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22/03/2008
El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez

Releer la novela que a Gabriel García Márquez y a mí nos parece su mejor obra, al anochecer, mientras que por las mañanas me dedico a la narrativa femenina del XIX inglés, puede sonar esquizofrénico pero ¿a quién le importa? El mundo de los lectores es así de contradictorio y conflictivo.
¡Cómo he disfrutado! He pasado las mañanas en los páramos de Yorkshire, escuchando a Catherine Earnshow llamar a Heatchcliff con desesperación, mientras que por las noches he paseado por esa ciudad colombiana agobiante de calor, en la que el río resulta ser el mejor camino para un amor eterno, un amor que sobrevivió a su propia hecatombe con la singular obsesión de Florentino Ariza por la esquiva. cambiante, extraordinaria Fermina Deza. Todas las tardes, desde que volvió de Europa, he acompañado al doctor Juvenal Urbino en sus visitas médicas, y me he rendido por fin a los encantos de la señorita Lynch anhelando que Fermina no oliera las ropas del doctor y no descubriera su secreto. He jugado al ajedrez con Jeremiah de Saint-Amour y he ido y venido con las ciento cuarenta y tres cartas que Florentino Ariza escribió durante un año a Fermina tras la muerte de su marido. He temido que ella quemase las cartas sin leerlas. Me he alegrado de que no lo hubiese hecho, y de que, tras cierto tiempo, esas cartas obtuvieran una respuesta. He visitado con ella la hacienda de Hildebranda Sánchez, me he escondido en los lavabos con las primas a fumar los cigarrillos prohibidos, y he buscando con la vista los extintos manatíes en esa travesía que acabaría siendo perpetua, una travesía de toda la vida, de todo el tiempo que nos queda en este mundo. hasta encontrar al último de todos, abrazado a la madre en aquel rincón del río que también lleva los cadáveres de los muertos del cólera.
No sin un guiño del Plan, he descubierto que Florentino llegó a tener negocios con Joseph Conrad casi cuando (en otro momento), revisaba la obra de Patrice Chéreau, Gabrielle (2005), basada en un relato de Conrad (El retorno) con Isabelle Huppert y Pascal Greggory. Y he encontrado en la película francesa un matrimonio que pudo ser similar al del doctor y Fermina, pero por supuesto sin el incidente adúltero.
Con cuánto amor, con cuánta exacerbada enajenación vive el lector en unos cuantos días ese relato que abarca más de medio siglo de obsesión y de locura, y con cuánta curiosidad vemos a Florentino en brazos de todas esas amantes que no pudieron sustituir el perfume evanescente de Fermina en su alma. Qué pena nos da Escolástica, qué lágrimas vertemos por el inocente y turbio amor de la niña América Vicuña, verdadero antecedente de la niña adorada de Memoria de mis putas tristes . Todo libro nace mucho antes de ser escrito y América está aquí prefigurando aquella adolescente dormida de la nouvelle de 2004*.
Gabriel García Márquez El amor en los tiempos del cólera. Mi edición es de La Casa de las Américas, Cuba, 1986, pero naturalmente, hay otras mucho más recientes, como Barcelona, Mondadori, 2008.
* Gabriel García Márquez, Memoria de mis putas tristes, Barcelona, Mondadori, 2004.
21/03/2008
Dinero y amor: Catherine Earnshow y Jane Eyre

Algunos especialistas opinan que el otro yo de Jane Eyre, aquel que está al otro lado de su espejo, es Bertha Mason, la esposa escondida en el tercer piso de Thornfield Hall. Incluso algunos, haciendo uso de estudios psicoanalíticos claramente anacrónicos con la novela de Charlotte Brontë, han señalado que Bertha es la sensualidad que Jane no se atreve a dejar salir y que encarna su violencia y su rabia (ocultas) ante la sociedad patriarcal de la época. Bertha, según estos investigadores, lleva a cabo todas sus acciones en reacción directa a los temores y a las fobias sexuales y pasionales de Jane. Estas elucubraciones siempre me han parecido absurdas. En cambio, Catherine Earnshaw sí puede ser considerada la anti-Jane. Doy por supuesto que ambas hermanas, Emily y Charlotte, guardaron para sí la creación de estos extraordinarios personajes femeninos mientras los escribían en la vicaría de su padre, Patrick Brontë. En primer lugar, el escribir es siempre una cosa demasiado íntima para ser considerada como tópico en una conversación familiar, y más todavía cuando sabemos que Emily era extraordinariamente reservada, casi de una manera autista y Charlotte sin duda lo fue también. Por ejemplo, en sus cartas a su mejor amiga, Charlotte jamás mencionó la creación de Jane Eyre. Es como si no la estuviese escribiendo: queda al margen de sus confidencias.
Para mí, la anti Jane Eyre es Catherine Earnshow, de Cumbres Borrascosas. Cathy es inmisericorde, es ambiciosa, es egoísta, es monstruosamente manipuladora, es coqueta y tiene un corazón desgarrado que vacila entre Edgar Linton y Heathcliff, y que a los dos daña, dañándose antes (y en primer lugar), a sí misma. Cuando está a punto de morir, y ante los reproches de Heatchcliff, Cathy reconoce que ella misma ha sido ’el ministro de su mal’ (como dijera Francisco de Aldana), pero no permite que ninguno de los dos amantes se quede sin su buena ración de insuperable sufrimiento. Hay un ingrediente tremendamente destructivo en Catherine, al margen de su ambición: " ¡Entre tú y Edgar habéis destrozado mi corazón, Heathcliff, y los dos venís a mí para lamentaros de lo sucedido, como si fuerais dignos de compasión. Pues no pienso compadeceros, ya lo creo que no, Me habéis matado...".
Jane Eyre, en cambio, desde el momento en que se enamora ( contra su propia voluntad), de Edward Rochester, se entrega exclusivamente a este amor sin pensar jamás en otra cosa que no sea él. Y aunque, en el último tercio del libro, se ve tentada por St. John Rivers para entregarse a la labor misionera en el ’papel’ de su esposa, ella sabe que no puede hacerse amar por este hombre frío y duro, que sólo quiere entregarse al amor de Dios. Jane reconoce ante Diana que quizá, debido a las cualidades de St. John, podría en algún momento llegar a amarlo, pero sabe que ese amor se asfixiaría en sí mismo, pues él jamás podría corresponderla como lo había hecho Rochester. Y entonces Jane sería víctima de un sufrimiento insoportable. Por ello ofrece a St. John el único sacrificio que podría hacer por él: acompañarlo en su misión a la India, pero como una igual, no como una esposa. Es curioso que ella se plantee esto como un dilema con relación a Rivers y no con relación a Rochester, porque en general, la esposa decimonónica es, por definición, inferior al marido. Deja de tener autonomía económica (ya que él será el dueño de todo lo que posea), será su esposa obediente, su propiedad. Por ello, Jane no puede casarse con St. John y en cambio desearía haber podido hacerlo con Rochester, puesto que Rochester la ha amado precisamente como a una igual, mientras que St. John la ve siempre como una subordinada. Desde la segunda conversación, Edward le deja claro ’que no desea tratarla como a una inferior’ . Así lo reafirma en la escena de la declaración amorosa: " Así es: somos iguales (...) Aquí está la que es igual a mí, la que será mi segundo ser, mi mejor compañera en la tierra. (...) Te ofrezco mi mano, mi amor y todas mis posesiones"...De modo que Rochester, al revés que los personajes de Cumbres Borrascosas, no contempla la situación de clase como un elemento de dominio.Y una vez que se ha establecido la relación, cuando la señora Fairfaix hace notar a Jane que no debería saltarse su lugar (en el mundo, en la sociedad) aceptando esta desigual relación y Jane transmite esta opinión a Rochester, él responde: "Tu lugar está en mi pecho". Jane no da importancia a esta convención económica o social en ese momento. Su mirada hacia él o hacia Blanche Ingram está desposeída del concepto ’dinero’ o ’clase’. Las prioridades de Jane son morales y éticas y por ellas se guía absolutamente. Ella sabe que es digna de Rochester y que ambos son de la misma condición, mucho más que Blanche, con quien él no tiene nada que ver: "La señorita Ingram no daba la talla para despertarne celos, era demasiado poca cosa". Jane se juzga y se sabe muy superior a Blanche y por ello es incapaz de sentir celos de esa muñeca frívola, aunque sea noble y hermosa y Jane se describa a sí misma como "pobre, fea, obscura y pequeña" (Poor, plain, obscure and little).
Sin embargo, cuando Rochester ha conseguido el anhelado "Sí, Edward, me casaré contigo", él, de manera desconcertante, desea dar constancia de su amor por Jane tratándola como ha tratado antes a su amante, Céline Varens: dándole regalos, intentando cubrirla de joyas, comprándole vestidos y anunciándole que si bien ella ahora lleva las riendas de la situación, después, él la llevará atada a su pecho como lleva la cadena de su reloj. Lo dice en broma, pero realmente, Jane siente en ese momento que él la quiere transformar en otra y pretenderá cosificarla: "Entonces ya no seré tu Jane Eyre". Jane teme la dependencia económica absoluta que después de su abandono de Thornfield, tras el terrible descubrimiento del secreto de Rochester, quedará conjurada por la cuantiosa herencia que recibe de su tío John Eyre desde Madeira. Esta herencia la convierte por fin en igual a Rochester en términos económicos y le permite por fin acceder a su hombre con todas las seguridades que una situación independiente le otorgan.
Catherine Earnshaw reacciona de muy distinto modo. Desde la llegada del "gitano" que su padre ha encontrado vagando sin rumbo ni destino por las calles de Liverpool y que se lleva a su casa otorgándole el mismo nombre que a un hijo ya fallecido, Heathcliff estará marcado por la desigualdad de su nacimiento, misterioso y seguramente infamante. Nelly, la criada de la casa, le dirá en alguna ocasión que, al desconocer absolutamente su origen, puede fantasear con que es, en realidad, el hijo de un príncipe extranjero o de algún desconocido potentado. Pero Heathcliff es y será siempre un marginado, un ser extraño, ajeno: el "otro". Su carácter salvaje y su oscura piel, su violencia congénita no son más que las marcas de esta otredad radical, que se presente ante la agresiva mirada de Hindey, su enemigo radical, su rival natural dentro de la casa. Heathcliff es un ladrón: roba a Hindley el amor de su padre. Y cuando éste muere, el hijo le hará pagar caro esta suplantación ignominiosa para él, rebajándole y humillándole constantemente y estimulando así el caldo de cultivo de la posterior venganza, cuando le robará la casa, el hijo y la poca dignidad que le quedaba.
Cathy y Heathcliff son dos ramas de un arbusto salvaje, expuesto a la violencia de los vientos del páramo y como él indomables; están unidos por un amor asocial, anticonvencional, en el que no puede entrar nadie. Un amor que no puede prosperar en la medida en que Cathy no puede desclasarse, no puede alejarse de la sociedad, ni siquiera en el páramo. Cathy tiene 15 años cuando se da cuenta de que desea ser una señora, poseer trajes bonitos, tener una casa linda, tomar el té...ser, como ella dice, la señora más importante de la comarca, y esto no puede dárselo Heathcliff. De modo que Edgar Linton, a quien aprecia por su elegancia, por su educación, por ser distinto a ella y a Heathcliff, resulta la opción deseada. Sin saber que Heathcliff escucha, Cathy razona que no puede vivir con Heathcliff porque ambos se convertirían en dos vagabundos y dice la frase que condenará a los dos amantes al infierno que vendrá después: " Casarme con Heathcliff me degradaría".
Catherine traiciona así la promesa hecha a Heathcliff: "No te abandonaré nunca, jura que tú tampoco te irás"(...) por el dinero y la refinada vida en la granja de los Linton. De este modo, Cathy hace lo que Jane nunca hizo: dejar de lado sus sentimientos en favor de una ambición económica y social: "Yo soy Heathcliff", le dice a Nelly después de comentarle que ha aceptado la oferta de matrimonio de Linton ¡Qué paradoja! Cathy no es consciente de esta contradicción mortal. En esa misma noche fatídica, Cathy tiene la certeza de que ha obrado mal aceptando a Edgar: confiesa que su afecto por él es como el follaje de los árboles, que cambia con las estaciones, mientras que el amor que siente por Heathcliff es como las rocas del páramo: permanece siempre. Es la ambición la que la hace aceptar esa boda monstruosa que va contra su naturaleza.
La huida del despreciado sólo puede traer consigo la tragedia, que desde el momento en que se concierta la boda entre Cathy y Edgar comienza a rondar tanto Cumbres Borrascosas como la granja de los Linton. Más o menos a los trece años, ella le había reprochado a Heathcliff que no tuviera conversación, que estuviera siempre sucio, que fuera, en suma, un bruto o un salvaje. De modo que él se irá (no sabremos nunca adónde) para volver convertido en un caballero, pero sólo externamente. En su interior no es más que una fiera salvaje, herida de muerte por la decisión equivocada de Cathy Earnshaw.
Cuando Jane abandona a Rochester, lo hace para ser fiel a sus creencias y a sus principios: no puede convertirse en su esposa y por lo tanto, no debe convertirse en su amante. Pero esta decisión la toma doliéndose profundamente por el sufrimiento que va a causarle a él. Y curiosamente, no se siente orgullosa de su decisión: se va contradiciendo su propio corazón, y odiándose por el daño que va a hacerle a Rochester, a quien perdona inmediatamente. Sus sentimientos por él son siempre de disculpa, de comprensión, de pena y sus palabras, al despedirse, son extrañamente paradójicas y desde luego, muy generosas, porque le dice "Que Dios lo bendiga, mi querido dueño. Que Él le proteja de todo mal, le sirva de guía y de consuelo, y le pague todo el bien que me ha hecho".
Cuando Cathy va a morir, víctima del dolor que le produce no poder ser de Heathcliff ni poder amar como debe a Linton, tanto como de un mal parto, dice: " ¡Ojalá pudiera abrazarte hasta que nos llegara la muerte a los dos! -continuó con amargura-. No me importaría que sufrieras. No me importan nada tus sufrimientos ¿Por qué no has de sufrir? ¡Yo lo hago! ¿Te olvidarás de mí, serás feliz cuando yo esté bajo tierra?".
Cathy anuncia que nunca descansará en paz. Catherne está en las Antípodas de Jane y es, desde mi punto de vista, su verdadera imagen inversa en el espejo.
Emiliy Brontë, Cumbres Borrascosas, Siruela, Madrid, 2007 (Prólogo de Alejandro Gándara, traducción y notas de Cristina-Sánchez Andrade)
12/03/2008
Chesil Beach, de Ian McEwan

Aunque resulte una confesión atroz, diré que me he identificado con Florence, como creo que muchas mujeres de generaciones pasadas pueden hacer. Para nosotras, el sexo fue al mismo tiempo una conquista y un calvario.
El libro de Ian McEwan indaga en las profundidades de aquellas generaciones que se debatieron entre la moral victoriana, todavía vigente (no puedo evitar la sonrisa - tal vez nostálgica-, cuando recuerdo las condiciones de los noviazgos de los años sesenta: chaperoneados, vigilados y reprimida toda libertad) y la nueva moral sexual a la que, inevitablemente y a veces con muchos problemas, íbamos incorporándonos.
McEwan, con su prosa seductora,, intoxicante, hechizante, nos lleva por esos vericuetos tan oscuros como reales: miedos y terrores, fobias y huidas hacia adelante, frigideces e inexperiencias drámaticas, que en el caso de su historia llevan al fracaso total de una relación.
Este libro es la historia claustrofóbica y detallada de un homicidio: el del placer.
Se trata de una obra terrorífica por su verdad. Exquisitamente escrita, porque hablamos de uno de los mejores escritores actuales.
Cómo se puede escribir hoy día una obra como esta si no es situándola en el pasado.
El último momento romántico de Occidente: los años sesenta.
Absolutamente recomendable.
Ian McEwan: Chesil Beach, Barcelona, Anagrama, 2008 (Trad. de Jaime Zulaika).
10/03/2008
Jane Eyre y Edward Rochester: el primer encuentro y las dos primeras conversaciones

No voy a descubrir el Mediterráneo cuando digo que Jane Eyre es una de las grandes novelas decimonónicas, junto con Madame Bovary, Los miserables, Cumbres Borrascosas, Ana Karenina, La Regenta o la menos conocida pero extraordinaria La Desheredada, de Benito Pérez Galdós.
La originalidad de Jane Eyre resalta en este contexto, porque es una mujer que no asume el papel de ’víctima’ de su tiempo o de su sociedad, ni siquiera de sí misma, que podemos atribuir a las demás protagonistas de las novelas mencionadas.
Jane Eyre no sólo no se hunde en la miseria social, moral o económica como las demás heroínas: no sucumbe a un destino fatal. Por el contrario, Jane Eyre se erige dueña de su persona y de su destino, crea su propio valor al margen del amor que concibe y que centra su vida y al que tiene el valor de abandonar por sus principios. Jane, después de su personal travesía del desierto, en los páramos, huyendo sin un penique, sin abrigo, sin nadie, es capaz de regenerarse en compañía de los hermanos Rivers, es capaz de buscar una nueva identidad como profesora rural, de enaltecer su oficio y a sus alumnas, chicas empobrecidas de los alrededores. Es capaz de despertar la admiración de Saint-John Rivers, y una vez ha heredado de su lejano tío de Madeira, es capaz de rechazar a Saint-John y volver a buscar a su amor: Rochester. Una vez a su lado, desaparecido el obstáculo que significaba Bartha Mason, Jane se erigirá en el pilar sobre el que Edward Rochester fundará su vida: ella es la mujer fuerte, ella la que tiene la llave de la verdad, de los principios, de la felicidad y de la regeneración.
Esta historia de redención tiene una base sólida: las conversaciones entre Jane Eyre y Edward Rochester. Es ahí donde el personaje de Jane toma forma ante nosotros, lleno de coherencia y de valor. Y es ahí donde averiguamos el porqué Rochester, desilusionado, quemado, amargado y ’maldito’ (tal como él se define), puede descansar por fin y soñar en la felicidad al lado de ese ’ser élfico’, ’casi sobrenatural’ que es Jane, y que en su primer encuentro ’hace caer’ a Rochester del caballo, tal como San Pablo ante la revelación de Dios. Rochester tendrá también una revelación, aunque no en ese momento, a pesar de que más tarde diga a Jane sobre su extraño encuentro en Haylane: ’Yo necesitaba ayuda, y ayuda recibí...de esta pequeña manita".
El encuentro entre Rochester y Jane resulta extraordinario por la carga reveladora que encierra. La primera conversación, cuando él cae del caballo y se tuerce el tobillo, revela la fuerza de Jane y la ambigüedad del carácter de Rochester. Ella ofrece su ayuda, él maldice y se queja de su mala suerte al caer, y decide que ella es una hechicera y que ha hechizado a su caballo. Él la cree proveniente de un mundo mágico, alejado de la realidad, extraño y misterioso desde un principio. Y en verdad que Jane es extraña al mundo de él, oscuro y lleno de una agobiante angustia. Jane, a pesar de su bagaje de extraordinarios sufrimientos y soledades es un ser puro, en efecto: ’sobrenaturalmente’ distinto a lo que él está acostumbrado a ver en su mundo licencioso y fatuo. Jane se ha sobrepuesto a su dolor, a su soledad en el mundo: se ha encontrado consigo misma en los años de purgación de Gateshead y de Lowood, gracias a la influencia benéfica de Helen Burns (su ángel, su mejor amiga, muerta casi en olor de santidad), y Miss Temple, su maestra y protectora. A pesar de la crueldad de Mrs. Reed y de Blocklehurst, Jane ha triunfado sobre el rencor y el odio y tiene sus propios principios, alejados del fanatismo religioso o incluso de la falsedad de las convenciones religiosas. Jane ha encontrado su propio camino hacia la pureza. De ahí que Rochester reconozca en ella, tras ese primer encuentro, al ser élfico, puro, superior espiritualmente, que ella, en efecto, es.
Pero Rochester muestra también en ese primer encuentro su amargura, su rechazo, su dureza de espíritu. A pesar de la actitud extremadamente amable de Jane, su respuesta es amarga y está llena de soberbia: esa soberbia que le caracteriza, y que le será arrebatada para siempre tras su castigo. Rochester será humillado. Su error le conducirá hasta alcanzar la humildad al final de la obra.
Retrospectivamente, Rochester recordará aquel encuentro con Jane en estos términos:
"Cuando tomé, aquella tarde helada de invierno, la senda que trae a Thornfield Hall, lugar para mí tan aborrecible, no tenía el menor asomo de esperanza de encontrar entre estos muros nada parecido a la paz, cuanto menos al placer. Pues bien, sentada en una valla del camino de Hay, vislumbré una figura pequeña y solitaria. Pasé de largo, prestándole tan poca atención como al sauce que había al otro lado, sin sentir el más leve presentimiento de lo que aquel encuentro iba a significar para mí, ni de que, disfrazado bajo apariencias andinas, el árbitro de mi vida y mi destino, mi genio del mal y del bien acaba de aparecérseme. Ni tampoco lo sospeché cuando tras el accidente de Mesnour se me acercó con aspecto serio y se ofreció para prestarme ayuda. Aquella muchacha delgadita y de aire candoroso fue, sin embargo, como un jilguero posado en mi pie, capaz de abrir las alas y llevarme en volandas. La traté con rudeza, pero no se marchó; se mantuvo allí con inesperada pertinacia, sin dejar de mirarme y dirigirme la palabra, imbuida de una rara autoridad. Estaba escrito que había de llegarme el socorro por su cauce, y me llegó". p. 474-75.
Tras este primer encuentro, Jane ignora quién es el misterioso viajero accidentado de Hay Lane, hasta que llega a Thornfield Hall y ve allí a Pilot, el perro de Rochester. Al día siguiente, Jane es llamada a tomar el té con el amo, y Rochester, implacable, la somete a un interrogatorio que dará pie a que su interés por ella vaya siempre in crescendo. Jane se ve confrontada con un hombre brusco, sin modales sociales, extraño en todo a ella. Sin embargo, nos dice que se siente a gusto en su compañía, que prefiere esta rudeza a una afectada cortesía: desde el principio, Jane ’entiende’ a Rochester ¿Y Rochester? Edward dirá en la siguiente conversación, que ésta primera lo lleva a desear ’saber más de Jane’. Las respuestas de Jane, y sus dibujos le dejan intrigado: Edward sabe ahora que ella es diferente ¿Pero qué significa esta diferencia para él? Lo descubrirá sólo más tarde, en la tercera conversación.
De momento, debemos imaginar a la joven e inexperta institutriz ante la implacable mirada del señor de Thornfield. No intimidada, sin embargo. Edward le pregunta por su paso por Lowood y se asombra de su capacidad de supervivencia. Se asombra también ante la falta de empatía entre Jane y Blocklehurst, porque asume que ella, tras tantos años en la institución de caridad, ha sido sometida a los dictados del fanatismo de su director. pero Jane desmiente esto categóricamente ’con un frío : ¡No!’ : primera sorpresa.
Las respuestas de Jane no son convencionales, si bien son corteses, pero bajo ellas, Edward percibe de inmediato la originalidad de su espíritu, su falta de convencionalismo. A ello contribuyen poderosamente las tres pinturas que él admira: las tres que califica de ´élficas’. Los especialistas han estudiado pormenorizadamente estas tres pinturas, que son la expresión misma del alma de Jane Eyre y que contienen también elementos proféticos en cuanto a su historia con Rochester. No poseen, dice Edward, la maestría necesaria, pero son muy originales, para una joven estudiante. Cuando él le pregunta si estaba satisfecha de su labor, ella responde, también sorprendentemente para él, que no lo estuvo. que lo que pintó era sólo un pálido reflejo de lo que había imaginado. Rochester termina esta rara entrevista abruptamente y se sumerge inmediatamente en sus más oscuros pensamientos. Sin embargo, la impresión que Jane le ha causado le hará llamarla de nuevo, poco después. La tercera conversación será la definitiva. Cuando termina, Edward ya sabe que Jane es su amada, que lo será siempre. Y toda la historia que viene comienza a desarrollarse ante nuestros ojos, con toda su increíble complejidad.
En esa segunda conversación, Rochester es objetivo de la observación de Jane. Él pregunta, intempesitivamente - ¿Me encuentra guapo, señorita Eyre? Y ella responde impulsivamente - ¡No, señor!. Este comienzo humorístico da pie a que él reafirme su idea sobre Jane: ella es honesta. Sus respuestas no están marcadas por el convencionalismo. Como dirá él mismo más adelante: la respuesta al candor suele ser la hipocresía. Pero Jane no es hipócrita. La tercera conversación comienza de este modo, y prefigura la observación que hará Blanche Ingram acerca de la ’fealdad’ como condición (deseable) masculina. Blanche retomará pues, el tópico, dándole la vuelta y mostrándose ante Rochester como es: una joven mundana que manipula y miente, mientras que Jane, no.
Aquí Rochester ya se define a sí mismo ante Jane y lo hace despiadadamente: sabe que es un pecador vulgar, un hombre que ha pasado de la desesperación a la degeneración por debilidad, que no se ha enfrentado a su abismo para resistir, sino para entregarse a la perdición de su alma. Y sin embargo, Rochester también confía a Jane, en esta extraordinaria segunda conversación, que siente repugnancia por sus errores, que quisiera ser puro y tener ’una memoria impoluta’ como ella. Todas estas confesiones resultan tan sorprendentes como inesperadas, sobre todo si tomamos en cuenta que Rochester y Jane sólo han hablado dos veces más, y si consideramos que él tiene 38 años y ella sólo 18, que él es un hombre experimentado y ella una huérfana sin ninguna experiencia de la vida. Pero ella se presenta ante él como el ser puro que necesita para purificarse. La puerta de su corazón se abre cuando Jane le dice que ’ni siquiera por un salario ella toleraría una insolencia’. Ahí es donde él percibe la pureza inmarcesible de Jane. Ahí queda rendido ante ella. Y también ante su dignidad. Porque Rochester, ante todo, encuentra la dignidad del ser humano en Jane; una dignidad que ha visto tan poco en sus viajes desde las Indias Occidentales hasta su paso por París. Y ahora la cobija bajo su propio techo en la forma de esta pequeña, delgada, extraordinaria jovencita.
Rochester pide ayuda a esta mujer digna cuando le dice que se jacta de ser tan duro como una pelota de caucho, pero que tiene conciencia, y que dentro de esa dureza todavía queda un remanente sensible (¿su corazón?). Le pregunta a Jane -¿Queda aún esperanza? Ella responde -¿Esperanza, para qué? No hay duda de que él habla de su salvación.
Un poco más adelante, ella dice que teme decir estupideces, ya que la conversación se convierte en extremadamente enigmática para ella. Él le responde: -"Si usted las dijera, con ese aire tan suyo, tan serio y grave, yo las tomaría por sensateces".
Es aquí, en esta segunda conversación, cuando él recibe la inspiración: ella será su guía, su estrella matutina, su ángel salvador. Le habla a Jane con enigmas porque no puede ser explícito, pero le confía que a partir de ese momento, sus intenciones han cambiado: piensa pavimentar con buenas intenciones sus antiguos pecados, su antiguo camino al infierno. Sus compañías serán otras, otras sus prioridades. Ella se asusta un poco, pensando en nuevas tentaciones, pero él le asegura que no se trata de tentaciones, sino de inspiración.
El remordimiento no basta, dice Edward, hace falta reformarse. Edward quiere ser feliz, quiere fabricar el placer de la vida como la abeja fabrica la miel en el páramo. Abre los brazos, en una acción sin duda teatral, para abrazar este sueño: sueño de paz, de felicidad y de bondad que representa Jane.
Sin embargo, Rochester tomará de nuevo el camino equivocado, a pesar de todo lo que dice. Ocultará la verdad a Jane (su terrible, indecible secreto), intentará llevársela consigo sin tener derecho a ello. Pero ella los salvará a los dos. Su conciencia, esa conciencia que él denominará ’clara, impoluta, límpida’se impone para conseguir, más tarde, la redención de los dos, una vez unidos para siempre.
Cuando se despiden esa noche, aunque Jane no lo sabe, ya está en el corazón de Rochester para siempre.
Ninguna traducción hace justicia a esta maravillosa obra literaria cuyo lenguaje y cuyos diálogos inigualables tal vez jamás puedan ser vertidos con la debida fidelidad a ninguna otra lengua; pero, puestos a escoger os recomiendo, de todas las ediciones, ésta: Charlotte Brontë, Jane Eyre, Debolsillo, Barcelona, 2003, (Prólogo y traducción de Carmen Martín Gaite).
Esta versión de Jane Eyre para la BBC (1973), a pesar de sus defectos de producción (debidos a la época), es la más fiel al libro, y la que mejor refleja las personalidades de los dos protagonistas principales. Los actores son Michael Jayston y Sorcha Cusack. En esta escena podemos ver escenificada parte de la primera conversación Rochester-Eyre:
Y la segunda conversación, que comienza: -¿Me encuentra guapo, señorita Eyre?
-¡No, señor!
06/03/2008
Suite inglesa de Julien Green

Los lectores fieles a este blog habrán podido notar (aunque indirectamente), que estoy en una de mis etapas literarias recurrentes: la literatura inglesa del siglo XIX. Por una revista, me enteré que se había reeditado este libro, en sus tiempos, traducido y publicado por Jesús Aguirre, un hombre cuya cultura enciclopédica sólo podía ser superada por su petulancia (no sólo enciclopédica sino también universal). Pedí el libro, y mi librera, Pilar me lo ha regalado. Es un precioso volumen de tapa dura, bella y cuidada encuadernación, perfecta impresión: en fin, una delicia que se merece este pequeño librito, originalmente publicado en Londres en 1928. Julien Green es un escritor franco-americano, autor de una serie de obras muy interesantes entre las que destacaría su Leviatán, Green fue elegido miembro de la Académie Française. Como Lytton Strachtey, Green posee una gran capacidad de síntesis y mucha elegancia y amenidad, traspasada por el traductor a nuestra lengua con total perfección.
Los retratos que hace Green son perfectos en estilo y en esencia porque consigue capturar los rasgos más singulares de cada uno de los personajes escogidos y nos adentra en su intimidad, en sus penas y delirios y sus miedos o sus fobias. Green nos hace entrar en el alma de cada uno de sus retratados por la puerta de su dolor sin condenarnos a un sólo segundo de aburrimiento: tan límpida y graciosa arde la llama de su prosa.
La Suite comienza con una exploración de la vida y la fama de Samuel Johnson (1709-1784), y lo hace recordándonos la paradoja de que Johnson haya sido conocido por los siglos que han seguido, fundamentalmente, gracias al libro de otro: James Boswell, su fiel biógrafo y no verdaderamente porque su prosa se pueda leer actualmente más que como ejercicio escolar .(Por cierto que la famosísima biografía de Johnson hace poco más de un año que fue reeditada entre nosotros por Acantilado, y ya va por su segunda edición).Green nos retrotrae al momento en que Boswell, entonces de 23 años, conoce a Johnson y decide dedicarle la vida entera. Desde ese momento, ni uno sólo de los momentos de Johnson es un momento íntimo: se vive para la posteridad, para la posteridad de la biografía que >Boswell arma con toda la paciencia y el amor del mundo. Por lo ue toca a Johnson, erudito, luchador, incansable investigador, su nombre ha quedado en el siglo de los Fielding, los Richardson o Goldsmith como el del rey de la literatura inglesa de su tiempo y único autor de esa monstruosa y extraordinaria hazaña que es el Diccionario de la lengua inglesa.
Uno de los primeros libros de arte que compré cuando era una jovencita fue el Matrimonio del cielo y del Infierno de William Blake. La poesía y el arte en hermandad (y el genio). De este ángel o demonio u hombre sólo exteriormente, también se ocupa Green, describiendo su vida en medio de esas alucinaciones místicas o trascendentales, su extraño empeño por ilustrar sus libros con acuarelas y dibujos originales, y por imprimir él mismo esas raras joyas bibliográficas. Blake pertenece a una estirpe muy reducida, muy exclusiva, donde apenas entrevemos a John Donne y a San Juan de la Cruz. Tal vez Rimbaud. Green nos seduce con la descripción de su personalidad incomparable, al tiempo que nos recuerda las obras de Blake que se han perdido, quizá para siempre.
Charles Lamb (poco conocido entre nosotros), Charlotte Brontë ( y el enigma de su vida con relación a su obra), y Nathaliel Hawthorne, ese puritano capaz de conmovernos con La letra escarlatacompletan el volumen. Todos los retratos se ajustan a la línea que ya he señalado: la elegancia, la comprensión del sujeto y la descripción de su mundo más íntimo y más vulnerable.
Se trata de una obra deliciosa, que no hay que dejar pasar si uno es admirador de la literatura inglesa.
Julien Green, Suite inglesa (Trad. Jesús Aguirre), Barcelona, Ariel, 2008. (Ilustrada).
28/02/2008
El paseante solitario. En recuerdo de Robert Walser, de W. G. Sebald

Los que amamos el silencio, amamos a a Walser. Wlaser o la literatura del silencio. Walser, afirma Sebald, sólo estuvo unido al mundo de la forma más fugaz. Walser nunca tuvo nada ni a nadie. Pero tuvo la firmeza, la fueza, la obsesión de la escritura.
Yo puedo imaginar cómo esa grafomanía que lo llevó a llenar con su minúscula letra decenas de miles de folios debió constituir para él el único mundo, con su infierno y su cielo.
En este pequeño volumen delicioso, Sebald repasa los avatares de la desdichada vida de Walser y explica de qué forma tan milagrosa su obra se salvó del olvido y pasó a formar parte de nuestro universo. Cuántos Walsers no habrá por ahí, surge la pregunta...
Pero Sebald introduce también un elemento biográfico: la muerte de su abuelo y la de Walser son similares e incluso, Walser y su abuelo se parecen. Murieron el mismo año: 1956. Me resulta curioso este dato, porque, habiéndolo leido miles de veces, al leer a Sebald me he dado cuenta de que cuando yo tenía 6 años, Walser murió. Y me resulta extraño porque al leerlo, siempre me remito a un mundo intemporal, onírico, por lo que me resulta difícil pensar que Walser y yo estuvimos seis años en el mismo planeta.
Lo que más admira Sebald de Walser es su inmensa modestia, su pobreza exterior, su capacidad de asumir el desprecio de los otros.
No hay nada fatuo o prescindible en este libro: es un sincero homenaje a un escritor sincero.
Un pequeño volumen editado primorosamente por Siruela, traducido del alemán por el extraordinario Miguel Sáenz e ilustrado,
Si eres un amante de Robert Walser, este librito te resultará indispensable.
W.G. Sebald, El paseante solitario. En recuerdo de Robert Walser, (trad, de Miguél Sáenz), Siruela, Madrid ( Biblioteca de Ensayo, serie menor), 2007.
17/02/2008
Lectura y escuela

Estos días he estado leyendo algunos libros que considero que pueden convertirse en lecturas para mis alumnos de Primero de ESO. Hemos tenido problemas con la Editorial Anaya, porque clásicos que los chicos leían este curso, como El príncipe y el mendigo, de Dickens, Primer amor, de Turguénev o El prisionero de Zenda de Anthony Hope, que pertenecían a la colección Tus libros, han sido descatalogados. Aparentemente, porque la colección está cambiando las portadas duras por unas nuevas, blandas. En realidad, se va imponiendo desde hace mucho la moda de los libros de usar y tirar, libros ’juveniles’ que no tienen sustancia, o que tienen moraleja y carecen de méritos literarios. Libros sin estilo y sin valor, olvidables. Libros que nunca me han interesado como lectura para mis chicos. La idea de que los chicos lean estos librillos y se ’enganchen’ a su lectura por su sencillez y su simplicidad siempre me ha repugnado. Creo sinceramente que aunque los clásicos sean más difíciles, aportan algo, aunque aunque sea una semilla de algo, a las almas de mis criaturas pequeñas.
Ha caído en mis manos una obra de Ian McEwan: En las nubes (Anagrama), que creo que les puede gustar y estoy considerando agregarla a la lista de los libros que pueden leer en el tercer trimestre. Mi librero, Ferran, me ha dicho que le gusta que yo crea en la capacidad de lectura de mis chicos. Si no creyera yo en ella...apaga y vámonos, he pensado.
El libro está narrado por un adulto Peter Fortune, que rememora las metamorfosis que tuvo de los 9 años a los 12, gracias a su imaginación. Convertido en gato, en muñeca mala, en bebé o en adulto, Fortune experimentó en su propio cuerpo tales metamorfosis vivamente, y a través de ellas comprendió el mundo. Su imaginación lo llevaba lejos de la realidad, pero sólo para entenderla. Es un libro hermoso, poético, a ratos terrorífico. Cada capítulo narra una de esas metamorfosis, que finalmente constituyen el proceso de crecer. Crecer poéticamente, creando un mundo tan rico de sensaciones que deja chiquito el mundo real, tan rutinario, tan superficial, lleno de puras apariencias.
El otro libro que he estado considerando es el de Frances Hodgson Burnett, El jardín secreto (Siruela), que narra la historia de una niña decimonónica, dura de corazón y que ha crecido en la India, y que, a la muerte de sus padres, pasa a la tutela de su tío político, un noble jorobado y desdichado cuya vida es un infierno. Trasplantada a la vieja mansión de los páramos, la niña comienza por fin a ser mejor, al calor de la compañía de una criadita cariñosa, primera que la considera como persona, y de su hermano Dickon, conocedor de los secretos de los pájaros y de los animalillos del páramo. Al cabo de un tiempo, Mary descubre la existencia de un primito de su edad, confinado en sus habitaciones. Solitario, privado de amor, como ella. Poco a poco, los niños van creando su propio mundo, y como resultado de ello, ambos se redimen de su dolor, de su abandono, de su enfermedad nerviosa. En el jardín secreto, las plantas florecerán como sus pequeños jardineros. Y la felicidad por fin podrá establecerse en la vieja mansión.
Se trata de una novela que algunos han comparado con Cumbres Borrascosas: gótica, oscura, misteriosa, extraña. Y hermosa.
Por otra parte, en Bachillerato sobrellevamos como podemos las absurdas pretensiones de quienes nos prescriben las lecturas. Y nada menos que nos ordenan leer en el curso de 2º de Bachillerato (Literatura de Modalidad), fragmentos de El Quijote, El caballero de Olmedo, de Lope de Vega, Los pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán y Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Me pregunto con qué criterio ( o ausencia de criterio), se obliga a los alumnos a ’zapear’ por las dos partes de El Quijote en una treintena de capítulos que no siguen la historia, sino que la trocean, haciéndola verdaderamente incomprensible, para luego pasar al inabarcable Lope. Y de ahí saltar al naturalismo español y luego a la literatura hispanoamericana del XX. Me pregunto a quién se le ha ocurrido que la inmensa novela política y psicológica de doña Emilia y la genial obra de Gabo puedan leerse así, en un curso en el que vamos de las jarchas a la literatura contemporánea en 9 meses. Estoy convencida que hay que luchar contra esta tendencia mutiladora de la educación que nos quiere obligar a dar nombres y títulos en una interminable lista sin sentido; que hay que luchar contra la superficial manía de amontonar obras en una frágil tentativa de dar un ’barniz’ de ’cultura’ a los muchachos. Me siento obligada a hacer calas, a profundizar en lo posible, pero ¿cuánto tiempo tengo? Muy poco, pero no quiero hacer una lista de la compra con estas obras.
El programa de Primero de Bachillerato incluye las lecturas de Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura, que es una obra de humor surrealista y con toques racistas que hoy día ya no se entienden: una obrita prescindible; Amor y pedagogía de Unamuno, y las poesías de Antonio Machado. Ah ¡pero el programa de literatura de Primero de Bachillerato no es de literatura del siglo XX! Pequeño detalle que se ha escapado a Ensenyament. De modo que hay que situar estas obras al margen de lo que se está enseñando en el curso. Un despropósito.
Luchamos, en primer lugar, contra el sistema educativo. Para poder dar sentido a esto, para sacar de esto algo valioso y perdurable.
15/02/2008
Cinco caballeros románticos que pueden matarte (accidentalmente) mientras duermes
1. Heathcliff (de Cumbres Borrascosas: Emily Brontë)
2. Edward Rochester (de Jane Eyre: Charlotte Brontë)
3. Drácula ( de la novela del mismo nombre: Bram Stoker)
4. Michael Henchard (de El mayor de Casterbridge: Thomas Hardy)
5.El doctor Frankenstein (Mary Shelley)
01/02/2008
La televisión pública, una comparación
Dado que esta semana he estado enferma y como no me gusta abundar en este tema (a pesar de que conozco blogs que no hablan de otra cosa que de enfermedades y recetas de forma verdaderamente impúdica), y como tampoco he podido leer a causa de la gripe, he dedicado los ratos de vigilia a repasar las series de la BBC o de la PBS (Public Broadcasting System), y de su Masterpiece Theater: series que adaptan los grandes clásicos de la literatura, preferentemente victoriana. Lo hice a tenor de mi reseña de Jane Eyre: una producción de 2006 que costó cuatro millones de libras y que constó de cuatro capítulos de una hora.
Creo que la televisión pública española ha fallado siempre como vehículo educativo. Nunca se ha planteado como necesario dar una pincelada de cultura a los televidentes. Si se han adaptado obras literarias, ha sido a salto de mata, sin una línea clara, esporádicamente. No creo que se hayan gastado nunca el equivalente a cuatro millones de libras en ninguna serie de estas características.
A bote pronto, recuerdo las adaptaciones de Los gozos y las sombras, de Gonzalo Torrente Ballester, Los pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán, una lejana y creo que barata producción de Fortunata y Jacinta de Galdós, y más recientemente (pero de eso hace ya algunos años), una versión de La Regenta, la obra maestra de Leopoldo Alas, Clarín.
Por tanto, no es extraño que, poseyendo una de las literaturas más potentes de Europa, los españoles ignoren casi todo sobre sus clásicos. Siempre me he preguntado por qué nunca se han hecho versiones televisivas de las Novelas Ejemplares de Cervantes, con lo deliciosas que son, o de las Leyendas de Bécquer (mientras que los anglosajones no han dejado de llevar a las pantallas grande y pequeña a Edgar Alan Poe). Ya no hablo de Lope, Calderón o Ruiz de Alarcón...
En Inglaterra, cualquier ente medianamente avispado sabe quién es Mr, Darcy. Me pregunto cuántos sabrían aquí quién es el Magistral,
La televisión puede llevarnos de la mano hacia la obra. Una buena serie, una buena adaptación es una invitación a la lectura.
En cuanto me he metido un poco a investigar las versiones de Jane Eyre, encuentro que se han hecho, para la televisión y solamente por lo que toca a escritores victorianos, media docena de ambiciosas adaptaciones, todas ellas con sus cualidades y defectos. Veo también versiones de obras de Thomas Hardy (El mayor de Casterbridge, Tess la de los Uberbille), de Emily Bronté, Cumbres Borrascosas, de Anne Brontë, La inquilina de Wildfell Hall; de Jane Austen, varias y hermosas versiones de Emma, de Persuasión, de Orgullo y Prejuicio, de Northanger Abbey, de Sentido y Sensibilidad. También están las adaptaciones de obras del gran Dickens: Nicholas Nickelby, David Copperfield, etc. Todo esto, sólo referido a un período: el de la prosa victoriana que coincide con la del Realismo español. Una época feliz para la literatura española, en la que Clarín, Galdós, Pardo Bazán, Pereda e incluso Valera podrían compararse con cualquier Balzac o Dickens ¿Y qué me dicen de Unamuno? Sus novelas darían maravillosas horas de reflexión y de entretenimiento. Ibsen no era mejor.
Todo esto, me temo, no sólo está relacionado con la falta de una meta educativa en la televisión pública española: también abarca otros campos: está relacionado con la falta de preparación de los actores en el mismo tema. Las obras clásicas españolas, las grandes obras, no son llevadas al teatro. Aquí nadie o casi nadie sabe decir el verso, aparte del bueno de Flotats, criado a los pechos de la Comèdie Francaise y no pocos lo ignoran todo acerca de la literatura española según he podido ver en algún concurso donde exhiben su ignoracia en medio de risas y jaleos (me refiero al programa Pasapalabra, de Telecinco). ¿Y los guionistas, cuya joya de la corona son las series de Telecinco que miran mis alumnos, como Aída o Escenas de Matrimonio? ¿Dónde estarían los guionistas para las grandes adaptaciones?
Es preocupante que la televisión pública española no se sienta con la obligación de instruir deleitando, como quería Horacio.
No educar desde la televisión pública ¿es una estrategia?
N.B:El clip es de Jane Austen, Northanger Abbey (2008) No he podido poner ningún video de serie española, porque significativamente ¡NO HAY NINGUNO en Youtube!
31/12/2007
Comentario a las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, por Carlota Blanch
Antes de las vacaciones, pedí a mis chicos de Modalidad de Literatura que me pasaran a documento sus exámenes de comentario de texto. Los poemas eran variados: desde estas Coplas hasta sonetos de Garcilaso o Francisco de Aldana. Carlota Blanch ha sido la primera en hacerlo, y aquí os dejo su comentario. Creo que para otros estudiantes puede ser útil. Demuestra también la calidad de los textos que pueden producir nuestros alumnos.
Si queréis verlo a pantalla completa pinchad en el icono (abajo a la derecha) de la presentación para ir a la página web y una vez ahí, clicad en Full.
03/12/2007
Lecturas para el puente

A lo que iba: aparte de tener una montaña de exámenes de diverso pelaje y categoría, estoy a medias con un libro de Bartolomé Bennassar, Reinas y princesas del Renacimiento a la Ilustración. El lecho, el poder y la muerte, publicado por Paidós, Barcelona, 2007 (trad. de Núria Petit). La historia de las mujeres en el poder o en sus aledaños es siempre apasionante y aleccionadora, porque hay tantos tópicos que es necesario desterrar...
Esta tarde me he comprado El gran duque de Alba de William S. Maltby, editado por Atalanta (o séase, Siruela), en Girona, 2007 (trad. de Eva Rodríguez Halffter). El libro me permitirá, además, saber un poco más sobre la amistad que mantuvo Garcilaso con este extraordinario personaje, virrey de Nápoles y gobernador de Flandes y protagonista muy principal de la famosa leyenda negra.
Es imposible profundizar en la Literatura sin la ayuda de la Historia. Siempre he disfrutado con ella, como con la mejor novela.
Ya os contaré.
25/11/2007
Antonio Machado, sobre la pérdida de Leonor

La muerte de mi mujer dejó mi espíritu desgarrado. Mi mujer era una criatura angelical segada por la muerte cruelmente. Yo tenía adoración por ella; pero sobre el amor, está la piedad. Yo hubiera preferido mil veces morirme a verla morir, hubiera dado mil vidas por la suya. No creo que haya nada extraordinario en este sentimiento mío. Algo inmortal hay en nosotros que quisiera morir con lo que muere. Tal vez por esto viniera Dios al mundo. Pensando en esto, me consuelo algo. Tengo a veces esperanza. Una fe negativa es también absurda. Sin embargo, el golpe fue terrible y no creo haberme repuesto. Mientras luché a su lado contra lo irremediable me sostenía mi conciencia de sufrir mucho más que ella, pues ella, al fin, no pensó nunca en morirse y su enfermedad no era dolorosa. En fin, hoy vive en mí más que nunca y algunas veces creo firmemente que la he de recobrar. Paciencia y humildad.
Antonio Machado, Prosas dispersas (1893-1936), Madrid, Páginas de Espuma, 2001, pp. 340 y 343.
(Leonor se casó a los 15 años con Machado, que tenía 34, y murió tres años después, de tuberculosis).
23/11/2007
Palabra y silencio

Decíamos ayer, hablando del silencio de los textos, de lo que Wolfgang Iser llamó los blancos del texto, eso que no se dice, pero está, está debajo del texto, está en estado subyacente, callándose (y en ese silencio nos habla), que es lo que importa de los textos. Y del arte en general. Lo que importa, no está. No está evidenciado. Está detrás, debajo, dentro.
Dos fragmentos:
La escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa como nada pasa en la vida, nada, excepto eso, la vida.
(Escribe Vila-Matas que escribió Marguerite Duras en París no se acaba nunca, Anagrama, Barcelona, 2003, p. 215).
Guardavo l'orizzonte, e il lago, ancora non sapevo que anche su quel lago ci sarabbe stato un collegio per me. Mangiavo una mela e camminavo. Cercavo la solitudine e forse l'assoluto. Ma invidiavo il mondo.
Fleur Jaeggy, I beati anni del castigo, Adelphi Edizioni, Milano, 2003 (5ª ed).
11/11/2007
Sabato y el ciego de las ballenitas

Postdata: el Hotel de Suède

07/11/2007
Vila-Matas, Axel Munthe y yo

Como a tantos escritores que amo, a Enrique Vila-Matas lo tenía abandonado desde el deslumbramiento que me causó la lectura de Bartleby y compañía. Hay tanto en común a veces, con ciertos escritores, que me asusto, me coge un escalofrío. Lo dejo, pienso: ya te veré luego.
Pero Exploradores del abismo me llamó. A este libro me unen Paul Auster, Sophie Calle y París, ciudad en la que estoy convencida que he vivido, aunque mi tentativa más seria tuvo lugar en 1973, cuando estuve a punto de quedarme en aquel hotelito de la Rue des Écoles para iniciar la carrera de letras en la Sorbona. Pero ignorar el francés me echó para atrás, me dio pereza pasarme un año aprendiéndolo, y finalmente decidí cambiar el rumbo y venir a Barcelona. Mi historia habría sido otra.
El caso es que, retomando la lectura de Vila- Matas con Exploradores del abismo, y habiéndome quedado verdaderamente satisfecha con el relato sobre Sophie Calle y lo que NO le pidió a Vila-Matas en un café de París que no es el que suelo frecuentar (yo soy del club de los del Deux Magots aparte del de Ocata), seguí con el Doctor Pasavento, libro que había comprado oportunamente pero que por las precauciones ya mencionadas más arriba no había abierto, y lo abrí.
Lo abrí y me encontré de manos a boca con la calle Vaneau, en donde me alojé, justamente, la última vez que viajé a París, y donde, naturalmente, también se había alojado Vila-Matas. Esto no es ninguna coincidencia, puesto que fue precisamente por saber que ahí se había alojado, y que ahi había vivido Saint- Exúpery, que me alojé en el hotel antes dicho. Hasta aquí, todo normal. Pero ahora, avanzando en el libro, me encuentro con Axel Munthe y con la villa de Nápoles, la villa que Axel compró, en donde había vivido el emperador Tiberio.
Munthe es el autor de una obra que amé tempranamente y que vino a ser como mi libro de cabecera cuando yo tenía 12 años. Me lo regaló mi primera maestra de literatura, Consuelo Coronado, a quien yo adoraba, y que creía, acaso ingenuamente, que yo iba a ser una famosa escritora mexicana. Ni fui escritora, ni sé ya si soy siquiera mexicana.
Pero el caso es que el libro de Munthe me ha seguido a todo lo largo de mi existencia, y yo lo he regalado a una persona que antaño me importaba. No hace tanto. Y ahora, Vila-Matas me lo trae a colación, ahora que leo su Doctor Pasavento con retraso.
Bueno, me resulta escalofriante, así. sin más.
Porque uno no puede confiar en el azar, ni siquiera en que las afinidades sean azarosas. Hay un camino, un sendero oculto, pero esplendorosamente claro, que me lleva desde mis doce años vividos en Coyoacán, con el libro de Munthe bajo el brazo, hasta esta habitación en donde a mis 57 años, leo a Vila-Matas que escribe sobre Axel Munthe. Y ya sólo me resta saber hasta cuándo sigo con ellos o hasta dónde me lleva ese sendero.
Enrique Vila-Matas, Exploradores del Abismo, Anagrama, Barcelona, 2007.
Doctor Pasavento, Anagrama Barcelona, 2005.
Axel Munthe, La historia de San Michele, ed. Juventud, Barcelona.
26/10/2007
De la Autobiografía de Jorge Luis Borges
"Al preparar El Hacedor ya había comprendido que escribir de manera grandilocuente no sólo es un error sino que es un error que nace de la vanidad. Creo con firmeza que para escribir bien hay que ser discreto". 14/08/2007
La colección Découvertes de Gallimard

Últimamente me he aficionado a la colección Découvertes de Gallimard. Son libros de divulgación y están muy bien ilustrados. Los autores son conocidos especialistas de los temas que tratan y su precio es muy asequible.
Hay en ella libros de arte, biografías de artistas, incluidos los literatos, Historia y en general, Humanidades. Los libros son pequeños, pero incluyen de 200 a 300 ilustraciones perfectamente explicadas, así como textos muy útiles y una última parte de Apéndices (con trascripción de documentos, muy acertada, en mi opinión).
De los que he leído últimamente, recomiendo:
* Les miroires du Soleil, de Christian Biet, que habla de los artistas que poblaron la corte de Luis XIV. No sólo habla de los autores teatrales (Molière, Recine, Corneille), o de los músicos Jean-Baptiste Lully, Charpentier (sobre quien, por cierto, he comprado un DVD espléndido), sino también de los arquitectos e ingenieros que hicieron de Versalles el lugar de ensueño que fue durante aquel Gran Siglo. También habla del contexto cultural y social que hizo posible que el gran sueño de Versalles se hiciera realidad.
* Henri IV Le règne de la tolérance, de Jean-Paul Desprat y Jacques Thibau, en el que se nos describe el reinado del hugonote que terminó por ser el mejor rey que tuvo Francia y fue el fundador de la dinastía borbónica. Desde su nacimiento en el reino de Navarra hasta su asesinato, pasando por la terrible noche de San Bartolomé, su matrimonio con Margot de Valois, la muerte de sus parientes Valois (Catalina de Médicis y sus tres hijos, los reyes Francisco II, Carlos IX, Enrique III y el duque D’Alençon, que no llegó a reinar), y el asesinato de Enrique de Guisa, quizá su más potente enemigo y lider de la Liga Católica. Sus leyes, sus tratados, que devolvieron a Francia la paz que parecía perdida después de esas guerras civiles y religiosas cuya crueldad no ha sido superada.
* Georges de La Tour. Histoire d’une redécouverte, de Jean Pierre Cuzin y Dimitri Salmon, En el pequeño y muy bien ilustrado volumen se nos explica cómo, después de haber sido en su tiempo un pintor muy famoso, Georges de la Tour fue completamente olvidado por la historia del arte, hasta tal punto que su nombre era desconocido a finales del siglo XIX, y algunas de sus obras se habían atribuido a Le Nain o a algún pintor holandés o flamenco, aun cuando el estilo y el sujeto pictórico levantaba olas de admiración. (Hablo, entre otros, del caso de El recién nacido del museo de Rennes, admirado desde 1794, pero cuyo autor era ignorado hasta que llegó Hermann Voss que comenzó a investigar hacia 1915 y dio con el nombre y las referencias de Georges de la Tour). El libro narra lo que a partir de ahí fue sucediendo: los hallazgos y las atribuciones, el redescubrimiento de la obra hasta llegar a la gran exposición que el Louvre dedicó al gran pintor en 1997. Como sabéis, de la Tour es uno de mis pintores favoritos, con Vermeer y Gaugin o Lucien Freud.
10/08/2007
Las golondrinas de Kabul, de Yasmina Khadra

Ya escribí hace un tiempo sobre Yasmina Khadra. Hoy vuelvo a hacerlo a propósito de Las golondrinas de Kabul, novela en la que Khadra nos revela lo que es vivir bajo un estado totalitario y ciegamente fanático. Fanatismo y ceguera, (perdón por el pleonasmo) que destruyen una ciudad antaño viva, hoy destruida por la guerra y el miedo, en la que las mujeres son tratadas peor que los animales, obligadas a llevar un burka que las despersonaliza y las anula, lapidadas por causas inversímiles o sometidas en todos sus actos. Lugar donde los hombres son despojados de su vida, de su libertad para actuar, para creer, para sentir. Lugar donde hay sólo dos salidas: la locura o la muerte. El régimen talibán es descrito en todo su horror. Las ejecuciones sumarias, las lapidaciones, la anulación de la voluntad individual, la prohibición de la felicidad: todo eso ocurre en la novela de Khadra.
Dos parejas, la de un carcelero y su mujer, enferma terminal, y la de un antiguo intelectual y su mujer ex-abogada, que prefiere ocultarse en su casa antes que ser denigrada con el uso público del burka, confluyen en la historia. Historia que sólo puede tener un final, el de la aniquilación.
Novela bella, sobre todo en sus primeras páginas, novela terrible. La poética del horror: la verdad escrita en estas páginas cuya melopea puede ser escuchada en todos los lugares donde haya un régimen totalitario. Sin llegar a ser metafórica, como El informe sobre ciegos de Sabato, y sin el moralismo de Saramago, es una novela imprescindible.
Yasmina Khadra, Las golondrinas de Kabul, Alianza Editorial, Madrid, 2003 (Traducción de María Teresa Gallego Urrutia).
08/08/2007
Tala, de Thomas Bernhard

Thomas Bernhard es otro de mis escritores favoritos. Un hombre con un discurso en espiral, con un estilo repetitivo y obsesivo, amargo y profundamente irónico.
Después de un largo periodo de tiempo (mi última referencia sobre un libro suyo es de hace más de un año), escojo, de entre los libros que tengo, Tala, monólogo sobre la falsedad o la representación, sobre el tiempo y sus estragos, sobre la ausencia y sobre la soledad, también sobre la farsa social.
La voz narrativa es siempre, en todas las obras de Bernhard, omnipresente y exclusiva y corre acelerada y sin descanso hacia su propia extinción, hasta el final de la obra. No podemos juzgar los hechos ni las sensaciones si no es a través de esta voz, que fácilmente puede confundirse con ese personaje, también llamado Thomas Bernhard, que se inventó Thomas Bernhard, ése que estudió música en el Mozartorum, que cantó con una voz de barítono-bajo y que despreció olímpicamente todo lo relacionado con Austria y especialmente con Viena.
En Tala ese narrador, nacido en Salzburgo, habitó varios años en Londres, huyendo de la odiada Viena, pero una vez vuelto a la capital austriaca paseó una y otra vez por aquellos sitios por donde necesariamente tenía que encontrar alguna vez a algunos antiguos amigos a quienes de ningún modo quisiera volver a ver.
La obra comienza el mismo día que recibe la noticia de que una gran amiga suya se ha ahorcado en su casa paterna y encuentra, mientras pasea, a los Auersberger , que no solamente le vuelven a dar la triste noticia (que ya conocía a través de la mejor amiga de la difunta), sino que lo invitan a una de sus cenas artísticas, y él acepta. Todo lo que sigue es lo que pasó y no debería haber pasado, pues el haber aceptado esa invitación iba en contra de su voluntad y de su deseo.
Sobre esta base, el discurso del narrador se establece desde un sillón de orejas en la casa de los Auersberger, mientras espera la cena y durante la cena artística.
En el monólogo primero -y después en la transcripción del monólogo de un actor del teatro de Viena que ha tenido gran éxito en el papel central de El pato salvaje de Ibsen, al que tienen que esperar hasta las doce y media de la noche-. el narrador nos expresa el asco y la visceral repugnancia que le despierta la sociedad artística vienesa, su desprecio por los snobs que la conforman, su rechazo a ese mundo que vivió intensamente en su juventud, idea que repetirá de nuevo, cada vez profundizando o extendiéndola más, y que complementa la descarnada descripción de ese matrimonio formado por un músico "seguidor de Webern" y su esposa de la baja nobleza rural de Estiria, y el ridículo intento de ambos de actuar como aristócratas verdaderos y como verdaderos artistas, cuando no son ni una cosa ni la otra.
El mal gusto y la presencia de una antigua amiga (la versión vienesa de Virginia Woolf según se califica ella misma), aumentan el asco y el rechazo del narrador.
"Tenemos una intimidad tan grande con las personas que creemos que se trata de un vínculo para toda la vida, y de la noche a la mañana las perdemos de nuestra vista y de nuestra memoria, ésa es la verdad, pensaba en mi sillón de orejas de los Auersberger" (p. 45).
Con su estilo característico, abunda sobre esto una página más adelante:
" Tenemos una amistad de la forma más intima con unas personas, y creemos realmente que es para toda la vida, y un día nos vemos decepcionados por esas personas que estimamos más que a cualquier otra, incluso admiramos, en definitiva hasta amamos, y las aborrecemos y las odiamos y no queremos tener que ver nada más con ellas, pensaba en mi sillón de orejas" (p.46).
Cuando la obra fue publicada en Austria, fue retirada de las librerías durante unas semanas debido a una demanda presentada por un prócer vienés que se vio reflejado en la narración. En realidad, la narración refleja ese mundo artificioso, opuesto al natural, expresado en el titulo y en una frase que hacia el final de la cena repite el actor: "bosque, monte alto, tala". Mundo al que no escapa el propio narrador, quien se recrimina a sí mismo los mismos defectos de los que acusa a los de la cena artística, La obra concluye con la descripción de este conflicto de amor-odio, atracción-rechazo que bascula siempre en la obra de Bernhard:
"(...) Hubiera sido mejor leer mi Gogol o mi Pascal o mi Montaigne y pensaba, mientras corría, que escapaba de la pesadilla auersbergiana, y corría realmente y con energía cada vez mayor huyendo de aquella pesadilla auersbergiana hacia el centro de la ciudad y pensaba mientras corría que aquella ciudad por la que corría, por espantosa que la encuentre siempre, es para mí, sin embargo, la mejor de las ciudades, esa Viena odiada, siempre odiada por mi, era otra vez de repente para mí querida, mi querida Viena, y que aquellas gentes que siempre he odiado y que odio y que siempre odiaré son sin embargo las las mejores gentes, que las odio, pero son conmovedoras, que odio a Viena y, sin embargo, es conmovedora, que maldigo a esas gentes y, sin embargo, tengo que quererlas y que odio a esa Viena y, sin embargo, tengo que quererla y pensaba, mientras corría ya por el centro de la ciudad, que esa ciudad es sin embargo, mi ciudad y siempre será mi ciudad y que esas gentes son mis gentes y siempre serán mis gentes y corría y corría y pensaba (...)". (p. 187).
Como pasa con otros grandes autores o quizá en mayor grado, la escritura de Bernhard es amada u odiada. Yo la amo, a pesar de que reconozco que no siempre puedo con ella: no siempre tengo la fuerza para soportar su discurso sin pausa, acelerado, crispado, neurótico, y tan verdadero.
Thomas Bernhard, Tala, Alianza Editorial, Madrid, 2002 (Versión española de Miguel Sáenz)
01/08/2007
Lola Álvarez Bravo, la primera fotógrafa profesional mexicana
"Busco la esencia de los seres y de las cosas".
El libro de Poniatowska que reseñé hace poco me llevó de la mano hasta la revisión de la obra de esta mujer extraordinaria que fue Lola Álvarez Bravo; en sus inicios, discípula de Edward Weston (por delegación, ya que no llegó a conocerlo durante su estancia en México), y de Tina Modotti, junto a la que creció su amor por ese nuevo arte del siglo XX que es la fotografía. Entre Weston, Modotti, Cartier-Bresson y Manuel Álvarez Bravo, la obra de Lola se mantiene en igualdad de categoría y de calidad plástica y expresiva.
La editorial Turner publica, en colaboración con el Fondo de Cultura Económica, este cuidado libro sobre la vida y la obra de la primera fotógrafa profesional mexicana. Las fotografías a toda página, editadas con primor y gran calidad gráfica. El libro cuenta con un estudio muy interesante sobra la vida y la obra de esta mujer.
Lola Álvarez Bravo había nacido en una familia de la burguesía jaliciense, en Lagos de Moreno, allá por el año de 1907. Fue la primera mujer de otro gran fotógrafo: Manuel Álvarez Bravo, cuya obra también puede ser encontrada en España (Könemann, en edición trilingüe -inglés, francés y alemán-, Nueva York, 1997). Primero en colaboración estrecha con su marido y luego sola, Lola se forjó un nombre y una vida propia; creó y vivió intensamente.
La fotografía de Lola tiene un carácter específico, un estilo personal. Es una fotografía que no descuida el encuadre ni la composición, pero que está abierta a todas las posibilidades de la realidad. Realidad ante la que la fotógrafa reacciona de dos maneras: reflejándola y recreándola con el uso del collage. Lola es una fotógrafa osada, carnal, emotiva.
Me encantan sus desnudos, su autorretrato, así como sus retratos indígenas, como el que aparece en la portada del libro, en la que se aprecia esa capacidad para reflejar la sutileza de la piel y la impasibilidad del gesto misterioso del sujeto.
Lola no se pierde con el psicologismo, sino que muestra al sujeto en contemplación. La mirada no es invasiva sino cómplice. No hay voyeurismo sino participación, espacio común de mirada y mirado.
Lola no es una fotógrafa rural, como lo es Rulfo, testigo de un mundo atávico, extraño, onírico, pasado en su intemporalidad, mitificado, estático, detenido en el tiempo por su Leica. El mundo de Lola es un mundo que ya es contemporáneo, un mundo dentro del tiempo que le tocó vivir, un mundo reconocible, cercano.
En la efervescencia cultural del México de los años veinte, posteriores a la Revolución Mexicana y hasta su muerte en 1993, Lola evoluciona, crece, siempre atenta. En medio de esa clase intelectual internacional e internacionalista que se refugia en México o que pasa por México, su obra sigue siendo un referente no ya de mexicanidad, sino de contemporaneidad. Apartada de la lucha feminista, ella esgrime su profesión y su femeneidad sin sobresaltos: naturalmente. Como ha de ser.
Más allá del estetiicismo que se puede achacar a otros fotógrafos (Weston, Manuel), las fotografías de Lola interrogan a la vida en todas sus manifestaciones privadas y públicas. La vida, multiforme, queda en su cámara, ante nuestros ojos, no sin intervención de la belleza, pero no buscándola frenéticamente, sino encontrándola, haciéndola suya a través de la lente. La fotografía de Lola se reconoce como suya en todas sus etapas.
En nuestro tiempo ya es imposible entender el arte sin la fotografía.
Elizabeth Ferrer, Lola Álvarez Bravo, Fondo de Cultura Económica-Ed. Turner (Presentación de Douglas R. Nickel, traducción española de Pedro Serrano), México-Madrid, 2006.
13/07/2007
La literatura según Han-Yu

En un pequeño volumen que publica Octavio Paz con textos de antiguos escritores chinos (que confiesa haber traducido del inglés y del francés en 1957), encuentro este fragmento:
(...) El más perfecto de los sonidos humanos es la palabra; la literatura, a su vez, es la forma más perfecta de la palabra. Y así, cuando el equilibrio se rompe, el cielo escoge entre los hombres a aquellos que son más sensibles, y los hace resonar.
Octavio Paz, Chuang-Tzu, Bibioteca de Ensayo Siruela Núm 6, Madrid, 2005.
12/07/2007
Carlota Fainberg, de Antonio Muñoz Molina

Una nouvelle curiosa. A ratos, los anglicismos que trufan el discurso del profesor-narrador tras sus muchos años de estancia en USA como profesor auxiliar, se me hacen molestos. La historia, de todos modos, me atrapa. Dos hombres, muy diferentes entre sí, se encuentran en un aeropuerto. Sus vuelos de retrasan durante horas por una tremenda nevada. Claudio es el receptor de una historia de pasión desatada. La verborrea de Abengoa a ratos le parece agobiante, a ratos fascinadora. Un tono irónico satiriza, en un segundo plano, la vida académica. Es un plus.
Sin duda, lo mejor es el final que, ambiguo, nos lleva a reconsiderar un relato que hasta entonces no parecía fantástico.
Antonio Muñoz Molina, Carlota Fainberg, Punto de lectura, Madrid, 1999. (Sí, como tantos otros libros que tengo en mi biblioteca, lo he dejado ’reposar’ algunos añitos: ¡mea culpa!).
11/07/2007
Los reyes malditos de Maurice Druon
Estas novelas históricas comienzan con el final de reinado de Felipe el Hermoso, rey de Francia, cuando éste decide terminar con la Orden del Temple y manda quemar vivo al Gran Maestre de la orden, Jacques de Molay, quien desde la pira, maldice a la dinastía hasta la decimotercera generación. A partir de ahí, se suceden las muertes y la tragedia en el reino de Francia. El hilo conductor que unifica todas las novelas son dos historias: la de Roberto de Artois en su lucha contra su tía Mahout por el control del condado de Artois, y también la de Guccio, banquero lombardo, y su amor imposible por la condesa de Cressy.
Las novelas describen muy bien las intrigas y las luchas de poder en los reinados de Felipe y sus sucesores hasta el cambio de la dinastía, y todos sus problemas políticos y familiares: Luis el Obstinado, Felipe de Poitiers y Carlos el Hermoso, los adulterios de las esposas de Luis y de Carlos, la muerte por estrangulamiento de la esposa de Luis, que necesita un heredero legítimo, el asesinato de su hijo en la cuna(nacido de su segundo matrimonio, con Clemencia de Hungría), Isabel de Francia (única hija de Felipe el Hermoso), y el derrocamiento de su esposo, Eduardo II de Inglaterra, a la vez que une los hechos a través de las historias intercaladas de Robert y Mahaut (historia de odio), y de Guccio y María (historia de amor). También tratan, de manera secundaria, pero con cierta morosidad, del tema del Papado en Avignon. Iglesia y estado envueltos en una misma maraña de intriga.
La serie es interesante porque divulga hechos históricos de manera amena y relativamente precisa, ya que el autor es miembro de la Academia Francesa.
La obra ha inspirado dos series de televisión, una en 1972 y otra en 2005, con Philippe Torreton, Jeanne Moreau, Gerard y Guillaume Depardieu, Jeanne Balibar, Tcheky Karyo, Claude Rich y otros grandes actores y actrices franceses.
Maurice Druon, Los reyes malditos (siete volúmenes), Barcelona, Byblos. (A cinco euros el volumen).
05/07/2007
El rey con el corazón de alondra

Felipe el hermoso (Felipe IV de Francia), nació en 1268 en el castillo de Fontainebleau, del matrimonio de Felipe III con Isabel de Aragón y murió a los 46 años de un accidente de caza. Destacaban en él dos características: la belleza y armonía de su cara y cuerpo, y la obstinación y rigidez de su carácter, por lo que también se le llamó el rey de hierro
Casó a los 16 años con Juana de Navarra, con la que tuvo siete hijos. Le sucedieron tres de sus hijos, Luis X, Felipe V de Francia y Carlos IV, y con ellos terminó la dinastía de los Capeto, cuyos restos descansan en la basílica de Saint Denis. Su hija Isabel casó con Eduardo II, rey de Inglaterra. Ella, en colaboración con Mortimer y con el apoyo de Francia, encarceló al rey y lo mandó matar, por sodomita, en 1327, antes de hacerse con la regencia del reino. Christopher Marlowe escribió una tragedia sobre este hecho y Derek Jarman hizo una película basada en la obra del dramaturgo inglés.
Felipe ataca a los templarios y consigue acabar con su poder. Jacques de Molay, gran maestre de la Orden, acabó siendo quemado en París y según se cuenta, maldijo a Felipe y a su dinastía y predijo la muerte de sus tres poderosos enemigos en menos de un año: el propio Felipe el Hermoso, el Papa Clemente V (Papa francés, instalado por Felipe en Avignon), y el burgués Nogaret, mano derecha del rey de Francia. Cuando en efecto murieron los tres en menos de un año, se comenzó a hablar de la dinastía de los "reyes malditos".
He comenzado a leer la serie de novelas históricas escritas por Maurice Druon (de la Academia Francesa), que escribió 7 libros sobre estos reyes Capetos.
En el primer volumen (El rey de hierro), se cuenta que al morir Felipe el Hermoso y extraerse su corazón para ser llevado al monasterio de Poissy, pudo observarse que se trataba de un corazón muy pequeño, como el de una alondra.
Saquen ustedes sus conclusiones.
Maurice Druon, Los reyes malditos ( 7 volúmenes), Barcelona, Byblos.
30/06/2007
Jeeves y Wooster en otra historia de P.G. Wodehouse
Hace tiempo que me hice fan de Jeeves y de Bertie Wooster (a través de la serie de la BBC interpretada por Hugh Laurie, en el papel del atolondrado y encantador juerguista, y Stephen Fry, impagable mayordomo y cerebro gris de todas las aventuras). Como he terminado el curso, y a la vez que leo un estudio sobre el drama renacentista inglés, a ciertas horas me entrego al relajo y a la risa que me provocan las historias de P.G. Wodehouse.
De acuerdo, Jeeves comienza con uno de esos tour de force que a menudo se establecen entre el mayordomo y el joven inglés, cuando Jeeves, horrorizado por la compra de una chaqueta blanca con botones dorados, hace ver a su amo la inconveniencia de lucir tan horripilante prenda en Inglaterra. Bertie, quien apela a los sentimientos de orgullo y de pundonor de los Wooster, no cede. Se lleva la chaqueta a Brinkley, desafiando a su mayordomo. La guerra comienza. No sólo eso: Bertie se siente ofendido porque todos confían más en Jeeves que en él, a la hora de arreglar los desaguisados amorosos de toda esa tropa de jóvenes estrafalarios que constituyen el centro de la sátira en las novelas de Wodehouse.
Así, pues, Bertie toma las riendas del desaguisado, primero aconsejando a Gussie Fink-Nottle, el amante de las salamandras, y después a Tuppy Glossop, al mismo tiempo que asesora su tía Dahlia con la mejor estrategia para hacerse con quinientas libras para salvar su revista femenina. Previsiblemente, ocurre un gran desastre y nada puede hacer Bertie para arreglar el gran lío que ha montado, por lo que Jeeves debe intervenir.
Los diálogos son brillantes y las descripciones espléndidas. Entramos de lleno en el mundo de la sátira inglesa. Wodehouse es heredero de Shandy, Thackeray, Austen... El mundo de Jeeves y Bertie Woster es surrealista, delirante, simpático y absurdo y la lectura de cualquiera de sus historias es absolutamente recomendable para pasar ratos inmejorables.
(Ah, y si es posible, no dejéis pasar la serie, una de las mejores de aquellos tiempos míticos de la BBC).
P.G. Wodehouse, De acuerdo, Jeeves, Anagrama, Barcelona, 1990.
28/06/2007
Papá, dame la mano que tengo miedo, de Leopoldo María Panero

Leopoldo María Panero hace tiempo que me parece el mejor poeta en español vivo, Su prosa poética vuelve a ser torrente pasional de dolor y de herida. Junto a Rimbaud, a Lautréamont, a Nerval, esculpe sus palabras contra el abismo que lo sustenta. Panero salmodia su "temporada en el infierno", desde donde nos sacuden sus palabras. El alma, tras leerlo, duele y se agita.
Un libro que no debéis dejar de leer.
Cito:
Mi alma no es más que vejez y un río en la noche, un nudo de asfixia verde en la garganta, una imposible proximidad, una terrible dulzura de almas que gimen bajo el viento; una "Muerte de Virgilio" que nunca termina, una novela sin diálogos y sólo terror en la sombra, una araña que teje su propia desdicha, una telaraña de desdichas donde los pájaros se restriegan los unos contra los otros, gimiendo por la flor de una bofetada, de una bofetada del loquero, de una flor en la sombra (p. 26).
13/06/2007
La casa de papel, de Carlos María Domínguez

Mi amigo Ferran Pontón me regaló ayer este pequeño y hermoso libro, muy bien ilustrado. Es una nouvelle (novela corta o cuento largo) llena de encanto y de imaginación. Repleta de referencias bibliófilas, su planteamiento ya nos intriga y nos llena de emoción, porque describe muy bien a esa raza escogida y extraña, un poco freaky, que somos los letraheridos. Muy recomendable, tanto por el estilo como por el argumento. El autor, aunque creo que no es muy conocido aquí, tiene una trayectoria considerable, entre biografías, estudios y novelas.
Si queréis leeros un relato breve, lleno de suspenso y de belleza intrínseca, no lo dudéis.
Carlos María Domínguez, La casa de papel, Mondadori, Barcelona, 2007 (Ilustraciones de Peter Sís).
Premio Lolita Rubial, ha sido traducida a 18 lenguas.
24/05/2007
El corazón devorado, de Isabel de Riquer

que cito se habla de ello), cuando supe de la leyenda del 'corazón comido'. O tal vez relacioné las dos cosas, pues se decía que Margot llevaba siempre un cinturón del que colgaban los corazones de sus numerosos amantes y la morbosidad de esta leyenda parisina quizá se entrecruzó en mi mente con la crueldad y el morbo del relato del corazón comido.
Cuando hice la reseña de la película francesa Margot, mencioné este hecho. Más tarde compré, en edición de bolsillo, La leyenda del castellano de Coucy, de Isabel de Riquer, pero algún tiempo después lo regalé a mi ex-marido, que se ocupa de temas medievales.
Ahora ha aparecido en Siruela una reedición ( y a un precio módico para esa editorial), ampliada y puesta al día, de ese mismo texto.
En el libro que hoy me ocupa, se narra primero la leyenda (culta, no de origen folklórico), que explica la historia de los amores adulterinos entre un poeta (en muchas versiones, ese poeta es el trovador Gillem de Cabestany) y la castellana de Coucy. Enterado el marido, hace matar al poeta y exige a su cocinero que prepare su corazón. (Por cierto que este hecho da lugar a un peculiar 'recetario' de corazones humanos).
El libro de Isabel de Riquer compila 22 textos que van desde los primeros textos del siglo XII hasta los de Mújica Laínez o Pere Gimferrer, pasando por los de Dante, Petrarca y otros autores. Y debería interesar a lectores curiosos y amantes de las historias extrañas.
Os dejo con el poema de Gimferrer:
Amb tanta la dolor les arracades
al penjoll de la vinya de la nit
no es mouen perquè el cor ara s'esquinci:
els enamoradisssos de l'ocell,
amb la testa de mort enllumenada,
ens migpartim al crit del cel del vespre
com el cor de Guillem de Cabestany
i l'ocell fa el revolt a la tortaxa
tres cops potser; l'ocell de jovenesa,
la mà parada de la nit als núvols,
l'ocell que és tot ferida quan vivim.
Y con tanto dolor las arracadas
de la vid de la noche en su racimo
no se mueven porque ahora el corazón
se desgarre: los enamoradizos
del pájaro, alumbrada de muerte la cabeza,
nos partimos por la mitad al grito
del cielo del crepúsculo como el
corazón de Guillem de Cabestany
gira en la torre el pájaro tres veces
quizás, el pájaro de la juventud,
la mano de la noche que se alarga en las nubes,
el pájaro que es sólo llaga cuando vivimos.
(Versión de Justo Navarro). p. 282.
Néstor Luján, Margot, la reina de los corazones, Barcelona : Planeta, 1994.
Isabel de Riquer, El corazón devorado, Una leyenda desde e
