Bretaña, 1961).

 

 

08/04/2009 09:17 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 2 comentarios.

¿Quién no ama a Johhny Depp?

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No puedo imaginar un actor más amable que Johnny Depp. Desde sus comienzos como Eduardo Manostijeras hasta hoy, me parece un actor coherente. Su apariencia no es extraordinaria y no la necesita: le basta con su mirada, tan expresiva, y con su voz y movimentos, tan adecuados siempre a lo que podemos llamar ’el hombre romántico’. Porque Depp encarna a ese hombre: contestatario, extraño, original, anticonvencional: es el pirata (Piratas del Caribe), el robot no terminado (Manostijeras) , el hombre justo enfrentado al más allá (Sleepy Hallow), el gitano errante ( The man who cried) , el poeta cínico y autodestructivo (El Libertino), el cineasta pobretón y fracasado (Ed Wood), el desperado que por salvar a su familia es capaz de todo (The Brave).

Aunque el concepto de hombre romántico da vida a todas estas actuaciones, no vamos a confundirlo con un héroe romántico. Una de las características de Depp es que humaniza a sus personajes. Ninguno está por encima de la realidad, ni siquiera los más fantasiosos. Todos tienen una humanidad que podemos ver y tocar y sentir.

Y todos son amables.

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05/05/2008 14:30 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 7 comentarios.

Herida (Damage), de Louis Malle



Hoy es día de Sant Jordi y quiero celebrarlo recordando esta hermosa, oscura película de Louis Malle, con un Jeremy Irons en el apogeo de su masculina belleza ( bordando uno de sus torturados personajes) y Juliette Binoche que, cuando está bien dirigida, hace verosímil cualquier personaje, por más extraordinario que sea. Basta recordarla como mendiga en la fabulosa Los amantes del Pont Neuf, de Leos Carax.
Hay muchos tipos de amor. Uno lleva a la muerte. Es el amor- pasión, el que no puede aguardar a llegar a la cama, el que comienza a desabrochar botones antes de que se abran las puertas del ascensor, o el que rompe la tela del vestido rojo para tocar antes la piel deseada. El amor que es una borrachera de deseo. Desbocado, absurdo, amor loco y destructor. Amor que te lleva al límite del dolor cuando, solo en una cama vacía, no puedes hacer otra cosa que doblar las rodillas y aguantar, en posición fetal, a que pase el remolino de emociones y el deseo de morir ahí mismo.
Amor que no conoce a nadie, amor que puede asesinar al hijo, al esposo, al padre con tal de cumplir su deseo. Amor que dio sentido a tu vida, a mi vida, en un momento que siempre vuelve a ser: eterno retorno. Rosa incorrupta, rosa abierta de sangre. Rosa herida.



Louis Malle, Herida (Damage, basada en la novela de Josephine Hart), Reparto: Jeremy Irons, Juliette Binoche, Miranda Richardson, Rupert Graves; Guión: David Hare; Dirección artística: Richard Earl; Diseño de Producción: Brian Morris; Fotografía: Peter Biziou; Montaje: John Bloom; Música: Zbigniew Preisner; Productores: Louis Malle, Simon Relph, Vincent Malle; Vestuario: Milena Canonero (Francia, Reino Unido, Alemania, 1992).







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23/04/2008 15:23 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 8 comentarios.

Algunos actores favoritos

Todo el mundo sabe que tengo gustos raros. Por gustos raros entiendo que me gustan los libros y las pelis que poca gente ha leído o visto, y que me fijo en autores o actores o actrices o directores que no son precisamente ’populares’. Algunas veces esto me resulta simpático, sentirme así, tan exótica para los demás (incluidas mis hijas o mis mejores amigos). Y para que consta una vez más de ello, aquí os va una lista ’rara’, como yo misma: la de actores no muy conocidos o no muy populares que a mí me encantan y que han actuado en películas que considero relevantes:


* Tim Robbins en Código 46 de Michael Wintherbottom (2003) y La vida secreta de las palabras de Isabel Coixet (2005). Un actor larguilucho y desgarbado, con una sensibilidad a flor de piel.

* Ciaran Hinds, un actor irlandés, en Persuasión (1995) y El alcalde de Casterbridge . Por cierto que para que se vea que todo es inescrutable, Wintherbottom filmó majestuosamente una versión adaptada de El mayor... con Sarah Polley, co-protagonista de Robbins en la peli de Coixet, con el nombre de The Claim. Tal vez Ciaran os suene porque ha sido el Julio César de la serie Roma.

* Alan Rickman en Sentido y sensibilidad de Ang Lee ( 1995) y en Tierra de armarios, con Madeleine Stowe , de Rahda Bharawdaj (1991). Aparte de sus actuaciones, me encanta su voz.

* Miguel Ángel Solá en Fausto 5.0 (2001) y La playa de los galgos, de Mario Camus ( 2002). Me gusta su sobriedad y su talante concentrado.

* Pascal Greggory en Gabrielle y en La reina Margot, ambas de Patrice Chéreau. A pesar de que ha tenido una época de crisis, lo encuentro un actor eficaz, con una gran presencia escénica y un carisma especial.

* Romain Duris en Arsène Lupin, Molière, o De latir, mi corazón se ha parado (2005). Es un actor cuya energía voraz traspasa la pantalla. Tiene una gran personalidad, que pone al servicio de su oficio.

* André Dussollier en La fortuna de vivir de Jean Becker, una de mis películas favoritas y Un corazón en invierno,de Claude Sautet, con el gran Daniel Auteuil. Ganó un César con On connaît la chanson, de Resnais. De él me gusta su ductilidad: todos los papeles que hace están bien hechos. Un actor sólido.

* Benôit Magimel en La pasión del rey y La dama de honor de Chabrol. Como Greggory, ha tenido el mérito de sobresalir al lado de ese monstruo de la pantalla que es Isabelle Huppert (Greggory en Gabrielle, Magimel en La pianista, ese Chabrol inolvidable...) Además, Magimel es hermoso como un dios griego.

* Klaus Maria Brandauer, en la trilogía centroeuropea de István Szabó: Mephisto, Coronel Redl y El Adivino.

* Bruno Ganz en Nosferatu de Werner Herzog y La marquesa de O de Eric Rohmer. Ambos actores frecuentan poco la pantalla: son actores de teatro. Pero ambos, cada vez que incursionan en el cine, dejan actuaciones memorables.

* Daniel Brühl en Salvador y Ladies in Lavender, con dos de las grandes damas del cine británico, Judi Dench y Maggie Smith, ahí es nada o Good bye Lenin. Una carita joven, un actor fresco y con gran capacidad, como ha demostrado encarnando a Puig Antich.

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06/04/2008 20:40 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

Jane Eyre: sobre el personaje de Edward Rochester: Orson Welles y Toby Stephens


En 2006, y tras una cantidad ingente de mediocres versiones de la gran novela romántica de Charlotte Brönte, la BBC llevó a cabo esta miniserie.
De todas las versiones anteriores, la única que se sostiene por sus méritos es la que se filmó en 1944, con Orson Welles como Edward Rochester y Joan Fontaine como Jane. La firmaba Robert Stevens, pero en su oscuridad, goticismo y tenebrosa belleza neoexpresionista se adivina la mano prodigiosa de Welles.

Desde entonces, todos los Edward Rochester de la pantalla han estado por debajo de ese gran personaje masculino, entre otros, George C. Scott, demasiado estólido y cuadrado, Timothy Dalton, mediocre en sí mismo, incapaz de dotar a Rochester de su fiereza y ternura o William Hurt, completamente desangelado, frío y fuera del personaje...

Pero en este miniserie de 2006 encontramos a un Toby Stephens en Rochester (de casta le viene al galgo, pues es hijo de Maggie Smith).

Todas las obras literarias necesitan revisarse, y en cierto modo, actualizarse de tanto en tanto. Su lectura es múltiple y va de acuerdo con los tiempos.

La versión (excelente) de 1944, fruto de nada menos que de Aldous Huxley en el guión, pecaba quizá de una cierta timidez en cuanto a la pasión que unía a Rochester y a Jane, no haciéndola visible ante los espectadores excepto en momentos clave, y se personificaba ante nosotros en unos pocos besos apasionados, miradas ardientes y manos entrelazadas compulsivamente. En la versión de la BBC se nos muestra de mejor manera la pasión que une a estas dos almas solitarias, heridas: su unión no es sólo espiritual, es también física, y es por eso que el sacrificio que se impone Jane ( y que le impone al desdichado Rochester), es tan insoportable.

Que Jane se enamore perdidamente de Rochester parece bastante comprensible. Es un ser torturado por misteriosas y tremendas desdichas, un viajero impenitente, un cascarrabias capaz de la más sutil ternura. Un ser poderoso, que trata a la joven mujer como a su igual, que en cuestiones morales la sabe superior a sí mismo, y que confía en ella (y sólo en ella), ciegamente.

Rochester ve en la pequeña Jane la fuerza ética, la incorruptibilidad, la pureza. Como expresó muy bien Toby Stephens en una entrevista, Jane es prístina. Carece de la carga de oscuro pecado que él lleva sobre sus hombros. Y sin embargo, Jane es también oscura como él puesto que ha sufrido. Ha sido una niña huérfana de padre y madre, rechazada, reprimida por su tía Reed y por el internado; Jane ha sufrido la pérdida de su única amiga y por todo ello, Jane puede comprender a Rochester y Rochester a Jane, como si ’un hilo invisible atara su corazón al mío’.

El carácter, la personalidad de Rochester, qué reto para un actor. Ciclotímico y sereno, violento, rudo y también exquisito y tierno, anegado por la angustia de su pasado y a la vez capaz de enfrentarse ’ a la ira de Dios’ en su búsqueda de la felicidad con Jane. Sufriente y capaz de inocentes alegrías, como cuando sale con Jane a comprar vestidos para su luna de miel. Herido de muerte, vulnerable cuando se siente solo, cuando le pide a Jane ’No te vayas ¿quién me ayudará si tú no estás?’, y al mismo tiempo fuerte, viril, potente y decidido. Rochester, se nos dice, no es guapo, pero qué personaje más atractivo.

Para mí, el primero en encarnarlo después de Welles es Stephens, incluso cuando físicamente carece de esa estatura que hacía que Welles llenara toda la pantalla con su inmensa presencia. Stephens es pequeño, y sin embargo, su Rochester está lleno de grandeza. Todos los matices del dolor han sido interiorizados; transmite todo ese sarcasmo profundo de Rochester (que hace que se permita burlarse de su adorada Jane, cuando le indica, perversamente, que puede llegar a casarse con la vanidosa Blanche Ingram), pero sin hacerlo caer en la maldad. Le da una fuerza sexual que Welles transmitía también: Rochester es sexy, muy sexy. Y Welles y Stephens demuestran esa pulsión abismal, esa necesidad de hembra, pero también de alma, que se une en Jane para encarnar, como indica Rochester ’la otra parte de mi alma, la compañera de mi vida’.

Rochester es sin duda un icono de la masculinidad bien entendida. El hombre fuerte y débil, todopoderoso y vulnerable, rudo y tierno, distante y complaciente que todas desearíamos tener o por lo menos, haber amado alguna vez. Porque además, Rochester posee una cualidad : la fidelidad. Jamás veremos a Rochester gustar verdaderamente de la presencia de la hermosa y ambiciosa Blanche. Él sabe de quién es su corazón, y lo mantiene alejado de tentaciones mientras ama a Jane, es decir, desde ese primer encuentro, en medio de la niebla, en medio del páramo. Cuando ella ’se le aparece’ como una hechicera, haciéndolo caer del caballo.

Veo muy poco la televisión y no sé si en España se ha visto esta serie. Os recomiendo las dos: La indispensable Jane Eyre de 1944 y la Jane Eyre de la BBC de 2006.
Una y otra se complementan y nos invitan a la lectura de una de las grandes obras de la literatura universal, la Jane Eyre de Charlotte Brönte, esa extraña mujer que imaginó esa gran historia de amor que nunca vivió. Y que lo hizo magistralmente.

No me es posible enlazar directamente este fragmento con Welles, pero podéis seguir el enlace y verlo. Vale la pena.


Jane Eyre (USA 1944), Director: Robert Stevens, Guión: Aldous Huxley y John Houseman sobre la novela homónima de Charlotte Brönte. Música: Bernard Hermann, Fotografía: George Barnes.Reparto: Orson Welles, Joan Fontaine, Margaret O’Brien, Agnes Moorehead, Peggy Ann Gardner y Elizabeth Taylor (en el pequeño papel de Helen).

Jane Eyre (BBC, UK, 2006, miniserie en 4 capítulos), Directora: Sussanah White, guión: Sandy Welch, M´suca: Rob Lane, Fotografía: Mike Eley. Reparto: Toby Stephens, Ruth Wilson, Tara Fitzgerald, Francesca Annis, Claudia Colter.


Charlotte Brönte: Jane Eyre, Alianza Editorial, Madrid, 2006.

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13/01/2008 11:27 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 10 comentarios.

Sesiones Dobles. Segunda sesión: El séptimo sello, de Ingmar Bergman

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El Séptimo sello es probablemente la película más vista y comentada de Bergman, la que ha calado más hondo en la memoria colectiva. La idea estética y metafísica que le sirve de aliento (la de la Muerte jugando al ajedrez con el caballero), le vino a Bergman cuando, acompañando a su padre por las iglesias del lugar, vio un fresco que documenta ese encuentro. El mismo fresco que Anton Block ha visto también. Cuando la Muerte le pregunta que cómo sabe que juega al ajedrez, Block le responde: "Porque lo he visto en algunas pinturas".  

La película hermana de ésta es El manantial de la Doncella en la que también se mezclan en un solo plano la realidad y el mito o la leyenda.

Yo creo que si hay una película que explique qué fue la Edad Media, ésa es El séptimo sello, cuando lo maravilloso formaba parte de la vida cotidiana (esa bellísima escena, llena de candor, en la que el juglar ve a la Virgen María enseñando a andar al niño Jesús), y en la que la fe y la duda formaban parte integrante de la mentalidad colectiva. Cuando la muerte era una presencia, una acompañante de la vida.

Block y su escudero, un poco cínico y un mucho lúcido y descreído, vuelven de la Cruzada a cumplir su destino, que no es otro que morir. 

En su camino hacia y con la Muerte, encuentran cadáveres, un pintor de iglesias, una joven martirizada como bruja, una muchacha que va a ser violada, una compañía de juglares (que protagonizan una pequeña historia picante), y una esposa que espera el regreso de su marido, Penélope medieval.

Durante ese largo trayecto, avanzan con la Muerte. El juglar, que ve a la Virgen, curiosamente no percibe la presencia de la Muerte excepto cuando va huyendo de ella en medio de una tormenta casi sobrenatural.    

El juglar, José, y su esposa, María, con su hermoso bebé son los verdaderos vencedores. Ellos no morirán (por el momento). El caballero los salva. Es ese pequeño gesto el que lo eleva y redime y no su participación en la Cruzada. A pesar de que no tiene fe, y quiere tenerla, como el San Miguel Bueno de Unamuno, Anton lleva a cabo esta pequeña acción de amistad: distrae a la muerte para que los tres huyan y se salven. Anton sabe que lleva a la muerte consigo y que su juego de ajedrez no es más que una triquiñuela inútil. Pero salvar a esos tres seres llenos de pureza es su acción particular, la que le salvará a él, finalmente. La que le hará sentir que su vida ha tenido un propósito, lejos de la muerte y de la destrucción de su Cruzada, lejos de la frialdad y soledad de su alejamiento del hogar. 

Su reencuentro con la paciente esposa es frío, distante: ya no es de este mundo. El momento más bello es el de la amistad, cuando en el campo come las fresas y bebe la leche que les ofrece María, en compañía de los otros.

El caballero es un ser descreído que necesita creer, el escudero es su conciencia crítica. La Muerte existe, pero no sabe nada. Ella no sabe siquiera si Dios existe ni dónde está. La Muerte lo ignora todo, igual que él. Sólo cumple con su trabajo. 

Como le dice Oliverio a una Muerte más seductora que ésta en El lado oscuro del corazón de Eliseo Subiela : "¡Vaya laburo de mierda que tenés! ¡Muerte puta, puta Muerte!"



El séptimo sello, Dirección y guión: Ingmar Bergman. Producción: Allan Ekelund. Música: Erik Nordgren. Fotografía: Gunnar Fischer. Reparto: Max von Sydow, Bibi Andersson, Gunnar Björnstrand, Bengkt Ekerot, Nils Poppe (Suecia, 1957).

 

Club de Sesiones Dobles:  Sesiones Dobles (Organizador), Books & Films, El diario de Mr. MacGuffin, Sesión doble, Cineahora, El espejo de los sueños, Arte y literatura, El trono de Hatti, La mujer justa, Ojo de buey, Himnem, El lamento de Portnoy, Otros clásicos, La linterna mágica, Mitte, El dia del cazador, Marcovelez.net, Corten!!!, Rulemanes para Telémaco, Cinefilo-Compulsivo, Intramuros, Arricom.


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14/11/2007 06:24 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 4 comentarios.

Sesiones dobles. Primera sesión: Fresas salvajes, de Ingmar Bergman

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Aun cuando me había retirado del blog, acepté el reto lanzado desde Sesiones Dobles para hacer una revisión de estas dos obras del Bergman temprano.
Han pasado los días y no conseguía sentarme a ver las películas. Debo aclarar que cuando yo comencé a ver Bergmans en el cineclub de la Ciudad Universitaria de México (corrían los años de 1966 y 1967), no vi estas películas. Yo comencé por Persona, por Pasión, por Vergüenza, para luego ver El rostro o La noche del Lobo. En otras palabras, comencé por el postre.
Fue ya en Barcelona cuando me topé con el Bergman de El séptimo sello, y su fastuoso blanco y negro me era bien conocido, junto con su mezcla de onirismo y neoexpresionismo que todavía hoy me siguen asombrando.

 Hasta hace poco, no había visto Fresas salvajes. Creo que fue a raíz de un post de Portnoy que me picó la curiosidad por esta obra, que en principio no me había apetecido.

Es una obra oscura, misteriosa, deshilvanada. Creada a partir de la intersección del recuerdo y la realidad, y con el añadido de los sueños. Los sueños que muestran, elocuentemente, la realidad que el profesor nos va detallando pocos segundos antes, cuando, tomando la voz narrativa, nos habla de su misantropía, de su egoísmo, de su carencia de verdaderos afectos.


El profesor Isak Bjork inicia su viaje hacia Lundt para recibir una distinción por su jubileo como médico. Antes, tiene un sueño, o mejor dicho, una pesadilla: el sueño de los relojes me recuerda la leyenda de Félix de Montemar, variante de la de don Juan, cuando el personaje principal contempla su propio entierro. El trasfondo es el mismo: el tiempo vuela, y cuando se detiene (ya no hay manecillas que corren para marcar las horas), ¿qué queda? Tal vez sólo el amargo sabor de la soledad y de la nada.


Y sin embargo, la vida corre pararela a esta convicción pesimista (o tal vez sólo realista de la existencia), y al mismo tiempo que el profesor constata que ha vivido -tal vez equivocadamente-, volcado en su profesión, sin atender a los cariños, aparecen nuevos personajes en su vida, y con ellos, nuevos florecimientos, nuevos amores. Al mismo tiempo que de su memoria emerge el primer amor, Sara, que luego casó con su hermano Siegfried, aparece otra Sara, viva, palpitante, cariñosa, aventurera, que viaja hacia Italia (hacia la luz), con sus dos compañeros, Viktor y Anders. Como la antigua Sara, escoltada por los dos pretendientes, Isak y Siegfried, esta Sara irrumpe en la vida de Isak y se siente ’orgullosa’ de él.


También su nuera, Marianne, antes lejana, a raíz del viaje se encuentra con él. Los resabios de un viejo rencor entre el profesor y su hijo desaparecen, Marianne y el profesor ven nacer o renacer el tímido sentimiento paterno-filial. Marianne y el profesor se ven reflejados en un matrimonio con el tienen un accidente, aunque Marianne apostilla: ’Pero nosotros nos queremos’, refiriéndose a ella y al hijo del profesor, Evald. El profesor evoca también a su esposa, a quien, como Evald a Marianne, trató ’glacialmente’.

De todo toma nota el viejo, mientras se acerca el momento de recibir los honores de la universidad. Y así, la extraña película llega a un dulce final, con el profesor que sonríe desde su cama, quizá deseando ser otro ser después del viaje, un ser más humano, más cariñoso, menos solitario.


Algunos críticos piensan que estos sueños o estos recuerdos aparecen en la obra de Bergman para decirnos que el profesor ya no tiene vida. Yo no lo creo. Creo que los recuerdos, los sueños forman parte de nuestro presente, somos lo que fuimos, no dejamos de ser o de tener un presente por recordar nuestro primer amor, nuestra infancia...

Quizá el profesor, que hace un examen de conciencia que dura lo que su viaje, refleje la mirada protestante de ese Bergman moralista que tanto molesta a algunos; pero creo que todos, llegados a la vejez, vamos trazando ese camino que nos lleva hacia atrás, hacemos balance, vemos con claridad nuestros defectos, nuestras carencias, nuestros errores. Como el profesor, creemos que todavía, quizá...tenemos tiempo...

 

Título español: Fresas Salvajes (Smultronstället). Director y guionista: Ingmar Bergman. Fotografía :Gunnar Fischer. Música: Erik Nordgren. Montaje: Oscar Rosander. Producción: Svensk Filmindustri. Reparto:Victor Sjöstrom, Bibi Andersson, Ingrid Thulin, Gunnar Björnstrand, Max von Sydow.

Club de Sesiones Dobles:  Sesiones Dobles (Organizador), Books & Films, El diario de Mr. MacGuffin, Sesión doble, Cineahora, El espejo de los sueños, Arte y literatura, El trono de Hatti, La mujer justa, Ojo de buey, Himnem, El lamento de Portnoy, Otros clásicos, La linterna mágica, Mitte, El dia del cazador, Marcovelez.net, Corten!!!, Rulemanes para Telémaco, Cinefilo-Compulsivo, Intramuros, Arricom.

 

 

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05/11/2007 18:59 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 4 comentarios.

La donna scimmia, de Marco Ferreri

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Hace varios años vi por la tele esta pelicula de Ferreri, autor que trabajó en España en tandem con el gran Rafael Azcona, con quien también firma el guión de esta singular película italo-francesa.

La película desarrolla un tema extraído de la realidad y guarda muchas coincidencias con la historia de la mexicana Julia Pastrana, mujer que padecía una enfermedad que unos llaman hirsutismo.

La película de Ferreri, en tono neorrealista y  con una música jaranera, nos muestra el esperpento: un cara-dura, un pobre diablo que no tiene de qué vivir, conoce a María, huérfana que reside en un orfanato religioso. 

Al ver su rostro, brazos y manos cubiertos de pelo, a Antonio se le ocurre vivir de ella, explotando el morbo de todos, exhibiéndola en un espectáculo que no era infrecuente en el mundo occidental de los años 30 y 40: las ferias de fenómenos.

Si Lynch en El hombre elefante (1980), nos obsequia con un melodrama memorable; Ferreri, unos años antes, nos había dado un esperpento engañoso, porque a ratos puede parecer que Antonio trata a la mujer simia con ternura, cuando en realidad no hace sino explotarla.  

Antonio la exhibe en un galpón, inventando una historia mítica de coyunda zoofílica (sé que esto le gustará a Luri ). Tras de un intento por vender la  virginidad de la extraña criatura a un exótico 'patricio' napolitano y tras el regreso de la joven al orfanato, se ve obligado a casarse con ella para asegurarse la explotación de 'su' monstruo.

María, inocente siempre, siempre dulce y buena, agradece a la vida la oportunidad de ser una mujer casada, de ser 'libre'. Jamás llega a sospechar los verdaderos sentimientos de su 'dueño', ni siquiera cuando éste se resiste a cumplir con el 'débito' conyugal.

La vida parece transcurrir para ella con felicidad y armonía. La actuación pasa por teatruchos napolitanos y parisinos hasta que la joven se queda embarazada. 

Cuando ella muere y muere el bebé, que también heredará la condición pilosa de la madre, cede los cuerpos a un museo para su embalsamamiento y finalmente los exhibe en un teatrillo.


El tono de la obra es escrupuloso y neutro. Ferreri no toma partido ni juzga: eso nos lo deja a nosotros, que asistimos a este drama pensando aquello que un par de veces dice María (cuando el médico le aconseja abortar, por ejemplo): "¡Sois unos monstruos!" Es la misma sensación que tenemos con la película de Lynch. Los monstruos son los otros (¿nosotros?).


La donna scimmia (Italia-Francia, 1964), Dirección:Marco Ferreri. Productor: Carlo Ponti. Guión: Marco Ferreri y Rafael Azcona. Intérpretes: Ugo Tognazzi, Annie Girardot, Achille Majeroni, Elvira Paolini. Fotografía: Aldo Tonti; Montaje: Mario Serandrei: Música: Teo Usuelli.





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02/11/2007 20:35 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 6 comentarios.

Sesiones dobles. Fresas salvajes y El séptimo sello, de Ingmar Bergman

 

Tras el éxito que tuvo la propuesta de escribir sobre las dos pelis de oro de Won Kar-Wai, desde  Sesiones Dobles (Organizador) se pasó a la propuesta de proseguir esa buena práctica con el maestro de los maestros: el inigualable señor Ingmar Bergman.

A pesar de que ya había anunciado mi retirada de la blogósfera, acepté el reto, o más bien dicho me apunté al reto. Por tres razones: porque me interesa interactuar desde aquí, porque la propuesta era bonita y porque me gusta revisar mis grandes favoritos.

Aunque, como veréis, he llegado tarde a la promo del asunto, me he propuesto cumplir con los plazos y hoy he visto ya Fresas salvajes. Naturalmente, la reseña queda para más adelante, cumpliendo el calendario dado por el organizador.

El post original es éste:


Sesión Doble I: Ingmar Bergman


Título español: El septimo sello
Título inglés: The seventh seal
Título original: Sjunde Inseglet, Det
Director: Ingmar Bergman
Guionista: Ingmar Bergman
Año: 1957
País: Suecia
Idioma orginal: Sueco





Título español: Fresas Salvajes
Título inglés: Wild strawberries
Título original: Smultronstället
Director: Ingmar Bergman
Guionista: Ingmar Bergman
Año: 1957
País: Suecia
Idioma original: Sueco


Fechas de visionado: 17 de Septiembre al 31 de Octubre de 2.007
Fechas de publicación posts: 1 al 15 de Noviembre de 2.007
Blogs participantes:
  • Books & Films
  • El diario de Mr. MacGuffin
  • Sesión doble
  • Cineahora
  • Fabrica de ilusiones
  • El espejo de los sueños
  • Arte y literatura
  • El trono de Hatti
  • La mujer justa
  • Ojo de buey
  • Himnem
  • El lamento de Portnoy
  • Otros clásicos
  • La linterna mágica
  • Mitte
  • El dia del cazador
  • Marcovelez.net
  • Corten!!!
  • Rulemanes para Telémaco
  • Cinefilo-Compulsivo
  • Así, pues, hasta pronto.

     

     

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    29/09/2007 20:53 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 1 comentario.

    Un adiós a Ingmar Bergman

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    Yo tenía 16 años. Iba cada domingo al cineclub del CUC, en la UNAM. Con Bergman (Persona, Pasión, Vergüenza) y con Truffaut, especialmente, comencé a ver cine, a ver cine de verdad.
    Persona ha sido para mí, junto con El séptimo sello, una de sus mejores películas. En Persona, Bergman nos habla del silencio, silencio necesario, autoimpuesto, porque llega un momento en que ya no se tolera la impostura, el teatro, la representación de algo que no somos nosotros y hace falta callar. Los otros querrán romper ese silencio, interpretarán ese silencio según su propio discurso interior, como si ese silencio no pudiera, no debiera ser vacío puro, silencio verdadero, como si hubiera que poblarlo de palabras o buscarle un sentido, cuando lo que se manifiesta en él es precisamente la nada. Como en muchas de sus películas, hay un proceso de vampirización, hay una destructividad que se manifiesta a través del amor, amor que en verdad no es más que narcisimo, egoísmo, en fin: mentira.
    Después, ya en el Festival de cine, El rostro, El rito, La noche del lobo, y más tarde, Secretos de un matrimonio, Gritos y susurros y ya en España, Fanny y Alexander y las obras anteriores, que antes no había conocido, entre otras, El manantial de la doncella o Fresas salvajes. Toda mi vida ha estado marcada con sus obras. Esas obras duras, severas, pensativas, a veces incluso terroríficas, con un terror profundo, como el que nos hizo salir de la proyección de La noche del lobo casi precipitándonos, al final de la película, atacados todos por un miedo irracional ¿ a qué? ¿a nosotros mismos? El horror de El huevo de la serpiente, lectura implacable del nazismo y de la maldad...
    Rara en su obra es la alegría y la frescura de La flauta mágica, o ciertos pasajes de Fanny y Alexander, antes de que esta película se torne sombría y estremecedora.
    Bergman llenó mis tardes de domingo de preguntas a las que todavía no he respondido, de inquietudes que todavía me asaltan. En las tertulias posteriores al cineclub y ya por la noche en animada tertulia ante los pambazos de mole de El Convento de Coyoacán, o delante de la fondue de carne de El Coyote Flaco, en la calle de Francisco Sosa, palabras, preguntas, debates y mucho tabaco nos llevaban de regreso, una y otra vez, al cine del maestro sueco durante horas. Recuerdos de una felicidad intelectual que le debo a Ingmar Bergman. El hombre ha muerto, pero la obra queda.

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    30/07/2007 21:41 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 4 comentarios.

    Proyecto Sesiones Dobles. Won Kar Wai: In the mood for love y 2046

    20070421095232-2046.jpg
    No he tenido tiempo para escribir la crítica de 'In the mood for love', pero os adelanto la de '2046'.
    Mañana pago mi deuda...
    Los otros blogs del proyecto ya han posteado: los podéis leer: 
    Director: Wong Kar-Wai, con Tony Leung, Gong Li, Takuya Kimura,Faye Wong, Zhang Ziyi, Carina Lau, Chang Chen, Wang Sum, Siu Ping Lam, Maggie Cheung.
    Año de producción: 2003 Duración: Dos horas, 9 minutos. Hong-Kong-Francia

    Hong Kong, 1966. En su pequeña habitación de hotel, Chow Mo Wan, escritor en crisis de inspiración, trata de terminar un libro de ciencia ficción situado en 2046. A través de la escritura, Chow recuerda a las mujeres que han atravesado su vida solitaria.Apasionadas, intelectuales o románticas, todas ellas han dejado una huella imborrable en su memoria y en su imaginario personal. Son sus recuerdos, y el libro es ese tronco al que se le susurran las palabras que nos llevan a lo más secreto de nuestro corazón, para que él los guarde. Su Li Zhen, que sin duda ha sido su amada, se aloja en la habitación 2046...
    El nuevo trabajo de este autor irreemplazable, de talento intuitivo y meticulosidad enfermiza, puede ser entendido como una continuación, temporal y evolutiva, de su anterior film, la excepcional “In the mood for love" ("Deseando amar"), cuya filmación discurrió en paralelo a ésta; en realidad, dos manos cuyos dedos se entrelazan para complementarse hasta la disolución de las fronteras, por lo que no resulta recomendable acercarse a la más reciente sin conocer sus precedentes. Pero el presente largometraje es también el espacio interior en el que se dan cita las obsesiones que pueblan ese universo personal, hipnótico, perturbador, al que uno se asoma con el pudor de pisar en existencias ajenas y la convicción de contemplar su propio retrato.

    Persecución estéril de lo huidizo, de aquello ya superado en cronología pero no en cuanto a equilibrio interior, “2046” trata de los demonios que habitan ese territorio compartido por el amor y la memoria, de una realidad sentimental que, como notas musicales, precisa de un tiempo concreto para distribuirse y hacerse oír, fuera del cual alteraría la melodía completa y carecería de sentido. El tímido, prudente y delicado Chow Mo Wan (Tony Leung) de “In the mood for love (Deseando amar)”, visiblemente tocado por su frustrada relación con Su Li Zhen (Maggie Cheung), se ha convertido con el paso de los años en un mujeriego cínico y descarado que, entregado a la bebida y al juego, busca compañía femenina pero, según sus propias palabras, sólo está dispuesto a comprarla al por menor, sin compromisos ni implicaciones emocionales que repitan su sufrimiento. Chow no ha abandonado su anodino trabajo en el periódico, aunque también en las ficciones que escribía se ha producido un cambio simultáneo: ya no son las novelas de artes marciales las que lo ocupan, sino historias de sexo bien pagadas y de dudosa calidad. Y es que a la contención y sobriedad erótica que presidían “In the mood for love (Deseando amar)”, ha venido a substituirlas una carnalidad mucho más explícita de placeres desatados en lugares nocturnos.

    El título de la película hace referencia a la habitación del hotel donde, en el pasado, acordaron encontrarse Su Li Zhen y Chow; cuatro paredes, ahora contiguas a la suya, por las que desfilarán diferentes mujeres, sustitutas parciales de aquélla. Porque en esa búsqueda infructuosa de la mujer que reemplace los recuerdos del amor de su vida, Chow halla a Su Li dividida en tres: el cuerpo Bai Ling (Zhang Ziyi, habitual en los films del director chino Zhang Yimou), una joven impulsiva, dispuesta a cobrarse, que se enamora irremediablemente de él, la mente Wang Jing Wen (Faye Wong), la sensible hija del dueño del hotel, y escritora aficionada, a la que Chow ayuda en su relación con un novio japonés que cuenta con la oposición del padre, como si con ello expiara culpas y saldara cuentas pendientes y el nombre otra Su Li Zhen (Gong Li, la antigua musa y compañera de Yimou), tahúr profesional apodada “La araña negra”, -quizás la más consciente de su ingrato papel en la función— , todas ellas marcadas por la fatali-dad y ninguna de las cuales logrará satisfacer lo imposible: que Chow recupere aquello que quedó tan atrás. Tres capítulos —al que cabe agregar el estelarizado por la madura bailarina Lulu/Mimi (Carina Lau)— pautados por la Nochebuena de años consecutivos, fechas éstas de las Navidades que, como bien sabe Charles Dickens, se prestan mejor que ninguna otra a la visita de fantasmas pretéritos que ahuyenten la soledad.

    Asimismo, “2046” es el título del relato futurista que Chow está escribiendo, cuya acción transcurre, precisamente, en ese mismo año. En esta segunda ficción, trasunto de la primera, los protagonistas viajan sin retorno, a bordo de un tren ultramoderno, hacia un tiempo que promete haber conservado intacta la memoria, caso de ese joven nipón (Takuya Kimura) que persigue en una androide de reacciones retardadas lo mismo que anhela Chow, con idénticos resultados.

    De este modo paralelo, va cobrando forma la paradoja que empuja a los personajes a huir hacia el futuro para reencontrar un pasado idealizado que nunca volverá. Amor y tiempo como dos coordenadas invisibles que marcan el destino —uno, determinado e irrepetible— y se cruzan en ese número mágico —estancia de hotel, emplazamiento en la ficción literaria, morada de recuerdos—.

    Toda esta maraña de episodios vitales y tormentas sentimentales, llevados con parejo tacto y expresión por los actores principales, se transforma, a efectos prácticos, en un puzzle argumental de círculo cerrado, conducido por la voz en off de su protagonista masculino, que a menudo se desliza atrás y adelante en el tiempo, y donde el plano real convive con la fabulación. Pero a pesar de su aparente complejidad conceptual, “2046” discurre con la misma solidez y cla-rividencia que el material del que se nutre, el idioma de las emociones. La película exhibe la solución estilística que ya empleara en “In the mood for love (Deseando amar)”, de un preciosismo estético fascinante. Y es esa caligrafía de Wong Kar-Wai, intrínseca y tan reconocible, la más apropiada para desmigajar los pormenores del amor y sacar a la luz las dobleces del corazón. Su narración, con el falso aspecto de una improvisación musical, de borrador de un proyecto inacabado, tan pronto ahonda en el detalle tangencial como se recrea en lo pasajero, consciente como es de que lo importante no tiene por qué ser obvio y de que lo parcial es tan válido como el conjunto. Esto se traduce en sus acostumbrados e insinuantes fuera de campo, en los encuadres donde los personajes aparecen solitariamente descentrados o en esas escenas ralentizadas que pretenden congelar inútilmente el tiempo, siendo su dominio del ritmo y la composición, una lección magistral de las posibilidades que esconde el lenguaje cinematográfico.

    Al de Hong Kong le gustan los pasillos estrechos llenos de puertas de las casas de huéspedes, que propician el cruce de desconocidos; los espejos y marcos que ejercen de guillotina; las escaleras en las que los encuentros se hacen fugaces; los callejones nocturnos con esquinas de paredes desconchadas que invitan a apoyar la espalda; la lluvia que parece precipitarse desde las farolas; las volutas de humo ascendiendo hasta perderse contra el techo; los pies femeninos que danzan como si tuvieran vida propia.... Gestos, roces, retales; coreografías y espacios con los que levanta una arquitectura de lo efímero, caricia sobre la herida cotidiana con guantes de seda.

    Así, a esa primera piel hecha con las manifestaciones del alma, se suma una segunda capa, sucesión de imágenes exquisitas que la fotografía de Christopher Doyle, Lai Yiu Fai y Kwan Pun Leung arropa de nuevo, en ese tapiz con sello propio donde el rojo, el verde y el ámbar tienen adjudicado un puesto de honor. Y a este envoltorio visual, se añade una tercera textura, compuesta por el terciopelo de cuerdas, vocales o instrumentales, que conforman su banda sonora —otro tema principal y magstral de Shigeru Umebayashi rotundo e imborrable-, y un puñado de canciones tan atemporales como la historia misma, entre las que destacan “Siboney” de Xavier Cugat, “Perfidia” de Alberto Domínguez, “Sway” de Dean Martin, “The Christmas Song” de Nat King Cole, o el “Casta Diva” de la “Norma” de Vinenzo Bellini—. Diferentes pelajes indisolubles que constituyen una única epidermis.

    El resultado, engañosamente casual pero preciso en su construcción, es un sublime revulsivo para el espíritu, extraordinario en su belleza, elegante en sus maneras y agitador por su exótica proximidad. En “2046”, sentido y sensibilidad se abrazan para dar cobijo a una visión descarnada, pesimista, extenuante de nuestra naturaleza romántica, es decir, espantosamente real. Resaca, íntima e intimista, de ideas y vivencias, revisitación propia y ajena donde la sombra de lo perecedero es más alargada que nunca, a lo que hace Wong Kar-Wai la etiqueta de película se le queda corta. Sus trabajos son siempre experiencias demoledoras, porque acarician sentidos y muerden sentimientos. Si su cine gusta, no se aprecia, se adora. Salir con lágrimas en los ojos y transidos de emoción del cine es casi una declaración de amor."

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    21/04/2007 09:53 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 6 comentarios.

    Proyecto Sesiones Dobles. Won Kar Wai: In the mood for love y 2046

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    Por el blog de mi querido Portnoy me enteré de la iniciativa de postear sobre dos películas de un director. Y hacer referencia a los blogs que están en el ajo. Comoquiera que uno de mis directores favoritos es este maravilloso señor, me he apuntado. Las bases y las normas son éstas:

    Invito a todos (¡a todos, qué pretenciosa!), a que se animen a ver una o dos de estas pelis, y que se animen también a postear sus comentarios. Nos lo vamos a pasar la mar de bien.

    Comenzamos este nuevo y apasionante proyecto en el que proponemos a nuestros lectores a que vean dos películas de un determinado director para luego comentarlas, tal y como se explica en las instrucciones. En esta ocasión comenzaremos con Wong Kar-Wai, un director nacido en Shangai pero criado en Hong Kong, con numerosos premios y reconocimientos a sus espaldas, entre ellos el de mejor director en Cannes en 1997 por ‘Happy Together’.

    Las películas seleccionadas de este director son las siguientes:

    Título: ‘2046′
    Título original: ‘2046′
    Año: 2004
    Director: Wong Kar-Wai
    Guión: Wong Kar-Wai
    Reparto: Tony Leung Chiu-Wai, Ziyi Zhang, Chang Chen, Faye Wong, Maggie Cheung

    Título: ‘Deseando amar’
    Título original: ‘Fa yeung nin wa’ / ‘In the mood for love’
    Año: 2000
    Director: Wong Kar-Wai
    Guión: Wong Kar-Wai
    Reparto: Tony Leung Chiu-Wai, Maggie Cheung, Ping Lam Siu


    Fechas de visionado: Del 30 de Marzo al 15 de Abril
    Fechas de comentarios: Del 16 al 20 de Abril

    Blogs que participan:

    Books&Films, ¿Y si esta vez te quedaras?, Cineahora, Cinematic World, El día del cazador, El séptimo arte, El diario de Mr. Macguffin, Marco Velez, Himnem, Fabrica de ilusiones, Padded Room: Chronics floor, El lamento de Portnoy, La mujer justa, Bogotá 35MM, Ojo de buey, Viaje a Itaca, Sesión Doble, Ekilore, Rulemanes para Telémaco, Arteyliteratura, La linterna mágica, Rod@ndo, The Observer.

     

     

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    07/04/2007 22:10 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 3 comentarios.

    La Bella y la Bestia de Jean Cocteau

    En 1946, el cineasta, poeta y pintor Jean Cocteau estrenó una de las películas más hermosas jamás filmadas: La Bella y la Bestia. Jean Marais, a la sazón amante suyo, llena la pantalla con su magnetismo, su belleza y sus enormes ojos claros. Dota a la Bestia de la majestad y de la melancolía que requiere esta historia de amor aparentemente imposible.
    Bella, que no sólo es bella sino buena, es fotografiada por Cocteau con reminiscencias de La joven de la perla, de Vermeer.
    Ella es Diana, la virgen pagana, y Bestia es el sol, con su enorme melena dorada de león hirsuto, ardiendo (literalmente) de deseo.
    El castillo donde habita ese ser solitario, pasional, intuitivo y desdichado está lleno de presencias: brazos sin cuerpo que sostienen los candelabros, puertas que hablan, espejos que muestran la imagen deseada. Bella se desliza por los pasillos como una aparición (efecto que Coppola plagió en su estimable Drácula), y ambos consiguen enamorarse del otro en esa convivencia forzada y un poco cruel.
    A pesar de que Cocteau contaba con un presupuesto modesto y utilizó deshechos de la guerra para crear ese maravilloso escenario y ese vestuario deslumbrante, la película brilla en todas sus partes y constituye toda ella un poema. Decadentista y esteticista aun siendo vanguardia pura, su estilo me fascina, tanto en El águila de dos cabezas, como en El testamento de Orfeo (en donde deslumbran Marais y la actriz española María Casares), o en el díptico de Los padres terribles, que por cierto se dice que estaba basada en la vida de los de Balthus (el mundo es un pañuelo).
    Hoy que vuelvo a ver La bella y la Bestia me vuelve a maravillar su romanticismo surreal. Plagada de erotismo y de pureza, es una obra que permanecerá, porque hay películas que no envejecen y ésta es una de ellas.


    La bella y la bestia, (Francia, 1946). Director y guionista(sobre le cuento dieciochesco de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont: Jean Cocteau; Reparto: Josette Day, Jean Marais (en el triple papel de Avenant, Bestia y Príncipe), Marcel André, Mila Parely, Nane Germon, Michel Auclair;Productor: André Paulvé; Fotografía:Henri Alekan;Música: Georges Auric; Escenografía: Christian Bérard y René Moulaert; Vestuario: Christian Bérard.

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    02/03/2007 21:05 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 5 comentarios.

    Mis tres películas favoritas de 2006


    1. Babel, de Alejandro González Iñárritu.


    Durante mucho tiempo permanecerá en la retina ese suntuoso travelling inverso horizontal que marca el final de las cuatro historias entrelazadas con tanta solvencia como sensibilidad por el que es hoy, sin duda ninguna, el mejor director en activo (con permiso de David Lynch, naturalmente), Alejandro González Iñárritu.
    Extraordinario viaje por el dolor y el amor, por la injusticia y la solidaridad, por la herida personal y colectiva; por las fronteras que separan y por la hermandad entre los hombres. Con la belleza de un tratamiento cinematográfico que en todo momento es soberbio (y especialmente las escenas filmadas en Tokio) y que elevan la película a una categoría sublime, con actuaciones que quitan el aliento (de los actores profesionales y de los improvisados), con una fotografía impecable, caliente y fría, alternativamente roja, ocre y azul, muy personal, muy expresionista, y con una música absolutamente perfecta, Babel se erige como la película de 2006. Honda, viva, poética y realista.

    Babel, Dirección: Alejandro González Iñárritu. Guión: Guillermo Arriaga.
    Reparto: Cate Blanchett, Brad Pitt, Gael García Bernal, Adriana Barraza, Mahima Chaudhry, Jamie McBride, Kôji Yakusho, Rindo Kikushi, Shilpa Shetty, Lynsey Beauchamp, Paul Terrell Clayton, Fernández Mattos Dulce, Nathan Gamble. Fotografía: Rodrigo Prieto. Música: Gustavo Santaolalla. Producción: Raúl Olvera Ferrer, Steve Golin, Jon Kilik, Tita Lombardo. USA, 2006.


    2. El Nuevo Mundo, de Terrence Malick.


    La mirada de Malick profundizando en una herida abierta, pero tocando únicamente lo que podríamos llamar la metáfora del Paraíso Terrenal hollado. Naturaleza y guerra, amor y odio. La épica del mundo virginal en el rostro de la bellísima Pocahontas. Toda la primera parte de esta película es un ejercicio que pocos pueden igualar: poesía pura.
    En la última parte, la que transcurre en Inglaterra, el drama ocurre ya en un ámbito más político que íntimo, más aparencial que auténtico, más convencional, y la película baja su tono lírico y diría, sinfónico, para hacerse melodía de cámara.
    Aunque irregular, una de las grandes películas de este año.

    El Nuevo Mundo, Dirección: Terrence Malick. Producción: Sarah Green, Terrence Malick . Guión: Terrence Malick. Música: James Horner . Fotografía: Emmanuel Lubezki. Vestuario: Jacqueline West . Reparto: Q’Orianka Kilcher, Colin Farrell, Christian Bale, Christopher Plummer, August Schellenberg, Wes Studi, David Thewlis, Yorick Van Wageningen. USA, 2005.


    3. El laberinto del Fauno, de Guillermo del Toro.


    Fábula e historia entrelazadas en una película sobre la muerte y el terror, sobre el fascismo y la intolerancia, sobre el miedo y el dolor, sobre la soledad y la inocencia.
    Abriendo brecha, la fábula nos interna en el mundo de la guerra y de la destrucción con una sutileza incontestable, con una delicadeza de cuento de terror gótico y a la vez con una dulzura lúcida, que interfiere con el horror de lo contado sólo para resaltarlo.
    La gran actuación de Sergi López ha pasado en cierto modo desapercibida entre las excelencias de los efectos especiales, la originalidad del acercamiento al tema de la postguerra española y la potencia de un guión prácticamente perfecto.


    El laberinto del Fauno, Guión y Dirección: Guillermo del Toro. Productores: Berta Navarro, Alfonso Cuarón, Frida Torresblanco, Álvaro Agustín, Guillermo del Toro. Productor ejecutivo: Edmundo Gil. Fotografía: Guillermo Navarro. Música: Javier Navarrete. Montaje: Bernat Vilaplana. Diseño de producción: Eugenio Caballero. Efectos especiales: David Martí (maquillajes), Reyes Abades. Reparto: Sergi López, Maribel Verdú, Ivana Baquero, Doug Jones, Álex Angulo, Ariadna Gil, Roger Casamajor, César Bea, Manuel Solo, Federico Luppi, Sebastián Haro, Mina Lira, Iván Massagué, Chema Ruiz, Milo Taboada. España-México-USA, 2006.



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    02/01/2007 11:43 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 10 comentarios.

    Profundo Carmesí, de Arturo Ripstein

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    En realidad, me había propuesto hablar de Pialat nuevamente (quería escribir sobre L’enfance nue), pero la reseña sobre la novela de Carlos Fuentes me llevó inesperadamente a revisar la que para mí es la mejor película de Arturo Ripstein, Profundo Carmesí por una asociación de ideas muy lógica. Al hablar de Carlos Fuentes hablé de Rita Macedo, y al hacerlo, cité su magnífica actuación en una obra juvenil de Ripstein: El Castillo de la Pureza; de ahí salté a reflexionar sobre la poética del cine ripsteniano, tomando como ejemplo esta película descarnada e intensa, cuyas virtudes son paradigmáticas dentro del universo de este autor.

    De nuevo en tandem con su esposa y guionista, Paz Alicia Garciadiego, Ripstein reelabora aquí una historia real ocurrida en los Estados Unidos que ya había sido filmada por Leonard Kastele en The Honeymoon Killers en 1970. Curiosamente, François Truffaut la cita como su película americana favorita. Salma Hayek se metió también en el papel de la verdadera protagonista de esta historia, Martha Beck, en Lonely Hearts, dirigida en este 2006 por Todd Robinson.

    Los verdaderos protagonistas murieron en la silla eléctrica en la prisión de Sing-Sing, en 1951: habían sido acusados de 17 asesinatos, aunque sus víctimas llegaban al centenar.
    Aquí, el desenlace se mexicaniza y los asesinos son ajusticiados con la famosa ‘ley fuga’ en medio del desierto sonorense, en un plano secuencia largo y esperpético, en el que Coral murmura a su amado Nico : ‘Hoy es el día más feliz de mi vida’ antes de caer fulminada por los disparos.
    A medio camino entre el esperpento y el melodrama, el cine de Ripstein se nutre de estos temas: crimen, miseria, amor desesperado. La muerte ronda siempre a sus protagonistas: es un personaje más. La historia de Coral y Nico (de Raymond y de Martha) le viene como anillo al dedo. El bolero que podría haber sido leit-motif de esta película se convierte en vals en esta obra, gracias a un tema hermoso de David Mansfield (la música del film ganó también en Venecia, donde Profundo Carmesí consiguió tres galardones).

    La interpretación es ejemplar. No es novedad en cuanto a Daniel Jiménez Cacho (Cronos, Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, Celos), uno de los grandes actores mexicanos, ni por lo que toca a Marisa Paredes, excelente como la viuda beata que sucumbe a los encantos del engañador; aparece brevemente la gran Patricia Reyes Spíndola, actriz fetiche de Ripstein (La reina de la noche, Así es la vida, La virgen de la lujuria, El coronel no tiene quien le escriba, El Evangelio de las maravillas, para sólo citar las obras de Ripstein en las que aparece); sobresale también Rosa Furman, en un breve pero contundente papel, y sobre todo Regina Orozco, (cantante de ópera y vodevil mexicano), estupenda como la enfermera Coral (verdadero ángel de la muerte), a quien dota de humanidad, locura y pasión verosímiles: decidida y sangrante en su amor incondicional.

    Los largos plano-secuencias característicos de Ripstein dan a la obra su ritmo ceremonial. El rito del amor convertido en sangre, en crimen, en huida y en redención. Es un tema vampírico: la sangre que alimenta el amor y la necesidad mutua de dependencia, de complicidad más allá de toda regla humana.

    Desgraciadamente no está disponible en DVD.


    Profundo carmesí (México-España-Francia, 1996):Dirección: Arturo Ripstein, Asistentes de Dirección: Iván Ávila y Edmundo Díaz, Producción: Pablo Barbachano y Miguel Necoechea [México]; José María Morales [España]; Marin Karmitz [Francia]; productora ejecutiva: Tita Lombardo; administrador de la producción: Puy Oria. Guión: Paz Alicia Garciadiego, Fotografía: Guillermo Granillo, Diseño de Producción: Mónica Chirinos, Marisa Pecanins, Macarena Folache y Patricia Nava; decorados: Antonio Muño-Hierro, Vestuario: Mónica Neumaier, Edición: Rafael Castanedo, Sonido: Antonio Betancourt, Gabriel Romo, Carlos Faruelo y Eduardo Valverde ,Música: David Mansfield ,Reparto: Daniel Giménez Cacho, Regina Orozco, Marisa Paredes,Verónica Merchant, Julieta Egurrola, Patricia Reyes Spíndola, Rosa Furman.

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    27/12/2006 14:07 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

    Nosotros no envejeceremos juntos, de Maurice Pialat

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    Este segundo largometraje de Pialat (1972) es una obra autobiográfica. Merlène Jobert cuenta, en una entrevista que aparece en los extras, que Pialat deseaba que ella usase un bikini exactamente igual que el que tenía ‘su’ Catherine y que lo que Pialat contaba en la película era la crónica desgarrada de la desintegración de su pareja. Así pues, el personaje de Jean, que con el acierto de siempre encarna el gran actor francés Jean Yanne, es un alter ego de Pialat.

    Jean es un cineasta, casado con Françoise, con quien mantiene una relación fraternal y átipica, pues en los momentos en que ella no viaja por Rusia comparten piso, si bien no cama.

    Su relación con Catherine dura ya seis años. Y con ella, Jean se comporta de manera dictatorial y caprichosa, cruel, a menudo violenta, alternando estos momentos de odio con otros de cierta ternura, de leves arrepentimientos,  y sobre todo, de dependencia.

    Catherine, por su parte, acepta con pasmosa naturalidad este errático comportamiento, hasta que finalmente su amor comienza a desaparecer.

    La poética de esta obra de Pialat se basa en dos recursos: la reiteración de los episodios de violencia y rechazo, por un lado, y la repetición de los episodios de reconciliación y el realismo y la naturalidad con el que se contemplan y transmiten. La película es una película en carne viva, que relata la peripecia amorosa de un hombre que no se gusta a sí mismo, que se condena al desamor por no saber cómo amar.

    Es una película desgarrada y extraña cuya fascinación radica precisamente en la aversión que el personaje de Jean nos provoca, y en la incredulidad que la actitud de Catherine nos despierta.

    Sin ser una película excepcional, sí es un obra reveladora y franca sobre esos momentos de destrucción de la pareja que todos hemos vivido alguna vez: una crónica veraz sobre la lenta, desesperante, interminable agonía de un amor.   

    Nosotros no envejeceremos juntos (1972) Dirección, producción, guión y diálogos a partir de su novela homónima (éditions Galliéra): Maurice Pialat ·  Productor asociado: Jacques Dorfmann · Fotografía: Luciano Tovoli · Sonido: Claude Jauvert · Montaje: Arlette Langmann · Reparto: Marlène Jobert, Jean Yanne, Patricia Pierangeli, Christine Fabréga, Jacques Galland, Harry-Max, Maurice Risch, Muse Dalbray y Macha Méril.

     

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    20/12/2006 05:34 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 2 comentarios.

    Bajo el sol de Satán, de Maurice Pialat

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    Esta reseña contiene datos que revelan el argumento.

      

    Hacía tiempo que no me pasaba por el Fnac y como soy una amante del cine francés y una admiradora del trabajo de Sandrine Bonnaire y de Gérard Depardieu, me decidí a comprar esta película, de la que no había oído hablar. Fui a la tienda a comprar un cuento rodado por Jacques Demy, Piel de asno, para mi curso de Cine y literatura. No me arrepentí del impulso.

    La película de Pialat es una historia que tiene mucho que ver con la mítica Ordet, o como la semi-propagandistica y más reciente Padre Pío (con un excelente Sergio Castellito). La obra parte de la adaptación de una novela de Georges Bernanos, del mismo nombre.

    Se trata de la historia de un santo, el padre Dossignan (Depardieu). Es, por tanto, una historia provocativa, en la medida que nuestro tiempo es un tiempo de escepticismo e irreligiosidad. Hombre basto y de origen campesino, Dossignan se entrega a la mortificación de la carne y a la oración, pensándose siempre indigno de la gracia de su estado, angustiado por su mediocridad, por su falta de valor como sacerdote. Se encuentra bajo la tutela de un deán: el padre Menois-Segrais (el mismo Pialat), quien trata de llevarlo hacia la templanza con tolerancia y paciencia, pero al mismo tiempo, dándose cuenta de que su protegido, su hijo espiritual, es un santo. Menois-Sagrais conoce la ambigüedad de esta condición. El santo (léase a Shaw, en su Santa Juana, o remitámonos, de nuevo,  a Ordet) , es un ser de pie en el filo del abismo, entre los demoniaco y la locura, entre la bondad y el pecado, asediado por todo tipo de pasiones, por todos los excesos, aunque sean excesos píos.

    El deán trata por todos los medios de apartar a Dossignon de este camino, sabiendo que fracasará: que a Dossignon le ha sido dado un don, y que ese don es fatídico, en el sentido etimológico de la palabra.

    El clímax sobreviene cuando envía a Dossignon a asistir a un cura vecino, y por el camino, que es su particular vía crucis, Dossignon es asediado por el diablo. El diablo, Satán, le concede el don de ver en el interior de las personas. No sabe Dossignon si éste es un don de Dios o un don del Diablo, si Dios es el Diablo o el Diablo es Dios, pero no puede renunciar al don. La ambigüedad es total ¿ Resiste a la tentación o se entrega a ella? En realidad no lo sabemos.

    Paralelamente, seguimos la historia de Mouchette (Bonnaire, siempre acertada), una adolescente promiscua, escéptica y cruel como tantas de su edad, que se entrega a varios hombres y comete un asesinato que queda impune. Dossignon mira en el fondo del alma de esta chica, al encontrarla al final de su camino. Le habla, trata de llevarla de nuevo a Dios, a su salvación, pero la chica le demuestra que su don no le sirve para nada: ella no será salvada.

    Desesperado, Dossignon vuelve al pueblo, explica a su mentor los encuentros. Mouchette está perdida, completamente. Pero Dossignon no se da por vencido. Lleva el cuerpo de Mouchette ante el altar, como ofrenda. Ensangrentado, como ella, pretende así vencer en el último momento y dar a Dios la oportunidad de salvar a a la suicida. Ante tales excesos, es retirado a una parroquia lejana, donde su fama de santo va extendiéndose.

    Finalmente, es llamado de nuevo, para salvar la vida de un niño. El milagro se produce. Se produce quizás, fugazmente. Los ojos del niño se abren. El peso de tal milagro es abrumador. Dossignan yace muerto en el confesionario. Menois-Segrais llega a tiempo para cerrar sus ojos.

     

     El aliento poético de la obra la eleva por encima de la media del cine de calidad. Es una película inspirada, bella, sin trampas ni cartón, tremendamente viva y misteriosa, como su propia esencia: el sentido de la santidad ¿cuál es? ¿la locura? ¿el exceso? ¿la angustia? ¿el miedo? ¿la soberbia? Sea lo que sea, no se la puede apartar o ignorar. Está ahí, en el alma de Dossignan, sin que él lo pretenda, más bien a pesar de él mismo. El milagro ¿de dónde proviene? ¿de Dios? ¿de su oponente? La vida ¿qué es sino una lucha constante entre Dios y Satán en nuestra alma? ¿es el Bien, el Bien? ¿La muerte, puede ser vencida por la Fe?

    Todas estas preguntas quedan planteadas, no resueltas.

    Con actuaciones memorables de todos los intérpretes (la trinidad formada por Pialat, Depardieu, Bonnaire), con una fotografía y un encuadre clásicos, extraordinarios, bellísimos sin ser amanerados, con una música divina, la película mereció la Palma de Oro de Cannes en 1987, en medio de la polémica por su contenido.

    La recomiendo calurosamente, ahora que está en DVD, en un estuche con dos discos y extras, que vale la pena comprar. Espero que la colección Maurice Pialat siga adelante editando toda su obra que, repito, merece ser vista y admirada.

      

    Bajo el Sol de Satán (Sous le soleil de Satan). Director: Maurice Pialat.

    Reparto: Gérard Depardieu, Sandrine Bonnaire, Maurice Pialat, Alain Artur, Yann, Dedet,  Brigitte Legendre, Jean-Claude Bourlat. Productor: Claude Abeille. Guión:

    Georges Bernanos y Sylvie Danton. Fotografía: Willy Kurant. Música: Henri Dutilleux.

    93 minutos. (Francia, 1987).

    (Adaptación de la novela de Georges Bernanos) y Palma de Oro en el Festival de Cannes.

     

     

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    21/11/2006 09:33 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 3 comentarios.

    El cine, en octubre

    A pesar de que el cine es una de mis pasiones inconfesables, por perversa, por pertinaz, por lasciva, no he ido al cine en varios meses. En primer lugar, en verano tuve un brote de agorafobia (he tenido varias fobias, pero ésta la estrené este verano, qué le vamos a hacer), que me impidió salir fuera de Sant Cugat, territorio, al parecer (y quién lo diría) seguro.
    En septiembre, ya curada de la mini-fobia veraniega, he tenido mucho trabajo, con la preparación del curso y después con su inicio. Siempre hay cosas que hacer y no tuve tiempo ni tal vez suficiente motivación para ir a ver Alatriste o Salvador.
    Así que octubre va a ser el mes del cine. Lo será, porque espero con ansia el estreno de tres películas de autor mexicano, el día 13, el de El Laberinto del Fauno, de mi bien amado compatriota Guillermo del Toro (1964). El hombre que, recreando el mito de Drácula en Cronos, lo convirtió en vampiro metafísico, ocupado en salvar de sí mismo a quien él más ama: su nieta, sacrificándose por ella. La actuación de Federico Luppi, otro de mis ídolos, encarnando a Juan Gris, es una de las mejores de la historia del cine en español. Gris lucha contra ese tandem letal de los Ángeles de la Guardia (maravillosos Claudio Brook y Ron Perlman) en una escena (la de la lucha en la fábrica de los De la Guardia), que no le pide nada (y perdón si suena blasfemo), a aquella mítica del Nexus recitando aquello de ‘ Yo he visto cosas que vosotros no creeríais”, etc.
    Después, del Toro ha hecho otras cosas que también me han gustado, aunque menos:
    Mimic (1997), una concesión a Hollywood, parcialmente fallida pero con valores interesantes, siempre rallando alto en el nivel visual y literario, Hellboy, que me parece una rara obra de poesía visual y un alegato un poco ingenuo, pero siempre culto de raíz humanista que se deja ver con sumo placer de principio a fin, o El espinazo del diablo, un intento de hacer un cine español a lo Agustí Villaronga (Tras el cristal) , pero más comercial, que tampoco cuajó del todo.
    Resumiendo, espero que El laberinto del Fauno me devuelva a ese Guillermo del Toro de Cronos, potente poeta de la imagen, sin concesiones comerciales, con buen pulso en la dirección y con un sentido del humor negro muy mexicano. Del Toro es un gran dibujante y un espléndido escritor, así que me preparo para este estreno con entusiasmo.

    Alfonso Cuarón (1961) estrena también su película en octubre. Presentada en el Festival de San Sebastián, parece que promete. Yo conocí a Cuarón con su segunda película, una adaptación preciosista y muy sensible de una novela victoriana, La princesita (1995), que había sido una de mis historias favoritas de chica. La primera versión había servido como vehículo de lucimiento de Shirley Temple, aquella niñita de rizos imposibles que fue estrella en los años 40-50 y que bailaba como dios. Pero la historia, como todas las novelas victorianas, tenía un lado oscuro. Y Cuarón lo reflejó. La historia de una niña rica que se convierte en pobre y sufre por ello todo tipo de humillaciones y desprecios le quedó de rechupete, pero que no trascendió demasiado. Después, adaptó al cine otra de las novelas inglesas que ya habían sido llevadas muchas veces a la pantalla: Grandes Esperanzas (1998), de Dickens, esta vez, trasladándola al mundo actual. La carrera de Cuarón comenzó a despegar en Hollywood. Y tu mamá también ( 2001 ), no sólo tuvo repercusión internacional, sino que lanzó a la fama a dos actores mexicanos, hoy internacionales: Gael García Bernal y Diego Luna, y cuenta con una raa actuación, sensible y coherente, de esa hermosa mujer y pésima actriz que es Maribel Verdú, que aquí está (casi) tan bien como en La buena estrella (sin que eso pueda servir de precedente).
    Pero no cabe duda de que fue su magnífica y oscura versión de Harry Potter y el Prisionero de Azkaban (2004) la que le dio la autoridad para emprender esta película que ahora tendremos oportunidad de ver y juzgar: Hijos de los Hombres, con Clive Owen, ese actor con cara de palo que tan bien encarnó al personaje central de la última historia de la grandiosa peli de Robert Rodríguez, Sin City.
    La película de Cuarón promete reflexión y belleza oscura. (Ya no aspiramos a la clara belleza renacentista, ya no somos capaces de crearla).
    Hijos de los hombres plantea una realidad de 2027: los hombres ya no pueden procrear. La película comienza con una muerte: la del ser humano más joven: un chico de 18 años. Owen se verá implicado en la protección de la única joven embarazada que existe en el mundo. Ella lleva en su vientre la esperanza de la vida. Cuarón advierte: no se trata de una cinta de ciencia ficción, sino de una reflexión sobre el mundo actual llevado a sus límites. No me la pienso perder.

    La tercera de mi lista es la última película de Alejandro González Iñárritu (1963), Babel, largamente ovacionada en Cannes y según se dice, injustamente privada de la Palma de Oro.
    Cómo no sentirme cerca de su propuesta. Tan cerca como me sentí de sus Amores Perros (2000), a pesar de la nefasta actuación de la canaria Goya Toledo, y de 21 gramos (2003), una de las mejores películas de la última década.
    González Iñárritu, junto con su guionista Guillermo Arriaga, entrecuza cuatro historias con la habilidad y la inteligencia de un Robert Altman, pero con un discurso más humanista que ácido. Y con una solvencia técnica y estructural que sólo él posee en estos momentos. Cuatro historias, cuatro lenguas, una sola película que marca un paso adelante en la trayectoria de este excelente cineasta.


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    01/10/2006 14:36 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 8 comentarios.

    El primer corto de Tim Burton: Vincent


    Uno de mis cineastas favoritos: Tim Burton. Comenzó su irregular y apasionante carrera como director con este corto, Víncent (1982). Os lo pongo en inglés, porque el narrador es el mismo Vincent Price que es el ídolo de nuestro personaje principal (y también de Burton). Pero si queréis verlo en español, pinchad aquí.

    Se trata de un cortometraje rodado en stop motion, técnica que Burton ha utilizado también en Pesadilla antes de Navidad (1993) y en La novia cadáver (2005) y el texto rimado es un homenaje al poema más famoso de Edagr Alan Poe, El cuervo.

    Disfrutadlo.

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    25/08/2006 15:31 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 14 comentarios.

    Mis ocho finales de cine favoritos

    Mi gran amigo Ramon me ha pasado el testigo de este tema, y aunque habría muchos más, cumplo con él y paso el testigo a ese otro buen cinéfilo y amante de Cronenberg que es Licantropunk.

    Mis ocho mejores finales del cine son, en desorden, e intentando no repetir las elecciones ya hechas por mi amigo, que suscribo también:

    Drácula de Francis F. Coppola, síntesis de horror y amor imposible. Maravillosa historia recreada genialmente.

    La mirada de Isabelle Huppert en La dentèlliere, de Claude Goretta. El inconmensurable vacío interior que deja el abandono.

    El Sur, de Víctor Erice, que como sabemos, no es un final y que es tan enigmático, tan misterioso y mágico.

    M. Butterfly, de David Cronenberg, con Jeremy Irons inmolándose por fin: adoptando el verdadero papel que le correspondia en su historia amorosa: el de Butterfly, la mujer que no puede sobreponerse a la pérdida del amado.

    La habitación verde, de FrançoisTruffaut, con Natalie Baye encendiendo la última vela del mausoleo de los recuerdos en memoria de Julien, su creador, el hombre que vivía para recordar a sus muertos.

    Aguirre, la cólera de Dios, de Werner Herzog, con Kinski-Aguirre muriendo en medio de ese río milenario, rodeado de monos y de cadáveres, tras un travelling circular mítico y el asesinato de única persona que amaba.

    2001, Odisea del Espacio, de Stanley Kubrick, el eterno retorno más hermoso del cine. La historia de la humanidad mejor contada, que sin contar una historia las cuenta todas.


    Y finalmente, Retrato de Jenny de William Dieterle, cuando el retrato a todo color que finaliza una película en blanco y negro nos da la medida del paso del amor (extraño y mágico de los protagonistas) al arte, eterno.


    28/07/2006 14:00 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 9 comentarios.

    La Seconda Volta, cine y terrorismo

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    Aunque el cine italiano no pasa por su mejor momento, algunas de sus películas son dignas de ser vistas, reseñadas e incluso recordadas. Los actores italianos más conocidos hoy en día son Mauricio Bentivoglio (La balia -1999-); Sergio Castellito (Deliciosa Marta- 2001-), Roberto Benigni (La vida es bella – 1997-) y Nanni Moretti (La habitación del hijo -2001-, Caro Diario -1994). De ellos, ninguno me es particularmente simpático, aunque haya disfrutado con alguna de sus películas (Deliciosa Marta me parece una excelente comedia romántica, La habitación del hijo un drama preciso y eficiente, La Balia, también con Bruni-Tedeschi, un melodrama de clase muy bien contado). Pero hay un par de películas que me parecen sobresalientes, una, ésta que reseño hoy, La seconda volta. La otra, Che ora è (Ettore Scola, 1989), que se me quedará, por ahora, en el tintero, con los ya desaparecidos Marcello Mastroianni y Massimo Troisi (a quien seguramente recordaréis por El cartero de Neruda, con el gran Philip Noiret).
    Desaparecida la gran generación de actores italianos como Mastroianni, Gassman, Sordi, Tognazzi(y Volonté y Giannini en plena vejez), desaparecidos también los Monicelli, Visconti, Pasolini, de Sica… En decadencia los Bellochio, Bertolucci, los Taviani y Scola mismo, el testigo, en los últimos quince años, ha caído en manos que podríamos adelantar que no están a la altura del cine anterior y que no son otras que las de Moretti, Benigni o la propia Bruni-Tedeschi.
    De todos, el más regular y prolífico es Moretti. Su trayectoria política -es comunista, trotskista, para ser exactos-, está íntimamente ligada a su actividad como cineasta, que está enmarcada claramente dentro del cine político que tan importante ha sido siempre en Italia, país que ha vivido, tanto en su cine como en su literatura, en una larga reflexión sobre los problemas que plantea el capitalismo, sobre todo por lo que toca a la lucha de clases y a la industrialización; los temas de fábrica-industria-proletariado-ciudad, son centrales para la intelectualidad italiana progresista. En anteriores reseñas (Véanse las entradas sobre Volponi o Pasolini), ya he hablado de este contexto discursivo que debemos tomar en cuenta cuando hablamos de la cultura italiana desde la Segunda Guerra Mundial hasta hoy.
    La seconda volta va más allá y plantea, desde una perspectiva humanista, el tema de las secuelas que dejó en la sociedad italiana la irrupción del terrorismo de las Brigadas Rojas en la Italia de los años setenta y ochenta. La acción transcurre en la década de los noventa y está centrada en Alberto Sajevo – víctima de un atentado- y Lisa Venturi – la terrorista que le dejó una bala alojada en el cerebro-. La película trata de la persistencia, en uno y otra, de las consecuencias de unos actos que en Italia ya son pasado, pero que aún se manifiestan como vivas y presentes a través de las víctimas sobrevivientes de los atentados, de sus familiares y de los presos que aún están cumpliendo condenas, muchos de ellos ya en un tercer grado, como la propia Lisa Venturi de la película.
    La acción tiene lugar en Turín (sede de la fábrica de las fábricas italianas: la Fiat). Alberto Sajevo (Moretti), es un profesor universitario. Un hombre solitario, triste, marcado por un atentado contra su vida que le dejó un recuerdo que persiste: la bala que le dispararon no fue extraída en su momento, por razones médicas. Vive con ella. La bala se ha movido y hay que operar. Su vida entra en un angustioso momento de espera, cuando casualmente, mientras viaja en un tranvía, ve pasar a su ejecutora, Lisa Venturi (Valeria Bruni-Tedeschi). No es extraño que la siga, perplejo: la ve circular libremente por las calles con su abrigo rojo. La sigue, la observa, la ve reír, charlar, comer. Tampoco es extraño que ella no le reconozca. Han pasado doce años y ella está fuera durante el día: ya sólo vuelve a la cárcel por la noche, después del trabajo. Le ha olvidado o más bien, ha olvidado su cara: él no fue, en el momento del atentado, una persona para ella, él era sólo un objetivo. Por eso le disparó.
    Venturi le dirá luego, cuando se entere de su identidad, que lo hizo convencida de que las ideas que defendía eran correctas. Ella no puede admitir, no admitirá nunca, que los fines no justifican ciertos medios. No lo hará porque es su tabla de salvación en esa vida suya, ya rota para siempre a causa de su crimen. Distantes, los dos han coincidido un momento. Él desea saber la razón ¿Por qué alguien decide disparar a la cabeza de un hombre, de un profesor universitario, de un empresario, de un concejal? Por qué alguien puede apretar un gatillo fríamente sobre otro ser? ¿qué razón puede impulsar a una persona para hacer eso? No hay respuesta posible. Lo cierto es que las dos vidas se truncan. No hay una víctima, hay dos. De distinto modo, ambos han muerto en ese acto. El terrorista, al matar a otro, se mata también a sí mismo. La vida de Venturi está tan rota como la de Sajevo. Tan destruida la una como el otro. ¿Con qué fin, por qué sucedió esto? La gran pregunta queda sin respuesta.
    Lejos del pensamiento vengativo, Sajevo; lejos del arrepentimiento, Venturi: los dos personajes solos, desgajados de los demás y de sí mismos.
    Las actuaciones son contenidas, expresivas y eficaces. El guión, duro y concreto, nada melodramático: realista. La puesta en escena, sobria. Una película para no olvidar.

    Nota al margen: España está todavía en un tramo lleno de dificultades en el tema del terrorismo y debatiendo encarnizadamente sobre sus víctimas o sobre un posible diálogo para el fin del terrorismo. España está lejos todavía de poder reflexionar, como Italia, sobre estos hechos terribles con cierta distancia o con pretensiones de objetividad. Al ver ayer la chulería y el desprecio, la actitud inhumana de dos etarras en el juicio – entre otros crímenes- por el asesinato a sangre fría del concejal del PP, José Luis Blanco, pensé qué lejos estamos todavía, qué lejos de la paz.

    La seconda volta, Dirección Mimmo Calopresti; Reparto: Nanni Moretti, Valeria Bruni-Tedeschi, Valeria Milillo, Simona Caramelli, Roberto de Francesco, Francesca Antonelli, Paola de Vita, Antonio Petrocelli; Guión: Heidrun Schleff, Mimmo Calopresti, Francesco Bruni; Productores: Nella Banfi, Angelo Barbagallo, Nanni Moretti; Música: Franco Piersanti; Fotografía: Alessandro Pesci; Edición: Claudio Cormio; Dirección artística: Guiseppe M. Gaudino (Italia, 1995).

    15/06/2006 09:51 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 6 comentarios.

    El blog de mi amigo Ramon Ballcells

    Ramon, cinéfilo de pro y adolescente talentoso, ha hecho una video-promoción de su estupendo blog de cine. No puedo resistir la tentación de ofrecérosla:

    29/05/2006 16:50 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

    Pedro Almodóvar, Premio Príncipe de Asturias de las Artes 2006

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    Felicidades cordiales y entusiastas al gran director, a Pedro Almodóvar, gran conocedor de almas femeninas y masculinas, al singular buceador de las emociones humanas. Posee una estética única, un lenguaje personal. En suma, es un artista. Puede gustar o repeler, pero no deja indiferente. Mi preferida es La ley del deseo, que considero su mejor obra, pero también me gustan mucho Átame, La flor de mi secreto y Habla con ella. Para mí la trilogía de directores españoles actuales la conforman Erice, Villaronga y Almodóvar, pero nuo cabe duda que el manchego ha conseguido concitar el interés internacional. Es un premio muy merecido.

    De la web de la Fundación Príncipe de Asturias he sacado este fragmento:

    Pedro Almodóvar ha sido galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes 2006, según hizo público hoy en Oviedo el Jurado encargado de la concesión del mismo. Su obra, enraizada en una sociedad española que se abría a profundos cambios, ha adquirido una dimensión universal a través de un lenguaje original de gran riqueza expresiva, capaz de sintetizar la complejidad humana.  El Jurado de este Premio -convocado por la Fundación Príncipe de Asturias- estuvo presidido por José Lladó y Fernández-Urrutia, e integrado también por José Luis Álvarez, Fernando Argenta, Juan Cruz, Fernando Delgado, Isabel Falabella, Jorge Fernández Bustillo, José Luis Garci, Guillermo García-Alcalde, Jordi García Candau, Rosina Gómez-Baeza, Luis Hernando, Carlos Madera, Miguel Muñiz, Benigno Pendás García, Juan Ramón Pérez Las Clotas, Rodrigo Uría Meruéndano, Amelia Valcárcel, José Velasco y José Antonio Caicoya (secretario). Pedro Almodóvar, uno de los cineastas españoles más aclamados internacionalmente, nació en Calzada de Calatrava (Ciudad Real) en 1951. En 1967 se trasladó a Madrid donde trabajó esporádicamente como actor. Tras aprobar unas oposiciones, en 1969 ingresó como administrativo en la Compañía Telefónica Nacional de España, tarea que compaginó con sus aficiones cinematográficas. Entre 1974 y 1978 realizó varios cortometrajes y durante la década de los setenta se dedicó también al teatro, la música y las colaboraciones en revistas. En 1980 Almodóvar rodó su primer largometraje, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón. La película resultó un éxito, lo que le permitió abandonar su trabajo en Telefónica para dedicarse por entero al cine. En 1985 fundó, con su hermano Agustín, la productora El deseo. A partir de entonces, produce sus propias películas y también las de otros directores. El éxito de Almodóvar como director se consagró a partir del estreno de ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984), que la crítica ha considerado su mejor filme. Ha escrito y dirigido películas como Laberinto de pasiones (1982), Entre tinieblas (1983), Matador (1985), La ley del deseo (1986), Mujeres al borde de un ataque de nervios (1987), ¡Átame! (1989), Tacones lejanos (1990), Kika (1993), La flor de mi secreto (1995), Carne trémula (1997), Todo sobre mi madre (1999), La mala educación (2004) y Volver (2006). El largometraje Hable con ella (2002) fue considerado en 2005 como la mejor película de la última década por la revista norteamericana The Time. Su cine representa habitualmente una realidad marginal y suburbana, cargada de dramatismo. Además de escribir sus propios guiones y dirigir sus largometrajes, Almodóvar publicó en 1982 la novela Fuego en las entrañas. 

    Ha obtenido a lo largo de su carrera más de 40 galardones entre los que cabe destacar, dos Oscar: a la mejor película extranjera por Todo sobre mi madre, en 2000 y al mejor guión original por Hable con Ella, en 2003. Posee también cuatro Premios Goya: a la mejor película y al mejor guión original por Mujeres al borde de un ataque de nervios en 1989, y a la mejor película y al mejor director por Todo sobre mi madre en 1999. Además, en Francia ha ganado tres Premios Cesar: a la mejor película extranjera por Tacones lejanos en 1993, a la mejor película extranjera por Todo sobre mi madre en 2000 y a la mejor película de la Unión Europea por Hable con ella en 2003. En el Reino Unido obtuvo dos Premios Bafta a la mejor película de habla no inglesa en 2000 por Todo sobre mi madre y en 2002 por Hable con ella. En 2005 La mala educación recibió el Premio del Círculo de Críticos de Nueva York a la Mejor Película Extranjera. La Cinemateca Francesa, en colaboración con el Ministerio de Cultura y Comunicación francés, organizó en 2006 una exposición monográfica sobre el director manchego y una retrospectiva de sus películas.

      

     


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    17/05/2006 22:02 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 12 comentarios.

    Comienza el Festival de Cine Asiático de Barcelona

    20060428132729-baff-poster.jpgLa octava edición del Festival de Cine Asiático de Barcelona – BAFF, se celebrará del 28 de abril al 7 de mayo de 2006. en el CCCB (Centre de Cultura Contemporània de Barcelona), los Cines Club Doré y Casa Asia. La India es el país invitado de esta edición, y su colorido y barroquismo es también el protagonista de la imagen del festival. Su cine comercial, conocido en todo el mundo como Bollywood, será el gran protagonista de la sección con algunas de sus mejores y más espectaculares producciones de los últimos años. También haremos una retrospectiva del cine de autor indio de los últimos quince años. El festival se inaugurará el 28 de abril en los cines Doré con la película del director chino Hou Hsiao-hsien Three Times (Taiwan, 2005). La nueva película de uno de los directores favoritos del BAFF es una historia de amor ambientada en tres momentos diferentes, 1911, 1966 y 2005. La protagonista es Shu Qi, que ya trabajó con Hsiao-hsien en Millenium Mambo. El director de fotografia Christopher Doyle (In the Mood for Love, Chunking Express), estará presente en el BAFF 2006 dando una clase magistral el día 30 de abril y presentando la película de Pen-ek Ratanaruang, Invisible Waves, en la que vuelve a encargarse de la fotografía.
    Este año se ponen en marcha abonos 5x4 (cinco entradas al precio de cuatro). Costarán 20€ y se podrán adquirir en los puntos de información que el BAFF tendrá en el CCCB y los cines Aribau Club, a partir del día 29 de abril. El abono sirve tanto para las sesiones del CCCB como del Aribau Club y no sirve para comprar entradas anticipadas. Antes de cada sesión habrá que retirar la entrada correspondiente en los puntos de información del BAFF (podrán retirarse hasta un máximo de cuatro entradas al mismo tiempo).
    Ya están disponibles las entradas de las sesiones del BAFF 2006, a través de ServiCaixa (las sesiones de Aribau Club) y Tele-entrada (las del CCCB). En la sección prensa de la web hay disponible un documento en pdf para descargar.

     

    Inscripción: info@baff-bcn.org / retinas@retinas.org
    Capacidad de aforo: 500 personas en el hall del CCCB y 180 en el auditorio del CCCB

    Programa

    Organizadores: 100.000 RETINAS
    Colaboradores: Casa Asia, Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, Generalitat de Catalunya - ICIC, Ajuntament de Barcelona - ICUB

    Más información: www.baff-bcn.org

     

    28/04/2006 13:29 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 4 comentarios.

    Un corto de Víctor Erice: Alumbramiento

    20060403190440-alumbramiento-de-victor-erice.jpg

    Este corto puede verse en la exposición del CCCB que he reseñado antes aquí. Es uno de los cortos incluido en el film colectivo Ten minutes older (2002). Directores: Aki Kaurismäki, Víctor Erice, Werner Herzog, Jim Jarmusch, Wim Wenders, Spike Lee, Chen Kaige. Gran Bretaña, Alemania, España, Holanda, Finlandia, China. Blanco y negro/Color (Technicolor). Duración: 92 minutos.

    Espero que se pueda ver bien. Vale la pena.


    03/04/2006 19:05 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 10 comentarios.

    Guillermo del Toro : Cronos y Hellboy

    20060224214725-cronoscart.jpg

    Como Guillermo del Toro, me siento fascinada por los mecanismos que hacen tic-tac y se mueven de maneras a menudo amenazantes. Me encantan los autómatas y las manecillas, los pernos, las ruedecillas en movimiento, los engranajes.

    Lo que primero y antes que nada me fascinó en Cronos es el mecanismo de Fulcanelli. Yo creo que sólo por estos dos prólogos a sus dos mejores películas: el de Fulcanelli en Cronos y el de Rasputín, en Hellboy, del Toro ya merecería mi atención (y mi admiración).

    Me gusta también el cine fantástico, desde el ingenuo de fantasmas (El fantasma y la Sra. Muir, o El fantasma de Canterville), como el más clásico: Frankenstein, Nosferatu y Drácula con toda su descendencia. Soy también una de las pocas personas a quien le gustó Inteligencia Artificial (lo digo como advertencia, por si esto resulta tan ominoso que no se quiera pasar de este párrafo).

    Cronos fue la película más cara del cine mexicano en su momento y la que mejor ha definido hasta ahora el posible y probable talento de su creador. Después de ella, del Toro patinó, aunque elegantemente, tanto con Mimic como con Blade II, aunque estos dos no eran productos personales. Ambas acabaron siendo tremendas gringadas, aunque mantenían la incógnita sobre la existencia de un universo personal y una forma de hacer cine del mexicano...El espinazo del diablo para mi gusto no despejó esa incógnita: es una película interesante, pero también fallida. El reparto no es convincente (no me gusta Noriega: yo habría elegido a David Selvas, un actor catalán de ese mismo tipo, pero mucho más misterioso y más hondo, que ha trabajado bastante con Ventura Pons). La relación Marisa Paredes-Federico Luppi recuerda demasiado, lo mismo que la atmósfera, a la estupenda, mucho más oscura y tenebrosa y en todo superior a ésta, Tras el cristal ( 1987, no reeditada en DVD), de uno mis ídolos más estimados: Agustí Villaronga. Hay algo en El espinazo, algo central, que no acaba de funcionar... ¿probablemente el guión?

    Para mí, hasta ahora, Cronos sigue siendo (espero con ansia El laberinto del Fauno), la mejor obra de Guillermo del Toro.

    La historia de Jesús Gris y su fortuito encuentro con el mecanismo que procede del siglo XVI, aunque se le supone muy anterior, es una variante muy fértil del matrimonio entre dos mitos: Frankenstein ( y la presencia de la inocente Aurora como testigo mudo y partícipe de la historia de la trasformación de su ser más amado en un vampiro y en un monstruo) y Drácula, en su afán por atravesar los umbrales de la vida eterna. El secreto o la adicción de Jesús Gris es codiciada por Ángel de la Guardia (Ron Perlman, actor fetiche del mexicano), que actúa como emisario sanguinario (pero no carente de humanidad o de ternura esporádica), de su tío, el magnífico Claudio Brook (Dieter de la Guardia) a su vez, actor fetiche de Alejandro Jodorowski en México y Simeón del Desierto de Luis Buñuel: un actor inmenso (no sólo por su altura: voz maravillosa, contención, sobriedad, expresividad: un mito). No puedo imaginar un matrimonio más interesante que el de Luppi-Gris con Margarita Isabel (Mercedes): actriz cuya frescura e inmediatez dialoga, contrastante, con la filosofía que a Luppi-Gris se le supone...Y a todo esto hemos de agregar la estupenda secuencia de humor negro, puro mexicano, surrealismo puro, que nos regala Daniel Giménez Cacho en el papel del incinerador del plátano. Secuencia que, me temo, sólo resulta comprensible y cómica para el público mexicano, tan acostumbrado a burlarse de La Calaca o de La Flaca, mucho más jacarandosa que la Muerte europea, aunque no sé qué opinaría Durero. Escena negra que es tan característica del humor de Guillermo del Toro: un humor políticamente incorrecto.

                            Durero

    Del Toro en Cronos nos cuenta una historia de amor incondicional: la de Aurora por Jesús Gris, su abuelo. Una historia de aceptación de la diferencia. Del Toro, obeso y conscientemente un freaky, nos cuenta esta historia en la que una niña que no es del todo inocente, pero sí pura (inocencia y pureza no son sinónimos), conseguirá probar que el amor todo lo puede. Aurora seguirá a su abuelo, le acompañará en su periplo desde la primera escena, con la irrupción inquietante del extraño (Ángel de la Guardia- Perlman) y el descubrimiento de mecanismo de Cronos, hasta su renuncia a la inmortalidad. Renuncia que Jesús Gris hará por amor: por amor a Aurora.

                            El mecanismo en marcha

    El estilo visual de del Toro es preciosista, es culto. Es bello. Gracias a la fotografía espléndida de Guillermo Navarro, del Toro despliega su conocida paleta de colores. Los contrastes del refugio de la niña (la luz que se filtra por la lámina asaeteando al vampiro aún naciente), los azules y fríos tonos del refugio de los De la Guardia... Los rojos de la carne en la nevera, que le llama, la sangre convertida en exquisito manjar, en anhelada pócima vitalizante; el ocre de la piel que se acartona, del fuego que enciende el incinerador.

    Todo en Cronos remite a algo: iconográficamente, simbólicamente, incluso los nombres de sus personajes simbolizan. Los colores, las figuras de los ángeles barrocos envueltas en plástico, los frascos que guardan las miserables vísceras del angustiado De la Guardia. Las diferentes atmósferas. La música, de tango en la escuela de la diurna esposa, y clásica, barroca, pesadamente ornada y solemnísima en las escenas vampíricas... La lucha épica en la fachada del almacén de los de la Guardia, y el sacrificio de Jesús. Aurora. Noche y día, luz y sombra, amor y ambición, eternidad y muerte. Todo ello en perfecto equilibrio estético y ético en la opera prima sorprendente de un Guillermo del Toro con 23 añitos... 

                            Hellboy y la puerta de la destrucción

    No vi Hellboy en su estreno. He esperado bastante, lo sé. No pensaba gastar mucho dinero en ella, a pesar de mi curiosidad. Tal vez la proximidad del estreno de El laberinto del Fauno sirvió de espoleta. No me ha decepcionado.

    El prólogo es espléndido y podría haber sido simplemente risible. Pero queda impecable, casi como la escena en la que Coppola hace que su Drácula haga brotar sangre de la cruz, cuando blasfema, cuando se convierte en ser inmortal, herido de amor y lleno de ira. A del Toro le queda un prólogo solemne, creíble, trágico y litúrgico con un final algo naïve que recoge el ’nacimiento’ de Helboy, ese pequeño demonio rojo que será adoptado como hijo del profesor Broom (espléndido, como siempre, John Hurt). Y que viene anunciando lo que vendrá después. Los caballeros de Thule, la asociación nazi, Ilse, la bella nazi, y Rasputín (el Rasputín de los Romanov), ven fracasar su intento de abrir las puertas de la destrucción. Broom y los soldados aliados abortan la operación que iba a dar la victoria a Hitler.

    Cincuenta y cinco años después, volvemos a encontrar a Hellboy y a su padre. La historia de Hellboy tiene que ver más con Frankenstein que con los superhéroes. Tiene la particularidad de que ha sido educado y entrenado para luchar contra los otros monstruos que se sabe que esperan desatar el Apocalipsis, él es un monstruo. Los hombres lo ven como tal. Debe destruir a los suyos, debe superar su parte de monstruo para  ser por fin un hombre. Para decidir. Su amor por la atormentada Liz ( espléndida Selma Blair), mujer monstruo también, a pesar de su belleza y de su trágica mirada, pues es autoinflamable, los celos que le provoca la llegada del angelical ayudante de Broom, y centralmente, los trabajos que debe llevar a cabo (semejantes a los de Hércules en algunos momentos), para librar a la humanidad de la amenaza del Apocalipsis y del mal, constituyen los ejes de la película. A veces extremadamente bella, siempre bien fotografiada por Gabriel Navarro, a menudo excesivamente prolija...la obra me ha gustado.

    Me ha gustado la estética. El color, nuevamente, creo que muy distintivo del estilo del Toro... El humor, siempre presente, Las escenas evocadoras, como ésa de la azotea entre el monstruo y el niño, tan parecida a la de su fuente, la de Frankenstein con la niña en el estanque, pero sin elipsis. El amor, finalmente admitido, sin cursilería y sin crudeza. La amistad entre ese ser delirantemente hermoso que es el anfibio (Abe Sapien, interpretado por Doug Jones, quien también actúa en El laberinto) y Hellboy. la reconciliación, tras el mal trato y el desprecio, con el Jefe John Manning, interpretado con extrema eficacia por Jeffrey Tambor. La decisión, por encima de lo personal, ejemplarmente ética, de Hellboy. Los diálogos. Los escenarios, los exteriores e interiores, tan cuidadosamente filmados. En fin, que me ha parecido que, sin ser una obra maestra como la de Coppola, Hellboy es una obra elegante, inspirada, quizá con una estructura demasiado barroca, pero muy acertada.   

    Las actuaciones de los principales actores son estupendas: Ron Perlman, John Hurt y Selma Blair bordan los papeles. Menos acertados me han parecido Karel Roden (como Rasputín) y Rupert Evans como John Myers.

    La historia de amor entre Ilse y Rasputín es bella, aunque sea muy secundaria en la trama, porque contribuye a humanizar al enemigo, recurso que ya conocían los autores de poemas épicos, cuyos argumentos, en el fondo, no difieren demasiado de los de estas películas.

    Curiosidades: La reedición conmemorativa de Cronos en DVD (dos discos) es estimulante, porque del Toro es, además, un gran conversador y un hombre interesante y vitalista, que sabe comunicar a la perfección. Es también un dibujante de primera (el storyboard es interesantísimo, así como los detalles de diseño del  mecanismo), y en su comentario explica anécdotas muy curiosas, como que después de filmar, se enteró que la niña que hace de Aurora tenía poderes. No hay casualidades en esta vida.

    La versión comentada de Hellboy con del Toro y Mike Mignola, autor del conocido comic en que se basa la película es extraordinariamente divertida, chispeante, ilustrativa y no os la deberíais perder. El doble disco trae otros muchos contenidos para los fans más acérrimos. 

     

    Cronos. Dirección: Guillermo del Toro. Guión: Guillermo del Toro. Fotografía: Guillermo Navarro. Música: Javier Álvarez. Dirección artística: Talita Figueroa. Montaje: Raúl Dávalos. Intérpretes: Federico Luppi (Jesús Gris), Ron Perlman (Ángel de la Guardia), Claudio Brook (Dieter de la Guardia), Margarita Isabel (Mercedes Gris), Tamara Shanath (Aurora Gris), Daniel Giménez Cacho (Tito), Mario Iván Martínez (Alquimista) , México 1992.

     

    Hellboy. Dirección: Guillermo del Toro. Guión: Guillermo del Toro; basado en un argumento de Guillermo del Toro y Peter Briggs; basado en el cómic creado por Mike Mignola. Producción: Lawrence Gordon, Lloyd Levin y Mike Richardson. Música: Marco Beltrami. Fotografía: Guillermo Navarro. Montaje: Peter Amundson. Diseño de producción: Stephen Scott. Dirección artística: Marco Bittner Rosser y Peter Francis. Vestuario: Wendy Partridge. Intérpretes: Ron Perlman (Hellboy), John Hurt (Trevor "Broom" Bruttenholm), Selma Blair (Liz Sherman), Jeffrey Tambor (Tom Manning), Karel Roden (Grigori Rasputín), Rupert Evans (John Myers), Doug Jones (Abe Sapien), Brian Steele (Sammael), Ladislav Beran (Karl Ruprect Kroenen), Bridget Hodson (Ilsa), Corey Johnson (Agente Clay). USA. 2004.

     

     

    24/02/2006 21:48 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 2 comentarios.

    La reedición del Teorema de Pier Paolo Pasolini

    20060218122400-teorem.jpg

     La burguesía nunca logrará convertir a todos los hombres en burgueses

    Cuando yo comencé a ver cine, comencé por los grandes, o sea, por el postre: Bergman, Visconti, Monicelli, Truffaut, Godard... Pasolini.

    La primera película que vi de Pasolini fue Teorema. Coincidía totalmente con mi visión del mundo burgués. Yo entonces era trotskista, que es una forma romántica de ser comunista. Pasolini me vino a confirmar que existe un rojerío romántico.

    Para entonces, por el lado del teatro yo estaba conociendo a Samuel Beckett y a Fernando Arrabal, a Antonin Artaud, a Cocteau, a Strindberg (El ensueño), todos ellos a través de los montajes que Alejandro Jodorowski llevaba a cabo en La Casa del Lago, o sea, a través del teatro universitario de Chapultepec. De los 16 a los 18 años, me alimenté de estos grandes escritores y cineastas. Como es obvio, algunos no me han abandonado nunca. Pero algunas de sus obras no las he vuelto a ver sino años después, pasado ya tanto tiempo que no sé, antes de revisitarlos, si me seguirán hablando al oído, como antaño, o si me van a parecer extraños, lejanos, insostenibles...

    Llevada por la curiosidad o por la nostalgia, he vuelto a ellos, a veces sintiendo ligeras decepciones ( es el caso de Jules et Jim, de Truffaut). Otras, reconsiderando el contenido simbólico, pero sintiéndome de nuevo implicada (Persona, de Bergman) y todavía más, reconstruyéndolas en mi interior como si el tiempo no hubiese pasado: es el caso de Teorema.

    Stamp en Teorema

    Hace unos días pude volver a verla gracias a la oportuna reedición en DVD del Fnac. Visualmente, no ha envejecido. Pasolini tiene la cualidad de enmarcar a sus personajes desde una distancia que respeta su intimidad y que también nos muestra su carácter. Es una película metafórica, como siempre, que comienza cuando el Godot de Beckett ya ha llegado.

    Si en la obra de Beckett los personajes se pasan el tiempo esperando a alguien que no saben quién es, aquí se ven desbordados por el deseo que les despierta un personaje que ya ha llegado. No sabemos qué hace en esa casa, o por qué ha llegado ahí. La película comienza con una escena de falso documental, comienza por el final, cuando el padre ha regalado su fábrica de Milán a los obreros, y el periodista televisivo pregunta a éstos si se trata del gesto de una nueva burguesía ’revolucionaria’, de una tendencia nueva, o de una nueva trampa. Lo cierto es que la familia burguesa sucumbe a este intruso y se deshace, sustentada como estaba por columnas de barro : su vida entera ha sido un gran vacío que se muestran incapaces de superar cuando el visitante marcha.

    Cada uno de ellos se lanza a resolver este vacío de diverso modo. El final es uno de los más bellos de la filmografía del cineasta italiano: ese padre de familia desnudo, que se ha despojado de todo, en medio de su desierto (desierto que tantas veces retrató maravillosamente Pasolini en Edipo rey, en Medea), gritando, inacabablemente, su desesperación.

      

    ¿Quién es él? Bueno, se ha especulado tanto: Pasolini aclaró quién no era: no es Jesús de Nazaret redivivo y modernizado. No es Eros  ¿Es un dios campestre, pre-industrial, es la conciencia de Lo Sagrado, es el Deseo sagrado? ¿Es La Trascendencia? ¿Acaso La Verdad interior? ¿La Conciencia? Yo creo que en el discurso de Pasolini, (y luego comprobé, en el de su amigo Paolo Volponi, del Memoriale que leí gracias a Sara), el hombre verdadero no es el hombre de la fábrica, el hombre del siglo XX, industrializado, enajenado por los valores burgueses: dinero, comodidad, familia burguesa, carente de verdaderos lazos que unan a unos con otros en lo profundo.
    El hombre de verdad, para Pasolini, sigue siendo el que habita en los pueblos, el que acepta los ciclos de la vida, las estaciones, el que come de la tierra, el hombre pre-industrial, el que vive aún en el territorio de lo sagrado, llámese como se llame, religión, fábula o mito. El hombre que convive con naturalidad con el milagro o con la maldición. El que es capaz de hacer crecer un arroyo con sus lágrimas. El que puede comer ortigas para purificarse, el que tiene la mirada llena de horizonte. El que no ha vaciado su alma en busca de los bienes materiales: ése, que va desapareciendo en Europa, pero que aún existe en el fondo de cada uno de nosotros. Ese que no tiene un desierto interior. Que no está solo en el planeta. Que pertenece a él.
    De todos los personajes, sólo Emilia, la criada que es sustituida en la casa burguesa por otra criada también llamada Emilia (otro guiño pasoliniano: los servidores son siempre los mismos para la clase dominante y son intercambiables, no tienen nombre o sólo tienen uno: servidores), vuelve al pueblo. Reacciona ante la ausencia del visitante santificándose, reintegrándose en su verdadera vida como chamana, regando con sus lágrimas la infértil tierra, que se apresta a ser invadida por el capital. Ella es la única que busca en su interior, fertilizándose para los Otros, para los Suyos.
    --No he venido a morir aquí -le dice a su acompañante-, sino para renacer.
    El guión no tiene escritas ni mil lineas de diálogo. No las necesita. Habla con las imágenes, con las miradas, con el silencio del misterio.
    Así, la película volvió a hablarme, a interrogarme y a moverme cosas. Para eso está hecho el arte ¿no es cierto?
    Terence Stamp está tan perfectamente hermoso, tan cálido, tan tierno, tan mudo en su ofrenda. Silvana Mangano y los demás actores, con un diálogo totalmente minimalista, apenas necesario, expresan su vacío, su felicidad al descubrir el amor, el deseo de ser amados: el lleno. Y luego la desesperación al perder todo aquello y ser incapaces de llenar sus almas nuevamente con lo que poseen...Laura Betti, en el papel de Emilia, la criada, que después de la partida del visitante se vuelve a su pueblo para hacer milagros, para levitar, para curar enfermos, para hacer nacer el manantial de la pureza en medio de un enorme terreno en que presumiblemente se va a erigir otra fábrica o un gran complejo industrial, o un fraccionamiento de lujo, es la piedra sobre la que Pasolini nos muestra esa alternativa. Es la campesina. La mujer integral, la única capaz de hacer fértil la ausencia del visitante. La única que puede llenar el vacío. La única que posee una respuesta constructiva.   
    Pasolini es también un romántico. Un romántico marxista. Su obra no cae jamás en el panfleto. Por el contrario, es poliédrica, es ambigua y rica en significados.
    Se la puede leer literalmente, alegóricamente (o como metáfora). Es una obra clara y oscura, elocuente y silenciosa, desértica y feraz.  

    He tomado las dos primeras imágenes de aquí. He visto que se ha edtado la novela, que Pasolini escribió al mismo tiempo que rodaba: Pier Paolo Pasolini, Teorema, ed. Edhasa, 2005. Y la ficha de la película es:

    Teorema (1968) Director y guionista: Pier Paolo Pasolini. Productores: Mauro Bolognini y Franco Rosellini. Fotografía Giuseppe Ruzzolini; Escenografía Luciano Puccini; Vestuario: Marcella De Marchis; Música originale Ennio Morricone y Requiem de Mozart. Montaje: Nino Baragli; Intérpretes: Terence Stamp, Laura Betti, Massimo Girotti, Silvana Mangano, Andrès José Cruz Soublette, Nineto Davoli, Susana Pasolini. 
    98’.  XXIX Mostra di Venezia: Premio Coppa Volpi (XXIX Mostra di Venezia) por la mejor actuación femenina para Laura Betti; Navicella d’oro, Premio OCIC (XXIX Mostra di Venezia).

    18/02/2006 12:28 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 7 comentarios.

    Diario íntimo de Adèle H. de François Truffaut

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    Victor Hugo se casa el 12 de octubre de 1822 con Adèle Foucher, amiga desde la infancia, en la iglesia de Saint-Sulpice de París, y ello conlleva una de las tragedias de su vida. Su hermano Eugéne está perdidamente enamorado de su novia, y a raíz del matrimonio de ambos desarrollará una esquizofrenia paranoide que unos años después le llevará a la tumba. Al tiempo de la boda, Víctor Hugo comienza a darse a conocer como poeta con la publicación de sus Odas.

                                                                

                                   Adèle Foucher hacia 1839

     Del matrimonio nacen cinco Hijos: Leopold (que muere a los pocos meses de nacido, en 1823), Léopoldine (1824),  Charles (1826), François-Victor (1828) y Adèle (1830). Después del nacimiento de ésta, la madre comienza una relación intensamente amorosa con Saint-Beuve, y Hugo hace lo propio con Juliette Drouet, en 1833. Las relaciones del matrimonio se enfrían, y se produce la separación a raíz del exilio forzoso del poeta. Sin embargo, el amor persiste. Ella le escribe en 1868: Es el fin de mis sueños: morir en tus brazos.

    La familia no está exenta de tragedias: la enfermedad mental y la muerte del hermano de Víctor Hugo, Eugéne, la muerte de Leopold, el  hijo primogénito, en la cuna. Las muertes de su hija Léopoldine y su marido, Charles Vacquerie (ahogados ambos en el Sena). Poco antes, con motivo de su matrimonio, Víctor Hugo le escribía a la Drouet: Lloro la pérdida de mi rosa, su pureza, su pequeña mano en mi cuello, la lloro como el jardinero al que uno que pasaba le ha robado su tesoro. Lloré a todas horas.

                                                                   

                                   Léopoldine, pintada por su hermano Charles

    La tragedia verdadera fue el accidente en barca de los dos recién casados (1843). Hugo se entera cuando cruza los Pirineos en compañía de Juliette y escribe: La mitad de mi vida y de mi corazón están muertas ¡Mi pobre ángel, ya no te veré más! Deja de escribir durante tres años.

    Adèle Hugo, la segunda hija, es considerada una belleza clásica. Balzac la define, en una carta a Madame Hanska, como la mujer más bella que ha visto jamás. Sin embargo, sus retratos no nos transmiten esa belleza. Pero sí la película de Truffaut:

                                                                

                                   Collage tomado de aquí

                                                                  

    Truffaut elige como protagonista de su película a la hermosa Isabelle Adjani (que por cierto, también estelariza  La Reina Margot. Truffaut se enamoró perdidamente de su actriz, y le dedicó todos y cada uno de los fotogramas de su película. Adjani omnipresente.

    Antes de conocer a Alfred Pinson, Adèle se apasionó por la música, a la que le dedicará la mayor parte de su tiempo en el exilio de la isla de Jersey y en Graville. Compuso muchas obras y también llevó un diario que prefiguró el que llevaría en Nueva Escocia: hojas y hojas de escritura en clave, llenas de dibujos, sentencias, lágrimas y letras ilegibles...

    En 1856 padeció una grave depresión en Guernesey, y dos años años más tarde comienza a repartir su tiempo entre París y Londres, en compañía de su madre. Del 54 al 61, vive enamorada del teniente Alfred Pinson, a quien considera su prometido. por esta razón, rechaza cinco peticiones de mano, y cuando el teniente marcha a Halifax, al otro lado del océano, ella decide seguirlo. Pinson  la rehuye y la rechaza y se traslada a  Barbados con su mujer, tras un engorroso incidente: Adèle escribe a su padre anunciándole su boda. Víctor Hugo hace publicar el anuncio en los diarios de París: el bochorno y la deshonra amenazan seriamente la mediocre carrera miltar de Pinson, por lo que opta a un destino en las Barbados, adonde ella le sigue en 1872. Adèle pierde la razón completamente y es recogida por una mujer que se pone en contacto con su padre y que la acompaña a Francia. El doctor Allix, amigo de la familia, la reconoce y la interna en un hospital para enfermos mentales. Hugo escribe: Me ha reconocido: la abracé, le dije todas las palabras tiernas que conozco, todas las más dulces palabras... pero la enfermedad es incurable.

    Adèle morirá en un hospital para enfemos mentales, en Suresnes, en 1915.

    La película de Truffaut recoge fielmente la estremecedora historia de este amor loco, amor que no es consciente de las limitaciones, amor egoísta, que no piensa en el otro sino sólo en sí mismo. Amor que de hecho se basta a sí mismo para existir, como el de Mariana Alconforado.

    Esa furia o ese fuego devora a Adèle y la convierte en una figura al mismo tiempo alucinada y sagrada. La locura que domina el alma de la mujer es una antorcha viva, que desdice el áurea de la mediocridad cotidiana. Es un tema que le va a Truffaut como anillo al dedo. Porque él busca los absolutos. Y los muestra, como en este caso, con una gama de rojos, carmines y naranjas genialmente fotografiados por Nestor Almendros. Colores de pasión que envuelven a esa francesa cada vez más vulnerable que se oculta en una casa de Halifax, Nueva Escocia, y que luego se deja caer, exhausta y cubierta de harapos en la mitad de una plaza de mercado en Barbados.

    Nunca el amor será mostrado como una vejación. Nunca en Truffaut.

    Adjani está a la altura de la obra que se le dedica a su belleza y a su fragilidad, a su misterio.  Escribe Trufaut: No conozco a Isabelle Adjani.Durante el rodaje, observo cómo actúa y la ayudo como puedo, diciéndole treinta palabras cuando ella querría cien o diciéndole cincuenta cuando ella solo necesitaría una, pero la adecuada, ya que todo es una cuestión de vocabulario en nuestra extraña asociación.

    No conozco a Isabelle Adjani y, sin embargo, por la noche, mis ojos y mis orejas están cansados de haberla mirado y escuchado demasiado insistentemente durante todo el día.

    Conoceré a Isabel Adjani dentro de algunas semanas, cuando dejemos de vernos, es decir, cuando haya acabado el rodaje. Ella se irá por su cuenta, no sé a dónde, y cada día la observaré sobre la mesa de montaje, en todos los sentidos y a todas las velocidades. Entonces ya no se me escapará nada más y lo entenderé todo a efectos retardados...

    Es muy curiosa la escena en la que Adèle se cruza con un teniente y le mira, cree que es Alfred Pinson, se decepciona al ver que no lo es: es Truffaut. Imitando a Hitchcock y deseando ser mirado por Adèle-Isabelle...

                                                                          

    De más está decir cuán lejos está Alfred Pinson de merecer ese amor sin límites. Lo indigno que es. No es importante a veces el objeto, sino el sujeto del amor: quien siente es quien se eleva. Lo otro no importa, parece decirnos Truffaut.

    ¡Qué hermoso homenaje al amor romántico, a la belleza, a la sensibilidad y a la locura!

     

    L’histoire d’Adèle H. o Diario íntimo de Adèle H. Dirección: François Truffaut. Productores: Marcel Berbert, Claude Miller. Producción: Les Films du Carrosse, Les Productions Artistes Associés. Guión: François Truffaut, Jan Dawson, Jean Gruault. Ayudantes de dirección: Suzanne Schiffman, Carl Hathwell. Fotografía: Nestor Almendros, en color. Música: Maurice Jaubert. Sonido: Jean-Pierre Ruh. Decorados : Jean-Pierre Kohut-Svelko. Montaje: Martine Barraqué, Yann Dedet. Duración: 96 minutos. Intérpretes: Isabelle Adjani (Adele Hugo), Bruce Robinson (Albert Pinson), Sylvia Marriot (Mrs. Saunders), Joseph Blatchley (el librero), Cecil De Sausmarez (Mr. Lenoir), Ruben Dorey (Mr. Saunders), Clive Gillingham (Keaton).

    04/02/2006 17:48 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 2 comentarios.

    Los personajes históricos de La reina Margot

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    Esta semana he proyectado a mis alumnos (de primer curso de bachillerato), la película francesa La reina Margot, porque me parece que en ella se reflejan muy bien tanto la barbarie como el refinamiento que coexisten en el Renacimiento europeo.

    Se trata de una historia filtrada a través del genio creador de Alejandro Dumas (en cuya novela se basa la película), y en la que aparecen personajes que no pudieron ser contemporáneos de la bella Margot como el conde de La Mole, que en la realidad fue un ferviente católico (y no un protestante, como en la película) y no vivió en la misma época. De todos modos, la aventura amorosa entre La Mole y Margot sobre la que gira la película si non é vera, é ben trovata, pues de sobra se conocían los numerosos affaires amorosos de la hermana de Isabel de Valois, reina de España, que se convirtió, tras la muerte de sus tres hermanos (Francisco II, Carlos IX, Enrique II) en reina de Francia, título que no perdió tras su divorcio de Enrique de Borbón, su marido, que subió al trono francés con el nombre de Enrique IV.  Tanta era su fama de rompecorazones que se rumoreaba en la corte que Margot llevaba un cinturón adornado con los corazones embalsamados de sus amantes. Por supuesto, esto es únicamente un indicio. Margot fue también una mujer muy culta, cuyas Memorias poseo, aunque debo confesar que son una lectura a la que todavía no me he entregado, asustada por su extensión. Como muchas mujeres nobles de su época, Margot era una mujer inteligente, latinista, buena lectora y escritora y leal a su marido, aunque nunca le amó. Sin embargo, en los tremendos acontecimientos de la Noche de San Bartolomé, fue ella la que le salvó de la muerte. Él se lo agradeció después concediéndole siempre un exquisito trato y conservando para ella el título de reina, aunque la única noche que pasó con ella se dice que fue aquella en la que él irrumpió en su habitación en aquella noche nefasta, cuando tembloroso, solicitó su protección ante la amenaza mortal de las tropas del duque de Guisa, empeñado en matarle.

    Por esta razón he incluido en mi edublog un apéndice en el que defino un poco a varios de los personajes históricos que aparecen en la obra y que me gustaría reproducir aquí:

    Enrique II (1519-59), padre de Margot, continuó los antiguos enfrentamientos contra Carlos I de España (Carlos V), y luego contra Felipe II, apoyando el protestantismo en Alemania mientras lo reprimía en el interior de Francia. Con él abandonó Francia sus pretensiones sobre Italia.

    Tuvo diez hijos con Catalina de Médicis, tres de los cuales se sucedieron en el Trono y fueron los últimos monarcas de la Casa de Valois, cuyos reinados estuvieron marcados por la guerra civil entre católicos y protestantes:


    Francisco II (1544-60), casado con María Estuardo, reina de Escocia (1558), dejó el poder en manos de los Guisa, tíos de su mujer. Casó con ella a los 14 años (ella tenía 6). Murió sin descendientes y le sucedió su hermano menor, Carlos IX (1550-74).



    Carlos IX (que aparece en la película reinando)reinó de 1560 a 1574, y murió a los 24 años. Es un hombre completamente dominado por su madre, Catalina de Médicis (quien, en cambio, apenas había tenido influencia política durante los reinados de su esposo, Enrique II, y de su primogénito, Francisco II). Sufrió intensamente por la preferencia que su madre tuvo por su hermano Enrique y se refugió en la amistad del Almirante Coligny. Intentó la reconciliación con los protestantes casando, con la ayuda de su jefe de filas, al rey de Navarra (futuro Enrique IV) con su hermana Margarita (1572). Sin embargo, permitió que los extremistas católicos dieran al traste con la reconciliación en aquel mismo año, provocando una matanza de protestantes en la «Noche de San Bartolomé», noche que fue planeada por Catalina, Enrique, su hermano, y Enrique, duque de Guisa.


    Murió sin dejar herederos legítimos y le sucedió su hermano Enrique III (1551-89), rey electo de Polonia desde 1573,que era el favorito de Catalina de Médicis y que reinó en Francia entre 1574-1589. Antes fue duque de Orleans y de Anjou. Partidario de la línea de reconciliación auspiciada por los políticos para poner fin a las guerras de religión, se vio atrapado entre los dos bandos en la Guerra de los Tres Enriques (1586-87), después de que la muerte de su hermano convirtiera al protestante Enrique de Navarra en heredero de la Corona francesa. El partido católico, encabezado por Enrique de Guisa, le obligó a abandonar París, lo que decidió al rey a hacerle asesinar en los Estados Generales de Blois (1588).


    Enrique de Guisa había sido, además, uno de los amantes más notorios de su hermana Margot, y su poder y su arrastre popular eran muy grandes, por lo que decidió asesinarlo cobardemente con una cantidad ingente de personas reclutadas entre sus Mignons. La muerte que Enrique II hizo dar a Guisa fue casi tan cruel como la que el propio Guisa hizo dar a Coligny.




    Quedó así abierto el camino para que Enrique de Borbón, marido de Margot, que era ya el monarca navarro, accediera al Trono francés como Enrique IV al morir Enrique III (asesinado), sin descendencia. Con el segundo hermano de Margot (ex rey de Polonia) se extinguió la dinastía real de los Valois.


    Otro de los personajes que aparece en la película es el Almirante Gaspar de Coligny, jefe de los ejércitos de Francia y protestante, y por tanto, enemigo de la reina Catalina de Médicis (que aún así le apoyó interesadamente en las guerras contra España que se llevaban a cabo en los Países Bajos).

    La reine Margot .DIRECTOR Patrice Chéreau. GUIÓN Danièle Thompson. MUSICA Goran Bregovic. FOTOGRAFÍA Philippe Rousselot. REPARTO Isabelle Adjani, Daniel Auteuil, Jean-Hughes Anglade, Miguel Bosé, Dominique Blanc, Bruno Todeschini, Vincent Pérez, Virna Lisi, Pascal Greggory, Claudio Amendola, Asia Argento 
    Coproducción Francia-Italia-Alemania (1994).

    Néstor Luján, Margot, reina de corazones, ed Planeta, Barcelona, (Col. Mujeres apasionadas), 1994.

    Marguerite de Valois, Mémoires et autres écrits, H. Champion, Paris, 1999. 

    Ferre, de retroklang, aporta este enlace a un cómic sobre la época.

    02/02/2006 18:24 #. Tema: Cine Hay 16 comentarios.

    Sobre mujeres mutantes: Dead ringers (Inseparables), de David Cronenberg

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    Ha salido en los quioscos una doble entrega con Inseparables de David Cronenberg (1988) y Henry, retrato de un asesino (John McNaughton, 1986). Ambas son grandes películas. Este cineasta canadiense cuyas obras admiro consiguió en esta película una de sus mejores obras. A ello contribuye la excelente y matizada actuación del otrora excelente (y hoy en decadencia imparable) Jeremy Irons en el doble papel de Beverly y Elliott Mantle, ginecólogos cuya historia nos cuenta Cronenberg con absoluta asepsia. Cronenberg hace cine de terror, de eso no cabe duda, pero el suyo no es un cine de efectos especiales, sino de terror psicológico.

    En primer lugar, en esta película se plantea el tema de la identidad o de su opuesto: la simbiosis de dos gemelos idénticos que sin embargo no poseen la misma alma ni el mismo carácter: frivolidad y aptitud investigadora en uno, capacidad médica y timidez social en el otro, en dos cuerpos tan iguales que sólo dos milímetros de estatura los distinguen. El equipo funciona con perfección absoluta hasta que entra en juego Claire Niveau, la actriz a la que Elliott seduce sexualmente, para después dejársela al tímido Bev, que se enamora de ella. Claire tiene un útero con tres cérvix: es una mujer mutante, según definición de Elliott. El obstáculo es ella, que percibe la diferencia intuitivamente, aun desconociéndola. Después, el conflicto de los gemelos va a solucionarse no por la vía natural, que sería la de admitir esa diferencia, viviendo sus dos vidas separadas, sino cayendo ambos por el túnel de la destrucción, incapaces de enfrentar cada uno la vida en solitario. La iniciación en este proceso proviene también de la mujer: el camino de la destrucción se transita a través de la drogadicción que destruye primero a Beverly y después, al solidario  Elliott.

    La mostración de lo ginecológico como terrorífico: los trajes clínicos de color rojo, los instrumentos quirúrgicos creados por Bev, entre orgánicos y alucinantes, creados para separar a los gemelos idénticos según confiesa Bev a Claire al final de la película, más el contraste con la atmósfera azulada y fría del departamento, de la clínica o de las oficinas del hospital coadyuvan a crear esa atmósfera inquietante que atraviesa la película de principio a fin. Cuando Elliott, tras fracasar en su intento de desintoxicar a Bev, se intoxica con drogas, dice a su joven amante: Sólo tenemos que sincronizarnos los dos. El fin ya no es conseguir el éxito dividiéndose las tareas profesionales ni transferirse mujeres hermosas, sino moririse juntos, como Chan y Eng, los siameses que dieron nombre a esta anomalía: dos personas que son una: Bev y Elliott. La última escena, en que uno opera al otro para extraerle la identidad siamesa lo dice todo sobre el tema de esta excelente película. El ser dividido que debía haber sido uno, pero que, accidentalmente, dramáticamente, fue dos. La separación puede ser aterradora, dice Bev a Elliott antes de separarlo de sí mismo.   

    La estupenda banda sonora a cargo de Howard Shore es quizá el único oasis de auténtica pureza que da el contrapunto armónico a esta desoladora película que, junto con M. Butterfly (también protagonizada por Irons y que un día no lejano reseñaré aquí), es una de las obras más logradas de este autor de culto que es el cineasta canadiense David Cronenberg.

     

    Inseparables (Dead Ringers), Canadá, 1988. 115’ Director: David Cronenberg. Productor ejecutivo: James G. Robinson, Joe Roth, Carol Baum, Sylvio Tabet. Productor: David Cronenberg, Marc Boyman. Producción: The Mantle Clinic IT Ltd. en asociación con Morgan Creek Productions Inc. con la participación de Telefilm Canadá. Guión: David Cronenberg, Norman Soider, según el libro de Ban Wood y Jack Geasland. Fotografia: Peter Suschitzky, en color. Música: Howard Shore. Intérpretes: Jeremy Irons (Beverly y Liot Mantle), Genevieve Bujold (Claire Niveau), Heidi Von Palleske (Cary), Barbara Gordon (Danuta), Shirley Douglas (Laura), Stephen Lack (Anders Wolleck), Nick Nichols (Leo), Lynne Cormack (Arlene), Damir Andrei (Birchalí), Jonathan Haley (Beverly, niño), Nicholas Haley (Elliot, niño).

     

     

    22/01/2006 15:07 #. Tema: Cine Hay 7 comentarios.

    Mis diez películas favoritas

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    Ferre, de Retroklang, me ha pasado la consigna de dar los títulos de mi personal ’Top Ten’. Así que, puesta a elegir, ahí voy, no sin antes pasarle a Magda, de Apostillas, y a Ramon Balcells el testigo... Pero cualquiera puede participar haciendo su propia lista...

    1. Blade Runner. de Ridley Scott (1982).  Por su atmósfera oscura y desasosegante, por el discurso de Nexus, por el amor surgido entre las sombras, las dudas y el temor de no ser o de ser lo que no se quiere ser...Por la importancia de los recuerdos, sean falsos o verdaderos.

      

    2. 2046 de Won Kar Wai (2004). Porque la belleza de sus imágenes y la música nos llevan por ese tren de olvido, de recuerdos y de sueños hasta las profundidades de nuestro ser. Por ese secreto que se guarda en el tronco del árbol; porque forma y fondo son una sola cosa que se funde...por el éxtasis que me proporcionó la contemplación de su belleza y de su verdad profundas.

    3. Mulholland Drive de David Lynch (2001). Porque en esta película se plantea la esencia del cine ( y de la vida) en esa doble historia gemelar y de espejo en la que dos mujeres son una o no son ninguna (puesto que son ficción), y lo que vemos y creemos cierto no existe (’Porque ese cielo azul que todos vemos, no es cielo ni es azul/Lástima grande que no sea verdad tanta belleza’ dice Lupercio Leonardo de Argensola). Sin embargo, la música existe, suena. La ilusión perdura y es una ilusión real.

     

    4. El retrato de Jennie de William Dieterle (1948). Porque el amor lo puede todo. Puede tranformar la realidad y convertir el sueño en certeza. Atravesar los parámetros de la lógica. Amar en todas las etapas, de la infancia a la madurez. Buscar el amor, luchar por él, salvarlo, si es preciso en medio de la tormenta. Gritar su nombre. Esperar que responda y se materialice. Y porque uno de mis actores favoritos es el señor Joseph Cotten y porque Jennifer Jones nunca estuvo más encantadora que con ese vestidito de blancos olanes.

    5. La muerte en Venecia de Luchino Visconti (1971). Porque no hay deterioro capaz de quitarnos el deseo. Porque la belleza siempre lleva el veneno de lo imposible y de lo inasible. Porque todos nos morimos solos, frente al mar, tratando de ver, de no perder de vista al joven dios, el Eros.

    6. El séptimo sello de Ingmar Bergman (1956). Porque en esa travesía hacia la muerte, el caballero juega con ella al ajedrez, como jugamos todos: eludiéndola, sabiendo que al final va a vencer, pero avanzando. ’Soy un fue y un será y un es cansado’...etc. Y aunque lleve la muerte consigo, el caballero vive, hasta llegar a su destino.

     7. La mujer de al lado de François Truffaut (1981). Por la belleza y fatalismo de esa historia de ’amor fou’, por las actuaciones de Depardieu y de la maravillosa Fanny Ardant, y porque Truffaut es uno de mis directores. Uno de los míos.

    8. Brigadoon de Vincent Minelli (1954). Porque me encantan Gene Kelly, los musicales y éste en particular, tan ’verde era mi valle’, y con Cyd Charisse. Y ese color que sólo Minelli sabía crear en pantalla.

    9. Enamorada de Emilio, ’Indio’ Fernández (1946). Porque María Félix nunca estuvo tan divertida ni tan honda. Porque es una comedia dramática en el contexto de la Revolución Mexicana, pero no lleva pancarta alguna. Porque la mujer, en la película,  es un ser pensante, actuante y libre ( y sin necesidad de incluir a Kate Hepburn en el reparto), porque el personaje de Pedro Armendáriz está lleno de humana flaqueza y porque el blanco y negro de Gabriel Figueroa es un verdadero deleite sensorial.

    10 Eduardo Manostijeras de Tim Burton( 1990). Porque fue mi primera incursión en el universo Burton que ya forma parte de mi vida de cinéfila. Porque es un cuento tierno, romantico, un poco amargo. Y porque Depp está más Depp de lo que nunca ha vuelto a estar, y porque adoro a esa actriz maravillosa que es Diane Wiest.

    ¡Ay Dios! Se me han quedado fuera mi Rohmer, mis Amantes del Pont Neuf, mi Patrice Leconte y su Yvonne, mi Tavernier y su Sabine Azéma, Ordet, Ripstein y su Profundo Carmesí, Jane Eyre con Orson Welles y Joan Fontaine y...Bueno, ahí queda.

    **Ramon Balcells ha publicado su lista aquí

    (Y la de Magda está en los Comentarios a este artículo)

    27/12/2005 11:28 #. Tema: Cine Hay 16 comentarios.

    Hoy empieza todo, de Bertrand Tavernier. Una gran película sobre la educación.

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    El cine francés nos ha regalado en los últimos años dos de las películas más sensibles, más hermosas y más verdaderas sobre la educación que yo haya podido ver y que aún pueden encontrarse en catálogo o en videoclubs: Hoy empieza todo (Ca commence aujourd’hui), de Bertrand Tavernier (1998) y Ser y tener, de Nicolas Philibert. Hoy os hablaré de la primera.

    Tavernier, con un estilo seudo-documental, nos narra una de esas historias inolvidables por su autenticidad y por su denuncia. Sin maniqueísmo, sin pancarta. Con la colaboración inapreciable de guionistas, actores (magnífico Torreton), y el propio pueblo minero que le sirve de escenario.

    Daniel Lefevbre es la voz narrativa, profesor y director de un parvulario en una ciudad depauperada del norte de Francia. Lefrevbre lucha denodadamente, acompañado de sus maestras y con la solidaridad de su pareja, contra una burocracia fría e incompetente que ve a sus alumnos y sus familias solamente como números y estadísticas. Los problemas que padece la periferia francesa descrita en el film de Tavernier son los mismos que podemos encontrar en ciudades españolas, italianas o en la ciudades industriales inglesas: el paro, el desánimo, el alcoholismo, el maltrato, la falta de un tejido social sólido o mejor dicho, solidario; las dificultades económicas que no permiten llegar a fin de mes, la falta de calor o de comida en sectores muy amplios del llamado Primer mundo. Y las víctimas de este falso estado de bienestar que son los niños y esas familias.

    Lefrevbre es consciente de que los problemas del parvulario no provienen sólo de la falta de medios, de la incompetencia de las consejerías de educación y asuntos sociales.  La problemática de sus alumnos se extiende más allá, a las privaciones y las miserias que tienen que soportar, y aun así, él debe cobrar los recibos de comedor escolar a padres que tienen que comer galletas para llegar a fin de mes, debe hacerse cargo de dos niños cuando su madre, borracha, los abandona en el patio del colegio, debe intentar enseñar a sus niños en un clima de alegría y de comprensión, debe extremar las precauciones cuando descubre un caso de malos tratos y debe afrontar la ira de la familia del pequeño, furiosa por haberle sido arrebatada la custodia.

    Al mismo tiempo, Lefevbre no puede eludir sus propios problemas personales: el infarto de su padre, que le hace cuestionarse de nuevo la (mala) relación que mantiene con ese hombre que solía pegale sin piedad cuando era pequeño, la resignación de una madre sacrificada en un matrimonio sin perspectivas, pero que ama la lectura y con la que se siente muy unido; la crisis adolescente que lleva al hijo de su pareja a cometer (precisamente en su parvulario), un delito de gamberrismo y de destrucción del poco material que tiene el centro escolar. A Lefrevbre le pesan cada vez más las constantes llamadas que debe hacer a Servicios Sociales para paliar las pérdidas, las presiones desde la inspección por su comportamiento poco ortodoxo, pero sobre todo, le pesará la muerte de la pequeña Laetitia y de su familia, vencida ante la desesperación. Todo esto le lleva a la crisis personal y a la idea de abandonarlo todo. Sin embargo, se imponen su fuerza y su energía, la necesidad de seguir luchando. Lefevbre asume que pertenece a una larga cadena de hombres y mujeres que han luchado durante siglos por sobrevivir en esa lejana y dura región minera. Y decide  que no puede hacer otra cosa que seguir esa lucha.

                                                                                                             

    Cine necesario. Cine que nos narra las cosas de la vida y que nos hace reflexionar, tras la emoción. Cine de esperanza en medio de la desesperanza, de lucha y supervivencia que se erigen por encima de las terribles circunstancias que existen en una sociedad falsamente llamada del bienestar y que oculta, tras una fachada, estas verdades que Tavernier tiene la valentía y la sensibilidad de mostrarnos.

    Dirección, Bertrand Tavernier; Intérpretes: Philippe Torreton, Maria Pitarresi, Nadia Kaci, Véronique Ataly, Francoise Bette; Guión, Dominique Sampiero,  Tiffany Tavernier, Bertrand Tavernier; Fotografía Alain Choquart;  Música Louis Sclavis; Montaje Sophie Brunet (Francia, 1998).

     

    21/12/2005 16:24 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Cine Hay 2 comentarios.

    Edipo Rey, de Pasolini

    Yo sabía que ese muro de adobe de Rulfo me llevaba a Micenas. He estado dos veces ahí y he sentido el peso de lo sagrado al cruzar la puerta de los leones o al penetrar en las tumbas de los reyes. El aliento homérico aún se respira ahí, en la fortaleza que domina aquel paisaje árido. Los héroes, los reyes,  los mitos de la antigua Grecia respiran por las piedras y los arbustos de la ciudadela de Micenas, que por cierto no es vista al acercarse uno: todo es visible desde sus muros de antigua roca, mientras que ella permanece oculta a los ojos de todos los que se acercan a ella. Es una imagen del destino: para el destino somos tan visibles, mientras que nosotros, hasta que no lo alcanzamos no lo conocemos, no sabemos nada de él. Y esa idea me ha llevado a su vez al Edipo Rey  de Pasolini, que he visto tantas veces y que tanto me recuerda aquella Grecia antigua que está representada en mi mente por Micenas.

                                                        

    Micenas y Edipo Rey son conceptos que llevan a pensar en el mito, común a civilizaciones antiguas, ya sean prehispánicas o griegas. El mito es una realidad intraducible, una verdad poética. 

    Cuando Pasolini filma Edipo Rey en 1967, todos leíamos a Mircea Eliade, en  El mito del eterno retorno. Creo que de ahí parte la lectura que Pasolini hizo de Edipo y que filmó en Turquía, con música búlgara. Su aproximación no proviene de Freud, sino de la antropología de la religión y de su preocupación social y es por eso que el prólogo sitúa el nacimiento de Edipo en una villa lombarda de la Italia presfascista, y el épílogo lo sitúa, ya ciego y errante, en la Bolonia de los años sesenta.

    Pasolini coloca a su Edipo en cuatro coordenadas de calado ético y social: ceguera y destino, caos y destrucción social.

    Injustamente, Edipo es maldecido por el destino antes de su nacimiento: será esposo e hijo de su madre, padre y hermano de sus hijos, asesino de su padre. Y por ello es abandonado en medio del desierto  para que muera. Sin embargo, ese mismo destino decide que no ha de ser así, y Edipo es recogido y adoptado por los reyes de Corinto. Ciego ante esta verdad, que desconoce, Edipo crece feliz y orgulloso de sí mismo por ser el hijo de los reyes, con la ceguera inconsciente de la juventud alevosa, pero, enfrentado al misterio insondable del oráculo, éste le desvelará su terrible destino.

    Edipo, horroizado, confundido acerca de sus orígenes, ciego ante la verdad que no conoce, decide abandonar a quienes cree sus padres para eludir ese destino: esto no hará sino acercarlo a él. Como en el cuento persa, el destino le aguarda al final de la huida.

                                                       

    Pasolini sitúa a su Edipo con los ojos cubiertos en cada cruce de caminos. Gira sobre sí mismo, inconsciente, cegado y el destino lo lleva, lo va llevando insensiblemente hasta el crimen de Layo. Por una minucia y un mal entendido orgullo, Edipo encuentra a su verdadero padre y le da muerte, ignorando su verdadera identidad: es decir, lo mata ciegamente. Envalentonado, mata también a la Esfinge que aterroriza a los tebanos y recibe el premio-castigo prometido: casarse con la reina Yocasta, su madre. A Yocasta, Edipo la ama fogosamente, furiosamente. Sin saber que es su madre, en ella encuentra todo lo que desea. Y ella en él. Pero el desorden ético, moral y social se hace presente cuando aparece la peste y mueren animales, hombres, niños en toda la ciudad. ¿Quién, dice Edipo es responsable de todo esto? Edipo sigue ciego e inconsciente, ignorando que él es el origen del caos y de la destrucción.

    Cuando aparece Tiresias y le previene sobre la cruel verdad, Edipo no cree que va a incriminarle, y provoca al viejo: le exige que hable. Y cuando habla el ciego profecta, el único que ve lo que no es aparente, el que puede por ello conocer la verdad, Edipo ya no puede seguir estando ciego.

    Yocasta, horrorizada por el crimen, se ahorca y Edipo, que ahora ve la realidad, se ciega. Es la paradoja del mito. Coge el alfiler del vestido de su madre-amante y se arranca los ojos.

                                                      

    Desde el momento en el que conoce la verdad, Edipo debe errar por el mundo. Pero el Edipo de Pasolini acabará en las calles de la Bolonia de los años sesenta. Porque su Edipo es un hombre contemporáneo, que se ve arrastrado, inerme, por un destino que desconoce, ante el que está ciego. Y ese hombre nunca llega a saber que él mismo es el causante del caos que se desata en el mundo, y cuya destrucción él ha originado. El hombre moderno es un hombre ciego, que desoye las voces del destino; un hombre  que, vendado, gira sobre sí mismo y toma a ciegas un camino sin saber hacia dónde es llevado: siempre ciego, y siempre inconsciente de lo que vendrá. Hasta que el caos y la destrucción se asientan en su vida, rompiéndola. Entonces ve. Y empieza a recorrer el mundo, ya olvidado de sí mismo

    Un enlace interesante: http://www.pasolini.net/cinema_edipore.htm

    20/10/2005 16:25 #. Tema: Cine Hay 13 comentarios.

    Serguei Eisenstein: ¡Que Viva México!

    quevivamexico_eisenstein.JPG¡Que viva México! (1930-1932)
    (Da zdravstvuyet Meksika!)
    Unión Soviética/Estados Unidos/México Blanco y Negro
    Producción: Upton Sinclair, Mary Craig Sinclair, Kate Crane Gartz, S. Hillkowitz, Otto Kahn y Hunter S. Kimbrough
    Dirección: Serguei M. Eisenstein
    Asistentes de Dirección: Adolfo Best Maugard y Agustín Aragón Leiva
    Guión: Sergei M. Eisenstein y Grigory Alexandrov
    Fotografía: Eduard Tissé
    Edición: Sergei M. Eisenstein (parte del material original); Grigory Alexandrov y Esfir Toback (versión de 1977)
    Música: Popular mexicana y Juan Aguilar y Francisco Camacho Vega
    Reparto: Martín Hernández, Isabel Villaseñor, Julio Saldívar, Félix Balderas, Raúl de Anda, David Liceaga, Lupita Gallardo, Arcady Boytler, Maruja Griffel

    Compré esta película con grandes expectativas que no he visto cumplidas. La fotografía es tan hermosa como podría esperarse, y si hubiera sido planteada como documental antropológico, para mí habría tenido más valor; pero los segmentos (está constituida por cuatro episodios, un prólogo y un epílogo), narrativos son especialmente flojos.
    La película fue filmada entre 1931 y 1932 tras un intento frustrado de trabajar para la Paramount Pictures. Eisenstein se trasladó a México con sus dos colaboradores, Tisse y Alexandrov, para filmar esta obra que no llegó a montar.
    El prólogo presenta imágenes estáticas y estéticas del México prehispánico y descubre las similitudes visuales entre las esculturas y los rostros de los indígenas. Casi imágenes fijas, poseen la grandeza y el estatismo que después heredó y desarrolló Emilio, "Indio" Fernández, considerado su mejor discípulo, con la inapreciable colaboración del gran camarógrafo mexicano Gabriel Figueroa. La fuerza del blanco y negro es inmensa, pero no basta para justificar una obra.
    El primer episodio, Sandunga recrea los preparativos de una boda indígena en Tehuantepec. Menciona de pasada el matriarcado, pero no profundiza en este curioso aspecto de la sociedad tehuana, que la convierte en tan original en el contexto de la cultura de raíz mestiza. Eisenstein se queda con la belleza de los trajes, la armonía de los rostros y la indolencia de la vida en el trópico sin traspasar el tópico.
    "Fiesta" desarrolla el ritual de la fiesta brava, tras haber filmado una fiesta sincrétca mexicana. Por lo que entre la fiesta antropológica del sincretismo indígena y la española no existe una explicación o una transición visual o ideológica.
    En "Maguey" escenifica la tragedia de un campesino victimado por rebelarse en contra de su patrón, tras la violación de la novia. Un argumento que podría ser el de cualquier culebrón, si no fuese también el de "Fuenteovejuna". Una vez más, la visión es maniquea y simplista aunque estéticamente ireprochable. Pero no hay tensión dramática o narrativa: la propia inexpresividad de los actores (sin duda fruto de la dirección del ruso), nos mantiene lejos de la emoción que esta historia de injusticia habría podido inspirar.
    "Soldadera" (episodio no filmado) presentaría el sacrificio de una mujer revolucionaria.
    El epílogo, también conocido como "Día de muertos", se refiere al sincretismo de las distintas visiones que coexisten en México alrededor del tema de la muerte y trata de los rituales que se llevan a cabo en esas fechas: las calacas, las calaveras de azúcar, etc. Las imágenes son muy poderosas, pero no consiguen estructurar una obra coherente o trascendente más allá de los tópicos. Pienso que si Eisenstein hubiese profundizado en uno solo de los temas propuestos, la película habría sido memorable. Para mí, la belleza de la imagen no justifica la pobreza, el maniqueísmo o la ausencia de discurso.
    17/09/2005 21:12 #. Tema: Cine Hay 2 comentarios.

    Ocaña, retrat intermitent, de Ventura Pons

    OCANYA.jpg

    Título original: Ocaña, retrat intermitent
    Año: 1978
    Duración: 85’
    Compañía Productora: Producciones Zeta, S.A. P.C. Teide
    Distribuidora: P.C. Zeta
    Género: Documental-Histórico
    Reparto: José Pérez Ocaña, Camilo, Nazario, Paco de Alcoi
    Dirección: Ventura Pons
    Productor: José Maria Forn Costa
    Guión: Ventura Pons
    Música: Aureli Vila
    Fotografía: Lucho Poirot
    Montaje: Emilio Rodríguez, Valeria Sarmiento
    Dirección artística: Miguel Sanchis
    Nacionalidad: España
    Fecha de Estreno: 01-06-1978

    El cine español de la época inmediatamente posterior a la muerte de Franco comenzó a sacar a la luz realidades existentes en la sombra.
    La primera película de Ventura Pons tuvo un gran éxito en su estreno, tanto en España como en Cannes, en la sección "Un certain regard". El tiempo ha pasado, pero el documental de Pons no ha envejecido. El acercamiento ejemplar de Pons a esta figura compleja, inteligente, sensible y dolorida sigue vigente, cargado de fuerza expresiva tanto estética como ética.
    Ocaña es un artista popular, no en el sentido de ser común o conocido por todos, sino en el sentido de que bebe de las fuentes de la cultura popular en su vertiente antropológica. Su apego a las formas y a los ritos de la religión, y su rechazo por la doctrina de la iglesia son típicas del sincretismo religioso popular. Ocaña ama la belleza de la ceremonia, las vírgenes andaluzas por sus mantos o por la esplendorosa belleza de las procesiones. Como él dice: "No adoro a la Virgen en sí, sino al escultor del siglo XVII que la ha tallado". Ama y odia, como Catulo, a su pueblo de Cantillana. Lo ama por sus fiestas, por sus procesiones, por sus entierros, por su cementerio. Lo odia porque ahí ha sido reprimido, escarnecido y rechazado. Emigra a Barcelona en 1971 buscando la libertad que le permita ser él mismo y rechaza las etiquetas. No es homosexual, dice, ni travesti. Es persona. Y "teatrero".
    Ocaña vive en la calle y en ella busca su identidad. Provoca a los burgueses, pero entre sus semejantes, entre las buenas y malas gentes del Raval o la Rambla se defiende bien. Vemos una Barcelona ya inexistente o quizá agonizante, según nos mostró Guerin en su En construcción, en aquellos tiempos de la transición aún alejada del turismo, aún virgen, en cierto modo, y aún libre. Ocaña minimiza la moral represiva y la hipocresía, pero no para destruirla, sino para hacerse un hueco en el mundo, con sus desafinadas coplas, sus melodramas de los Quintero, sus disfraces y su talco en el pelo. Sin renunciar a sí mismo, Ocaña se convierte en otros y en otras. Pinta maravillosos cuadros naïve y hace vírgenes y cabezudos de papel maché. Otra de las manifestaciones de su expresividad artística es la "performance" o el teatro de calle: organiza procesiones, canta las canciones de Concha Piquer, se viste de flamenca con abanico y moño: ríe y llora su Andalucía para luego hablar de Goya o de Lorca. Rechaza la mirada intelectualoide, psicoanalizante o snob. No quiere intelectualizar su diferencia. Pons, que ha sido director de teatro antes que cineasta, lo retrata en el ámbito íntimo de su habitación y en el ámbito público, en su vertiente extravertida y callejera. Pons escucha al Ocaña íntimo y lo mira de cerca, muy de cerca... para después seguirle por las Ramblas, el Café de la Ópera, el Cementerio de Montjuich o la Plaza Real. Pons examina al personaje y a la persona con mirada cómplice: la cámara muestra que el mayor talento de Ocaña es su verdad, su dignidad, la resistencia ante la sociedad represora en que ha vivido. Y nos muestra también su fragilidad cuando recuerda aquellos amores primigenios cerca del río, en el barro, entre las cañas; los cuerpos recién descubiertos, el sexo, el amor "aunque esa palabra no me gusta", y los insultos y las burlas de su vida de niño. La diferencia consiste en que él reivindica y persigue su ser sin dejarse comer ni por la progresía ni por los valores caducos. Ocaña es un ser hermoso en su pureza y en su marginación, en su discurso y en sus obras. Y esa belleza de su verdad ha perdurado después de tantos años gracias al cine, gracias a Pons.

    Ocaña murió en Cantillana, su pueblo, cuando el vestido de papel de Rey Sol que llevaba se incendió con una bengala. Una de las grandezas del cine reside en que, por medio de él, seres como Ocaña permanecen para ser de nuevo escuchados y abrazados por nosotros en un "certain regard" que no tiene fecha de caducidad.
    Algunos de los críticos (Antonio Álvarez Solís, Terenci Moix, José Luis Guarner, Fernando Trueba)resaltan la relación de Ocaña con Barcelona y lo consideran epítome de aquel barcelonismo mestizo que tanta riqueza dio. Yo prefiero quedarme con el individuo que, si bien pudo expresarse más o mejor en la Ciudad Condal, habría sido él mismo en cualquier parte.

    Os dejo la copla que uno de vosotros me dio a conocer y que ahora puedo compartir con todos.


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    12/09/2005 17:20 #. Tema: Cine Hay 25 comentarios.

    El secreto de la isla de las focas, de John Sayles

    roan.jpgDirector: John Sayles
    Montador: Haskell Wexler
    Guionistas: Rosalie K. Fry, John Sayles
    Musica: Mason Daring
    Intérpretes: Richard Sheridan, Jeni Courtney, John Lynch, Cillian Byrne, Eileen Colgan, Mick Lally, Richard Sheridan.
    John Sayles (Hombres armados, Lonestar) es un cineasta peculiar. En esta película, rodada en Irlanda, nos entrega quizá su obra más sensible y más honda.
    Irlanda tiene de por sí una gran carga mítica. Su lejanía, su perpetua lluvia, la niebla, los verdes y escarpados campos, su difícil geografía, su mar, más gris que azul y lleno de trampas mortales para los navegantes, su poesía, su música, su magia, su pobreza. Todo ello confluye aquí.
    Fiona Coneelly, una niña que ha perdido a su madre y a su hermanito Jaime, será el hilo conductor. La personalidad seria, concentrada, inocente y crédula y nunca temerosa de la niña la empuja a internarse en sus orígenes y los de su familia a medida que pasa el tiempo narrativo. Fiona no se va a conformar con la tristeza de la pérdida, va a luchar contra ella y acabará venciendo.
    La familia, abuelos, padres y tíos, había sido evacuada de la isla que da nombre a la película: Roan Inish en la versión inglesa, y la Isla de las Focas en la española. Ese día ocurre un accidente que marca a todos, pero muy especialmente a la abuela y a Fiona: Jaime, el hermanito, entonces un bebé, reposa en su cuna cuando una ola se la lleva inesperadamente. Parte de la familia ya ha embarcado hacia la costa irlandesa y en la isla sólo quedan el padre de Jaime y uno de sus tios. Inexplicablemente, el mar hace bogar la cuna sin que ellos puedan alcanzarla.
    Fiona vuelve a ver a sus abuelos tres años después. Y vuelve convencida de que su hermano no ha muerto. Extrañas historias narradas por el abuelo y su primo Thadhg van a darle la razón. El origen de la familia explica que la cuna sea una nave, pues los Coneelly descienden del amor de un hombre y una “selkie”, una mujer acuática. Liam la encuentra casualmente cuando está cambiando la piel, y, como dice el mito, la mujer “selkie” será de aquel que posea esa piel. Durante años se aman y conviven y tienen muchos hijos (los rubios son los Coneelly, los oscuros, los “selkies”), hasta que una de las hijas descubre la piel de su madre, escondida por Liam. Entonces Nuala debe recuperar su piel y desaparecer de nuevo entre las ondas. A todos sus hijos los ha acunado en el agua, en una cuna-nave, que heredará su tataranieto Jaime, un bebé de cabellos muy oscuros...
    Fiona se da cuenta que el niño ha sido llevado por los selkies porque los Coneelly han abandonado la isla y sus raíces, pero sabe que les será devuelto si consigue llevar ahí de nuevo a sus abuelos, y lleva a cabo sus planes con la ayuda de su primo Eamon.
    La obra transita así por varias historias. La de Liam y Nuala, la de los padres de Fiona, la de los abuelos de los niños, la de su jovencísimo primo Eamon, que también ama, como ella, la isla por encima de todo. Y el mar. El mar que es un personaje importante: toma, se lleva, acepta o rechaza a los hombres. Les acoge o les vomita. Les permite vivir o les mata. Marca sus vidas con las mareas y no se puede jugar con él o resistírsele. El cielo, con sus tormentas o calmas, ha de ser “leído” también por los hombres y las mujeres de la isla, pescadores desde la primera generación. La naturaleza, que lo da todo para construir las casas y para vivir, también puede quitarlo todo.
    La película es hermosa y no es infantil. Es una balada irlandesa, con mitos, sueños, presentimientos y señales, pero también con personajes fuertes, decididos, que aman profundamente y que luchan por aquellos a quienes aman y por volver a sus raíces.
    08/09/2005 09:48 #. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

    Kaspar Hauser y Werner Herzog

    kasparhauser_herzog.JPGLa historia de Kaspar Hauser ha sido llevada al cine dos veces, una por Werner Herzog (1974) y otra por Peter Sehr (1994). Es un tema que, como el de El niño salvaje de Truffaut, captura la imaginación y hace bueno el dicho de que "La realidad supera a la ficción". Y es muy afín al universo creativo herzoguiano, fascinado por la relación entre el individuo, la sociedad y el entorno (ya sea natural, como en Aguirre, la cólera de Dios), o urbano, como en Kaspar..
    Kaspar Hauser fue encontrado en Nuremberg, Alemania, un lunes de 1828. Tenía entre los 16 y los 18 años y vestía el traje típico de la zona y unas viejas botas raídas. Llevaba una carta en la mano, dirigida al capitán del 4º Escuadrón del 6º Regimiento de Caballería. Y repetía incesantemente una frase, única que sabía:Quiero ser un jinete como mi padre.
    La carta estaba escrita en rudo dialecto bávaro, y decía :”Sr. Capitán: Os envío a este joven, que quiere servir al rey y que fue dejado a mi cuidado en Octubre de 1812, y yo, pobre labrador, tengo 10 hijos y tengo con ello suficientes preocupaciones. No le he permitido dejar la casa desde 1812. Si usted no se hace cargo de él tendrá que pegarle hasta morir o colgarlo en la chimenea".

    Había una segunda carta en el bolsillo de Kaspar, pretendidamente escrita por la madre, una pobre chica que habría sido supuestamente seducida por un soldado del regimiento y estaba fechada en 1812. Sin embargo, pronto se demostró que ambas cartas estaban escritas por la misma mano, con el mismo papel y la misma tinta. Cuando le preguntaron su nombre, el muchacho escribió en un papel: Kaspar Hauser.

    Como Hauser parecía no entender nada fue llevado a la prisión y atendido por el guardián y su familia. No sabía estar recto, no sabía comer (hasta entonces se había alimentado de pan negro y agua) o utilizar sus manos, y por la suavidad y blancura de sus piernas y pies se dieron cuenta de que no había caminado nunca. También llamó poderosamente atención de todos el hecho de que estuviera vacunado (la marca de su brazo era visible), pues en aquellos años solamente las familias más encumbradas eran sometidas a una vacunación. Aquí comenzó a gestarse la leyenda de que Hauser era del origen más noble.
    A diferencia de Víctor de Aveyron, Kaspar aprendió a decir frases entrecortadas, respirando mucho antes de cada emisión, como quien dice “tomando aliento”; no sentía vergüenza cuando el guardián (Andreas Hittel) y su esposa lo bañaban y no fue nunca activo sexualmente. El Itard de Hauser fue el Dr. Georg Philip Daumer (filósofo y educador), que se hizo cargo del muchacho en julio de 1828. Su tarea tuvo mejor recompensa que la de su colega francés: Hauser pudo aprender a hablar, como hemos dicho, aunque con muchos fallos, y pudo rememorar y compartir su misterioso pasado: desde que recordaba (después se llegó a la conclusión que pudo ser a partir de los 3-5 años de su edad), había permanecido atado al suelo en un oscuro y estrecho cobertizo. Durante este tiempo solamente vio dos veces al hombre que lo mantenía cautivo y atado, porque éste aparecía siempre entre las sombras, por detrás suyo. Encontraba el pan y el agua al despertar. Un médico certificó que los huesos de sus rodillas estaban anquilosados y que Kaspar podía ver en la oscuridad, datos que avalaban la verdad de su historia. El muchacho contaba que a veces el agua llevaba algún narcótico (probablemente opio), pues cuando la probaba tenía un sabor extraño y al despertar alguien había cortado sus uñas y pelo y había cambiado sus ropas sucias por otras limpias.
    La primera vez que vio al hombre que le confinó, éste le enseñó a escribir Kaspar Hauser, y a decir su frase:" Ein Reiter will ich werden, wie mein Vater einer war". La segunda vez que lo vio, el hombre le sacó de la celda y le encaminó hasta Nuremberg, donde la abandonó. Kaspar recordaba haberse desmayado al ver la intensa luz del día, nunca antes vista, y al respirar el aire del exterior.
    Una vez conocida y publicada su historia y su retrato, Kaspar se convirtió en “El Muchacho de Europa”.
    El prestigioso jurista alemán Anselm Ritter von Feuerbach escribió un informe sobre Kaspar (publicado en 1832, póstumamente). En él explica sus impresiones del joven, sus dificultades para hablar, para construir el mundo de una manera normal, dice que hablaba de sí mismo siempre en tercera persona y no distinguía lo animado de lo inanimado. Amaba el color rojo y no le gustaba el verde, por lo que la naturaleza le era completamente indiferente; pero era sensible a la música, que le hacía llorar y le conmovía profundamente hasta causarle dolor inexplicable, así como a la cercanía de los niños, con los que se sentía feliz. Su carácter era gentil y dulce. El magistrado estaba convencido de que Kaspar era hijo de Stéphanie de Beauharnais, esposa del Gran Duque Karl de Baden, y que habría dado a luz a Kaspar en 1812. Este hijo le habría sido arrebatado y cambiado por un niño campesino muerto, para beneficio de la condesa de Hochberg, con el fin de que su propia descendencia pasara a ser la línea sucesoria.
    Cuando Feuerbach murió repentinamente, las malas lenguas hablaron de envenenamiento. Kaspar escribía unas breves memorias. Poco después de conocerse este dato, en 1833, Hauser fue atacado en el retrete por un hombre enmascarado armado con un cuchillo. Hauser se sintió profundamente consternado por este hecho, aunque muchos pensaron que las heridas (superficiales) se las había autoinflingido. Daumer cayó enfermo, y el muchacho pasó por dos tutores, Bieberbach y von Tucher. Kaspar se mostraba cada vez más confuso y retrocedía en su evolución, se sentía melancólico y deprimido. Y en mayo de 1831 apareció en la ciudad un excéntrico noble inglés, Lord Stanhope, quien fue nombrado su tutor e intentó introducir a Kaspar en los salones, probablemente para aprovecharse de su popularidad. Sobre esta relación se ha especulado mucho, puesto que Hauser no había mostrado nunca interés por las mujeres. También hay quienes piensan que este hombre era un agente del Gran Duque de Baden y que actuaba con la finalidad de deshacerse del chico. Lo cierto es que para diciembre del mismo año, Stanhope abandona a Kaspar a las autoridades de Ansbach, villa muy cercana a Nuremberg, quienes lo colocan en casa del Dr. Meyer. Kaspar comenzó entonces a trabajar como copista, y pocos días después de colocarse recibió una carta donde se le prometía información sobre su nacimiento. Kasper acudió a la cita y fue herido mortalmente en el pecho. Pudo llegar hasta la casa de Meyer, pero murió tres días después a consecuencia de la herida.
    La policía encontró en el lugar de la cita una carta en la que se decía: "Hauser podría deciros cuál es mi apariencia, de donde vengo y quién soy. Para ahorraros trabajo os lo diré yo mismo. Soy de la frontera de Bavaria, y mi nombre es MLO".
    El asesino de Hauser era el mismo hombre misterioso que le había confinado durante tanto tiempo.Probablemente, Kaspar tenía 21 años.

    Tanto Stanhope como Meyer sostuvieron que Kaspar se había inventado la historia y se había suicidado, pero la autopsia demostró lo contrario.

    Las especulaciones que le habían acompañado toda su vida no cesaron después de su muerte. Hace relativamente poco tiempo, se realizaron pruebas de ADN que demostraron que Hauser no tenía vínculo alguno con la familia de los grandes duques de Baden, pero es probable que su asesinato se debiera a que aunque no era el príncipe heredero de Baden, mucha gente podría creer que lo era.

    El enigma de Kaspar Hauser de Werner Herzog.

    El título original era “Cada hombre para sí mismo y Dios contra de todos”, pero el film quedó como “El enigma de Kaspar Hauser”. Para algunos, fue el film que convirtió a Werner Herzog en un cineasta de renombre internacional; para otros es una película fallida. A mí me gusta mucho. Hoy, Óscar me la ha mencionado, no sé muy bien por qué, y por eso se me antojó recordarla aquí.
    Toda la película gira alrededor de ese ser puro e incontaminado que no entiende el mundo, pero que es capaz de sentir a flor de piel y que ansía mejorar, aprender, comprender y complacer a sus benefactores. Con amor no disimulado, Herzog sigue a ese personaje desde la oscura covacha hasta su muerte: navega junto a él, le acompaña en su breve periplo. La escena en la que Hauser sostiene por primera vez en su vida a un bebé (el hijo de su guardesa), llorando a mares repentinamente, constituye una de las escenas más conmovedoras que he visto jamás. Los hijos de ese guardián amistoso de Nuremberg comprenden bien la capacidad de Hauser, su ternura. El hijo de Hittel ( de siete años), le enseña sus primeras frases, reprende a su hermana cuando ésta quiere que aprenda un poema demasiado largo para él, le enseña a sentarse a la mesa, a coger la cuchara y el signficado de la palabra "vacío".
    La condición de "mono de feria" de Hauser dentro de ese mundo queda plasmada en la escena del "circo de freaks", pero Herzog no tiene la ácida mirada de un David Lynch en "El hombre elefante". Quienes pueblan el circo son seres desplazados, transterrados, diferentes, pero no son monstruos ¿Cuál es su anhelo? Ser libres. Sin embargo, su propia condición se lo prohibe, al no poder pasar desparcibidos entre los demás.La anomalía de Hauser está en su apartamiento del mundo, en su ignorancia de él, en su inocencia.
    El film de Herzog incide en esa ternura de Hauser, en ese perpetuo estupor ante el mundo y también en la originalidad de su visión sobre los otros hombres, la sociedad, la naturaleza y la cultura.
    Esta obra no podría haberse llevado a cabo sin la participación de ese otro Kaspar Hauser que fue (o es) Bruno S., quien lo encarna.
    Herzog lo vio en un documental y lo contrató inmediatamente, con la certeza de que era su hombre. Después se enteró que Bruno S., hijo no deseado de una prostituta, había pasado gran parte de sus tres primeros años encerrado en el armario de la habitación de su madre antes de que ésta le ingresara en un hospicio para enfermos mentales (Bruno tenía una inteligencia normal). De ahí pasó a los orfanatos y a los reformatorios y después se convirtió en músico ambulante. A los 26 años se le diagnosticó una esquizofrenia. Ignoraba lo que era un cheque, un banco, no había recibido educación, dormía en el suelo por no estar acostumbrado a las camas y durante el tiempo que duró el rodaje de la película nunca se quitó el vestuario de su personaje. Exigió a Herzog guardar su identidad y por eso esa "S." misteriosa que le convierte en el único actor protagonista (que yo conozca) que carece de nombre. Herzog cuenta que sólo le hizo dudar la diferencia de edad entre Hauser y Bruno S., puesto que Hauser era un muchacho de 16 ó 18 años, mientras que Bruno estaba cerca de los 40, pero el director estaba convencido que sólo él podría reflejar la impoluta inocencia que debía tener Hauser. No se equivocó. La mayor parte de las escenas de esta singular película fueron registradas en la primera toma.
    Bruno S. supo dotar a su personaje del estupor, del terror intrínseco, del anonadamiento que Kaspar siente hacia un mundo que desconoce totalmente, sin jamás dar una impresión de imbecilidad o de anormalidad mental. También le dio la ternura, la súbita, incontrolable emoción que pudo embargarlo ante una pieza musical, ante el contacto con la manita de un bebé, ante un pájaro que va a comer confiadamente de sus manos (otra de las escenas asombrosas de la película), que según Herzog "surgió" -y lo creo-, sin haber sido planeada. El pajarito se asomó casualmente a la ventana de la celda y se acercó a Bruno-Kaspar aceptando, confiado, el alimento que éste le ofrecía.
    Como en tantas películas de Herzog, casi todos los actores son amigos: poetas. músicos, dibujantes, estudiantes o personas normales cuya actuación es fresca y creíble. Narrativamente, Herzog unifica los varios tutores que Hauser tuvo en la realidad en la figura del profesor Daumer (Walter Ladengast) y se centra en la inmersión de Hauser en la sociedad burguesa, que no puede asumirlo tal como es.
    La extrañeza del mundo, su ilógico funcionamiento y el pensamiento formalmente implacablemente lógico, aunque a la vez equivocado de Hauser (¿realmente, quién no pensaría que una torre está hecha por un gigante o que una fruta que rueda caprichosamente por el suelo no lo hace por propia voluntad?) y contrapone esa inocencia no corrompida por la crueldad de que fue objeto, a la intrincada sociedad: a la iglesia, a la ciencia, a la policía, a la política.
    La muerte de Hauser y sus palabras: "¡Aún me queda tanto por hacer!" cierran una obra hermosa, sensible, conmovedora y que da mucho que pensar.
    02/09/2005 11:52 #. Tema: Cine Hay 4 comentarios.

    Las afinidades electivas de los Hermanos Taviani

    Afinidades electivas_arteyliteratura.JPGLAS AFINIDADES ELECTIVAS (Les affinités éléctives)
    FRANCIA - ITALIA 1996
    Paolo y Vittorio Taviani (basado en el libro homónimo de J. W. Goethe)
    Con Isabelle Huppert, Jean-Hugues Anglade, Fabrizio Bentivoglio, Marie Gillian, Laura Marinoni, Massimo Popolizio y Stefania Fuggetta
    Producido: Film Tre, Gierre Film, Florida Movies
    Dur: 98 mins.

    Las afinidades electivas (1809) es una de las novelas más conocidas del gran Goethe. Cuando tenía yo unos 20 años leí primero su Werther, para después pasar a leer sus poesías, que son muy poco conocidas. Los poemas de Goethe tienen la dulzura y la musicalidad características de la poesía alemana, del cual es un alto representante. Poco después de leer Werther, mi prima Paloma me prestó una novela de Thomas Mann, Carlota en Weimar, que fue la primera obra de Mann que leí, sobre la relación de un Goethe ya viejo y cansado con su eterna amada platónica. Se trata de una obra en la que Mann no sólo bucea en el alma del autor del Fausto, sino también analiza su papel político en la República de Weimar. Pero ésta de las Afinidades electivas no he llegado a leerla, por lo que, al ver el devedé en Fnac, firmado por los hermanos Paolo y Vittorio Taviani y protagonizado por Isabelle Huppert, Jean-Hugues Anglade, Fabrizio Bentivoglio y Marie Gillain me decidí a comprarla sin haberla visto.
    Como en sus anteriores obras, Goethe une aquí las dos grandes corrientes que en él confluyen, armonizándose. Muchos sabemos que el neoclasicismo abre la puerta al romanticismo o, dicho de otro modo, que el romanticismo no es más que una forma avanzada de la Ilustración. Y aquí Goethe se propone probar cierto teorema sobre la combinatoria de los elementos dispares que funcionaría como una premisa para explicar las afinidades o mejor dicho, las pasiones de un grupo de personas. Carlota (Huppert) y Eduardo Otón (Anglade) son un matrimonio surgido después de un largo periodo de separación, unidos no sólo por el corazón, sino también por la razón, que han ido cultivando por separado. El hallazgo de una estatua romana en el fondo del mar y exhibida en Pisa será el punto de partida (no casual) de este nuevo encuentro definitivo. Casados y con un proyecto común (dotar de infraestructuras modernas y racionales la hacienda de él con sistemas de riego, caminos y cultivos nuevos), pronto llegarán a reunirse con ellos dos personajes que van a actuar de revulsivos: Otilia (Gillain), hija adoptiva y protegida de Carlota y un amigo ingeniero de Eduardo, con quien comparte el segundo nombre (ambos se llaman Otón), interpretado por Bentivoglio.
    Poco a poco, el ingeniero y Carlota van acercándose, y lo mismo ocurre entre Eduardo y Otilia. Las pasiones se desatan, pero no los dominan, pues son seres ilustrados, que aspiran a dominarse incluso en estos momentos de apasionado arrobo. El nacimiento del hijo de Carlota y Eduardo (que había "heredado" misteriosamente los cabellos rojos de Otón y el lunar de Otilia), nacido ya en un momento de extraña pasión entre las parejas entrecruzadas, abre la segunda parte de la obra, la de la separación de los amantes.
    Un segunda parte eminentemente romántica, en la que Eduardo y Otón se alejan, y en la que Carlota y Otilia se dedican al cuidado del niño, hasta su muerte accidental. Un intento de divorcio, un encuentro fugaz y la muerte de Otilia, por anorexia y depresión, llevan a la muerte a Eduardo, convalesciente todavía de una herida de guerra. Quienes les sobreviven no pueden, en justicia, permitirse la felicidad. Y por ello se despiden. Carlota seguirá siendo siempre el amor de Otón y Otón el de Carlota. Los amantes muertos descasarán, ya siempre unidos en un mausoleo dentro de la propiedad. Y la danza de la criadita en medio del campo toscano, sumida en la locura por la muerte de Otilia, cierra la película, mientras vemos alejarse a Otón.
    La fotografía es adecuada al tiempo narrado, sigue los parámetros trazados por el la magistral de Barry Lyndon con la luz de las velas, a media luz. La actuación oscila entre la contención y la intensidad, pero no llega a conmovernos. Se trata de una obra hermosamente ilustrada, a la que le falta ese aliento invisible que se llama "inspiración". No por ello es desdeñable.
    28/08/2005 15:24 #. Tema: Cine Hay 12 comentarios.

    Sin City, un gran acierto de Robert Rodríguez

    Sincity_Willis_Alba_blog.JPG(Esta reseña contiene "spoilers")

    Robert Rodríguez selecciona tres historias del artista del cómic Frank Miller (que co-dirige y hace un cameo de sacerdote en el confesionario), los enmarca en dos breves secuencias (prólogo y epílogo) de sensual belleza y vierte (literalmente) las viñetas en blanco y negro con algunos toques de color: verde de los ojos, rojo de los labios, la sangre o el vestido de lamé de una de las protagonistas y el amarillo del líquido putrefacto que en vez de sangre tiene ese pederasta psicótico Roark Jr. (Nick Stahl) tras su transformación en el Bastardo amarillo. Rodríguez, que es también camarógrafo y editor de su película, pone en movimiento las estáticas figuras, pero respeta gloriosamente (diría) su trágico blanco y negro. Los planos en picado y contrapicado y esa lluvia insistente nos sumergen en Basin City, esa ciudad llena de maleantes de alto y bajo vuelo, de prostitutas armadas hasta los dientes o de angélicas, inermes criaturas como Nancy Callahan. Pero aún en medio de esa corrupción (corrupción política, eclesial, policial, especialmente), aún de ese mundo sórdido y oscuro, surgen las criaturas que, convencidas de su misión, logran alzarse para dar un sentido final a su vida y a su muerte.
    Rodríguez traslada con fidelidad visual y moral ese universo entero a la pantalla, y lo hace con la ayuda de un reparto estupendo, en el que a mí sólo me falla un elemento: Clive Owen (como Dwight), que no logra dotar a su personaje de la fiereza y fuerza requeridas. Pienso que si Rodríguez hubiese intercambiado a Benicio del Toro con Owen, la cosa habría mejorado sustancialmente.

    La historia protagonizada por Mickey Rourke y Jaime King (en el doble papel de Goldie/ Wendy) es la traslación moderna y trágica de La Bella y La Bestia. El amor surge dentro de ese monstruo cuya fisonomía remite tanto a Frankenstein como a Hulk, para arrastrarlo a una serie de crímenes y expiaciones cuya finalidad es la venganza. El amor de esta “bestia” surge volcánico e incontenible ante la pérdida del “ángel” que fue amable y cariñoso con é: la única capaz de humanizarle por una noche a través de la pasión y la ternura. La silenciosa y perniciosa irrupción del caníbal (Elijah Wood) rompe este momento feliz de su existencia, llevándolo a la desesperación más absoluta. Marv (Rourke)es el héroe romántico por excelencia: el que no tiene nada que perder porque nada ha tenido nunca. Su única redención proviene de constituirse a posteriori, digno del amor que ha logrado encender en su pecho la hermosa, arcangélica Goldie(Jamie King). Ya se intuye que la fuerza del mal que está detrás de todo crimen en Sin City no es solamente la de los ejecutores: los cerebros serán un Rutger Hauer rescatado para un breve, pero intenso papel de cardenal Roark, y su hermano, el senador y padre del Bastardo.

    Bruce Willis es Hartigan, un policía a horas de jubilarse que decide enfrentarse a este mundo del Mal (del Mal con mayúscula), para salvar la vida de una niñita secuestrada, que sin su intervención sería violada y después asesinada cruelmente. Hartigan sabe con quién se va a enfrentar: nada más y nada menos que con el hijo del senador, Raork Jr., pederasta y psicópata y como tal, monstruo entre los monstruos. Lo hace a conciencia, sabiendo que se juega la vida, para salvar su alma. El calvario que le espera es aterrador. Tras la liberación, busca a aquella niña, ya convertida en una joven de 19 años (la sensual a la par que ingenua Jessica Alba)a quien salvó y que a su vez le salvó de la locura y la muerte con sus cartitass semanales y con ellas llenó los ocho miserables años que pasó en la jaula. Esta búsqueda de Nancy le lleva a encontrarla y a definirla claramente como el gran amor de mi vida. Amor que, como todo calvario en su versión romántica, debe terminar con el holocausto del amante. El sacrificio de la propia vida para salvar la de ella. Hermoso final y gran actuación de Willis, quien siempre me ha parecido un excelente actor, nada histriónico y sí muy expresivo.
    La tercera historia ( a mi juicio la más floja), tiene como protagonistas a Clive Owen (Dwight) quien, llevado por la ira, perseguirá y después será perseguido por Jackie-Boy (Benicio del Toro), un maltratador de mujeres. La persecusión les llevará hasta la ciudad vieja, donde las prostitutas han establecido un nuevo “Reino de las Amazonas” (Rosario Dawson, tan hermosa como siempre en su papel de Dominatrix, Devon Auki –ojo con esta chica, dará que hablar- y Alexis Bledel) Gail (Dawson)y sus chicas matan a Jackie-Boy (del Toro) sin saber que es poli. Y de ahí, la secuencia automovilístico-surrealista que filma Quentin Tarantino por un dólar, la ruptura de la tregua con la poli, la masacre, la sangre y la apoteosis final.
    La obra se cierra con un epílogo de menor belleza que el prólogo, a mi juicio y con la estupenda sensualidad de la música de la Sensemayá de Silvestre Revueltas.
    Esta película significa un paso adelante en la carrera de ese irregular director chicano que es Robert Rodríguez. Necesariamente, esta experiencia no será repetida, a no ser en una segunda parte que propiamente no podremos llamar secuela, por lo que su futuro como autor (para mí) sigue siendo un interrogante. No cabe duda que ha sabido innovar visualmente, que su puesta en escena es deslumbrante, que sus actores han sido excelentemente dirigidos y que su romanticismo (me refiero al romanticismo de verdad), presente tanto en El Mariachi como en Abierto hasta el Amanecer, ha salido reforzado. No os podéis perder Sin City. Hay que verla más de una vez.

    Como Bonus track, Rodríguez nos rescata del olvido a dos actores con mitología: Mickey Rourke (Nueve semanas y media) y Hauer (qué decir de su inolvidable Nexus 6, en la absoluta obra maestra que es Blade Runner), ambos estupendos en sus respectivos papeles y que son también, dentro del cine, héroes caídos. Finalmente, nos salva del encasillamiento a Elijah Wood ¿Qué más puede pedirse?

    Si tuviese que definirla entres palabras diría: Amor. Muerte. Fabulosa.
    25/08/2005 12:01 #. Tema: Cine Hay 13 comentarios.

    Dos películas de

    Sebastian_de Derek_Jarman_arteyliteratura_blogia.JPGDerek Jarman nació en Northwood, Middlesex, Inglaterra en 1942. Se educó sucesivamente en Hampshire y Dorset antes de emigrar a Londres para estudiar Bellas Artes en el prestigioso King's College (1960-1963) y en la no menos famosa Slade School of Art (1963-1967).
    Comenzó su extensa carrera de creador multifacético (poeta, narrador, fotógrafo, pintor y cineasta, además de activista) en 1969 y realizó una ingente cantidad de obras hasta su prematura muerte, en 1994.

    Hubo una época en que me interesé por el cine inglés, aunque me he sentido sucesivamente más identificada con otras cinematografías (como la francesa o la china, pero nunca he llegado tan lejos como para hacerme fan del cine iraní, a pesar de lo que pueda pensar mi hija Paulina).
    La primera película inglesa que me impactó fue A taste of Honey(1961), de Tony Richardson, que vi en 1966 con Octavio, en la cineteca del CUC. Una década después, me aficioné (al menos parcialmente) al cine de Ken Russell. Era nuestra era pop y su cine era diferente. Además, contaba con la complicidad de la gran Glenda Jackson, de Oliver Reed y Alan Bates. A Bates lo vi en Londres en el teatro, en una obra de Harold Pinter, autor que siempre he tenido muy metido en mis entretelas y con el que precozmente me sentí involucrada ya en mi época de “crítica teatral” en México. Bueno, es obvio que mi cineasta inglés favorito es , (el maestro de maestros). Pero Derek Jarman también me gusta. Hoy me he propuesto reseñar dos de sus películas que he tenido la suerte de “pescar” en diversos establecimientos barceloneses. Esto de “pescar” perlas raras es muy excitante, porque estas películas son codiciadas por los cinéfilos, que aunque escasos, existen; porque generalmente sólo hay una en la tienda más grande del mundo, porque si le preguntas por ella al vendedor, inevitablemente te mirará como si fueras un marciano o un asesino en serie, porque nadie más las ha visto, porque… en fin, hoy estoy haciendo demasiadas digresiones y paso a centrarme. Decía que Jarman me gusta, porque aparte de la etiqueta de cineasta gay, su afán experimental siempre me ha producido placer. Nunca me ha parecido estridente o vulgar y algunas de las cosas que hizo, hoy se hacen con toda naturalidad. Además, tiene mucho en común con Pasolini (con el mejor ), que para mí no es el del Decamerón o los Cuentos de Canterbury, que son las películas que han editado en DVD, sino el de Teorema, Medea o Edipo. Porque en ambos hay un deseo de autenticidad, un deseo anti-hollywoodiense, de presentar la antigüedad casi antropológicamente, buscando los paisajes, la música, el vestuario y las imágenes mentales que pudieran tener verdaderamente en esos tiempos. Y también buscando trenzar los hilos que nos unen hoy, en nuestro presente histórico, con esos tiempos anteriores. Cosa que creo consigue siempre el arte: abolir el tiempo sin obviarlo, haciéndose eterno retorno, actualizándose cada vez: volviendo a nacer, volviendo a ser, una y otra vez y siempre fresco.

    Sebastiane (1976)
    Guión: Derek Jarman y James Whalley
    Música: Brian Eno
    Fotografía: Peter Middleton
    Reparto: Richard Warwick, Neil Kennedy, Leonardo Treviglio, Lindsay Kemp, Barnes James.

    Es bien conocida la iconografía de San Sebastián, icono gay donde los haya, para contar de nuevo la historia de este mártir cristiano de la era de Dioclesiano. Jarman aquí filma en latín (como Mel Gibson filmó en latín y arameo La pasión de Cristo)y por las mismas razones: le resultaba imposible contar esta historia de otro modo. Encuentro esta idea doblemente seductora: por una parte, el latín posee una elegancia, una limpidez y una belleza que no puede ser igualada por el inglés (o por ninguna otra lengua, salvo, quizás, el francés), por otra, Jarman busca la verosimilitud y el alejamiento de los clichés hollywoodienses que son la marca de fábrica de este enfant terrible inglés.
    El texto de la película de Jarman es un texto hermoso, poético y lleno de metáforas y de imágenes poéticas. Y para mí, lo más bello de la película. La expresión del amor divino que embarga a Sebastián es única: por fuerza está emparentada con la literatura mística, cuyas palabras o cuyo erotismo no pueden tener otro referente que el amor humano, pero cuyo destinatario es otro muy diferente: Dios mismo.
    Filmada en el norte de África, en un paisaje agreste, arenoso, seco, en él el mar y la arena, escenario del exilio al que es condenado Sebastián, juegan un papel muy importante. No sé por qué, en su momento, esta historia fue leída como cuasi pornográfica o como apología de la homosexualidad. Porque históricamente, la homosexualidad era factor inherente en la milicia, tanto griega como romana, y porque en el exilio, perdidos en aquel campamento casi inhabitable, solos con ellos mismos, la homosexualidad brotaba incluso en aquellos que eran heterosexuales.
    El amor que siente Severus por Sebastián es un amor terreno, al que el futuro mártir no puede ni quiere corresponder: "Triste y pobre Severius -le dice- ¿Crees que tu ebriedad libidinosa puede compararse con el amor de Dios?". Y su ascetismo, su pureza, en resumen, su diferencia respecto al grupo, son un estímulo para la crueldad de todos, exceptuando a Justinus, su gran amigo, en compañia de quien Jarman filma las más bellas escenas de amistad desinteresada y pura entre hombres que yo haya visto jamás. No puedo resistir la tentación de inlcuir un fragmento de diálogo entre ambos, cuando Justinus ofrece un caracol a su amigo y escuchan su sonido, ambos retrepados en una roca, rodeados por el mar:

    --¿Qué oyes?
    -- Oigo suspirar a los dioses ¿y tú?
    -- Nada. Espera... Oigo una gaviota que grita tu nombre en medio de una tempestad. Dice tu nombre: "¡Sebastián, dilectísimo Sebastián!". Toma. Escucha.
    -- Oigo un canto hermoso como el de un ruiseñor. Escúchalo. Me recuerda mi infancia y el sonido de voces medio olvidadas.

    La crueldad del bello centurión Severus se basa en el deseo insatisfecho; la de los otros, en una simple diversión perversa, en medio de una ociosidad exasperante, muy bien explicada en los juegos absurdos que ocupan su tiempo.
    En ese mundo de incomprensión, Sebastián goza del consuelo de su fe, de la visión de Cristo (nada que ver con la habitual de Hollywood) y de la amistad de Justinus, que morirá defendiéndolo.
    Un defecto de la película es que no se ajusta a los hechos históricos. En realidad, Sebastián no muere a causa de las flechas, sino que sobrevive. Al enterarse Diocleciano, le manda azotar hasta la muerte. Pero la verdad poética es tan poderosa… Yo creo que Jarman no se vio con fuerzas para oponerse a tantos siglos de iconografía para contar la verdad sobre la muerte del santo.
    La fotografía muestra tanto la agresividad del paraje como la belleza de esos cuerpos semi desnudos de hombres hechos a la guerra, en constante movimiento inútil, sin rumbo, sin finalidad: fuertes y a la vez vulnerados por el deseo o por la crueldad. Quemados por el sol, mojados por el mar; primitivos, crueles, y sólo excepcionalmente tiernos, como en esa hermosa escena del amor masculino entre Antonio y Adriano, rodada con tremenda sensibilidad.
    No entiendo cómo puede herir susceptibilidades esta obra. Yo la encuentro desnuda y hermosa como una escultura del período pre-clásico.

    Eduardo II (1991)
    Guión: Derek Jarman, Stephen McBride, Ken Butler ( Basada en una obra de teatro de Christopher Marlowe, contemporáneo de Shakespeare)
    Música: Simon Fisher Turner
    Fotografía: Ian Wilson
    Reparto: Tilda Swinton, Steven Waddington, Andrew Tiernan, John Lynch, Dudley Sutton, Kevin Collins, Jerome Flynn, Nigel Terry

    Basada en una obra teatral de Christopher Marlowe (en su tiempo, mucho más famoso que el hoy idolatrado William Shakespeare), que a su vez se basó, como era muy frecuente, en la historia de Inglaterra (qué gran Historia, llena de asesinatos, sangre, parricidios y humor negro), Jarman plantea este tremendo dramón de homofobia, traición, intereses políticos, adulterio y sadismo en una escenografía futurista y/o minimalista. Esto ya de por sí me parece interesante. La visión hollywoodiense ha hecho que pensemos inevitablemente en salones del trono y palacios kitsch, en lujos asiáticos, en grandes cortinajes, abundancia de objetos. No, los lujos vinieron mucho más tarde, cuando los monarcas se establecieron como absolutos, ya muy entrado el siglo XVI. La escenografía es muy escueta, con grandes muros de concreto, con plataformas, con tonos grises o sepias. Los actores visten con trajes modernos, y todo transcurre en interiores, salvo las escenas nocturnas de la persecución de Gaveston, en las que la oscuridad circundante (sólo rota por la luz de la hoguera), no deja ver tampoco el escenario natural.
    La historia de Eduardo II ( 1284-1327) es la de un rey inglés casado con Isabel de Francia (la misma que, anacrónicamente, aparece como “enamorada” del héroe escocés en ese Braveheart de Mel Gibson tan radicalmente opuesta a esta obra de Jarman en todo), enamorado de Piers Gaveston, un galés de la pequeña nobleza al que su padre, mientras reinaba, exilió. En cuanto consigue la corona, Eduardo le invita a volver. Todo lo que sigue es previsble: los celos y el salvaje rencor de la reina, las intrigas de los grandes nobles, que luchan inútilmente por el favor del rey y que se sienten insultados por la absurda cantidad de títulos, tierras y dinero que Eduardo da a su favorito. La guerra de Escocia y su pérdida, por culpa de la inconciencia real, la alianza entre el traidor Mortimer e Isabel de Francia para deponer y asesinar al rey, y finalmente la cruel prisión y la infamante muerte del odiado Eduardo.
    Esta película fue nominada para el León de Oro de Venecia, y Tilda Swinton recibió la Copa Volpi: Eduardo II se sostiene todavía como una obra sin concesiones en la que el protagonista, Eduardo, es probablemente el único sincero. Sincero en su amor por Gaveston, por quien se lo juega todo, sincero en sus desinterés por los asuntos de estado, sincero en su ingenuidad, que le impide ver el interés del favorito y el rencor de su esposa y de su amante, Mortimer, el odio de los nobles y su poder sobre él: solo, en su amor loco. Solo como todo ser que ama y no es realmente correspondido. La tragedia para mí es ésta y no la infamante muerte, que durante siglos ha alimentado el morbo de la gente. La tragedia es amar y no ser amado con igual denuedo.

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    05/08/2005 14:49 #. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

    Big Fish, de Tim Burton (Una impresión)

    Big_fish_arteyliteratura.jpgEn 2003 escribí esta breve impresión de la que entonces era la última película de Tim Burton. Hoy la rescato, pues me la ha recordado el artículo que Óscar ha colgado en El Parnasillo, como siempre muy completo y trabado.

    Entonces, al calor de la impresión de Big Fish escribí:

    (Burton) "Es un poeta de la imagen. Un espíritu fantástico, también un poco fantasmal. Que ama las nieblas que se levantan en los bosques y las extrañas criaturas que ahí pueden vivir y viven, alejadas de los ojos de los prosaicos.
    Lo improbable, incluso lo muy improbable, puede ser cierto. La vida no está solamente constituida de la plana realidad. Lo ficcional puede encarnarse. Ante los ojos atónitos del hijo, todos los seres, todos los hechos surgidos de la fantasía del padre, vienen a juntarse en una ceremonia de despedida. Hay bondad. solidaridad, colaboración en la película. No hay maldad. Ni una sola acción viene precedida ni por el odio, ni por la envidia, ni por la avaricia.
    El padre es el gran pez que no puede ser pescado. El superviviente: el mito.
    Y los que en la penumbra del cine gozamos y sufrimos con sus avatares, nos sentimos unidos por las lágrimas que corren, reales y no ficticias, porque deseamos creer que es cierto lo que nos cuenta la ficción. Ésa es la magia del cine.
    Magnífica banda sonora, como siempre, de Danny Elfman".

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    31/07/2005 15:11 #. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

    Méliès, pintor y dibujante

    melies_dibujodelaluna_arteyliteratura_.JPGMotivada por el muy acertado artículo que Óscar ha dedicado al cine de Méliès en su página web El Parnasillo, compré el DVD del pionero francés. Hay muchísimas cosas del cine que ignoro, y mi amistad con Óscar afortunadamente me da este tipo de sorpresas, aunque me dé otras también, menos encantadoras.
    Al ver la obra de Méliès con detenimiento, (claro que había visto fragmentos antes, como todos, pero sin prestar demasiada atención), me he dado cuenta de la tremenda carga de industriosidad y de trabajo en sus obras. Todo el proceso de hacer cine artesanalmente es asombroso. La cantidad de trabajo que se tomó Méliès, las horas que invirtió y el talento...
    Méliès debió sentirse poseído por ese espíritu mortal de la pasión compulsiva, que hace que uno se dedique exclusivamente a algo a todos horas, poseído del espíritu de la creación: espíritu mordaz y cruel la mayoría de las veces, que pide siempre más, y más, y que termina consumiéndonos. En su caso, ese algo era un montón de cosas cuya finalidad era conseguir unos cuantos metros de película. Para ello, Méliès dibujaba, diseñaba, cortaba y pintaba unos decorados absolutamente impresionantes, tomando en cuenta la perspectiva y las dimensiones del estudio donde grababa, el diseño del vestuario y su manufactura, la utilería y la tramoya (sacados, no me cabe duda, de los hallazgos del Versalles de Luis XIV, tan revolucionarios en su tiempo), la elaboración del guión, la actuación, la edición, y finalmente, el coloreado de los fotogramas.
    No sólo resulta un trabajo hercúleo por su diversidad y por su extensión, sino también por la belleza conseguida.
    Como pintor, Méliès me ha alucinado por su destreza, su creatividad y su imaginación. Toda en blanco y negro, usando todos los matices de grises, la obra pictórica de Méliès resulta importante por sí sola. Y supera, con mucho, lo que podríamos llamar una excelente escenografía. Sucede en menor medida con los dibujos de Bécquer: resultan asombrosos porque no se trata de un talento aislado, sino porque viene envuelto en otro u otros talentos igualmente sobresalientes.
    Ese trabajo de Méliès, cuya finalidad era únicamente formar parte de la película, un trabajo que como pintura era fugaz, aunque como escenario estuviese destinado a perdurar, me conmueve. Ese espacio lleno, esas palmeras, esos riscos, esos edificios, hasta esas mesas y sillas cuasi surrealistas de puro poéticas: esa otra verdad del arte, no fotográfica sino evocadora, apabullan por su cantidad y por su poder metafórico. No me extraña que para sus creaciones, que eran pura imaginación, pura creación emocional, Méliès desdeñase casi siempre los decorados realistas. La realidad nunca puede sustitir la sugerencia que da el arte, Y arte son sus pinturas y dibujos, sus escenarios y sus fondos.
    Os recomiendo revistar Méliès, ese genio de la pintura y del movimiento. Precisión y poesía son sus características principales.

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    28/07/2005 13:12 #. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

    Pier Paolo Pasolini a 30 años de su muerte

    Pier Paolo_b.JPGAmé primero su cine: "Teorema" me descubrió a la fascinante Mangano, entonces en la plenitud de su elegante madurez, y a Terence Stamp, ángel diabólico, moderna representación de Eros que corrompe con su inocencia y su seductora mirada a todos los miembros de la familia burguesa. Padre, madre, hijo, hija. Todo lo aparente se desmorona ante el deseo. El cuerpo, viene a decir Pasolini, pasa por encima de todo para imponer su terrible tiranía.
    Luego "Edipo Re". Todavía me escuece la mirada de ese desierto flameante. Esas vestiduras rudas, ese broche con el que Edipo se saca los ojos. Y la casa en la campiña italiana, la nueva morada del niño eterno. Tiresias, la maldición, el destino. Qué gran película y qué sobriamente nos enseña: nada se puede hacer para desviar el camino o para salir de él a tiempo. De nuevo, la Mangano, deslumbrante.
    Para mí son las dos grandes obras de Pasolini.
    Luego, amé su poesía, "LAs cenizas de Gramsci","Poesía en forma de rosa", "Una vida violenta" o "Mi juventud"
    Y lloré su muerte (como la de Cortázar o la de Allende: forman parte de mis muertos).
    Un fragmento de su poema, "Testamento", un recuerdo emocionado a los 30 años de su desaparición.

    Versos del Testamento de Pier Paolo Pasolini

    La soledad; hay que ser muy fuertes
    para amar la soledad; hay que tener buenas piernas
    y una resistencia fuera de lo normal: no hay que exponerse
    a resfriados, gripe o dolor de garganta: no hay que temer
    a atracadores ni a asesinos; si es preciso caminar
    toda la tarde o, tal vez, toda la noche
    es preciso saberlo hacer sin darse cuenta; no hay dónde sentarse;
    especialmente en invierno, con el viento que sopla sobre la hierba mojada,
    y con las rocas entre la basura, húmedas y fangosas;
    no hay ningún consuelo, de eso no hay duda,
    además del de tener por delante todo un día y una noche
    sin deberes ni límites de ningún tipo.
    El sexo es un pretexto. Por muchos que sean los encuentros
    -hasta en invierno, por las calles abandonadas al viento,
    entre los montones de basuras contra los edificios lejanos,
    son muchos- no son más que momentos de la soledad;
    cuanto más cálido y vivo es el cuerpo gentil
    que mancha de semen y se va,
    más frío y mortal es en derredor el amado desierto;
    es él el que llena de alegría, como un viento milagroso,
    no la sonrisa inocente ni la turbia prepotencia
    del que luego se va; él se lleva consigo una juventud
    enormemente joven; y en esto es inhumano,
    porque no deja huellas o, mejor dicho, deja una sola huella
    que siempre es la misma en todas las estaciones.
    Un muchacho en sus primeros amores
    no es más que la fecundidad del mundo.
    Es el mundo que así llega con él; aparece y desaparece,
    como una forma que cambia. Quedan intactas todas las cosas,
    y tú podrás recorrer media ciudad y no lo volverás a encontrar;
    el acto está cumplido, su repetición es un rito. Así pues,
    la soledad es aún mayor si toda una muchedumbre
    espera su turno: en efecto, crece el número de las desapariciones-
    irse es huir- y lo que sigue se cierne sobre el presente
    como un deber, un sacrificio que hacer al deseo de muerte.
    Pero al envejecer el cansancio empieza a hacerse notar,
    especialmente en el momento en que acaba de pasar la hora de la cena,
    y para ti nada ha cambiado; entonces, por poco no gritas ni lloras;
    y eso sería enorme si no fuera, precisamente, nada más que cansancio,
    y, si acaso, algo de hambre. Enorme porque querría decir
    que tu deseo de soledad ya no podría satisfacerse,
    y entonces, ¿qué te queda, si lo que no se considera soledad
    es la soledad auténtica, la que no puedes aceptar?
    No hay cena ni almuerzo ni satisfacción del mundo
    que valga una caminata sin fin por las calles pobres,
    donde es preciso ser desgraciados y fuertes, hermanos de los perros.

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    28/06/2005 20:08 #. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

    Werner Herzog y Carlos Saura con Lope de Aguirre

    El_gran_Kinski.jpg“Aguirre” no es la película más lograda de Herzog, pero tiene algunas escenas magníficas, como las del inicio, cuando la fila de hombres como hormigas van bajando de esas alturas (de Macchu Picchu, como diría Neruda), internándose en esa vastedad que luego veremos que va a tragárselos, y el plano se hace medio y aparecen ya los indios, los españoles y las llamas, y cae una de las cargas y se destroza, como alegoría o premonición de la destrucción que les espera en esa inmensidad inabarcable e indomable. Ahí pienso yo que Herzog establece el “tema” de la obra. También es precioso (y muy famoso), el travelling circular del final con la balsa infestada de monos, cuando ya todo acaba y es pura miseria, hambre, muerte, sangre y río.
    En cuanto a Aguirre, era un hombre pequeño y estaba cojo de la pierna derecha porque había recibido dos disparos de arcabuz y los cronistas hablan de su mirada de loco y de que padecía insomnio: no dormía porque temía ser asesinado. Antes de ese viaje ya había matado muchos españoles, oidores, gobernadores, frailes y soldados. Y él mismo, cuando se llama “Ira de Dios”, o “Traidor” en la famosa carta que escribe a Felipe II, establece su identidad sanguinaria. Creo que fue Unamuno (pero no estoy segura), quien le llamó “hermano de Macbeth”.
    La película de Saura es complementaria de ésta. A mí me gusta mucho Omero Antonutti. Saura tiene una visión más política. Y Herzog se preocupa por dar una visión ontológica, se preocupa más por la locura de estos hombres que piensan que conquistan esa vastedad territorial cuando en realidad están siendo absorbidos y vampirizados por ella. Creo que lo que importa a Herzog es mostrar esa pretensión de dominio del medio que no puede cumplirse y que acaba con el conquistador, después de que él haya acabado con los otros.

    "Fue hombre de casi cincuenta años, muy pequeño de cuerpo y poca persona; mal agestado, tullido en la guerra del Pirú, la cara pequeña y chupada; los ojos que si miraban de hito le estaban bullendo en el casco, especial cuando estaba enojado... Fue gran sufridor de trabajos, especialmente del sueño, que en todo el tiempo de su tiranía pocas veces le vieron dormir, si no era algún rato del día, que siempre le hallaban velando. Caminaba mucho a pie y cargado con mucho peso; sufría continuamente muchas armas a cuestas; muchas veces andaba con dos cotas bien pesadas, y espada y daga y celada de acero, y su arcabuz o lanza en la mano; otras veces un peto."

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    27/06/2005 21:58 #. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

    Luchino Visconti y "Ludwig"

    _Ludwig2_Visconti_DVD-D-3.jpgPor Gabriela Zayas

    A principios de julio vi, con sorpresa, que habían programado el “Ludwig” de Luchino Visconti en los cines Verdi y fui. Constaté que entendía perfectamente el italiano (lo estudié en la facultad, “illo tempore”). Compré el DVD en Alemania (trae las versiones alemana e italiana) y he vuelto a verla. Trae dos discos, y en uno, un documental sobre Visconti. Me he acordado de mí. De mí como espectadora de esas películas. Cómo es esto de la edad. Uno va haciendo etapas inadvertidamente: va acumulando. Puedo ver hacia atrás, las mías.
    Los primeros años, a mis 16. Todavía virgen o casi, en cuanto al cine (y en cuanto a casi todo). La Cineteca de la Universidad. Se llamaba el CUEC (Centro Universitario de Estudios Cinematográficos), en la zona de Copilco. Octavio y yo solíamos ir los domingos. Después de las proyecciones había debates. A Octavio le encantaba Visconti ( además de Mónica Vitti), así que creo que la primera película que vi en la Cineteca fue “Rocco y sus hermanos”. Luego, con “El Gatopardo”, recuerdo a Octavio anticipándose a aquella hermosa entrada de la cámara de cine en la estancia de la villa del príncipe, cuando todos rezan el rosario. Y el aire que mueve la cortina, y la sobriedad de la familia entre aquella suntuosidad. Lo recuerdo diciendo: “Fíjate qué maravilloso comienzo”. Recuerdo la emoción de los dos (mía y de Octavio) cuando entra en el baile la hermosa Claudia, fresca, toda vestida de blanco: la nueva Italia entra con ella. Es uno de los momentos inolvidables de mi juventud, qué cosas.
    Visconti, que es a la vez un comunista y un aristócrata, se convierte una vez más en el narrador de la decadencia, de la soledad y de la permanencia de los hábiles. “Que todo cambie para que todo siga igual”, creo que dice el Príncipe.
    Después, vi “La tierra tiembla”, “Obsesión”, “Senso”, y más tarde “La muerte en Venecia”, “La caída de los dioses”, “Los malditos”, y ya en Barcelona, este “Ludwig” y luego, “El inocente”. Pero aquí de nuevo volví a ver “El Gatopardo”. Recuerdo que fui con Paulina. Así que he visto a Visconti en todas mis edades, en todas mis etapas, y en todas me ha hablado. El profesor, en “Confidencias”… qué gran personaje, qué fábula tan magnífica. El elegante, el solitario profesor, que confiesa a la absurda familia, tan corrompida, pero viva, que los ha llegado a ver como si fueran de su propia sangre.
    Pienso que en Visconti todo gira alrededor de la soledad y de la solidaridad. Creo que son los ejes de la obra de Visconti. Esos dos polos. El amor por la belleza y la necesidad de lo humano, auque no sea bello, sino turbio, manchado e impuro.
    En cuanto a “Ludwig”, estoy de acuerdo con mi amigo Óscar en que a "El Gatopardo" y a "Ludwig" les falta un cierto brío. Sin embargo, lo asocio con una característica que tienen ambas, y es que muestran un conflicto personal dentro de un contexto político y sociológico, y en el caso de "Ludwig", incluso psicológico. Eso implica dejar de lado la acción para mostrar las muchas caras de ese conflicto y todas las implicaciones. Es más un análisis que una descripción y por eso ambas películas transcurren concierta morosidad, perdiendo un poco de fuerza, pero ganando en profundidad.
    La primera parte, hasta que se rompe el compromiso con Sophie y termina el "idilio" con Wagner, tiene el encanto de la ascensión, de la belleza y juventud de Ludwig, y no es tan expícita (excepto en las escenas con Sissi en el bosque o en la isla, cuando él le recita partes de Sigfrido o cuando ella le riñe por sus excesivos gastos), encuanto a la contradicción entre los ideales y la realidad que van a marcar la vida del monarca. Lo que me interesa mucho a mí es la aspiración que tiene de un mundo lleno de nobleza, belleza y poesía, y la dura lucha cotidiana contra la mezquindad, el interés económico y
    erótico que subyace en los otros y en él, también.
    Me resulta interesante cómo busca literaturizar y exaltar la vida ideal, a la vez que cae en brazos de seres anímicamente liliputienses.
    Incluso Wagner le utiliza de una manera innoble, se aprovecha de él descaradamente para pagar sus deudas millonarias, para vivir como un pachá, para llevar a cabo sus proyectos megalómanos. Y aunque sea un gran artista, se comporta como un chulo. Yo creo que el gran amor de la vida de Ludwig es Wagner. Y ni siquiera él llega a cumplir
    sus expectativas, porque se da cuenta de sus manejos, de sus engaños, de sus traiciones (me encanta la Mangano, qué extraordinaria está como Cosima).
    Pienso que los diálogos con Sissi son especialmente lúcidos, por parte de ella. La forma en que analiza el porqué del "amor" de Ludwig hacia ella : porque es un amor imposible, por eso la ama. Así, no hay posibilidad de desilusión. Y cómo ella, aun sintiéndose identificada en cierto modo con él, le recuerda que por egoísmo no puede dejar de lado sus compromisos o gastar esas sumas exorbitantes a su capricho.
    Las intervenciones de los ayudantes, del ministro o de los médicos aportan datos sobre cómo el gobierno de Baviera jugó con Ludwig, primero soltándole la rienda y después cómo, cuando le convino, apeló a la "locura" para apartarlo y constituir la nueva Alemania sin ese molesto lastre que constituía el final de la dinastía reinante desde
    hacía tantos siglos.
    En realidad, la "locura" consiste en buscar la belleza y la perfección formal e inventarse unos escenarios, vacíos de personajes, esps castillos alucinantes y anacrónicos, que por cierto pagaba de su bolsillo. Y planificar su vida imaginaria en medio de la soledad más absoluta. Vivir casi como un espectro y desdeñar el poder, la corte y los compromisos de su cargo. Pero no para vivir como un burgués o como un anacoreta, claro. Su prima hizo algo similar, pero no fue tan extravagante ni reinaba. Al ser solamente la consorte, Aunque fuera la consorte del emperador de Austria-Hungría, no fue tan escandaloso. A ella no la acusaron de loca. Aunque nunca fue buen vista, pero su rechazo de la vida que
    le tocó vivir es similar a la de Ludwig, de ahí que él la considerase una especie de alma gemela.
    Yo creo que el discurso de Visconti ( como he dicho antes), tanto aquí como en "El Gatopardo" y también en "Confidencias" y en "La muerte en Venecia", es precisamente el de un aristócrata que ama la belleza, el lujo, la poesía y el arte, pero que muestra la necesidad que tenemos todos de "descender" a lo humano, porque nadie puede
    privarse de los demás. Y creo que el problema de Ludwig es ése precisamente, que a pesar de sus esfuerzos por desprenderse de la vulgaridad del mundo, no puede dejar de lado lo humano; lo que necesariamente lo enfrenta con la mezquindad, la avaricia, la ambición de todos los que entran en contacto con él. Porque no va a encontrar a
    nadie que le ame por sí mismo. Y el amor de él a los demás es un amor ficticio, como le señala Sissi : un amor que en realidad desea no encarnarse, no ser realidad.
    Entonces la tragedia radica en la imposibilidad de vivir el sueño de la sublimidad.
    Y por eso Ludwig abdica y muere, o se deja morir o se suicida. No se resiste, ni intenta, después de tener a todo su gobierno en sus manos, salvarse. Porque no existe esa salvación. Ir a Munich, ser un gobernante: no es eso lo que quiere. Quiere seguir en sus castillos y que lo dejen solo. Y sabe que ya no es posible.
    Es una parábola muy hermosa, y lo es más si consideramos que es histórica. Y también el final del estado de Baviera, la absorción de los estados nacionales alemanes para formar la Gran Alemania. Todo eso es apasionante. El triunfo del pragmatismo sobre el romanticismo. Y los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial.

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    06/05/2005 18:57 #. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

    Patrice Leconte:" Confidencias muy íntimas"

    01_confidenciasmuyintimas.jpg"Mi marido ya no me toca. Prefiero eso a ser una mujer abandonada.-

    El cine de Patrice Leconte es romántico. En la mayoría de sus films prevalece el sentimiento sobre la razón. El amor sobre los propios instintos o el propio carácter (como en “La chica del puente”). El amor es un encuentro fortuito y sin embargo, un destino, como en “El marido de la peluquera” que trae la felicidad o que lleva a la muerte (“La viuda de Saint Pierre”). Hábil cineasta y maestro de los travellings ascendentes, Leconte se rodea de los mejores para llevar a cabo sus proyectos: Daniel Auteuil, Juliette Binoche, Jean Rochefort, y en “Confidencias muy íntimas”, Fabricio Luchini y Sandrinne Bonnaire. Leconte gusta de forzar su esteticismo, impone su tono visual. No lejos aquí de “Monsieur Hire” ese magnífico drama más amoroso que policial, más psicoanalítico que sociológico, nos lleva a explorar un fatalismo ante la propia soledad, que cae hecho añicos ante el descubrimiento súbito del amor más fulgurante, más evidente, más inesperado y más abismal. En “Confidencias muy íntimas”, tenemos esos mismos elementos: la música es dramática y omnipresente hasta la saturación, los planos son primeros planos (de los rostros, de los pies que llevan a Anne a la consulta del que ella cree que es un psiquiatra y resulta ser un gris asesor financiero que usa el despacho como vivienda: un despacho y una vivienda que ha heredado de su padre.
    Desde el primer momento, cuando seguimos los pies enfundados en las botitas de Bonnaire, cuando escuchamos la música, sabemos que algo extraño pasará, algo inusual, algo que no nos esperamos. Tal vez un crimen. La luz ilumina los grises, los azules y los verdes y sólo destaca el naranja oscuro del abrigo de Bonnaire en ese mar de tonalidades oscuras y solemnes, de ese mar de soledad cromática. El mobiliario, la puerta acolchada, las lámparas del despacho del “psiquiatra”, el cuadro, borroso, en la pared: todo nos habla de soledad, de desilusión, de tiempo caducado y perdido. Todo es inquietante y angustioso hasta que ese torrente de palabras sale de la boca de ella, hasta que vemos la cara de asombro de él, su silencio, su desvalimiento ante la sinceridad de ella. Todo es angustioso y a la vez atrayente. Sabemos que hay un misterio ¿pero qué misterio? Como en “El hombre del tren”, el misterio se irá desvelando y aparecerán otros, otras dudas: ¿Es él un “fisgón”? ¿Es ella una mentirosa? ¿Es todo falso? Y si lo es ¿qué busca ella? ¿Qué busca él (en ella)?
    La obra se mueve en un constante ir y venir de sensaciones y de palabras y silencios entre los dos personajes. Cerrado en sus propios límites, el drama sólo puede acoger a una tercera persona: el marido. Y ocurre ante los ojos de una testigo: la secretaria, también heredada de la época del padre. Las confidencias son pudorosas, ocultan y desvelan, con muy pocas palabras, toda una historia del desamor. Y sin embargo, es un film realista. La poética se desprende de él y nos envuelve, pero no por idealización, sino por decoro del dolor, de las lágrimas, del ansia de amar. Pero todo es silencioso. Paradójicamente, todo el subsuelo de la película es silencioso, no elocuente. Y ésa es su poesía, como en “El marido de la peluquera” el amor que vemos surgir , la necesidad del otro, ocurre en silencio ante nuestros ojos, sin ser mancillado por las palabras banales, o por los gestos innecesarios. Los gestos son mínimos: nos encontramos ante dos personas, dos personajes, dos actores. El interés reside en ese dueto clásico: el de un hombre y una mujer que se relacionan con palabras, con silencios, con expectativas y con dudas. El drama interior reducido a la mínima expresión ¿o a la máxima?
    Sandrinne Bonnaire y Fabricio Luchini. Ella, dura y seductora, irritada o nerviosa, solitaria y buscando consuelo. Bella sin hermosura. La que con su confusión derecha-izquierda irrumpe en la vida de William para transformarla. Y Luchini, atónito, molesto, inseguro, desvalido, expectante, desconfiado, maniático, depresivo, triste, que se pone en marcha en el momento en que regala el cuadro heredado a su exmujer, Jeanne. Con el cuadro, se desprende de todo su pasado y del pasado del padre. Comienza a avanzar. Y avanza hacia ella cuando ella se marcha. Porque ahora, la vida de él es ella. Y para encontrarla debe dejarlo todo, incluso a sí mismo, a ese yo inmóvil, serio, infantil, resignado.
    La película no trata tanto de las confidencias de Anne, como de la transformación de William.
    La luz gris azulosa de la primera parte del film se debe tornar luz radiante, blanca, amarilla. Los abrigos e impermeables deben dejar paso a la ligereza de los vestidos y camisas del verano. El París triste y lluvioso debe dejar paso al Mediodía. El despacho y lo que significa debe ser abandonado: una nueva vida. Para los dos. Eduardo Serra imprime estilo en este cambio de escenario, con su cambio de luz, su cambio anímico, subrayando con la luz y el color el paso de la soledad a la compañía, de la duda a la certeza, de la desesperanza a la esperanza. Pero no hay un guiño al erotismo: hablamos de algo más profundo. El abrazo se superpone a los créditos finales, pudoroso. La historia que se quería contar era una historia interior. Y lo que viene ya es otra película."

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    23/03/2005 00:23 #. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

    Sideways (Entre copas)

    sideways.jpgDuración: 130 minutos
    Clasificación: 13 AÑOS
    Género: Drama - Comedia
    Director: ALEXANDER PAYNE
    Actores: Paul Giamatti, Thomas Haden Church, Virginia Madsen, Sandra Oh
    Guionista: Alexander Payne, Jim Taylor,Rex Pickett.
    Web oficial de la película

    Una película bien escrita y bien actuada. Con esos toques de melancolía profunda de las mejores comedias. Basada en una novela de Rex Pickett, es una road movie en la que dos amigos emprenden un viaje (iniciático),por el mundo del vino y del sexo, (respectivamente). Por medio, el fracaso, la incertidumbre sobre el futuro en todas sus versiones, el miedo a amar, a vivir y a equivocarse.
    Alexander Payne nació en Omaha, Nebraska, en 196. Su filmografía está compuesta por "Citizen Ruth"(1986), "Election" (1989) y "A propósito de Schmidt" (2002). Esta última, ganadora de los Globos de Oro al Mejor Director, Mejor Guión Adaptado. Para el Círculo de Críticos de Cine de Los Ángeles y de Londres, fue la Mejor película de 2002. En cierto modo, estas dos obras ("Schmidt" y "Entre copas", mantienen una misma línea, en la que la mezcla de comedia y drama es constante.
    La película se va gestando desde 1999, en que Payne lee la novela de Rex Pickett. Payne se siente atraído por la enorme humanidad de la historia, con el tema del fracaso sentimental y profesional, con el amor a la vida, con la amistad y el placer: con la naturaleza humana, en suma, en su forma más simple, más espontánea y más natural.
    No es una gran película, pero merece ser vista.
    27/02/2005 18:33 #. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

    2046 de Wong Kar_Wai

    2046.jpgDirector: Wong Kar-Wai, con Tony Leung, Gong Li, Takuya Kimura,Faye Wong, Zhang Ziyi, Carina Lau, Chang Chen, Wang Sum, Siu Ping Lam, Maggie Cheung.
    Año de producción: 2003 Duración: Dos horas, 9 minutos. Hong-Kong-Francia
    Web internacional de la película
    Enlace al trailer de la película

    Hong Kong, 1966. En su pequeña habitación de hotel, Chow Mo Wan, escritor en crisis de inspiración, trata de terminar un libro de ciencia ficción situado en 2046. A través de la escritura, Chow recuerda a las mujeres que han atravesado su vida solitaria.Apasionadas, intelectuales o románticas, todas ellas han dejado una huella imborrable en su memoria y en su imaginario personal. Son sus recuerdos, y el libro es ese tronco al que se le susurran las palabras que nos llevan a lo más secreto de nuestro corazón, para que él los guarde. Su Li Zhen, que sin duda ha sido su amada, se aloja en la habitación 2046...
    El nuevo trabajo de este autor irreemplazable, de talento intuitivo y meticulosidad enfermiza, puede ser entendido como una continuación, temporal y evolutiva, de su anterior film, la excepcional “In the mood for love" ("Deseando amar"), cuya filmación discurrió en paralelo a ésta; en realidad, dos manos cuyos dedos se entrelazan para complementarse hasta la disolución de las fronteras, por lo que no resulta recomendable acercarse a la más reciente sin conocer sus precedentes. Pero el presente largometraje es también el espacio interior en el que se dan cita las obsesiones que pueblan ese universo personal, hipnótico, perturbador, al que uno se asoma con el pudor de pisar en existencias ajenas y la convicción de contemplar su propio retrato.

    Persecución estéril de lo huidizo, de aquello ya superado en cronología pero no en cuanto a equilibrio interior, “2046” trata de los demonios que habitan ese territorio compartido por el amor y la memoria, de una realidad sentimental que, como notas musicales, precisa de un tiempo concreto para distribuirse y hacerse oír, fuera del cual alteraría la melodía completa y carecería de sentido. El tímido, prudente y delicado Chow Mo Wan (Tony Leung) de “In the mood for love (Deseando amar)”, visiblemente tocado por su frustrada relación con Su Li Zhen (Maggie Cheung), se ha convertido con el paso de los años en un mujeriego cínico y descarado que, entregado a la bebida y al juego, busca compañía femenina pero, según sus propias palabras, sólo está dispuesto a comprarla al por menor, sin compromisos ni implicaciones emocionales que repitan su sufrimiento. Chow no ha abandonado su anodino trabajo en el periódico, aunque también en las ficciones que escribía se ha producido un cambio simultáneo: ya no son las novelas de artes marciales las que lo ocupan, sino historias de sexo bien pagadas y de dudosa calidad. Y es que a la contención y sobriedad erótica que presidían “In the mood for love (Deseando amar)”, ha venido a substituirlas una carnalidad mucho más explícita de placeres desatados en lugares nocturnos.

    El título de la película hace referencia a la habitación del hotel donde, en el pasado, acordaron encontrarse Su Li Zhen y Chow; cuatro paredes, ahora contiguas a la suya, por las que desfilarán diferentes mujeres, sustitutas parciales de aquélla. Porque en esa búsqueda infructuosa de la mujer que reemplace los recuerdos del amor de su vida, Chow halla a Su Li dividida en tres: el cuerpo Bai Ling (Zhang Ziyi, habitual en los films del director chino Zhang Yimou), una joven impulsiva, dispuesta a cobrarse, que se enamora irremediablemente de él, la mente Wang Jing Wen (Faye Wong), la sensible hija del dueño del hotel, y escritora aficionada, a la que Chow ayuda en su relación con un novio japonés que cuenta con la oposición del padre, como si con ello expiara culpas y saldara cuentas pendientes y el nombre otra Su Li Zhen (Gong Li, la antigua musa y compañera de Yimou), tahúr profesional apodada “La araña negra”, -quizás la más consciente de su ingrato papel en la función— , todas ellas marcadas por la fatali-dad y ninguna de las cuales logrará satisfacer lo imposible: que Chow recupere aquello que quedó tan atrás. Tres capítulos —al que cabe agregar el estelarizado por la madura bailarina Lulu/Mimi (Carina Lau)— pautados por la Nochebuena de años consecutivos, fechas éstas de las Navidades que, como bien sabe Charles Dickens, se prestan mejor que ninguna otra a la visita de fantasmas pretéritos que ahuyenten la soledad.

    Asimismo, “2046” es el título del relato futurista que Chow está escribiendo, cuya acción transcurre, precisamente, en ese mismo año. En esta segunda ficción, trasunto de la primera, los protagonistas viajan sin retorno, a bordo de un tren ultramoderno, hacia un tiempo que promete haber conservado intacta la memoria, caso de ese joven nipón (Takuya Kimura) que persigue en una androide de reacciones retardadas lo mismo que anhela Chow, con idénticos resultados.

    De este modo paralelo, va cobrando forma la paradoja que empuja a los personajes a huir hacia el futuro para reencontrar un pasado idealizado que nunca volverá. Amor y tiempo como dos coordenadas invisibles que marcan el destino —uno, determinado e irrepetible— y se cruzan en ese número mágico —estancia de hotel, emplazamiento en la ficción literaria, morada de recuerdos—.

    Toda esta maraña de episodios vitales y tormentas sentimentales, llevados con parejo tacto y expresión por los actores principales, se transforma, a efectos prácticos, en un puzzle argumental de círculo cerrado, conducido por la voz en off de su protagonista masculino, que a menudo se desliza atrás y adelante en el tiempo, y donde el plano real convive con la fabulación. Pero a pesar de su aparente complejidad conceptual, “2046” discurre con la misma solidez y cla-rividencia que el material del que se nutre, el idioma de las emociones. La película exhibe la solución estilística que ya empleara en “In the mood for love (Deseando amar)”, de un preciosismo estético fascinante. Y es esa caligrafía de Wong Kar-Wai, intrínseca y tan reconocible, la más apropiada para desmigajar los pormenores del amor y sacar a la luz las dobleces del corazón. Su narración, con el falso aspecto de una improvisación musical, de borrador de un proyecto inacabado, tan pronto ahonda en el detalle tangencial como se recrea en lo pasajero, consciente como es de que lo importante no tiene por qué ser obvio y de que lo parcial es tan válido como el conjunto. Esto se traduce en sus acostumbrados e insinuantes fuera de campo, en los encuadres donde los personajes aparecen solitariamente descentrados o en esas escenas ralentizadas que pretenden congelar inútilmente el tiempo, siendo su dominio del ritmo y la composición, una lección magistral de las posibilidades que esconde el lenguaje cinematográfico.

    Al de Hong Kong le gustan los pasillos estrechos llenos de puertas de las casas de huéspedes, que propician el cruce de desconocidos; los espejos y marcos que ejercen de guillotina; las escaleras en las que los encuentros se hacen fugaces; los callejones nocturnos con esquinas de paredes desconchadas que invitan a apoyar la espalda; la lluvia que parece precipitarse desde las farolas; las volutas de humo ascendiendo hasta perderse contra el techo; los pies femeninos que danzan como si tuvieran vida propia.... Gestos, roces, retales; coreografías y espacios con los que levanta una arquitectura de lo efímero, caricia sobre la herida cotidiana con guantes de seda.

    Así, a esa primera piel hecha con las manifestaciones del alma, se suma una segunda capa, sucesión de imágenes exquisitas que la fotografía de Christopher Doyle, Lai Yiu Fai y Kwan Pun Leung arropa de nuevo, en ese tapiz con sello propio donde el rojo, el verde y el ámbar tienen adjudicado un puesto de honor. Y a este envoltorio visual, se añade una tercera textura, compuesta por el terciopelo de cuerdas, vocales o instrumentales, que conforman su banda sonora —otro tema principal y magstral de Shigeru Umebayashi rotundo e imborrable-, y un puñado de canciones tan atemporales como la historia misma, entre las que destacan “Siboney” de Xavier Cugat, “Perfidia” de Alberto Domínguez, “Sway” de Dean Martin, “The Christmas Song” de Nat King Cole, o el “Casta Diva” de la “Norma” de Vinenzo Bellini—. Diferentes pelajes indisolubles que constituyen una única epidermis.

    El resultado, engañosamente casual pero preciso en su construcción, es un sublime revulsivo para el espíritu, extraordinario en su belleza, elegante en sus maneras y agitador por su exótica proximidad. En “2046”, sentido y sensibilidad se abrazan para dar cobijo a una visión descarnada, pesimista, extenuante de nuestra naturaleza romántica, es decir, espantosamente real. Resaca, íntima e intimista, de ideas y vivencias, revisitación propia y ajena donde la sombra de lo perecedero es más alargada que nunca, a lo que hace Wong Kar-Wai la etiqueta de película se le queda corta. Sus trabajos son siempre experiencias demoledoras, porque acarician sentidos y muerden sentimientos. Si su cine gusta, no se aprecia, se adora. Salir con lágrimas en los ojos y transidos de emoción del cine es casi una declaración de amor."

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    25/02/2005 13:47 #. Tema: Cine No hay comentarios. Comentar.

    Clint Eastwood y su "Million Dollar Baby"

    193577-0589-cp.jpgWeb oficial de la película
    Enlace a la crónica de los Oscar 2004

    "Y no sabemos que el ardor de nuestra sangre/ es sólo su añoranza de
    la tumba" escribió William Butler Yeats, poeta que Frankie Dunn, el
    último héroe melancólico interpretado por Clint Eastwood, lee
    compulsivamente en la nueva obra maestra con la que el actor y
    director norteamericano acaba de golpear el estómago -y el corazón-
    de un público desprevenido. Como evocando estos versos, "Million
    dollar baby" se balancea entre el vertiginoso batir de una sangre
    juvenil y excesiva, y la intuición oscura del súbito reposo en que
    todo cuerpo humano encuentra origen y destino.

    Es, sin embargo, la cita a otro famoso poema del autor irlandés, "The
    Lake Isle of Innisfree", la que sirve a Eastwood para hacer presente
    el recuerdo fordiano de "El hombre tranquilo", filme sobre boxeadores
    homéricos cuyos momentos de amor más emotivos tienen lugar, como
    bien ha explicado Núria Bou en un libro reciente, entre antiguas
    tumbas y vestigios de muerte. Pero si Ford narraba un melodramático
    viaje hacia la redención del pasado, Eastwood sigue fiel al latido
    trágico de sus últimas obras, y vuelve a convertir la errancia
    nihilista en el reducto final de su héroe atormentado, ese
    desesperanzado entrenador que acumula las cartas sin abrir devueltas
    por su hija, que va a misa diariamente para purgar culpas nunca
    confesadas, y que pasa sus numerosas horas de tedio estudiando
    gaélico.(Por cierto, he de recordar también esa magnífica película
    "maldita" del cine catalán - o español- que es "Innisfree", de José
    Luis Guerin, en que vuelve a la mítica localidad de rodaje fordiano,
    en un ejercicio de maravillosa naostalga y sentimiento que jamás cae
    en el sentimentalismo).

    Antes de llegar a su clímax de trágica irreversibilidad, "Million
    dollar baby" se ha ido construyendo, con una impostación casi
    hawksiana, como el modélico retrato de un grupo de profesionales del
    boxeo que ve turbada su cotidianidad por la intromisión de una joven
    decidida que desea que el escéptico entrenador acepte trabajar con
    ella. Hay, en esos primeros minutos de descripción de la vida
    cotidiana en el gimnasio, el brío narrativo con que el mejor cine
    clásico supo crear un clima de complicidad familiar respecto a sus
    personajes. El boxeo es el ámbito dramático en que transcurre la
    historia, pero esa cordialidad emprendedora sería la misma si
    estuviéramos en un mundo de aviadores o pilotos de carreras, pues
    Eastwood no sigue en absoluto las convenciones del género:no se
    entretiene en críticas aun entorno mafioso, no busca un discurso
    moralizante, no habla de los sacrificios y ni tan sólo celebra el
    ego del estrellato, sino que,más bien, a medida que su heroína
    femenina va ascendiendo, retrata la espontaneidad casi animal del
    triunfo, y elabora un simple canto a la acción, coreografiada como
    si se tratara de un musical legendario. Por ello, aunque se hable
    mucho de boxeo, a través de la voz en off del narrador Morgan
    Freeman, siempre tenemos la impresión de que se está hablando más
    bien de cine. Cuando se explica, por ejemplo, que a veces es
    necesario alejarse para golpear mejor, pero nunca alejarse tanto
    como para abandonar la pelea, se diría que nos explica el sistema
    expresivo del director, su capacidad de filmar las cosas desde una
    distancia prudente y justa, ni enfática ni indiferente.

    Asistimos, pues, desde el inicio de "Million dollar baby", a una
    deslumbrante apropiación de la escritura clásica en toda su generosa
    capacidad de convocar un universo armónico. Pero el clasicismo tiene
    siempre su reverso oscuro y, muy sutilmente, la puesta en escena de
    su director va sembrando pistas que han de advertirnos del carácter
    terminal de este ejercicio de facilidad narrativa. Así, cuando los dos
    viejos socios, Frankie y Eddie (o sea, Eastwood y Freeman) abordan,
    en escenas sucesivas, a la aspirante Maggie (Hilary Swank),
    sumergida en su obsesivo entrenamiento nocturno, ambos son mostrados
    en sendos planos de conjunto, avanzando desde un mismo fondo en
    sombras, como revenants de un mundo desaparecido, acaso regresados
    del territorio apocalíptico de "Sin Perdón", el filme que reunió por
    primera vez a ambos intérpretes.

    Puntuando la película con éstas y otras notas de premonitorio
    claroscuro (la propia Hillary Swank hace su primera aparición
    surgiendo de la oscuridad de un corredor que es metáfora del mundo
    desolado del que viene), Clint Eastwood narra la ascensión
    prodigiosa de la joven pugilista hasta un estrellato efímero, hecho
    de victorias imparables sobre la lona, y de progresivas
    complicidades con su admirado entrenador. El esplendor estético de
    este tramo de filme deriva de la necesidad de dar forma a la lucha
    constante entre ilusión y escepticismo que enfrenta a sus
    protagonistas, al tiempo que los lanza, irreversiblemente, a un
    hermoso enamoramiento paterno-filial. La atracción que se da entre
    ambos personajes anuncia, además, otra clave temática de "Million
    dollar baby": la construcción de la familia fuera de la biología, la
    herencia sentimental más allá de lo consanguíneo, como se acaba
    desprendiendo del uso de la expresión gaélica "Mo chuisle" que
    constituye el Rosebud del relato, y cuya libre traducción el héroe
    nos revela, en la secuencia tal vez más emotiva, inyectando en
    nuestras venas la tristeza de un blues irreversible.

    Puede sorprender que un filme que valdría por sí solo en su excelso
    canto al triunfo de un cuerpo femenino en movimiento, deba
    decantarse, en su sorprendente último acto, por una cita abismal con
    la muerte. Con esta poderosa inversión, Clint Eastwood no hace otra
    cosa, sin embargo, que rescribir, por enésima vez, la historia de un
    jinete pálido que tiene por destino la condena errática de ver
    actualizadas una y otra vez sus más infernales pesadillas. El
    despoblado y frío pasillo del hospital donde trascurre el último
    acto de la película es, en este sentido, el obligado espacio mítico
    por el que Eastwood debe entrar y partir, después de realizar el
    último y más doloroso acto de amor hacia la joven a quien ha
    adoptado, perdiéndose, como un vaquero solitario, en el mismo
    horizonte de leyenda de sus mejores westerns. Pero si bien el
    destino de su personaje debe seguir siendo el de la desolación más
    absoluta, la historia que cuenta "Million dollar baby" tiene, como
    toda gran tragedia lanzada a la consecución de la catarsis, un
    testigo para contarla. El ojo fiel y testimonial del tuerto que
    encarna Morgan Freeman, transforma la catástrofe vivida en legado
    narrado, y hace así, del dolor absoluto, un puro y necesario
    aprendizaje humano. A lo largo de todo el metraje, su voz nos ha ido
    desgranando, en forma de balada intermitente, la historia de una
    ascensión y una caída que viene a revelarnos el inevitable lazo
    donde, parafraseando a Yeats, el flujo rabioso de los corazones se
    une a la voracidad intempestiva de las tumbas.
    La música, también de Eastwood ( del propio Clint y de su hijo Kyle)
    es también extraordinaria. Posee lirismo y belleza.
    22/02/2005 12:10 #. Tema: Cine Hay 1 comentario.


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