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27/11/2007

El refugio

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Odio parecerme a mi padre con su cara de buda y cada día me parezco más a él. Siempre me despreció. Me despreció ya cuando yo era bebé: el día que lo conocí yo tenía 12 años. Tocó a la puerta. Para mi desgracia, salí yo a la reja. Una reja verde, con pimpollos y florecillas y hojas de acanto en las que se mezclaban las agujas de los pinos que servían de seto, siempre llenas de polvo. De la puerta de la casa a la reja debía haber unos 10 metros y un sendero de piedras que recorrí corriendo cuando, después de preguntarle qué desea señor, me contestó que si no me acordaba de él, que era mi papá.


Me metí en la casa como quien se mete en una ermita monserratina, deseando no salir más. Mi madre, con esa fria eficiencia que la caracterizó, me dijo que le abriera. Antes muerto, pensé, pero obedecí.


Desde entonces, un sordo y pulido odio ha presidido mis sentimientos hacia él.

A veces hubiera deseado saberlo muerto, antes que tener que soportar su presencia en la sala, cuando venía a visitarme, o en el coche cuando se dignaba pasar a buscarme al colegio en vez de mandar al chofer, o cuando decidió que queria vivir conmigo ¿Cónmigo, ese ser? Hombre. Hay cosas peores, como que te frían en una parrilla, me dijo ella.


Con el paso del tiempo ese odio no ha ido más que incrementándose, a medida que físicamente me iba pareciendo más a él. Íntimamente, anímicamente, estaba yo buscando el camino opuesto. Y cuál era ese camino, si finalmente todos terminamos por actuar egoístamente tal como él actuó cuando yo era un bebé mofletudo e inconsciente y me abandonó por esa prostituta pelirroja cuyo retrato un día entreví en su cartera antes de que también se divorciara de ella, tal como había hecho con mi madre.


Hundí mis raíces de odio en lo más profundo de mi alma y tuve que apartarme de mí mismo para poder soportar mi propia existencia, la parte de mí que procedía de ese ser. Ese ser que para colmo viviría probablemente más que yo, porque provenía de una familia de seres longevos y también egoístas y falsos mientras que yo procedía asimismo de una madre cuya familia era todo lo contrario: morían en lo que se ha dado en llamar la flor de la vida, de modo que podía ser que yo viviese menos, y que ese ser repulsivo y carente de todo afecto o consideración hacia mí viviese más que yo mismo y por lo tanto, que yo nunca me viese libre de su odiosa, aunque afortunadamente, escasa o esporádica presencia.


De modo que cuando me dio aquella escopeta de dos cañones para mi cumpleaños número 17, soñé una y otra vez que en vez de jabalíes mataba budas, digo, mataba a mi padre, y su cabeza presidía una sala de trofeos en la que estaban colgadas también algunas otras cabezas que ahora no diré.


Pero era tan miserable que ni siquiera tuve fuerzas para eso y fue un vecino el que, con valentía épica, un día que sacó muy malas notas, tomó la escopeta de su padre, subió a la buhardilla y se disparó, apretando el gatillo con el dedo del pie y dándose tal tiro que sus sesos debieron llegar hasta la estación del tren que pasaba cada media hora y que llegaba desde tan lejos.


Esto me dio la idea de la huida, y del posible modo de apartarme tanto de ese ser como de mi madre, siempre tan fría y eficiente, siempre dueña de sí misma y que también me despreció, puesto que debió pensar o debió creer que mi nacimiento había precipitado el abandono del marido, o sea, de mi padre.


Cuando de ningún modo fui capaz tampoco de tomar esa decisión, y no acudí a comprar ningún billete a la estación del tren, ni tampoco fui capaz en ningún momento de tomar la escopeta y darle al buda en la cabeza, o al menos en el pecho, o ni tan siquiera tuve los arrestos de decirle todo lo que ahora le cuento a usted sobre este caso, comprendí que a los 18 años, ya mi vida estaba acabada y que había fracasado en todo y fracasaría en todo y que volvería a fracasar en todo, todo el tiempo que me restara de vida. 


De modo que decidí encerrarme en esta habitación con la consola y vivir virtualmente, ya que era imposible vivir fuera. 


Juzgue usted si mi caso no es un caso perdido.


Yo me juzgo a mí mismo muerto, muerto y enterrado. De modo que transmita usted a ese ser y a mi madre mi determinación de seguir aquí. Si quieren que salga, que se maten ellos, tal vez entonces yo pueda mirarme al espejo sin apartar la mirada.

 

 

 

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27/11/2007 08:32 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Mis relatos Hay 3 comentarios.

27/10/2007

Vanitas

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Cuando me enteré que todo había sido una superchería estuve a punto de decirlo. Aún hoy, me pregunto por qué no hablé, por qué no dije lo que sabía. 

Desde que hablé con P. me embargó un sentimiento de desconfianza. El conocimiento que poseía de los hechos parecía tan perfecto, que nadie que no hubiera sido él mismo podría contarlos así. Sin embargo, consideré que era imposible, imposible desde el punto de vista ético, que alguien con ese aspecto tan digno fuera capaz de una bajeza como la que, de pronto, imaginé.

Llegué a sentirme culpable por pensarlo siquiera.

Varios meses después, al abrir mi correo, encontré una carta en la que P. me comunicaba los hechos. Los hechos verdaderos, desnudos, terribles.

Así pues, un hombre que parece digno puede ser abyecto. Mi colaboración para llevar a cabo el crimen había sido necesaria, me decía, pero no podía irse de este mundo sin confesar la cruda verdad: lo había falseado todo y todo lo había inventado. Su vida estaba vacía, ésta era la disculpa o la justificación, hasta que encontró un motivo para vivir: destruir a M. Para ello, creó un personaje, tomó datos de la realidad, los tergiversó, lo falseó todo, recabó mi confianza, me usó. Yo, ignorante, le serví como tapadera.

Esto me convierte en culpable, aunque sea por omisión. Deseché las sospechas, me presté a dar noticias sólo porque P. me las daba: confié.

Y ahora ¿qué debo hacer?¿ Seguir callando? 

Al fin y al cabo, lo otro es peor. 

Nada hay más crudo que la realidad, nada hay más cruel. Que M. siga soñando.   




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27/10/2007 14:58 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Mis relatos Hay 4 comentarios.

25/01/2006

Universidad de Oxford : 1625-1626

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Algunos profesores de Oxford abusaban del látigo. Otros nos demandaban el conocimiento memorístico de interminables vocabularios latinos. En una larga carta, Ben Jonson me escribió que aquellos maestros sólo servían para ganarse la vida azotando a los niños pequeños.

Un profesor tuve que me entregó los secretos de su arte y fue Juan Gray, que vio en mi interés serio y concentrado el germen del discípulo. Era hereje protestante, pero me tomó bajo su protección y me hizo profundizar en la astrología, la matemática y la geografía. Con él aprendí las esferas celestes y sus mapas y comprendí a Copérnico y comencé a calcular las distancias de los astros conocidos y me concentré en la náutica. También me enseñó que, preguntado por la estructura y funcionamiento del universo, no admitiría yo nunca, ni siquiera bajo tortura, que con él había yo aprendido los conocimentos alcanzados por Copérnico, Kepler o Galileo, pues aunque todos los sabios conocían y propugnaban sus teorías incluso en las aulas, todavía se temía que conocer que esa era la verdadera disposición del universo porque pudiese cambiar la relación jerárquica de las clases sociales, que tan clara quedaba reflejada en la antigua concepción. Se temía que la nuevas teorías cosmológicas alentaran una revolución en el ámbito de lo político, afectando la paz de los reinos. Así que juré y cumplí mi promesa: en público seguí admitiendo como única verdad que la tierra estaba inmóvil en el centro del universo y que los astros se encontraban insertos en esferas de cristal frío. Nunca lo comprometí ni lo traicioné. Aun en mis salmos rehusé apartarme ni un ápice del pseudo conocimiento ptolemaico-aristotélico que era defendido como pilar de la concepción cristiana de este universo. Esta es la primera vez que admito que tales conocimientos me fueron dados por el buen maestro que fue Juan Gray.

A menudo me parece que los hombres que vendrán después de nosotros no podrán entender este miedo a la verdad que atenaza, desde hace tantos siglos, a los hombres creyentes. Tienen miedo a la verdad de Dios, pero Dios acabará imponiéndola. Se empeñan en condenar a los verdaderos sabios y arrojan la luz, rechazándola,  que podría abrir sus ojos. Condenan la luz como si fuera oscuridad y demoniaca, cuando es Dios el Creador de este universo. Temen que sus verdades acaben con su reino de las mentiras. Son hijos de las tinieblas y se presentan como campeones de la Luz. Buscan ocultar la sabiduría y dan preeminencia a la ignorancia, por ellos adorada, y quieren subvertir con sus palabras las realidades del conocimiento, pues esas realidades, en efecto, comportan la llegada de un nuevo orden moral y de un nuevo camino que nos libere como hombres. Temen que los que hasta hora son ignorantes y mantenidos en una infancia mental les quiten su poder y su falsa gloria en cuanto se desvele la verdad de la ley natural de Dios. Muchas cosas le debo yo a Juan Gray y la más pequeña de todas es su confianza, pues a mis ojos dio luz de conocimiento y alumbró con sus mapas celestes y sus esferas mis pensamientos.

Por las noches, ya despojado del uniforme escolar, apartado del corro de los nobles que sólo querían jugar a los bolos o a las cartas y que apostaban por todo mientras bebían sus cervezas, escribía la obra en defensa de la fe. Gray no sabía cuáles eran mis propósitos: si aspiraba a ingresar en la carrera de la diplomacia o si deseaba dedicarme a la política o a la piratería o al espionaje. Nunca me preguntó nada a mí. Yo nada hubiera podido responderle, pues lo ignoraba todo acerca de mi futuro. Tampoco le interesó investigar si era católico o protestante: sólo quiso iluminar mi entendimiento con las verdades del cosmos y del número.

Mi ayo me propueso viajar a Francia y a España en su compañía y allí seguir la preparación de mi intelecto y mi servicio a la religión verdadera, acumulando todos aquellos cnocimientos que pudieran servir a mi nobleza y a la gloria de mis padres y de mi patria. Para lo cual recabaría el permiso de mi padre por vía de un mensajero y la anuencia de mi tío Arturo, claro está.

¿A qué muchacho no fascinarían estas propuestas? Se me anunciaba el peligro, el servicio a Dios, la aventura del viaje, el secreto de la camaradería de los hombres, tal vez gloria mundana y con seguridad, la eterna. Mi padre y mi abuelo habían viajado así también y acrecentaron sus conocimientos y las hazañas de sus espadas en guerras y proezas en toda Europa, lo mismo que los condes de Tyrone y Tyrconell, mis primos, y Arturo Rahail y casi todos sus amigos y el conde de Desmond y otros muchos irlandeses e ingleses fieles. Mi padre ansiaba que su hijo tercero se cubriera con la gloria en el camino de las armas o de las letras, pues ya había dado su primogénito al matrimonio, para gloria de su casa, otro a Dios, para su salvación eterna, y quedaba yo, que debería hacer que nuestra casa y nombre no fueran olvidados por los siglos.

Letras y armas me atraían por igual y dediqué mi tiempo a una defensa de la verdadera religión en la que argumentaba la importancia de admitir como válido el nuevo conocimiento. El círculo de mi tío Arturo la alabó grandemente y así fue como se decidió que pasase a ser impresa en una treintena de ejemplares que serían distribuidos en secreto entre nuestros amigos católicos. El editor fue Thomas Thorpe, quien había publicado obras de Ben Jonson y de Guillermo Shakespeare y que se hallaba semi retirado desde 1624, pero que, atendiendo al extraordinario texto salido de la pluma de un joven de sólo catorce años, se ocupó de buscar el impresor, que fue Jorge Eld. Fue un grave error, pues pronto mi obrita circulaba por toda la ciudad. El temor de la persecusión del Rey Carlos y para prevenir el tormento que seguramente me esperaba, si por mi mal los miembros de la Cámara Estrellada se enteraban que yo era el autor, hizo que Arturo decidiera que yo embarcaría con destino a España de inmediato para escapar de mis enemigos. Yo estaba en ese momento ocupado en frívolo asunto de vestimenta, como luego contaré, y la impresión de mi precipitada fuga y de todos los detalles curiosos que la acompañaron ahora me hacen sonreír.

25/01/2006 06:33 #. Tema: Mis relatos No hay comentarios. Comentar.

19/01/2006

El jardín de mi tío Arturo

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Para la linda inglesita, Rachel C., que me recordó, tras años de olvido, la poesía inglesa. 

 

Mis días estaban llenos de actividad pues también frecuenté con mi tío las casas de aquellos nobles que, siendo protestantes, no aprobaban las extremadas premisas de los fanatizantes y como él deseaban instaurar una tolerancia entre religiones. Eran John Vaux, William Lilly, Peter Chamberlen, Walter Travers y otros como ellos. Todos estos sabios buscaban un tercer camino de encuentro entre unos y otros para unir a la Inglaterra anglicana con la católica. Esa misma posibilidad había defendido Giordano Bruno en Oxford algunos años antes.

Pocas semanas después de mi llegada abandonamos mi tío y yo el callejeo, las visitas y los cumplidos y yo me zambullí en aquel mar de libros con la seria intención de salir hecho un sabio, pero volvía mis ojos continuamente hacia el parque, que extendía su verdor y ahí me refugiaba muchas mañanas con un libro en las manos.

Sir Arturo poseía también el saber de la botánica y era dueño y artífice de un hermosísimo jardín. Allí cultivaba las más bellas flores y las más exóticas plantas, traídas a su casa desde lejanos países. Arturo fue, en Londres, el primero que consiguió comer de sus huerto una extraña fruta llamada piña, que se da abundantemente en tierras tropicales, pero que en Londres era más preciada que algunas joyas por su rareza. También el cultivo de las plantas tenía una sabiduría: se consideraba que Noé había sido el primer viticultor y se escribían tratados sobre el oficio de la jardinería que eran apreciados como islotes de saber por su relación con la geometría (en el trazado de los parterres), por la afición a la paleta de los pintores en la selección de los colores de las flores que se elegía y que eran simbólicos, y por las cualidades medicinales o terapéuticas que estaban ligadas a las plantas, a las raíces y a las hierbas y que con la alquimia y otras artes también convenía dominar. Arturo poseía un jardín de hierbas medicinales cuyos aromas, picantes, dulces o frutales se extendían por el perímetro del parque y alcanzaban el límite del extenso laberinto que como en tantas casas nobles de Inglaterra estaba situado en un lugar principal del jardín. Con Arturo aprendí los nombres de todas las plantas, los arbustos, los árboles, las flores y las hierbas que ahí vivían, sus propiedades, sus lugares de origen, sus particulares aplicaciones. Con ellas experimenté pócimas curativas, venenos, bebedizos y licores en un taller que mi tío poseía en una de las esquinas del parque. Allí había retortas y utensilios de alquímica, matraces y todo tipo de instrumentos para la destilación y la cocción de las plantas y las flores y las hierbas. John Donne había escrito hacía poco en El primer aniversario sobre una alquimia verdaderamente religiosa, y citaba a Isaías para decir que Dios puede trabajar todas las cosas y transmutarlas y también puede hacerlo su criatura: el hombre. Mi tío tenía a su servicio a un joven perfumista muy hábil en su oficio, quien me regaló un frasco de olor que contenía todos los olores, según el humor con que se olía o el sentimiento. Frasco milagroso que me fue arrebatado después, en la Nueva España, cuando me detuvo la Inquisición. Ese frasco ha sido uno de los tesoros que he poseído y perdido irremediablemente. El extraño y solitario perfumista desapareció un día, misteriosamente, de la casa de Threadneedle y sin una explicación. Su talento para crear olores mágicos era tal que podía compararse con el genio. Era de origen francés y un día me confesó que conocía el secreto de la eterna juventud.

Por los caminos del jardín de Arturo yo me perdía, libro en mano, aspirando los deliciosos perfumes de la naturaleza domeñada y leyendo los versos de Felipe Sydney, que había muerto en plena juventud pero que vivía en sus versos para la posteridad. Felipe decía que los verdaderos monarcas de la tierra no eran los reyes ni los príncipes sino los poetas, porque la poesía era la más perfecta de todas las artes. Leí también alguna vez a Spencer, para quien el don poético requiere del entusiasmo y de la celestial inspiración que yo ya sentía, a mis trece años, arder en mi alma. Eran sentimientos que yo suponía que se parecen a los que tienen los santos que buscan unirse con su Creador convocando palabras. Drayton, por su parte, opinaba que el poeta debe ser presa de la locura de la cólera para levantar el velo que cubre la faz de la poesía. Guillermo Shakespeare, ese actor tan apreciado por el círculo de mi tío, me enseñó en sus versos que el estado divino poético surge de la fina locura. A menudo recitaba sus sonetos en voz alta, sentado a la sombra de los arces.

En las tertulias de mi tío se leía por igual a los poetas de todas las religiones, pues sólo se confiaba en una: la que aunaba el saber y la belleza del concepto.

19/01/2006 14:33 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Mis relatos No hay comentarios. Comentar.

11/01/2006

Poiesis

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Los ríos se adentran eternamente en el mar. Mi vida en el silencio (Pascal Quignard, Vida Secreta) 

 

 Yo intuí una tarde de otoño, cuando cumplía mis trece años y no me equivoqué, que el daimon del poeta debe ser cultivado; que no crece en su espíritu ni puede formarse como se forma el hielo sobre el agua de un lago en el invierno: por orden de la naturaleza. Supuse, y no me equivoqué, que la santa locura, la santa profecía de la poesía verdadera ha de nacer del dolor y de la soledad, del estudio y de las muchas horas pasadas ante los libros que guardan la sabiduría, teniendo como centinela la luz de los candiles. Fatigada la vista y vacilantes las manos que sostienen los libros. Hambriento el cuerpo, adoloridas las articulaciones por la inmovilidad. Rota el alma, si es preciso, por la deseada comunidad con los hombres. Sedienta la pupila de la luz del día, el oído anheloso de escuchar el bullicio de las calles o el ruido de las tabernas. La locura y la verdad de la palabra poética sólo pueden provenir de esta lucha entre el mundo y el yo. Para obtener la poesía hay que velar, sufrir, callar, meditar, resistir.

Para llegar al conocimiento no se puede traicionar el silencio por el bullicio ni la soledad por la compañía de los otros hombres. No se puede dejar la incomodidad por el descanso. Para encontrar la palabra verdadera hay que resistir las distracciones. Ser fuerte. Olvidar toda otra necesidad del cuerpo para elevar el alma y ver lo que otros no ven: aquello que yace oculto para todos, menos para los iniciados. Para ser poeta divino hace falta estar en absoluto silencio, pues de otro modo no se escucha esa voz más callada que la nuestra, que es el latido del mundo, y que se oculta en el interior de los hombres sabios.  Esa voz que es percibida por las sibilas o que hablaba por boca de los profetas bíblicos. Esa voz que entre enigmas y callados susurros dice la mayor verdad y proclama en sílabas apenas pronunciadas los secretos del universo. Lo perenne. Nada debe perturbar el silencio de las almas si quieren escucharla: ni se debe agotar esa voz en los placeres ni se puede ocultar entre los velos, más sensuales, de lo superfluo. 

11/01/2006 19:09 Autor: Gabriela Zayas De Lille. #. Tema: Mis relatos Hay 4 comentarios.

23/12/2005

23 de diciembre

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En Arráncame la vida, la escritora mexicana Ángeles Mastretta dice que las mujeres inteligentes, si no se enamoran como idiotas, nomás no se enamoran.



La intuición de Claire se confirmó al pasar de los días. Octavio era. Era él. Por su parte, él también tuvo la certeza de que Claire era su ella.
No fue un amor fácil. Ambos eran difíciles, especialmente Claire, que era caprichosa a veces, salvaje otras, pero que nunca tuvo que reivindicar nada. Ninguno de sus sacrosantos derechos. Porque él siempre se los respetó todos.
Las dificultades eran logísticas. Claire vivía muy lejos. Más adelante , él le dijo, con su sorna habitual, si me caso contigo es nada más por no seguir viniendo tan lejos a buscarte... Desde ese quinto piso, ella buscaba el pequeño Fiat rojo de él subiendo por la curva, ya pasa el Deportivo, ya sube la cuesta, ya busca estacionamiento, ya baja, ahí viene, ya sube por el ascensor, ya toca, ya llega, ya soy, ya te beso, ya soy, ya soy, ya existo.
Él no tenía teléfono en su casa. Ella tampoco, allá en la Torre Tollán, en el departamento 22, en el quinto piso. Eso los obligaba a verse sin fecha fija, sin horas fijas. A ver si te encuentro, a ver si no. Tal vez por eso, nunca entendieron la felicidad sino como sorpresa.
Llegó Diciembre. La tía y Patsy se iban a pasar la Navidad a Nueva York. ¿Qué hacemos con Claire? Me quedo con Iliana. Iliana es mi prima, es pintora, vive sola en una casita con chimenea y sus dos preciosas hijas en Copilco, muy cerca de la Universidad. A esta altura del partido, el papá de Claire ya se había inhibido casi completamente. Claire se va con Iliana. Iliana, a su vez, se va a pasar la Navidad a Valle de Bravo. ¿Te quedas sola aquí? Ay,Claire, no me vayas a meter en un lío. Que Octavio se vaya antes de las tres de la mañana. ¿Me lo prometes? Te lo prometo.
Iliana sí tiene teléfono. Quedan. Suena el timbre de la puerta. Ella abre, allí en la puerta todavía, él le dice, por un momento pensé ¿ y si no existe? ¿y si toco a la puerta y me dicen, aquí no hay ninguna Claire? Pero sí existes. Menos mal. Vámonos.
Es el 23 de Diciembre y Claire pasea con él por esos terrenos baldíos llenos de piedra volcánica que rodean la casa de Iliana. Por fin, el primer beso. Y es lo que ella esperaba. Él no le pide, sé mi novia: no es tan convencional. Los dos saben. Antes de las tres de la mañana, él se va. Han estado abrazados allí, frente a la chimenea. Después, él le escribe, "Claire sabes, el resto te lo diré día a día, al desgarrarse el tul, mientras se derriten las nieves de tu foso".
La Prepa 6, él, Claire se despierta de pronto en una realidad por un lado anhelante de cariño, por otra, una realidad social. Ya antes ella ha tenido ciertas inquietudes políticas, ciertos contactos. Claire sabe que esa sociedad está enferma de hipocresía y de injusticia. Y en ese momento, cree, quiere creer, eso se puede cambiar. La tía se enfrenta cada día a Claire y entre ellas se pierde el antiguo lazo ¿Por qué él me tiene que traer a las diez de la noche?¿Qué pasa después de esa hora que no pueda pasar antes? Son puras pendejadas ¿no te das cuenta? Puras convenciones estúpidas. Él le escribe, "La costumbre magisterial de ejemplificar mis pensamientos te define entre tus compañeros de la Prepa 6, como una aceituna en un vaso con leche".
Por qué Claire se enamoró de él está muy claro. Pero ¿por qué él se enamoró de Claire?... tal vez porque él también estuvo siempre solo. Y estaba, creo, resignado a su soledad. Había tenido un amor. Un amor sólo...Y ella llegó cuando no la esperaba. Él también la reconoció. La relación suscitó sorpresa. Él tan guapo, con 30 años. Abogado. Ella tan joven, con cara y cuerpo de niña, estudiando en la Prepa. Paloma se lo preguntó una vez a él. Él le dijo, no lo comprenderías, prima. Claire y yo somos una pareja aparte. Sí, aparte, de otro sexo que todos. "Tú, semi recostada en el sofá, la cabeza arrebujada en mi pecho. Yo, sintiendo en la Osa Mayor la cálida humedad de tu aliento. Ambos en el acto equilibrista de prolongar una vivencia única en el tiempo".
Hacia Octubre, ya llevaban muchas tardes de cine en el cineclub de la Universidad, muchos cafés y pastelitos de mole en el ex-convento de Santo Domingo o en El Coyote Flaco, de Coyoacán; muchos conciertos, muchas noches platicando en el sofá de la casa de Claire, con la tía vigilante; muchas idas y venidas en el coche desde Chapultepec hasta la Torre Tollán; muchos primeros besos, segundos besos, terceros besos y besos de despedida a las diez de la noche. Por fin, un día, ella mintió a su tía
y se fue a pasar la noche con él. Ahora sonrío y supongo que la tía pensaría que lo que pasó esa noche ya había tenido lugar mucho antes, pero no fue así. Ambos se tomaron su tiempo y lo que ha de pasar, pasa: un día u otro día, pasa.
En Noviembre, él se fue a Guadalajara en un viaje de siete días que a Claire le pareció eterno. Cuando volvió, le explicó a Claire que ya tenía fecha para la boda, que sería el 23 de diciembre, que el cura sería muy guapo para que ella estuviera entretenida, que...y ella le dijo, entre molesta y emocionada ¿Pero no vas a preguntarme si quiero casarme contigo? Y él, no, ya sé que sí. ¿Para qué iba a preguntar?
"Claire, a la serie de voces que me niegan el derecho a volcarme en tu estanque, impongo mi devoción a tu proximidad y el amparo que me ofrece tu ( a veces), caritativa mirada. Y comenzamos el peligroso juego en el vértice de la Y griega, en el filo del delta y próximos al mar".
Por fin se iban a acabar los besos de despedida...

23/12/2005 16:27 #. Tema: Mis relatos Hay 7 comentarios.

19/11/2005

Epístola

Es la primera vez que te envío algo no escrito directamente en el momento de enviarlo. Lo hago porque estos estadios en los que necesito expresarme duran unos días. No quiero saturarte de escritos. 
No quisiste saber cómo soy ni quién soy. Si esto no fuera así, habrías aceptado mi amistad, y no lo hiciste. Quiero que sepas que no hay una similitud tan grande entre mis escritos y yo. Por el contrario, lo que escribo es la parte menos visible de mí. Si cuando escribo soy yo en mi parcela más auténtica o más falsa, lo ignoro. Sé que lo hago por necesidad. Pero no sé por necesidad de qué. Sé que una vez escrito, aquello deja de interesarme (cosa que alguna gente me reprocha). Para mí, lo escrito es una cosa que caduca una vez ha salido de mi interior. Es melancólico lo que escribo, como lo es la propia esencia de lo literario. Es la habitación en la que duerme el niño sin madre. Es el cuarto del silencio, de lo oculto. El sitio en el que puedo permitirme  ser melancólico, un lugar de silencio y de meditación, un lugar triste, si, un lugar de lucha callada, aunque constante…
Si algo me molesta es que los otros busquen descubrirme a través de esto. Es cierto que hay quienes buscan mostrar su interior a través de lo escrito, pero yo no: yo busco solamente salida para algo que no es mío, una conciencia de mí que salta de mí hacia fuera, pero que no quiere definirse como un yo. Otro ¿tal vez’ Sí, posiblemente.
Cuántas palabras vanas para decir que no admiro, en absoluto, las confesiones, a no ser que sean post-mortem. Si en los Siglos de Oro de las letras en Europa todos escriben es, en parte, porque no se editan sus libros. Circulan solamente algunas copias, entre amigos. Tal vez podría yo haber sido candidato a la comunidad que planeaba Arias Montano. Un apartado lugar, una roca agreste, poblada de filósofos. Ojalá no se hubiese muerto Francisco de Aldana y hubiese podido ahí escribir contra la guerra, no ya sonetos, sino disquisiciones.


 

Otro aquí no se ve que, frente a frente,

animoso escuadrón moverse guerra,

sangriento humor teñir la verde tierra

y tras honroso fin correr la gente.

Este es el dulce son que acá se siente:

"¡España, Santïago, cierra, cierra!"

y por süave olor, que el aire atierra,

humo que azufre da con llama ardiente.

 El gusto envuelto va tras corrompida

agua, y el tacto sólo apalpa y halla

duro trofeo de acero ensangrentado,

 hueso en astilla, en él carne molida,

despedazado arnés, rasgada malla:

¡Oh sólo de hombres digno y noble estado!


Ahí, alejados, juntos los eruditos, en conciliábulos, quizá sí sería posible hablar. Pero no confesarse ¿sabes? Hablar en general también te muestra el interior de la persona, pero reduce el número de aquellos que pueden entenderte. Es una ventaja. Impone un esfuerzo, esfuerzo que no todos están dispuestos a hacer.
El número y el nombre de los que saben los secretos debe ser limitado. No todos deben saber, porque el secreto impuesto es una cadena dulce, que se da por amor, no por otras razones. Y así, si todos saben ¿Cómo sabré yo quién me es querido? No lo sabría ¿Y cómo sabría el que es querido que lo es? No lo sabría. Y es por eso que escribo únicamente de lo no mío. Escribo para que salga, pero no yo.
Cuando aparezca el sol sobre este campo y venga el día, vendrán con él los quehaceres de la lucha. Puede que muera ahí, entre el barro de la tierra mojada por la lluvia  y la sangre de los otros. Si eso ocurre, y en estos años has guardado mis escritos, no des las cartas que durante tanto tiempo he venido escribiéndote a mi viuda. Que la luz de una vela encendida por nuestra fracasada amistad inicie el incendio de mi alma escrita aquí para tus manos, querido amigo mío, dulce y esquivo siempre.

19/11/2005 22:26 #. Tema: Mis relatos Hay 10 comentarios.

17/11/2005

El griego de Rodas

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De alguna manera desesperante, quisiera renegar de mi bondad, porque  a veces la siento totalmente falsa y lacerante. Me hiere porque no es mía: es un agregado que me ha sido impuesto, por educación y por cultura.


Hay ocasiones en que la sensibilidad ante el mundo me provoca estados de dolor tan extremos que ni siquiera encerrándome en mí mismo puedo evitar sentir con todos los poros de mi cuerpo. Ésa es mi condena.


Es como si desde dentro de mi piel pugnaran por salir todas las sangres.


Cuando ese monstruo destructivo suena, creo ver a mi madre en medio de un gran charco de sangre. Chapoteo en esa sangre, y me ahogo en esa sangre. Desnudo, no soy sino un esqueleto cuyos huesos son delicuescentes. El dolor de mi espalda me taladra y quisiera romperme en  mil fragmentos, pero no inútilmente. Con esos fragmentos de mí mismo que son como dardos de cristal de roca, heriría, podría matar. ¿Por qué no? Mi propia cobardía, a ese respecto, me confunde. Hasta ahora no creo haber hecho daño a nadie, y sin embargo siento en mí el impulso del mal, de la crueldad y del asesino. Y no sé si serán las palabras las que templen esos  instintos, o si ellas serán las que me entierren en este magma asqueroso cerrando la salida, sin que haya un pasillo o una escalera, ni hacia afuera ni hacia arriba, ni hacia adentro. El sentimiento de entierro es absoluto. 

Descubro dentro de mí un sinfín de nimios desórdenes vegetales. Ascos que tienen que ver con los cristales, con los gatos que se pasean por las ruinas, con los placeres o con las margaritas. De nada me sirve amanecer en la isla de Rodas.

Sueño despierto con ver flotar mi cuerpo sobre un río, aquí que no hay ningún río, o que las camas donde duermen los niños se elevan al espacio, dejando caer un néctar venenoso y dulcemente azul, como el mar de la isla. Aquí, donde los dioses nos vencieron.

Dame tu mano, dime una palabra ¡Oh, muerte! Me bastará un chasquido de tu lengua amorosa para ir a tu encuentro.

Delibera. Yo esperaré, sereno, el juicio que tú hagas.

17/11/2005 22:08 #. Tema: Mis relatos No hay comentarios. Comentar.

05/11/2005

Debacle de Narciso

20051105001850-debacle.jpgMe siento hundido en el barroco vacío de mi propia charca. Como si miles de tentáculos pequeños, transparentes, me acercaran al fondo ¿Es el ahogo y el vértigo lo que me hunde? Hay voces allá afuera, que me llaman, pero caigo, me desboco hacia abajo, mientras las hormigas de tu boca me provocan aún, escalofríos. Esos labios ya liquídos ya los veo putrefactos. Me recuerdan a otros cadáveres. Los cadáveres del pasado se unen en danza alegre a mi alrededor; las calaveras ríen, se burlan de mis penas, de mis lágrimas. Oigo la voz con tan fuerte intensidad, que parece que sale de mi boca, pero mi boca permanece muda, callada. Estoy en este vasto espacio de vacío solamente acompañado de mi llanto. Allá a lo lejos alguien me ofrece un jardín, que habito a veces, cuando hay luna llena y pienso en olas, en lunas, en amapolas; pero esas flores se extinguen, esas lunas se apagan, esas olas naufragan en las playas de arena negra, de arena infértil. Entristecida y turbia, mi alma se enreda en las palabras. Solamente tengo estas palabras. Ya no te llamo. Estás en el otro lado, en la otra orilla. Como si hubieras muerto ¿O soy yo el que se ha muerto? Te lo pregunta el que no ve su imagen en la ventana. El que no puede abrir la puerta de su alma. El que, desnudo, clama por ti.

 

05/11/2005 00:19 #. Tema: Mis relatos Hay 5 comentarios.

30/10/2005

Cuando vinieron los cantantes

                                                                                             

Para Lety Ricardez, que quería saber esta historia que yo no conocía (y me la tuve que inventar).

Usted quiere saber la historia de Patricia y yo se la voy a contar. Debo comenzar cuando los cantantes llegaron a la ciudad ¿Usted sabe que en esta ciudad no había teatro? Parece mentira ¿verdad? Pero es rigurosamente cierto. Los cantantes llegaron de la ciudad de Ponte  y lo hicieron en una carretita color chicle masticado llena de cosas, de triques y con sus colchones, sus vestidos, sus instrumentos para la orquesta y sus estampitas. No eran estampitas de vírgenes o de santocristos, sino que eran fotografías de ellos mismos en sus distintos papeles y que vendían a la salida de la función para redondear la ganancia. No me olvidé de eso con los años, porque mi prima Pachita se entusiasmó con el negro que cantaba el Otelo de Verdi y que en realidad no era negro, como usted comprenderá, sino sólo se pintaba la cara hasta el cuello y le llamo "estampita" porque cuando se fueron los cantantes, Pachi puso la estampa en un marquito de plata en un altarcito, con su vela, sus flores, sus conchitas de mar y su jarrito con tequila que se tomaba todas las noches antes de irse a acostar.

Patricia andaba por la calle de la Reforma de la Patria muy quitada de la pena, cuando el barítono de la compañía, que estaba paseando al perro (no le conté que en el intermedio había un número de perro amaestrado que tenía mucho éxito), la vio. Desde el otro lado de la avenida, el barítono la saludó, haciendo una profunda reverencia, cual si estuviese enfrente de una reina. Con la gracia aprendida en miles de reverencias repetidas delante de  los públicos más diversos, el barítono acertó a caerle en gracia a Patricia, por aquel tiempo una mujer que tenía un pecho abundante y unas caderas amplias, así como unos pómulos salientes y unos ojos tremendos, como de loba o de pantera negra. No era exactamente hermosa, pero parecía una mujer romana y su nombre le quedaba que ni pintado.

La avenida de la Reforma de la Patria en ese momento quedó paralizada por ambos lados de la vía. Los coches y caballos que subían y los coches y caballos que bajaban no se movieron. Un segundo y siguieron su camino para arriba y para abajo con gran prisa, pero no se movieron durante ese segundo que tardó el barítono en ver a su ya desde instante amada Patricia hasta que los ojos de ella le devolvieron la mirada y le sonrieron.

No hizo falta más para que se encendiera en ambos la llama de la pasión.

Durante tres días y tres noches el barítono y Patricia no hicieron más que fornicar. Cuando llegaba la hora de la función, y ya vestido él con su traje  de Gianni Schicchi, ya se sentía  deseoso de terminar lo más pronto posible, desde antes de empezar a cantar, aunque no descuidaba sus actuaciones para que la obrita no perdiera el interés: no quería que la compañía pudiera resentirse de un fracaso.

El lugar elegido para la representación era la plaza de toros, por lo que el esfuerzo de los cantantes se veía multiplicado, intentando llegar, sin ayuda de acústica alguna, hasta el último rincón.

Sin embargo, Patricia y el barítono estaban felices porque al menos la ópera sólo constaba de un acto. En cuanto finalizaba éste, el barítono ejecutaba unas cuantas reverencias rápidas, después de recitar alegremente la última frase de su papel: Por esta travesura me han arrojado al infierno.

Las reverencias las hacía ya sin la gracia de su gran reverencia de la Avenida de la Reforma de la Patria, para volver volando a los brazos de su amada.

La desaparición de Patricia, entretanto, me angustió. Por aquel entonces se hallaba viviendo conmigo y al no recibir noticias suyas, me asusté. Usted ya sabe que confío poco en la buena suerte y más en la mala suerte y creí o soñé que Patricia estaba delicadamente tirada debajo de un puente de las afueras de la ciudad, con el cuello cortado y el vestido en desorden.

Afortunadamente, recibí una carta. Patricia me explicaba lacónicamente que había encontrado al hombre de su vida y que se iba con él.Para entonces, cada una de las obras del Tríptico de Puccini ya había sido escuchada por todos los que en el pueblo acudían a esos acontecimientos, de modo que no quedaba otra que despedirse de su amado cantante o partir en calidad de acompañante.  Por supuesto, Patricia decidió irse con él. Apresuradamente la ayudé a juntar sus cosas; nos besamos, lloramos un poco -yo más que ella-, y se fue. Aunque yo tuve mis temores, le deseé buena suerte y me desentendí. Estaba -no se lo niego,- un poquito enojada con ella.

¿Usted conoce la obra de Puccini? Acababa de ser estrenada la obra y aquí ya se cantaba. Es la historia de un pícaro. Un pícaro plebeyo que aprovecha la oportunidad para que su hija y el noble Rinuccio, su novio, se queden con la herencia que no ha querido dejarles un tío lejano del muchacho. Para ello, se sirve de una suplantación. La anécdota es recogida por Dante Alighieri, quien la relata en el Canto XXX de su Inferno. Yo pensaba que el tal barítono era también un pícaro, llevándose a mi amiga con él sin el santo matrimonio. Pero quien quiera que no haya pecado, que tire la primera piedra. Me aguanté. No les deseaba un mal, pero quise dejar de pensar en ellos.

No quisiera describirle al barítono, sólo diré que se llamaba Arturo,  que era muy alto y que en su cara resplandecían unos ojos verdes que podrían incendiar la iglesia de San Felipe con una sola mirada, aunque ya no era tan joven.  Y nada diré de su voz, tan poderosa y clara que cualquier inflexión inundaba el pueblo con una capa de rocío improcedente y súbita.

Pasó el tiempo. Nada se volvió a saber de la huida. Casi la  había olvidado yo, cuando poco después de mi matrimonio, vi llegar a una mujer con sus dos niños. Uno de ellos era alto y rubio como un ángel, mientras que el otro era moreno y pequeño y tenía una expresión amarga en la cara. Era ella. Patricia, transformada en un triste fantasma de sí misma.

El barítono había perdido la voz una noche  que había cantado desde la plaza del pueblo a Patricia, oculta en su habitación por causa de una trastada de su amado con una mujer cuyo nombre era Laura y que le había robado el corazón, aunque ya se hallaba arrepentido. A base de romanzas, Rigolettos, Papagenos y Don Giovannis se quería hacer perdonar la infidelidad. Estaba tan borracho que ni siquiera se dio cuenta de que hacía un viento atroz y de que nadie le escuchaba. Todos los habitantes de la ciudad habían cerrado las ventanas y habían huido a los rincones más profundos de sus casas, espantados por el aire sibilante. Patricia también estaba en lo más profundo de la casa entonces compartida con su amante, llorando, indignada y perdida. Por la mañana había recibido un regalo: un bebé pequeño, delgaducho y moreno, que llevaba una nota ensartada en el babero: Soy el hijo de Gianni Schicchi y me llamo Pablo. Si tú no me cuidas me voy a morir sin más.

No se sabe si fue la aparición del hijo, el viento helado de la noche o la tristeza porque Patricia no le volvió a franquear la puerta de la alcoba, pero el barítono perdió la voz: se quedó completamente mudo. Completamente. Para evitar la ruina, decidió dedicarse entonces a la escritura y a la composición. Solía, me contó luego Patricia, escribir libretos con sus correpondientes partituras, que nunca llegaba a terminar. Sus ideas salían por la ventana en busca de aquel viento que le había arrebatado la voz. Como no podía comunicarse, su humor se agrió hasta tal punto que acabó bebiendo, hasta el fondo, todos los vasos de vino que pudo llenar.

Al principio y sólo por orgullo, Patricia no le buscaba para darle consuelo o para decirle cuánto le amaba aún;  pero poco a poco el amor se fue también por la ventana, se hizo más hondo el rencor, y el amor acabó huyendo como todo lo que habían tenido, tras aquel viento atroz.

Volvió pues al pueblo con sus dos hijos. Nunca sintió otra cosa que amor por aquel pequeño regalado que había sido el causante de su desdicha. Lo quiso tanto como a su propio hijo. Volvió a mi casa, ahora mía, de mi marido y de mis hijos. No pude dejarla sola y sin amparo. De vez en cuando recibía una carta. Una carta que no tenía nada escrito: una carta en blanco. Patricia la guardaba en un cajón. Los niños crecían, ella iba envejeciendo. Nunca más volvió a amar.

Aquellas cartas sin palabras se iban amontonando, ya sin abrir. Patricia había perdido la esperanza. Antes de morir, me pidió que las diera a sus hijos. Me señaló el cajón donde las guardaba. Me dijo: Así, mudo y en blanco se quedó mi corazón.

Al poco de morir ella, reuní fuerzas, escribí a sus hijos, que ya vivían lejos del pueblo, que estaban ya casados, que ya no se acordaban casi de su madre. Vinieron a recoger su pobre herencia. Cuando vieron las cartas se indignaron, se fueron gritando improperios. Nunca más volví a ver al alto, rubio, hermoso Felipe, ni al moreno y delgado Pablo. Recogí las cartas. Por un extraño presentimiento las abrí, una por una.

Todas decían lo mismo: Vuelve conmigo, y seguían las partituras.

Cuando las había abierto Patricia – y yo estaba con ella, yo soy testigo-, no había nada escrito ¿Por qué ahora aparecían esas pocas palabras seguidas de ese torrente de notas escritas? Claramente se veían el Vuelve conmigo y los pentagramas, las claves, las notas, los compases: eran canciones de amor.

Llorando, me acerqué a la ventana y escuché en silencio: un viento helado se desató y rugió toda la noche.

30/10/2005 02:33 #. Tema: Mis relatos Hay 6 comentarios.

01/05/2005

Jani

olas.jpgJani se preparaba para ir a la Preparatoria . Le preocupaba solamente una cosa ¿qué me voy a poner? Pero ésta no era una pregunta frívola, como puede parecer a primera vista, porque no era que Jani tuviera una armario tan repleto que no supiera elegir si la falda marrón, si el vestido burdeos, si la camisita a cuadros, si...porque Jani no tenía nada, absolutamente nada que ponerse. Nada que pudiera llamarse ni falda, ni blusa, ni vestido ni pantalón. Todo lo que tenía esa chica alta, morena, fuerte, de cabellos muy rizados, de aspecto casi africano, eran harapos. "Toda su ropa" era expresión hiperbólica, que definía sus magras posesiones. Porque a Jani hacía cuatro años que nadie le compraba nada. No había dinero. Sus zapatos estaban rotos. En las suelas había unos agujeros, y por más que varias veces se habían pegado, las puntas se desprendían inevitablemente cada poco tiempo. Pero a Jani eso no la amedrentó, ya que era una chica decidida. Bajó la escalera de madera que comunicaba su habitación con el resto de la casa, y de un montón de ropa usada y ropa vieja y ropa sucia, extrajo un vestido rojo, un vestido de raso brillante, que había sido de la madre. Un vestido de baile que no estaba roto, solamente muy viejo, y se lo puso. Y con ese vestido rojo se fue a la Prepa 6. Y así, con sus zapatos rotos y su vestido de raso rojo de fiesta de los años 50, la conocí yo a Jani.

Sonia Alejandra, qué nombre tan bonito...parece el nombre de una heroína rusa. Con estas palabras la recibí yo aquella mañana de nuestro ingreso en la Preparatoria. Me acerqué a ella por instinto, como me pasa siempre, que intuyo al gemelo, al hermano, a la hermana...Habíamos tenido una clase de Historia del Arte. Le habían preguntado si sabía qué obra famosa había pintado Leonardo da Vinci. Jani había dicho, Leonardo da Vinci pintó la Piedad. Mi manita de precoz amante del arte debió levantarse, presurosa y muy segura. Cuando la maestra dijo ¿alguien sabe en qué se equivocó aquí su compañera? yo, con mi dulce vocecita, respondí, Leonardo pintó la Última Cena, La Gioconda... La Piedad es una escultura, y es de Miguel Ángel.
Jani pensó ¡ Esta pendeja, hija de la guayaba !...Jani comenzó odiándome. Al poco de terminar la clase, sin embargo, ya éramos amigas. Ella medía 1.75 y era muy , muy, muy brava . Pero como todos, ese primer día de clase se había sentido intimidada al entrar a la Preparatoria de Coyoacán. Sonia entró allí desafiante, con su cuaderno, su lápiz y una goma de borrar. Cientos y cientos de jóvenes en los patios, y ella con su vestidito rojo de raso. Muchos se rieron de ella, pero ella les mentaba la madre, chinga a tu madre... otros, simplemente la miraban. Pero ella continuó caminando hasta llegar al aula del grupo C-106.
Desde ese día, Jani y yo fuimos amigas, aliadas. Aprendimos mutuamente la una de la otra.
Sonia o Jani se había criado en un barrio proletario, bueno, casi lumpen de la Ciudad de México: la Colonia Portales. Colonia de mala fama, de burdeles y cantinas, de atracadores y malvivientes. Cuando la visitaba, y eso lo hacía muy frecuentemente, tenía que ir pasando por encima de chicos desmayados, chicos inconscientes, chicos drogados. En el portal de su casa, ahí tirados, siempre había varios. Los de las pandillas eran amigos de sus hermanos: los famosos "Nazis" de la Portales. Pasaban con sus motos, nos saludaban. Jani vente a una fiesta, te traes a tu amiga, y Sonia, vete a la chingada, pendejo, yo no voy a tus pinches fiestas. Jani era muy suya.
Su madre tenía una tiendecita que era como del tamaño de un armario, en la que vendía hilos, agujas y forraba botones y cinturones. Se llamaba Teresa y se había casado con el papá de Jani, que no hacía nada , aparte de beber y pegarle, porque él había decido enamorarla después de que la hermana de Teresa le despreciara. Y siempre la discusión comenzaba rememorando esa historia, pues si yo ni te quería a ti, la que me gustaba era tu hermana.
Los padres de Jani, entre paliza y paliza, habían tenido muchos hijos: Rubén, Sonia mi amiga, Edison, Griselda, Mauricio, Ludivina. Vivían en ese terreno enorme, que alquilaban como desguazadero de coches, en una chabola de madera.
Yo nunca había visto antes una casa con el suelo de tierra, con las paredes de cartones y de maderas juntadas, con agujeros por todas partes. El "segundo piso", era el cuarto de Jani. Se subía allí con una escalera de mano de madera, como las de los albañiles. Estaba llenos de agujeros, por todas partes.
Una vez que me quedé a dormir, me quedó un ojo totalmente hinchado, porque el agujero de la pared daba justo en mi ojo... y se me resfrió. Fue graciosísimo, y Jani y yo nos reímos mucho cuando ella tuvo que coger las gafas negras de Edison para que yo pudiera ir a la Prepa. Porque con ese ojo hinchado... ya ve ¿cómo iba a ir?
Jani se ocupaba de sus hermanos, porque la madre además hacía títeres y los vendía en los mercados. Cuando cerraba la tiendita, se iba con sus muñecos a vender. Así que Sonia cocinaba, lavaba, planchaba y barría. Y por eso, cuando yo tuve a Paulina, ella de un escobazo lo ponía todo en orden, porque era una experta en labores del hogar hechas a mil por hora. Coser y cantar era arreglar mi casa para ella.
Cuando yo la conocí, la hermanita chiquita, Lidu, era una nenita de cinco años, rubita, preciosa. Sonia la llevaba siempre cargada en la cadera. Íbamos con ella de paseo por la Portales. Era muy chiquita, estaba enferma. Siempre se reía, pero no se sostenía casi sobre sus delgadas piernitas.El cuellito tan blanco le caía sobre el pecho, pero era una niñita feliz, que gorjeaba como un pajarito. No sabe cómo adorábamos a Lidu. Sonia le decía , mi muñequita, mi muñequita linda, mi reinecita, mi vida.
Rubén, el hermano mayor, ya hacía su vida aparte. Casi nunca lo ví. Edison era un pandillero. Se peleaba cada día. Venía sangrando, pero no se drogaba. Solamente fumaba marihuana, pero nada más. Edison tenía un espíritu curioso. Era un chico violento y a la vez hipersensible. Capaz de entusiasmarse por el arte o por la filosofía con un ímpetu que daba hasta miedo. En esos momentos, cuando tenía unos 14 años, se lanzaba como en picado hacia su perdición. Hacia allá iba, como casi todos los muchachos de la Portales, pero no contaba con Sonia, que detuvo su caída a base de encerrarlo, de pegarse con él, de llorarle, de suplicarle y de darle de bofetadas. Finalmente, Sonia consiguió sacar adelante a toda esa tropa. Todos se salvaron del destino que la Colonia Portales parecía tenerles preparado. Y fue Sonia solita quien lo consiguió. Porque ella...uf. Si hay alguien en este mundo fuerte, ésa es Sonia Alejandra Pérez Gómez.
Es la única mujer que he conocido, aparte de mi prima Paloma, a la que he admirado de verdad. La admiro a fondo, no solamente por su inteligencia tan aguda, tan agresiva, tan despierta, tan siempre buscando nuevas cosas que aprender, sino por su fuerza de carácter, porque ha podido con todo, como una mujer bíblica. Y porque una vez subida la cima del éxito, cuando era superjefa en la Subsecretaría de Pesca, se bajó de la montaña, porque no se reconoció. Se fue a Saltillo, compró un huerto y volvió a lo suyo, a los suyos, a aglutinar a su alrededor a los hermanos desperdigados por la República, y a cultivar sus manzanas, a tener sus abejas, a sacar miel. Volvió a su vida de pobre, pero rica en experiencias, en proyectos... Sonia, fue y es mi amiga. Y ella me enseñó que nada es demasiado difícil si se tiene valor en esta vida.
Por mi parte, le enseñé un mundo para ella desconocido. Cuando ella entró en el departamento de la Torre Tollán y vio aquel piano, y la alfombra, los cuadros. Era un piso modesto para mí. Para ella, un palacio. Allí le enseñé a escuchar la música: a Beethoven, a Mozart. Con Octavio fuimos a los conciertos, a los cines, a ver las películas que ella nunca habría visto. Le enseñé la poesía, le leí muchas obras, a Kafka, mientras se las leía a mi abuelita, a Lezama Lima, a Borges. La eduqué y ella me educó. Cuando me casé, ella venía, como le dije, casi diariamente a casa. Una vez le compré unas botas, porque sus zapatos estaban muy gastados. Para mí eso no fue importante y lo olvidé. Y hace unos años, cuando nos vimos, me dijo, ¿te acuerdas de las botas que me compraste? Nunca había tenido unas, todavía las guardo, fuiste para mí como una madre, como una hermana.Esas botas me hicieron feliz, me hicieron sentirme linda...
Cuando mi papá se fue a Acapulco, ella estaba viviendo en aquel piso okupado y me fui con ella. Recuerdo que yo me encerraba en el cuarto con Paulina porque había tanto humo, que sólo con respirarlo, ya te drogabas. El humo de la marihuana produce unos efectos espantosos, unos dolores de cabeza... una sensación muy desagradable. De pronto oí voces y salí, fui a la sala. Todos estaban asustados. Eran como las dos de la mañana. Y allí estaba Sonia, medio inconsciente, que me decía, adiós, Gaby, me voy... mira qué lindas las estrellas, me voy allá. Y me dio miedo, que se fuera a perder de verdad, por allá arriba, en un sueño narcótico. La llamé y la sacudí y bajó hasta mí. Volvió a la realidad. La abracé con tanta dicha como no puede imaginarse. ¡Qué sola me hubiera sentido sin ella!
Sonia estudió Biología y se especializó en Acuacultura. Mucho tiempo después, cuando yo volví a México, después de cinco años en España, iba yo caminando por la Colonia del Valle, iba de espaldas a ella, y ella pasó con el coche y me vio caminar, me vio de espaldas, le digo, y me reconoció. Bajó, nos besamos, nos reencontramos. Nos volvimos a hermanar. Sus aventuras son incontables. Sus negocios, sus proyectos, casi delirantes. Ella sola ha hecho y deshecho plantas de cría de langostinos en el desierto, se ha peleado con las mafias de allá...y les ha ganado, les ha dado miedo Sonia Alejandra. Es usted mucha mujer, le dijo uno de esos mafiosos, haga lo que quiera y váyase a ... Ha montado `plantas de piscifactorías en Michoacán, en Janitzio, en Pátzcuaro...ha cargado ella solita sus cajas de manzanas, ha cultivado su inmenso huerto ella sola, ha desafiado a las autoridades por no querer poner insecticidas del GATT. Ha desviado miles de litros de agua por segundo...En fin, es como un Hércules femenino...Ha tenido imprentas...ha escrito panfletos anarquistas...ha organizado escuelas infantiles para niños sin hogar...ha tenido varios amantes y a todos los ha dejado porque se le quedaban chiquitos, casi enseguida. Tuvo una hija con un español exiliado, y la tuvo ella sola y sola la crió. En fin. Mi amiga Sonia...
Le diré: Rubén es ingeniero agrícola, Edison, actor y escritor, Mauricio, músico y profesor del Conservatorio; Griselda, médico, y la pequeña Liduvina... es bióloga también.Va en su silla de ruedas, allá en la Baja California, se casó. Sigue tan linda con su melena rubia, tan dulce como siempre.
Finalmente, los padres de Sonia se divorciaron. Él comenzó una nueva vida, junto a una nueva esposa. Estudió inglés. Se convirtió en profesor de inglés en Chapingo, una universidad técnica que hay allá, de bastante prestigio... la madre puso un teatro de títeres. Se hizo bastante famosa. Viajó con su espectáculo hasta Europa. Una familia rara. Muy rara. Extraordinaria. Entre el frenesí de la locura y la genialidad. Gente con un entusiasmo casi patológico. Gente maravillosa que me gustaría que pudiera conocer. Porque si se lo cuento parece mentira... tendría que oír a Mauricio tocar... a Edi hablar del arte... haber visto esa chabola...para entender. Pero ellos existen. ¿No es maravilloso?

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01/05/2005 16:11 #. Tema: Mis relatos No hay comentarios. Comentar.

La historia de Miguel

matrix.gifEn ese piso entraba y salía muchísima gente. Miguel no vivía con nosotros, solamente se dejaba caer a cada rato. A veces se quedaba a dormir, cuando se hacía muy tarde. Vivíamos en una Colonia que, irónicamente, se llamaba Héroes de la Independencia. Sí , casí héroes, pero esperábamos que no mártires...
Miguel vivía con una tía suya. Era huérfano, como le dije en mi relato anterior.Sus padres murieron juntos, en un accidente de coche, cuando él tenía como 7 años. Tenía hermanos, que estaban casados. Y era muy pobre. Una vez me contó que, intentando ponerse una bota, se encontró que había un ratoncillo dentro. Y eso lo impresionó tanto que estuvo enfermo varios días. Tenía una salud delicada: tenía una vértebra (la quinta, creo), empotrada en otra, y eso le causaba tremendos dolores y molestias. Era delineante, y trabajaba en diferentes empresas de ingenieros; pero odiaba ese trabajo, y en realidad, todo trabajo. Ya que el trabajo aliena al hombre. Lo deshumaniza. Lo convierte en engranaje del capital. Esa idea aún la tengo. No me importa que la gente odie su trabajo: me parece normal. Después de todo, es algo que nos aleja de lo que de verdad queremos hacer. Nos vuelca en el consumo a través del sueldo, nos doma como seres que deberían revolverse contra la injusticia; nos hace egoístas, ambiciosos...las más de las veces. La prueba de que no es bueno trabajar es que si tuviéramos suficiente para vivir, no trabajaríamos. En una carta de cuando ya tiene 26 años, Miguel me dice, es horrible estar contrarreloj, siempre puntual, corriendo como si persiguiéramos nuestros pasos, nuestra sombra, el reflejo de nuestra vida. Corremos ávidamente arrastrando el honor y la fama, el éxito y el poder: hábitos, palabra de gente que no escucha nunca, que son como mandriles inquietos y mecánicos. Así , Miguel.
A mí, Suso, mii trabajo me interesa, no por la enseñanza que imparto (supuestamente), sino por lo que ellos, esos niños, me enseñan a mí. Me enseñan a ser joven cada día, me cuentan sus peripecias. Les veo buscándose, buscando una identidad, decepcionados del mundo o ilusionados... por eso me gusta mi trabajo, no por el trabajo en sí. Por lo que me da como persona, por lo que me dan las personas con las que trabajo. Esas personitas ya rechazadas por sus propios padres, ya enamoradas, ya orgullosas, ya sufrientes,ya avergonzadas de sí mismas... Es un cosmos que me sujeta al mundo. No me gustaría trabajar con adultos, ya sin perspectivas... Hablo con mucha gente de mi edad que tiene otra profesión, o gente de mi profesión, y no me ilusiona su discurso, los veo cansados, aburridos. Yo no. Yo creo que mi ilusión se debe a ellos, a lo que mis alumnos me dan de sí mismos. Su cariño, su confianza y su lealtad hacia mí. Eso me conforta cada día. Y después, cuando ya se han ido, cuando me encuentran por la calle y me saludan, me besan, me llaman por mi nombre, y yo solamente recuerdo vagamente esas sonrisas, esos ojos, pero ya no recuerdo los nombres... me doy cuenta que en realidad sí me quisieron, sí me aprecian, todavía. Entonces acaricio esas caras, ya no adolescentes, les sonrío. Es muy grato.
Miguel (vuelvo al tema), era poeta. Escribía poemas. Yo también. Nos leíamos. Nos criticábamos o alabábamos. Él fumaba mucha marihuana y eso era para él un problema laboral. Se olvidaba... se liaba el porro en el trabajo...lo echaban, etc. Me acuerdo que una vez, años después de esto, íbamos en su coche y´nos paró una patrulla, y all bajarse del coche, mientras venían ellos, se puso a liar el cigarrito. Yo le hacía señas, gestos y él...¡nada!. Qué risa nos dio después... Miguel estaba generalmente harto del mundo, de la gente, de la horrible gente, de la familia, a la que él llamaba "el monstruo", y amaba la filosofía, que fue finalmente la carrera que estudió después. Y las preguntas... la lectura de Spinoza, Descartes,de Platón, la "Apología de Sócrates", nos las leíamos. Sí hay una cosa que tengan en común las personas que más he amado es ésa: que siempre les he leído y ellos a mí. Creo que la "Apología", nos la recitábamos casi...casi nos la sabíamos de memoria. Leíamos mucho, entonces, a Laurence Durrell, a Kavafis, a Mallarmé... Rimbaud era nuestro héroe y uno de nuestros favoritos, y también la "Anabasis" de Saint John Perse. Leíamos a Ovidio, las "Metamorfosis", y "Las tristes" y nos alimentábamos de eso. Miguel era un as robando libros. Nunca robamos comida en un super. Pero ¿libros? Decnas. Yo pasaba miedo y é se reía. Decía ¿viste el de Carpentier, ese libro gordísimo? ¿se te antojó? y¡ zas! lo sacaba de debajo del jersey. Escapábamos del mundo de la mano de esos autores. Ah, Cortázar...leíamos y entonces ya no éramos pobres, ni estábamos solos en el mundo, sino que el mundo era nuestro, y éramos hermosos y estábamos libres allí, entre las palabras. Las palabras, buscar la poesía, eso hacíamos. Queríamos dominar esas palabras para decir nuestro dolor y nuestro anhelo. Miguel me diceen una carta, lo que quiero hacer con las palabras es artificio pulido, límpido, cristalino, hacer de mi vida una metáfora de amapolas lascivas, una magia placentera que siempre viva y muera, como el fuego de Heráclito. Hacer con las palabras una brújula, una risa, fundirnos en ellas como hierro candente, como lava, como fuego en madera. Los poemas, dice Miguel en otra carta, se van aglutinando en alguna cueva oscura así dice Miguel, Miguel, son sus palabras que transcribo: una cueva oscura, fría e inaccesible de nuestra vida, de la de cada uno; he pensado que no escribo porque no tengo qué escribir, porque los poemas, a veces, tienen vida y muerte instantánea. A veces vuelan más rápido que nuestros dedos y cuando intentamos transmitirlos, no podemos hacerlo como hubiéramos querido.
Dice Gorostiza (sigo citando a Miguel), "Oh inteligencia, soledad en llamas que todo lo concibes sin crearlo". Sí, parece mentira, pero nosotros que queremos escribir, en ocasiones no hacemos más que pensar y pensar y ahí nos quedamos, anclados en la tierra de nuestras miserables vidas, en la riqueza de nuestros pensamientos. Si algo escribo, si un poema viene a mi casa, le daré hospedaje, le hablaré de ti y lo mandaré a Barcelona.
Miguel me amaba y yo lo sabía. Pero su amor fue siempre silencioso, porque él pensó que yo no lo amaría, y estaba en lo cierto. Solamente lo podía amar como a un segundo hermano. Lo amé mucho, Suso, a Miguel. Lo amo todavía. lo tengo dentro de mí, y oigo en mí su voz, vacilante por la marihuana. su voz que era toda una duda... lenta y triste. Miguel me acaricia, en sus cartas, furioso de piel y arena. Me dice flor y viento al oído.
Años después me escribió, es un placer recordarte, imaginarte ligera y activa; oler el perfume de tu piel blanca y tersa y ver, más allá de todas las fronteras, tu cuerpo frágil como un bambú; tus vestidos cálidos rozando mis brazos. Sí, te invento, y te beso y estoy contigo, siempre. He pensado, tú has estado en mí desde hace mucho tiempo, Gabriela. Cuando vivíamos allá nunca tuve ¿valor? de decirte lo que deseaba . Para mí ese deseo o deseos reprimidos llegaron a convertirse en una terrible tortura, Tal vez los dos teníamos deseos de hacer el amor, pero... tantas, tantas cosas, Gaby, tantas. Tú eres mi único consuelo y a quien le puedo confiar absolutamente cualquier sentimiento. Nos complementamos en algo que yo quiero llamar "espíritu", desdichas, sufrimiento, y sobre todo, nos queremos como somos, así, inciertos y enfermos, alegres y eufóricos, locos y racionales.
Así, Miguel años después, me hablaba, y me habla, me habla, Suso. Me dice el secreto que tuvimos, el secreto de nuestro amor. Nos queremos como somos, dice. Sí, es eso. Eso: eufóricos, y tristes, dice, sí. Inciertos y enfermos. Sí. Locos y racionales. Sí. Sí.
Miguel sabía que la nieve de mi foso, como lo llamaba Octavio, no se fundía... Y es curioso, me escribió una vez, esto, tres años después de haber ido: te envío este poema a ti, mujer de nieve, lucero eternamente encendido, te envío este poemita, con algo más que amor.

Si un día cualquiera llegaras a flotar
sobre las vísceras del infortunio
y logras, finalmente, respirar las voces medicinales
del silencio estridente,
entonces no habrá lamentación
no correrá más sangre amarga por tus venas,
no sabrá vencerte la tristeza,
y tus pulmones
como un valle soleado
darán cabida al viento que lleva estas palabras
hasta ti. Sombra en vuelo.

Miguel cuidó de Paulina con mucha ternura. Cuando yo salía a trabajar,
él la cuidaba, jugaba con ella, y le decía , mi princesita y Paulina Obregón tiene cola de ratón y de faisán y de colibrí...siempre le estaba haciendo poemas, y le dibujaba. Tenía muy buena relación con los niños, pues él lo era en cierto sentido. Había una persona muy importante en su vida, era su Maestro. Maestro, le llamaba él. Guiaba sus lecturas, era un amigo-mentor. Enrique, se llamaba, y tenía un hijo al que había puesto Altazor, como el poema de Vicente Huidobro. Miguel y Altazor tenían unas conversaciones, Suso... una cosa que era asombrosa. De veras. Miguel era un ser puro. Eso pienso. En él no había nada de mentira. Era todo él verdad.

Este poema me lo envió desde México, cuando me escribía, me escribía y me escribía y yo le escribía, le escribía y le escribía a él. Y aunque lejos, no estábamos lejos. Nos hablábamos por cartas, nos acompañábamos en nuestras soledades. Es de Li-Po. 618-D.C.

Yo soy como un melocotonero que floreciera en hondo pozo
¿Hacia quién puedo mirar y sonreír?
Tú eres la luna que reluce en el cielo.
Al pasar me miraste durante una hora;
luego, te fuiste para siempre.
La espada con la hoja más fina
no puede cortar el agua del río en dos
para que deje de correr.
Mi pensamiento, como el agua del río,
corre y te sigue siempre.


Así Miguel se hace presente en mí, hoy a través de sus palabras y se lo confío a usted, se lo confío como como cosa mía, sabiendo que usted, al leerlo, también lo amará. Lo querrá . Lo entenderá. ¿No es cierto?

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01/05/2005 16:03 #. Tema: Mis relatos No hay comentarios. Comentar.

27/03/2005

La sorpresa de Pascua

easter-bunny_r.JPGPor Gabriela Zayas

Cuando éramos niños, mi madre solía esconder en el inmenso jardín de la casa, canastas con huevos de chocolate o de caramelo, conejitos de peluche, así como pollitos de juguete. Nos levantábamos ilusionados. El jardín era tan grande...era como buscar un tesoro en alta mar. A veces, triunfando sobre esa indolencia que la caracterizaba para todo aquello que tenía que ver con nosotros, mi madre se levantaba de la cama para indicarnos si estábamos cerca o lejos de nuestro objetivo: Frío, frío...tibio...caliente....hirviendo, cuando llegábamos a descubrir el tesoro chocolatil. Una vez, yo debía tener 8 ó 9 años, llegó una postal desde Estados Unidos, debía ser el Lunes de Pascua. Llevaba escrito mi nombe en el sobre y la abrí. Descubrí un conejito pintado, con una lágrima de cristal pegada a su mejilla. Algo como estoy lejos y te recuerdo en Pascua debía decir. Era del extraño: del padre no recordado, no conocido, misterioso ser cuya existencia se intuía pero de quien no se hablaba: nunca se hablaba de él, su existencia no podía ponerse en duda, pero era eludida, acallada, quizá por ser un ser peligroso, un ser fantasmagórico, ominoso. Las cábalas de Pablo y mías sobre la excéntrica postal, un conejo llorando una lágrima de cristal pegada a su mejilla; la ahora verificada existencia de tan misterioso ser superaron ese año la expectativa de la canasta oculta entre las plantas. Aún así, y para mayor seguridad, preguntamos a mi madre por la existencia del ser misterioso. Enfadada, me riñó por haber abierto el sobre. Yo respondí, lo recuerdo como si fuese hoy, el sobre ponía mi nombre, y tuve conciencia de la profunda injusticia de ella cuando respondió, es igual: no debías haberla abierto sin estar yo presente.
Verificada de esa manera algo enigmática la peligrosidad del sujeto que envío la conejil postal lacrimosa, Pablo y yo decidimos enterrarla al lado del cadáver de nuestro amado perro "Tigre", como testimonio una vez más de que aquello no podía constituir y no constituía, más que un mensaje de un más allá cuyos detalles no deseábamos investigar, por miedo a ser fulminados por el rayo de la ira de ella. Sin embargo y a pesar de mis deseos, ya veis cómo aquí, tantos años después, esa postal de Pascua se erige como uno de los más vívidos recuerdos de mi infancia.
De entonces acá, los conejos de Pascua, los huevos de chocolate, las canastitas escondidas y las postales alusivas me han parecido objetos especialmente siniestros.
Así fue como Pablo y yo comprobamos que el ser llamado "padre" existía verdaderamente. Fue una sorpresa de Pascua.
27/03/2005 21:57 #. Tema: Mis relatos No hay comentarios. Comentar.

24/03/2005

Otelo

desdemona.JPGPor Gabriela Zayas

Por la noche, sigiloso, lo sentí abrir la puerta de la cámara donde yo yacía, ya trémula, esperando su abrazo.Estaba desnuda sobre la seda azul de las sábanas de Oriente. Vi brillar, a la luz de las velas, sus profundos ojos negros. Alcancé a sentir sus manos recorriendo mi cuerpo. Sus dedos alrededor de mi cuello. Dejé escapar un ligero suspiro. Y comencé a disfrutar del mayor placer que jamás conocí. Tan hermoso fue, que no quise despertarme a pesar de que, en la lejanía, escuché que me llamaba desesperadamente.
24/03/2005 21:59 #. Tema: Mis relatos No hay comentarios. Comentar.

24/02/2005

Cuento: El sueño de Mela Aizpuru

carrington1ablog.JPGPor Gabriela Zayas

Mela... cuando la pienso, la veo erguida, alta y delgada como un junco, erguida y delgada por el corsé que usó durante años, siempre diciendo enderézate, hijita. Hay que ir siempre erguida en esta vida, pase el que pase.
Ojos azules, piel translúcida de tan blanca. Manos de pianista y tocaba...cómo tocaba Mela. Si todo lo hacía bien: leer, recitar, amasar pan o encender el horno a las cinco de la mañana, allá en Honduras, para alimentar a aquella ilustre tropa de sus hijos: Alberto, Vicente, Melita, Leonor, Sara, Samuel, Raquel y María . Aquella tropa que en los ríos se lanzaba a la brava, nalga al aire, salvaje, riente e inconsciente. Mi tío Sami aprendió a nadar antes que a andar porque lo lanzaron al río, y él, muy listo, movió las patitas y las manos diminutas: flotó. Hay milagros. A caballo se desplazaban por los campos. Mela, amazona osada. Hasta en una edad más que madura la veo montada, en los prados del Desierto de los Leones, qué nombre paradójico para un valle cubierto de bosques milenarios, cruzando rauda, diciendo, te juego una carrera, a ver quién gana.
Mela, obstinada, voluntariosa. Corría la voz en la casa, "Melita quiere"...
Melita quiere y consigue. Consiguió a su marido, un hombre raro, un hombre honesto, vegetariano, socialista , culto y con barbas de chivo, porque le gustó cómo la tomó del talle en un baile, allá en Chihuahua, en su Parral de los recuerdos. Todos los galanes eran tímidos. Tomaban a las señoritas como con miedo, y ella me dijo, tu abuelito me agarró firmemente por el talle y me dijo, míreme a la cara, señorita, porque está usted viendo la cara de su marido, del que se va a casar con usted dentro de un año. Así que míreme de frente, a ver si le gusto. Y si le gusto, quedamos cuando quiera.
En esa época, me dijo Mela, las muchachas decentes no miraban a los ojos a los hombres, sólo de refilón, no fuera a ser que se pensaran que ellas andaban buscando líos. Pero mi abuela lo miró, lo miró a la cara fijamente, me dijo, y le sonrió. Le dijo, pues sí, usted me gusta. Tiene los ojos transparentes y le voy a decir una cosa, si usted me quiere por esposa, yo también lo querré a usted. Pero no me haga bolas. Sea usted firme en sus sentimientos. Una canita al aire y usted no me ve más. Casados o no casados ¿Estamos?
Mi abuela Mela y Pedro se casaron al año. Año de 1898. Él andaba siempre estudiando, con sus libros alemanes, franceses, sus libros en griego y en latín ,y era muy muchachero, jugaba siempre con sus hijos, les enseñaba cosas desordenadamente. Ella mandaba en la casa, qué duda cabe. Ella imponía el orden. Melita quiere. Fueron naciendo los hijos, y vino la Bola. La revolución. Pedro vio su momento. Momento de cumplir sus anhelos de justicia social. México es un país de aprovechados y de ladrones. Hay que dar a los pobres lo que es suyo, lo que les han quitado todos éstos. Y se apuntó a las filas del Constitucionalismo. Nunca fue de Pancho Villa, nunca le gustaron esas bromas del Centauro del Norte, esas pachangas. Es un simple cuatrero, eso le dijo a Mela. Te voy a mandar fuera con los niños, porque no quiero que vengan esos cabrones y te violen, te maten y me presenten tu cabeza. Te me vas a ir muy lejos. Con la tropa. Te nombro capitana de tu pequeño ejército, ahí me los cuidas. Me les enseñas lo que en la escuela no enseñan. A ser hombres y mujeres de bien. Samuel estaba tan chiquito que ni siquiera gateaba.
Pedro acompañó a Venustiano Carranza en todas sus campañas. Era un hombre de letras y era un hombre de acción. Estuvo en el Congreso Constituyente y en las buenas y en las malas fue siempre fiel a sus ideas y a Mela. Tal como le prometió.
Mi abuelita, desde el comienzo, entendió que la decisión de su marido era una orden. Y ahí se fue mi abuelita, cruzando la República de lado a lado, atravesando Guatemala, a caballo, en burro, en carreta y en tren, que todo eso usó para llegar tan lejos, y se instaló en Olanchito, donde encontró un lugar a su gusto. En el monte. Junto al río Aguán. Allá la llamaban la inglesita, por sus cabellos claros y sus ojos azules, pero era más mexicana que el mole. Melita quiere. Mujer del norte mexicano, brava como un león herido, dulce como una canción. Con la tropa siempre ordenada, aún en medio de aquellas selvas, de aquellos montes, en medio del bravo río, remando para ir a buscar las vituallas. Tú vas por la leña, Alberto; a ver, Vicente, esas manos, lavadas; vamos a ponernos con el solfeo después de la siembra del maicito; vístanse para comer. Y todos ellos aprendieron a solfear, a amasar pan, a hacer tortillas, a nadar y a cazar conejos y palomas. Aprendieron a leer en francés y en castellano, y los grandes cuidaban de los chicos, y a veces, como he dicho, los tiraban al río.
En la noche, las camas con mosquitera los guardaban como las alas del ángel de la guarda.
Y esa noche, la noche del sueño de Mela, Mela vio cómo su cama comenzaba a arder. Se despertó en el sueño, en el sueño soñó que despertaba. La cama ardía y en la puerta estaba Pedro. Pedro herido, con una raja en el pecho, con la camisa hecha jirones, descalzo y todo ennegrecido por el fuego. En la mano llevaba una carta sellada.
Mi abuela le dijo, Pedro ¿se está quemando la casa? Y él contestó, no Mela, soy yo que ya estoy muerto. Vengo a avisarte. Nunca te dije que te quería como te quería. Mis palabras no fueron reflejo de mi amor. Te lo hice ver, sí es cierto, pero tuve siempre miedo de decirte palabra a palabra lo feliz que me hiciste. Lo mucho que te quiero. Por eso, en las noches, en las madrugadas, cuando llegaba a los ranchos o dormía al raso, me ocupé de escribirte poco a poco lo que estuve sintiendo todos estos años por ti. Y aquí te traigo la carta: es muy larga, es como un diario de mi amor. Léela con gusto, sabe cuánto te quise, cuánto te estoy queriendo.
Mela, en el sueño, se levantó y apartó los tules de la cama, que ardían. Iba descalza, me cuenta, sintiendo el suelo frío. Se acercó a su marido y le tomó la carta de las manos. Él desapareció.
Cuando se despertó al otro día, Melita supo que el sueño era verdad, que su Pedro había muerto en algún lado. Buscó la carta por toda la pieza, pero no la encontró. Pensó, ya llegará la carta, y preparó a sus hijos. Les dijo, muchachos, su papá se murió. Anoche vino a verme. No nos vamos a poner de luto porque el luto se lleva dentro. Vamos a dar una vuelta por el monte, vamos a recoger muchas flores, las vamos a tirar al río, para que le lleguen.
Preparó luego a la tropa, órdenes y contraórdenes, y comenzó el regreso hasta Parral. Tardó más de un año en llegar, y cuando por fin llegó, la estaba esperando una carta de mi abuelo. Un compañero de armas la había llevado hasta la casa de los padres de Mela. Mi abuelo, tal vez presintiendo el fin, se la había dado a Bernardo Álvarez, por si le pasaba algo.
Pedro había muerto en Tlaxcaltongo, al lado de su general Carranza, en la emboscada. Se habían refugiado de la balacera en una iglesia y allí los habían matado. Los encerraron y prendieron fuego a la iglesia. Así había muerto Pedro. Chamuscado.
¿Y la carta, abuelita? ¿La carta?... Mela me miró, ojos azules, piel translúcida. La carta, m' hijita, la tengo en esa cajita de terciopelo. Ya les dije a tus tíos. Cuando me muera, que me incineren con ella. Yo también quiero arder, me dijo, con esa carta en mis manos.
24/02/2005 22:01 #. Tema: Mis relatos No hay comentarios. Comentar.

23/02/2005

Cuento: El cazador y el perro

Desvalido_blog.JPGPor Gabriela Zayas

Hace tiempo escuché esta historia.
En el Valle de Graf, en las montañas leonesas, vivía un cazador. Era conocido en todo el lugar por su hosquedad y su difícil carácter. Nadie se explicaba por qué Refrén no bajaba hasta el pueblo en los días de fiesta, o cómo era posible que viviera allá arriba, en medio de las peñas, sin más compañía que la de su perro.
Lo que los aldeanos ignoraban era que el perro de Refrén hablaba. Y por las tardes y durante las grises mañanas lluviosas, mientras transportaban la leña al hogar o buscaban la pieza, disertaban sobre todos los temas, sobre lo humano y lo divino. El perro argumentaba demasiado e incluso defendía ciertos puntos de vista contrarios a los de su amo, y éste, a menudo, cansado de su cháchara, le hacía callar con un pescozón. Entonces el perro le miraba con ojos tristes. Aguardaba a que el amo recuperara el humor y le diera, de nuevo, permiso para hablar.
Poco a poco, las charlas se fueron haciendo más cortas y menos gratas. Las palabras se fueron haciendo frías, y las discusiones subieron de temperatura. Refrén exigía que el perro estuviera siempre de acuerdo con él. Demandaba continuos halagos y no aceptaba la menor crítica. Y el perro tenía una personalidad tan definida que no se arredraba y defendía sus puntos de vista. La amistad entre ambos se fue enrareciendo.
Una noche ( hacía frío y el cierzo estaba por caer), en medio de una discusión intrascendente, Refrén decidió castigar a su perro. Primero le hizo callar. Luego le prohibió que le hablara hasta nueva orden. Abrió la puerta de la casita y señaló el monte. -Esta noche duermes fuera, le dijo. No quiero oírte ni rechistar. Ya te llamaré cuando lo considere pertinente.
El perro salió y calló. Conocía a Refrén y sabía que sus cóleras eran terribles. Triste y dolido, buscó un saliente bajo la roca y ahí pasó la noche. Al llegar la mañana esperó, pero el amo no le llamaba.
Nervioso, triste, el perro pasó algunos días, un número de días indeterminado, sin oír el silbido de su amo. Hasta que un día, el amo silbó. El perro, casi enfermo de pena, pero decidido, se dirigió a la cabaña y le miró.
Le dijo: "Si vine aquí a hacerte compañía fue porque tuve compasión de tu soledad y de tu exilio de los hombres, y no para que me maltrataras. Te has convertido en un tirano.Te dejo aquí. No mereces mi fiel amor, ni mi compañía, ni mis palabras".
Mientras miraba alejarse al perro, Refrén pensó: "Ya encontraré otro perro que me hable".
23/02/2005 22:03 #. Tema: Mis relatos No hay comentarios. Comentar.

22/02/2005

Cuento: La joven que tenía dos corazones

lamujerdedos_b.JPGPor Gabriela Zayas

Esa joven. La vi por primera vez una mañana de junio en 1999. La vi corriendo por la calle. Había llovido pero por un momento, la lluvia cesó. Ella se apresuraba por la Gran Vía esperando, supongo, esquivar la lluvia que volvería a caer enseguida. La vi con su faldita blanca que volaba entre las rodillas huesudas, de mujer flaca, de joven mujer flaca que corre. La blusa, no me fijé en la blusa, pero debía ser una blusa de colores, porque por aquella época, luego me di cuenta, ella llevaba siempre flores en el pecho: flora urbana. Entró apresuradamente en un edificio de oficinas. Yo la observaba desde el café de La Habana. Me tomaba un café y unas tostadas cuando la vi pasar. Cuerpo delgado y ágil de muchacha. Piernas flacas. Sí, pero muslos carnosos, más sensuales: casi como delfines que saltan alegres y despreocupados en la bocana del puerto. Los muslos de la joven me retrotrajeron al puerto, a su olor salado y bochornoso, a ese aire caliente y húmedo y como grisazulado del aire del puerto. Aire salitroso y espeso, cargado de sensualidad, como el semen de un marinero recién desembarcado que busca sexo en las esquinas de la ciudad del puerto.
Al ver las piernas de la joven que corría y sin embargo, al detenerme a pensar en esas piernas veloces que corrían, mi pensamiento se detuvo en ellas a pesar de la velocidad que esas piernas alcanzaron. Pensé que la carne de las mujeres no es rosada ni blanca ni es morena o amarillenta, según la raza. Todas ellas tienen infinidad de matices, de colores, que van desde el azul prusia, en leves venillas insolentes, hasta cierto verde agua, que las relaciona con el mar y las ondas, y que proviene de su origen marino. Luego vienen los rosas y los rojos, rojos que proceden del corazón caliente de las mujeres, tan proclive a amar como a odiar de pronto y sin previo aviso. Y la carne de ellas también tiene tonos suavemente sepias y marrones, porque algo las lleva a ser dulces como el membrillo y luego duras, cortantes como cuchillos. Esos colores tienen que ver, yo creo, con la variedad de emociones que las traspasan, que las hienden. Amarillos para la envidia y los celos, verde para la suave esperanza de sus vidas; gris para los días de cada día, en las mañanas en que, como hoy, ellas se apresuran a llegar al trabajo intentando no mojarse con esa lluvia pertinaz y sucia que moja las calles de la ciudad.
Coches y asfalto, ruidos y gases, gentes que huelen a sudor húmedo y ella, la joven aún desconocida, corriendo para esquivar la lluvia. Con sus veloces piernas, sus rodillas huesudas y sus muslos de delfín joven.
Esa fue la primera vez que la vi.

No vi su rostro aquel día. No imaginé sus ojos, tan azules como el Prusia, con pequeños destellos plateados, a veces amarillentos, otras verdosos. Su pupila. Una de ellas siempre más dilatada que la otra. Luego me di cuenta que era completamente asimétrica: una parte de su cara era casi siempre oscura, casi siempre estaba teñida de azul, en sombra. La otra parte de la cara era luminosa, casi amarilla de tan clara: tan casi blanca que relucía entre las luces del alba, entre las sábanas. Uno de sus ojos era más grande: ligeramente más grande que el otro ojo, y miraba con astucia; también con desconfianza. El otro ojo, ligeramente más pequeño, compensaba esta condición porque el párpado era más alto, más hermoso que el otro párpado, el del ojo grande y suspicaz. Así, supongo, los dos ojos se armonizaban entre sí, y esa asimetría no la notaba nadie. Nadie que no observara atentamente esa cara hubiera notado lo que yo: pero yo la observé, sí, atentamente, lujuriosamente, calmadamente, obsesivamente y lo vi, vi el ojo suspicaz y el otro, el ojo amoroso y dulce. El ojo con que a veces me miraba, ocultando el otro en la almohada. Pero yo sabía que ella me contemplaba desde su interior con los dos ojos, y sabía también que con ambos ojos me juzgaba y me condenaba a veces, y en otras ocasiones, con ambos ojos me absolvía, me arropaba en su amor, me abrazaba con ambas pupilas, con ambos párpados, con las dos miradas.
Al otro día, como suele ocurrir en junio, hacía calor. El clima de la ciudad había cambiado completamente. La ciudad se había despertado llena de humos y ruidos: ruidos, voces, calor que subía desde el asfalto hasta el más alto de los edificios. Subía el calor como sube el humo de un incendio y así, incendiado, pero por otro fuego, la vi pasar de nuevo. Esta vez las dos piernas la llevaban con suavidad, con energía suave y delicada, con pequeños saltos imperceptibles hacia el edificio de las oficinas que ya suponía yo que era donde ella trabajaba. Conjugar este verbo en relación a su persona de pronto me pareció incongruente y extraño, pues no la imaginaba sentada, las dos piernas una sobre otra o las dos en paralelo ligeramente inclinado sobre una imaginaria vertical, ante una mesa: estática. No la imaginaba así, no podía hacerlo, porque hasta ahora, las dos veces que la había visto la había visto en movimiento, en movimiento atlético el día anterior y ahora en movimiento lento, sincopado, aunque enérgico. Porque su juventud la llevaba, sí, con lentitud pero con segura energía, hasta su puerto. Sus muslos, ahora cubiertos por la falda que ya no danzaba ni se arremolinaba sobre las flacas rodillas, la llevaban de nuevo frente a mí: a mostrarse de nuevo.

Aun en esta segunda vez no me fijé en su rostro, porque seguí mirando fijamente esas piernas, ahora ya no veloces, sino seguras y pausadas, la seguí viendo mientras esperaba ver algo de delfín, algo de bocana, de puerto... y desde lejos, contemplándola, me sorprendí aspirando hondo, como si quisiera oler su olor de pez, de pez que llega a saltos hasta cerca de la playa. De pez gris azulado y saltarín.Y me soñé por un momento en una esquina del puerto, de una de sus calles, oliendo a salitre y a húmedo calor procedente del mar, y sentí cómo suavemente se alzaba la tela de mi pantalón, se impregnaban mis ingles y mi sexo él también del dulce olor a agrio del sudor y del puerto, sin que en realidad, por supuesto, pudiera yo oler a esa joven de piernas ahora pausadas. Ni por asomo pude olerla aquel día, pues pasaba, aunque lenta, muy lejos de mí, aunque cerca de mi mirada evocadora la tuviera un momento, o más bien, la retuviera y le hablara en mis pensamientos, y le dijera: detente, dime algo, mírame. Déjame olerte un poco, sé que hueles a puerto.

Al tercer día, mi impaciencia me llevó ya fuera del café La Habana.
La esperé en la esquina de Gran Vía y Aribau. Esta vez la vi emerger de la escalera del Metro, y por primera vez vi primero sus ojos, sus ojos asimétricos, aunque en ese momento aún no me percaté de tan sutil asimetría. Pero sí vi que su rostro estaba partido en dos mitades, una mitad azul oscuro, de sombra, la otra mitad amarilla, casi blanca, casi hecha de pura luz matinal, inocente y serena. Vi su nariz, algo larga y un poco ancha en la parte de abajo, y la boca, de labios amplios, serios, labios algo sonámbulos, que besan -pensé entonces y luego confirmé- como si estuvieran un poco ausentes de todo. Labios que luego besé tanto y tan inútilmente, intentando llevar hasta ellos mis miriadas de hormigas. Pero mis hormigas no consiguieron trepar hasta allí, si acaso hasta las manos, a veces. Las manos que eran también como las rodillas, huesudas y flacas, grandes, casi de hombre. Manos bruscas, nerviosas, que a veces me llegaron a hacer pensar que sí, que había hormigas, porque ella de pronto metía sus manos debajo de mis pantalones y sacaba violentamente los faldones de mi camisa, y me levantaba la camisa, y las manos buscaban mi piel, mi espalda, especialmente, pero también mi pecho, y las manos subían y bajaban con premura por mi torso, por mis omóplatos, sobando y a veces, incluso arañando y haciendo apresurado todo, pero sin que las piernas, en cambio, consiguieran saltar hacia mí en actitud de delfín eufórico, porque siempre había algo en ese cuerpo raro que iba despacio, pausado, aunque otras de sus partes anduvieran con prisas. Esa fue otra de las asimetrías que logré concretar. La asimetría entre lo rápido y lo lento.

Ella se llamaba Carmen. Carmen. Carmen. Carmen. Carne y sangre y piel se llamaban Carmen, pero un ojo y algunas veces los labios no debían llamarse así. Tenía ella otro nombre que no quiso decirme y que luego averigüé, ya cuando la había perdido.Y no tenía solamente un nombre sino dos, porque dos eran sus ojos: uno astuto y suspicaz; otro suave y amoroso, y dos eran las velocidades de su amor, uno era lento y el otro apresurado, y dos eran los corazones que latían en su pecho, uno era mío y el otro era de otro. Y mientras yo repetía en la habitación y sobre sus pechos Carmen , Carmen, Carmen, ella debía de estar oyendo también, por el otro oído y en el otro corazón el otro nombre, porque de pronto se levantaba y retornaba la vista a su ojo suspicaz, y ponía en marcha las piernas rápidas y el movimiento acelerado, y recogía sus cosas, y se vestía a toda prisa, y medio sonreía con media boca - la otra mitad de la boca ya se estaba yendo- y se marchaba toda ella, se iba y una mano, una de sus huesudas manos se agitaba, ya bajando la escalera del mi estudio, y me decía la mitad del adiós, porque la otra mitad era ya un "Ya he vuelto", dicho al otro, al que la esperaba después.
Pero en el momento, yo todo esto lo intuía solamente.

El cuarto día, el sorprendido fui yo, pues ella llegó por detrás mío. Me tocó el hombro ligeramente y me volví. Al verla, sin saber por qué, se me llenaron los ojos de lágrimas. La había pensado mucho, había intentado comenzar una introducción. Me acordé de María Iribarne, al ver a Carmen, al constatar que era ella la que había estado buscando, como Juan Pablo había buscado a María. Pero no sabía aún si ella era mi ella, pues mis dientes no se habían hundido todavía, suavemente, en esa piel de sol y sombra que era su vientre. sintiéndome tan en ella como quien quiere naufragar, jamás salir a flote.
- Disculpe ¿ le pasa algo? Me preguntó.
-Nada ¿por qué?
-Ayer le vi. Parecía usted perdido, y al verle hoy de nuevo, me pregunté si tal vez está usted enfermo, o si se encuentra bien.
Me di cuenta de que , en efecto, mi aspecto debía ser patético. Sin afeitar desde hacía cuatro días, sin cambiar de ropa, solamente pensando obsesivamente en ese momento que ya había llegado. Le dije:
-Necesito desayunar ¿me invita?

Sentado frente a la mesita de mármol del café de La Habana, tomando un café, unas tostadas, sorbiendo el aire que me separaba de ella, la miré. Fijamente. Y ella a mí. Ya no hubo preguntas, sino certezas. Ella trabajaba en efecto, en el dominical del diario "La Vanguardia", se ocupaba del diseño gráfico. No se sentaba demasiado, como imaginé. Brevemente, le hice un resumen de mi vida. Pinto. Hago esculturas. Escribo a veces historias que me sugieren mis cuadros, pues a menudo un medio solamente no es suficiente para expresar lo que quiero expresar. Así, las letras se mezclan con los colores. Surge el personaje en el relato y la forma se establece en el lienzo. Así me son más familiares, más cercanos mis muñecos. Me acompañan en mi soledad. Y apareció la primera pregunta:
-¿Y por qué está solo?
-No lo sé. ¿Quiere usted remediarlo?
-Podemos intentarlo, dijo.
Durante dos semanas, prácticamente no nos separamos. No sé cómo, cuándo ni qué diría ella a los demás: en el trabajo, a su familia, al mundo suyo. Sólo sé que duchándome con ella, secándole la suave piel, despertando en la misma cama que ella, me sentí por fin, cogido al mundo con las dos manos.
Escribía por las mañanas, cuando ella dormía. La pintaba a veces, cuando se ponía a leerme. Era una excelente lectora, y dominaba el arte de no despojar a la poesía de su misterio. No exageraba las inflexiones de la voz ni levantaba nunca ésta por encima del susurro. Escuchaba su intimidad mientras decía los versos, sin recitarlos. Me acompasaba al ritmo de sus sílabas, como un gato sobre un regazo maternal.
Bájabamos a veces, por las tardes, a ver el mundo, a constatar que seguía allí existiendo ese ruido, esas otras gentes desconocidas, esos olores tan carnales; a aceite frito, a jabón, a sudor, a humo. Y por la noche, las luces de los faros de los coches y el zumbido de las máquinas que los llevaban a destino, parecían recordarnos que el tiempo corre sin cesar, que no podemos detenerlo. En un momento u otro él nos atrapa, nos hace el rizo. Nos lleva al otro lado de la cinta y ya estamos otra vez sumergidos en la rutina, en el aburrimiento, en el sopor de cada día. Se acaba la magia y se acaba y se va.
Y así se fue el tiempo nuestro, y empezamos a hablar de vida en común, y ella me contó de su trabajo, al que debía volver, de su familia, de sus padres, hermanos, de sus amigas y yo...que tenía mucho menos que contar, también hablé de mi infancia, de mis padres, ya muertos, de mis dos hermanas, gemelas idénticas, y sin embargo, tan diferentes entre sí. Y le expliqué que en mi soledad, antes de encontrarla a ella, yo era feliz. Estaba tranquilo y resignado. Amaba lo poco que tenía: la pintura, las formas que adoptaban a veces mis esculturas, mis palabras... que de vez en cuando tenían un sentido, y en cambio ahora eso parecía tan poco, me dejaba tan vacío solamente tener eso. Porque la necesitaba a ella, y cada día la anhelaba, y cada frase suya me hacía desear escuchar la siguiente frase y necesitaba tocarla y si no la tocaba sentía que a mi mano, a mi cuerpo todo le faltaba una parte, y buscaba su cuerpo, su dedo, su pie, cualquier parte de su cuerpo, para tocarlo y para sentir que era. Que yo era. que yo existía, en efecto, Allí. En ese pedacito de carne, de dedo, de pie. Allí era yo, existía todo yo, concentrado en su existencia como un niño en la silueta de un globo que se pierde en el espacio.
Pero ya había yo observado que a veces ella me juzgaba y no le gustaba del todo. Ya notaba yo que parte de su cara me negaba lo que con la otra parte me concedía. Ya comenzaba ella a veces a saltar de la cama y a irse...Y una noche escuché ese otro tic-tac del segundo corazón. Antes no lo había oído, anegado como estaba en mi propio placer egoísta. Pero una noche lo oí.
No dije nada.
Callé, por miedo a escuchar una verdad insoportable.
Ella volvió al trabajo, a su vida. Llegaba siempre a las seis de la tarde. Eso me tranquilizó. Pensé: debe haber algún eco extraño en ese pecho tan hermoso; algún desván donde el corazón retumbe de tan grande que es.
Un día, ya pasados algunos meses, ella ya no volvió a las seis.
Y por la noche, mientras dormía, comprobé que el segundo latido del corazón del otro lado era más y más fuerte cada vez. Cada noche, durante un tiempo, volví a escuchar ese latido, a comprobar si existía verdaderamente ese segundo corazón. Y aún más. Encontré unas llaves, unas llaves en su bolso. Cuando las encontré, porque las buscaba, mi propio corazón resonó tan estruendosamente que me asusté. Quedé sobresaltado. Ella ya no se duchaba, para entonces, conmigo. Ya se secaba sola la suave piel. Había pasado el tiempo, nuestro tiempo. El viento y el frescor se hacían más evidentes, y en mi alma se anunciaba una tormenta. Porque ¿qué podía hacer? Engañarme o afrontar... hablar. No, no quise hablar. Tuve miedo de perderla. Pero la espié cuando me miraba, con esos dos ojos asimétricos, y cuando me decía hola con una mano y adiós con la otra mano, y cuando un corazón ya latía débilmente por mí, mientras que el otro iba vigorosamente alado al corazón del otro. La espié, pero no la seguí.
No la seguí porque poco a poco me fui recluyendo en mí mismo, en mi casa, en mi obra. Deseaba el ostracismo. Me convertí en un hombre cuya única vida entraba por la puerta a cualquier hora. Ya no contaba las horas que ella estaba conmigo, ni escuchaba las palabras de conmiseración que le despertaba mi aspecto. Yo me encerraba en el baño, a veces, a llorar y mirar mi imagen reflejada en el espejo. Tántalo seducido y paralizado por el miedo. Sabía que la perdía y no podía hacer nada. Ni siquiera llamarla por el nombre del otro.
Y un día, ella no llegó.
Y otro día, ella no llegó.
Y el tercer día, y el cuarto, ella no volvió.
Y yo no fui a buscarla; no salí a la Gran Vía a ver si la veía. Ni me detuve delante de la escalera del metro , entre Aribau y Plaza Universidad. No lo hice. En cambio, pinté y pinté su rostro en muchos lienzos; su rostro azul y amarillo, con un ojo ligeramente más grande que el otro, con una pupila algo más dilatada, un ojo más dulce, y otro más amargo, crítico, con el que sin duda me juzgó indigno de ser dueño de sus dos corazones.
22/02/2005 22:20 #. Tema: Mis relatos No hay comentarios. Comentar.

19/02/2005

El inocente asesino

asesino_b.JPGPor Gabriela Zayas

El tiempo aquí fuera pasa de otro modo. El tiempo no tiene una sola interpretación. Todos saben que sus ritmos son variables. El tiempo aquí, el tiempo en que te recuerdo, es infinitamente lento. Salgo del piso. Camino hacia el Portal del Ángel. Tengo tiempo y miro con detenimiento los escaparates de anticuarios, de marquistas; las galerías comerciales, las tiendas de discos, los bares. Atravieso las Ramblas y la calle Canuda antes de llegar a la Plaza. Entro en el café de la Catedral, todavía cerca de donde ocurrió aquel parricidio que aún recuerdan en el barrio, por su horrible crudeza.
Nadie conocía a aquel chico, me dice mi casual compañera de mesa. El bar está lleno hasta los topes y me ha pedido que la deje sentar mientras bebe su copa de cerveza. Me conocía de vista, me dice, me ha visto en otras ocasiones por aquí. Asiento. Didier, me cuenta, fue condenado a cumplir la pena en el Hospital Psiquiátrico de Reus hasta llegar a la mayoría de edad. Después, sería liberado. Un niño aislado, que desconocía el mundo que se extendía más allá de los visillos de la ventana. Al parecer, la mayor parte del tiempo la había pasado en una cuna, dormido o drogado. Su único entretenimiento fue mirar y mirar a su alrededor, haciendo un día tras otro de su corta vida, el monótono catálogo de los objetos de la habitación: la colcha de la cama de su madre, las figuras de un belén que años atrás se había montado y no había sido guardado. Las botellas de colonia, los frascos de crema, los pintalabios de Julie.
Mi desconocida narradora era una mujer cuyos ojos me recordaban vivamente los tuyos. De ahí que la escuchara con absoluta atención y accediera, gustoso, a escuchar la truculenta historia de aquel crimen.
Julie, la madre, era una mujer aún atractiva. Cuando digo “aún”, me refiero, me dijo mi narradora, a que todavía las arrugas que surcaban su rostro la hacían parecer interesante, todavía no decrépita. Su cuerpo seguía siendo grácil, pero la sonrisa no acababa de cuajar en el delicado rostro. Siempre vestida de negro y con sencillez, recordaba a todos la época en que Saint Germain se hallaba lleno de cuevas de jazz y la “bohemia” aún existía. Julie se parecía a aquella cantante ¿Yo no la conocía? ¿no había oído hablar de ella? Se llamaba Juliette Greco. Estuvo muy de moda en mis años de juventud, dijo mi narradora. Claro que yo era demasiado joven para conocerla. El caso es que, delgada y distante, Julie, una francesa que hablaba con dificultad el castellano, iba y venía, abría y cerraba la puerta del portal, sin intercambiar palabra con nadie. Por eso mismo, nadie sabía que en su vida existía un secreto: la existencia de Didier, su presencia, hacía años, en la casa.
La mañana que Didier salió a la calle por vez primera, semidesnudo, manchado de sangre y balbuceando incoherencias, no se pudo establecer en un primer momento de dónde provenía. Bastante alto y encorvado, el albornoz azul con ositos blancos que vestía le llegaba apenas a cubrir las nalgas. Los brazos difícilmente entraban en las mangas. Le cubrían hasta los codos, apretando sus macilentas carnes. La blancura extrema del rostro y de todo su cuerpo revelaban bien a las claras que no había sido expuesto directamente a la luz del sol. Azorado, el muchacho se quedó hecho un ovillo en la acera, con los ojos cerrados y los labios temblando, a unos cincuenta metros de su domicilio. Casi enseguida, personas solícitas y extrañadas le rodearon ¿Qué ocurre, chaval? Su balbuceo no cesó, pero era ininteligible. No lloraba (después se comprobó, dijo mi narradora, que ni siquiera al sufrir un daño físico, un golpe fuerte o una caída, Didier era capaz de llorar: no conocía el consuelo de las lágrimas). Se le veía abatido y confuso y su mirada era errática. Nadie se atrevió a tocarlo hasta la llegada del SAMUR.
Entre las calles de este barrio de estudiantes, de artistas y de malvivientes, te recuerdo, querida mía. Recorro estas calles observando todas las nucas, buscando en todos los ojos. Esperando que un día, por un extraño milagro (pero qué digo: todos los milagros son extraños y ésa es, precisamente, su naturaleza), vengas a mí o vislumbre tus cabellos o tu cuello. Tu estrecha cintura, tus hermosas, sinuosas caderas. Sueño con frecuencia que me buscas en la estrecha calle. Que llamas a mi puerta. Cada vez que suena el timbre me sobresalto, pensando en ti; late mi corazón aceleradamente por ti, hasta parecer que va a estallarme dentro del pecho; mis dedos esperan tus mejillas, tus sienes, tus cabellos; mi boca muerde la tuya, antes de besarla. Pero nunca eres tú. Tú no llamas nunca a mi puerta. El tiempo eternizado de tu pérdida me inunda mansamente: la certidumbre de tu pérdida. Mis ojos ya no te lloran. Tu ausencia es ya sustancial en mí. Inquieto con tu recuerdo, desosegado, vuelvo a mirar los ojos de mi interlocutora y vuelvo a la historia de Didier. Mientras la narra, la mujer fuma compulsivamente. Mira hacia el vacío o hacia la copa de cerveza que bebe lentamente. Evita mi mirada al narrar la terrible historia. Mi mirada escrutadora, fija en ella, atenta.
Poco después de llegar el SAMUR, llegó también la policía. Se siguió el breve rastro de san