Se muestran los artículos pertenecientes al tema Literatura y Libros.
Isabel Barceló presenta su libro sobre la reina Dido
La excelente escritora valenciana Isabel Barceló presenta su libro Dido, reina de Cartago (Ediciones ES), el jueves 26 de noviembre, a las 19 h. en Ámbito Cultural de El Corte Inglés de la capital valenciana, c/ Colón nº 27 (6ª planta).
Intervendrán el profesor de la Universidad de Valencia y escritor D. Justo Serna, y la autora.
Se trata de un libro extraordinario: estáis invitados a acudir a la presentación ¡y a leerlo!
Arráncame la vida, de Ángeles Mastretta

Leí esta novela de la escritora mexicana ( o más, precisamente, poblana) cuando fue editada hace una veintena de años. Me gustó. Después leí Mujeres de ojos grandes y aunque de menor aliento, también me gustó. Luego le perdí la pista a la Mastretta hasta que hace un par de meses empecé a visitar su blog, Puerto Libre.
Ahora que han estrenado la peli basada en esta novela, he querido releerla antes de ir al cine. Se trata de la historia de una mujer mexicana que desde los quince años vive con un hombre cuyo interés reside, precisamente, en su complejidad. Un hombre que sube con la Revolución y con ella se corrompe mientras por otro lado la enseña a sentir placer, a ser su compañera. Irónico, pero no desprovisto de ternura, el general es un personaje crecientemente despreciable, pero no fácil de definir. Mujeriego, mafioso, criminal, pero también tierno, cariñoso, preocupado por sus innumerables hijos a los que va llevando a su casa para que Catalina los críe; cercano a su mujer, sobre todo en los primeros años de su matrimonio antes de que ella se dé cuenta de que él es al mismo tiempo prepotente, tiránico, celoso, cruel y posesivo.
Me extraña que en algunas reseñas digan que el tema de la película es el machismo mexicano. Primero, cuestiono el adjetivo: en México hay tanto machismo como en el resto de los países ( y no sólo me refiero a los países hispanoahablantes); segundo, en todo caso, el tema es el crecimiento de Catalina, su aprendizaje de la vida, su camino hacia la liberación, hacia la autosuficiencia a través de una serie de avatares que acompañan la historia de México en las décadas de los 40 a los 50. Se trata de una narración en primera persona, por lo que todo lo que ocurre lo vemos a través de los ojos de Catalina que, en un largo flashback, nos cuenta su vida, unida a la del general desde su adolescencia.
Según se afirma, Mastretta basa la trama en la vida de Maximino Ávila Camacho, hermano del presidente de México que sucedió a Lázaro Cárdenas, y en la de su segunda esposa.
Literariamente, la novela no es brillante, pero cuenta una historia que vale la pena leer.
De todos modos, tampoco entiendo que se la lea como una reivindicación feminista porque, al fin y al cabo, Catalina no renuncia al poder ni al dinero que tan suciamente ha conseguido el general. Sólo se libera (sexualmente) por la vía de mantener ocultos a sus amantes y yo me pregunto si esta es la verdadera liberación.
Esta novela está en el nivel de las de Isabel Allende: es amena, está bien escrita, atrae lectores: tiene su público. No más (y tampoco menos).
Ángeles Mastretta, Arráncame la vida, Seix-Barral, Barcelona, 2007.
Desgracia, de John Maxwell Coetzee

Se cumple una década desde la publicación de esta obra del autor de Esperando a los bárbaros. Como en toda obra importante, en Desgracia lo que se dice es mucho más importante que lo se cuenta. Coetzee nos refiere una historia que transcurre en su Sudáfrica natal en la época posterior a la abolición del ominoso apartheid, y esta historia es la de varias violencias. Violencias que como un boomerang tienen un viaje circular: de ida y vuelta.
La violencia sexual que impregna el relato tiene muchos matices y se nos presenta problematizada, puntuada, diría yo, entre posibles interrogantes de índole moral, social y racial. No resulta casual que Lurie, protagonista bajo cuyo punto de vista vamos a ver toda la historia, abuse de una alumna de origen nativo y que los perpetradores del abuso de su hija Lucy sean nativos también. El abuso que perpetra David Lurie no es propiamente una violación en el sentido estricto del término, sino un abuso en la medida de que él está investido de un poder superior ante la alumna: él es el hombre de 52 años: ella, una chica de 20; él es el profesor: ella la alumna; él es blanco, ella negra. Él sabe lo que quiere ( la quiere a ella, o más bien, la desea) y ella no sabe cómo responder a este deseo y se somete. Sin embargo, este hecho trasciende a los dos protagonistas. Al hacerse público, se hace problemático. Al fin y al cabo, ella accedió a tener sexo con él, y no es menor de edad. Él, a pesar de su edad ¿no puede ya tener deseo? Nos enfrentamos a una serie de tópicos, a menudo hipócritas. El sexo entre un hombre viejo con una joven, el sexo entre un profesor y su alumna. Los otros, los que juzgan ¿desde qué perspectiva, con qué autoridad juzgan este hecho? Y sobre todo, los protagonistas ¿se sienten culpables? ¿por qué? ¿existe el lugar de la culpa? ¿es ésta necesaria para la redención o para el olvido?
Todas estas preguntas quedan planteadas, pero no resueltas. Lo que es evidente es que el hecho, cualquiera que sea su significado o su lectura, tiene unas consecuencias: Lurie debe marcharse de la universidad, comenzar otra vida. Ella, tras un paréntesis, retoma la suya.
De modo que nos encontramos ante la primera paradoja: el verdugo resulta víctima de sus actos.No sólo debe reconsiderar su posición en el mundo (perdiendo su puesto de trabajo y su residencia habitual), sino que debe plantearse en profundidad si está permitido o no a un hombre de su edad tener deseos sexuales. En otras palabras, debe decidir si está vivo o no para los otros, especialmente para las otras, aquellas mujeres que en otros tiempos él gozaba y que ahora, de pronto, han desaparecido: la prostituta a la que veía cada semana, la alumna cuya relación le sale tan cara, la ex-esposa. Pero también las demás: aquellas que no ha conocido todavía o que conocerá (Bev, esa mujer que no le atrae en lo absoluto pero con la que intimará también, sin saber muy bien por qué).
Así, este abuso se convierte en la primera hecatombe y puede ser vista desde múltiples perspectivas, pero la consecuencia es una sola: cierra una etapa de la vida de Lurie para siempre. Después, él debe ser otro.
La segunda secuencia de la novela nos lleva hasta Lucy, la hija de Lurie. Lucy es lesbiana, tiene una propiedad muy alejada de lo que Lurie llama ’civilización’; vive sola, no quiere que su padre la considere una chiquilla: no lo es. Lucy es una persona que vive inmersa en un mundo que en principio no le pertenece. Es una outsider. Se quiere convertir en una campesina. Una campesina blanca y sola en medio de un mundo que le es naturalmente hostil, tanto en lo que se refiere a la naturaleza como en lo que se refiere a la raza o incluso al género. En ese mundo rural ella es una incongruencia. Y la segunda hecatombe sobreviene casi con matemática naturalidad: como dos y dos son cuatro, ella será víctima de esa diferencia con el entorno y Lurie, que está con ella, la sufre también, aunque no del mismo modo. Curiosamente, es Lurie quien debe enfrentarse a la hija, y no es la hija la que se enfrenta al mundo que la atacó: como Melanie con Lurie, Lucy se somete también a la violencia que la ha pisoteado. Al fin y al cabo, ellos son los usurpadores ¿por qué no deberían sufrir la vuelta del boomerang, el golpe de la venganza?
Lurie sale escopeteado de la primera hecatombe. Lucy se quedará a plantar cara a la segunda. Tomará la decisión incomprensible. Y Lurie, anonadado, debe aceptar que las vidas de ambos están rotas. Por mucho que te quieras disfrazar, la violencia te alcanza. Estabas disfrazado de enterrador compasivo de perros abandonados,habías dejado la ciudad donde todos te odian, querías emprender una nueva vida camuflado, indiferente, aséptico, querías crear una ópera sobre Byron y Teresa Guiccioli, pero no puedes sustraerte a la realidad. Así es la cosa. El mundo deja de ser un lugar comprensible, ya no eres dueño de nada, ni comprendes el porqué de las cosas. La palabra clave es renuncia.
Desgracia puede leerse de muchos modos, literalmente, simbólicamente, políticamente, incluso con una perspectiva de género. Pero hay una sola cosa que Coetzee no nos permite: pensar en una redención.
J.M. Coetzee, Desgracia, Debolsillo, Barcelona, 2009 (Traducción de Miguel Martínez-Lage).
Mi primera novela, El Rosario, de Florence L. Barclay

Me conmueve pensar en el trabajo que se tomó mi mamá para encontrarme una novela adecuada cuando yo era una niña. Yo fui una devoradora de libros desde que tengo recuerdo; ella me compraba biografías de hombres y mujeres ilustres o narraciones históricas, cuentos infantiles, leyendas, mitología adaptada para niños (recuerdo especialmente Los doce trabajos de Hércules), libros con las películas de Disney (mi favorito era La bella durmiente del bosque, que, en su versión cinematográfica vi doce veces en el cine Continental de la colonia del Valle), historias de religión, como la vida de Santa Casilda, que tenía unas ilustraciones preciosas. Cosas así. Pero un buen día pedí, supliqué (como diría Caridad Bravo Adams), una ¡NOVELA! Todavía no había yo descubierto los tesoros de la biblioteca de mis abuelos, de donde robé después libros completamente inapropiados, como La Divina Comedia, la biografía del poeta Shelley escrita por André Maurois o los Diálogos de Platón, en esas ediciones de tapa dura, papel grueso y grabados que mandó hacer el filósofo José Vasconcelos para ilustrar a los mexicanos en la cultura clásica y universal después de la Revolución y que mi abuelo, como amante de la buena literatura, había coleccionado.
Y mi mamá se debió de tomar su trabajo: me regaló El Rosario, de Florence L. Barclay, novela publicada en 1909, cuya primera edición ilustra esta entrada. La he vuelto a leer recientemente* : la nostalgia es una forma de amor. Se trata de una obra claramente romántica, pero de un romanticismo religioso, cristiano, en la que no hay ni un solo beso. No sé cómo se las arregló la buena señora Barclay para escribirla así, y que sin embargo siga siendo un canto al amor humano, eso sí, teñido de esperanzas en Dios y su bondad, misericordia ¡y en la que el héroe canta sin asomo de timidez el Veni, Creator Espiritus a cada rato!
(En lo que sigue hay spoilers, pero no creo que importe, porque la novela no está editada recientemente en español).
No sé por qué no escogió Jane Eyre, ya puestos, porque esta obra tiene su aroma, si bien no su crudeza. La protagonista se llama Jane, y es también una mujer de rasgos comunes (plain, en inglés no significa lo mismo que fea, pero en castellano no hay adjetivo que traduzca este matiz). Recordemos el famoso monólogo de Jane Eyre cuando le dice a Rochester :"Do you think, because I’m poor, plain, obscure and little that I’m soul-less or heartless?..." Jane Champion, como su homónima, no es la típica heroína hermosa. Es una rica y noble huérfana de 30 años, decidida. deportista (la acción se sitúa vagamente a finales del XIX y principios del XX), que viste de Redfern, famoso modista inglés, pero que no tiene ni un asomo de coquetería. Nunca ha sido amada por sí misma, y no ha amado nunca, aunque su corazón guarda grandes tesoros de ternura y devoción. Su tía, la duquesa de Meldrum, organiza una de sus famosas reuniones en su casona de Overdene, en la que encontramos al héroe: un muchacho hermoso, joven ( 27 años), enamoradizo (pero igualmente casto), que pinta maravillosamente y cuyo carácter alegre lo hace parecer, a los ojos de Jane, como un niño grande algunas veces. Pero una noche, Jane canta en público y su alma se desvela ante Garth Dalmain, quien a través de esta revelación ve en ella a la mujer ideal, a la mujer única, y en una escena extraña, bañados ambos por la luz de la luna, le expresa su amor apasionadamente y la reconoce como su esposa. Jane reacciona con sorpresa y abraza a Garth para que no vea su cara, puesto que él es un adorador de la belleza y ella se sabe común. Naturalmente, Garth entiende que ese gesto significa un sí y cuando ella le pide tiempo para pensar su proposición, él accede, confiado. Al día siguiente ella lo rechaza, pero no le dice la verdadera razón: que teme que, confrontado cada día con su aspecto, él deje de quererla o se sienta torturado por la diaria visión de su fealdad. En vez de eso, le dice que no puede casarse con un chiquillo. Garth acepta esta negativa pensando que es indigno de ella, sorprendido ante sí mismo por haberse creído capaz de conquistarla y de ser su esposo, y desde ese día la elude, marchándose de la casas de los amigos comunes adonde ella llega, sin jamás coincidir con la torturada Jane. El mejor amigo de Jane desde su infancia es un reputado médico y psicólogo que, notando la depresión y la tristeza de su amiga, le ’receta’ un largo viaje por el mundo, que ella emprende. Tres años después, ante la magnificencia de la Gran Pirámide y ante la Esfinge, Jane reconsidera esta equivocada decisión y admite por fin que no debería haberse negado a Garth: decide volver a Inglaterra, buscarlo y reanudar la relación. Pero esa misma noche se entera de que Garth ha sufrido un accidente a consecuencias del cual ha quedado ciego.
Emprende el regreso a Inglaterra pensando en reunirse con Garth, pero Deryck, el médico, le hace ver que Dalmain no aceptará su lástima. Le da su punto de vista masculino: le dice que Dalmain pensará que ya que ella no lo quiso cuando él era un hermoso, rico y exitoso pretendiente, ahora le busca sólo por compasión. Deryck explica a Jane que ningún hombre acepta la compasión de la mujer amada y menos que nadie Garth, que tan valientemente se apartó de su vida cuando ella lo rechazara. Sin embargo, una feliz coincidencia la lleva a suplantar a la enfermera que Deryck había contratado para Garth. Durante la guerra anglo-boer (1899-1902), Jane había servido como enfermera en el frente y está capacitada para sustituir a miss Gray. Y allá va Jane, disfrazada de una sutil, pequeña y vaporosa nurse Rosemary Gray, para cuidar de su adorado. Al principio, el pintor se niega a admitir a la nurse, por la similitud de su voz con la de la mujer amada, pero se aviene a razones y ella se convierte pronto en indispensable para él.
Por supuesto y tras muchos avatares, Jane será perdonada porque ha sido amada siempre. Recupera su verdadera personalidad y revela al emocionado Garth que ha sido ella quien ha estado siempre a su lado, ciudándole y queriéndole.
La novela tiene muchos valores, entre los que destacan su sentido del humor, la bondad de todos los personajes (no hay un solo villano o mujer celosa que se atraviese en el camino de los protagonistas), y trata de la poca importancia que tiene la belleza exterior, aun para el más grande de sus adoradores. Garth ama a Jane por encima de todas aquellas mujercitas extraordinariamente hermosas que se cruzan por su camino y que él pinta, porque ve en ella las cualidades internas que él espera de una esposa y futura madre de sus hijos. Y es fiel siempre a este amor y a esta certeza, a pesar de la negativa de Jane. Jane, por su parte, a pesar de que pone por encima de sus sentimientos esa inseguridad por su aspecto, es capaz, primero, de sobreponerse a ella (en Egipto), y después, de reconocer su equivocación: el amor de Garth no era un enamoramiento pasajero, no era un sentimiento superficial que pudiera ser olvidado en unos meses. Era un amor firme, maduro: un amor que reconocía el lazo que unía sus almas.
Me siento agradecida a mi mamá por haberse tomado el trabajo de buscar una novela que era apropiada para mi edad (aunque después yo le hiciera trampas ocultando los libros inadecuados en el inmenso Atlas del National Geographic que me compró). Es un trabajo que todos los padres ( y profesor@s) deberían tomarse muy en serio.
La música tiene un papel importante en esta obra. En primer lugar, como ya he mencionado, la del himno Veni, creator Spiritus, cuya letra es muy bonita y revela la esperanza de ambos personajes en momentos de dolor:
Alumbra con la eterna luz las tinieblas de nuestros ojos;
unge y alegra nuestra humilde faz con la abundancia de tu gracia;
líbranos de nuestros enemigos, trae la paz a nosotros.
Siendo tú nuestro guía, ningún mal puede venirnos.
En segundo lugar, la revelación del alma de Jane se produce cuando ella canta una canción que mezcla religiosidad y amor humano y que da nombre a la novela: El Rosario, canción que estuvo muy de moda a finales del XIX y principios del XX, y que cantó - entre otros-, el famoso tenor italiano Mario Lanza. En la obra se alude constantemente a algunos de los versos como metáfora de las situaciones vividas por los protagonistas. Así, cuando Garth acepta la negativa de Jane, le dice que "acepta su cruz". Cuando ambos se refieren a los recuerdos de sus horas felices, repiten que ’cada hora es una perla, y cada perla, un beso’:
Como perlas prendidas de un hilo imaginario,
las horas que a tu lado pasé, mi corazón
las desgranó una una, y todas ellas son
mi rosario, mi amor, mi rosario.
Cada hora es una perla y cada perla un rezo
para que Dios se apiade de mi dolor presente...
Yo las cuento una a una, hasta que al fin tropiezo
con una cruz pendiente.
Rosario del recuerdo, quemadura y fulgor,
breve luz en la sombra, sombra de aquella luz...
Beso todas tus cuentas, y pido a Dios valor
para besar la cruz, para besar la cruz.
Cuando Garth envía a la nurse Gray a buscar los dos retratos que hizo de su amada (La esposa y La madre), y ella, al contemplarse a través del amor que Garth le profesa y se ve a sí misma hermosa, casi divinizada por el amor de él, una de las doncellas canta un himno que también se relaciona con los sentimientos que ella va viviendo mientras contempla los cuadros:
Oh mi amor, mi eterno amor, no me abandones:
deja a mi alma que repose en ti,
y que a mi muerto corazón, la vida
más rica fluya por tu amor, así...
No me niegues la antorcha que otros días
con su luz mi camino iluminaba,
ni aquel rayo de sol que dulcemente
a mi cuerpo aterido calor daba...
Esa escena es trascendental porque hasta entonces, Jane había creído obrar bien, había creído actuar pensando en Garth, y no en sí misma. Pero al ver los dos cuadros, por fin comprende que él la amaba de verdad, y que a sus ojos, su rostro era digno de ser contemplado a todas horas y para toda la vida. Jane comprende que no es cierto que actuara movida por un sentimiento altruista hacia Garth, sino por miedo, por egoísmo, y que actuó equivocadamente. En ese momento decide arriesgarse y confesarle a Garth la verdad sobre su negativa (a través de una carta), y desvelarle su auténtica personalidad, hasta entonces escondida en la falsa identidad de la nurse Rosemary.
Finalmente, una vez unidos y felices, ambos se acercan a la casa, huyendo de la luz de la luna, mientras Garth canta el Veni, creator, que había sido fuente de fortaleza para él en sus momentos de desesperanza.
En conjunto, la relectura de esta novela me ha resultado muy interesante, porque a pesar de su carga religiosa veo en ella los valores que contiene, los del amor y la lealtad, los de la sinceridad y la profundidad de pensamiento y sentimientos. La obra juega constantemente con la idea de la luz y de la oscuridad, de la lucidez y la ceguera (del cuerpo y del alma); en ella, la verdadera luz es la del alma, no la del cuerpo. Y creo sinceramente que estos valores no pasan de moda. Se trata de una novela que se lee con mucho agrado, muy rica en descripciones y análisis psicológico, con un buen estilo literario. Es una pena que no se reedite en español. La traducción es muy fiel y me gustan mucho, especialmente, las versiones en verso de las canciones. Es muy difícil traducir los versos y que la traducción contenga la musicalidad original, y en este caso, ese reto ha sido superado con creces.
* Gracias a los servicios impagables de amazon.com y sus vendedores de libros de viejo, acabo de conseguir una edición de ¡1931! Pero es la misma traducción que yo leí de chica, aunque la mía era una edición de los años 60 que no tenía , o yo no lo recuerdo, tantas erratas.
Florence L. Barclay, The Rosary, IndyPublish.com, Virginia (USA), 2007.
Florencia L. Barclay, El rosario, Ediciones Edita, Barcelona, 1931 (traducción de Zoe Godoy y María Luz Morales).
¿Quién es María Iribarne?

Hay obras que conozco tanto que me parece que he nacido con ellas. Las he leído muchas veces y siempre me han quedado mil preguntas que hacerles, como si fueran de mi familia. Enigmas familiares, por así decirlo.
Sobre la historia de María y de Juan Pablo he pensado mucho, casi tanto como he decidido, durante mucho tiempo, olvidarme de ella. Pero esa historia, que nunca he sabido por qué me ronda insistentemente cuando salgo del metro Universidad y que relaciono absurdamente con la fachada del edificio de La Vanguardia de la calle Pelayo, se me viene de pronto a la memoria y no me deja en paz.
María sale y entra de mi vida sin que yo nunca haya sabido quién es ella. Por qué actúa de esa manera misteriosa, tramposa. Por qué baja la voz cuando recibe la llamada de Juan Pablo, o por qué lo lleva a la estancia para que se enfrente con Hunter. No entiendo por qué María decide volver loco a Castel ni por qué lo escoge como verdugo. Porque ella debía saberlo ¿no? debía saberlo desde el primer momento. En cuanto vio el retrato de aquella mujer en la pared de la galería, en cuanto él se le acercó y la siguió, sí, ella debió saber ya todo lo que pasaría después: sin embargo, no sólo no quiso evitarlo, sino que lo invitó a hacerlo. Lo estimuló para que siguiera adelante, para que se obsesionara con ella, para que acabara con ella.
La historia de la víctima María me recuerda la de Trotsky, que nunca se quedaba solo con nadie en su despacho, pero que ese día se quiso quedar solo con Ramón Mercader a pesar de que todos sospechaban de él. O precisamente, se quedó solo con él porque sabía lo que iba a hacer Mercader en cuanto se quedaran solos, en cuanto él cogiera el supuesto artículo de Mercader para leerlo o revisarlo o qué sé yo. Es obvio que Trotsky sabía lo que iba a sacar Mercader del bolsillo de la gabardina, lo mismo que María supo siempre lo que Castel iba a hacer con ella. Eso lo explica todo ¿no crees? Las respuestas vacilantes, los susurros por el teléfono que hicieron que Castel sospechara de ella. Ella lo sabía todo desde el encuentro en la exposición, frente al cuadro que contaba ya toda la historia; lo sabía cuando invitó a Castel, cuando le presentó a Hunter o a su marido; lo sabía cuando sintió la atroz repulsión de Juan Pablo ante la ceguera de Allende y por eso los dejó solos; lo sabía todo el tiempo durante la atroz reunión organizada por ella. María lo había sabido todo cuando presintió que la seguía hasta aquel edificio donde le perdió la pista momentáneamente aquella primera vez: lo sabía ya todo cuando Juan Pablo la persiguió inútilmente, entonces. Pero luego, yo sé, ella se hizo la encontradiza y jugó sabiendo cómo terminaría el juego. No se entregó a Castel, sino a lo que Castel haría con ella. María supo que de ese modo él no iba a olvidarla nunca, y ahí queda la confesión de Juan Pablo para probarlo, esa confesión que desde 1948 sigue repitiendo, punto por punto, obsesivamente, todo lo que pasó, todo lo que ella sabía que pasaría. La confesión en la que él cuenta incesantemente todo lo que ella quiso que él recordara: Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne...
Ernesto Sabato, El túnel, ed. Cátedra, Madrid, 2009.
Hijos sin hijos de Enrique Vila-Matas

A veces es imposible no continuar un relato. Al finalizar el primero de Hijos sin hijos de Enrique Vila-Matas (Los de abajo), he recordado de pronto a Maria Braun (extraordinaria Hanna Schygulla), encendiendo el fósforo que hará estallar la casa. Y así, Rita, en mi imaginación, mientras afila los fósforos, abre la llave del gas. Juan comprende el gesto de ella y sonríe. El loro grita por última vez que quiere a Rita y todo se confunde: cielo, tierra, fuego y luz.
Enrique Vila-Matas, Hijos sin hijos, Anagrama, Barcelona, 2001.
Audiolibros I: Jane Eyre, leída por Lucy Scott

Leer en voz alta siempre ha sido una buena costumbre en mi familia. Leer a otros o que otros te lean. La música de las palabras escritas. Recuerdo que Tomás Segovia me dijo una vez que el poema debe ser, siempre, dicho. Y es cierto: la belleza de la poesía está en su música. Pero también está en la prosa, como bien aseveró Fray Luis de León, diciendo que en ella hay que contar también las sílabas.
La medida de una obra maestra (especialmente de una obra clásica), resulta más clara cuando la leemos en voz alta. Su ritmo, eso que algunos llaman su estilo. Yo me leo a veces, sola. Me leo para escuchar las palabras, especialmente en francés o en inglés. Quiero oír cómo suenan mis obras favoritas; Quignard, Brontë, Montaigne ¡qué bien saben sonar! Por supuesto, Aldana, Garcilaso de la Vega, el propio Segovia, Sor Juana, Quevedo, Cortázar, Borges. Un festín de los sentidos. No sólo el corazón se sabe emocionar, también nuestra mente se emociona, y lo hace respondiendo a la lectura en voz alta como a una sinfonía de Mozart o a una fuga de Bach. Pero ¡ojo! una mala lectura en voz alta es para mí uno de los tormentos más indeseables. Impostación, falta de frescura, presunción en la voz ¡Qué difícil es leer bien en voz alta! Porque implica intimidad y publicidad al mismo tiempo. Un equilibrio de emoción que no puede convertirse en actuación. Sincerarse ante el texto escrito para decirlo con su justo tempo y tono. No es fácil encontrar ese punto.
Estos primeros días de vacaciones los he empleado, como siempre, en buscar lecturas para mis estudiantes del próximo curso, para terminar algunas tareas del Instituto que no había podido concluir antes, para leer, como siempre. Pero en la noche, fatigada, he optado por los audiolibros. Semirecostada en el sofá, con esa luz de las nueve de la noche, luz que se va extinguiendo a veces bruscamente, he dejado que me encante y me seduzca la lectura que Lucy Scott hace de Jane Eyre, la obra que probablemente he leído más veces en mi vida junto con El Quijote o El túnel, una obra a la que su lectura está dotando de una nueva vida, de unos nuevos matices. Toda Jane Eyre está en la lectura de Lucy Scott: su ingenio, su sarcasmo, su tristeza, su extraordinaria descripción del páramo, de los estrechos y fríos dormitorios de Lowood, de los tres pisos de Thornfield con su misterio escondido, con su prisionera. Los diálogos entre Rochester y Jane, esa fantástica habilidad para poner en la mejor prosa inglesa su creciente amor. Leidos, los diálogos de Jane y Rochester se nos muestran engrandecidos. Son literarios, pero no son falsos. Son inspirados y son verdad. Y el ruiseñor que canta en el jardín la noche de la declaración de Rochester o la extraña intervención de la gitana en el salón de la casa, tratando de embaucar a Jane para que hable, para que diga que ama a Rochester adquieren de pronto, peso. El peso de una historia que tiene muchas dimensiones y una de ellas es su perfección formal. Qué ritmo tiene este texto. Hasta ahora, no sabía yo en dónde radicaba su extrema perfección. Está ahí: en el ritmo de la palabra dicha.
Poder escuchar y comprender cada matiz es un privilegio. Sé que me pierdo tanto no pudiendo hacer lo mismo en otras lenguas, como por ejemplo, en alemán. Pero en inglés este placer es todo mío, es un placer que debo a esta lectora maravillosa: Lucy Scott.
Por obra y gracia de internet.
Charlotte Brontë, Jane Eyre, Lectora: Lucy Scott, Great Literary Classics en i-Tunes por sólo 1, 95 euros. (En inglés).
Benjamin Constant: Cécile

Benjamin Constant, historiador de las religiones, político, filósofo y escritor suizo (1767-1830), es el autor de uno de los relatos más alabados de la novela psicológica: Adolphe, texto basado en experiencias propias y uno de los clásicos de la literatura en lengua francesa. Hoy me ocupo de este otro relato de características similares: Cécile, en el que nos narra los acontecimientos de su vida amorosa y sentimental entre 1793 y 1816. Dividido entre dos amores, el narrador/autor nos cuenta sus idas y venidas entre una mujer dulce, tierna, solícita, a la que amaba con ternura y con la que acabaría casándose y otra mujer, inteligente, sarcástica y tiránica a la que amó apasionadamente y con la que mantuvo una relación de amor-odio durante 13 años, el mismo tiempo que vivió enamorado tiernamente de Cécile, la mujer que da nombre al relato.
Cécile oculta el nombre verdadero de la esposa de Constant, Charlotte de Hardenberg y Madame de Malbée el de la amante apasionada y apasionante cuyo verdadero nombre era Madame de Staël, esa gloria de las letras francesas cuya obra hoy todavía es tan deliciosa y perfecta como la de Montaigne.
Ambas mujeres amaron a Constant, y Constant las amó a las dos. Como recuerda el postfacio del traductor, Constant pertenece por un lado a la cultura dieciochesca, en la que la figura del libertino estaba muy arraigada, pero por otro pertenece al primer tercio del siglo XIX, con su carga de neomoralismo postrevolucionario. Es por ello quizá que el texto no fue nunca publicado en vida de su autor. Sólo en 1951 la editorial Gallimard dio el campanazo de la década publicando estas memorias ficcionalizadas. Algunos acontecimientos no corresponden a la realidad vivida. Como todo texto literario, hay artificio en él, pero subyace, más allá de la historicidad de las anécdotas, una verdad profunda: la de nuestras propias contradicciones.
Porque más allá de los convencionalismos sociales, más allá de lo canónico o aceptado, hay en nuestra alma, como en la del narrador, una lucha entre lo que amamos y lo que deseamos. Y casi siempre lo que deseamos es lo que amamos pero no podemos tener. Y en cuanto lo tenemos, lo amamos mucho menos. Esta es la encrucijada perpetua en la que vemos a nuestro narrador. Cuando está con Madame de Malbée, añora a Cécile. Su paz, su ternura, su entrega desinteresada, sin quejas: emocionante. Cuando está con Cécile, en cambio, añora la inteligencia sin par de la Malbée, su extraña energía vital, su alegría, su coraje, su tiránica pasión. Se siente obligado a amar a ambas puesto que es amado por las dos. Y las ama, a su modo, alternativamente.
Siempre he pensado que una sola persona no puede llenar nuestros anhelos. Una persona pacífica, dulce, encantadora, puede llenar esa necesidad de paz en la guerra que todos tenemos, pero al mismo tiempo sentimos la atracción ineludible del peligro, de la emoción superlativa: una ansiedad por la pasión, tantas veces destructiva, pero que es también extraordinariamente embriagadora.
La edición de la editorial Periférica es preciosa. Formato, papel, impresión, traducción y postfacio: todo ello exquisitamente presentado.
Un relato que apasiona y al mismo tiempo, un relato clásico.
En francés se pueden encontrar los tres libros de memorias ficcionalizadas de Constant ( El cuaderno rojo, Adolphe y Cécile) en un solo volumen a un precio muy asequible (Col. Folio, de Gallimard). (4 euros).
Benjamin Constant, Cécile, ed. Periférica, Cáceres, 2009 (Traducción y postfacio de Wenceslao-Carlos Lozano).
Jude el Oscuro, de Thomas Hardy

Nothing is left of me
each time I see her.
(Nada queda de mí
cada vez que la veo)
Thomas Hardy: El alcalde de Casterbridge

Podríamos decir que Thomas Hardy es el escritor naturalista inglés por excelencia, si no fuera porque también tenemos a Dickens. Ambos pertenecen a esa riquísima época victoriana en la que convive el goticismo romántico (muy bien representado por las tres hermanas Brontë), con el realismo y el naturalismo, y en la que destaca también la obra (quizá sólo comparable a la de Emilia Pardo Bazán), de esa escritora tan extraordinaria que es Elizabeth Gaskell, de la que me ocuparé en otro momento.
Thomas Hardy se distancia de Dickens, escritor mejor conocido entre nosotros, porque su mundo es más oscuro todavía, más pesimista; y porque también se centra más en problemas de género tanto como de clase, dejando un poco a un lado el gran tema dickensiano de los bajos fondos londinenses o de las soledades infantiles. Hardy escribe sobre un territorio imaginario: el de Wessex, realmente Dorset, lo que agrega matices diferentes a la realidad que nos cuenta: la suya es una realidad rural llena de campos de trigo, cebada y avena, de graneros, de ferias campesinas. Como Dickens, Hardy escribía por entregas y este hecho no disminuye la fluidez ni la calidad de su literatura. Hardy posee un estilo impecable, tan rico y tan suntuoso como descriptivo y brillante.
Últimamente he leído tres de sus obras: La bien amada, una historia intrigante, la última novela de Hardy (quien hubiera pasado quizá a una etapa más simbolista como hizo Pérez Galdós), El alcalde de Casterbridge, y Unos ojos azules. Pero hoy quiero hablar de El alcalde..., que es una de sus mejores obras. Hardy y Dickens escribieron (como Wilkie Collins, como Galdós) novelas por entregas. Es la razón de que sus obras sean tan extensas. En contra de lo que pudiera pensarse, su literatura es de una categoría impresionante. Dickens escribe novelas urbanas, y sus obsesiones son la infancia desprotegida, la pobreza, la injusticia social y toda su obra es un ataque a los procedimientos judiciales de su época. Hardy se centra, en cambio, en el ámbito rural. Su mundo es un mundo en el que la injusticia de género está en auge, en el que las mujeres padecen esa doble moral asesina que rompe sus vidas en pedazos. Por ende, sus personajes masculinos resultan inmisericordes, poseídos por contra-valores como la represión sexual absoluta, la doble moral a veces cínica, a veces dolorida, pero siempre inapelable. Hardy ataca los valores de esa sociedad victoriana expresando en sus argumentos lo absurdo de esos planteamientos que impiden la felicidad. Esas convenciones que van contra la naturaleza y que se apoderan de las mentes más lúcidas, impidiéndoles ver su ridícula inconveniencia.
Por otro lado, las novelas de Hardy se mueven siempre en el límite entre el melodrama y la tragedia. Mientras que las obras de Dickens acaban felizmente, las de Hardy tienen un final acorde con la realidad: doloroso. Las heroínas que Dickens imagina son muchachas dulces, buenas hasta hacerse inverosímiles (Esther Summers, de Casa Desolada o la pequeña Dorrit, por ejemplo); las de Hardy son mujeres vapuleadas, complejas, buenas, dulces, sí, pèro capaces de grandes maldades también (o de grandes errores, según se mire), como todos nosotros.
En El alcalde de Casterbridge (1886), una de sus mejores novelas, Hardy emprende el trazado de un personaje (Michael Henchard), muy próximo al héroe trágico. Sólo que no se trata de un personaje noble o elevado, sino de un humilde cosechador de trigo cuya rueda de la Fortuna lo eleva hasta lo más alto de su mundo rural convirtiéndolo en alcalde y magistrado, para después dejarlo caer hasta lo más bajo en la escala social: arruinado, despreciado, roto.
No se trata de una obra moralizante, sino de un estudio naturalista. Henchard tiene muchos matices. No es solamente un verdugo, un inconsciente, un malvado. Es también un hombre de palabra, un ser capaz de sacrificio. El odio y la envidia no son los únicos sentimientos que alberga. En medio de su dureza y de su incapacidad para ser feliz y para hacer felices a los que le rodean hay un punto de ternura, de decencia. La que le hace huir al final de la obra y lo lleva a escribir ese testamento conmovedor que cierra la obra con tanta solemnidad como tristeza.
Hardy nos cuenta en El alcalde la historia de un hombre que a los 21 años, mientras viaja para conseguir trabajo como cosechador, vende a su mujer y a su hija por cinco guineas en una feria de ganado cercana a Casterbridge. El ’comprador’ es un marinero que antes de llevarse a la mujer y a la niña de escasos meses, pide su consentimiento, que ella da. Es una historia con un comienzo espeluznante, pero no inverosímil. Hardy se documentó y existen al menos tres casos reales de tales ventas: la mujer vista y tratada como ganado. La ’disculpa’ de Henchard es que estaba borracho, por lo que al día siguiente, después de buscar a su mujer y a su hija por todas partes sin encontrarlas, jura ante la Biblia que no volverá a tocar el alcohol en el mismo tiempo que ha vivido hasta entonces: 21 años. La historia se reanuda 19 años después, cuando Susan, la esposa, y su hija Elizabeth Jane, vuelven a buscarlo.
Todo lo que sigue después va a confirmarnos que Henchard, que ahora es alcalde de Casterbridge y magistrado y uno de los hombres más ricos del pueblo, sigue siendo un hombre que lleva el dolor a quienes se acercan a él. Henchard toma siempre las decisiones equivocadas, piensa siempre mal de todos, principalmente porque piensa mal de sí mismo. Cree actuar rectamente, pero no es capaz de amar, de creer en los otros, de apoyar a los suyos. Y labra con ello la desgracia de unos cuantos y se precipita hacia su propio final. Su némesis es Donald Farfrae, un escocés de generoso corazón que poco a poco, convirtiendo los errores de Henchard en sus propios aciertos, se hace con todo lo que fue de Henchard: alcaldia, puesto de magistrado, casa, muebles, mujeres (amante a hija de Henchard), negocio. Al principio amado por Henchard (Nunca ningún hombre ha amado a otro más que yo a ti, le dice en un momento dado), y después odiado y envidiado, Farfrae no quiere ser un rival para Henchard, pero lo es. Es el que, por obra de la misma Fortuna lo tendrá todo, habiendo comenzado con nada. Cuando él llega desposeído a Casterbridge comienza la inexorable caída de Henchard.
Los detalles descriptivos de la obra, los matices psicológicos, los hechos narrados, todo ello constituye una obra cuya fuerza es total. Llevado en parte por su destino y en parte por su orgullo, y por sus secretos y sus mentiras y sus sucios tratos, Henchard no puede sino terminar mal.
Es una extraordinaria novela sobre el dolor y la rabia: sobre su naturaleza destructiva. Y en ella sólo sobreviven y triunfan, no sin heridas, Elizabeth Jane y Farfrae, que no conocen el rencor.
Esta novela ha sido llevada a la pantalla dos veces: una para la televisión, en una recreación cuasi-perfecta del universo de Casterbridge y muy fiel al texto de Hardy (2003). Otra para el cine: Michael Winterbottom filmó una versión adaptada, en la que los trigales de Wessex son sustituidos por las altas montañas norteamericanas y el trigo, por oro. Es una obra también muy lograda (2002) . Ambas tienen un extraordinario reparto de actores. Han sido filmadas en espacios igualmente espectaculares, aunque mi Michael Henchard siempre tendrá el rostro de Ciaran Hinds, ese actor irlandés capaz de matizar sobria y acertadamente todos los recovecos del alma de sus criaturas y mi escenario imaginado es el dorado campo de trigo de la versión televisiva.
Thomas Hardy, El alcalde de Casterbridge, Historia de un hombre de carácter, Alba editorial, Barcelona, 1999 (Traducción de Bernardo Moreno).
Otras obras de Thomas Hardy: La bien amada, El Cobre Ediciones, Barcelona, 2005; Tess, la de los D’Urberville, Alianza ed. Madrid, 2006; Jude el Oscuro, Alba Editorial, Barcelona, 2002.
(Casi) Todos tenemos nuestro Benedetti
Es un tópico porque tiene mucho de verdad: los creadores no se mueren. Ahí están sus obras, para hoy y para mañana y para pasado mañana, si hay suerte.
No quise publicar este artículo en el momento en que todos hablaban de Benedetti porque me chocan los oportunismos, pero la verdad es que releí la que para mí es su mejor obra, La tregua.
Casi todos los escritores tienen varias facetas: faceta poeta, faceta prosista, faceta personal. Mi Benedetti no es el poeta. Como poeta, Benedetti me parece medianito, excepción hecha de un par de poemas que forman parte de mi biografía (incluso cinéfila: aquellos que él mismo recita, en alemán, en El lado oscuro del corazón, esa rara y original película del irregular Eliseo Subiela) y que tanto gustan también a mi hija mayor. Pero le considero importante como poeta porque ha hecho que muchos y muchas que no leen poesía la lean con él.
En mis años universitarios, leí La tregua, que me hizo y me hace llorar (acabo de comprobarlo). Compré después, en Barcelona, en una librería llamada Latinoamericana que estaba por el Eixample (no recuerdo si en Consell de Cent o cerca de ahí), un ejemplar de Gracias por el fuego al que no pude resistirme porque en efecto, estaba medio quemado y anunciaba así la verdad de su contenido con el propio estado calamitoso en que se hallaba. Luego vino Primavera con una esquina rota, novela que contaba una misma historia desde distintos puntos de vista, pero nada que ver con las sofisticaciones de un Cortázar o de un Juan Goytisolo, finalmente, ya no recuerdo cuándo, Quién de nosotros...
En fin, la que ha quedado en mi memoria y en mi corazón es La tregua, ese amor crepuscular, recatado, temeroso de Santomé por una Avellaneda que pasa fugazmente por su vida. Ilumina un momento, se va, como piensa Rochester que se irá Jane: gentle, sweet dream, you will fly too.
Por mis nuevas lágrimas al releer la historia simple, escrita en primera persona, de Martín Santomé, deduzco que algo en mí sigue conmoviéndose con las mismas sensaciones que cuando era una veinteañera apasionada e impulsiva. No sé si enorgullecerme o avergonzarme, o quizá, más acertado sería aceptar que es verdad que el cuerpo envejece, pero no lo hace el alma. Y así, lloré con Martín Santomé a Avellaneda, como hace 30 años. Y no lloro a Benedetti, sino que lo celebro. Celebro que haya escrito. Y que lo escrito no perezca.
El adversario, de Emmanuel Carrère

Esta reseña contiene spoilers!
Hace unos años vi y compré después la película que se basa en este libro, con el siempre eficaz Daniel Auteuil. La historia (real) de Jean-Claude Romand es escalofriante. Pero todo lo monstruoso puede y debe ser contado. La obra que nos ocupa sigue en parte la senda marcada por el fascinante testimonio de Truman Capote, A sangre fría, modelo hasta ahora no superado de relato dramático, novelizado, pero veraz de un hecho horripilante. En este caso, la historia de Jean-Claude Romand, un hombre aparentemente normal, amable, hijo, marido y padre ’ideal’, que vivió durante 18 años mintiendo a todos: amigos, padres, esposa, hijos, amante. El horror comienza a gestarse cuando, habiendo suspendido un examen de segundo de medicina, miente a sus padres para no decepcionarlos, diciendo que ha pasado a tercero. Parece una cosa tan banal... y sin embargo, es el primer peldaño hacia el vacío de una vida que se funda sobre la mentira. Romand se matricula durante doce años seguidos en la Facultad de Medicina de Lyon, asiste a las clases, toma apuntes, ayuda a los compañeros, lo sabe todo, pero no se presenta a exámenes, no puede hacer las prácticas. Permanece siempre invisible y hace creer a todos sus seres queridos que es un médico excepcional, que tiene un alto puesto en la OMS, que se codea con los más grandes científicos y políticos europeos. Cuando se inventa conferencias o simposios, se va al aeropuerto y se aloja durante cuatro o cinco días en un hotel. Compra regalos procedentes de los países supuestamente visitados en las tiendas del aeropuerto, estudia una guía turística del país para no ser descubierto en su mentira. Cuando no, va a la OMS, se sienta en sus cafeterías, entra en la biblioteca. Coge folletos gratuitos que deja en su coche para que lo vean su esposa y sus hijos o pasea por los bosques, o come bocadillos y escucha la radio en una zona de descanso en la carretera. Y así vive, en el vacío, todas las horas que supuestamente dedica a su ’trabajo’.
¿Y de qué vive Romand? Convence a sus padres, a sus suegros, a sus cuñados, a sus amigos y a su amante para que le dejen grandes sumas de dinero -casi siempre los productos de las ventas de casas-, para ’invertirlas’ en Suiza. Como se trata de un hecho fraudulento en Francia, no ’puede’ entregar los justificantes de las cuentas que ’abre’ en el nombre de estos ’inversores’. Todos creen en él y nadie pregunta nada, nadie investiga. La mentira se expande, ocupa todo su espacio en la vida de Romand.
Por fin, una vez gastado todo ese dinero, alguien pide el retorno de la inversión. El castillo de naipes se desmorona. Y Romand, antes que decir la verdad, prefiere matar: y mata. Tal vez mata a su suegro que le había pedido el dinero para comprarse un Mercedes, aunque esta muerte no ha sido probada. Pero el suegro muere estando con él, y le acaba de pedir su dinero. Pocos meses después, mata a sus padres y al perro, mata a su esposa y a sus hijos. Intenta matar a su amante, que escapa por los pelos. Luego, provoca un incendio en su casa y hace un intento de suicidio al que naturalmente sobrevive.
Al despertar del coma, Romand habla de un asaltante enmascarado: otra de sus mentiras. Pero la investigación en unos días desvela mentira tras mentira: no aprobó el segundo curso de medicina, no fue un médico, ni mucho menos trabajó nunca en la OMS. No invertía el dinero que le confiaban: lo gastaba frenéticamente en hoteles de lujo, cenas, coches, casa...Toda su vida era un invento.
La obra de Carrère se mueve en el filo de la cuchilla, porque mostrar compasión ante estas monstruosidades resulta muy difícil, y a la vez, no puede uno menos que sentir lástima por este verdugo, por este mentiroso, por este estafador, suponiendo que tiene sentimientos y que sabe lo que hizo. Finalmente, en la cárcel lleva a cabo -sugiere el autor- una segunda mixtificación de vida: se vuelve ultra-católico, místico casi: el pecador redimido por la fe.
Romand saldrá de la cárcel en 2015.
El libro, la historia, fascinantes, igual que ver de cerca los ojos de una cobra.
La película, interesante. Hay una versión española (no literal) de esta historia que me parece mejor estructurada que la peli francesa, aunque adolece de un único defecto: un final dulcificado que no cuadra (desde mi punto de vista), con el personaje.
Emmanuel Carrère, El adversario, (trad. de Jaime Zulaika), Anagrama, Barcelona, 2000.
Nicole García, El adversario, Reparto: Daniel Auteuil, Géraldine Pailhas, François Cluzet, Emmanuelle Devos, Guión: Jacques Fieschi, Frédéric Bélier y Nicole Garcia, Música: Angelo Badalamenti. Francia, 2002.
Eduard Cortés, La vida de nadie, Dirección: Eduard Cortés, Reparto: José Coronado, Adriana Ozores, Marta Etura, Roberto Álvarez, Adrián Portugal, Rosa Meras, Guión: Eduard Cortés y Piti Español, Producción: Pedro Costa, Música: Xavi Capellas, Fotografía: José Luis Alcaine. España, 2002.
La infancia recuperada: Ana María Matute y su Paraíso inhabitado

Buscaba futuras lecturas para mis alumnos de Bachillerato (cuatro de las cinco lecturas obligatorias de esta etapa educativa nos vienen impuestas desde arriba con tan dudoso criterio estético que da grima, pero una lectura la podemos elegir personalmente los profes de la asignatura), y me llamó la atención la última novela de Ana María Matute, en parte por su portada (muchas veces he comprado discos -cuando los había- por puro deleite estético y libros por este fútil motivo) y esta edición incluye en su portada un unicornio procedente de los tapices de Cluny, a los que ya me he referido en este blog, y también porque la Matute es una de esas escritoras que te atrapan por la sabia combinación de argumento y forma literaria.
El argumento de esta obra roza (sólo roza) a ratos la cursilería, pero en conjunto se salva y roza (sólo roza) lo sublime y lo poético. La recreación de la infancia inhabitada de Adriana me recuerda la mía propia, ayuna de cariño familiar pero rica en lecturas y mundos mitológicos donde la soledad infantil es habitada por seres que no mueren, no abandonan y no son indiferentes: los que surgen de las páginas de los libros, de los cuentos de hadas, de las novelas juveniles clásicas.
La historia se enriquece y toma vuelo precisamente en esos momentos de silencio y de fascinación por un mundo interior muy complejo, en el que participan activamente las criadas (nunca olvidaré a mi Josefina Hernández), y a los vecinos de arriba; Gavrila y Teo. La familia desestructurada y distante, afectivamente pobre, sólo se salva porque forma parte de ella Eduarda, una mujer que comprende a la pequeña Adri y que no intenta hacer de ella nada distinto a lo que es: una niña solitaria y reconcentrada, torpe físicamente y dotada especialmente para la imaginación (e imaginamos que más tarde, para la creación, pues podría ser el alter ego de la propia Matute).
La historia de Adri se convierte en una historia de amor. De dos soledades que se juntan: las de Gavri y Adriana, sumergidos en un mundo por fin compartido y en el que las palabras sobran, tanta es su compenetración. El ambiente de las casas es descrito maravillosamente, tal como se hacía antes, con esa delectación por el detalle que tuvieron Dickens (pero sin su ironía), o Proust ( sin su decadencia). Es una novela maestra, en la que todo es armonioso y melancólico, todo está a punto de suceder y al mismo tiempo a punto de desaparecer. Bellísima.
Ana María Matute, Paraíso inhabitado, Ediciones Destino, Col. Áncora y Delfín, Barcelona, 2008.
Libro y rosa
La rosa, roja como manda la tradición, y el libro, La dulce envenenadora de Arto Paasilinna, un escritor de Finlandia completamente desconocido para mí. Un libro sarcástico y divertido, que me devoré ayer mismo, cruce entre Arsénico por compasión y Alan Bennet.
El día, soleado y hermoso.
Gustave Flaubert, Un corazón sencillo

Un corazón sencillo es uno de los Tres cuentos publicados por Flaubert en el ocaso de su vida. Felicité es la protagonista, y su vida desdice obstinadamente su nombre. La suya es una vida llena de pérdidas y de dolor; una vida vivida sencillamente, una vida que se agarra desesperadamente a todo lo que pueda ser amado, sea Theodore, Virginia, Madame Auban, Víctor o el loro Lulú.
Las interpretaciones criticas la han relacionado con Madame Bovary, porque el cuento trata, más allá de la anécdota que cuenta, de la dificultad de tener sentimientos francos y verdaderos en una sociedad dura, difícil, hostil, que no deja un resquicio a la esperanza en el corazón femenino. Sin embargo, yo diría que en Un corazón sencillo. Flaubert se ocupa precisamente de ese corazón, rudo por su falta de educación, pero tierno siempre, siempre generoso. El amor no está en el objeto que lo recibe, sino en el sujeto que lo siente. Felicité se entrega a sus obligaciones laborales por completo, sin cuestionarse nunca esta entrega. Se entrega también a sus amores, sin pensar jamás en la correspondencia. La pérdida de todos ellos va llevando su vida hasta su propio fin. La muerte se le aparece como una epifanía en la forma del amado loro, por su imaginación asimilado al Espíritu Santo, aquella persona de la Trinidad que nadie nunca ha comprendido, y ella menos que nadie.
La riqueza de Flaubert está en su prosa, en sus descripciones y en la capacidad que tiene para internarse en la mente y el alma de sus personajes. En realidad, Felicité vive dentro de sí misma, acompañada por sus sentimientos, sin analizarlos, ni comprenderlos apenas. Felicité transita por la vida intensamente, siendo una desconocida para todos, un mero objeto en sus vidas. Pero ella siente y siente calladamente, y vive, vive dentro de esa fortaleza íntima no franqueada por nadie. Duele verla sufrir por Virginia, por Víctor, por su loro, que la besaba como un amante, cuyas plumas brillantes ella acariciaba con dulzura. Esa ilusión del amor la acompaña hasta su lecho de muerte.
No sin ironía, Flaubert describe a esta mujer humilde, simple, sencilla, amorosa y solitaria. En las páginas de este cuento es posible admirarlo en toda su maestría.
La película
Marian Laine dirige su opera prima con una protagonista de campanillas: la inigualable Sandrine Bonnaire, a quien aludí hace poco. Sandrine, que ha trabajado con Pialat, Chabrol, Leconte, Varda, es Felicité. La obra es fiel al relato de Flaubert, y aunque no inspirada, refleja con lucidez los amores y las pérdidas de ese corazón sencillo. Ambientada vagamente en el XIX y en la región de Normandía, muestra la calidez de Felicité, contraponiéndola con la frialdad de su patrona, Mathilde (una excelente Marina Fois), y su evolución hacia un "aprecio" que en el cuento no tiene lugar, pero que en el film humaniza al duro personaje. Sandrine hace un trabajo precioso. No sé si la obra se encuentra en DVD en el mercado de habla hispana, pero yo he podido verla por internet y vale la pena, si se conoce el cuento, porque pone cara, ojos y sentimiento a un personaje memorable.
Gustave Flaubert, Tres cuentos (Un corazón sencillo, La leyenda de San Julián el Hospitalario, Herodías), Valdemar (El club Diógenes), Madrid, 2000, Traducción de María Badiola Dorronsoro.
Un coeur simple, Dirección y Guión (sobre el cuento de Gustave Flaubert del mismo nombre): Marion Laine, Producción: Béatrice Caufman y Jean-Michel Rey, Fotografía: Guillaume Schiffman, Música: Cyril Morin, Reparto: Sandrine Bonnaire, Marina Fois, Pascal Elbé, Patrick Pineau, Marthe Guérin, Johan Libéreau (Francia, 2008)
La duquesa de Langeais de Honoré de Balzac, novela y película

Hace unos meses estaba interesada por seguir la trayectoria fílmica de Guillaume Depardieu, hijo del celebérrimo Gerard, que siempre me pareció un actor de gran fuerza (lo había visto interpretando los papeles juveniles correspondientes a su padre en la madurez en Los miserables y en Todas las mañanas del mundo), y también en El farmacéutico de guardia, un thriller francés no demasiado brillante en su desenlace, pero interesante en su planteamiento, con Vincent Pérez, actor que valoro. Como también me gusta mucho Jeanne Balibar, actriz secundaria, hija del también célebre filósofo francés, me compré, via internet, el film Ne touchez pas la hache, dirigido por Jacques Rivette y basado en la nouvelle de Balzac La duquesa de Langeais,film que acaba de salir en el mercado del devedé español (supongo que debido a la reciente y prematura muerte de Guillaume a los 37 años: ya sabemos que el morbo vende).
La película me llevó, como tantas otras veces, al texto, que leí on-line, pero que está traducido al español. Se trata de una novela corta (nouvelle), en la que el genial escritor francés nos cuenta, con un realismo mezclado con romanticismo, la historia de un desencuentro. Cuántas veces ocurre que, en la vida, aquello que nos puede pasar no nos pasa en un momento dado, y ya para siempre perdemos la oportunidad de vivir algo que habría cambiado nuestro destino. Esto les ocurre a los dos protagonistas de la historia de Balzac. Hay un momento en que podrían amarse, pero no ocurre la correspondencia. Un amor se convierte en odio o en resentimiento por no haber sido correspondido, y entonces quien no ha amado ama de pronto, o se da cuenta de que ha amado siempre pero no ha sabido descubrirlo a tiempo; para entonces, el que amaba ya no ama, o quiere pensar que ya no ama y desea sólo vengarse por el insoportable dolor que le han causado. Más tarde, arrepentido, buscará a la que tanto le ha hecho sufrir y a quien él ha hecho sufrir también, pero ya es tarde. Tarde irremediablemente.
En resumidas cuentas y como de costumbre, esta historia que podría ser trivial o predecible se convierte en una pequeña joya a causa del estilo y de la perspicacia psicológica del más grande realista francés, el señor de Balzac.
La película:
Rivette es un director al que amas u odias, no tiene términos medios. Su filmografía se parece, en ese sentido (y en otros también), a la de Erich Rohmer, que tanta tinta ha hecho gastar a tirios y troyanos.
Va savoir, con Balibar y Sergio Castellito, uno de mis actores, preferidos, Jeanne, la doncella (un film en dos partes sobre Juana de Arco), con la gloriosa Sandrine Bonnaire y La historia de Marie y Julien son las películas que mejor definen su filmografía y que recomiendo.
La visión que da Rivette sobre la obra balzaquiana no convenció a la crítica cinematográfica, que la encontró excesivamente académica, lenta y fría. A mí me gustó por varias razones. Una es que pienso que la distancia y la frialdad del film se corresponden con el distanciamiento realista de la escritura de Balzac ¿De qué otro modo podría contarse una historia romántica en un estilo realista si no es distanciándose, sirviéndola sobre una capa de hielo? Si Rivette hubiese adoptado un tono apasionado, habría traicionado ese realismo desengañado que emplea Balzac en la novela. La novela no es una obra romántica, aunque la historia sí lo sea. De modo que Rivette, como Balzac, decide trazar fríamente el retrato de esa sociedad francesa de principios del XIX aparentemente pudibunda, preocupada con las apariencias, ocupada fundamentalmente en fiestas y reuniones llenas de retórica social en la que se enmarca la historia de un amor posible sólo si se hubiera producido simultáneamente, y no sucesivamente, en los corazones del héroe y de la duquesa.
Desde mi punto de vista, los actores principales (Guillaume Depardieu y Jeanne Balibar), sirven bien a los personajes. Sólo elogios merecen los espléndidos secundarios, entre los que se cuenta al gran Michel Piccoli, siempre acertado. Son también acertadas la escenografía, la luz, la fotografía y la música y la dirección une los hilos, para mí visibles, del espíritu con el que Balzac escribió la novelita.
En suma, recomiendo pasar, como yo he hecho, de la película al texto de Balzac (o viceversa), a todos aquellos interesados en la obra balzaquiana o en el cine francés y, por supuesto, a los fans de Rivette o de Guillaume Depardieu, un actor que merece ser valorado por sí mismo, así sea póstumamente.
Nouvelle on-line: aquí.
Película:
Ne touchez pas la hache (La duquesa de Langeais) Dirección: Jacques Rivette. Interpretación: Jeanne Balibar (Antoinette de Langeais), Guillaume Depardieu (Armand de Montriveau), Michel Piccoli (Vidame de Pamiers), Bulle Ogier (princesa de Blamont-Chauvry), Anne Cantineau (Clara de Sérizy), Mathias Jung (Julien), Julie Judd (Lisette), Marc Barbé (marqués de Ronquerolles), Nicolas Bouchaud (De Trailles), Thomas Durand (De Marsay). Guión: Jacques Rivette, Pascal Bonitzer y Christine Laurent; basado en la novela de Honoré de Balzac. Producción: Martine Marignac, maurice Tinchant, Luigi Musini, Roberto Cicutto y Ermanno Olmi. Música: Pierre Allio. Fotografía: William Lubtchansky. Montaje: Nicole Lubtchansky. Diseño de producción: Manu De Chauvigny. Vestuario: Maïra Ramedhan-Levi (Francia-Italia, 2007). (Ficha técnica tomada de http://www.labutaca.net/films/59/laduquesadelangeais.php
Sentido y sensibilidad de Jane Austen: el libro y la película

En estos días me he sumergido de nuevo en el universo narrativo de Jane Austen, con la relectura de Sentido y sensibilidad, Orgullo y prejuicio y Persuasión. He pensado otra vez en la suerte maravillosa que han tenido las adaptaciones de estas obras al cine y a la televisión. Lo bien que han sido trasladadas del papel a la imagen, y lo mucho que esto ha influido para que el coronel Brandon, Darcy o Emma formen parte integrante de la cultura cotidiana (por así llamarla) de los ingleses, que no son precisamente la gente más elaborada de este mundo, pero que tienen la suerte de tener unos actores, directores, guionistas y productores que valoran con justicia la literatura y la cultura propias, porque no sólo han pasado por la universidad, sino que, curiosamente, han aprovechado sus estudios. Por otro lado, estas adaptaciones han demostrado ser muy rentables económicamente y todo ello ha contribuido a esta oleada de versiones de obras clásicas que tanto envidio y que tanto aprecio.
En muchas ocasiones, las series de la BBC o las películas me han llevado de la mano a la literatura; por ello no puedo estar en contra, globalmente, de la televisión (y mucho menos, claro está, del cine). En unas cuantas ocasiones he llegado a pensar que la traslación al medio audiovisual es incluso mejor que la novela en que se basa, como es el caso, por ejemplo, de La muerte en Venecia, de Thomas Mann, llevada al cine por el gran Luchino Visconti con la impagable colaboración de Dick Bogarde y de la bellísima y elegantísima Silvana Mangano.
En cuanto a Jane Austen, creo que puedo decir lo mismo: la versión de Sentido y Sensibilidad que dirigió Ang Lee en el 95, con un guión excelente de Emma Thompson (esa rara avis que conjuga belleza, inteligencia y humor en cantidades suficientes como para que nos postrásemos ante ella si la viésemos pasar por cualquier callejuela inhóspita y lodosa), es bastante mejor (a mi entender), que la obra misma.
Existen algunos problemas en la obra de Austen que desaparecen en la versión de Ang Lee. Por un lado, creo que Austen exagera la omnisciencia de un narrador o narradora que enjuicia constantemente a sus personajes, y que se decanta obviamente por la discreción y buen juicio de Elinor, la hermana mayor, y critica, a menudo agriamente, el romanticismo o la sensibilidad extravertida de la mediana, Marianne. En ello radica principalmente la animadversión que sentían por Austen las hermanas Brontë, que la consideraban excesivamente artificiosa en lo que toca a la creación de sus personajes, y sobre todo, en la manera en que Austen planteaba las relaciones sociales y amorosas en sus novelas: con tiralíneas.
La arquitectura de la obra de Austen es perfecta. Todo está calculado y medido y todo encaja perfectamente. La técnica es intachable. Sin embargo, encuentro que el personaje de Elinor es excesivamente pasivo, introvertido, pacato, juicioso en demasía...Casi diría que, si la conociera, me resultaría bastante insoportable. Emma Thompson borda este papel otorgándole una humanidad, una sensibilidad, un amor por su hermana que verdaderamente nos arranca lágrimas. La Elinor cinematográfica me resulta mucho más amable que la austeniana (a pesar de que se enamora -con toda timidez, claro está- de Hugh Grant, cuya única gracia para mí consiste en que dice sus discursos de corrido, siempre poniendo esa cara de estreñimiento que suele poner en todas y cada una de sus actuaciones).
Otro elemento interesante de la obra de Austen que queda bien reflejado en la adaptación cinematográfica es el económico. En Austen, la economía es vital, es central para comprender todas las relaciones planteadas en sus obras. En Sentido y sensibilidad, al igual que en Orgullo y prejuicio, las hijas se ven privadas del derecho a heredar las propiedades paternas (que pasan a cualquier otra línea masculina. En el caso de Sentido... a un hermano mayor, fruto de un primer matrimonio, y en el de Orgullo...a un pariente lejano, picajoso y snob y uno de los personajes más cómicos del universo austeniano: el clérigo Collins). Esa vulnerabilidad económica trasforma a las mujeres de Austen en mujeres que sólo pueden resolver sus vidas casándose con hombres de cierta fortuna. Y es una característica decisiva ( a mi modo de ver), cuando se produce el cambio de actitud de Lizzie Bennet ante la posibilidad de casarse con el dueño de Pemberley, el famoso Darcy de Orgullo y prejuicio, obra que trataré de reseñar algún día en este lugar. En Sentido y sensibilidad, la muerte del padre deja a la viuda y a las tres hijas en una situación de comparativa pobreza. Sus vidas cambian radicalmente y esa pobreza condiciona la rastrera y desgraciada huida de Willoughby y la ruin actitud del hermano mayor , John Dashwood, y de la esposa de éste, la odiosa Fanny. Esto nos permite conocer, en cambio, la nobleza y la decencia de Edward Ferrars y del coronel Brandon, la generosidad desinteresada de Middleton, la entereza de Elinor, la incredulidad de la romántica Marianne, etc. Y a esta pobreza, finalmente, deben ambas hermanas su posterior felicidad, pues es asumida dignamente, casi heroicamente por ellas, frente a la sevicia y la avaricia del bello Willoughby (igual que en Orgullo... ocurre con el igualmente bello teniente Wickam), o con Lucy Steele, que, decantándose por Robert Ferrars hará posible la unión de su hermano Edward con Elinor, hasta ese momento tan imposible como soñada por ambos.
Por otra parte, en la versión de Ang Lee-Thompson, el papel de la hermana pequeña, Margaret, expresa muchos pensamientos que en la novela corren a cargo de ese/a narrador/a tan pesado/a que he mencionado antes, liberándonos así de su omnipresencia. También consigue decir en voz alta lo que otros personajes piensan pero no pueden decir a causa de los convencionalismos sociales que ella, por su edad, puede ignorar. Margaret, en la película, se convierte en un personaje mucho más importante, imprescindible, mientras que en la novela pasa casi desapercibido. La obra gana así en análisis y profundidad y en perspectivas, en puntos de vista.
Para mí, uno de los grandes aciertos de Jane Austen es su impecable, extraordinaria técnica narrativa cuando emprende la descripción de las escenas en las que toman parte muchos miembros de la sociedad o de una familia. La descripción de las reuniones y cenas en casa de Sir John Middleton es absolutamente magistral. La extraña vitalidad del personaje, su buen corazón y su simplicidad típicamente masculina (que le hace elogiar a Willoughby como persona únicamente basándose en que es buen cazador y posee una excelente perrita cazadora), su anodina esposa, su suegra, la señora Jennings, también bondadosa, aunque insoportable, los hijos, el coronel Brandon, las hermanas Steele, los Palmer... Todo ese universo está narrado y expuesto con total coherencia y absoluta perspicacia. En la película, todo ese fresco social queda reflejado en actuaciones magistrales de todos esos impagables secundarios: Elizabeth Spriggs, Imelda Staunton (gran actriz y gran amiga de la pandilla Thompson-Fry-Laurie: si podéis verla en su Vera Drake, adelante, es una obra muy interesante de Mike Leigh), Hugh Laurie (universalmente conocido por su papel en la serie americana Dr. House y excelente, como siempre), Robert Hardy, en un gran papel como Middleton, Imogen Stubbs, etc., etc...
Tanto la novela como la película me parecen imprescindibles. Se complementan, se alimentan provechosamente la una de la otra para ofrecernos una extraordinaria visión de la sociedad, los sentimientos o de las diversas formas de encarar la desgracia o la pobreza. La felicidad que unos alcanzan al final es fruto de una actitud ética ante la vida, pero esto no resulta tan moralizante como cabe esperar. Y es de pura justicia poética que los sedientos de fortuna y de poder acaben sufriendo los tormentos de Tántalo.
La película da cara y voz ( y qué actores, Dios) a los personajes. Están extraordinariosThompson, Winslet, Jones, ¡Rickman! Wise...¡y todos esos maravillosos secundarios!
En fin, leed la obra y ved la peli. Por cierto en una edición muy completa, con entrevistas y extras muy informativos ¡Y a muy buen precio!.
Jane Austen, Sentido y sensibilidad, Random House-Mondadori de Bolsillo, Barcelona, 2007 (4º ed). Traducción de Ana María Rodríguez.
Sentido y sensibilidad (USA, Reino Unido, 1995), Reparto: Alan Rickman, Emma Thompson, Kate Winslet, Hugh Grant, Imelda Staunton, James Fleet, Gemma Jones, Tom Wilkinson, Harriet Walter, Hugh Laurie. Director: Ang Lee; Guión: Emma Thompson; Dirección artística: Philip Elton; Diseño de producción: Luciana Arrighi; Fotografía: Michael Coulter; Música: Patrick Doyle; Productor ejecutivo: Sydney Pollack; Vestuario: Jenny Beavan, John Bright.
PD: Hay también una versión reciente (2008) de la novela en una serie de la BBC (muy correcta, quizá menos lírica, sin la dirección de Ang Lee, especialista en fundir personajes y paisaje, y sin el duelo Thompson-Winslet), que también recomiendo (pero que no lleva subtítulos en español, y no sé si se encuentra en el mercado hispanohablante). La versión es excelente, muy fiel a la obra. Dura tres horas y no desmerece, pero... 
Revolutionary Road (Vía Revolucionaria), de Richard Yates

Al hilo del estreno de la película de Sam Mendes (que no he visto), he leído la novela de Yates, precedida de algunas reseñas verdaderamente ditirámbicas. Como muy bien dice mi ciber colega Portnoy de la literatura inglesa contemporánea, algunas obras, no se sabe bien por qué, son calificadas de ’obras maestras’ cuando realmente no lo son. Puede que sean buenas obras, obras interesantes, obras conseguidas... pero no son hitos en la historia de la literatura, ni siquiera de la literatura de su país.
Esto pienso yo de Revolutionary Road, novela publicada en 1962 y ganadora del premio Nacional de Literatura en USA.
Tengo la sensación de que es una historia que ya conozco. Me suena un poco a ¿Quién teme a Virginia Woolf? Está muy bien escrita, pero es una historia un poco repetitiva y bastante predecible. El tema no es tanto una crítica del llamado ’sueño americano’ como una radiografía de la desazón burguesa. Y sin embargo, qué poco variamos el esquema de esa vida vacía.
Lo que me parece más interesante de la obra es la forma en que Frank se imagina los diálogos. Los diálogos reales nunca se parecen a los imaginarios y nunca responden a sus expectativas, por lo que no tiene nunca las respuestas adecuadas ni las preguntas correctas y todo se vuelve un despropósito o peor todavía, un horrible malentendido.
Por otro lado, la pre-historia de su personaje protagonista femenino, April, se presta a hacer una ruda lectura psicoanalítica, la cual no deja de hacer su marido, y por supuesto, me temo que la mayoría de los lectores. Es un personaje que promete y no cumple con las (ni con sus) expectativas. No es interesante, ni inteligente, ni adorable. Peor todavía, actúa tan estúpidamente que uno no puede ni siquiera sentir una fugaz empatía.
La vida en común destruye el amor -ya lo pensaba la princesa de Clèves (ver mi reseña anterior), señores, tres siglos antes, je-, y hasta puede llegar a convertirse en odio ¡Qué noticia!
Destrucción, autodestrucción, adocenamiento de clase media, urbanizaciones, uniformidad de casas, coches, sentimientos, reuniones... Para definir o describir esto me remito con mayor placer a la imaginería de Eduardo Manostijeras en esas escenas impagables en las que los coches de los maridos abandonan el falso paraíso a la vez y vuelven a la vez, y las mujeres salen y entran de sus casitas de colores, mientras fabrican su bien elaborado infierno.
¿Vale la pena la lectura de esta obra? ¿Por qué no? Es suficientemente cáustica como para entretenernos un rato. Pero es olvidable. Dos tardes y un suspiro. Una lectura más. Tal vez la peli con la magnífica Kate...
Richard Yates, Revolutionary Road (Vía Revolucionaria), Madrid, Punto de lectura, 2009. (Traducción de Luis Murillo Fort).
La princesa de Clèves, de Madame de La Fayette

Hace un par de años me compré este librito y desde entonces había estado durmiendo el sueño de los justos en un rincón de mi habitación, al lado de otros que también (alas!) siguen pendientes de lectura. Por fin, hace un par de tardes, me arrebujé en su compañía, "abrigándome del frío, de la lluvia y de las mareas", como dice Quignard, dentro de sus páginas (en realidad, de las mareas no tuve que abrigarme porque no lo necesito al no estar a la orilla del mar, pero en fin, todo sea por la literalidad de las citas...).
Al principio, la novela es dura. Lo es porque presupone un cierto conocimiento de los entresijos de la corte de Enrique II de Valois, rey de Francia, de sus asuntos (numerosos), de alcoba, y en general, de la historia francesa de ese periodo histórico. Como he visto unas cuantas veces La reina Margot (por ahí andan un par de posts sobre ella) y he leído también una biografía encantadora de Néstor Luján que no he reseñado aquí, así como varios libros sobre Felipe II (casado con Isabel de Valois, hija de Enrique y hermana de la susodicha Margot), debo decir que yo no estaba del todo ajena a tales enredos y líos entre Catalina de Médicis, Diana de Poitiers y demás personajes históricos. Sin embargo, esas primeras páginas me costaron un poquito, antes de que entrara de lleno en el terreno de lo ficticio, y de que me dejara seducir por la curiosa y ejemplar historia de los amores (o desamores) de la princesa de Clèves, de su marido, el desdichado príncipe, y el duque de Nemours.
La novela plantea un espinoso tema: la virtud nos hace desdichados. La virtud mata. La pasión no desatada tiene un poder destructor equiparable a la del Hambre, el Fuego o el Infierno. La princesa de Clèves es una joven inmisericorde, consigo misma, en primer lugar, y con los dos hombres que la adoran : su marido, el príncipe, a quien no puede amar, y el duque de Nemorus, el cortesano más bello y seductor del momento, a quien ama, pero a quien no permitirá nunca ni el más leve destello de amor o de alegría. Sorprendentemente, la carrera galante de este bello Casanova se verá truncada bruscamente cuando se entrega en cuerpo y alma al amor que le despierta la hermosísima y cruel Princesa.
Ella, guiada por una madre virtuosa, no cederá jamás a las tentaciones de la promiscua y desenfadada corte francesa. Su sinceridad es total, como lo es su rigidez, y por ello, hace partícipe, en un momento dado, a su marido, del amor que siente por el bello Nemours. Esta sinceridad impoluta mata al príncipe de Clèves y la princesa, sintiéndose o sabiéndose culpable de esa muerte, renuncia a un segundo matrimonio y con él, a ser feliz, y a hacer feliz a Nemours. En el contexto de la época, todo esto no es más que un despropósito. Pero en el fondo de la decisión de la princesa late algo más que el amor puro a la virtud. En la base de esta cruel decisión está el convencimiento de que Amor y Matrimonio son enemigos naturales. Y que pasión y convivencia son excluyentes. Por ello, ansiosa de evitar el Dolor, renuncia a una fugaz felicidad, en pos de una satisfacción de la renuncia que al menos engrandece su concepto de la Razón, que todo lo preside.
Así, la princesa explica a Nemours su negación a casarse con él, una vez muerto de dolor el príncipe. La sinceridad de la princesa, al contar a su esposo que ama, aunque no se ha entregado ni se entregará nunca al amante, tiene un poder destructor terrible. El marido es destruido por la verdad de un amor que no se ha consumado ni se va a consumar. Incapaz de sobrellevar el peso de esa confesión, el príncipe sucumbe. Sucumbe, paradójicamente, aunque crea en la fidelidad de ella. Esta fidelidad, creada por el matrimonio, pero no por el amor, le devora por dentro hasta terminar con su vida.
En la novela se cuentan otras historias galantes, que no tienen el dramatismo de la historia principal, y que nos enseñan que el galanteo, por ser distinto al amor, puede llegar a causar problemas, pero nunca la muerte o el dolor que causa la pasión verdadera, convertida en fuego que consume a los que aman sin poder poseer. El príncipe de Clèves posee físicamente a su esposa, pero sabe que no es amado por ella, y por eso sufre y muere. Nemours, que se sabe amado, pero no puede poseer, sufre y pervive, aunque herido para siempre por este amor inalcanzable. Ella es quien maneja estos sentimientos, negándose siempre la posibilidad de la felicidad y optando por la tranquilidad de un retiro de la vida en el que sus sentimientos no se verán mezclados ni sacudidos por la previsible desilusión.
La obra es interesante, aunque muestre este retorcimiento que bien podríamos llamar psicoanalítico: la princesa teme amar de verdad porque teme sufrir, pero sufre igualmente y hace sufrir también ¿Es esto virtud? El juicio lo hacemos nosotros.
¿Esa Razón, más poderosa que el sentimiento o que la aparta de él, es mejor que dejarse llevar por las pasiones?
¿Es la princesa de Clèves más moral que Diana de Poitiers, que la Delfina de Francia, María Estuardo, o que las otras damas que tienen una sucesión de amantes? ¿Es mejor que las damas que se entregan a sus amantes y disfrutan de esos amores adúlteros?
Cléves, por otra parte, triunfa cuando niega sus favores o su amor, pues tanto su esposo, el príncipe, como Nemours o el caballero de Guisa, que la aman, acaban dedicándole todos sus pensamientos y todas sus acciones.
En todo caso, la princesa de Clèves es distinta, y esa diferencia con las otras damas le proporciona una sensación de orgullo y de seguridad.
En el interesante prólogo de mi edición , se nos dice que estas novelas se escribían colectivamente , cosa que yo ignoraba, y que en la escritura y desarrollo de La princesa de Clèves participaron varios escritores, entre los que se cuentan La Rochefoucauld o Segrais, bajo la batuta de Madame de La Fayette. También se explica cómo y porqué la escena de la confesión entre la princesa y el príncipe (motivo de la ulterior muerte del desdichado esposo), la sitúa en niveles de inverosimilitud paralelos al de cualquier cuento de hadas, aunque la acción se sitúe en un contexto bien real, el de la corte de Enrique II. Por ello, la novela mezcla el cuento de hadas (terrible, como solían ser, realmente), con la novela histórica.
Madame de La Fayette, La princesa de Clèves, ed. Losada, Buenos Aires-Madrid, 2005. Introducción, prólogo y notas de Cristina Peña.
Middlemarch, una novela extraordinaria de George Eliot

En primer lugar, debo dar las gracias a los que amablemente se han interesado por mi ausencia de este blog. He tenido y tengo algunos problemas con el router y eso ha sido lo que fundamentalmente me ha impedido continuar, así como algunas incidencias personales del todo agradables.
Vuelvo con esta reseña de Middlemarch, una novela a la que llegué después de haber visto la serie de la BBC del mismo nombre, que como todas estas series de época tan bien saben hacer los británicos.
Finalmente, hace un par de meses, decidí hincarle el diente a la novela (y no fue una decisión fácil, ya que tiene más de mil páginas). Coincidió esta lectura con el final del trimestre escolar, lo que me llevó a hacer una lectura lenta de la obra, cosa que no es habitual en mí, que soy una devora-libros.
He disfrutado mucho de la lectura, ya que tenía en mente la dramatización que se había hecho para la tele. En una obra tan larga y tan compleja, en la que hay varias tramas argumentales, la multiplicidad de los personajes puede llegar a ser un problema abrumador.
Algunos consideran esta obra de George Eliot (esa gran escritora inglesa de corte liberal, cuya fructífera obra se publicó, como la de muchos de sus contemporáneos, por entregas), como una especie de culebrón decimonónico.
Considerarlo de este modo sería como considerar que los Dickens, Balzac o Pérez Galdós son folletineros y no verdaderos escritores. Sólo quien ignora los mecanismos de esta literatura por entregas puede considerar que tiene algo en común con los modernos seriales televisivos, tan ayunos de literatura como llenos de tópicos,
Middlemarch, terminada en 1871 (año en el que La Fontana de Oro de Pérez Galdós vio la luz), ha sido correctamente considerada por Virginia Woolf y por otros, como una obra maestra de la literatura inglesa y continúa siendo una novela de referencia actualmente. Penúltima de las obras de Eliot, muestra su madurez como escritora y constituye un análisis especialmente lúcido de la sociedad victoriana con todas sus contradicciones, sus miserias, sus anacronismos, sus luchas de clase y de género, su religiosidad y su moral.
Como obra compleja que es, discernir el tema resulta arduo. A través de las historias entrelazadas de Dorothea Brooke y de su hermana Celia, del tío de ambas, Arthur Brooke, un terrateniente insulso y sin sentido de la virtud, aunque cariñoso y atento con sus sobrinas, de Casaubon, con sus manías pseudo intelectuales, su egoísmo feroz, su hipócrita sentido de lo conveniente y del joven y enamorado Ladislaw entramos en la primera historia. Historia que podríamos conectar por sus ecos religiosos (o más bien de crítica de la religión), con otra de las obras de Eliot, Daniel Deronda.
En la intrincada red de las relaciones de los personajes que pueblan esta historia primera de Middlemarch vemos la inteligencia y ternura juveniles de Dorothea estrellarse contra la frialdad y estrechez de miras de su esposo, Casaubon, y vemos desarrollarse también la historia del amor romántico y puro de Ladilsaw por la esposa de su tío. Pero también se nos describen los intríngulis de la vida política del pueblo, las relaciones entre los habitantes de esos feudos ingleses tan peculiares y tan distintos de los nuestros, pero sin embargo, y en el fondo, tal como los describe Eliot, podemos tender una línea que nos lleva hasta esos mismos problemas y corrupciones que están tan presentes en Los pazos de Ulloa, de Pardo Bazán, en los que el caciquismo se equipara con esas elecciones que transcurren en aquel pueblecito imaginario de Inglaterra en el que Eliot coloca a sus personajes.
En esta, que llamaremos la primera historia de Middlemarch, tenemos pues bien desarrollados y tratados los temas de la política y sus corrupciones, de las clases sociales (o sus diferencias), y del amor, enfrentándose a las convenciones sociales, que ante todo ven el matrimonio como un negocio o un trato sociales entre iguales y no como una unión amorosa. Y no menos importante, Eliot desarrolla aquí el tema del género. Dorothea es una mujer educada, ambiciosa (en el sentido de que desea hacer uso de sus cualidades intelectuales y de sus ideas de reforma social), y que se ve completamente decepcionada, primero como esposa de Casaubon, al darse cuenta de que él no es el gran intelectual al que ella había ambicionado ayudar en su magna obra, sino un mediocre recopilador de citas ajenas, y que después, ya unida a Ladislaw, sólo podrá ver cumplidos sus deseos por su interpósita persona, conformándose así con un segundo plano muy modesto, oscuro y sin relieve y encontrando en ese ámbito, al parecer, la felicidad.
No estamos ante una obra irrealista, y el planteamiento de este fracaso vital de Dorothea no puede verse como un argumento de feminismo avant la lettre sino más bien como una descripción bastante ajustada a la realidad de la época. Dorothea misma no es un personaje totalmente positivo. Eliot nos la muestra extremadamente ingenua en sus suposiciones, muchas veces precipitadas, como en el juicio equivocado que hace sobre su primer marido, Casaubon, el incluso después, la vemos moverse en un terreno muy próximo al fanatismo religioso, en este caso protestante, que suele ser tan nocivo como el de esos personajes ultracatólicos galdosianos de La familia de León Roch, o de Doña Perfecta, pero Eliot no usa ni abusa, como Galdós en estas dos novelas, del personaje-arquetipo, ni de la tesis. Y por lo tanto, su obra resulta en su conjunto más convincente que la del canario, o si se quiere, más moderna.
La que llamaremos la segunda historia de Middlemarch, fue en realidad, la primera que ocupó a Eliot en los inicios de la escritura de esta novela. Aquí tenemos a Lydgate, un joven médico, miembro subalterno de una familia de la ’gentry’, es decir, de elevada posición, pero sin medios económicos propios, cuyo alto idealismo y merecimientos académicos son extraordinarios. Su ambición es llevar a cabo investigaciones pioneras en una ciudad pequeña, de provincia, que resulta ser Middlemarch.Tertius Lydgate quiere llevar allí la ciencia y el progreso en el ámbito de la sanidad publica. Desea promover los estudios de la medicina moderna. Tiene todas las cualidades, pero no tiene las posibilidades materiales para llevar a cabo su proyecto, y por ello necesita alianzas. Alianzas que, en lo económico, lo llevarán a unirse a un hombre cuyo oscuro pasado hasta el momento de la historia nadie conoce, pero que saldrán a la luz con toda su vileza y maldad y que hundirán a Lydgate, lo mismo que lo hará una decisión equivocada: un matrimonio, como en caso del de Dorothea, fallido. Una mujer que no le merece, una mujer hermosa, aparentemente buena, pero realmente considerablemente indigna, que jamás comprenderá sus ideales, que sólo deseará opulencia, lujo, todo aquello que Lydgate desprecia y que acabará por tener que darle. El fracaso de Lydgate es total. Los ideales que acariciaba serán completamente aplastados por la crudeza de la realidad que lo rodea y a la que él ha tenido que rendirse.
Finalmente, la historia de la familia Garth, una familia de gente honesta, trabajadora y verdaderamente moral, es la única que tiene un final feliz, ya que Fred Vincy, muchacho alocado y bueno para nada, acaba siendo un hombre honrado al hacerse merecedor del amor y la confianza de Mary Garth. De las tres, esta historia es la más pura, en el sentido de que en ella no toman parte otros elementos, aparte de los puramente referidos a los personajes que la viven. Es una historia no romántica, pero sí de amor. O sobre el poder que tiene el amor para redimir a quien verdaderamente ama, como es el caso de Fred Vincy.
En esta ciclópea novela, hay muchas más historias, la de los padres de Ladislaw, la de Featherstone, la del hipócrita Bullstrode y su amada esposa Harriet, etc.
Middlemarch es una obra mayor.
George Eliot, Middlemarch, ed. Random House-Mondadori, (Col. Clásicos de bolsillo), Barcelona, 2004.
El coronel Chabert, un hombre que murió dos veces

Balzac describió en esta nouvelle la tragedia de un hombre que tuvo que morir dos veces. Una, en Eylau, en una carga del victorioso ejército de Napoleón y otra en la época de la Restauración, cuando su esposa le niega y le pide que vuelva a desaparecer entre las sombras.
El coronel Jacint Chabert es uno de los héroes napoleónicos y es dado por muerto erróneamente en esa singular batalla. Herido en la cabeza y enterrado en una fosa común, sale de ella sin saber cómo, y tarda diez largos años en volver a París. Enfermo, depauperado y casi loco, Chabert envía cartas a su esposa, pero ésta ha contraído ventajoso matrimonio, ha multiplicado la herencia recibida tras la ’muerte’ de Chabert y no desea saber nada de éste.
Solamente un hombre es capaz de escuchar al muerto vivo: el procurador Derville. Ellos, hombres de honor, deben enfrentarse en desigual batalla contra la ambición, la avaricia y la frialdad de la condesa (primero condesa Chabert y después condesa Férraud), que con uñas y dientes, como una hiena, defenderá su matrimonio con su segundo esposo, que ansía el nombramiento de Par del reino en el nuevo régimen. Con él defiende su ascensión social, su familia y su estatus.
Ningún escritor ha tenido, como Balzac, la fuerza dramática para contar esta historia cortante como el filo de un sable. Batalla moral en la que Chabert triunfa a pesar de perderlo todo: amor, fama, razón, salud, posición, nombre.
La obra fue llevada al cine por Yves Angelo (fotografo de Tous les matins du monde), con Gérard Depardieu, Fanny Ardant, André Dussollier y Fabrice Luchini en los papeles principales (Francia ,1994). La peli cambia ligeramente el final de la nouvelle, concediendo a Chabert una justa revancha, orquestada por el procurador. Sin embargo, pienso que este final, en cierto modo más justo y más sentimental, quita fuerza y horror a lo que plantea Balzac en una obra en la que el tema es precisamente la radical injusticia de la vida y la terrible maldad de muchos seres humanos capaces de mezquindades y traiciones tan humanas como deplorables.
Chabert le dice a su esposa - a la que, sin embargo, ama-, en una escena clave de la novela: "Doy gracias al azar que nos ha separado".
August Strindberg escribió una vez que tras leer por diez años la obra de Balzac, salía convertido en otro hombre. No hay duda de ello. Balzac es una forma de vida.
"En estos momentos, corazón, fibras, nervios, fisonomía, alma y cuerpo, todo,hasta los poros, se estremecen. La vida parece no ser ya nuestra; se sale de nuestro ser, se comunica como un contagio y se transmite con la mirada, con el acento de la voz, con el gesto, imponiendo nuestra voluntad á los demás. El veterano se estremeció al oír aquella primera palabra, aquel primero, aquel terrible: «¡Señor!» Pero es que también dicha palabra encerraba un reproche, un ruego, un perdón, una esperanza, una desesperación, una interrogación, una respuesta."
Honoré de Balzac, El coronel Chabert, ed. Valdemar, Madrid, 1996. (Traducción de Mauro Fernández Alonso).
Philippe Claudel: Almas grises y La nieta del señor Linh

Llevo semanas queriendo ver la peli de Philippe Claudel, Hace mucho que te quiero, porque me interesa el cine francés y porque me gusta mucho Kristin Scott-Thomas, a pesar de que reconozco que no es una Duse, ni siquiera una Judi Dench. He visto otras cosas por puro azar, como Hellboy II, el ejército dorado (qué grande es Guillermo del Toro, y que universo el suyo tan lleno de barroca y tremenda belleza) y Dejad de quererme (un drama previsible pero no por ello menos atractivo). En fin, que no he podido ver la peli de Claudel, y en cambio, he leído dos de sus novelas. Y aquí es cuando la cosa se pone buena.
Comencé por La nieta del señor Linh porque es más breve, aunque es posterior a Almas grises. Se trata de una nouvelle cuyo terreno es la metáfora. No hay lugares concretos o más bien dicho, reconocibles o nombrados de los que proceden los personajes o a los que se dirigen, y en los que se asientan para después, morir. Pero podemos pensar que el señor Linh procede de aquel lugar llamado Indochina, que padeció bajo el colonialismo francés hasta que llego el otro gran Imperio y emprendió aquella guerra espantosa cuya memoria parece que yace en la zona cero del World Trade Center. Guerras injustas (si hubiera guerras justas) e ilegales, en las que el Imperio de vez en cuando se mete para sacar mucho dinero, sin importarle las víctimas. (Debo aclarar que este rollo no se deprende en absoluto del libro de Claudel: es enteramente de mi cosecha). Sigo: el anciano señor Linh puede que desembarque en Francia, aunque no sabemos muy bien dónde, entre otras cosas porque él no sabe dónde, donde está. Llega (adondequiera que sea), con su exigua carga: una nieta que es todo lo que le queda de su país. Niña callada y paciente, que nunca llora ni pide nada, pero que le acompaña en sus soledades, en su desconcierto.
Linh no entiende la lengua en la que le hablan los otros, no sabe dónde se encuentra ni qué hacer en ese sitio, excepto recordar. Su aislamiento no se ve paliado por el hecho de que convive con otras familias que proceden, como él, de ese territorio devastado que les ha obligado a huir. La soledad de Linh, la mudez de su pena sólo podrá ser comprendida o compartida por otro ser igualmente solo y aislado: un jubilado que ha perdido a sus esposa y que carece de un ancla en esta vida. Sin comprenderse lingüísticamente, Linh y Bark se hablan, se acompañan en el banco, en los paseos, en la taberna. Para ellos, el único asidero en este mundo es el otro, y el puente que une esas dos soledades es la niña: la nieta de Linh, a quien el señor Bark ha traído un regalo: un lindo vestidito, como de fiesta.
La nouvelle, como todas las obras delicadas y hermosas ( y tristes), dice mucho más que lo que escrito por Claudel. El discurso no contiene todo lo que dice el autor. Va mucho más allá. La nieta del señor Linh es una miniatura delicada y trémula, emocionante. Lo que una vez fue fuerza es hoy vulnerabilidad y sin embargo alguien, algún día, inesperadamente, puede ser que entienda lo que se oculta en ese reducto del ser que es lo más íntimo nuestro y que no puede ser dicho nunca, a nadie: lo perdido. El silencio de la pequeña es una metáfora de eso que se fue, quién sabe cuándo ni cómo, dejándonos con la vida que nos queda después del naufragio.
Premio Renaudot, Finalista del premio de los Libreros franceses y de la revista Lire en 2003, Almas grises es más compleja estructuralmente, que La nieta..., pero su tema es similar: trata de lo perdido. Y la muerte, también, es una omnipresencia. El narrador es un participante: un policía que nos narrará (aparentemente), un ’caso’ mal resuelto o no resuelto: el del asesinato de una hermosa niña de 10 años en un pueblo de la provincia francesa, en tiempos de la Primera Guerra Mundial.
La atmósfera del libro me recuerda poderosamente las películas de Chabrol. Estamos en esa provincia francesa, aparentemente segura y confiada, aparentemente sana y respetable, en la que lo más espantoso crece, larvado, a la vista de todos, pero oculto a la vez, hasta que estalla.
La delicadeza del trazo de Claudel persiste. Pero hay aquí algo muy venenoso, muy perverso, a la vez que sutil. La malicia. La soledad de la joven y hermosa maestra, enamorada de un muchacho que está en el frente y la soledad del viudo que accede a alquilarle aquella casita...
Los personajes, con sus meandros interiores y sus tristezas, con sus melancólicos silencios, me retrotraen (es le problema de ser tan vieja, que una cosa te lleva a otra), a aquella Mouchette del gran Bresson que ahora han reeditado en DVD y que es tan hermosa como terrible). Esa atmósfera, también terrible de la novela de Claudel, trasciende lo policial del ’caso’, y también lo psicológico, para llevarnos a dar un paseo por las almas. En efecto: almas grises, tristes, sucias a veces, de los habitantes del pueblo francés que sirve de escenario (en el sentido francés del término -el guión- y en el sentido español de la palabra), y nos inunda de melancolía, a la vez que concebimos su historia como posible, como verosímil, como real. Qué terrible carga la nuestra: lo humano, qué cosa insondable y dolorosa.
Philippe Claudel, La nieta del Señor Linh, ed. Salamandra, Barcelona, 2008 (7ª ed.), Traducción de José Antonio Soriano Marco.
Almas Grises, ed. Salamandra, Barcelona, 2005 (traducción de José Antonio Soriano Marco.
Mal de escuela, de Daniel Pennac

Hace unos días, mientras iba a la panadería, me crucé con tres cicistas. Uno de ellos se detuvo y pude reconocer a un ex-alumno, Nos saludamos y al detenerse también el padre y el hermano, fui presentada con estas palabras: " Es Gabriela, mi antigua profesora de castellano". El padre me dio la mano mientras me decía -¡Muchas felicidades! Le pregunté ¿Por qué, felicidades? --Porque, a pesar de que le hizo usted trabajar mucho, mi hijo la tiene en un gran concepto.
Tener en gran concepto al otro: los profesores a alumnos; los alumnos a profesores. Saber que quien te enseña está de tu lado, "aunque te haga trabajar mucho". Qué alegrías da esta profesión. No cambiaría estas alegrías por todo el oro del mundo.
El libro de Pennac nos habla de esto: de la alegría de enseñar y de aprender. De salir del pozo, de ser rescatado de la nada por alguien, en un momento dado. De que alguien rescata al que todos parecen condenar. Hay una evolución, hay un cambio, hay una salida, hay un disfrute. Más allá de los obstáculos, de los problemas, de los dolores, de las luchas contra la ignorancia o contra la propia torpeza hay un lugar donde misteriosamente, el milagro ocurre. Y es este milagro el que nos relata Pennac, a veces en primera persona (él fue uno de los "salvados"), otras en tercera.
¿Y cuál es el secreto de esta profesión? Mirar. Mirar a los ojos del otro, saber ver la persona, no el estereotipo, no la máscara. Saber mirar y estirar la mano. Hablar mirando a los ojos. Exigir, entonces. Sacar del pozo. Finalmente, amar. De una manera no sentimentaloide, sino de verdad. Ser feliz en ese trabajo. Comprender su incomparable nobleza. Estar orgulloso/a, de mí, de ti, de mis chicos, de mis chicas. Yo ilumino sus vidas con el conocimiento, con el placer de aprender: pero ellos también iluminan la mía. Estamos en paz: nos lo debemos todo.
Es el mensaje de Pennac. Optimista, realista. El de uno que está en el ajo. Qué cansada estaba de oír, leer y ver tantas opiniones de gente que nada tiene que ver con la escuela. Gracias, Pennac, no das lecciones. Cada uno sabe su cuento. Gracias por contarme el tuyo. Yo también creo en esto. Y mis chicos/as me lo confirman: esto funciona si uno quiere que funcione. Estamos en el mismo barco. Y hay mar, y hay puerto, aunque tengamos que atravesar las tempestades.
Daniel Pennac, Mal de escuela, Mondadori, Barcelona, 2008 (Traducción de Manuel Serrat Crespo). Premio Renaudot (Francia), 2007.
El amante del volcán, de Susan Sontag
Cuando yo era una adolescente sesentayochera, admiré profundamente a Susan Sontag. Hoy, varias décadas después, me gusta redescubrirla y me complace observar que la Sontag merecía ser uno de mis iconos.
Cuando un libro como éste cae en mis manos, pienso en la verdadera esencia de la literatura. Lenguaje y Pensamiento, pero también Pasión, Belleza. La emoción no es más que un derivado. Esto es lo que produce un libro como éste.
La historia de Emma Hamilton y de Lord Nelson es, como toda historia amorosa, un lugar común de sentimientos, encuentros y desencuentros, separaciones y dolor. La muerte de uno de los amantes y la decadencia del superviviente pueden estar hundidos en la vulgaridad más absoluta o ser elevados a las alturas de, digamos, un Romeo y Julieta shakespiriano. En realidad la historia, la formulación narrativa pueden llegar a ser perfectamente irrelevantes. Lo que eleva todo esto es el estilo y el estilo es, señores y señoras, una cosa que uno no sabría definir pero que sabe percibir perfectamente.
En la historia de Emma y Nelson hay otros personajes. Y éstos han sido casi siempre secundarios: Sir William Hamilton, que en la novela de Sontag es llamado El Cavaliere, Charles, su sobrino y primer amor de Emma. Catherine, la primera esposa del Cavaliere o Frances, la esposa de Nelson. Pero también el rey la reina de Nápoles, Tolo, el guía que acompaña a Hamilton en sus ascensiones al Vesubio, o Jack, el mono que adopta el coleccionista.
Sontag divide su libro en cuatro partes, en las que el personaje principal, a pesar de todo, es el Cavaliere, y en el que el paisaje principal es, sin duda, el Vesubio.
En la primera parte, El Cavaliere y Catherine (su primera esposa), presiden la acción y la emoción: un amor no dicho, silenciado (casi diría secreto), precisamente porque es un amor conyugal (¡y entre dos ingleses!), interrumpido inoportunamente por la muerte de la dama. El Cavaliere conoce entonces el amargo sabor de una soledad antes anhelada y ahora temida. Catherine habría conocido la ternura y la admiración gracias a otro de los sobrinos de él: William Beckford, un homosexual que cae fascinado a los pies de la mujer madura, de la extraordinaria compositora y ejecutante, de la sensible madonna de 42 años. El muchacho vuelve a Inglaterra (¿He dicho ya que toda la historia inicial transcurre en Nápoles, donde Hamilton es embajador de su Graciosa Majestad Jorge III? No, no lo he dicho, pensando que todos los que me leéis habéis visto la película de Vivien Leigh y Laurence Olivier y estáis en antecedentes de la historia: perdonadme).
Toda esta primera parte de la obra de Sontag es indispensable y es profunda y es poco narrativa y muy psicológica y descriptiva. En suma: es pura literatura, puro lenguaje y pensamiento. Una parte que me ha llenado de satisfacción. El Cavaliere es un coleccionista de arte: ésa es su pasión; sus colecciones y la belleza de sus objetos llenan su vida y llenan las páginas de Sontag. Una narradora visible, que comenta desde su momento histórico los avatares de la vida de este hombre, explorador, coleccionista, científico... tan alejado del Nueva York de Sontag de finales del siglo XX, y sin embargo, elegido por ella como sujeto de su propia exploración por quién sabe qué mecanismos. El primer libro termina cuando El Cavaliere, tras largos años de soledad y viudez, recibe en su casa a la antigua amante de su sobrino Charles: Emma. la belleza de 21 años que va a cambiar su vida (y la de Nelson, más adelante).
El proceso de aprendizaje de Emma en Nápoles, al lado del Cavaliere, conmueve y emociona. Es la historia mil veces repetida de Pigmalión y Galatea, pero ella es entusiasta: no lo hace por obligación. Emma amará a William y querrá agradarlo, sí, pero sentirá sinceramente que ama el saber, las lenguas que aprenderá, los cantos, la música, la danza, la literatura, la poesía....
En la segunda parte de la obra asistimos al encuentro de los tres personajes: el Cavaliere, Emma y Nelson. Impresionado por su belleza, y tras varios encuentros y habiendo pasado bastantes años desde el primero, el almirante se enamora de la bella, no tanto por su belleza como por su ternura, al mismo tiempo que se siente muy ligado al Cavaliere. Los tres forman una alianza feliz, un trío de personas excepcionalmente unidas por la admiración y el afecto. En esta segunda parte Sontag, sin soltar el discurso reflexivo sobre la naturaleza del coleccionista : el Cavaliere colecciona obras de arte, incluida Emma; Emma colecciona cualidades y conocimientos, ya que su humilde origen y escasa instrucción la llevan a desear la sabiduría y Nelson, glorias y heroicidades). Es una historia extraña, el gran escándalo del XVIII. Una historia de amor y también de lealtad (ya que no de fidelidad) entre tres seres excepcionales.
Pero también se nos cuenta la historia del siglo XVIII, de la Revolución Francesa y de su influencia sobre la política mediterránea y más concretamente, sobre el papel que Nápoles jugó en esa guerra; trata sobre Napoleón y Nelson, sobre Francia e Inglaterra luchando por el predominio marítimo y político. Un siglo tan rico en acontecimientos como extraño, contradictorio, cuna de nuestra modernidad.
La tercera y cuarta parte vienen narradas por los propios protagonistas en primera persona: el Cavaliere y Catherine, la madre de Emma, la propia Emma y la revolucionaria napolitana Eleonora Fonseca.
El cambiante punto de vista sobre las cosas, sobre los hechos, agrega una riqueza al relato que al fin queda convertido en un estroboscopio.
La sociedad nunca estuvo a la altura de esta historia ni de estos personajes. Todo amor es un insulto para ella, y éste no fue una excepción.
La belleza, la inteligencia, el valor, la erudición, la cultura: los tres protagonistas reunían todas estas cualidades. Cuando Hamilton murió, Emma tenía a Nelson. Pero cuando Nelson murió, Emma quedó a merced de un destino de decadencia, alcohol, pobreza y olvido. Y sin embargo, el legado es grande. La obra pictórica inspirada por ella, la literatura generada...No, no fue en vano. Esta mujer, nos dice Sontag, no sólo se limitó a sacar partido de su belleza, también aprendió, fue inteligente, participó en política, creó sus cuadros dramáticos (sus "Actitudes"). No sólo fue una modelo excepcional, fue una coautora de sus representaciones. Y fue cálida, cariñosa, amorosa y leal.
Sontag no degrada la historia al puro romanticismo, no. La enuncia en toda su complejidad y riqueza. La sitúa en el momento histórico, en el lugar. El Vesubio, que preside toda la primera parte es una metáfora que trasciende toda la novela y la recorre: el volcán que arroja fuego y lava tras extraños periodos de aparente serenidad. La belleza del lenguaje o la crudeza. Sontag está allí y no se oculta. Investiga y muestra todo el terror de la revolución en Nápoles y todo el terror de la represión de esa revolución, así como el papel que en ella tuvieron la reina, Nelson, Hamilton y Emma.
Del mismo modo que me gustan las películas lentas, debo admitir que me gustan también estas historias con muchas facetas, con misterios que se desvelan muy lentamente, con personajes que no entregan del todo sus secretos, con narradores que van y vienen, atentos a su quehacer, descorriendo el velo poquito a poco, apenas, atendiendo cuidadosamente a las palabras, pero sin descuidar los ademanes, a veces muy reservados, de los personajes, ahí, en el escenario. Entonces yo me dejo llevar, yo salgo de mí tal como dice Quignard: abandono mi cuerpo y mi tiempo y mi circunstancia, y me introduzco, fascinada, en el libro.
Además, la edición es realmente bonita para lo que estamos acostumbrados en libros de bolsillo, con bellas ilustraciones y tapas y contratapas doradas.
Susan Sontag, El amante del volcán, ed. Punto de lectura-Biblioteca de Bolsillo, 2000 (traducción de Marta Pesarrodona).
Aunque completamente distinta de esta novela, la película de Alexander Korda, "That Hamilton woman", con Vivien Leigh y Laurence Olivier, es muy recomendable. Ella está maravillosa.
La Praga de Kafka, de Klaus Wagenbach

Wagenbach es uno de los mejores especialistas en Kafka y en este minúsculo librito condensa ( y muy bien), lo que sabe, para que podamos emprender un periplo por la ciudad a la que estuvo tan ligado el extraordinario señor K. El librito se divide en varias partes. Como introducción, una historia breve de lo que fue la que hoy día es capital checa: su cosmopolitismo, sus nacionalismos, su división entre germanos y checos, sus contradicciones; una biografía mínima pero exhaustiva de Kafka, punteada con fragmentos de su obra, especialmente de la Carta al Padre en la que hace hincapié en las frustradas expectativas paternas sobre su futuro. En otro capítulo, Wagenbach nos habla de las casas en las que residió Kafka, y en cuáles escribió qué cosas. Los periodos de calma o de ruido que alejaban o llamaban a las musas, y nos cuenta si aún se hallan en pie o ya han sido demolidas. Cuándo, con quién, cómo fueron alquiladas. Las casas de los escritores, siempre conmovedoras: en ellas laten los esfuerzos de la creación. Otro capítulo está destinado a describir e ilustrar las escuelas primaria, secundaria, la universidad...así como los lugares en que trabajó Franz Kafka: Las Assicurazioni Generali, La Academia Mercantil, la Mutua de Seguros y Accidentes Laborales...Wagenbach nos introduce en los sentimientos de terror o de tedio que presidían sus días en esos lugares amenazantes en los que el joven Kafka iba desmenuzando las propiedades y características del Gran Destructor. Finalmente, en esta guía de la Praga de Kafka, Wagenbach nos describe itinerarios afines, placenteros o utilitarios, que ocuparon a Kafka y que podemos seguir en nuestra visita a la ciudad.
Se trata de un pequeño volumen muy ilustrativo para viajar in mente o realmente a la Praga de Kafka. Trae mapas, ilustraciones de la época y una preciosa selección de textos.
Klaus Wagenbach, La Praga de Kafka , Guía de viajes y de lectura, ed. Península, Barcelona, 2008, Col. Quinteto. Traducción de Javier Orduña.
Una lectora nada común, de Alan Bennett
En la literatura en lengua inglesa es muy común la sátira. Un subgénero que entre nosotros no es muy popular. Alan Bennett nos deleita con esta nouvelle encantadora, en donde la carga satírica y crítica de la obra apunta al punto de flotación de un mundo (el nuestro), regido por personas cuya cultura es casi igual a cero, y cuya curiosidad intelectual deja mucho que desear. También trata, como muchos han señalado, de la propiedad subversiva y destructora de la literatura, puesto que nada escapa a su análisis y todo análisis desmonta tópicos, desmonta medias verdades, desmonta convenciones absurdas y va fulminando y haciendo explotar nuestras falacias vestidas de pura apariencia, vacías, en realidad, de sustancia, especialmente de sustancia gris. Bennett también se ríe del fetichismo literario: los autores no se parecen a sus obras: son tremendamente aburridos...La reina Isabel II de Inglaterra, por accidente, entra en una humilde biblioteca móvil que se estaciona todos los miércoles al lado del palacio. Al principio recelosa, poco a poco le va cogiendo el gusto a la lectura. Ha participado como actuante en muchos de los acontecimientos más importantes del siglo XX, pero nunca ha analizado ninguno. Ha conocido a los hombres y mujeres más significativos de ese siglo, pero no les ha dicho nada que no haya sido neutralizado y tamizado por el protocolo. Tampoco ha escuchado de ellos nada que no fuese pactado previamente. Más todavía, en sus muchas reuniones con gente del pueblo, no ha intercambiado más que frases hechas sobre el tiempo, las cosechas o las particularidades de la zona. Nunca ha tenido hobbies. No debe mostrar preferencias. No debe decir nada que pueda ofender a otros. Es una reina y a la vez una secuestrada. El protocolo lo preside todo, y la viste con un traje transparente tras el cual no se adivina nunca su cuerpo desnudo. Mucho menos, su mente.
La obrita se lee de un tirón y dice más de lo que parece. Diversión, deleite y reflexión: un buen cocktail.
Alan Bennett, Una lectora nada común, ed. Anagrama, Barcelona, 2008 (2ª ed). Traducción de Jaime Zulaika.
Evelyn Waugh, Retorno a Brideshead

Estaría descubriendo el Mediterráneo si comienzo esta reseñita diciendo que Retorno a Brideshead es una de las novelas más importantes de la postguerra. Compleja, fascinante, profunda, decadente y bellamente escrita, Retorno a Brideshead nos habla de un mundo cuando este mundo está ya desapareciendo, barrido por la destrucción, la guerra, la indiferencia y el vacío.
Sería difícil determinar de qué trata Retorno a Brideshead. Algunos hablarían del tema de la religión, puesto que se narra la vida de un puñado de católicos ingleses cuya estirpe se pierde en la noche de los tiempos y cuyo telón de fondo es, precisamente, la residencia que aparece en el título. Las nociones de culpa y de pecado penden, omnipresentes, en todas y cada una de las acciones de todos (de lord y lady Marchmain y sus cuatro hijos: Brideshead, Juia, Sebastian y Cordelia Flyte) y tiñen sombríamente la muerte del padre, lord Marchmain, quien se apartó de la religión para vivir su vida en Venecia, acompañado de su amante, Cara.
Pero también trata de la historia de dos amores: los que Charles Ryder, narrador y personaje principal de esta obra coral, siente en dos etapas de su vida por los dos hermanos Flyte, Sebastian y Julia. EL primero es el amor adolescente, un poco gamberro, solitario, romántico, excluyente, un amor que se aparta de la sociedad y que se vive entre borracheras y travesuras escolares en Oxford, Londres, Venecia y Brideshead. El amor de Charles y Sebastian es un amor de fulgor, en el que se adivina la tragedia del eterno insatisfecho que es Sebastian, que jamás logra encontrar un sentido a su vida, y que termina sus días, según sabemos después, como hermano lego en un lejano monasterio en el norte de África. Sebastian es un ángel caído, pero siempre un ángel. Un ser bueno, al que el alcohol no logra desprender de su aura.
Charles nos lleva, con sus memorias (pues el libro todo no es más que un largo flashback proyectado hacia su pasado), hasta Julia Flyte , un amor de madurez. Sorprende la frialdad que existe entre Charles y su esposa tras dos años de estancia del ahora pintor en América Latina. En el trasatlántico que los transporta a Inglaterra, Charles reencuentra a Julia, también casada infelizmente. Surge un amor que durará dos años. Intenso, total. Y roto por la culpa, por el pecado católico. Tal vez por la misma vida, que huye, pasa, y se lleva todo por delante.
No es casual que la reminiscencia de Charles concluya con el regreso de lord Marchmain a su casa natal. Se cierra un ciclo que nunca volverá a abrirse. El esplendor de Brideshead no volverá a brillar. La casa quedará desierta hasta que la ocupen los ejércitos ingleses en la reserva y Charles vuelva a ese lugar, Brideshead, y nos narre la extraordinaria historia de sus habitantes. Los Flyte se habían dispersado ya: todo acaba. Todas esas vidas finalizan o transcurren con un fracaso estrepitoso, una soledad inexpugnable, un dolor sordo, bien guardado, una muerte.
Qué novela, qué historia, qué personajes, qué escenarios, qué lenguaje. Lo exquisito no excluye lo grandioso. Si no la habéis leído, os la recomiendo como lectura indispensable.
P.D.
Por cierto que esta obra fue llevada a la televisión en 1981 -y es una de esas series míticas de la BBC-, con Jeremy Irons, Anthony Andrews, Diana Quick, Laurence Olivier, John Gielgud y otros grandes actores, en once capítulos. No es baladí. La televisión es la única que puede llevar a buen puerto la traslación a la pantalla de grandes obras cómo ésta. En dos horas, una película, por excelente que sea, no puede dar cuenta de la complejidad narrativa de novelas así. Os dejo una muestra de lo que fue la serie con este documental conmemorativo (Primera parte de cinco):
Evelyn Waugh, Retorno a Brideshead, ed. Tusquets, Barcelona, 2005 (5ª ed). Traducción de Caroline Phipps. Bonita edición y nada cara (menos de ocho euros).
Anna Gavalda: escritura curativa

A veces leo lentamente y otras veces, devoro. Debo confesar que he devorado las dos novelas de Gavalda que han caído en mis manos: Juntos, nada más, y La amaba. Mi amigo Gonzalo me ha prestado ya una tercera: El consuelo, que está en lista de espera, aguardando a que termine la lectura de Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh, que tengo ahora en las manos.
Los libros sirven para muchas cosas, para evadirnos, para pensar, para entretenernos, para sufrir con ellos. Y los de Gavalda sirven para consolar. Son libros en los que los personajes, solitarios y de alguna manera, exiliados del mundo, se abren y se entregan a otros para dar, para amar (de muchas formas). Las heridas que no se consiguen curar en solitario pueden ser paliadas en compañía de otros. la hipótesis es arriesgada en un mundo como el nuestro, cínico y escéptico. pero la literatura de Gavalda no escapa por la vía fácil de la cursilería. Tal vez sea irrealista, pero es delicadamente medicinal.
La amaba es una nouvelle que consiste, básicamente, en un intercambio de confidencias secretas entre un suegro y la nuera que acaba de ser abandonada por su hijo. Un diálogo en el que se relata una experiencia: "La amaba y..."
Una estructura simple, una historia tal vez previsible, pero llena de encanto y de emoción.
En Juntos, nada más ( con la que Claude Berri hizo una película también muy hermosa, con Audrey Tatou, y ahora en DVD), Gavalda nos enfrenta a tres personajes y una ancianita: una chica anoréxica y desesperada, pero con un don, un aristócrata venido a menos, tartamudo y compasivo, un chef basto y dolorido, que se hace cargo, con la ayuda de los otros dos, de la anciana Pauline... Una historia hermosa, una estructura narrativa sencilla. Literatura de sentimientos, pero no sentimental. La recomiendo calurosamente.
Anna Gavalda, Juntos, nada más, ed. Seix-Barral, Barcelona, 2004.
La amaba, ed. Seix-Barral, Barcelona, 2007 (5ª impresión).
El consuelo, ed. Seix-Barral, Barcelona, 2008.
(Todos ellos, traducidos por Isabel González Gallarza).
El hombre del salto, de Don DeLillo

"(...) El estrépito permanecía en el aire, el fragor del derrumbe. Esto era el mundo ahora. El humo y la ceniza venían rodando por las calles, doblando las esquinas, arremolinándose en las esquinas, sísmicas oleadas de humo, con destellos de papel de oficina, folios normales con el borde cortante, pasando en vuelo rasante, revoloteando, cosas no de este mundo en el fúnebre cobertor de la mañana..."
La obra (no sé si llamarla ’novela’), de DeLillo comienza con un mundo de súbito transformado en infierno: Keith baja las escaleras de una de las dos torres gemelas un 11 de septiembre. ve una camisa flotando en el aire chamuscado y huracanado. Una camisa que flota. Es una imagen que flotará también a todo lo largo de la obra. Igual que la figura del hombre del salto que le da nombre a la obra. Un hombre fue fotografiado mientras caía. Otro hombre, quizá superviviente del desastre, imita su caída durante meses, cayendo, con sólo la ayuda de un arnés, de los más diversos lugares, siempre repentinamente, siempre emulando, con su performance, ese minuto agónico en el que el hombre del salto verdadero huyó de una muerte de fuego y humo para enfrentarse a otra muerte inminente, cuando chocara con el suelo. Pero por un minuto, Ícaro, por un minuto ángel de luz, por un minuto grácil acróbata.
Esta obra no es un reportaje. Es un testimonio de vidas rotas, de vidas postapocalípticas pero silenciosas, vidas comunes, sin sentido, como otras vidas antes y después del 11-S. La prosa de Don DeLillo es seca, es escarpada y es hermosa. Hermosa como un desierto americano, inacabable y feroz.
Los personajes, meros muñecos: Keith, Lianne, Justin: esa familia rehecha aparentemente tras el desastre, pero en realidad desnucleada desde antes, durante y después del hecho. Nina y su amante, probable terrorista alemán en su juventud, pero ser enigmático, que abandona la escena sin explicar su porqué. La madre, el padre de Lianne, el suicidio de uno y la decadencia de la otra, otrora hermosa, inteligente mujer. El Alzheimer como dato, no sólo periférico, porque qué es el Alzheimer sino un olvido y una desmemoria, tal vez providencial, de la tragedia de la vida. Y por tanto se puede sonreír, incluso reír, y escribir, sí, escribir las memorias que se quedan como pedazos o retazos de esa camisa al viento que vio volar Keith ese día.
Historias fragmentadas, contertulios de poker, Cheng, Ramsey en su silla, abatido por al avión, muerto aunque no muerto todavía, cuando Keith intenta salvarlo. El Corán y la iglesia. los guerrilleros islámicos muertos, los mártires de sus creencias, las víctimas. Otro mundo nació o se reveló ese día. Y DeLillo no lo evoca en vano.
Un libro magnífico. Una prosa que dice tanto de nuestro tiempo como esa fotografía del hombre del salto, a la vez espanto y belleza.
Don Delillo, El hombre del salto, Barcelona, Seix-Barral, 2007 (Traducción de Ramón Buenaventura).
Las series literarias de RTVE
Hoy leo esta noticia en EL PAÍS: "El archivo histórico de RTVE se abre para los internautas con todo un icono de las series españolas, Los gozos y las sombras.Por medio de una encuesta en la Red, RTVE ha propuesto a la audiencia escoger entre varias de sus producciones clásicas, y la serie dirigida por Rafael Moreno Alba, que lanzó a la popularidad a Charo López y Eusebio Poncela, venció con un 32% de los votos. De este modo, y desde hoy, rtve.es colgará los 13 capítulos de la serie, a razón de una entrega diaria, de lunes a viernes, en la sección ’TVE a la carta’, donde quedarán permanentemente a disposición de los internautas".
Si RTVE fuera o fuese como la BBC, no colgaría esta serie, basada en la famosa trilogía de Gonzalo Torrente Ballester: se gastaría cuatro millones de euros en hacer una nueva adaptación, como hizo la BBC con su más reciente Jane Eyre. Pero no, RTVE sigue en sus trece: no versiona literatura ¡Con lo que se podría conseguir con las Leyendas de Bécquer, o con las Novelas Ejemplares, si hubiese una voluntad educadora! Pero tenemos una televisión Española que no tiene ninguna vocación por la cultura. Si Jane Austen o las hermanas Brontë, Shakespeare, Elizabeth Gaskell, Wilkie Collins, Thomas Hardy, Conan Doyle o Evelyn Waugh son tan familiares para los ingleses es gracias a la BBC, que ofrece nuevas versiones de sus obras periódicamente: ahí tenemos el ejemplo de Jane Eyre, versionada excelentemente en 1973, 1983 y 2006. La literatura española no tiene nada que envidiar a la inglesa, pero la televisión, sí.
No contamos con grandes guionistas-adaptadores como Andrew Davies o Sandy Welch, no porque no pudieran existir en España, sino porque no se les ofrecen estos trabajos. Guionistas, haylos. Y actores, y grandes fotógrafos. Escenarios: haylos. Falta voluntad.
Infancia e infierno

Para escribir un comentario como éste debería inaugurar un nuevo tema en este blog con el nombre de ’Citas de libros’, pero no voy a hacerlo. De hecho, ya alguna que otra vez he puesto citas de libros (recuerdo una sobre la casa, de Pascal Quignard), y seguramente esta cita de hoy tampoco será la última.
¿Y por qué Bernhard, hoy? ¿Cuando es primavera, el curso se acaba, yo estoy razonablemente feliz, mis orquídeas florecen lujuriosamente, acabo de leer el magnífico libro de Robertson Davies, Ángeles Rebeldes, y tengo un fin de semana perfecto en perspectiva? Pues porque el alma humana está llena de misterios.
Bernhard es el oscuro. El hijo de Kafka (aunque bien podría ser su padre); en su literatura, la soledad y de la obsesión circulan por el laberinto; es un pesimista sarcástico y se burla cruelmente de todo lo respetado y respetable. En Maestros antiguos , que es también el único sitio de su literatura donde nos habla de ese ser que él amó y que perdió ( y lo hace maravillosamente, sin desvelarnos nada, sólo diciendo lo que dice... que es lo que hay que decir cuando se vive o se muere esa experiencia aterradora), nos cuenta la historia de un hombre que a días alternos se sienta en una sala del Museo de Arte de Viena para contemplar un cuadro de Tintoretto. Reger es observado y reseñado por un narrador (Atzbacher), que testifica no sólo lo que ve, sino lo que piensa Reger, y no sólo lo que piensa sino lo que cree que dice o dice al vigilante de la sala Bordone, Irrsingler. Reger escribe para The Times, pero en realidad y fundamentalmente, observa el cuadro de Tintoretto, El hombre de la barba blanca. Delante de ese cuadro es donde encuentra la temperatura ideal para pensar y escribir, e incluso para beber un vaso de agua.
La prosa de Bernhard me envuelve:
" Mi padre era un hombre sin sentido musical, dijo, mi madre tenía sentido musical, según creo, incluso mucho sentido musical, pero con el tiempo su marido le había quitado la musicalidad. Mis padres eran un matrimonio espantoso, dijo, se aborrecían en secreto, pero no podían separarse. La propiedad y el dinero los mantenían unidos, ésa es la verdad. Teníamos muchos cuadros, bellos y costosos, colgados de nuestras paredes, dijo, pero durante decenios no los miraron una sola vez, teníamos muchos miles de libros en las estanterías, pero durante decenios no leyeron ni uno solo de esos libros, teníamos un piano Bösendorfer, pero durante decenios nadie lo tocó. Si la tapa de ese piano hubiera estado soldada, no se hubieran dado cuenta en decenios, dijo. Mis padres tenían oídos, pero no oían nada, tenían ojos, pero no veían nada, sin duda tenían un corazón, pero no sentían nada. En medio de esa frialdad me críe yo, dijo. Toda mi infancia no fue otra cosa que una época de desesperación. Mis padres no me querían y yo tampoco los quería. No me perdonaban el haberme hecho, en toda su vida no me perdonaron el haberme hecho. Si existiese el infierno, y naturalmente que existe el infierno, dijo, entonces mi infancia fue el infierno. Probablemente la infancia es siempre un infierno, la infancia es el infierno, da igual qué infancia sea, es el infierno. La gente dice que ha tenido una hermosa infancia, pero sin embargo fue el infierno".
Cadencia. A veces la literatura es eso; ritmo respiratorio de las palabras. Verdad airosa.
Thomas Bernhard, Maestros antiguos, Alianza editorial, Madrid, 1999. (Versión española de Miguel Sáenz).
La elegancia del erizo, de Muriel Barbery

Mi compañero de Departamento, Gonzalo, me ha regalado esta deliciosa novela francesa. No se trata de nada especialmente profundo o logrado desde el punto de vista narrativo, pero sí es una historia peculiar, la del encuentro de tres personas ’diferentes’: la portera del edificio sito en el 7 de la calle Grenelle, Renée Michel, lectora insaciable y erudita oculta; Paloma, la niña superdotada de los Josse, y el japonés Kakuro Ozu.
Lo de menos son las disquisiciones de la portera sobre temas filosóficos (la autora es filósofa). Lo más interesante resulta el entramado que se forma entre esos ’exiliados’, entre los que podemos incluir a Manuela, la criada portuguesa, única amiga de la señora Michel.
La historia de esta amistad, basada en la exclusión del mundo burgués, no pasa de la superficialidad. La niña quiere suicidarse y quemar el inmueble, la señora Michel quiere esconderse de los otros tras la apariencia anodina de una portera ’normal’, porque no quiere ser molestada en sus estudios; Kakuro, a través de su amor por Tolstoi, reconoce a Renée como una igual (en su diferencia), y es la única habitante del inmueble que le interesa, aparte de la estudiosa de japonés y niña superdotada, Paloma, con quien establece una alianza.
Desde el punto de vista puramente narrativo, la obra no ofrece sorpresas más allá de una variación del punto de vista bastante predecible.
Es una novela que ganó el premio de los libreros franceses en 2007 y vale la pena leerla. Es entretenida, tierna e irónica.
Muriel Barbery, La elegancia del erizo, ed. Seix Barral, Barcelona, 2008. (Traducción de Isabel González- Gallarza).
El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez

Releer la novela que a Gabriel García Márquez y a mí nos parece su mejor obra, al anochecer, mientras que por las mañanas me dedico a la narrativa femenina del XIX inglés, puede sonar esquizofrénico pero ¿a quién le importa? El mundo de los lectores es así de contradictorio y conflictivo.
¡Cómo he disfrutado! He pasado las mañanas en los páramos de Yorkshire, escuchando a Catherine Earnshow llamar a Heatchcliff con desesperación, mientras que por las noches he paseado por esa ciudad colombiana agobiante de calor, en la que el río resulta ser el mejor camino para un amor eterno, un amor que sobrevivió a su propia hecatombe con la singular obsesión de Florentino Ariza por la esquiva. cambiante, extraordinaria Fermina Deza. Todas las tardes, desde que volvió de Europa, he acompañado al doctor Juvenal Urbino en sus visitas médicas, y me he rendido por fin a los encantos de la señorita Lynch anhelando que Fermina no oliera las ropas del doctor y no descubriera su secreto. He jugado al ajedrez con Jeremiah de Saint-Amour y he ido y venido con las ciento cuarenta y tres cartas que Florentino Ariza escribió durante un año a Fermina tras la muerte de su marido. He temido que ella quemase las cartas sin leerlas. Me he alegrado de que no lo hubiese hecho, y de que, tras cierto tiempo, esas cartas obtuvieran una respuesta. He visitado con ella la hacienda de Hildebranda Sánchez, me he escondido en los lavabos con las primas a fumar los cigarrillos prohibidos, y he buscando con la vista los extintos manatíes en esa travesía que acabaría siendo perpetua, una travesía de toda la vida, de todo el tiempo que nos queda en este mundo. hasta encontrar al último de todos, abrazado a la madre en aquel rincón del río que también lleva los cadáveres de los muertos del cólera.
No sin un guiño del Plan, he descubierto que Florentino llegó a tener negocios con Joseph Conrad casi cuando (en otro momento), revisaba la obra de Patrice Chéreau, Gabrielle (2005), basada en un relato de Conrad (El retorno) con Isabelle Huppert y Pascal Greggory. Y he encontrado en la película francesa un matrimonio que pudo ser similar al del doctor y Fermina, pero por supuesto sin el incidente adúltero.
Con cuánto amor, con cuánta exacerbada enajenación vive el lector en unos cuantos días ese relato que abarca más de medio siglo de obsesión y de locura, y con cuánta curiosidad vemos a Florentino en brazos de todas esas amantes que no pudieron sustituir el perfume evanescente de Fermina en su alma. Qué pena nos da Escolástica, qué lágrimas vertemos por el inocente y turbio amor de la niña América Vicuña, verdadero antecedente de la niña adorada de Memoria de mis putas tristes . Todo libro nace mucho antes de ser escrito y América está aquí prefigurando aquella adolescente dormida de la nouvelle de 2004*.
Gabriel García Márquez El amor en los tiempos del cólera. Mi edición es de La Casa de las Américas, Cuba, 1986, pero naturalmente, hay otras mucho más recientes, como Barcelona, Mondadori, 2008.
* Gabriel García Márquez, Memoria de mis putas tristes, Barcelona, Mondadori, 2004.
Dinero y amor: Catherine Earnshow y Jane Eyre

Algunos especialistas opinan que el otro yo de Jane Eyre, aquel que está al otro lado de su espejo, es Bertha Mason, la esposa escondida en el tercer piso de Thornfield Hall. Incluso algunos, haciendo uso de estudios psicoanalíticos claramente anacrónicos con la novela de Charlotte Brontë, han señalado que Bertha es la sensualidad que Jane no se atreve a dejar salir y que encarna su violencia y su rabia (ocultas) ante la sociedad patriarcal de la época. Bertha, según estos investigadores, lleva a cabo todas sus acciones en reacción directa a los temores y a las fobias sexuales y pasionales de Jane. Estas elucubraciones siempre me han parecido absurdas. En cambio, Catherine Earnshaw sí puede ser considerada la anti-Jane. Doy por supuesto que ambas hermanas, Emily y Charlotte, guardaron para sí la creación de estos extraordinarios personajes femeninos mientras los escribían en la vicaría de su padre, Patrick Brontë. En primer lugar, el escribir es siempre una cosa demasiado íntima para ser considerada como tópico en una conversación familiar, y más todavía cuando sabemos que Emily era extraordinariamente reservada, casi de una manera autista y Charlotte sin duda lo fue también. Por ejemplo, en sus cartas a su mejor amiga, Charlotte jamás mencionó la creación de Jane Eyre. Es como si no la estuviese escribiendo: queda al margen de sus confidencias.
Para mí, la anti Jane Eyre es Catherine Earnshow, de Cumbres Borrascosas. Cathy es inmisericorde, es ambiciosa, es egoísta, es monstruosamente manipuladora, es coqueta y tiene un corazón desgarrado que vacila entre Edgar Linton y Heathcliff, y que a los dos daña, dañándose antes (y en primer lugar), a sí misma. Cuando está a punto de morir, y ante los reproches de Heatchcliff, Cathy reconoce que ella misma ha sido ’el ministro de su mal’ (como dijera Francisco de Aldana), pero no permite que ninguno de los dos amantes se quede sin su buena ración de insuperable sufrimiento. Hay un ingrediente tremendamente destructivo en Catherine, al margen de su ambición: " ¡Entre tú y Edgar habéis destrozado mi corazón, Heathcliff, y los dos venís a mí para lamentaros de lo sucedido, como si fuerais dignos de compasión. Pues no pienso compadeceros, ya lo creo que no, Me habéis matado...".
Jane Eyre, en cambio, desde el momento en que se enamora ( contra su propia voluntad), de Edward Rochester, se entrega exclusivamente a este amor sin pensar jamás en otra cosa que no sea él. Y aunque, en el último tercio del libro, se ve tentada por St. John Rivers para entregarse a la labor misionera en el ’papel’ de su esposa, ella sabe que no puede hacerse amar por este hombre frío y duro, que sólo quiere entregarse al amor de Dios. Jane reconoce ante Diana que quizá, debido a las cualidades de St. John, podría en algún momento llegar a amarlo, pero sabe que ese amor se asfixiaría en sí mismo, pues él jamás podría corresponderla como lo había hecho Rochester. Y entonces Jane sería víctima de un sufrimiento insoportable. Por ello ofrece a St. John el único sacrificio que podría hacer por él: acompañarlo en su misión a la India, pero como una igual, no como una esposa. Es curioso que ella se plantee esto como un dilema con relación a Rivers y no con relación a Rochester, porque en general, la esposa decimonónica es, por definición, inferior al marido. Deja de tener autonomía económica (ya que él será el dueño de todo lo que posea), será su esposa obediente, su propiedad. Por ello, Jane no puede casarse con St. John y en cambio desearía haber podido hacerlo con Rochester, puesto que Rochester la ha amado precisamente como a una igual, mientras que St. John la ve siempre como una subordinada. Desde la segunda conversación, Edward le deja claro ’que no desea tratarla como a una inferior’ . Así lo reafirma en la escena de la declaración amorosa: " Así es: somos iguales (...) Aquí está la que es igual a mí, la que será mi segundo ser, mi mejor compañera en la tierra. (...) Te ofrezco mi mano, mi amor y todas mis posesiones"...De modo que Rochester, al revés que los personajes de Cumbres Borrascosas, no contempla la situación de clase como un elemento de dominio.Y una vez que se ha establecido la relación, cuando la señora Fairfaix hace notar a Jane que no debería saltarse su lugar (en el mundo, en la sociedad) aceptando esta desigual relación y Jane transmite esta opinión a Rochester, él responde: "Tu lugar está en mi pecho". Jane no da importancia a esta convención económica o social en ese momento. Su mirada hacia él o hacia Blanche Ingram está desposeída del concepto ’dinero’ o ’clase’. Las prioridades de Jane son morales y éticas y por ellas se guía absolutamente. Ella sabe que es digna de Rochester y que ambos son de la misma condición, mucho más que Blanche, con quien él no tiene nada que ver: "La señorita Ingram no daba la talla para despertarne celos, era demasiado poca cosa". Jane se juzga y se sabe muy superior a Blanche y por ello es incapaz de sentir celos de esa muñeca frívola, aunque sea noble y hermosa y Jane se describa a sí misma como "pobre, fea, obscura y pequeña" (Poor, plain, obscure and little).
Sin embargo, cuando Rochester ha conseguido el anhelado "Sí, Edward, me casaré contigo", él, de manera desconcertante, desea dar constancia de su amor por Jane tratándola como ha tratado antes a su amante, Céline Varens: dándole regalos, intentando cubrirla de joyas, comprándole vestidos y anunciándole que si bien ella ahora lleva las riendas de la situación, después, él la llevará atada a su pecho como lleva la cadena de su reloj. Lo dice en broma, pero realmente, Jane siente en ese momento que él la quiere transformar en otra y pretenderá cosificarla: "Entonces ya no seré tu Jane Eyre". Jane teme la dependencia económica absoluta que después de su abandono de Thornfield, tras el terrible descubrimiento del secreto de Rochester, quedará conjurada por la cuantiosa herencia que recibe de su tío John Eyre desde Madeira. Esta herencia la convierte por fin en igual a Rochester en términos económicos y le permite por fin acceder a su hombre con todas las seguridades que una situación independiente le otorgan.
Catherine Earnshaw reacciona de muy distinto modo. Desde la llegada del "gitano" que su padre ha encontrado vagando sin rumbo ni destino por las calles de Liverpool y que se lleva a su casa otorgándole el mismo nombre que a un hijo ya fallecido, Heathcliff estará marcado por la desigualdad de su nacimiento, misterioso y seguramente infamante. Nelly, la criada de la casa, le dirá en alguna ocasión que, al desconocer absolutamente su origen, puede fantasear con que es, en realidad, el hijo de un príncipe extranjero o de algún desconocido potentado. Pero Heathcliff es y será siempre un marginado, un ser extraño, ajeno: el "otro". Su carácter salvaje y su oscura piel, su violencia congénita no son más que las marcas de esta otredad radical, que se presente ante la agresiva mirada de Hindey, su enemigo radical, su rival natural dentro de la casa. Heathcliff es un ladrón: roba a Hindley el amor de su padre. Y cuando éste muere, el hijo le hará pagar caro esta suplantación ignominiosa para él, rebajándole y humillándole constantemente y estimulando así el caldo de cultivo de la posterior venganza, cuando le robará la casa, el hijo y la poca dignidad que le quedaba.
Cathy y Heathcliff son dos ramas de un arbusto salvaje, expuesto a la violencia de los vientos del páramo y como él indomables; están unidos por un amor asocial, anticonvencional, en el que no puede entrar nadie. Un amor que no puede prosperar en la medida en que Cathy no puede desclasarse, no puede alejarse de la sociedad, ni siquiera en el páramo. Cathy tiene 15 años cuando se da cuenta de que desea ser una señora, poseer trajes bonitos, tener una casa linda, tomar el té...ser, como ella dice, la señora más importante de la comarca, y esto no puede dárselo Heathcliff. De modo que Edgar Linton, a quien aprecia por su elegancia, por su educación, por ser distinto a ella y a Heathcliff, resulta la opción deseada. Sin saber que Heathcliff escucha, Cathy razona que no puede vivir con Heathcliff porque ambos se convertirían en dos vagabundos y dice la frase que condenará a los dos amantes al infierno que vendrá después: " Casarme con Heathcliff me degradaría".
Catherine traiciona así la promesa hecha a Heathcliff: "No te abandonaré nunca, jura que tú tampoco te irás"(...) por el dinero y la refinada vida en la granja de los Linton. De este modo, Cathy hace lo que Jane nunca hizo: dejar de lado sus sentimientos en favor de una ambición económica y social: "Yo soy Heathcliff", le dice a Nelly después de comentarle que ha aceptado la oferta de matrimonio de Linton ¡Qué paradoja! Cathy no es consciente de esta contradicción mortal. En esa misma noche fatídica, Cathy tiene la certeza de que ha obrado mal aceptando a Edgar: confiesa que su afecto por él es como el follaje de los árboles, que cambia con las estaciones, mientras que el amor que siente por Heathcliff es como las rocas del páramo: permanece siempre. Es la ambición la que la hace aceptar esa boda monstruosa que va contra su naturaleza.
La huida del despreciado sólo puede traer consigo la tragedia, que desde el momento en que se concierta la boda entre Cathy y Edgar comienza a rondar tanto Cumbres Borrascosas como la granja de los Linton. Más o menos a los trece años, ella le había reprochado a Heathcliff que no tuviera conversación, que estuviera siempre sucio, que fuera, en suma, un bruto o un salvaje. De modo que él se irá (no sabremos nunca adónde) para volver convertido en un caballero, pero sólo externamente. En su interior no es más que una fiera salvaje, herida de muerte por la decisión equivocada de Cathy Earnshaw.
Cuando Jane abandona a Rochester, lo hace para ser fiel a sus creencias y a sus principios: no puede convertirse en su esposa y por lo tanto, no debe convertirse en su amante. Pero esta decisión la toma doliéndose profundamente por el sufrimiento que va a causarle a él. Y curiosamente, no se siente orgullosa de su decisión: se va contradiciendo su propio corazón, y odiándose por el daño que va a hacerle a Rochester, a quien perdona inmediatamente. Sus sentimientos por él son siempre de disculpa, de comprensión, de pena y sus palabras, al despedirse, son extrañamente paradójicas y desde luego, muy generosas, porque le dice "Que Dios lo bendiga, mi querido dueño. Que Él le proteja de todo mal, le sirva de guía y de consuelo, y le pague todo el bien que me ha hecho".
Cuando Cathy va a morir, víctima del dolor que le produce no poder ser de Heathcliff ni poder amar como debe a Linton, tanto como de un mal parto, dice: " ¡Ojalá pudiera abrazarte hasta que nos llegara la muerte a los dos! -continuó con amargura-. No me importaría que sufrieras. No me importan nada tus sufrimientos ¿Por qué no has de sufrir? ¡Yo lo hago! ¿Te olvidarás de mí, serás feliz cuando yo esté bajo tierra?".
Cathy anuncia que nunca descansará en paz. Catherne está en las Antípodas de Jane y es, desde mi punto de vista, su verdadera imagen inversa en el espejo.
Emiliy Brontë, Cumbres Borrascosas, Siruela, Madrid, 2007 (Prólogo de Alejandro Gándara, traducción y notas de Cristina-Sánchez Andrade)
Chesil Beach, de Ian McEwan

Aunque resulte una confesión atroz, diré que me he identificado con Florence, como creo que muchas mujeres de generaciones pasadas pueden hacer. Para nosotras, el sexo fue al mismo tiempo una conquista y un calvario.
El libro de Ian McEwan indaga en las profundidades de aquellas generaciones que se debatieron entre la moral victoriana, todavía vigente (no puedo evitar la sonrisa - tal vez nostálgica-, cuando recuerdo las condiciones de los noviazgos de los años sesenta: chaperoneados, vigilados y reprimida toda libertad) y la nueva moral sexual a la que, inevitablemente y a veces con muchos problemas, íbamos incorporándonos.
McEwan, con su prosa seductora,, intoxicante, hechizante, nos lleva por esos vericuetos tan oscuros como reales: miedos y terrores, fobias y huidas hacia adelante, frigideces e inexperiencias drámaticas, que en el caso de su historia llevan al fracaso total de una relación.
Este libro es la historia claustrofóbica y detallada de un homicidio: el del placer.
Se trata de una obra terrorífica por su verdad. Exquisitamente escrita, porque hablamos de uno de los mejores escritores actuales.
Cómo se puede escribir hoy día una obra como esta si no es situándola en el pasado.
El último momento romántico de Occidente: los años sesenta.
Absolutamente recomendable.
Ian McEwan: Chesil Beach, Barcelona, Anagrama, 2008 (Trad. de Jaime Zulaika).
Jane Eyre y Edward Rochester: el primer encuentro y las dos primeras conversaciones

No voy a descubrir el Mediterráneo cuando digo que Jane Eyre es una de las grandes novelas decimonónicas, junto con Madame Bovary, Los miserables, Cumbres Borrascosas, Ana Karenina, La Regenta o la menos conocida pero extraordinaria La Desheredada, de Benito Pérez Galdós.
La originalidad de Jane Eyre resalta en este contexto, porque es una mujer que no asume el papel de ’víctima’ de su tiempo o de su sociedad, ni siquiera de sí misma, que podemos atribuir a las demás protagonistas de las novelas mencionadas.
Jane Eyre no sólo no se hunde en la miseria social, moral o económica como las demás heroínas: no sucumbe a un destino fatal. Por el contrario, Jane Eyre se erige dueña de su persona y de su destino, crea su propio valor al margen del amor que concibe y que centra su vida y al que tiene el valor de abandonar por sus principios. Jane, después de su personal travesía del desierto, en los páramos, huyendo sin un penique, sin abrigo, sin nadie, es capaz de regenerarse en compañía de los hermanos Rivers, es capaz de buscar una nueva identidad como profesora rural, de enaltecer su oficio y a sus alumnas, chicas empobrecidas de los alrededores. Es capaz de despertar la admiración de Saint-John Rivers, y una vez ha heredado de su lejano tío de Madeira, es capaz de rechazar a Saint-John y volver a buscar a su amor: Rochester. Una vez a su lado, desaparecido el obstáculo que significaba Bartha Mason, Jane se erigirá en el pilar sobre el que Edward Rochester fundará su vida: ella es la mujer fuerte, ella la que tiene la llave de la verdad, de los principios, de la felicidad y de la regeneración.
Esta historia de redención tiene una base sólida: las conversaciones entre Jane Eyre y Edward Rochester. Es ahí donde el personaje de Jane toma forma ante nosotros, lleno de coherencia y de valor. Y es ahí donde averiguamos el porqué Rochester, desilusionado, quemado, amargado y ’maldito’ (tal como él se define), puede descansar por fin y soñar en la felicidad al lado de ese ’ser élfico’, ’casi sobrenatural’ que es Jane, y que en su primer encuentro ’hace caer’ a Rochester del caballo, tal como San Pablo ante la revelación de Dios. Rochester tendrá también una revelación, aunque no en ese momento, a pesar de que más tarde diga a Jane sobre su extraño encuentro en Haylane: ’Yo necesitaba ayuda, y ayuda recibí...de esta pequeña manita".
El encuentro entre Rochester y Jane resulta extraordinario por la carga reveladora que encierra. La primera conversación, cuando él cae del caballo y se tuerce el tobillo, revela la fuerza de Jane y la ambigüedad del carácter de Rochester. Ella ofrece su ayuda, él maldice y se queja de su mala suerte al caer, y decide que ella es una hechicera y que ha hechizado a su caballo. Él la cree proveniente de un mundo mágico, alejado de la realidad, extraño y misterioso desde un principio. Y en verdad que Jane es extraña al mundo de él, oscuro y lleno de una agobiante angustia. Jane, a pesar de su bagaje de extraordinarios sufrimientos y soledades es un ser puro, en efecto: ’sobrenaturalmente’ distinto a lo que él está acostumbrado a ver en su mundo licencioso y fatuo. Jane se ha sobrepuesto a su dolor, a su soledad en el mundo: se ha encontrado consigo misma en los años de purgación de Gateshead y de Lowood, gracias a la influencia benéfica de Helen Burns (su ángel, su mejor amiga, muerta casi en olor de santidad), y Miss Temple, su maestra y protectora. A pesar de la crueldad de Mrs. Reed y de Blocklehurst, Jane ha triunfado sobre el rencor y el odio y tiene sus propios principios, alejados del fanatismo religioso o incluso de la falsedad de las convenciones religiosas. Jane ha encontrado su propio camino hacia la pureza. De ahí que Rochester reconozca en ella, tras ese primer encuentro, al ser élfico, puro, superior espiritualmente, que ella, en efecto, es.
Pero Rochester muestra también en ese primer encuentro su amargura, su rechazo, su dureza de espíritu. A pesar de la actitud extremadamente amable de Jane, su respuesta es amarga y está llena de soberbia: esa soberbia que le caracteriza, y que le será arrebatada para siempre tras su castigo. Rochester será humillado. Su error le conducirá hasta alcanzar la humildad al final de la obra.
Retrospectivamente, Rochester recordará aquel encuentro con Jane en estos términos:
"Cuando tomé, aquella tarde helada de invierno, la senda que trae a Thornfield Hall, lugar para mí tan aborrecible, no tenía el menor asomo de esperanza de encontrar entre estos muros nada parecido a la paz, cuanto menos al placer. Pues bien, sentada en una valla del camino de Hay, vislumbré una figura pequeña y solitaria. Pasé de largo, prestándole tan poca atención como al sauce que había al otro lado, sin sentir el más leve presentimiento de lo que aquel encuentro iba a significar para mí, ni de que, disfrazado bajo apariencias andinas, el árbitro de mi vida y mi destino, mi genio del mal y del bien acaba de aparecérseme. Ni tampoco lo sospeché cuando tras el accidente de Mesnour se me acercó con aspecto serio y se ofreció para prestarme ayuda. Aquella muchacha delgadita y de aire candoroso fue, sin embargo, como un jilguero posado en mi pie, capaz de abrir las alas y llevarme en volandas. La traté con rudeza, pero no se marchó; se mantuvo allí con inesperada pertinacia, sin dejar de mirarme y dirigirme la palabra, imbuida de una rara autoridad. Estaba escrito que había de llegarme el socorro por su cauce, y me llegó". p. 474-75.
Tras este primer encuentro, Jane ignora quién es el misterioso viajero accidentado de Hay Lane, hasta que llega a Thornfield Hall y ve allí a Pilot, el perro de Rochester. Al día siguiente, Jane es llamada a tomar el té con el amo, y Rochester, implacable, la somete a un interrogatorio que dará pie a que su interés por ella vaya siempre in crescendo. Jane se ve confrontada con un hombre brusco, sin modales sociales, extraño en todo a ella. Sin embargo, nos dice que se siente a gusto en su compañía, que prefiere esta rudeza a una afectada cortesía: desde el principio, Jane ’entiende’ a Rochester ¿Y Rochester? Edward dirá en la siguiente conversación, que ésta primera lo lleva a desear ’saber más de Jane’. Las respuestas de Jane, y sus dibujos le dejan intrigado: Edward sabe ahora que ella es diferente ¿Pero qué significa esta diferencia para él? Lo descubrirá sólo más tarde, en la tercera conversación.
De momento, debemos imaginar a la joven e inexperta institutriz ante la implacable mirada del señor de Thornfield. No intimidada, sin embargo. Edward le pregunta por su paso por Lowood y se asombra de su capacidad de supervivencia. Se asombra también ante la falta de empatía entre Jane y Blocklehurst, porque asume que ella, tras tantos años en la institución de caridad, ha sido sometida a los dictados del fanatismo de su director. pero Jane desmiente esto categóricamente ’con un frío : ¡No!’ : primera sorpresa.
Las respuestas de Jane no son convencionales, si bien son corteses, pero bajo ellas, Edward percibe de inmediato la originalidad de su espíritu, su falta de convencionalismo. A ello contribuyen poderosamente las tres pinturas que él admira: las tres que califica de ´élficas’. Los especialistas han estudiado pormenorizadamente estas tres pinturas, que son la expresión misma del alma de Jane Eyre y que contienen también elementos proféticos en cuanto a su historia con Rochester. No poseen, dice Edward, la maestría necesaria, pero son muy originales, para una joven estudiante. Cuando él le pregunta si estaba satisfecha de su labor, ella responde, también sorprendentemente para él, que no lo estuvo. que lo que pintó era sólo un pálido reflejo de lo que había imaginado. Rochester termina esta rara entrevista abruptamente y se sumerge inmediatamente en sus más oscuros pensamientos. Sin embargo, la impresión que Jane le ha causado le hará llamarla de nuevo, poco después. La tercera conversación será la definitiva. Cuando termina, Edward ya sabe que Jane es su amada, que lo será siempre. Y toda la historia que viene comienza a desarrollarse ante nuestros ojos, con toda su increíble complejidad.
En esa segunda conversación, Rochester es objetivo de la observación de Jane. Él pregunta, intempesitivamente - ¿Me encuentra guapo, señorita Eyre? Y ella responde impulsivamente - ¡No, señor!. Este comienzo humorístico da pie a que él reafirme su idea sobre Jane: ella es honesta. Sus respuestas no están marcadas por el convencionalismo. Como dirá él mismo más adelante: la respuesta al candor suele ser la hipocresía. Pero Jane no es hipócrita. La tercera conversación comienza de este modo, y prefigura la observación que hará Blanche Ingram acerca de la ’fealdad’ como condición (deseable) masculina. Blanche retomará pues, el tópico, dándole la vuelta y mostrándose ante Rochester como es: una joven mundana que manipula y miente, mientras que Jane, no.
Aquí Rochester ya se define a sí mismo ante Jane y lo hace despiadadamente: sabe que es un pecador vulgar, un hombre que ha pasado de la desesperación a la degeneración por debilidad, que no se ha enfrentado a su abismo para resistir, sino para entregarse a la perdición de su alma. Y sin embargo, Rochester también confía a Jane, en esta extraordinaria segunda conversación, que siente repugnancia por sus errores, que quisiera ser puro y tener ’una memoria impoluta’ como ella. Todas estas confesiones resultan tan sorprendentes como inesperadas, sobre todo si tomamos en cuenta que Rochester y Jane sólo han hablado dos veces más, y si consideramos que él tiene 38 años y ella sólo 18, que él es un hombre experimentado y ella una huérfana sin ninguna experiencia de la vida. Pero ella se presenta ante él como el ser puro que necesita para purificarse. La puerta de su corazón se abre cuando Jane le dice que ’ni siquiera por un salario ella toleraría una insolencia’. Ahí es donde él percibe la pureza inmarcesible de Jane. Ahí queda rendido ante ella. Y también ante su dignidad. Porque Rochester, ante todo, encuentra la dignidad del ser humano en Jane; una dignidad que ha visto tan poco en sus viajes desde las Indias Occidentales hasta su paso por París. Y ahora la cobija bajo su propio techo en la forma de esta pequeña, delgada, extraordinaria jovencita.
Rochester pide ayuda a esta mujer digna cuando le dice que se jacta de ser tan duro como una pelota de caucho, pero que tiene conciencia, y que dentro de esa dureza todavía queda un remanente sensible (¿su corazón?). Le pregunta a Jane -¿Queda aún esperanza? Ella responde -¿Esperanza, para qué? No hay duda de que él habla de su salvación.
Un poco más adelante, ella dice que teme decir estupideces, ya que la conversación se convierte en extremadamente enigmática para ella. Él le responde: -"Si usted las dijera, con ese aire tan suyo, tan serio y grave, yo las tomaría por sensateces".
Es aquí, en esta segunda conversación, cuando él recibe la inspiración: ella será su guía, su estrella matutina, su ángel salvador. Le habla a Jane con enigmas porque no puede ser explícito, pero le confía que a partir de ese momento, sus intenciones han cambiado: piensa pavimentar con buenas intenciones sus antiguos pecados, su antiguo camino al infierno. Sus compañías serán otras, otras sus prioridades. Ella se asusta un poco, pensando en nuevas tentaciones, pero él le asegura que no se trata de tentaciones, sino de inspiración.
El remordimiento no basta, dice Edward, hace falta reformarse. Edward quiere ser feliz, quiere fabricar el placer de la vida como la abeja fabrica la miel en el páramo. Abre los brazos, en una acción sin duda teatral, para abrazar este sueño: sueño de paz, de felicidad y de bondad que representa Jane.
Sin embargo, Rochester tomará de nuevo el camino equivocado, a pesar de todo lo que dice. Ocultará la verdad a Jane (su terrible, indecible secreto), intentará llevársela consigo sin tener derecho a ello. Pero ella los salvará a los dos. Su conciencia, esa conciencia que él denominará ’clara, impoluta, límpida’se impone para conseguir, más tarde, la redención de los dos, una vez unidos para siempre.
Cuando se despiden esa noche, aunque Jane no lo sabe, ya está en el corazón de Rochester para siempre.
Ninguna traducción hace justicia a esta maravillosa obra literaria cuyo lenguaje y cuyos diálogos inigualables tal vez jamás puedan ser vertidos con la debida fidelidad a ninguna otra lengua; pero, puestos a escoger os recomiendo, de todas las ediciones, ésta: Charlotte Brontë, Jane Eyre, Debolsillo, Barcelona, 2003, (Prólogo y traducción de Carmen Martín Gaite).
Esta versión de Jane Eyre para la BBC (1973), a pesar de sus defectos de producción (debidos a la época), es la más fiel al libro, y la que mejor refleja las personalidades de los dos protagonistas principales. Los actores son Michael Jayston y Sorcha Cusack. En esta escena podemos ver escenificada parte de la primera conversación Rochester-Eyre:
Y la segunda conversación, que comienza: -¿Me encuentra guapo, señorita Eyre?
-¡No, señor!
Suite inglesa de Julien Green

Los lectores fieles a este blog habrán podido notar (aunque indirectamente), que estoy en una de mis etapas literarias recurrentes: la literatura inglesa del siglo XIX. Por una revista, me enteré que se había reeditado este libro, en sus tiempos, traducido y publicado por Jesús Aguirre, un hombre cuya cultura enciclopédica sólo podía ser superada por su petulancia (no sólo enciclopédica sino también universal). Pedí el libro, y mi librera, Pilar me lo ha regalado. Es un precioso volumen de tapa dura, bella y cuidada encuadernación, perfecta impresión: en fin, una delicia que se merece este pequeño librito, originalmente publicado en Londres en 1928. Julien Green es un escritor franco-americano, autor de una serie de obras muy interesantes entre las que destacaría su Leviatán, Green fue elegido miembro de la Académie Française. Como Lytton Strachtey, Green posee una gran capacidad de síntesis y mucha elegancia y amenidad, traspasada por el traductor a nuestra lengua con total perfección.
Los retratos que hace Green son perfectos en estilo y en esencia porque consigue capturar los rasgos más singulares de cada uno de los personajes escogidos y nos adentra en su intimidad, en sus penas y delirios y sus miedos o sus fobias. Green nos hace entrar en el alma de cada uno de sus retratados por la puerta de su dolor sin condenarnos a un sólo segundo de aburrimiento: tan límpida y graciosa arde la llama de su prosa.
La Suite comienza con una exploración de la vida y la fama de Samuel Johnson (1709-1784), y lo hace recordándonos la paradoja de que Johnson haya sido conocido por los siglos que han seguido, fundamentalmente, gracias al libro de otro: James Boswell, su fiel biógrafo y no verdaderamente porque su prosa se pueda leer actualmente más que como ejercicio escolar .(Por cierto que la famosísima biografía de Johnson hace poco más de un año que fue reeditada entre nosotros por Acantilado, y ya va por su segunda edición).Green nos retrotrae al momento en que Boswell, entonces de 23 años, conoce a Johnson y decide dedicarle la vida entera. Desde ese momento, ni uno sólo de los momentos de Johnson es un momento íntimo: se vive para la posteridad, para la posteridad de la biografía que >Boswell arma con toda la paciencia y el amor del mundo. Por lo ue toca a Johnson, erudito, luchador, incansable investigador, su nombre ha quedado en el siglo de los Fielding, los Richardson o Goldsmith como el del rey de la literatura inglesa de su tiempo y único autor de esa monstruosa y extraordinaria hazaña que es el Diccionario de la lengua inglesa.
Uno de los primeros libros de arte que compré cuando era una jovencita fue el Matrimonio del cielo y del Infierno de William Blake. La poesía y el arte en hermandad (y el genio). De este ángel o demonio u hombre sólo exteriormente, también se ocupa Green, describiendo su vida en medio de esas alucinaciones místicas o trascendentales, su extraño empeño por ilustrar sus libros con acuarelas y dibujos originales, y por imprimir él mismo esas raras joyas bibliográficas. Blake pertenece a una estirpe muy reducida, muy exclusiva, donde apenas entrevemos a John Donne y a San Juan de la Cruz. Tal vez Rimbaud. Green nos seduce con la descripción de su personalidad incomparable, al tiempo que nos recuerda las obras de Blake que se han perdido, quizá para siempre.
Charles Lamb (poco conocido entre nosotros), Charlotte Brontë ( y el enigma de su vida con relación a su obra), y Nathaliel Hawthorne, ese puritano capaz de conmovernos con La letra escarlatacompletan el volumen. Todos los retratos se ajustan a la línea que ya he señalado: la elegancia, la comprensión del sujeto y la descripción de su mundo más íntimo y más vulnerable.
Se trata de una obra deliciosa, que no hay que dejar pasar si uno es admirador de la literatura inglesa.
Julien Green, Suite inglesa (Trad. Jesús Aguirre), Barcelona, Ariel, 2008. (Ilustrada).
El paseante solitario. En recuerdo de Robert Walser, de W. G. Sebald

Los que amamos el silencio, amamos a a Walser. Wlaser o la literatura del silencio. Walser, afirma Sebald, sólo estuvo unido al mundo de la forma más fugaz. Walser nunca tuvo nada ni a nadie. Pero tuvo la firmeza, la fueza, la obsesión de la escritura.
Yo puedo imaginar cómo esa grafomanía que lo llevó a llenar con su minúscula letra decenas de miles de folios debió constituir para él el único mundo, con su infierno y su cielo.
En este pequeño volumen delicioso, Sebald repasa los avatares de la desdichada vida de Walser y explica de qué forma tan milagrosa su obra se salvó del olvido y pasó a formar parte de nuestro universo. Cuántos Walsers no habrá por ahí, surge la pregunta...
Pero Sebald introduce también un elemento biográfico: la muerte de su abuelo y la de Walser son similares e incluso, Walser y su abuelo se parecen. Murieron el mismo año: 1956. Me resulta curioso este dato, porque, habiéndolo leido miles de veces, al leer a Sebald me he dado cuenta de que cuando yo tenía 6 años, Walser murió. Y me resulta extraño porque al leerlo, siempre me remito a un mundo intemporal, onírico, por lo que me resulta difícil pensar que Walser y yo estuvimos seis años en el mismo planeta.
Lo que más admira Sebald de Walser es su inmensa modestia, su pobreza exterior, su capacidad de asumir el desprecio de los otros.
No hay nada fatuo o prescindible en este libro: es un sincero homenaje a un escritor sincero.
Un pequeño volumen editado primorosamente por Siruela, traducido del alemán por el extraordinario Miguel Sáenz e ilustrado,
Si eres un amante de Robert Walser, este librito te resultará indispensable.
W.G. Sebald, El paseante solitario. En recuerdo de Robert Walser, (trad, de Miguél Sáenz), Siruela, Madrid ( Biblioteca de Ensayo, serie menor), 2007.
Lectura y escuela

Estos días he estado leyendo algunos libros que considero que pueden convertirse en lecturas para mis alumnos de Primero de ESO. Hemos tenido problemas con la Editorial Anaya, porque clásicos que los chicos leían este curso, como El príncipe y el mendigo, de Dickens, Primer amor, de Turguénev o El prisionero de Zenda de Anthony Hope, que pertenecían a la colección Tus libros, han sido descatalogados. Aparentemente, porque la colección está cambiando las portadas duras por unas nuevas, blandas. En realidad, se va imponiendo desde hace mucho la moda de los libros de usar y tirar, libros ’juveniles’ que no tienen sustancia, o que tienen moraleja y carecen de méritos literarios. Libros sin estilo y sin valor, olvidables. Libros que nunca me han interesado como lectura para mis chicos. La idea de que los chicos lean estos librillos y se ’enganchen’ a su lectura por su sencillez y su simplicidad siempre me ha repugnado. Creo sinceramente que aunque los clásicos sean más difíciles, aportan algo, aunque aunque sea una semilla de algo, a las almas de mis criaturas pequeñas.
Ha caído en mis manos una obra de Ian McEwan: En las nubes (Anagrama), que creo que les puede gustar y estoy considerando agregarla a la lista de los libros que pueden leer en el tercer trimestre. Mi librero, Ferran, me ha dicho que le gusta que yo crea en la capacidad de lectura de mis chicos. Si no creyera yo en ella...apaga y vámonos, he pensado.
El libro está narrado por un adulto Peter Fortune, que rememora las metamorfosis que tuvo de los 9 años a los 12, gracias a su imaginación. Convertido en gato, en muñeca mala, en bebé o en adulto, Fortune experimentó en su propio cuerpo tales metamorfosis vivamente, y a través de ellas comprendió el mundo. Su imaginación lo llevaba lejos de la realidad, pero sólo para entenderla. Es un libro hermoso, poético, a ratos terrorífico. Cada capítulo narra una de esas metamorfosis, que finalmente constituyen el proceso de crecer. Crecer poéticamente, creando un mundo tan rico de sensaciones que deja chiquito el mundo real, tan rutinario, tan superficial, lleno de puras apariencias.
El otro libro que he estado considerando es el de Frances Hodgson Burnett, El jardín secreto (Siruela), que narra la historia de una niña decimonónica, dura de corazón y que ha crecido en la India, y que, a la muerte de sus padres, pasa a la tutela de su tío político, un noble jorobado y desdichado cuya vida es un infierno. Trasplantada a la vieja mansión de los páramos, la niña comienza por fin a ser mejor, al calor de la compañía de una criadita cariñosa, primera que la considera como persona, y de su hermano Dickon, conocedor de los secretos de los pájaros y de los animalillos del páramo. Al cabo de un tiempo, Mary descubre la existencia de un primito de su edad, confinado en sus habitaciones. Solitario, privado de amor, como ella. Poco a poco, los niños van creando su propio mundo, y como resultado de ello, ambos se redimen de su dolor, de su abandono, de su enfermedad nerviosa. En el jardín secreto, las plantas florecerán como sus pequeños jardineros. Y la felicidad por fin podrá establecerse en la vieja mansión.
Se trata de una novela que algunos han comparado con Cumbres Borrascosas: gótica, oscura, misteriosa, extraña. Y hermosa.
Por otra parte, en Bachillerato sobrellevamos como podemos las absurdas pretensiones de quienes nos prescriben las lecturas. Y nada menos que nos ordenan leer en el curso de 2º de Bachillerato (Literatura de Modalidad), fragmentos de El Quijote, El caballero de Olmedo, de Lope de Vega, Los pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán y Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Me pregunto con qué criterio ( o ausencia de criterio), se obliga a los alumnos a ’zapear’ por las dos partes de El Quijote en una treintena de capítulos que no siguen la historia, sino que la trocean, haciéndola verdaderamente incomprensible, para luego pasar al inabarcable Lope. Y de ahí saltar al naturalismo español y luego a la literatura hispanoamericana del XX. Me pregunto a quién se le ha ocurrido que la inmensa novela política y psicológica de doña Emilia y la genial obra de Gabo puedan leerse así, en un curso en el que vamos de las jarchas a la literatura contemporánea en 9 meses. Estoy convencida que hay que luchar contra esta tendencia mutiladora de la educación que nos quiere obligar a dar nombres y títulos en una interminable lista sin sentido; que hay que luchar contra la superficial manía de amontonar obras en una frágil tentativa de dar un ’barniz’ de ’cultura’ a los muchachos. Me siento obligada a hacer calas, a profundizar en lo posible, pero ¿cuánto tiempo tengo? Muy poco, pero no quiero hacer una lista de la compra con estas obras.
El programa de Primero de Bachillerato incluye las lecturas de Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura, que es una obra de humor surrealista y con toques racistas que hoy día ya no se entienden: una obrita prescindible; Amor y pedagogía de Unamuno, y las poesías de Antonio Machado. Ah ¡pero el programa de literatura de Primero de Bachillerato no es de literatura del siglo XX! Pequeño detalle que se ha escapado a Ensenyament. De modo que hay que situar estas obras al margen de lo que se está enseñando en el curso. Un despropósito.
Luchamos, en primer lugar, contra el sistema educativo. Para poder dar sentido a esto, para sacar de esto algo valioso y perdurable.
Cinco caballeros románticos que pueden matarte (accidentalmente) mientras duermes
1. Heathcliff (de Cumbres Borrascosas: Emily Brontë)
2. Edward Rochester (de Jane Eyre: Charlotte Brontë)
3. Drácula ( de la novela del mismo nombre: Bram Stoker)
4. Michael Henchard (de El mayor de Casterbridge: Thomas Hardy)
5.El doctor Frankenstein (Mary Shelley)
La televisión pública, una comparación
Dado que esta semana he estado enferma y como no me gusta abundar en este tema (a pesar de que conozco blogs que no hablan de otra cosa que de enfermedades y recetas de forma verdaderamente impúdica), y como tampoco he podido leer a causa de la gripe, he dedicado los ratos de vigilia a repasar las series de la BBC o de la PBS (Public Broadcasting System), y de su Masterpiece Theater: series que adaptan los grandes clásicos de la literatura, preferentemente victoriana. Lo hice a tenor de mi reseña de Jane Eyre: una producción de 2006 que costó cuatro millones de libras y que constó de cuatro capítulos de una hora.
Creo que la televisión pública española ha fallado siempre como vehículo educativo. Nunca se ha planteado como necesario dar una pincelada de cultura a los televidentes. Si se han adaptado obras literarias, ha sido a salto de mata, sin una línea clara, esporádicamente. No creo que se hayan gastado nunca el equivalente a cuatro millones de libras en ninguna serie de estas características.
A bote pronto, recuerdo las adaptaciones de Los gozos y las sombras, de Gonzalo Torrente Ballester, Los pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán, una lejana y creo que barata producción de Fortunata y Jacinta de Galdós, y más recientemente (pero de eso hace ya algunos años), una versión de La Regenta, la obra maestra de Leopoldo Alas, Clarín.
Por tanto, no es extraño que, poseyendo una de las literaturas más potentes de Europa, los españoles ignoren casi todo sobre sus clásicos. Siempre me he preguntado por qué nunca se han hecho versiones televisivas de las Novelas Ejemplares de Cervantes, con lo deliciosas que son, o de las Leyendas de Bécquer (mientras que los anglosajones no han dejado de llevar a las pantallas grande y pequeña a Edgar Alan Poe). Ya no hablo de Lope, Calderón o Ruiz de Alarcón...
En Inglaterra, cualquier ente medianamente avispado sabe quién es Mr, Darcy. Me pregunto cuántos sabrían aquí quién es el Magistral,
La televisión puede llevarnos de la mano hacia la obra. Una buena serie, una buena adaptación es una invitación a la lectura.
En cuanto me he metido un poco a investigar las versiones de Jane Eyre, encuentro que se han hecho, para la televisión y solamente por lo que toca a escritores victorianos, media docena de ambiciosas adaptaciones, todas ellas con sus cualidades y defectos. Veo también versiones de obras de Thomas Hardy (El mayor de Casterbridge, Tess la de los Uberbille), de Emily Bronté, Cumbres Borrascosas, de Anne Brontë, La inquilina de Wildfell Hall; de Jane Austen, varias y hermosas versiones de Emma, de Persuasión, de Orgullo y Prejuicio, de Northanger Abbey, de Sentido y Sensibilidad. También están las adaptaciones de obras del gran Dickens: Nicholas Nickelby, David Copperfield, etc. Todo esto, sólo referido a un período: el de la prosa victoriana que coincide con la del Realismo español. Una época feliz para la literatura española, en la que Clarín, Galdós, Pardo Bazán, Pereda e incluso Valera podrían compararse con cualquier Balzac o Dickens ¿Y qué me dicen de Unamuno? Sus novelas darían maravillosas horas de reflexión y de entretenimiento. Ibsen no era mejor.
Todo esto, me temo, no sólo está relacionado con la falta de una meta educativa en la televisión pública española: también abarca otros campos: está relacionado con la falta de preparación de los actores en el mismo tema. Las obras clásicas españolas, las grandes obras, no son llevadas al teatro. Aquí nadie o casi nadie sabe decir el verso, aparte del bueno de Flotats, criado a los pechos de la Comèdie Francaise y no pocos lo ignoran todo acerca de la literatura española según he podido ver en algún concurso donde exhiben su ignoracia en medio de risas y jaleos (me refiero al programa Pasapalabra, de Telecinco). ¿Y los guionistas, cuya joya de la corona son las series de Telecinco que miran mis alumnos, como Aída o Escenas de Matrimonio? ¿Dónde estarían los guionistas para las grandes adaptaciones?
Es preocupante que la televisión pública española no se sienta con la obligación de instruir deleitando, como quería Horacio.
No educar desde la televisión pública ¿es una estrategia?
N.B:El clip es de Jane Austen, Northanger Abbey (2008) No he podido poner ningún video de serie española, porque significativamente ¡NO HAY NINGUNO en Youtube!
Comentario a las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, por Carlota Blanch
Antes de las vacaciones, pedí a mis chicos de Modalidad de Literatura que me pasaran a documento sus exámenes de comentario de texto. Los poemas eran variados: desde estas Coplas hasta sonetos de Garcilaso o Francisco de Aldana. Carlota Blanch ha sido la primera en hacerlo, y aquí os dejo su comentario. Creo que para otros estudiantes puede ser útil. Demuestra también la calidad de los textos que pueden producir nuestros alumnos.
Si queréis verlo a pantalla completa pinchad en el icono (abajo a la derecha) de la presentación para ir a la página web y una vez ahí, clicad en Full.
Lecturas para el puente

A lo que iba: aparte de tener una montaña de exámenes de diverso pelaje y categoría, estoy a medias con un libro de Bartolomé Bennassar, Reinas y princesas del Renacimiento a la Ilustración. El lecho, el poder y la muerte, publicado por Paidós, Barcelona, 2007 (trad. de Núria Petit). La historia de las mujeres en el poder o en sus aledaños es siempre apasionante y aleccionadora, porque hay tantos tópicos que es necesario desterrar...
Esta tarde me he comprado El gran duque de Alba de William S. Maltby, editado por Atalanta (o séase, Siruela), en Girona, 2007 (trad. de Eva Rodríguez Halffter). El libro me permitirá, además, saber un poco más sobre la amistad que mantuvo Garcilaso con este extraordinario personaje, virrey de Nápoles y gobernador de Flandes y protagonista muy principal de la famosa leyenda negra.
Es imposible profundizar en la Literatura sin la ayuda de la Historia. Siempre he disfrutado con ella, como con la mejor novela.
Ya os contaré.
Antonio Machado, sobre la pérdida de Leonor

La muerte de mi mujer dejó mi espíritu desgarrado. Mi mujer era una criatura angelical segada por la muerte cruelmente. Yo tenía adoración por ella; pero sobre el amor, está la piedad. Yo hubiera preferido mil veces morirme a verla morir, hubiera dado mil vidas por la suya. No creo que haya nada extraordinario en este sentimiento mío. Algo inmortal hay en nosotros que quisiera morir con lo que muere. Tal vez por esto viniera Dios al mundo. Pensando en esto, me consuelo algo. Tengo a veces esperanza. Una fe negativa es también absurda. Sin embargo, el golpe fue terrible y no creo haberme repuesto. Mientras luché a su lado contra lo irremediable me sostenía mi conciencia de sufrir mucho más que ella, pues ella, al fin, no pensó nunca en morirse y su enfermedad no era dolorosa. En fin, hoy vive en mí más que nunca y algunas veces creo firmemente que la he de recobrar. Paciencia y humildad.
Antonio Machado, Prosas dispersas (1893-1936), Madrid, Páginas de Espuma, 2001, pp. 340 y 343.
(Leonor se casó a los 15 años con Machado, que tenía 34, y murió tres años después, de tuberculosis).
Palabra y silencio

Decíamos ayer, hablando del silencio de los textos, de lo que Wolfgang Iser llamó los blancos del texto, eso que no se dice, pero está, está debajo del texto, está en estado subyacente, callándose (y en ese silencio nos habla), que es lo que importa de los textos. Y del arte en general. Lo que importa, no está. No está evidenciado. Está detrás, debajo, dentro.
Dos fragmentos:
La escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa como nada pasa en la vida, nada, excepto eso, la vida.
(Escribe Vila-Matas que escribió Marguerite Duras en París no se acaba nunca, Anagrama, Barcelona, 2003, p. 215).
Guardavo l'orizzonte, e il lago, ancora non sapevo que anche su quel lago ci sarabbe stato un collegio per me. Mangiavo una mela e camminavo. Cercavo la solitudine e forse l'assoluto. Ma invidiavo il mondo.
Fleur Jaeggy, I beati anni del castigo, Adelphi Edizioni, Milano, 2003 (5ª ed).
Sabato y el ciego de las ballenitas

Postdata: el Hotel de Suède

Vila-Matas, Axel Munthe y yo

Como a tantos escritores que amo, a Enrique Vila-Matas lo tenía abandonado desde el deslumbramiento que me causó la lectura de Bartleby y compañía. Hay tanto en común a veces, con ciertos escritores, que me asusto, me coge un escalofrío. Lo dejo, pienso: ya te veré luego.
Pero Exploradores del abismo me llamó. A este libro me unen Paul Auster, Sophie Calle y París, ciudad en la que estoy convencida que he vivido, aunque mi tentativa más seria tuvo lugar en 1973, cuando estuve a punto de quedarme en aquel hotelito de la Rue des Écoles para iniciar la carrera de letras en la Sorbona. Pero ignorar el francés me echó para atrás, me dio pereza pasarme un año aprendiéndolo, y finalmente decidí cambiar el rumbo y venir a Barcelona. Mi historia habría sido otra.
El caso es que, retomando la lectura de Vila- Matas con Exploradores del abismo, y habiéndome quedado verdaderamente satisfecha con el relato sobre Sophie Calle y lo que NO le pidió a Vila-Matas en un café de París que no es el que suelo frecuentar (yo soy del club de los del Deux Magots aparte del de Ocata), seguí con el Doctor Pasavento, libro que había comprado oportunamente pero que por las precauciones ya mencionadas más arriba no había abierto, y lo abrí.
Lo abrí y me encontré de manos a boca con la calle Vaneau, en donde me alojé, justamente, la última vez que viajé a París, y donde, naturalmente, también se había alojado Vila-Matas. Esto no es ninguna coincidencia, puesto que fue precisamente por saber que ahí se había alojado, y que ahi había vivido Saint- Exúpery, que me alojé en el hotel antes dicho. Hasta aquí, todo normal. Pero ahora, avanzando en el libro, me encuentro con Axel Munthe y con la villa de Nápoles, la villa que Axel compró, en donde había vivido el emperador Tiberio.
Munthe es el autor de una obra que amé tempranamente y que vino a ser como mi libro de cabecera cuando yo tenía 12 años. Me lo regaló mi primera maestra de literatura, Consuelo Coronado, a quien yo adoraba, y que creía, acaso ingenuamente, que yo iba a ser una famosa escritora mexicana. Ni fui escritora, ni sé ya si soy siquiera mexicana.
Pero el caso es que el libro de Munthe me ha seguido a todo lo largo de mi existencia, y yo lo he regalado a una persona que antaño me importaba. No hace tanto. Y ahora, Vila-Matas me lo trae a colación, ahora que leo su Doctor Pasavento con retraso.
Bueno, me resulta escalofriante, así. sin más.
Porque uno no puede confiar en el azar, ni siquiera en que las afinidades sean azarosas. Hay un camino, un sendero oculto, pero esplendorosamente claro, que me lleva desde mis doce años vividos en Coyoacán, con el libro de Munthe bajo el brazo, hasta esta habitación en donde a mis 57 años, leo a Vila-Matas que escribe sobre Axel Munthe. Y ya sólo me resta saber hasta cuándo sigo con ellos o hasta dónde me lleva ese sendero.
Enrique Vila-Matas, Exploradores del Abismo, Anagrama, Barcelona, 2007.
Doctor Pasavento, Anagrama Barcelona, 2005.
Axel Munthe, La historia de San Michele, ed. Juventud, Barcelona.
De la Autobiografía de Jorge Luis Borges
"Al preparar El Hacedor ya había comprendido que escribir de manera grandilocuente no sólo es un error sino que es un error que nace de la vanidad. Creo con firmeza que para escribir bien hay que ser discreto". La colección Découvertes de Gallimard

Últimamente me he aficionado a la colección Découvertes de Gallimard. Son libros de divulgación y están muy bien ilustrados. Los autores son conocidos especialistas de los temas que tratan y su precio es muy asequible.
Hay en ella libros de arte, biografías de artistas, incluidos los literatos, Historia y en general, Humanidades. Los libros son pequeños, pero incluyen de 200 a 300 ilustraciones perfectamente explicadas, así como textos muy útiles y una última parte de Apéndices (con trascripción de documentos, muy acertada, en mi opinión).
De los que he leído últimamente, recomiendo:
* Les miroires du Soleil, de Christian Biet, que habla de los artistas que poblaron la corte de Luis XIV. No sólo habla de los autores teatrales (Molière, Recine, Corneille), o de los músicos Jean-Baptiste Lully, Charpentier (sobre quien, por cierto, he comprado un DVD espléndido), sino también de los arquitectos e ingenieros que hicieron de Versalles el lugar de ensueño que fue durante aquel Gran Siglo. También habla del contexto cultural y social que hizo posible que el gran sueño de Versalles se hiciera realidad.
* Henri IV Le règne de la tolérance, de Jean-Paul Desprat y Jacques Thibau, en el que se nos describe el reinado del hugonote que terminó por ser el mejor rey que tuvo Francia y fue el fundador de la dinastía borbónica. Desde su nacimiento en el reino de Navarra hasta su asesinato, pasando por la terrible noche de San Bartolomé, su matrimonio con Margot de Valois, la muerte de sus parientes Valois (Catalina de Médicis y sus tres hijos, los reyes Francisco II, Carlos IX, Enrique III y el duque D’Alençon, que no llegó a reinar), y el asesinato de Enrique de Guisa, quizá su más potente enemigo y lider de la Liga Católica. Sus leyes, sus tratados, que devolvieron a Francia la paz que parecía perdida después de esas guerras civiles y religiosas cuya crueldad no ha sido superada.
* Georges de La Tour. Histoire d’une redécouverte, de Jean Pierre Cuzin y Dimitri Salmon, En el pequeño y muy bien ilustrado volumen se nos explica cómo, después de haber sido en su tiempo un pintor muy famoso, Georges de la Tour fue completamente olvidado por la historia del arte, hasta tal punto que su nombre era desconocido a finales del siglo XIX, y algunas de sus obras se habían atribuido a Le Nain o a algún pintor holandés o flamenco, aun cuando el estilo y el sujeto pictórico levantaba olas de admiración. (Hablo, entre otros, del caso de El recién nacido del museo de Rennes, admirado desde 1794, pero cuyo autor era ignorado hasta que llegó Hermann Voss que comenzó a investigar hacia 1915 y dio con el nombre y las referencias de Georges de la Tour). El libro narra lo que a partir de ahí fue sucediendo: los hallazgos y las atribuciones, el redescubrimiento de la obra hasta llegar a la gran exposición que el Louvre dedicó al gran pintor en 1997. Como sabéis, de la Tour es uno de mis pintores favoritos, con Vermeer y Gaugin o Lucien Freud.
Las golondrinas de Kabul, de Yasmina Khadra

Ya escribí hace un tiempo sobre Yasmina Khadra. Hoy vuelvo a hacerlo a propósito de Las golondrinas de Kabul, novela en la que Khadra nos revela lo que es vivir bajo un estado totalitario y ciegamente fanático. Fanatismo y ceguera, (perdón por el pleonasmo) que destruyen una ciudad antaño viva, hoy destruida por la guerra y el miedo, en la que las mujeres son tratadas peor que los animales, obligadas a llevar un burka que las despersonaliza y las anula, lapidadas por causas inversímiles o sometidas en todos sus actos. Lugar donde los hombres son despojados de su vida, de su libertad para actuar, para creer, para sentir. Lugar donde hay sólo dos salidas: la locura o la muerte. El régimen talibán es descrito en todo su horror. Las ejecuciones sumarias, las lapidaciones, la anulación de la voluntad individual, la prohibición de la felicidad: todo eso ocurre en la novela de Khadra.
Dos parejas, la de un carcelero y su mujer, enferma terminal, y la de un antiguo intelectual y su mujer ex-abogada, que prefiere ocultarse en su casa antes que ser denigrada con el uso público del burka, confluyen en la historia. Historia que sólo puede tener un final, el de la aniquilación.
Novela bella, sobre todo en sus primeras páginas, novela terrible. La poética del horror: la verdad escrita en estas páginas cuya melopea puede ser escuchada en todos los lugares donde haya un régimen totalitario. Sin llegar a ser metafórica, como El informe sobre ciegos de Sabato, y sin el moralismo de Saramago, es una novela imprescindible.
Yasmina Khadra, Las golondrinas de Kabul, Alianza Editorial, Madrid, 2003 (Traducción de María Teresa Gallego Urrutia).
Tala, de Thomas Bernhard

Thomas Bernhard es otro de mis escritores favoritos. Un hombre con un discurso en espiral, con un estilo repetitivo y obsesivo, amargo y profundamente irónico.
Después de un largo periodo de tiempo (mi última referencia sobre un libro suyo es de hace más de un año), escojo, de entre los libros que tengo, Tala, monólogo sobre la falsedad o la representación, sobre el tiempo y sus estragos, sobre la ausencia y sobre la soledad, también sobre la farsa social.
La voz narrativa es siempre, en todas las obras de Bernhard, omnipresente y exclusiva y corre acelerada y sin descanso hacia su propia extinción, hasta el final de la obra. No podemos juzgar los hechos ni las sensaciones si no es a través de esta voz, que fácilmente puede confundirse con ese personaje, también llamado Thomas Bernhard, que se inventó Thomas Bernhard, ése que estudió música en el Mozartorum, que cantó con una voz de barítono-bajo y que despreció olímpicamente todo lo relacionado con Austria y especialmente con Viena.
En Tala ese narrador, nacido en Salzburgo, habitó varios años en Londres, huyendo de la odiada Viena, pero una vez vuelto a la capital austriaca paseó una y otra vez por aquellos sitios por donde necesariamente tenía que encontrar alguna vez a algunos antiguos amigos a quienes de ningún modo quisiera volver a ver.
La obra comienza el mismo día que recibe la noticia de que una gran amiga suya se ha ahorcado en su casa paterna y encuentra, mientras pasea, a los Auersberger , que no solamente le vuelven a dar la triste noticia (que ya conocía a través de la mejor amiga de la difunta), sino que lo invitan a una de sus cenas artísticas, y él acepta. Todo lo que sigue es lo que pasó y no debería haber pasado, pues el haber aceptado esa invitación iba en contra de su voluntad y de su deseo.
Sobre esta base, el discurso del narrador se establece desde un sillón de orejas en la casa de los Auersberger, mientras espera la cena y durante la cena artística.
En el monólogo primero -y después en la transcripción del monólogo de un actor del teatro de Viena que ha tenido gran éxito en el papel central de El pato salvaje de Ibsen, al que tienen que esperar hasta las doce y media de la noche-. el narrador nos expresa el asco y la visceral repugnancia que le despierta la sociedad artística vienesa, su desprecio por los snobs que la conforman, su rechazo a ese mundo que vivió intensamente en su juventud, idea que repetirá de nuevo, cada vez profundizando o extendiéndola más, y que complementa la descarnada descripción de ese matrimonio formado por un músico "seguidor de Webern" y su esposa de la baja nobleza rural de Estiria, y el ridículo intento de ambos de actuar como aristócratas verdaderos y como verdaderos artistas, cuando no son ni una cosa ni la otra.
El mal gusto y la presencia de una antigua amiga (la versión vienesa de Virginia Woolf según se califica ella misma), aumentan el asco y el rechazo del narrador.
"Tenemos una intimidad tan grande con las personas que creemos que se trata de un vínculo para toda la vida, y de la noche a la mañana las perdemos de nuestra vista y de nuestra memoria, ésa es la verdad, pensaba en mi sillón de orejas de los Auersberger" (p. 45).
Con su estilo característico, abunda sobre esto una página más adelante:
" Tenemos una amistad de la forma más intima con unas personas, y creemos realmente que es para toda la vida, y un día nos vemos decepcionados por esas personas que estimamos más que a cualquier otra, incluso admiramos, en definitiva hasta amamos, y las aborrecemos y las odiamos y no queremos tener que ver nada más con ellas, pensaba en mi sillón de orejas" (p.46).
Cuando la obra fue publicada en Austria, fue retirada de las librerías durante unas semanas debido a una demanda presentada por un prócer vienés que se vio reflejado en la narración. En realidad, la narración refleja ese mundo artificioso, opuesto al natural, expresado en el titulo y en una frase que hacia el final de la cena repite el actor: "bosque, monte alto, tala". Mundo al que no escapa el propio narrador, quien se recrimina a sí mismo los mismos defectos de los que acusa a los de la cena artística, La obra concluye con la descripción de este conflicto de amor-odio, atracción-rechazo que bascula siempre en la obra de Bernhard:
"(...) Hubiera sido mejor leer mi Gogol o mi Pascal o mi Montaigne y pensaba, mientras corría, que escapaba de la pesadilla auersbergiana, y corría realmente y con energía cada vez mayor huyendo de aquella pesadilla auersbergiana hacia el centro de la ciudad y pensaba mientras corría que aquella ciudad por la que corría, por espantosa que la encuentre siempre, es para mí, sin embargo, la mejor de las ciudades, esa Viena odiada, siempre odiada por mi, era otra vez de repente para mí querida, mi querida Viena, y que aquellas gentes que siempre he odiado y que odio y que siempre odiaré son sin embargo las las mejores gentes, que las odio, pero son conmovedoras, que odio a Viena y, sin embargo, es conmovedora, que maldigo a esas gentes y, sin embargo, tengo que quererlas y que odio a esa Viena y, sin embargo, tengo que quererla y pensaba, mientras corría ya por el centro de la ciudad, que esa ciudad es sin embargo, mi ciudad y siempre será mi ciudad y que esas gentes son mis gentes y siempre serán mis gentes y corría y corría y pensaba (...)". (p. 187).
Como pasa con otros grandes autores o quizá en mayor grado, la escritura de Bernhard es amada u odiada. Yo la amo, a pesar de que reconozco que no siempre puedo con ella: no siempre tengo la fuerza para soportar su discurso sin pausa, acelerado, crispado, neurótico, y tan verdadero.
Thomas Bernhard, Tala, Alianza Editorial, Madrid, 2002 (Versión española de Miguel Sáenz)
Lola Álvarez Bravo, la primera fotógrafa profesional mexicana
"Busco la esencia de los seres y de las cosas".
El libro de Poniatowska que reseñé hace poco me llevó de la mano hasta la revisión de la obra de esta mujer extraordinaria que fue Lola Álvarez Bravo; en sus inicios, discípula de Edward Weston (por delegación, ya que no llegó a conocerlo durante su estancia en México), y de Tina Modotti, junto a la que creció su amor por ese nuevo arte del siglo XX que es la fotografía. Entre Weston, Modotti, Cartier-Bresson y Manuel Álvarez Bravo, la obra de Lola se mantiene en igualdad de categoría y de calidad plástica y expresiva.
La editorial Turner publica, en colaboración con el Fondo de Cultura Económica, este cuidado libro sobre la vida y la obra de la primera fotógrafa profesional mexicana. Las fotografías a toda página, editadas con primor y gran calidad gráfica. El libro cuenta con un estudio muy interesante sobra la vida y la obra de esta mujer.
Lola Álvarez Bravo había nacido en una familia de la burguesía jaliciense, en Lagos de Moreno, allá por el año de 1907. Fue la primera mujer de otro gran fotógrafo: Manuel Álvarez Bravo, cuya obra también puede ser encontrada en España (Könemann, en edición trilingüe -inglés, francés y alemán-, Nueva York, 1997). Primero en colaboración estrecha con su marido y luego sola, Lola se forjó un nombre y una vida propia; creó y vivió intensamente.
La fotografía de Lola tiene un carácter específico, un estilo personal. Es una fotografía que no descuida el encuadre ni la composición, pero que está abierta a todas las posibilidades de la realidad. Realidad ante la que la fotógrafa reacciona de dos maneras: reflejándola y recreándola con el uso del collage. Lola es una fotógrafa osada, carnal, emotiva.
Me encantan sus desnudos, su autorretrato, así como sus retratos indígenas, como el que aparece en la portada del libro, en la que se aprecia esa capacidad para reflejar la sutileza de la piel y la impasibilidad del gesto misterioso del sujeto.
Lola no se pierde con el psicologismo, sino que muestra al sujeto en contemplación. La mirada no es invasiva sino cómplice. No hay voyeurismo sino participación, espacio común de mirada y mirado.
Lola no es una fotógrafa rural, como lo es Rulfo, testigo de un mundo atávico, extraño, onírico, pasado en su intemporalidad, mitificado, estático, detenido en el tiempo por su Leica. El mundo de Lola es un mundo que ya es contemporáneo, un mundo dentro del tiempo que le tocó vivir, un mundo reconocible, cercano.
En la efervescencia cultural del México de los años veinte, posteriores a la Revolución Mexicana y hasta su muerte en 1993, Lola evoluciona, crece, siempre atenta. En medio de esa clase intelectual internacional e internacionalista que se refugia en México o que pasa por México, su obra sigue siendo un referente no ya de mexicanidad, sino de contemporaneidad. Apartada de la lucha feminista, ella esgrime su profesión y su femeneidad sin sobresaltos: naturalmente. Como ha de ser.
Más allá del estetiicismo que se puede achacar a otros fotógrafos (Weston, Manuel), las fotografías de Lola interrogan a la vida en todas sus manifestaciones privadas y públicas. La vida, multiforme, queda en su cámara, ante nuestros ojos, no sin intervención de la belleza, pero no buscándola frenéticamente, sino encontrándola, haciéndola suya a través de la lente. La fotografía de Lola se reconoce como suya en todas sus etapas.
En nuestro tiempo ya es imposible entender el arte sin la fotografía.
Elizabeth Ferrer, Lola Álvarez Bravo, Fondo de Cultura Económica-Ed. Turner (Presentación de Douglas R. Nickel, traducción española de Pedro Serrano), México-Madrid, 2006.
La literatura según Han-Yu

En un pequeño volumen que publica Octavio Paz con textos de antiguos escritores chinos (que confiesa haber traducido del inglés y del francés en 1957), encuentro este fragmento:
(...) El más perfecto de los sonidos humanos es la palabra; la literatura, a su vez, es la forma más perfecta de la palabra. Y así, cuando el equilibrio se rompe, el cielo escoge entre los hombres a aquellos que son más sensibles, y los hace resonar.
Octavio Paz, Chuang-Tzu, Bibioteca de Ensayo Siruela Núm 6, Madrid, 2005.
Carlota Fainberg, de Antonio Muñoz Molina

Una nouvelle curiosa. A ratos, los anglicismos que trufan el discurso del profesor-narrador tras sus muchos años de estancia en USA como profesor auxiliar, se me hacen molestos. La historia, de todos modos, me atrapa. Dos hombres, muy diferentes entre sí, se encuentran en un aeropuerto. Sus vuelos de retrasan durante horas por una tremenda nevada. Claudio es el receptor de una historia de pasión desatada. La verborrea de Abengoa a ratos le parece agobiante, a ratos fascinadora. Un tono irónico satiriza, en un segundo plano, la vida académica. Es un plus.
Sin duda, lo mejor es el final que, ambiguo, nos lleva a reconsiderar un relato que hasta entonces no parecía fantástico.
Antonio Muñoz Molina, Carlota Fainberg, Punto de lectura, Madrid, 1999. (Sí, como tantos otros libros que tengo en mi biblioteca, lo he dejado ’reposar’ algunos añitos: ¡mea culpa!).
Los reyes malditos de Maurice Druon
Estas novelas históricas comienzan con el final de reinado de Felipe el Hermoso, rey de Francia, cuando éste decide terminar con la Orden del Temple y manda quemar vivo al Gran Maestre de la orden, Jacques de Molay, quien desde la pira, maldice a la dinastía hasta la decimotercera generación. A partir de ahí, se suceden las muertes y la tragedia en el reino de Francia. El hilo conductor que unifica todas las novelas son dos historias: la de Roberto de Artois en su lucha contra su tía Mahout por el control del condado de Artois, y también la de Guccio, banquero lombardo, y su amor imposible por la condesa de Cressy.
Las novelas describen muy bien las intrigas y las luchas de poder en los reinados de Felipe y sus sucesores hasta el cambio de la dinastía, y todos sus problemas políticos y familiares: Luis el Obstinado, Felipe de Poitiers y Carlos el Hermoso, los adulterios de las esposas de Luis y de Carlos, la muerte por estrangulamiento de la esposa de Luis, que necesita un heredero legítimo, el asesinato de su hijo en la cuna(nacido de su segundo matrimonio, con Clemencia de Hungría), Isabel de Francia (única hija de Felipe el Hermoso), y el derrocamiento de su esposo, Eduardo II de Inglaterra, a la vez que une los hechos a través de las historias intercaladas de Robert y Mahaut (historia de odio), y de Guccio y María (historia de amor). También tratan, de manera secundaria, pero con cierta morosidad, del tema del Papado en Avignon. Iglesia y estado envueltos en una misma maraña de intriga.
La serie es interesante porque divulga hechos históricos de manera amena y relativamente precisa, ya que el autor es miembro de la Academia Francesa.
La obra ha inspirado dos series de televisión, una en 1972 y otra en 2005, con Philippe Torreton, Jeanne Moreau, Gerard y Guillaume Depardieu, Jeanne Balibar, Tcheky Karyo, Claude Rich y otros grandes actores y actrices franceses.
Maurice Druon, Los reyes malditos (siete volúmenes), Barcelona, Byblos. (A cinco euros el volumen).
El rey con el corazón de alondra

Felipe el hermoso (Felipe IV de Francia), nació en 1268 en el castillo de Fontainebleau, del matrimonio de Felipe III con Isabel de Aragón y murió a los 46 años de un accidente de caza. Destacaban en él dos características: la belleza y armonía de su cara y cuerpo, y la obstinación y rigidez de su carácter, por lo que también se le llamó el rey de hierro
Casó a los 16 años con Juana de Navarra, con la que tuvo siete hijos. Le sucedieron tres de sus hijos, Luis X, Felipe V de Francia y Carlos IV, y con ellos terminó la dinastía de los Capeto, cuyos restos descansan en la basílica de Saint Denis. Su hija Isabel casó con Eduardo II, rey de Inglaterra. Ella, en colaboración con Mortimer y con el apoyo de Francia, encarceló al rey y lo mandó matar, por sodomita, en 1327, antes de hacerse con la regencia del reino. Christopher Marlowe escribió una tragedia sobre este hecho y Derek Jarman hizo una película basada en la obra del dramaturgo inglés.
Felipe ataca a los templarios y consigue acabar con su poder. Jacques de Molay, gran maestre de la Orden, acabó siendo quemado en París y según se cuenta, maldijo a Felipe y a su dinastía y predijo la muerte de sus tres poderosos enemigos en menos de un año: el propio Felipe el Hermoso, el Papa Clemente V (Papa francés, instalado por Felipe en Avignon), y el burgués Nogaret, mano derecha del rey de Francia. Cuando en efecto murieron los tres en menos de un año, se comenzó a hablar de la dinastía de los "reyes malditos".
He comenzado a leer la serie de novelas históricas escritas por Maurice Druon (de la Academia Francesa), que escribió 7 libros sobre estos reyes Capetos.
En el primer volumen (El rey de hierro), se cuenta que al morir Felipe el Hermoso y extraerse su corazón para ser llevado al monasterio de Poissy, pudo observarse que se trataba de un corazón muy pequeño, como el de una alondra.
Saquen ustedes sus conclusiones.
Maurice Druon, Los reyes malditos ( 7 volúmenes), Barcelona, Byblos.
Jeeves y Wooster en otra historia de P.G. Wodehouse
Hace tiempo que me hice fan de Jeeves y de Bertie Wooster (a través de la serie de la BBC interpretada por Hugh Laurie, en el papel del atolondrado y encantador juerguista, y Stephen Fry, impagable mayordomo y cerebro gris de todas las aventuras). Como he terminado el curso, y a la vez que leo un estudio sobre el drama renacentista inglés, a ciertas horas me entrego al relajo y a la risa que me provocan las historias de P.G. Wodehouse.
De acuerdo, Jeeves comienza con uno de esos tour de force que a menudo se establecen entre el mayordomo y el joven inglés, cuando Jeeves, horrorizado por la compra de una chaqueta blanca con botones dorados, hace ver a su amo la inconveniencia de lucir tan horripilante prenda en Inglaterra. Bertie, quien apela a los sentimientos de orgullo y de pundonor de los Wooster, no cede. Se lleva la chaqueta a Brinkley, desafiando a su mayordomo. La guerra comienza. No sólo eso: Bertie se siente ofendido porque todos confían más en Jeeves que en él, a la hora de arreglar los desaguisados amorosos de toda esa tropa de jóvenes estrafalarios que constituyen el centro de la sátira en las novelas de Wodehouse.
Así, pues, Bertie toma las riendas del desaguisado, primero aconsejando a Gussie Fink-Nottle, el amante de las salamandras, y después a Tuppy Glossop, al mismo tiempo que asesora su tía Dahlia con la mejor estrategia para hacerse con quinientas libras para salvar su revista femenina. Previsiblemente, ocurre un gran desastre y nada puede hacer Bertie para arreglar el gran lío que ha montado, por lo que Jeeves debe intervenir.
Los diálogos son brillantes y las descripciones espléndidas. Entramos de lleno en el mundo de la sátira inglesa. Wodehouse es heredero de Shandy, Thackeray, Austen... El mundo de Jeeves y Bertie Woster es surrealista, delirante, simpático y absurdo y la lectura de cualquiera de sus historias es absolutamente recomendable para pasar ratos inmejorables.
(Ah, y si es posible, no dejéis pasar la serie, una de las mejores de aquellos tiempos míticos de la BBC).
P.G. Wodehouse, De acuerdo, Jeeves, Anagrama, Barcelona, 1990.
Papá, dame la mano que tengo miedo, de Leopoldo María Panero

Leopoldo María Panero hace tiempo que me parece el mejor poeta en español vivo, Su prosa poética vuelve a ser torrente pasional de dolor y de herida. Junto a Rimbaud, a Lautréamont, a Nerval, esculpe sus palabras contra el abismo que lo sustenta. Panero salmodia su "temporada en el infierno", desde donde nos sacuden sus palabras. El alma, tras leerlo, duele y se agita.
Un libro que no debéis dejar de leer.
Cito:
Mi alma no es más que vejez y un río en la noche, un nudo de asfixia verde en la garganta, una imposible proximidad, una terrible dulzura de almas que gimen bajo el viento; una "Muerte de Virgilio" que nunca termina, una novela sin diálogos y sólo terror en la sombra, una araña que teje su propia desdicha, una telaraña de desdichas donde los pájaros se restriegan los unos contra los otros, gimiendo por la flor de una bofetada, de una bofetada del loquero, de una flor en la sombra (p. 26).
La casa de papel, de Carlos María Domínguez

Mi amigo Ferran Pontón me regaló ayer este pequeño y hermoso libro, muy bien ilustrado. Es una nouvelle (novela corta o cuento largo) llena de encanto y de imaginación. Repleta de referencias bibliófilas, su planteamiento ya nos intriga y nos llena de emoción, porque describe muy bien a esa raza escogida y extraña, un poco freaky, que somos los letraheridos. Muy recomendable, tanto por el estilo como por el argumento. El autor, aunque creo que no es muy conocido aquí, tiene una trayectoria considerable, entre biografías, estudios y novelas.
Si queréis leeros un relato breve, lleno de suspenso y de belleza intrínseca, no lo dudéis.
Carlos María Domínguez, La casa de papel, Mondadori, Barcelona, 2007 (Ilustraciones de Peter Sís).
Premio Lolita Rubial, ha sido traducida a 18 lenguas.
El corazón devorado, de Isabel de Riquer

que cito se habla de ello), cuando supe de la leyenda del 'corazón comido'. O tal vez relacioné las dos cosas, pues se decía que Margot llevaba siempre un cinturón del que colgaban los corazones de sus numerosos amantes y la morbosidad de esta leyenda parisina quizá se entrecruzó en mi mente con la crueldad y el morbo del relato del corazón comido.
Cuando hice la reseña de la película francesa Margot, mencioné este hecho. Más tarde compré, en edición de bolsillo, La leyenda del castellano de Coucy, de Isabel de Riquer, pero algún tiempo después lo regalé a mi ex-marido, que se ocupa de temas medievales.
Ahora ha aparecido en Siruela una reedición ( y a un precio módico para esa editorial), ampliada y puesta al día, de ese mismo texto.
En el libro que hoy me ocupa, se narra primero la leyenda (culta, no de origen folklórico), que explica la historia de los amores adulterinos entre un poeta (en muchas versiones, ese poeta es el trovador Gillem de Cabestany) y la castellana de Coucy. Enterado el marido, hace matar al poeta y exige a su cocinero que prepare su corazón. (Por cierto que este hecho da lugar a un peculiar 'recetario' de corazones humanos).
El libro de Isabel de Riquer compila 22 textos que van desde los primeros textos del siglo XII hasta los de Mújica Laínez o Pere Gimferrer, pasando por los de Dante, Petrarca y otros autores. Y debería interesar a lectores curiosos y amantes de las historias extrañas.
Os dejo con el poema de Gimferrer:
Amb tanta la dolor les arracades
al penjoll de la vinya de la nit
no es mouen perquè el cor ara s'esquinci:
els enamoradisssos de l'ocell,
amb la testa de mort enllumenada,
ens migpartim al crit del cel del vespre
com el cor de Guillem de Cabestany
i l'ocell fa el revolt a la tortaxa
tres cops potser; l'ocell de jovenesa,
la mà parada de la nit als núvols,
l'ocell que és tot ferida quan vivim.
Y con tanto dolor las arracadas
de la vid de la noche en su racimo
no se mueven porque ahora el corazón
se desgarre: los enamoradizos
del pájaro, alumbrada de muerte la cabeza,
nos partimos por la mitad al grito
del cielo del crepúsculo como el
corazón de Guillem de Cabestany
gira en la torre el pájaro tres veces
quizás, el pájaro de la juventud,
la mano de la noche que se alarga en las nubes,
el pájaro que es sólo llaga cuando vivimos.
(Versión de Justo Navarro). p. 282.
Néstor Luján, Margot, la reina de los corazones, Barcelona : Planeta, 1994.
Isabel de Riquer, El corazón devorado, Una leyenda desde el siglo XII
hasta nuestros días, Madrid, Siruela, 2007.
Pequeña trilogía: La mujer, por Mario De Lille Fuentes

Le dijo que lo esperara. Que iba a probar suerte al otro lado.
Que era un hombre de palabra y eso vale en cualquier parte
del mundo. Que le fuera fiel porque las mujeres tienen la
paciencia de las hormigas. Que pensara en todos esos días y
esas noches cuando el amor no les cabía en el cuerpo y
menos cuando ella sentía que la cama se poblaba de
ángeles. Que no en balde después de tanto polvo de tantos
caminos, no era como para decir el surco es un animal
estéril. Sin embargo, la mujer permanecía callada como
piedra.
-Espérame mujer, con las uñas prendidas en la colcha de los
cien cuadros que nos regaló tu madre en la noche de bodas
–le dijo.
Le recordó que el no tener hijos no significa nada porque al
fin y al cabo, ahí estaban sus ahijados: desobligados,
incrédulos, holgazanes, maloshijos. Que la cosa del dinero
siempre tiene compostura pero la salud, no. Que a eso iba y
no a otra cosa. Que vería cómo iban a arreglar la casita y que
entonces vamos a salir de vacaciones a muchos lados. Que
le tuviera fe, pues, casi como al Cristo de las cuatro llagas,
porque ¿qué otro remedio les queda a los pobres que creer
en los santos y sus santos sufrimientos? Sin embargo la
mujer permanecía callada como piedra.
En fin, se pasó toda la madrugada y parte del amanecer con
la palabra en la boca. A veces como orando y otras como
haciéndose el enojado; porque está bien que sea callada y
sumisa con su marido pero no con esa sarta de parentela,
sobre todo los compadres, exigente y hasta grosera. Incluso
se le rodaron las lágrimas porque sabía que a pesar de
tantos ruegos la mujer no iba a cambiar.
Fuerte su mujer, de ahí sus esperanzas. Sin embargo la
mujer permanecía callada como piedra.
Se fue. Nunca escribió ni mandó un quinto partido por la
mitad.
Pero la mujer de veras es aguantadora y paciente. No se
movió ni un pedacito de esa piedra pesada y gris que su
hombre le había mandado hacer con tanto esmero y
sacrificio.
EL CUENTO DE NUNCA ACABAR
¿Qué te pasa criatura amada? ¿Por qué tanto temor a la luz?
Si aquí está mamá para que no pases miedos ni fríos. Anda,
corazón mío, estate tranquilo un momento que no me dejas
terminar este trabajo. A ver chiquito: ¿tienes hambre? Abra
esa boquita preciosa. ¡Caramba! ¿por qué tanta inquietud?
¿por qué tanto ruido? Duérmase mi niño y duérmase ya, que
si no se duerme va a venir el coco y se lo comerá. No papito,
claro que no: esas son cosas de mi abuela que le cantaba a
mi mamá y mi mamá a mí, pero no es cierto, el coco no
existe. Lo que sí existen son los malos hombres que de
grandes juran y perjuran que madre sólo hay una, pero no la
de sus hijos. Pero tú no vas a ser así ¿verdad precioso?
Tienes que tomar conciencia que la mujer es muy sensible –
mucho más que el hombre– y esas cosas ya pasaron a la
historia. Por lo menos eso dicen en Civismo y en los
periódicos. Créemelo hijito, créemelo. Y ya estate quieto,
por Dios. Deja un rato tranquila a tu madre que tiene tantas
cosas que hacer. Así, así angelito, si tú siempre has sido tan
entendido y tan bueno. Por eso te adoro, hermosura mía. Te
juro que no tienes idea de cómo hemos sufrido las mujeres
a través de los siglos. Cuánta razón tiene el curita nuevo, las
cosas tienen que ser parejas, aunque yo no veo tan claro
cómo hacerle. La vida es dura, pero nuestra esperanza está
puesta en ustedes, estos muchachitos en esta nueva era. ¡Ay
nene! ¿Qué acaso no te gusta que mamita te cuente sus
cosas? Tranquilo, tranquilo.
Porque oye, no se te vaya a ocurrir que seas una bebita y
toda la ropa que te he hecho es azul. Por favor Diosito
santo, una sola cosa te pido: no quiero traer al mundo a otra
mujer para que sufra como yo.
Con una basta, porque todo lo que dije me suena al cuento
de nunca acabar.
¿NATALIA-JULIANA?
Cuentan los biógrafos de Pedro Pablo Rubens (entre ellos el
joven Marcello, el pintor tuerto, hijo de la fiel Juliana) que
ese día el excelso pintor se levantó con un humor de
placenta negra.
La noche anterior se había excedido en beber “la leche de la
mujer amada”. Y a pesar que era un estupendo bebedor –
sobre todo de los vinos de Alemania–, mostraba a todas
luces los estragos del desaforo reciente; aunque nunca como
el adolescente pintor preferido. Pero el lienzo más reciente
lo estaba esperando, y el maestro, acompañado de sus
alumnos, se dirigió a grandes zancadas al estudio.
La bella Natalia, ansiosa, se bajó el camisón más allá
del recato impuesto por su amante, el duque de Mantua.
Rubens entrecerró los ojos y con un furor realmente
desconocido, le mordió el seno izquierdo, brotando un
chorro, mitad leche, mitad sangre (que sirvió después para
otro tema universal). Por cierto que Natalia había dado a luz
hacía unas cuantas semanas y sus pechos reventaban por los
ilustres gemelos; por eso el chorro no se hizo esperar.
Como toda mujer de la corte, Natalia se escandalizó y
montando en cólera rompió el retrato, no sin antes
amenazar al ilustre pintor con la ira y venganza del duque.
Rubens renegó de su suerte y del genio terrible de la
cortesana. Salió dando un portazo que hizo temblar el ala
norte del castillo y juró no volver a pintar a ninguna dama de
la corte.
Ofreció sus disculpas al duque –mismas que fueron
aceptadas para no hacer más grande la cosa y por tratarse
de quien se trataba–, trató de rehacer el cuadro, tomando
como modelo a la nodriza; se volvió a emborrachar y repitió
la historia de la mordida. Dicen sus alumnos, sobre todo
Marcello, que la buena mujer se mordió los labios hasta
sangrar, no emitió ningún grito y por supuesto no tomó
represalia alguna en contra del amado, tierno y eminente
pintor. Al contrario, ascendió unas cuartas del suelo y lívida
como la asunción de la Virgen, quedó plasmada por el pincel
maravilloso del ilustre flamenco.
Gracias a esta curiosa anécdota, “La virgen y el niño” pasó a
la posteridad como un claro ejemplo de cómo las soberbias
mujeres plebeyas son mejores modelos que las sofisticadas
mujeres de la corte; repitiéndose el tema por muchísimos
pintores barrocos.
Lo que nunca supo Rubens ni tampoco sus discípulos, y
mucho menos Marcello, es que la nodriza –dentro del área
del castillo– se ganaba el diez por ciento del descorche de
cada botella de “la leche de la mujer amada”.
Mario De Lille Fuentes
Nació en México, D. F. el 6 de noviembre de 1936. Profesión: arquitecto. Renace en Tabasco desde 1961.
Participó como tallerista en los dos primeros talleres literarios de la localidad: Fernando Nieto Cadena y Andrés González Pagés. Coordinador de once talleres literarios en el estado y actualmente Director de la Escuela de Escritores “José Gorostiza” SET-SOGEM.
Obtuvo el premio “Justo Sierra O’Reilly” en 1986 y ha sido editado en diez obras, en los géneros de narrativa (novela, cuento y cuento infantil), poesía y dramaturgia.
Fue presidente fundador de la Sociedad de Escritores Tabasqueños “Letras y Voces de Tabasco” A. C. y actualmente es Director de la Escuela de Escritores “José Gorostiza”, (filial de dicha asociación) en Villahermosa.
En sus veintiséis años como escritor, ha producido poco, pero malo: Solamente yo quedo, Novela, 1986; Advertencias amorales al lector y cierto tipo de cuentos sumamente inocentes, 1988; Dios te salve Maria, non sancta, 1990), poemario. Un poema largo: Somos por la danza de tus manos (1998), incluido en el poemario: Semilla a punto de vuelo, 1999; así como una pequeña obra trágico-narrativa: Dino a las drogas (1999, de la nueva narraturgia tabasqueña). También ha participado en varias colecciones colectivas: de la Sociedad de Escritores Tabasqueños: Antología de narrativa contemporánea de Tabasco, (1994); Primero a voz, (1995) y en ese mismo año: Antología de poesía. Además participa también en Eroticom plus, 2000; en la plaqueta En un ambiente sin hombre, 2001; y en el libro de cuentos infantiles y juveniles Casa llena, 2001 (en prensa). Lo más reciente publicado es un cuentario también de título corto, pero sugerente: Breve y verídica historia de como los lunáticos poblamos la Tierra. Y sus consecuencias, 2001. ¡Ah!: un libro de cuentos (Los cuentos del PaloMario), en extremo interesante, que está revisando al haber terminado al alimón con su hermana (quien radica en el DF.), así como una recolección de ponencias con temática diversa. Como becario del FECAT, en 2004 terminó una antinovela o varia invención: Tropicalia. Su libro más reciente es de literatura para niños: Nuestro mundo con Clau-dia (coeditado por la SECURED, la UJAT y la SET). En este año de 2007 está trabajando en unos textos narrativos para niños: Minianimalismos del Trópico.
Jakob von Gunten de Robert Walser

Jakob von Gunten fue la primera novela de Robert Walser que alcanzó una fama envidiable.
Leerla me ha recordado mucho a Thomas Bernhard, escritor austriaco que también hace un repaso demoledor de los fines de la enseñanza en uno de los volúmenes de su famosa pentalogía: la enseñanza destruye la iniciativa, la creatividad del individuo y le convierte en una oveja del rebaño social.
Éste es el tema de la novela de Walser. En Bernhard, este hecho incontestable se vive como una frustración, como una herida. En Jakob von Gunten es una bendición, un bien precioso. No ser nadie, no tener opiniones propias, no hacer nada, no aprender nada, no cuestionar: obedecer, callarse, Aceptar la mediocridad. ¿Por qué? No lo sabemos. Jakob se sumerge en el mundo de la Academia Benjamenta y se enamora de la señorita y del director: son sus maestros. A su lado, los compañeros ( Fuchs, Schilinski, Schacht, Kraus y otros), unos más torpes que otros, alguno con grandes cualidades. Jakob -voz narrativa-, resalta siempre en ellos lo positivo, sin dejar de mencionar, de pasada, sus defectos. Von Gunten asume la realidad, la acepta, sólo a veces duda, se contradice muchas veces, medita, decide no ser. No ser importante, no ser encantador, no ser elegante, no resaltar, no llamar la atención: ser una persona invisible, prescindible para todos menos para los Benjamenta.
Lo extraordinario del enfoque y la escritura, una escritura distante, y sin embargo activa, emocional por ese mismo distanciamiento que es el del personaje con relación a la vida, nos involucra en la trama. Una trama de extraño realismo, a la vez que onírica por su transparencia metafórica, que se proyecta como una radiografía de la realidad de nuestras sociedades-castradoras.
En el conformismo puede encontrarse la felicidad, nos viene a decir Jakob. En la ausencia de ambiciones, en la aceptación de una realidad mísera es en donde podemos ser. Sin pensamiento crítico, podemos vivir, plenamente imbuidos de esa nada. Marchar por la vida como si estuviéramos en un inmenso páramo blanco, nevado, frío, ausente de vida o de floración en ausencia de ilusiones que, de existir, sin duda alguna se evaporarían dejando dolor.
Jakob siente. Pero siente como en segunda potencia, lejos, a la vez que multiplicado. No quiere ser otro von Gunten. Quiere ser un Bejamenta. Su entrada en la casa de los hermanos es su iniciación en ese mundo hiperrealista y lleno de misterios para el joven estudiante.
Hay algo de perverso en todos esos libros que hablan de internados. Lo hay tanto en Jane Eyre de Charlotte Brönte como en la primera parte de La sombra del ciprés es alargada de Delibes, aunque los mundos de sus narradores estén tan lejos, en el tiempo y en el espacio. El interregno del internado (también pienso en Cero en conducta de Jean Vigo), es ese purgatorio de soledades y de lejanías y de descubrimientos personales que no están lejos del dolor, pero que son sólo preparatorios, aunque en sí mismos constituyan un mundo. Un mundo en que se vive absolutamente, como si el mañana no existiese.
Jakob von Gunten es una gran novela. Misteriosa, evocadora, triste, con una melancolía tenue, casi imperceptible, tan evanescente como los sueños que tiene el adolescente narrador sobre la señorita Benjamenta.
Walser es como Lucien Freud, como Stanley Spencer, un creador de miradas.
Robert Walser, Jakob von Gunten, Ed. Siruela, Madrid, 2003. Trad, de Juan José del Solar.
Cooper o las soledades elementales de Patrick Lapeyre
La última novela de Patrick Lapeyre, publicada con mucho mimo por Funambulista, me ha decepcionado. Es una trama monotemática: la obsesión que un hombre de 40 años siente por su hermana y su perpetua espera: ella está en Canadá y él agoniza entretanto, incapaz de pensar en otra cosa que no sea ella. A pesar de estar escrita con toques de humor, la narración se hace tediosa; la repetición y la poca altura literaria que hay en el texto se me hicieron muy difíciles de soportar; sobre todo acostumbrada al lirismo de Auster cuando sus personajes llegan a ese punto de no retorno, cuando carecen ya de todo, cuando están a un minuto de morirse de pena. El libro que nos ocupa ganó el premio Livre Inter 2004 en Francia y al parecer, fue éxito de ventas. No me explico por qué… A ver si alguno de mis lectores me ilumina al respecto, porque, por lo que veo, ya va por la segunda edición en España.
Patrick Lapeyre, Cooper o las soledades elementales ( L'Homme-soeur), ed. Funambulista, Madrid, 2006. (Traducción de Ninca L. Bassols, e ilustraciones de Aifos Álvarez).
El quinto en discordia, de Robertson Davies

Mi librero, Ferran Pontón, me recomendó este libro y no es extraño porque fue premio de los libreros catalanes en 2006. Aparte de John Irving no he leído nada de literatura canadiense. Me he encontrado con un libro hermoso, bien escrito a la manera clásica, realista y descriptivo; dotado de un humor corrosivo y crítico hacia la sociedad que retrata y al mismo tiempo, un libro atravesado por un halo de melancolía y de nostalgia.
El quinto en discordia es la primera obra de una trilogía, la de Deptord, lugar de nacimiento del narrador, Dunstan Ramsay. No me cabe duda de que leeré los otros dos volúmenes que la conforman.
Un accidente trivial marca el inicio de la historia: un chico, Boy Staunton, lanza una bola de nieve con una piedra dentro a nuestro narrador, en un lejano día de infancia. La bola es esquivada y no da en el blanco. Golpea a la señora Dempster, quien se va a convertir, a partir de este hecho, en el eje sobre el que va a girar toda la existencia de Ramsay. A partir de aquí, la historia se centra en ese pequeño pueblo dividido no sólo por clases sociales, sino por las diferentes iglesias, la presbiteriana,, la anabaptista y la católica. Los dimes y dientes, la crueldad de los rumores, la intransigencia de unos, la bondad de otros, los sentimientos ocultos, todo se va desplegando ante nuestros ojos. La relación profunda que surge entre la señora Dempster y Ramsay a pesar de la diferencia de edades y la responsabilidad que él siente hacia ella marcan toda la primera parte de la novela. La dulzura de ella es un descubrimiento precioso para un chico oprimido por unos padres que son como dos extraños. Vínculos. Los vínculos misteriosos.
El otro eje sobre el que gira la novela, de muy distinto signo, es el que unirá a Ramsay con Boy Staunton: por oposición. Boy es brillante, guapo, rico y tiene mucha suerte: el reverso de Ramsay. Hay un poso de envidia y a la vez de desprecio: Boy no es lo que quisiera ser Ramsay y sin embargo, Ramsay lamenta no ser como él. Sin embargo, la relación será siempre cordial, incluso de mutua ayuda, casi de amistad. La bola de nieve que Staunton le lanzó un día empujó la vida de Ramsay en un sentido que jamás habría tenido de otro modo. A lo largo de la novela, la presencia de Boy siempre será decisiva para el narrador.
Las diversas etapas de la vida de Ramsay: sus cuidados y preocupación por el triste estado de la señora Dempster, su participación en la Primera Guerra Mundial, su heroísmo involuntario, su regreso al hogar, sus amores, su vida como profesor de Historia, todo es narrado con pasión y a la vez con un distanciamiento irónico, siempre ameno. Ramsay es un bicho raro y él lo sabe. Robertson Davies sabe imprimir a su historia la fuerza y la belleza necesarias para no dejarnos salir de sus páginas.
Os recomiendo calurosamente la lectura.
Carlos Fuentes, Diana o la cazadora solitaria

Hace décadas que la creación novelística de Carlos Fuentes me resulta decepcionante. Cuando lo comencé a leer, yo tenía 18 ó 19 años. Me inicié con esos relatos magistrales de Aura o La muñeca reina, y después me interné en aquel universo culto, vertiginoso y especial que creó desde su primera novela: Los días enmascarados, La región más transparente, Las buenas conciencias, La muerte de Artemio Cruz, Cantar de ciegos o Cambio de piel (mi preferida).
Creo que su decadencia comenzó cuando publicó Zona sagrada en 1967, una novela muy parecida a ésta, Diana o la cazadora solitaria, A partir de entonces, Fuentes ha incursionado con varia fortuna en el ensayo (es notable para mí su Tiempo mexicano ( 1971) , y se ha convertido en un intelectual tal como se entiende esa palabra en América Latina. Un hombre comprometido, lúcido en lo político y en lo ético, con una prosa excelente, una gran capacidad de análisis, pero ya sin magia, sin esa magia que elevaba sus creaciones iniciales. Sus primeras novelas nada tienen que ver con las publicadas después de los setenta.
La verdad es que yo estaba en medio de una crisis de creación que yo mismo aún no medía. Mis primeras novelas tuvieron éxito porque un público lector nuevo en México se reconoció (o todavía mejor, se desconoció) en ellas, dijo así somos o así no somos, pero en todo caso, les dio una respuesta interesada, y a veces hasta apasionada, a tres o cuatro libros míos, que eran vistos como puente entre un país convulso, mustio, rural, encerrado, y una nueva sociedad urbana, abierta y acaso demasiado abúlica (…) No quise repetir el éxito de esas novelas. Acaso me equivoqué en buscar mi nueva fraternidad sólo en la forma, divorciándome de la materia. El hecho es que un día llegué al agotamiento palpable entre el fondo vital y la expresión literaria. (p.63).
En cuanto a las novelas posteriores, Terra Nostra (1975), La cabeza de la hidra (1978), Gringo viejo ( 1985), Cristóbal Nonato (1987), Instinto de Inez (2001), La silla del águila (2003) o Inquieta compañía (2004), me han parecido obras fallidas. A menudo su escritura se me ha vuelto aburrida, farragosa, superficial o prescindible.
Y sin embargo, le sigo leyendo. ¿Y por qué? Quizá porque sigo buscando aquel don primero, aquella fascinación, aquel placer de tardes de lectura en el Parque Hundido, entre el reloj floral y el exhibicionista de la Avenida de los Insurgentes; tardes de la colonia Florida, cuando yo era poco más que una adolescente ávida de palabras, aventurera de lecturas interminables.
La naturaleza muere pero sus nombres son idénticos. La flor, el pájaro, el río, el árbol, la cosecha, tienen siempre el nombre de la rosa y el colibrí, el Nilo y el pirul, el trigo. Su muerte, su paso, no cambia sus nombres (Cambio de piel).
Así que después de un tiempo sin leer a Fuentes, y habiendo visto hace poco la Santa Juana de Otto Preminger con Jean Seberg por enésima vez, decidí adentrarme en esta novela, más autobiográfica que lo que suele serlo cualquier novela, pues está basada en la historia de amor y de pasión que mantuvo Fuentes con Seberg en los años 69/70.
La obra está escrita en primera persona: son unas memorias de aquellos días, de aquellas semanas, de aquellos dos meses en que Fuentes y Seberg se amaron y se dejaron de amar.
La historia de la creación de una pareja y de su posterior disolución es universal, pero es siempre distinta, siempre íntima. Hacerla pública le confiere una categoría ficcional a lo vivido, le confiere un análisis que no lleva en sí ninguna relación, que por naturaleza es pasional, es irracional y no meditada: es absurda, siempre. Pero después, ay, sí, después, cuando esa relación es vertida en palabras, entonces se ve, se ve verdaderamente lo que fue, y más todavía, lo que significó. Escribir lo vivido permite también ponerlo en contexto. Toda vida transcurre dentro de una coordenadas políticas, económicas, sociales, pero mientras es vivida estas redes no se ven. Es cuando volvemos la vista atrás, cuando ponemos eso vivido en palabras, cuando reflexionamos y pensamos sobre ello, que nos damos cuenta de cuánto influyó en nosotros ese contexto inevitable. Al mismo tiempo, todo cuanto escribimos, de modo radical, ya no late.
Diana la cazadora solitaria. Esta narración lastrada por las pasiones del tiempo se derrota a sí misma porque jamás alcanza la perfección ideal de lo que se puede imaginar. Ni la desea, porque si la palabra y la realidad se identificasen, el mundo se acabaría, el universo ya no sería perfectible simplemente porque sería perfecto. La literatura es una herida por donde mana el indispensable divorcio entre las palabras y las cosas. Toda la sangre se nos puede ir por ese hoyo. (p.16).
La figura de Seberg-Soren se recorta así en un primer plano en que resaltan su pureza de muchacha de Iowa que salta a la fama de un día para otro, tras su elección como Doncella de Orleáns en el film ya citado; su inconsciente y candorosa posición política, sus relaciones con los grupos de los Panteras Negras, su matrimonio abierto con un escritor e intelectual francés, su incómoda posición frente al cine de Hollywood y la persecución de que fue objeto por parte de FBI y CIA. El discurso político de Fuentes entra en todos los ámbitos de esta narración: la sustenta. La poderosa fuerza destructora de ese imperio represivo e intrusivo se hace visible en todo: no sólo en la persecución de Diana, también en otros ámbitos, impregnándolo todo, manchándolo todo.
Ella, todos los años regresaba a su pueblo en Iowa a conmemorar el Día de Acción de Gracias, ese Thanksgiving que sólo los gringos celebran. Les recuerda su inocencia: eso es lo que de verdad celebran. Evocan el año cumplido por los fundadores puritanos (…) Yo los llamo, para hilaridad de algunos amigos los primeros espaldas mojadas de los Estados Unidos. ¿Dónde estaban sus visas, sus tarjetas verdes? Los puritanos eran trabajadores inmigrantes, igualito que los mexicanos que hoy cruzan la frontera sur de los Estados Unidos en busca de trabajo y son recibidos, a veces, a palos y a balazos. ¿Por qué? Porque invaden con su lengua, su comida, su religión, sus brazos, sus sexos un espacio reservado para la civilización blanca. Son los salvajes que vuelven. En cambio, los blancos gozan de la buena conciencia del civilizador. Roban tierras, asesinan indios, decretan la separación sexual, impiden el mestizaje, imponen una intolerancia peor que la que dejaron atrás, cazan brujas imaginarias y son, sin embargo, los símbolos de la inocencia y de la abundancia. (p. 91).
El interludio mexicano de Jean Seberg es breve pero no ya anecdótico, puesto que ha sido rescatado por la literatura y ha sido completado su retrato con el retrato de su nación y de su tiempo. Fuentes también se retrata a sí mismo y no es autocomplaciente. Se nos muestra soberbio, pero también consciente de sus fallos, de la pérdida del don mágico de la escritura, consciente de que su matrimonio con Luisa Guzmán (en la realidad Rita Macedo, una excelente actriz que podemos ver en películas de la etapa mexicana de Buñuel, como Nazarín, o en otras de Ripstein como El Castillo de la Pureza) ha fallado ya, a pesar de los esfuerzos de ella. Fuentes nos cuenta con franqueza su donjuanismo, su esnobismo, su persistente lucha contra y por las palabras…
Mínimo Don Juan cuarentón de la noche mexicana yo aspiraba como hombre a este poder de metamorfosis y movimiento, pero sobre todo lo deseaba como escritor. Amando o escribiendo, nada es más excitante o más bello que reconocer la resietncia mutua entre el poder que ejercemos sobre un semejante y el poder que el otro –hombre o mujer- ejerce sobre nosotros (…) Este es el terreno común del sexo y la literatura. Pasa un ángel con alas de ceniza. (p.22).
El matrimonio de Fuentes y Macedo es otra relación que se deshace, al mismo tiempo que se deshace el breve encuentro con Seberg. Todo se desvanece en esta novela: los yo de Fuentes y de Seberg, sus matrimonios, su relación con el cine (en el caso de ella) y con la literatura (en el de él). Todo está en crisis y en proceso de destrucción. El mundo también se deshace en medio de la corrupción, de la suciedad de los agentes secretos de la CIA o el FBI empeñados en el fútil intento de destruir a una actricita de Iowa.
Me crucé con ella una noche en un restaurante de París a finales de los setenta. Me sonrió fijamente pero no me reconoció. Era como una muerta a la que no le cerraron los ojos. Una sonrisa sin destinatario. El desfase de la mirada. Una zombi de carnes hinchadas. Una carne miserable. Una belleza mal nutrida. (p.219).
Sin embargo, él seguirá escribiendo tras esa tormenta, mientras que ella, más frágil, más sola, también más implicada en la política aunque sea de manera un tanto irresponsable, irá cayendo hasta llegar al momento de la muerte. Drogas, cirugía plástica, tristeza, depresión, la muerte de un hijo recién nacido…todo la lleva hasta su destrucción como ser humano, pero no como actriz ni como musa. Al menos dos obras, aparte de sus films, sobrevivieron a su caída: Diana o la cazadora solitaria, y Lágrimas negras, la obra póstuma de Ricardo Franco.
Recuerdo y escribo para recordar el momento en que ella siempre sería como fue, esa noche, conmigo. (p.12).
Carlos Fuentes, Diana o la cazadora solitaria, Madrid, Punto de lectura, 2006 (14ª edición).
Felicitamos a Paul Auster por su premio Príncipe de Asturias de las Letras

Paul Auster, uno de los escritores consentidos de este blog, ha recibido hoy su merecido premio Príncipe de Asturias de las Letras. Ha venido acompañado de su esposa, la también escritora Siri Hustvedt y de su hija Sophie (que ha sido protagonista en este espacio a pesar de su juventud), Auster ha estado tres días en Oviedo, cerca de todos: ha dado conferencias, ha concedido entrevistas, ha fraternizado con todos. El gran creador, el gran narrador Paul Auster, un hombre que sabe escribir, y que sabe escuchar. Y que hoy ha dicho, en su discurso, algo que me ha gustado mucho: ¿Qué es lo que lleva a un hombre a sentarse solo, con una pluma en la mano, en un cuarto cerrado, día tras día, semana tras semana, mes tras mes y año tras año? No lo sé. Sólo sé que no podría hacer otra cosa, y que quiero seguir haciéndolo hasta mi último aliento.
Tus lectores, Paul, te lo agradecemos.
Y esperamos que en esa habitación cerrada sigas esgrimiendo tu pluma día tras día, semana tras semana, mes tras mes y año tras año, hasta tu último aliento.
Podéis consultar el discurso completo aquí.
Foucault: Vigilar y Castigar. Los vicios del poder
Como os he comentado, comencé mi curso de 2º de Bachillerato hablando del ensayo y de Montaigne. Al hilo, mencioné a dos escritores franceses del siglo XX: Pascal Quignard, por quien sabéis que siento una atracción irresistible, algo lujuriosa, y Michel Foucault, autor que comencé a leer antes de cumplir los veinte, cuando cayó en mis manos su Yo, Pierre Rivière... junto con La reclusa de Poitiers de André Gide. Ambas lecturas me dejaron una impresión imborrable. Después, Las palabras y las cosas, la inconclusa Historia de la sexualidad o Vigilar y Castigar han sido algunas de mis lecturas de cabecera.
En este video vemos un fragmento de diálogo entre Noam Chomsky ( a quien como pensador cuestiono, si bien reconozco que como lingüista es fundamental), y Foucault. Oyendo a éste último, pienso que su pensamiento sigue vigente, especialmente por lo que toca al significado de "educar"desde el Poder: vigilar y castigar, reprimir y condicionar... y por tanto, incidir sobre el problema de la Libertad y de la Justicia.
Releyendo a Montaigne

He vuelto a clases y a las lecturas pertinentes. El primer tema de mi programario de Bachillerato es el ensayo, y he vuelto a Montaigne. Cuando leo a Quignard o a Foucault, me olvido de que mi primer contacto con el pensamiento francés fueron los Ensayos de Montaigne; su clara prosa, su pensamiento siempre conciliador y amable, a veces crítico, siempre analítico, en el mejor sentido de la palabra, fueron los faros que me llevaron después hacia esa prosa francesa límpida y racionalista que tanto amo.
Una de las cosas que debo agradecer a mi profesión es que hace surgir en mí la necesidad de volver a las fuentes y refresca mis más emotivos recuerdos literarios.
"Es el juicio un instrumento necesario en el examen de toda clase de asuntos, por eso yo lo ejercito en toda ocasión en estos ensayos. Si se trata de una materia que no entiendo, con mayor razón me sirvo de él, sondeando el vado desde lejos; y luego, si lo encuentro demasiado profundo para mi estatura, me detengo en la orilla. El convencimiento de no poder ir más allá es un signo del valor del juicio, y de los de mayor consideración. A veces imagino dar cuerpo a un asunto baladí e insignificante, buscando en qué apoyarlo y consolidarlo; otras, mis reflexiones pasan a un asunto noble y discutido en el que nada nuevo puede hallarse, puesto que el camino está tan trillado que no hay más recurso que seguir la pista que otros recorrieron. En los primeros el juicio se encuentra como a sus anchas, escoge el camino que mejor se le antoja, y entre mil senderos decide que éste o aquél son los más convenientes. Elijo al azar el primer argumento. Todos para mí son igualmente buenos y nunca me propongo agotarlos, porque a ninguno contemplo por entero: no declaran otro tanto quienes nos prometen tratar todos los aspectos de las cosas. De cien miembros y rostros que tiene cada cosa, escojo uno, ya para acariciarlo, ya para desflorarlo y a veces para penetrar hasta el hueso. Reflexiono sobre las cosas, no con amplitud sino con toda la profundidad de que soy capaz, y las más de las veces me gusta examinarlas por su aspecto más inusitado. Me atrevería a tratar a fondo alguna materia si me conociera menos y me engañara sobre mi impotencia. Soltando aquí una frase, allá otra, como partes separadas del conjunto, desviadas, sin designio ni plan, no se espera de mí que lo haga bien ni que me concentre en mí mismo. Varío cuando me place y me entrego a la duda y a la incertidumbre, y a mi manera habitual que es la ignorancia".
Algunos libros leídos y no reseñados
Este verano he leído mucho, pero no todo lo he podido reseñar aquí. Os dejo la referencia de lecturas que me han gustado mucho.
Adolphe, de Benjamin Constant, ed. Acantilado, 2002, Traducción de Marta Hernández. Benjamin Constant es un ensayista, pensador, político liberal y hombre de mundo, que mantuvo una historia de amor prolongada con otra gran escritora francesa de su época, Madame de Staël. Su trayectoria es muy amplia y su legado, inmenso, pero curiosamente, ha pasado a la historia de las letras por dos novelas breves, publicadas con ánimo pedagógico: Adolphe (1816), que ahora nos ocupa, y Cécile, que no he leído. Amor, desengaño, aburrimiento, manipulación. Una novela moralizante, nada complaciente. Tzvetan Todorov le dedicó un estudio: Benjamin Constant. La passion démocratique, París, 1997. Un clásico.
Trastorno, de Thomas Bernhard, ed. Alfaguara, Madrid, 1995, Traducción de Miguel Sáenz. Leer a Bernhard siempre es una experiencia inquietante. ESta novela me ha recordado mucho El Castillo de Kafka, una de mis obras favoritas, pero el estilo inconfundible, obsesivo, maniaco de Bernhard, a la vez que me exaspera, me fascina. Es un autor imprescindible.
Thomas el oscuro, de Maurice Blanchot, ed. Pre-Textos, 2002, Traducción de Manuel Arranz. Una obra, la primera novela del gran Blanchot, oscura y turbia, pura y bella; escrita desde un punto de vista imposible. Maravillosa, terrible, romántica, racional...perfecta para todos los amantes de Bataille y similares.
Encuentros con Samuel Beckett, de Charles Juliet, Biblioteca de ensayo Siruela, 2006, Traducción de Julia Escobar. El autor refleja en este pequeño gran libro, las conversaciones qu emantuvo con Beckett en 1968. 1973, 1975 y 1978. Indispensable para los amantes de ese escritor único, el autor de Malone muere, de Esperando a Godot, de Fin de partida, de Molloy. Con él, el lenguaje parece recién nacido, recién salido del magma originario. En este libro, Beckett nos descubre muchas cosas, y todas valen la pena.
Esperando a los bárbaros, de J.M. Coetzee y nosotros

Hoy que se paralizan vuelos cada dos por tres porque una pasajera lleva una crema “sospechosa” (y se comprueba después que es una crema limpiadora), que un ataque de claustrofobia de una pasajera hace que los servicios especiales de USA ocupen las pistas y por poco no sacan los tanques; hoy que las madres de bebés hayan de probar en presencia de las autoridades el líquido contenido en los biberones de sus hijos, y hoy que se desvían vuelos por “actitudes sospechosas” manteniendo un alto nivel de alerta en la mitad de los aeropuertos europeos, he recordado a J.M.Coetzee y su famoso libro Esperando a los bárbaros. Hace ya mucho tiempo que lo leí. Tanto, que ni siquiera conservo el ejemplar y he bajado a mi librería a comprarme otro. Vale la pena recordar que Coetzee escribió esta novela alegórica en una Sudáfrica paranoica y racista, en la que el apartheid era una forma de vida sancionada por la comunidad internacional. En la que los derechos de ciertos humanos (los nativos, por cierto, de ese inmensa tierra), eran sometidos a un régimen de esclavitud, segregación, tortura y crueldad extrema que podría, por sí solo, llenar todas las páginas de una Historia de la infamia no escrita por Borges.
La paranoia social, el miedo, la negación del otro a través de su destrucción, constituyen los ejes de esta novela. El otro, que nunca llega a tener rostro ni nombre. Incluso para el protagonista, un hombre bueno, que no aprueba las represiones de los del Tercer Departamento, ellos, los otros, no llegan a encarnarse. Duerme al lado de una chica durante cinco meses, la lava, la masajea, trata de aliviar las secuelas de la tortura a la que ha sido sometida (no por él, sino por los soldados), y sin embargo, no recuerda su cara, no sabe quién es ella.
Parecía haber siempre una neblina diseminándose desde su mirada vacía, una vaguedad que se apoderaba totalmente de ella. Fijo la vista en la oscuridad, esperando que surja una imagen; pero el único recuerdo en que puedo apoyarme completamente es el de mis manos llenas de aceite deslizándose por sus rodillas, sus pantorrillas, sus tobillos.
El protagonista, Administrador de ese territorio de frontera indeterminado, acaba naturalmente, siendo apresado y torturado por los mismos que han apresado y torturado a los bárbaros, acusado de traición.
Y es cierto que traiciona al Imperio, en la medida en que se permite cuestionar y rechazar sus métodos.
Obligado por ese deber íntimo, es sometido a la deshumanización constante a través del maltrato y se convierte en una sombra, un ser apenas humano, que sólo está pendiente de comer, de defecar, de caminar por la sombra cuando le es permitido.
Alguien me da un empujón y empiezo a balancearme de un lado a otro describiendo un arco a treinta centímetros del suelo como una vieja y enorme polilla cogida por las alas, gritando, clamando.
Prorrumpen en risas.
Pero los civilizados, los occidentales, los europeos invasores, los del Imperio, no se libran del miedo que estos bárbaros les provocan.
Su miedo hace que la vida del enclave civilizado transcurra como en una pesadilla. Una pesadilla de rumores, de expectativas aterradoras, de inseguridades profundas:
Los bárbaros salen de noche. Antes de que oscurezca hay que recoger la última cabra, atrancar las puertas y apostar un centinela en cada atalaya para dar las horas. Dicen que los bárbaros merodean por los alrededores durante toda la noche, resueltos a asesinar y saquear. Los niños ven en sueños cómo se abren las contraventanas y cómo los rostros feroces de los bárbaros les dirigen miradas aviesas. “¡Han llegado los bárbaros!”, gritan los niños, y no hay quien los tranquilice. Desaparece ropa tendida y comida de las despensas, por muy herméticamente cerradas que estén. Dicen que los bárbaros han excavado un túnel bajo las murallas; que entran y salen a placer y cogen lo que quieren; que nadie está seguro ya. Los campesinos todavía labran sus campos, pero salen en grupo, nunca solos. Trabajan sin ilusión: dicen que los bárbaros aguardan tan solo a que hayan sembrado para volver a anegar los campos.
17 de agosto de 2006: El vuelo 923 de United Airlines que cubría la ruta de Londres a Washington fue ayer desviado a Boston donde tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia. Aunque inicialmente se barajó la existencia de terroristas a bordo, finalmente resultó ser una pasajera que sufrió un ataque de claustrofobia. La ansiedad provocó que la mujer de 60 años mantuviera un altercado con la tripulación. El capitán del avión, que transportaba 82 pasajeros y 12 tripulantes, declaró entonces una emergencia de seguridad. El vuelo aterrizó sin incidentes en el aeropuerto Logan International de Boston después de ser escoltado por aviones de combate, según confirmó Amy von Walter, portavoz de la Administración de Seguridad en el Transporte de EE UU.
18 de agosto de 2006: Una terminal del aeropuerto Tri-State de Virginia Occidental (EEUU) fue evacuada después de que un perro adiestrado reaccionase ante una botella llena de un líquido sospechoso en el bolso de una pasajera, que resultó ser una crema limpiadora del cutis, según informó la Oficina Federal de Investigaciones (FBI).
La mujer propietaria del equipaje de mano en el que se halló el líquido fue detenida por la policía para ser interrogada, informó el director del aeropuerto, Larry Salyers, en declaraciones a la cadena de televisión "CNN".
La mujer, que iba a embarcarse en un vuelo a Charlotte (Carolina del Norte), nació en 1978 y es oriunda de Jackson (Michigan), según Salyers.
El servicio de vuelos comerciales fue interrumpido, y unas cien personas tuvieron que ser evacuadas de la terminal.
23 de agosto de 2006: La tripulación informó al piloto del comportamiento extraño de algunos de los 149 pasajeros al advertir que usaban el móvil, según informa la cadena Fox.
El fin de semana pasado quedó en evidencia el sistema de alerta terrorista en Holanda, después de que la oficina del Coordinador Nacional de Lucha contra el Terrorismo fuera informado tarde de la presencia de un sospechoso de portar una bomba en un festival de música, aunque finalmente todo resultó ser una falsa alarma.
24 de agosto de 2006: LONDRES.- Otro de los sospechosos detenidos en relación con una supuesta conspiración para derribar aviones en vuelo desde el Reino Unido a EEUU fue liberado anoche sin cargos, según confirmó Scotland Yard.
Según la nueva legislación antiterrorista británica, en vigor desde este año, las fuerzas del orden disponen de un plazo máximo de 28 días, desde el momento de la detención, para interrogar a los sospechosos.
(Las noticias están tomadas de la edición digital de los periódicos El Mundo y Cinco días)
J. M Coetzee, Esperando a los bárbaros, (Traducción de Concha Manella y Luis Martínez Victorio), Debolsillo, Barcelona, 2004.
Suelo Virgen, de Iván Turguénev

Suelo Virgen es la última novela que escribió Iván S. Turguénev. Como supongo que sabéis, en Rusia había dos bandos: los occidentalistas y los eslavófilos. A ninguno gustó el tratamiento que otorga Turguénev aquí a la cuestión política previa que se planteó antes del advenimiento de la Revolución Rusa. La causa que abrazan los protagonistas es la de los llamados Populistas, socialistas utópicos que precedieron a los revolucionarios en el último tercio del siglo XIX. Naturalmente, para leer Suelo Virgen no es necesario conocer los acontecimientos históricos. La novela por sí sola los explica. Turguénev no se casa con nadie, y de ahí que su novela explique muy bien las contradicciones inherentes a todos los implicados.La novela tiene como protagonistas a dos personajes: Nezdhánov, estudiante de 27 años, soñador, poeta (que reniega de sus raptos líricos por considerarlos superfluos y banales dado el momento histórico que le toca vivir), abocado a una causa que tampoco llega a ser para él central. Amargado por su origen (es el bastardo de un noble: ésa su herida incurable), huye de sus amigos populistas para ejercer de profesor para el hijo de un terrateniente liberal. Liberal entre comillas, ya que Sipiaguin, como todos los de su clase es, a pesar de sus convicciones pseudoliberales, un enemigo.El otro protagonista es Solomin. Solomin es el tecnócrata educado en el extranjero, el hombre de acción, el que sin teorías (incomprensibles, por otra parte, para el pueblo), hace: dirige una fábrica, crea una escuela para los hijos de los obreros, trabaja por el cambio progresista, que para Turguénev es la industrialización, la modernización de Rusia.Los Populistas (Markélov, Ostrodúmov, Mashúrina, Paklin, o el propio Nezdhánov), a pesar de luchar por el pueblo, están muy lejos de él. El pueblo, para ellos sigue siendo impenetrable, incomprensible: son los téoricos, los que deben aprender a relacionarse con su sujeto histórico, pero no lo consiguen. En cambio, Solomin es considerado por sus obreros como uno de ellos. Los Populistas son extraños para el pueblo al que intentan liberar (tanto, que incluso son aprehendidos por los propios mujiks), peroSolomin consigue comprender y ser comprendido. La paradoja no es nueva ni está en desuso. Recuerdo que una cosa muy similar le pasó al Comandante Marcos, que describe con sorna cómo los indígenas que él deseaba salvar del capitalismo se mostraban completamente ajenos a su discurso, cómo su vocabulario estaba lejos de reflejar las inquietudes de sus oyentes, cómo, a través de sus muchos años en la selva, tuvo que reeducarse él: que para poder ser comprendido tuvo que comprender, que cambiar. Esa misma incomprensión entre oprimidos y presuntos liberadores se muestra en Selva Virgen. Nezdhánov es un personaje semi-trágico. Lo es porque nunca alcanza a comprender realmente cuál es su finalidad en la vida, para qué está aquí. Incapaz de entregarse al amor o a la lucha, se aparta de todo. Acaba renunciando. Se ilusiona con Marianna, la sobrina de Sipiaguin, que hace esfuerzos increíbles para convertirse en una mujer del pueblo (esfuerzos que oscilan entre la comicidad y el patetismo, ante la mirada incrédula de Tatiana, la verdadera mujer del pueblo que la instruye (en la deseada e improbable metamorfosis : de baríshina a proletaria), pero Marianna sí cree, aunque sea una revolucionaria de salón. Ella también cree amar a Nezdhánov, pero pronto se siente desilusionada, y al mismo tiempo, atraída por Solomin. Como es habitual en Turguénev (quiero referirme a su propia vida sentimental para explicar esta característica de su narrativa), las escenas de amor son inexistentes. Nezdhánov ama a Marianna como Turguénev debió amar a Paulina Viardot: platónicamente, sin fuerzas o sin ánimos o sin valor para entregarse a sus pasiones y por tanto, incapaz de alimentar o de satisfacer las expectativas de Marianna. Ella, sin embargo, leal y pura como es, no dudaría en seguir al lado de Nezdhánov, cerrando los ojos a la atracción que siente por Solomin (y que es correspondida por éste), sacrificando su vida al lado del imperfecto, mutilado anímicamente, Nezdhánov. Nezdhánov, sin embargo, es puro, es honesto, es bueno. Lejos de todos: de Solomin, de Markélov (el revolucionario convencido), de Mashúrina, que le ama secretamente, y lejos incluso de su mejor amigo, con quien se comunica sólo epistolarmente, se apartará de la vida. La novela de Turguénev no hace concesiones ni a la paradoja política-social que se plantea a los pre-revolucionarios populistas, ni a las contradicciones anímicas de Nezdhánov. Una galería de personajes secundarios bien complejos y representativos, cuya descripción no cae jamás en el arquetipo mecánico completa la narración, en la que no sabemos qué plano es más importante: si el íntimo o el histórico, porque ambos se complementan perfectamente y se entrelazan con la maestría de la que sólo son capaces los grandes, los de la talla de Tolstoi, de Stendhal o de Thomas Mann.Como siempre, Turguénev hace gala de su elegante prosa, de su penetración psicológica, de su conocimiento profundo de la patria (o matria) Rusia, pero no se queda ahí. Es un texto perfectamente actual. Y puede suceder hoy, en cualquier sitio.Una gran novela y un placer para cualquier lector.
Iván S. Turguénev, Suelo Virgen, Cátedra (Letras Universales), Madrid, 1992. Traducción y Edición de Manuel de Seabra.
Lecturas

Como habréis notado, llevo más de una semana sin escribir. He tenido mucho trabajo: he estado haciendo un curso de Innovación en TIC-E (Tecologías de la Información y Comunicación en la Enseñanza), en la UPC, gracias a que el Departament d'Ensenyament nos ha admitido, a mi compañero Carles Ferrer y a mí, un proyecto de Innovación e Integración Curricular en el IES donde trabajamos. Después, cosas de organización, reuniones en el Instituto, proyectos atrasados en pdf de mis alumnos que tengo inacabados...
Esto no me ha mantenido lejos de la lectura, aunque sí de la escritura. He releído Veinticuatro horas en la vida de una mujer de Stefan Zweig (Acantilado), que os recomiendo. Se trata de un breve relato (una nouvelle), digno de la precisa perspicacia psicológica y de la maestría descriptiva del escritor austriaco. Está llena de sutileza y de fuerza, a la vez.
Releí también a Blas de Otero en una Antología: Expresión y reunión (Alianza Editorial), porque será una de las lecturas obligatorias del Curso de Segundo de Bachillerato que daré el próximo 2006-2007. Sin que se trate de un poeta al que yo leería por gusto, no dejo de reconocer su maestría, aunque su universo me resulta ajeno y sobre todo, su dramatismo, su tono recitativo o grandilocuente, me aleja de él. Aún así, he disfrutado de la lectura. Hay poetas a los que uno reconoce su calidad desde fuera, objetivamente, sin que por ello uno se sienta implicado en su discurso: éste es uno de ellos. Jamás me emocionará profundamente. Pero es probable que este tipo de poesía sea más adecuada para dar a leer a adolescentes, aunque yo prefiera a José Ángel Valente, a Cernuda o a Pedro Salinas...
Ahora estoy en medio del Suelo virgen de Ivan Turguénev ( o Turguéniev -con estos nombres rusos siempre oscila la ortografía española-, en Cátedra Universales). Me gusta mucho este hombre. Su sutileza, su prosa, elegante y profunda, tras de la que siempre hay una reticencia. Reticencia que es pudor y que es elocuencia al mismo tiempo. Me gustan los escritores que no lo dicen todo, que no son explícitos o expresionistas. Y lo estoy disfrutando. La novela transcurre en la época pre-revolucionaria en Rusia, con los Populistas intentando insuflar rebeldía en las clases esclavizadas del campo y de la ciudad. El personaje central, Nezhdánov, es todo un logro. Pero también quienes lo acompañan en su periplo: Valentina Mijáilovna, Sipiaguin, Ostrodúmov, Paklin, Mashúrina... Como mi amigo Óscar, yo también tengo el alma un poco rusa.
Pasé por la librería a recoger un libro de texto y me traje una versión original y traducción de Who is me/Poeta de las cenizas de Pier Paolo Pasolini (DVD Poesía), de quien ya he escrito algunas veces y a quien siempre vuelvo con renovado placer interés. Me traje también En el trineo de Schopenhauer de Yasmina Reza (Anagrama), autora que me gustó mucho cuando vi en teatro (con Flotats, Carlos Hipólito y el gran - en todos sentidos- Josep Maria Pou), su obra Arte, tan inteligente como divertida, y tan real y al mismo tiempo tan bien construida como artefacto teatral.
Finalmente, me compré a mi inevitable Pascal Quignard, en un pequeño opúsculo cuyo título me sedujo totalmente: El nombre en la punta de la lengua (Arena Libros).
De todas estas lecturas presentes y futuras ya os daré referencia en cuanto pueda.
La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig

De niña, en la biblioteca de mi abuelo, se encontraban algunas obras de Zweig: Veinticuatro horas en la vida de una mujer, y las biografías de María Antonieta y de María Estuardo. Antes de los doce años ya las había leído, porque ya he comentado antes que yo, en cuestión de libros, he sido siempre omnívora. No sé si a mi abuela, a mi abuelo o a mi madre les gustaba el género biográfico, el caso es que, aparte de las de Zweig, había muchas biografías, por ejemplo, las de André Maurois (especialmente, recuerdo la de Ariel, o la vida de Shelley). Cuando mi madre me pescó con esta última, me dijo que no era apropiada para mi edad. De modo que tuve que leerla a escondidas, escudada tras el inmenso Atlas del National Geographic, debilidad que también me ha durado hasta hoy: amo los Atlas casi tanto como las enciclopedias… De ahí que los post viajeros de Ferre en retroklang me atraigan como la miel al osito Winnie the Pooh.
A lo que iba: mi otra gran afición era sentarme por las tardes a ver las películas americanas de los años cuarenta y cincuenta que pasaban por el canal 4 de la televisión mexicana. Y los domingos, a las ocho, el Teatro. Fue en esa hora teatral en que Emilia Carranza y Lorenzo de Rodas presentaban obras (me imagino que con inusual modestia y toneladas de cartón piedra), donde vi esta obra de Zweig, La impaciencia del corazón. Me conmovió. Cuando a los doce años, mi tío Mario me llevó por fin a conocer el mar, quiso la casualidad que en una playa (quizá la de Caleta o la de Caletilla), conociera a Emilia Carranza. Fue muy amable. Le dije que me había gustado mucho una obra que le había visto; yo no recordaba el nombre, pero sí el argumento. La impaciencia del corazón, me dijo. También me dio un autógrafo, que vete a saber dónde y cuando se perdió. Hace unas semanas, cuando buscaba un libro para mi ex, vi que Acantilado la había reeditado y me la traje. He tardado un poco en leerla. Nunca la había leído y el estilo absorbente, hermoso, implacable e impecable de Zweig se me había quedado olvidado entre los pliegues de la memoria de mi infancia devoradora de libros.
La obra es un excelente melodrama. El tema que la recorre es la crueldad inesperada, agazapada detrás de la compasión. Los movimientos contradictorios de un alma que desea hacer el bien, pero que no acaba de aceptar que para hacerlo debe inmolarse en aras de ese bien. En esas vacilaciones, en esas idas y venidas desde los buenos propósitos hasta la realidad no deseada del sacrificio se mueve esta historia, magníficamente contada.
Zweig penetra con la precisión de un cirujano en la interioridad de sus personajes. Cuántas veces hemos leído historias bien contadas, argumentos bien planteados, en los que los personajes no acaban nunca de tener una entidad verdaderamente humana, no acaban de encarnarse. En Zweig, en cambio, los personajes laten, viven, piensan, aman y sufren desde el primer momento. Los lectores asistimos a su drama como si estuviéramos en su interior, torturados, como ellos, por la duda o por la angustia del ¿qué hacer? Buscamos el camino con ellos, pero el camino se va cerrando. Comprendemos que el desenlace se acerca, ineluctable, pero no podemos hacer otra cosa. La vida es injusta y el drama se perfila.
El teniente Hofmiller es un buen hombre, un hombre de 25 años, sensible, compasivo. Sin embargo, esa misma capacidad de conmoción, esa misma sensibilidad exacerbada, le llevan a ejecutar actos de piedad impulsivos que en el fondo no puede sostener, porque van en contra de sí mismo. Llevado y traído en un vaivén angustioso, su piedad por la inválida Edith von Kekesfalva lo impele a dejarse embaucar en esa trampa mortal, de la que, lo sabemos, va a huir en un momento o en otro, echando abajo el edificio todo que con trabajos había ido construyendo: el de la fe y la esperanza de un futuro normal que habita en el corazón de la pobre niña.
Zweig traza con precisión los desvaríos, las vacilaciones, las dudas y los tormentos de Anton Hofmiller. Y también la manipulación (bienintencionada, pero implacable) del padre de la criatura, el judío disfrazado de noble húngaro, Lajos von Kekesfalva (en realidad llamado Leopold Kanitz), cuya historia es también extraordinaria y conmovedora, por contradictoria e imprevisible.
Edith, con sus ataques de ira, sus intentos de suicidio, su desesperación, su amor imposible por el bello teniente, es el epítome del enfermo crónico, aquel que con la piedad que despierta con sus sufrimiento lo obtiene todo de los demás; aquel que no tolera la más mínima rebelión, aquel que empuña su enfermedad como un arma para erigirse en tirano. Los demás, Ilona -la bella prima de la muchacha-, los criados, el padre, el teniente, son muñecos en sus manos. Pero hay una cosa en la que ella no puede imponerse: el alma, los sentimientos del teniente, que no son más que de lástima, de piedad y no de amor, como ella desearía, necesitaría. Hofmiller se horroriza en el fondo, al pensar en ese compromiso que le ha sido arrancado de forma tan alevosa. Piensa en las risas de sus compañeros del regimiento, en las burlas inacabables de todos al verle ligado de por vida a una tullida, a una inválida contrahecha, como él la llama para sus adentros. La figura del padre se le representa como la del Djin, un duende malévolo que convence a un viajero compasivo de que le lleve a cuestas, y una vez subido en su espalda lo ahoga con las piernas, lo destruye. El sonido de las muletas de Edith lo persigue en sus sueños pesadillescos: ¡Toc, toc, toc!
--Tiene que ayudarla...sólo usted puede ayudarla, sólo usted...También Condor lo dice: ¡Usted y nadie más! Se lo suplico, tenga compasión...no puede seguir así..., de lo contrario, cometerá algún desatino, se perderá.
A pesar de que las manos me tiemblan, obligo al anciano a levantarse, pero él sigue aferrándose a los brazos que intentan ayudarle; siento en mi carne sus dedos desesperadamente atenzados como garfios...es el djin, el djin de mis sueños, que abusa del compasivo.
El terror casi alucinatorio que la perspectiva de esa unión despierta en Hofmiller es la parte mejor trazada del relato de Zweig.
Todos los personajes se mueven enajenados en el círculo de la enfermedad de Edith menos el médico, Condor, hombre que sí conoce la verdad del sacrificio de su vida en aras de la piedad, pues se ha casado con una paciente ciega para no abandonarla y ha sido premiado con el amor incondicional de su esposa y ha encontrado en ella la verdadera felicidad. Condor explica a Hofmiller, impávido, que:
Hay dos clases de piedad. Una, débil y sentimental, que en realidad sólo es impaciencia del corazón para liberarse lo antes posible de la penosa emoción ante una desgracia ajena, es una compasión que no es exactamente compasión, sino una defensa instintiva del alma frente al dolor ajeno. Y la otra, la única que cuenta, es la compasión desprovista de lo sentimental, pero creativa, que sabe lo que quiere y está dispuesta a aguantar con paciencia y resignación hasta sus últimas fuerzas e incluso más allá.
Esta última, Hofmiller no puede sentirla sino fugazmente. Pero al momento siguiente, se arrepiente, da marcha atrás, termina huyendo. Tres veces huyó de esa casa maldita, tres veces, hasta la definitiva.
El drama se cierra. El estallido de la Primera Guerra Mundial da al teniente la posibilidad de buscar la muerte, que no llega. La apreciación de valentía que sugieren sus actos heroicos durante la contienda son una losa más que añadir a su cruz.
Gran novela, extraordinario estilo, penetración psicológica y humanidad: son mis conclusiones al cerrar la novela que, según veo, se sigue representando como obra de teatro en nuestros días.
Stefan Zweig, La impaciencia del corazón, Barcelona, Acantilado, 2006.
Henryk Szeryng, Brahms, Danza Húngara 17
Un detective bonaerense
Marcelo Guerrieri hace meses que publica una novela policiaca aquí. Disfrutad de ella.
Travesuras de la niña mala, de Mario Vargas Llosa (2006)

La última novela de Mario Vargas Llosa me ha desconcertado, no tanto por su argumento tragicómico (recordemos Pantaleón y las visitadoras o La tía Julia y el escribidor), como porque su estilo narrativo en esta obra es mucho más convencional. Esto no es necesariamente malo, pero desconcierta. Vargas Llosa suele dejar fluir el texto narrativo y el diálogo en un solo plano, haciendo que el lector no interrumpa su lectura para pasar al plano del directo, sino que procura, con este recurso, que el lector se sumerja en la historia hasta el punto de que la narración y el diálogo integrado en ella lo envuelvan como si se tratase de un testigo mudo, participante del relato. Este estilo tan vargasllosiano no se encuentra aquí, en Travesuras de una niña mala.
La historia transcurre durante muchos años, los que van de la adolescencia temprana del personaje hasta la vejez. Cuarenta años, aproximadamente, en que Ricardo tiene dos obsesiones. una cumplida: vivir toda (o casi) toda su vida en París, y otra inalcanzable: la niña mala.
El problema de un argumento como éste es que a la segunda vez que la niña mala emprende el vuelo, metamorfoseándose después, ya sabes lo que va a ocurrir. Es un ave pasajera, es un camaleón. Aparecerá de nuevo en la vida de Ricardo en el momento menos esperado, asumiendo un nuevo aspecto, una lengua (de adopción) prestada, una identidad nueva, un nuevo amante, un nuevo nombre, y Ricardo volverá a caer en el lazo que le tiende, tropezando siempre con la misma piedra: la frialdad y la fugacidad del encuentro con la niña mala, el sufrimiento subsiguiente, la confirmación de que es ésta la esencia de su amor por ella: su transitoriedad (también su superficialidad). Estos encuentros fortuitos los hemos encontrado antes en otras obras, incluida Rayuela (pero ¡qué diferencia!). También en el cine (L’ennui -1998-) trata de una historia muy similar).
El estilo que nos ofrece Vargas Llosa en esta novela no es precisamente brillante, y la historia que nos cuenta tampoco es de las mejores que nos ha presentado: es previsible, repetitiva, y lo es porque en el fondo no sabemos nunca por qué razón Ricardo amará toda su vida (intermitentemente, eso sí), a esta niña, joven, mujer madura, vieja, que se le va presentando siempre con una característica indiferencia hacia él, con un distanciamiento no disimulado, manipulándolo claramente y con un evidente desprecio hacia lo que él es y sobre todo, valorándolo (negativamente), por lo que no tiene: dinero, poder, glamour e incluso, crueldad. La niña mala no me seduce en ningún momento, no llego nunca a saber por qué Ricardo no la puede apartar de sus pensamientos.
Así, la historia se muestra como la de un hombre esclavizado, no tanto por la niña mala, como por sí mismo; es víctima de una obsesión en realidad vacía, inmotivada, turbia e insustancial. Ella no le da nada. Nada que justifique la adicción de él. Ricardo es incapaz de sustraerse al poder destructivo de aquella que apareció en su vida cuando era niña (fingiendo ser chilena), a la que reencontró en París como proyecto de guerrillera, que fue después esposa de un funcionario de la UNESCO para más tarde asumir la identidad de mujer de un rico criador de caballos inglés, y que terminó siendo la prostituta y la mula de un gángster japonés que la maltrata espantosamente y la hace pasar por las aduanas de medio mundo llevando vaya usted a saber qué.
La última parte de la historia, la historia de la destrucción de ese mito, es lastimosamente banal y previsible: el bueno de Ricardo se gasta todo lo que tiene en curar a la niña mala de las animaladas que le ha hecho el japonés, y ella, naturalmente, una vez curada, vuelve a irse. El largo epílogo (que comienza con la historia de Marcella), no agrega nada. El episodio del niño mudo es cursi, trapacero y sentimentaloide. No consigue convencerme de la entidad de la niña mala, ahora convertida (eso sí, fugazmente), en la buena vecinita que juega al ajedrez con un traumatizado niño vietnamita. Tampoco los personajes secundarios me llegan a parecer de carne y hueso. Tampoco agrega nada que en un viaje a Perú, Ricardo por fin consiga establecer la verdadera identidad de la falsa chilenita y consiga saber el verdadero nombre, o tal vez debo decir el nombre original, el primer nombre de esta mujer que, a pesar de aparecer en toda la novela, no acaba de encarnarse ante mis ojos de lectora más que como una snob, una mitómana, una mujer sin hondura emocional que se pasea por Perú, París, Newmarket, Tokio, y Madrid para torturar a ese pobre muñeco o marioneta al que, significativamente, llama “pichiruchi”.
A esto hemos de agregar un fondo histórico hecho a brochazos, que nos informa del Perú a través de diversos personajes: Paúl, y especialmente el tío Ataúlfo. Galdós lo hacía mucho mejor.
Por supuesto, partimos de la base de que Vargas Llosa sabe lo que hace. La historia entretiene y se lee de un tirón: si no se le pide más a un libro, cumple. Pero a mí no ha conseguido convencerme en ningún momento de que estoy leyendo la historia de un gran amor. Ricardo no llega a ser un héroe romántico (todo lo más, parece un poco idiota, un hombre sin verdadero fondo, que consecuentemente se enamora de otra que tal). Una historia que acaba repitiendo hasta la náusea una situación básica: ella se irá para reaparecer transformada, mientras él la seguirá y se plegará a sus deseos con toda docilidad en medio de algún que otro exabrupto. El final de esta historia sólo puede llegar cuando la susodicha, muere.
Vosotros mismos.
Mario Vargas Llosa, Travesuras de la niña mala, Alfaguara, Barcelona, 2006.
El día de Sant Jordi, 23 de abril
La leyenda de Sant Jordi, el dragón y la princesa ocurrió en la villa de Montblanc (Tarragona) hace ya mucho tiempo. El dragón era el más poderoso de los dragones puesto que podía moverse por el cielo, por la tierra y por el agua. Y la princesa era la de más linaje de todas ya que era la misma hija del Rey. El terror que el dragón imponía era terrible. Cada día devoraba un par de corderos. Después le ofrecieron bueyes y caballos, pero tampoco tuvo suficiente. Y así fue creciendo su ira, hasta que tuvieron que sortear personas para apaciguar el hambre de la Bestia.Y el Rey que era el de más linaje y que vivía en la villa, quiso poner a su familia en el sorteo, para dar ejemplo, confiando que no le tocaría. La fatalidad quiso que saliera el nombre de la princesa. El Rey aceptó el cruel destino y no quiso cambiar el sacrificio por el de ningún otro vecino de los que se ofrecían. Vestida de blanco, temblando de pavor, la princesa fue al sacrificio.

En Catalunya este día es el más grande. En el resto del mundo se celebra como “Día del Mundial del Libro” desde que, en 1995, la UNESCO conmemora el fallecimiento de dos grandes escritores universales: el español Miguel de Cervantes y Saavedra y el inglés William Shakespeare. Aquí se regalan libros y rosas. Probablemente, el lugar más emblemático de esta fiesta, que ya se celebra en casi todos los países, sean Las Ramblas barceloninas, pero en cada pueblo o en cada ciudad se celebra esta preciosa fiesta, fiesta de paz, fiesta de la cultura y fiesta del amor.

Mi rosa (en la foto de arriba): un testimonio de amor correspondido.
Mi libro: Françoise Giroud, Lou (Histoire d’unne femme libre), Fayard, Paris, 2002, enviado por mi hija Sara desde Bolonia con una dedicatoria que dice: Para mi primer modelo de "femme libre", de tu hija que te adora, Sara.
Y dos: Pascal Quignard, The salon in Württemberg, Grove Weidenfield, New York, 1991.
Sergio Pitol, Premio Cervantes 2006

(Tomado de El Mundo)
MADRID.- Sergio Pitol tiene ya entre sus manos el Premio Cervantes con el que fue reconocido en diciembre. Durante la ceremonia de entrega en Madrid, este ilustre mexicano de 73 años echó la mirada atrás y explicó cómo la literatura marcó su vida. El Rey, en su discurso, ha elogiado su "lúcida trayectoria literaria, que enriquece el valor de nuestra lengua común".
Cada año, desde 1976, el 23 de abril, fecha en la que se conmemora la muerte de Cervantes, se entrega este prestigioso galardón, el más importante de las letras hispanas, dotado con 90.180 euros, pero este año por caer este día en domingo, la ceremonia de entrega se ha pasado al viernes.
Pitol evocó retazos de su propia vida en el discurso que pronunció nada más recibir de manos del Rey el Premio Cervantes, galardón que le llegó en "un mágico día -dijo- que pareciera haber cambiado mi vida". Pitol recordó agradecido cómo, nada más conocerse en diciembre pasado la noticia del premio, su casa de Xalapa (México) fue invadida por equipos de televisión y radio, familiares, amigos y vecinos", y "desde ese día -dijo- he recordado imprevisiblemente fases de mi vida, unas radiantes y otras atroces", pero siempre, destacó, volviendo a su infancia.
Una infancia en la que Pitol, autor de una obra eminentemente memorialística, quedó huérfamo a los cuatro años y padeció de paludismo; fue criado por su abuela, heredó de ella su pasión por la lectura, de manera que a los doce años había leído ya a Verne, Stevenson, Dickens y Tolstoi, como él mismo contó a todos los asistentes al solemne acto celebrado en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. Sus palabras posteriores han enviado un emotivo mensaje al exilio español en México, por su decisiva contribución a la cultura mexicana y del resto de Iberoamérica.
Palabras sinceras e innovadoras
Un año más, en un día de homenaje a las Letras hispanas, como lo calificó don Juan Carlos, los Reyes han presidido en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares el solemne acto de entrega del Premio literario más importante del mundo en lengua castellana.
El Rey elogió la obra de Sergio Pitol, porque "nos seduce con la verdad", y destacó del escritor mexicano, tras entregarle el Premio Cervantes 2005, su "lúcida trayectoria literaria que enriquece el valor de nuestra lengua común".
Un Premio que en 2005, año del Cuarto Centenario de la publicación de la primera parte de "El Quijote", fue a parar a un hombre de letras de profunda "dimensión cervantina", Sergio Pitol, de quien el Rey destacó su "talante innovador" y el haber sido un "adelantado a su tiempo".
Junto a los Reyes ocuparon la mesa presidencial del acto el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero; las ministras de Cultura de España, Carmen Calvo, y México, Sari Bermúdez; la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre; el rector de la Universidad alcalaína, Virgilio Zapatero, y el alcalde de la ciudad complutense, Bartolomé González.
Bibliografía
De su obra destacan: ’No hay tal lugar’ (1967); ’Infierno de todos’ (1971), llevada al cine en 1989 como ’El acoso’ por Miguel Barbachano y con guión de Gabriel García Márquez; ’Los climas’ (1972); ’El tañido de una flauta’ (1973); ’Asimetría’ (1980); ’Nocturno de Bujara’ (1981); ’Cementerio de tordos’ (1982); ’Juegos florales’ (1985); ’El desfile del amor’ (1985); ’Domar a la divina garza’ (1988); ’Vals de Mefisto’ (1989); y ’La casa de la tribu’ (1989).
En la década de los 90 publicó ’La vida conyugal’ (1991); ’Todos los cuentos más uno’ (1998); ’Soñar con la realidad’ (1998); y su trilogía ’Tríptico de Carnaval’ (1999), que componen las novelas (reeditadas) ’El desfile del amor’, ’Domar a la divina garza’ y ’La vida conyugal’.
De sus últimos libros cabe citar ’El viaje’ (2000); ’Todo está en todas las cosas’ (2000); ’De la realidad a la literatura’ (2002); el libro de memorias ’El mago de Viena’ (2005); y la selección de cuentos ’Los mejores cuentos’ (2005).
Asimismo, los siete volúmenes de sus ’Obras reunidas’ (hasta ahora sólo tres editados): ’Obras reunidas I’ (2003), formado por ’El tañido de una flauta’ y ’Juegos florales’; ’Obras reunidas II’ (2003), con las novelas ’El desfile del amor’, ’Domar a la divina garza’ y ’La vida conyugal’; y ’Obras reunidas III. Cuentos y relatos’ (2004). ’El Mago de Viena’ (2005) y ’Cuentos completos’ (2005), recopilados por Enrique Vila-Matas.
Entre los galardones que ha recibido figuran los siguientes: Premio Nacional de Novela de México (1973), Premio Xavier Villaurrutia (1981) por ’Nocturno de Bujara’, Premio Nacional de Literatura de México (1983), Premio Herralde de Novela (1985) por ’El desfile del amor’, Premio Nacional de las Artes y Letras de México (1994), Premio Juan Rulfo de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (1999), Premio Internacional Bellunesi che Hanno Onorato la Provincia la Provincia in Italia e nel Mondo (2000) y Premio Nacional Francisco Javier Clavijero de México (2002).
Sant Jordi 2006

Mis alumnos de Primero de Bachillerato (Tecnológico) y yo hemos preparado esta Antología de Sant Jordi que esperamos que os guste a todos.
Os deseamos un feliz día del libro y de la rosa.
Los placeres de Versalles (Teatro y Música) de Philippe Beaussant

Powered by Castpost
Musicólogo y novelista francés, Philippe Beaussant nació en 1930 en Caudéran (Gironde). Ejerció como profesor de literatura francesa en Francia y Suiza antes de hacerlo en la Universidad de Australia del Sur en 1965. Al mismo tiempo, creó un conjunto de cámara instrumental y vocal, The Armidian Players, consagrado a la música barroca francesa, su especialidad. En 1977 fundó el Instituto de música y danza antigua que dio el primer paso en una larga sucesión de grupos musicales muy reconocidos internacionalmente como La Chapelle Royale o la troupe de danza Ris et danceries. Después de 1974, ejerció como productor de Radio-France/Musique. En 1962, pblicó un primero libro sobre el arte romano, Le Jeu de la pierre et de la foi , a la que siguieron varias novelas y libros sobre musicología e historia de la música y del arte dramático. Le Biographe (1978), L’Archéologue (1979), La Belle au bois (1990). En cuanto a la música, ha escrito: Versailles-Opéra (1982), Rameau de A à Z (1983), François Couperin (1986), Vous avez dit « baroque » ? (1988), Vous avez dit « classique » ? Con Le Roi Soleil se lève aussi (Gallimard, 2000), Philippe Beaussant reabre la bibliografía sobre el Rey Sol (su obra, Louis XIV, artiste (1999), fue la base sobre la que se construyó el film de Gerard Corbiau, Le Roi Danse, ya reseñado aquí. En 2002, Philippe Beaussant publica Le Chant d’Orphée selon Monteverdi y en 2003, Le rendez-vous de Venise. Beaussant fue consejero artístico del Centro de Música Barroca de Versalles y dirigió el Teatro Barroco de Francia. Ha sido galardonado con el Gran Premio de novela de la Academia Francesa. En todos sus libros (al menos en los que he leído) se mezclan armoniosamente la erudición y el encanto de una prosa llena de tersura. A pesar de que tiene más de una similitud con Pascal Quignard, su escritura no se parece en nada a la del difícil, filosófico autor de La lección de música y del Odio a la música. En Les plaisirs de Versailles, Beaussant nos muestra la transformación del modesto pabellón de caza construido por Luis XIII, para evadirse del mundo cortesano y para olvidarse del protocolo de la corte de París, que se va a convertir en el centro cultural y artístico de Francia durante el largísimo reinado de su hijo, Luis XIV, el Rey Sol, y explica, a lo largo de más de 500 páginas, los lugares, los artistas, las obras, los placeres musicales, teatrales, las fiestas, todo lo referente a ese esplendor que llegará hasta el reinado de Luis XVI. Tomando prestado el título del músico real Marc-Antoine Charpentier, Los placeres de Versalles se despliegan ante nuestros ojos. Revelan la unión inextricable de todas las artes bajo una perspectiva única, totalizadora, en la que el poder emana como fuente de belleza, de sabiduría, de esplendor. Arquitectura, escultura, teatro, música, todos los placeres imaginables y todos los programas, los jardines, los estanques, las galerías, los salones, los lugares del placer. Miles de conciertos, miles de representaciones de danza, de teatro, de música. Y el cómo. Las instituciones y los hombres que lo hacen posible. El libro se divide en tres partes: La historia y su actantes. La segunda parte trata de las instituciones que organizaron aquellos espectáculos y los hombres que les dieron su aliento. La tercera ofrece una visión de los lugares del teatro y de la música, todo ello con profusión de grabados, diseños y planos. Un gran libro para conocer por qué el XVII y el XVIII son los siglos de Francia en Europa.
El tema del teatro europeo siempre me ha interesado, especialmente el del Siglo de Oro sobre todo en su faceta material: el de la estructura de los escenarios, el de las construcciones, las tramoyas, los efectos especiales. En ese contexto, he publicado en mi blog educativo un articulo para mis estudiantes de Bachillerato que trata, brevemente, del teatro en la era del Rey Sol. Sobre ello ya había leído los libros de Marc David Calvet, Le fracas du Soleil ou Jean-Baptuiste Lully, le musicien du roi (Ed. Perrin, París, 2000) y Philippe Beaussant, Lully ou le musicien du Soleil, (Gallimard, Paris, 1992). Ahora leí, de este último, Les plaisirs de Versailles. Theatre et Musique, Arthème Fayard, 1996.
Yasmina Khadra, Cousine K (La prima K )

Un algeriano, Mohammed Moulessehoul, que escribe con seudónimo femenino (Yasmina Khadra), ha de ser necesariamente un ser especial. Un escritor especial. Nació en 1955 en el pueblo de Kenadsa, en el Sahara Algeriano y se ha convertido en una de las voces más importantes del mundo cultural árabe dentro del panorama francés. Traducido a diecisiete lenguas, Khadra es autor de Las golondrinas de Khaboul, Los corderos del Señor, Lo que sueñan los lobos. Khadra fue hasta el 2000, oficial superior del Estado Mayor argelino. Por esa razón, sus obras habrían sido fuertemente censuradas y por ello optó por utilizar. como seudónimo, el nombre de su mujer. Khadra es uno de los pocos escritores árabes capaz de explicar la atroz situación que vive su país (y el mundo islámico en general), a causa de las luchas entre integristas y moderados, mediante una literatura de denuncia altamente corrosiva. Destaca su espléndida Trilogía de Argel: Morituri, Doble Blanco y El otoño de las quimeras, novelas policíacas de ambiente argelino que han conseguido sacudir las conciencias de muchos lectores europeos. Adscrito a una unidad de elite que ha combatido el terrorismo durante estos últimos años, el autor llevaba tiempo intentando abandonar las armas para dedicarse por entero a la escritura, y sólo en septiembre de 2000 consiguió licenciarse para dedicarse plenamente a la literatura. Merecen también mención especial : La parte del muerto (2004) además de esta pequeña joya que es Cousine K ( La prima K), que he leído en francés pero que está traducida al español, como casi toda su obra.
Víctima del dolor, el protagonista, innombrado, vuelve la vista atrás para contar (¿a quién, por qué?), el incandescente dolor de la infancia. La infancia puede ser un Paraíso, pero también puede ser un Infierno. Marcado por la muerte brutal de su padre, a quien él mismo encontró colgando de una viga en el establo cuando tenía cinco años, y herido por la ausencia de su amadísimo hermano Amine, el innombrado vive (no vive) en perpetua agonía. Hay un amor que ilumina fugazmente sus días: la prima K. Pero ese amor se convierte en obsesión primero y luego en dolor inmenso. Inaccesible, la prima K, también adolescente, se convierte en su verdugo. El hombre narra desde una casa que han abandonado ya los criados, cansados de la tiranía de la madre. La madre lo ignora absolutamente: sólo tiene miradas y caricias para el otro hijo. Visitas del hermano: abandonos también, cada vez que se aleja camino del cuartel (es primero cadete, luego oficial del ejército). La casa, sola, antigua, el pueblo, como un espejismo. El cementerio, que visita los viernes, fascinado por los rituales de los entierros. La soledad. El tiempo, siempre igual, que pasa. En medio de esa monotonía, de ese dolor sordo, una luz. Luz que se convierte en sombra: la prima K., que aparece cuando el innombrado tiene 14 años. Luz y día, sombra y noche:
” Nunca había visto nada más grande que sus ojos. Nunca había visto nada más duro que su corazón. Ella era, ella sola, el día y la noche.”
En la primera parte de este relato predomina la figura del hermano. El hermano y la madre, unidos, cercanos. El innombrado queda excluido del vínculo. Apenas se le mira. La madre apenas existe hasta que llega el hijo, entonces, vive, tiembla, se emociona, cantan sus ojos, su cabello reluce, sus dedos avanzan una caricia.
“Su habitación no era un santuario, más bien era una ciudad prohibida”.
“Cada vez que él vuelve, se diría que los dioses entran en trance.”
“Mi madre fluye, mi madre es cascada; no es más que un surtidor, una resaca, rápidos espumeantes. Sus manos – por lo general reservadas, distantes-, sus manos son riberas, sus brazos, deltas; mi madre es océano”.
La madre, cuando Amine llega con una joven hermosa, se encela, se rebela. El hijo es feliz. Amado por dos mujeres.
“Mi hermano nació para ser feliz”.
La escuela, parapetado tras su mesita de escolar. La juventud en el liceo, apartado de los jóvenes que ríen, que juegan, que disfrutan. Siempre el tiempo, la ventana, a lo lejos, el pueblo, el odiado lugar: "He buscado por todas partes un rostro, una mirada digna de interés: nada. En Douar Yatim todo está enterrado…una vez terminada la plegaria del viernes, nadie se detiene en sus calles…es el estío, el estío magrebí…Los escasos olivos parecen supliciados: ellos jalonan el camino que lleva a las puertas del Infierno.”
La soledad y el tiempo minan el alma del innombrado. Ausente, ya para siempre la prima K., el tiempo: “Hoy como ayer, seguramente igual que mañana, continúo escrutando la penumbra sin saber por qué, velando el silencio sin saber para qué. Me tiendo en mi lecho. Los ojos cerrados, las manos sobre el pecho, yo me tiendo y espero...pero el tiempo no espera, él, no. Sordo como la suerte, ciego como la muerte. Traiciona con magnificencia la inconstancia de las penas perdidas.”
El dolor se volvió odio. El amor despreciado, la crueldad de los otros, el desprecio, el despego, la soledad, la ausencia, todo clamó venganza.
Incandescente, el dolor acumulado se levantó como un puñal sobre el muro.
Yasmina Khadra, Cousine K, Éditions Julliard, París, 2003.
En español: La prima K, Zoela Ediciones, 2003.
Las cartas de amor de Emilia Pardo Bazán a Galdós

Ahora que he tenido a mi pequeña filóloga conmigo, he sacado de uno de mis estantes una deliciosa recopilación de cartas amorosas escritas por Emilia Pardo Bazán a Benito Pérez Galdós, descubiertas y publicadas en 1976 por Carmen Bravo Villasante.
En su momento, mi amiga Pilar Alegret y yo disfrutamos con ellas, poniendo a la carta la voz, intentando buscar los matices del humor, de la inquietud amorosa, de la pena o de la culpa, que todo ello se reúne en esas extraordinarias muestras de la personalidad de la gran escritora gallega. Una de mis pasiones en aquellos años fue leerla. Hace algún tiempo, cuando pude conocer la ciudad de A Coruña (para mí, la más bella de España), sentí una gran emoción al acercarme a su casa, visitar su pequeño museo, caminar por las habitaciones curioseando, como una invitada, las cosas de doña Emilia, sus retratos, sus muebles, sus manuscritos. La amabilidad de la gente que lleva el museo me hizo sentir muy a gusto y al final de la visita me senté en un lucernario que para ello han adecuado, a leer unos pasajes de su extraordinaria obra. Yo de niña ya conocí a esta señora. Mi mamá me había comprado una antología de Carlos González Peña: Florilegio de cuentos; el nombre me encantó, aunque no sabía qué significaba esa palabra. Ahí encontré varios de la Pardo. No olvido el de La cabellera de Laura, leído muchas veces y mi preferido junto con ¡Adiós, cordera!, de Clarín y El patio azul, de Santiago Rusiñol.
En los años de facultad, Pilar y yo disfrutamos como locas de la lectura de sus novelas, desde Un viaje de novios hasta La madre Naturaleza y también de La cuestión palpitante, porque no hay que olvidar que además de su talento como escritora, la Pardo introdujo el tema del naturalismo francés en plan teórico y práctico en España, y también fue pionera en su interés por los escritores rusos que hoy todos admiramos. Entonces, allá por el 1976, estas Cartas a Galdós nos ayudaron a entrar un poquito en la intimidad de esta mujer, grande por su extraordinario talento, su humor y su valor como persona.
De modo que, al llegar mi pequeña Sarita, ninguna otra propuesta me pareció más idónea que la lectura en voz alta de estas cartas, que ella desconocía. Francamente, disfrutamos. Hace poco, Sara había leído a Galdós en dos de sus obras más interesantes: Fortunata y Jacinta, y La Desheredada, novela injustamente relegada, cuando es tan interesante y enjundiosa como La Regenta de Clarín. Algún día os hablaré de ese personaje quijotesco y complejo que es Isidorita Rufete y de toda la gente que puebla su universo y que la acompaña en su imparable descenso a los infiernos.

A lo que iba. No se puede decir que Emilia fuese una mujer hermosa. Era alta, robusta (luego sería algo más que robusta), ligeramente estrábica. Sin embargo, todos sus compañeros de generación (menos Juan Valera, que era misógino y antifeminista), la adoraron. Fue educada por un padre generoso y progresista, que jamás le prohibió leer ningún libro, consciente de que como heredera absoluta de sus bienes, que no eran pocos, y por su inmenso talento, su hija podía hacerlo todo: todo lo que quisiera. Ella se formó en la biblioteca paterna, aprendió idiomas, viajó. Se casó muy joven como era costumbre y estuvo siempre unida a su madre y a sus numerosos hijos. La relativa facilidad con la que entró en el mundo literario no es ajena a su posición social y económica. Otro gallo le hubiera cantado de no haber sido quien era, pero lo que llegó a ser...eso se lo ganó a pulso ella solita, trabajando y escribiendo incansablemente.
Bravo Villasante encontró estas 32 cartas inéditas datadas en 1889-1890 (la correspondencia de todos los miembros de esta generación del 68 es muy abundante), aunque la amistad entre doña Emilia y Galdós data probablemente de 1881, año de publicación de La Desheredada y de La cuestión palpitante y de la separación conyugal (muy discreta y de común acuerdo), de la autora gallega.
El amor y la pasión de doña Emilia aparecen aquí teñidos con los tonos del humor, de la ternura y de la clandestinidad a que estaban obligados. También de la sinceridad. Comienzan amablemente, asépticamente; son los inicios y la escritora encabeza: Mi querido amigo y maestro... y firma, muy seria, Su amiga, E., pero pronto cambia el signo: en la tercera carta, que le escribe desde París, dice:
Triste, muy triste...como diría un orador de la mayoría, me quedé al separarme de ti, amado compañero, dulce vidiña...¿quién reemplazará condignamente nuestras expansiones a la mesa y el el execrable puesto, nuestras dulces y disparatadas causeries, nuestra charlas, ora guasonas, ora serias y literarias, nuestra ternura que era la salsa secreta de todo el compagnage y de toda el alma amistad que nos veníamos mintiendo? Ahora es cuando la p...ícara imaginación representa con lindos colores toda la poesía de este viaje feliz...Hemos realizado un sueño, miquiño adorado, un sueño bonito, un sueño fantástico que a los 30 años yo no creía posible. Le hemos hecho la mamola al mundo necio que prohibe estas cosas; a Moisés que las prohibe también con igual éxito; a la realidad, que nos encadena; a la vida que huye; a los angelitos el cielo, que se creen los únicos felices porque están en el Empireo con cara de bobos tocando el violín... Felices, nosotros ¡Ay, cuándo volveré a estrecharte en mis brazos, mono, felicidad mía, cuándo será!
Y esta vez se despìde de modo muy distinto:
...Que sueñes en renovar horas tan venturosas, que vayas tramando el modo de realizarlo en compañía de tu
Peinetita,
que te besa un millón de veces el pelo, los ojos, la boca y el pescuezo.
La dificultad de encontrarse se manifiesta en muchas de las cartas. Los encuentros debían ser secretos, a horas muy bien estudiadas, porque la Pardo viaja con frecuencia con su madre y con los niños:
Le escribe desde Lourdes: Mi vida, en este momento acabo de perder el tren que debía llevarnos a España...Lo que me consterna es pensar que tal vez no me esperes ya, con tantas dilaciones...Soy tu rata, que te ama y está rabiando con este contratiempo...
Y un lunes: Mi propósito es plantarme el jueves de 6 a 7 de la tarde near Maravillas Church (Palma Strasse), pero voy con mamá...Iré al loco citato, si no me es absolutamente imposible, el jueves; y si no, el viernes, all' ora stessa. Te abrazo con toda la fuerza de mis brazos y de mi corazón, diletto, vita ed anima mia. Ti bacia caldamente, tu Porcia.
(La Pardo y Galdós solían reunirse en un discreto apartamento de la calle de La Palma, cerca de la iglesia de Maravillas, que ella llama, con su humor habitual, Palma Street o Palma Strasse y Maravillas Church).
Un domingo, le escribe:
Minino: Ayer nos convidaron al Real: mamá en casos tales se pone como una niña: quiere ver subir el telón...Al ver esto, y ver que en el fatídico reloj sonaba la media, y transcurría tiempo, y las siete se apropincuaban, huí del impuro nido. El martes ahí tendrás a tu Suriña. Se me hace el tiempo largo; la metá de mis deseos, cual huye ante mis asombradas pupilas ¡Ah! ¡Oh! ¡Seductor, no me fascines con tu serpentina lengua! Adiós mono, hasta el martes -loco citato, all’ora stessa: En cuantique te vea, te como.
No todo son mieles en la relación. Ella tiene un affaire con Lázaro Galdiano en Barcelona. Narcís Oller, que los ha presentado, se siente celoso y se lo cuenta a Galdós. En una carta que desconocemos (las cartas de él no han llegado hasta nosotros), se lo reprocha. Doña Emilia, sorprendentemente, confiesa:
...Mi infidelidad material no data de Oporto, sino de Barcelona...Perdona mi brutal franqueza. La hace más brutal el llegar tarde. Y no tener color de lealtad. Nada diré para excusarme y sólo a título de explicación te diré que no me resolví a perder tu cariño confesando un error momentáneo de los sentidos fruto de circunstancias imprevistas. Eras mi felicidad y tuve miedo a quedarme sin ella. Creía yo que aquello sería para los dos culpables igualmente transitorio y accidental. Me equivoqué: me encontré seguida, apasionadamente querida y contagiada. Sólo entonces me pareció que existía problema: sólo entonces empecé a dejarme llevar hacia donde -al parecer- me solicitaban fuerzas mayores, creyendo que ahí llenaba yo mayor vacío y hacía mayor felicidad. Perdóname el agravio y el error, porque he visto que te hice mucho daño, a ti, que sólo mereces rosas y bienes, y que eres digno del amor de la misma Santa Teresa que resucitase...
La relación prosiguió, pese al obstáculo. Y Emilia sigue desplegando su humor sano y contagioso:
Cariño, caro (acabo de recibir una carta muy apasionada de un siciliano y por ende me dan ganas de seguir requebrándote en la lengua de Petrarca) no emprenderé il mio viaggio hasta domani, ossia martedí alle cinque e mezzo...y ahora recobro el idioma natal para decirte que es preciso, en esta ocasión tan excepcional, que te revistas de alguna indulgencia para la cuestión de las citas...Ratonciño, adiós, hasta mañana.
De nuevo, desde París, adonde acude a ver la Exposición Universal, le invita:
Por ahora la Exposición para mí sólo se traduce en gasto, polvo, sudor, mareo y traqueteo de tren. Veremos si mañana, ante la Torre Eiffel, mudo de pauta y canto un himno al progreso. De todas suertes se me figura que prefiero ya a Steinkopfenkerken o como se llama esa ignorada aldea en que...
Y Tras los viajes a París, Suiza y Alemania, le escribe:
Mi vida, al abrir los baúles fueron saliendo objetos que eran otras tantas reminiscencias de nuestra feliz escapatoria... Pero sobre todo lo que yo tengo presente es la (escena) de Francfort, que pertenece al número de las que por rebasar de los límites del amor nefando y el deleite vil, se graban en el espíritu con imborrable huella... Haz por venir pronto, cielo, feo, monigote...¡Cuán grande va a ser mi orgullo si me dices que tus saudades corren parejas con las mías, y que tú también has encontrado en mí la compañera que se sueña y se desea para ciertas escapatorias en que burlamos a la sociedad impía y a sus mamarrachos de representantes!...Imposible parece que después de lo muchísimo que charlamos, ya en los fementidos y angostos lechos germánicos, ya en los lujosos vagones, al amparo de los feld-mariscales que nos abrían las portezuelas y nos llamaban príncipes, quede todavía una comezón tan grande de charlar más, y un deseo tal de verte otra vez en cualquier misterioso asilo, apretaditos el uno contra el otro, embozados en tu capa o en la mía los dos a la vez, o tumbados en el impuro lecho, que nuestra amistad tiernísima hace puro en tantas ocasiones. Sí, yo me acuesto contigo y me acostaré siempre, y si es para algo execrable, bien, muy bien, sabe a gloria...porque tienes la gracia del mundo y me gustas más que ningún libro.
Sé que debo dejar de transcribir este delicioso diálogo, del que conservamos sólo una parte, la de doña Emilia. Debemos dejar al Miquiño y a Porcia. Antes sólo permitidme deciros que si algún día en alguna librería de viejo encontráis estas cartas, las llevéis con vosotros. Las vais a disfrutar. Ternura, humor, amor.
Carmen Bravo Villasante, ed., Emilia Pardo Bazán, Cartas a Benito Pérez Galdós (1889-1890), Ediciones Turner, Madrid, 1975.
El Memorial de Paolo Volponi

Como he escrito atrás, mi hija pequeña está haciendo su último curso de Filología Hispánica en la Universidad de Bolonia gracias a una beca Erasmus. Como sabéis, me gusta compartir lecturas con mis hijos, y también discutir o dialogar sobre ellas. Es una costumbre que tenemos desde que eran pequeños. Como mis lecturas de literatura italiana han sido recurrentes pero no uniformes, y como soy ecléctica por naturaleza, no tengo un verdadero conocimiento de esa literatura. En suma, no se podría hablar de mis lagunas, sino de los mares de mis desconocimientos.
Y aquí entra Volponi, a quien ahora leemos las dos: escritor contemporáneo (y amigo) de Pasolini, quien lo inlcuyó como actor en Mamma Roma (1962). Nació en la bella ciudad de Urbino en 1924, y compaginó sus escritos con trabajos en la industria italiana (en la FIAT y en la Olivetti). De estas experiencias laborales nació sin duda la obra que nos ocupa, el Memoriale (1962), una de sus novelas más conocidas. Volponi pereteneció durante muchos años al Partido Comunista Italiano (PCI) y fue elegido senador de la República en 1983. Volponi es poeta: El lagarto-1948-, Las puertas de los Apeninos -1960- o Testo a fronte -1986-, y publicó una Antología poética que recogía su obra desde 1946 hasta 1966, (1980). Como narrador, Volponi escribió cuentos y novelas : el ya citado Memoriale (1962), La máquina mundial (1965), Corporal (1974), El planeta irritable (1978) o La mosca del capital y El camino hacie Roma (1991). El escritor italiano murió en 1994.
Al principio, como no encontré la traducción, temí que mi italiano estuviese demasiado olvidado como para poderlo leer. Pero no fue así. El ritmo de la prosa me ha ido llevando adelante sin demasiados escollos. No soy una lectora preocupada por no entender exactamente alguna que otra palabra, y no me he visto en la necesidad de usar el diccionario con exceso.
El Memoriale es el diario o recuento de un hombre enfermo que ha vuelto de la guerra y de la prisión sufrida al final de ésta en Alemania; padece tuberculosis y progresivamente, paranoia. Su mísero estado le conduce a la casa materna y a la oficina de colocación. Al principio, Albino confía que su salvación llegará a través del trabajo en la nueva fábrica, pero poco a poco la fábrica se transformará en el monstruo que va a devorarle. El protagonista está en manos de un sistema médico surgido del capital y que no se ocupa de su salud verdaderamente y de un sistema de trabajo que en su conjunto le rodea de normas, reglas, avisos e imposiciones que le colocan cada vez más en una situación desesperada, completamente incomprensible para él: asfixiante.
La obra transcurre entre los años 1946-1956, periodo en el que Italia desarrolla su neocapitalismo. En esos años, su paisaje urbano se hace radicalmente distinto y los italianos cambian la azada por el martillo o el destornillador en un proceso paralelo entre el despegue económico y la despersonalización del individuo.
Albino Saluggia es en la obra el epítome de la destrucción del ser originario, rural, que no puede convertirse en engranaje en medio de una Italia que trata de salir de la postguerra a base de industrialización y que no repara en la depauperización y polución del campo o en la alienación del individuo. La fábrica (cuyo nombre y funciones concretas no llegamos a conocer), es la idea, convertida en realidad, de la opresión y de la industria deshumanizadora. La fábrica es totalitaria, abstracta, inhumana, inmensa. La fábrica no siente ni protege, no estimula ni ayuda al hombre: es un factor alienante y duro, ajeno a su naturaleza.
La enfermedad (o mejor, las enfermedades) de Albino Saluggia son un síntoma de su desaveniencia con ese mundo incomprensible de la modernidad, en el que él no puede integrarse; de modo que paulatinamente sus delirios persecutorios pasan de los médicos de la compañía a los jefes, a la policía y a su propia madre, que no sólo no comprenden el profundo malestar que esa nueva vida le produce, sino que son vistos por él como cómplices y aliados de su destrucción.
La obra entra de lleno en el discurso que otros hombres de su generación (de los que aquí he tratado superficialmente), como Pavese, Pasolini o Italo Calvino, elaboran sobre el dificultoso paso de la ntigua Italia rural, humanísima, quizá un punto perezosa, a la Italia industrializada de la postguerra.
El estilo es rítmico, hipnótico y hermoso. El vocabulario asequible, coloquial y sin artificio y está al alcance de cualquiera que tenga alguna noción del italiano. Lo recomiendo.
Dice Pasolini de Volponi: Yo pienso que ninguna voz de novelista, en estos últimos años, había encontrado la propia fisonomía con tanta precisión, con tanta pureza, con tanto poder revelador".
(Paolo Volponi, Memoriale, Ed. Einaudi, Turín, 2004)
Italia, nuevamente

Hoy iré a buscar para mi hija un libro, editado póstumamente, de Pier Paolo Pasolini: Petróleo. Al comentarlo a Óscar, me ha dicho que ignoraba que Pasolini fuese escritor. Es curioso. Pasolini, es sobretodo, escritor. Poeta y novelista, pero también ensayista y autor teatral. Y vuelvo a él periódicamente, o él vuelve a mí, como hoy, en que debo ir a buscarlo entre los estantes de La Central, junto con el Memorial de Paolo Volponi, otro autor comunista cuya obra ella está a punto de conocer.
Buscando entre mis recuerdos, creo que Pasolini, Gramsci, Pavese, Ungaretti, son los grandes compañeros de mi juventud. Y de Pavese recupero hoy estos versos, que dedico a mi muchacho:
Estas colinas duras que han formado mi cuerpo
y lo sacuden con tantos recuerdos, me han abierto el prodigio
de aquella que no sabe que la vivo y no llego a entenderla.
Me la encontré una noche: una mancha más clara
bajo las inciertas estrellas, en la oscuridad del verano.
Percibíase en torno la fragancia de estas colinas
más profunda que la sombra y de repente sonó
como si saliera de estas colinas, una voz más limpia
y áspera, a la vez, una voz de tiempos perdidos.
Alguna vez la veo, y se pone ante mí
definida, inmutable, como un recuerdo.
Nunca he podido asirla: su realidad
cada vez se me escapa y me lleva más lejos.
Si es bella, no lo sé. Es joven entre las otras:
me sorprende, al imaginarla, un lejano recuerdo
de mi infancia vivida entre estas colinas,
tan joven es. Semeja la mañana. Me muestra en los ojos
todos los cielos lejanos de aquellas mañanas remotas.
Y tiene en los ojos un firme propósito: la luz más limpia
que jamás tuvo el alba sobre estas colinas.
La he creado del fondo de todas las cosas
que me son más queridas, y no llego a entenderla.
(De Trabajar cansa, Florencia 1936, edición definitiva, 1946).
Pavese (1908-1950) escribe en piamontés, porque quiere reivindicar el italiano de la provincia frente al habla burguesa y citadina, pero no lo hace por diletantismo dialectal, sino por conciencia de nobleza. Pavese, que es un poeta antifascista que se unirá a la resistencia, que probará la cárcel y la lejanía de todo lo que ama (tierra, mujer amada), intenta, como él mismo dice, nutrirse de lo propio para nutrir universalmente. Licenciado en Filología Inglesa y traductor de Steinbeck, de Hemingway y de Gertrude Stein, Pavese no puede estar más distante del provincianismo. Alcanzará lo universal desde lo cotidiano, desde lo contemporáneo, desde el propio yo transido de melancolía. Melancolía por la conciencia de lo perdido. Todo eso surge de la obra del poeta y novelista, editor y fundador de la editorial Einaudi, que una noche se suicidó en un hotel de Turín, después de haber recibido un premio literario, pero que nos dejó entre otras muchas obras eternas, el poema: Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (1951) y ese Oficio de vivir (1952) inolvidable.
Soliloquio

Para M.J.S.
Mi cárcel comenzó siendo una metáfora, pero hoy es una espantosa realidad. En ella el tormento se acrecienta a causa de la soledad. He tenido todos los años de esta prisión mía para pensar en mí, en mi vida, en mis errores, en mis dichas, en mis fracasos, en mis éxitos, en mi dolor de hombre solo. He tratado de dialogar con Dios, pero Dios no me ha contestado.
A menudo he sentido que rodeaban mis hombros los delicados brazos de la muerte o que tocaban mis cabellos los dedos de la locura. Las palabras leídas taladran mis sesos y me hacen desvariar en la oscuridad de la noche. La noche me ha negado su misericordioso sueño, y en la vigilia retumban en mi mente las frases de los libros y las notas de mis composiciones favoritas. Como el caballero de Cervantes, quise crearme una realidad diferente, de justicia poética y de honor, pero a menudo en mi vigilia me pregunto si por todo esto he sido incapaz de vivir de verdad, aceptando el error o el fracaso plenamente, como los demás mortales. He tenido crueles enemigos: la enfermedad, el dolor, la soledad, el miedo, y me he creado mis propias grandezas íntimas, mis alegrías al compartir mis saberes, mis momentos de éxtasis. Anhelo el respeto de los demás y he tratado de volar por encima de mis iguales elevándome por medio de mis conocimientos, en parte para olvidar que estoy pegado al suelo, igual que ellos.
Ambicioné un reino para mí. El de la belleza que no se corrompe y que no muere. El de las suaves palabras o el de las notas sublimes. Quizá leyendo a Campanella o a Bacon pensé en una utópica región, en la que no cupiesen injusticias ni desigualdades. Mi amada no fue ni la Beatriz de Dante, ni la Laurita del ’Cancionero’ ni la dama oscura de Shakespeare. Tampoco un noble hermoso como Southampton, aunque quizá en ciertos jardines busqué la complicidad de un joven-niño que había perdido su sombra, como yo perdí la mía.
A pesar de mi amor por la música, he amado el silencio. Y sólo los salvajes bosques que rodeaban mi casa y los caminos que me llevaban al río a través de las montañas con sus profundos precipicios, con sus bancos de arena o sus altos arbustos conseguían hacerme salir de mi cámara. Aún cuando paseaba por esos lejanos sitios, mecía junto a mi pecho los sonidos interiores.
Como todo hombre que piensa, yo he sido una isla para los otros hombres.
Al mirar esa estrecha frontera que separa el cielo de la tierra buscaba mi propia trascendencia, sin encontrarla. Amé y busqué la trascendencia en mis creaciones y a través de la observación de los astros, por las armonías que descubría en el concierto de la naturaleza que me rodeaba, pero no pude encontrarla. Ni antes ni ahora se me ha revelado el secreto de la trascendencia, ni he saboreado en mi boca el dulce néctar de la satisfacción.
Hoy pienso que crecí con el recuerdo de la muerte. Que fue ella quien me acompañó en mis paseos y lecturas, en mis divagaciones y en todos mis trayectos. Ella quien me acunó en mis sueños y ella quien tocó con sus fríos huesos mis labios desde la cuna, quizá desde el mismo momento de mi alumbramiento. La muerte dictó desde el inicio de mi vida el libro que escribí, viviendo: los caracteres que debían cifrar mi destino. Paso a paso y acto a acto he querido negarla, vencerla y acobardarla. Y sólo después, cuando todo esto acabe, sabré si lo he logrado.
Dentro de mí emergía la amargura por un destino que era injusto y era cruel. Luchaba contra la amargura y el dolor con la alegría de la respiración y de la vida, que a pesar de todo se manifestaban en mí con inmensa fuerza. La rabia y el dolor fueron mis compañeros y la ira era seca, era un deseo de no seguir más, nunca cumplido, pero yo avancé, yo caminé a pesar de todo, luchando contra esa ira con amor ¿Cómo puede alguien albergar amor en este caso? Sin embargo, lo opuse a la amargura y lo dejé fluir, a veces calladamente, como una imperceptible fuente Castalia: suave, pura y transparente a la que dejé cruzar mi alma; consentí que ese amor traspasase mi corazón, dándome fuerza para resistir un poco más, a veces un minuto más. Después de pronto todo estaba en su sitio nuevamente. Podía ver la luz, aunque sólo parcialmente, en medio de la salvaje oscuridad del bosque; aún en medio de la noche, mi pequeña lámpara podía arder: alumbraba, sí, alumbraba con su minúscula luz un trozo de mundo, que me correspondía a mí habitar.
Julien Sorel y Rojo y Negro, todavía.

La última vez que estuve en París, volvía de Holanda. Había llevado a cabo un viaje que ya comenzaba a hacerse demasiado largo. Ansiaba llegar a casa. En el viaje de ida, había permanecido unos días en la capital francesa, en la que me siento casi como en casa, pero a la vuelta no pensaba ya detenerme. Llegué a la estación del Norte y, como me quedaban unas horas libres antes de coger el tren en la de Austerlitz con destino a Barcelona, decidí bajar zigzagueando, con mi maletita de ruedas, por las calles de París.
Caminar es una de las cosas que hay que hacer cuando se viaja. Pensé atravesar París a pie y en último caso, si se me hacía ya un poco tarde, tomaría un taxi en cualquier punto de mi recorrido.
Y así, me lancé a la caminata o al vagabundeo. Sabiendo más o menos hacia donde me dirigía, pero sin estar verdaderamente preocupada por la ruta que iba a seguir.
Antes de llegar a un parque, donde pensé detenerme a fumar un cigarrillo y a pensar (sí, me gusta detenerme en los parques a pensar o a hablar conmigo misma, machadianamente), tuve una sorpresa inesperada y sentí una gran emoción. En un edificio cualquiera de una avenida cualquiera, vi una placa. En ella se decía, más o menos, que en esa ubicación, en una casa ya inexistente, había vivido Henry Beyle, más conocido como Stendhal. Como la tentación de hincar dos rodillas en tierra era excesiva ( no había tierra sino vulgar cemento, las calles de París son inmundas y el edificio en cuestión no era la casa de Stendhal ya), simplemente permanecí delante, emocionada, sintiendo el improbable fetichismo del lugar.
Todo esto lo recuerdo ahora con una media sonrisa ¡Lo románticos que podemos ser los lectores!
Mi primera incursión en el universo stendhaliano fue con La Cartuja de Parma y yo era una niña de unos 14 ó 15 años. La lucha, destino de Fabrizio del Dongo, el fresco de la Europa postnapoleónica y esa figura femenina poderosa, ambigua, encantadora de la Sanseverina, más las incontables aventuras del héroe, me cautivaron. Sin duda esta novela stendhaliana posee la misma grandeza que los cuadros épicos de Delacroix. De momento, todo ello no me llevó a Sorel. Ya estaba yo en mis veinte cuando se cruzó ante mí, Julien. Casi al mismo tiempo en que descubrí a Maupassant. Sorel es el prototipo del hombre que contempla cómo sus propios merecimientos se ven oscurecidos por su situación social. Simpaticé con él instantáneamente. Cuántas veces he pensado en la ambigüedad de su alma, por un lado sensible, romántica y generosa; por otro, mezquina, envidiosa y amarga. Sorel es el hombre capaz de terminar con la vida de la única persona que en verdad ha amado y también el que llora en silencio su frustración intelectual y social. Su crimen es castigado con una crueldad sin paliativos por esa sociedad injusta e hipócrita, y su culpa sólo puede ser atenuada por el perdón sublime de su víctima: ese otro personaje extraordinario que es Madame Renal.
Mi ejemplar de Rojo y Negro era una belleza. Se trataba de dos pequeños volúmenes, encuadernados delicadamente en piel, con algunas ilustraciones y editados en 1919, traducidos al español por Enrique de Mesa. Antes de venir a España, los regalé a su nieta, Teresa Lobo, exiliada en México a causa de la Guerra Civil, que no los tenía. Nunca he poseído ejemplares más bonitos que ésos, ni tampoco me he desprendido con menos pena de ellos, dadas las circunstancias.
Julien Sorel ha vuelto a aparecer, esta vez en la pantalla, en la última película de Woody Allen, Match Point, que no voy a reseñar aquí, a la espera del artículo que mi querido Óscar estará ya preparando para su Parnasillo. Óscar ve a Chris Wilton más como Raskolnikov que como Sorel. Yo, sin dejar de darle la razón, prefiero pensar hoy en Sorel y dedicarle estos pensamientos al gran Stendhal, autor de esa maravilla que es Rojo y Negro.
Anna Karenina, Greta Garbo y Dido: literatura, cine y música

Recuerdo perfectamente aquella primera conversación con Óscar sobre Anna Karenina. Anna sólo puede ser objeto de amor (o sujeto de amor, si preferís), lo mismo que Anita Ozores. Karenina es tan superior a la sociedad que la rodea (en honestidad, en entrega, en inocencia), que se yergue como arquetipo de inconsciencia por la manera en que se abisma en su amor, sin importarle nada, ni su hijo amado, ni la posición económica, ni la situación social y política de su marido. Víctima (como tantas otras heroínas decimonónicas), de un matrimonio convenido y de una unión sin amor: mujer sin hogar verdadero, aunque dueña o huésped de un palacio, Anna tiene el arrojo suficiente para oponerse abiertamente a una sociedad con doble moral que tolera el adulterio de manera complaciente, pero que en cambio condena sin paliativos la franca exhibición de su amor por Vronski. Mi lectura no pudo ser feminista, puesto que cuando la leí por primera vez, yo era una niña; pero la injusticia de aquel juicio social hipócrita, la crueldad de Karenin, el sufrimiento del hijo (súbita e inexplicablemente separado de su madre), el estupor de Kitty, la ingratitud de Vronski y el suicidio de Anna en aquel andén, después de haberla acompañado tantas veces de Moscú a San Petesburgo, de San Petesburgo a Moscú me hicieron derramar muchas lágrimas. Sentí, cuando se muere Anna, como si se muriera un familiar querido, una amiga íntima, alguien muy cercano. Como lectora conocí todos los secretos de Anna, todos sus anhelos, sus sueños, sus decepciones.
Amar a Anna nos unió a Óscar y a mí en 2001. Sí, lo recuerdo. En cambio, he olvidado cómo empecé a amar a Anna. Ya no sé si fue gracias a Greta Garbo que me acerqué a la novela de Tolstoi o si fue la novela la que me llevó a la Garbo. Cuando yo era chica, en el canal 4 de la Televisión Mexicana pasaban los grandes clásicos, y entonces conocí a Garbo, a Davies, a Bogart, Edward G. Robinson, John Garfield. Ahí nació mi pasión por el cine. Para mí, Anna no puede ser otra que Garbo, a pesar de que Vronski seguramente no debería haber sido el gris Frederick March, sino Clark Gable, pero claro, hay ciertas cosas imposibles en el cine. La deliciosa Greta es la débil Anna, que se convierte en la aguerrida Anna, la que se enfrenta a Karenin, monolítico, inapelable en su decisión de alejarla para siempre del pobre Freddie Bartholomew… Y amé a Greta-Anna, bajando las escaleras, mientras la criada llora, para reunirse con su amor, que resultará, inevitablemente, indigno de su sacrificio. Y sufrí viéndola enceguecida por el amor, soportando las cada vez más frías miradas de su amante...
La historia de amor y de traición de Anna y de Vronski, ahora me doy cuenta, es similar a la de Dido y Eneas (que en mi juventud también tenía muy fresca en la memoria). Pero por aquel tiempo, yo todavía no sabía relacionar las cosas. Supongo que al crecer, uno va estableciendo los sutiles vasos comunicantes que más o menos constituirán eso que llamamos cultura. Anna y Dido: dos mujeres traicionadas, entregadas absolutamente, y sin miedo o noción del futuro abandono. Orilladas a morir (a suicidarse, mejor dicho), como lógica consecuencia de un amor tajante y crudamente interrumpido.En el Lamento de Dido, Henry Purcell plasma con absoluta genialidad esta desesperación cerrada, este desasosiego, imposible de superar: “Recuérdenme, recuérdenme, pero, ay, olviden mi destino”, canta Emma Kirkby, aunque en su libreto (Nahum Tate, 1689) Eneas no se va de Cartago por su gusto: In spite of Jove’s command,/ I’ll stay/ offend the Gods/ and Love obey (Me quedaré, a pesar/ de las órdenes de Júpiter/ ofendiendo a los dioses/ y obedeciendo al Amor), sino que es obligado a ello por la propia Dido, que cree en su destino, inducida por el engaño de las hechiceras. Sin embargo, rápidamente (como Vronski), Eneas se deja convencer y parte a la guerra (a la gloria), abandonando a Dido a la muerte, que ella le anuncia.
Dido y Anna pueden decir lo mismo: Sí, en él había el triunfo del éxito que halagaba su amor propio. Desde luego y también había amor, pero, más que nada, había orgullo. Se enorgullecía de mí (...) Ha tomado de mí todo lo que ha podido y ya no le hago falta. Le molesto, aunque trata de no ser cruel conmigo (...) Mi amor se vuelve cada vez más apasionado y más susceptible y el de él, en cambio, se va extinguiendo... En la novela, Tolstoi compara a Anna con una vela que se apaga. Arde un momento y se extingue, junto con sus recuerdos de la infancia, su amor y todas sus emociones: Chisporroteó, comenzó a extinguirse y se apagó para siempre. Para nosotros, esa vela sigue ardiendo.
Anna Karenina (1935) Dirección: Clarence Brown, Diálogos: S.N.Berhman-Clarence Dane, con Greta Garbo, Fredric March, Freddie Bartholomew, Maureen 0’Sullivan, Basil Rathbone (USA).
Leon Tolstoi, Anna Karenina, en Obras Completas (vol. II), trad. de Irene y Laura Andresco, Madrid, 2003.
Beatrice, puerta angélica de Dante: la Vita Nova
Beatrice: muchos han querido, desde la época de Dante, biografiarla, cuando lo verdaderamente importante es su imagen literaria. Respecto a esta paradoja, Unamuno ya señaló en su día que no es Don Quijote el personaje ficticio: lo es Cervantes. Del mismo modo, Beatrice es el epítome de la realidad amorosa, siendo pura literatura.
Beatrice posee todos los dones. La belleza, la inocencia, la virtud. Viva, Beatrice ilumina los días de Dante con sólo una mirada. La mirada platónica trasvasa un alma a otra alma a través de los ojos o “ Per questo mio guardar m’è ne la mente/ una giovane entrata che m’ha presso”(Por dentro estos ojos míos, una joven ha entrado, que me ha preso). La mirada vacía el alma del amante primero, para llenarla luego con la imagen deseada. La obsesión se apodera entonces del amante y sólo ve ante sí una imagen: la de ella. Beatrice marca así a fuego (a fuego erótico, con solamente una mirada), para siempre a Dante, que se aterra: “La mia persona pargola sostene/una passïon nova/ tal chi’o rimasi di paura pieno” (Mi joven ser sostiene una nueva pasión tan poderosa, tal que quedé de terror lleno). El secreto del amor, indispensable en estos casos para no manchar el honor de la dama, se apodera del Dante en forma de sueño, de pesadilla, de fatalismo y de destino. De similar manera dirá Garcilaso que fue arrastrado por el amor a pesar suyo: “Por ásperos caminos he llegado/ a parte que de miedo no me muevo,/ y si a mudarme a dar un paso pruebo,/ allí por los cabellos soy tornado” (Soneto VI). No hay marcha atrás en estos amores. Y el preso de amor lo es de por vida. Literariamente, nada más cierto, pues Dante hoy día sigue amando a Beatriz en nuestros ojos que leen, cautivados, sus versos.
La percepción del amante se hace por los sentidos y la intuición, no por el intelecto. Razón perdida, en busca de algo más profundo que el pensamiento. Dante se da cuenta de la diferencia que existe entre la profundidad del amor y el análisis de los sentimientos. Pero por el amor debe unir los tres conceptos: intuición, sentimiento y pensamiento. En la “Vita Nova” lleva a cabo un curioso ejercicio de autoanálisis. Después de escribir, desmembra, deconstruye el sentimiento poética, buscando esa razón oculta entre los versos. Crea dos textos: el poético (en prosa y poesía), y el analítico; el sentimental y salido de las entrañas y el sesudo, intelectual y frío. Dante explica. Se quiere explicar a sí mismo y a los demás su proceso amatorio. Y sigue la transformación de la amada Beatriz en la santa Beatriz. Al divinizarla, no solamente une las dos tradiciones, la pagana clásica y la cristiana (en la figura de la Virgen María), sino que nos advierte de la principal característica del amor verdadero: su trascendencia, su carácter eterno e inmutable. La trascendencia no está en Beatrice misma, que es mortal, como el propio Dante, como nosotros mismos, sino en las palabras que ella inspira: “Lo mio signore Amore (…) ha posto tota la mia beatitudine in quello che non mi puote venire meno (la mia beatitudine sta) in quelle parole chi lodano la donna mia”: “ Mi señor Amor (…) ha puesto toda mi beatitud en aquello que no puede empequeñecerse dentro de mí .(Mi beatitud está) en aquellas palabras que alaban a mi dueña”. Así, no solamente Beatrice tiene el poder de ennoblecer cuanto mira, sino que Dante, alabándola, alcanza también la beatitud y el ennoblecimiento que, surgiendo de ella, le (nos) alcanzan y le (nos) inundan: “Nelli occhi porta la mia donna Amore/ per che si fà gentil ciò ch’ella mira,/ ov’ella passa, ogn’om ver si lei gira,/ e cui saluta fa tremar lo core, // sì che, bassando il viso, tutto smore,/ e d’ogni suo diffetto allor suspira:/ fugge dinanzi a lei superbia ed ira./ Aiutatemi, donne, farle onore.// Ogne dolcezza, ogne pensero umile/ nace nel core a chi parlar la sente,/ ond’è laudato chi prima la vide.// Quel ch’ella par quando un poco sorride, non si pò dicer né tenere a mente,/ sì è novo miracolo e gentile”.
Amor lleva en los ojos mi señora,
Por lo cual ennoblece cuanto mira;
Por donde pasa gírase la gente,
Y a quien saluda hace temblar el pecho,
Tal que la vista baja y palidece,
Por todos sus defectos suspirando:
Ira y soberbia escapan ante ella.
Ayudadme a rendirle honores, damas.
Toda dulzura y pensamiento humilde
Nace en el corazón de quien la escucha,
Por ello a quien la vio primero alaban.
Lo que parece cuando se sonríe,
No puede ni expresarse ni entenderse,
Es el milagro nunca visto, gentil.
El fuego erótico, presente en todo amante y tema único y central de este libro extraño que es la Vita Nova, se transforma, a lo largo de sus páginas en amor trascendente: amor virtuoso, único motor del amante. Virtud que consiste en desaparecer para convertirse en llama (“Llama de amor viva”, diría San Juan). Beatrice, en su apoteosis, redime a Dante y a todos cuantos, leyendo su Vita Nova, nos giramos al verla pasar, joven y hermosa, vestida de rojo, pura: como la vio él aquella mañana del 1 de mayo de 1284.
Ésta es la grandeza de la literatura.
(Dante Alighieri, Vida Nueva, ed. Cátedra, (Letras Universales), edición bilingüe de Raffaele Pinto, trad. de Luis Martínez de Merlo, Barcelona, 2003)






