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19/03/2008
Ricardo III, de William Shakespeare

En algunas clases dedicadas a Lope, no he podido menos que compararle con el cisne de Avon. No es una comparación halagadora para el Fénix, lo sé. Es inevitable comparar la ’invención’ de Lope sobre el arte nuevo de hacer comedias, en cuanto al número de actos, que él reduce a tres, y lo que esto conlleva para el teatro : el ritmo de la obra lopesca se acelera y esto va en lucimiento de la acción y en detrimento de la psicología. Lo hemos visto claramente cuando hemos analizado El caballero de Olmedo, una de las lecturas prescriptivas. Lope es un gran poeta, pero su drama no es más que un drama sentimental de fábrica, en el que el caballero no resalta por nada (excepto por ser un buen alanceador de toros), o sea, por ser un buen deportista. Sus sentimientos por Inés no son expresados más que superficialmente, a través de un flechazo, y su amor no se desarrolla ante nuestros ojos en ningún momento. Ya sé que es injusto comparar esto con los dramas históricos de Shakespeare, entre otras cosas porque Shakespeare, en sus cinco actos, pudo ’analizar’ o mejor dicho, pudo criticar con tremenda profundidad la ambición de poder porque la dinastía reinante en Inglaterra ya no era ni la de los Lancaster ni la de los York. Una vez triunfaron los Tudor (precisamente tras la caída de Ricardo III), se pudo cuestionar y poner en escena todo aquel magma fabuloso ( y crudelísimo), de la historia inglesa. Cosa que Lope no pudo hacer (tampoco sabemos si le habría interesado). Los reyes en Lope son siempre justísimos, bonísimos, garantes absolutos de la Justicia (con mayúscula). No hay color. Tampoco podemos olvidar que el pentámetro yámbico de Shakespeare resulta inmensamente mejor para los lectores actuales que la polimetría de Lope y su rima. No podemos concebir mejor retrato psicológico de la AMBICIóN (con mayúsculas), que el de Ricardo III, ni mayor truculencia bien resuelta que en Macbeth, o Titus Andronicus.
Bien de todos modos, estas clases me han arrojado de nuevo en los amados brazos de Will Shakespeare, a quien tanto me gusta manosear de vez en cuando. En clase hemos visto su Macbeth (Orson Welles), y ya en casita, he releído su Ricardo III, únicamente para mi placer.
Ricardo III fue uno de los grandes éxitos de Shakespeare desde su estreno, junto a los que cosechó con Romeo y Julieta y Hamlet, y ha sido una de sus obras más representadas. Incluso más que la del príncipe de Dinamarca. Shakespeare se basó muy literalmente en una crónica escrita por Sir Thomas More, La historia del rey Ricardo III, incluida en una crónica de Richard Hall sobre la guerra de las Dos Rosas; The Union of the Two Noble and Ilustrious Families of Lancaster and York.
La guerra civil inglesa o Guerra de las Dos Rosas, enfrentó a las dos familias más importantes del reino, los Lancaster y los York, que deseaban y luchaban por el poder absoluto del gobierno de Inglaterra.
Ricardo III es la historia truculenta y casi inverosímil de un auténtico criminal, de un psicópata que mata sin sentir remordimiento alguno a sus seres más cercanos para lograr el poder. Es una obra que disecciona, con extremada precisión, la ambición, el anhelo de poder y cómo ese anhelo corrompe hasta la última fibra del alma de un hombre al que se le puede considerar un humano chacal, o un jabalí salvaje. animal con el que es comparado muchas veces en la obra que nos ocupa.
Ricardo, duque de Gloucester y perteneciente a la casa de York, había matado ya (cuando comienza la obra), a Enrique VI de Lancaster y a su hijo, su heredero y príncipe de Gales, Eduardo. Ricardo era el tercero de los hermanos de la casa de York, y por ello, la corona (tras los asesinatos de los dos Lancaster), fue a parar a su hermano mayor, Eduardo IV (sí, la corona inglesa es un lío de Enriques, Eduardos, Margaritas e Isabeles, tanto como la Española lo es -aunque por suerte, con una sola línea sucesoria-, con los Felipes, Fernandos, Margaritas, Isabeles y Marianas).
Termina la guerra civil con el acceso al trono del hermano mayor y Ricardo comienza la obra con ese extraordinario monólogo que dice:
Now is the winter of our discontent...
Deforme físicamente y por lo tanto, no apto para la vida cortesana, decide convertirse en un villano y matar, matar, matar, hasta llegar a ser coronado rey de Inglaterra. De esa corona le separan varios parientes: a todos conseguirá apartar de su camino de la manera más vil y tortuosa: por razones políticas, cortejará y se casará con la viuda de Eduardo de Lancaster, Anne, en una de las escenas más extraordinarias de la trayectoria teatral de Shakespeare en la que presenta una cortejo necrófilo: el cadáver del marido está de cuerpo presente en la misma sala donde se encuentran su jovencísima viuda y su asesino. Mandará matar a su hermano, el duque de Clarence, a quien hace ahogar en un barril de vino de malvasía reteniendo una orden de perdón de su hermano mayor, el rey; ëste, enfermo y culpándose de la muerte de su inocente hermano, morirá pronto, en parte por los remordimientos. Pero Ricardo debe entonces eliminar a ciertos hombres del Consejo del reino que son leales a su rey y a sus herederos legítimos, los pequeños hijos de Eduardo IV : Eduardo, principe de Gales y Ricardo, duque de York, dos inocentes niños de 12 y 7 años, respectivamente, a quienes Ricardo aloja en la Torre de Londres y a quienes envía un asesino. Preocupado por la muerte de estos niños, el consejo es consciente de que Ricardo pretende hacerse con el poder, y Ricardo sabe que debe desafiarlos. Por ello, excenifica una cruel pantomima, auxiliado una vez más por su fiel secuaz, Buckingham, quien ya se ha encargado de esparcir el rumor de que los niños son ilegítimos. Buckingham es tal vez, como algunos piensan, el personaje más desvaído de Shakespeare. Secuaz de Ricardo, ejecutor de las órdenes del multiasesino, cuando se topa con la orden de matar a los niños recula, pide, en mal momento, su recompensa: el ducado de Hereford que le había sido prometido. Pero Ricardo está furioso y se lo niega. Buckingham entonces, sin mayores explicaciones por parte de Shakespeare decide dejar a su señor y pasarse al bando de Richmond (luego Enrique VII, de la casa Tudor). Mata también a su esposa, la joven Anne, que había sido antes la mujer del príncipe de Gales ( de la casa de Lancaster), porque ahora Ricardo quiere casarse con su sobrina, la hija de su hermano Eduardo, Isabel de York, que finalmente se casará con Enrique VII, terminando así la guerra civil inglesa con esta unión de los descendientes de ambas casas.
En medio de todo este baño de sangre y crimen, Ricardo se nos presenta como el personaje más cruel de los muy crueles personajes históricos de Shakespeare. Macbeth tiene remordimientos (y un corazón tan blanco....) Titus Andronicus actúa siguiendo las costumbres de justicia de su sociedad, y habiendo sido su hija Lavinia mutilada, violada y trastornada por la crueldad de los enemigos, no le queda más remedio que vengarse con la misma moneda y apela a la más cruel de las venganzas; pero siendo así, su venganza resulta justa y su violencia no resulta gratuita sino motivada.
En Ricardo III,, el personaje nos anuncia cada vez sus planes, nos hace sus confidentes, nos habla constantemente al oído. Ricardo funciona en la obra de dos modos: como personaje y como coro griego. Nos convierte, en cierto modo, en cómplices o voyeurs de sus crímenes. La implicación es tan poderosa como lo es el rechazo que nos embarga ante semejante personaje: asesino, mentiroso, manipulador, traicionero, vil. No es del todo cierto, históricamente, que Ricardo fuese realmente un ser deforme: pero Shakespeare utiliza esta metáfora para mostrarnos su alma monstruosa y corrrompida. Hace unos años se encontraron los esqueletos de dos niños en la Torre de Londres, dando la razón a la voz popular que consideró que estos niños habían sido asesinados por Ricardo. Parece que fue así, en efecto.
Ricardo, que durante toda la obra va asesinando con éxito a su hermano, a su mujer, a sus sobrinos, a miembros del Consejo, cae de manera espectacular. Inesperadamente. Richmond (el futuro Enrique VII), vuelve de Francia y Ricardo es abandonado por sus huestes, no sin antes vivir una escena similar a la de la cena de Macbeth con los fantasmas. Ricardo, la noche antes de la famosa batalla en la que pierde la vida, se ve asediado por los fantasmas de los muertos, y en un monólogo extraordinario, tan bueno como aquel de Lady Macbeth sonámbula o como el de Enrique V antes de la batalla de San Crispín, se pregunta y se responde, se habla, se ama, se odia, se aterroriza y se tranquiliza y parece prefigurar una sesión de psicoanálisis.
¡Ah, conciencia cobarde, cómo me afliges! Las luces arden como llama azul. Ahora es plena medianoche. Frías gotas miedosas cubren mi carne temblorosa. ¿Qué temo? ¿A mí mismo? No hay nadie más aquí: Ricardo quiere a Ricardo; esto es, yo soy yo. ¿Hay aquí algún asesino? No; sí, yo lo soy. Entonces, huye. ¿Qué, de mí mismo? Gran razón, ¿por qué? Para que no me vengue a mí mismo en mí mismo. Ay, me quiero a mí mismo. ¿Por qué? ¿Por algún bien que me haya hecho a mí mismo? ¡Ah no! ¡Ay, más bien me odio a mí mismo por odiosas acciones cometidas por mí mismo! Soy un rufián: pero miento, no lo soy. Loco, habla bien de ti mismo: loco, no adules. Mi conciencia tiene mil lenguas separadas, y cada lengua da una declaración diversa, y cada declaración me condena por rufián. Perjurio, perjurio, en el más alto grado; crimen, grave crimen, en el más horrendo grado; todos los diversos pecados cometidos todos ellos en todos los grados, se agolpan ante el tribunal gritando todos: "¡Culpable, culpable!" Me desesperaré. No hay criatura que me quiera: y si muero, nadie me compadecerá; no, ¿por qué me habían de compadecer, si yo mismo no encuentro en mí piedad para mí mismo?
Es en este tipo de momentos en los que sentimos que Shakespeare es el más grande dramaturgo de todos los tiempos. Porque su penetración psicológica trasciende su época, la supera. Se mete en la mente del hombre y saca conclusiones y preguntas , conclusiones y preguntas válidas para el hombre de ayer, de hoy, de mañana. El alma humana, siempre.
Ricardo III fue la primera tragedia de Shakespeare. Su personaje principal es una fuerza primitiva, de una sola pieza, terrible, como en las tragedias griegas. Ricardo es el epítome del tirano. Y puede ser retratado en toda su crudeza y horror porque no sólo no es un Tudor, sino que el caos político y la guerra sangrienta fratricida culminan en un periodo de paz por obra y gracia de la dinastía que reina en Inglaterra cuando Shakespeare escribe.
Y Shakespeare escribe, por tanto, libremente, sobre esta alma corrompida por la ambición, y hace el retrato de todo tirano, lo mismo que en el teatro griego. De ahí que su Ricardo no haya perdido vigencia: de ahí que pueda ser trasladado (como en una excelente versión con Ian McKellen) a la época nazi o a cualquier época o lugar.
En cuanto a las versiones cinematográficas. podemos citar tres: la de Laurence Olivier, un poco acartonada, demasiado teatralizada, pero aun así, memorable ( 1955), la del gran Ian McKellen (1995), y el documental de Al Pacino (con partes de la obra representadas), LooKING for RICHARD (1996), probablemente uno de los análisis más interesantes de esta gran obra de Shakespeare.
William Shakespeare, Ricardo III, Valdemar, Madrid, 2004.
19/11/2006
Aforismos de los Luthiers

* El amor eterno dura aproximadamente 3 meses.
* Todo tiempo pasado fue anterior.
* Tener la conciencia limpia es síntoma de mala memoria.
* Los honestos son inadaptados sociales.
* La esclavitud no se abolió, se cambió a 8 horas diarias.
* La droga te buelbe vruto.
* Si no eres parte de la solución, eres parte del problema.
* Errar es humano, pero echarle la culpa a otro es más humano todavía.
* Lo importante no es saber, sino tener el teléfono del que sabe.
* Yo no sufro de locura, la disfruto a cada minuto.
* Es bueno dejar el trago, lo malo es no acordarse dónde.
* La inteligencia me persigue, pero yo soy mas rápido.
* La verdad absoluta no existe y esto es absolutamente cierto.
* Estudiar es desconfiar de la inteligencia del compañero de al lado.
* No hay mujer fea, sólo belleza rara.
* La pereza es la madre de todos los vicios, y como madre hay que respetarla.
* Si un pajarito te dice algo debes estar loco, pues los pájaros no hablan.
* No te tomes la vida en serio, al fin y al cabo no saldrás vivo de ella.
*Felices los que nada esperan, porque nunca serán defraudados.
* La confusión esta clarísima. Lo triste no es ir al cementerio, sino quedarse.
* Hay dos palabras que te abrirán muchas puertas: Tire y Empuje.
* Dios mío, dame paciencia, ¡¡ Pero dámela YA!!
*Quien escribe aforismos es porque no puede pensar más de dos segundos seguidos.
17/11/2006
Hugh Laurie al piano
Este excelente actor también es músico. Aquí en una intervención para reír un rato largo.
08/08/2006
El siglo de oro del teatro francés. Teatro de palacio y teatro burgués

Como es obvio, en Francia, como en toda Europa, también hay teatro callejero.
Sin embargo, predominarán el teatro de palacio y el teatro burgués.
El teatro palaciego

Durante el reinado de Luis XII, pero, sobre todo, durante el larguísimo de Luis XIV (El Rey Sol), la magnificencia de las representaciones teatrales (incluidas las de danza y teatro musical) fueron in crescendo.
Su edad de Oro se sitúa especialmente entre los años 1660 y 1690. Bajo la influencia de la grandeza clásica de Grecia y Roma, los autores y pensadores franceses, los artistas, los músicos, los escenógrafos, los maquinistas de afanan por mostrar al mundo el poder y la gloria de Francia a través del arte en todas sus manifestaciones.
El rey, que había sido cuestionado gravemente por las Frondas, atrae a sus palacios a todos aquellos nobles levantiscos para vigilarlos, para ofrecerles placeres que duran días y noches, para que a través de su cercanía, de su participación en las funciones reales puedan lucrar con el poder o con el favor obtenido… El teatro se convierte en un escaparate en el que los demás nobles pueden ver hasta dónde llega el poder de tal o cual conde o duque, de cuánto puede valer estar a bien cn ellos, de cuánto, sí, de cuánto. Todo es cuestión de dinero y de poder. Pero, por encima de todo, es un escaparate del poder del Rey.
La tragedia y la comedia se escenifican en nobles versos largos, no hay combates en escena. Todo en ella es armonía, risas: nada de violencia, sobre todo. Hay unidad de acción, no hay subtramas, como en las obras españolas o inglesas. Unidad de tiempo y unidad de lugar (todo debe pasar en un día y en un lugar). El Palacio en suntuosas salas o en teatro específicamente construidos para ello, alojan esas obras.
A menudo, los propios nobles actúan o danzan. Es un reflejo de su situación privilegiada. Otras veces, son las compañías de actores del rey o de los nobles quienes ponen en escena las obras.

No importa la hora: los palacios tienen luz artificial: cientos, miles de velas iluminan las escenas. Los más grandes pintores, escenógrafos, dibujantes, músicos, son llamados a Francia para que con su arte dignifiquen el teatro y a sus patronos o mecenas.

El vestuario es suntuoso.

Se utilizan los fuegos de artificio, aun dentro de las salas. Las poleas y las maquinarias (Luis XIV hará construir para este efecto su salón de las máquinas en las Tullerías). Se iluminan también los jardines de Versalles, se llevan a cabo obras al aire libre, fantasías sobre las aguas de los canales creados por Le Nôtre para crear en el palacio del rey la ilusión de una Isla Encantada.
El espectáculo es maravilloso y ha de ser inigualable. El XVII es el siglo de Francia, que se convierte en el país más poderoso e influyente de Europa. Su teatro, su música, su danza deben ser para todos un ejemplo y una advertencia. Corneille y Racine brillan en la tragedia, Molière es el rey de la comedia y de la farsa. Incorpora a su teatro la belleza y la gracia de la Commedia dell’Arte italiana.

Se mete con los enemigos del rey (seguidores de la reina Ana de Austria, madre de Luis XIV, que son los puritanos, los piadosos hipócritas). El rey le protege.
Molière, además, en el teatro del Hotel de Bourgogne o en el Palais Royale, hace teatro burgués. Corneille y Racine, en el teatro del Marais; pero hay o ha habido otros teatros.

Se trata de salas cerradas, con candelabros gigantes que iluminan la escena. Hay palcos, la parte baja está separada del escenario por un pequeño foso donde se coloca la orquesta. Hay varios telones con escenas dibujadas que crean una ilusión de profundidad, de bosque o de biblioteca…

Su público es el público burgués en alza, los soldados del rey, los mosqueteros. Los artesanos…las cortesanas, pero también los nobles, que acuden aquí a ver alguna obra no autorizada para palacio.
En 1680, el Rey crea la famosa Comedia Francesa, institución impar en el mundo de ese siglo.

En España también hay teatro de Palacio. Lo hay en el Palacio del Buen Retiro en España, en el que brillan Calderón de la Barca y el escenógrafo italiano Cosme Lotti.

Los fotogramas pertenecen a la película de Gerárd Corbiau, El rey danza (La pasión del rey), reseñada aquí en el blog.
29/07/2006
Un poco de cabaret : Liliana Felipe
Liliana Felipe es una cantante, pianista y performer argentina, transterrada a México, donde encontró a su media naranja en Jesusa Rodríguez, una de las directoras de teatro mexicanas más interesantes y creativas. En Coyoacán han montado su feudo, el Cabaret El Hábito.
Espero que os guste su ácido humor y su música.
24/09/2005
El Castigo sin Venganza, de Lope de Vega
El tema de la obra no es únicamente el honor/deshonor. También lo es la justicia/injusticia que convoca el castigo que sucede al delito y que alcanza a los tres personajes: Duque, Federico y Casandra. La mirada de Lope siempre crítica, plantea estos temas en la radicalidad de una relación incestuosa entre Casandra, la mujer y Federico, el hijo bastardo del Duque de Ferrara. Un incesto que no por técnico es menos real en el XVII. Inserta queda la reflexión sobre el matrimonio desigual, concertado entre una joven inocente y pura y un hombre viejo y vicioso. Una mujer que ha sido obligada a casarse (el tema del matrimonio de conveniencia ya queda planteado como clara injusticia en Lope, en Cervantes, en otros muchos escritores precursores de la visión Ilustrada) por razones políticas con un hombre que no la amará nunca y la desprecia con su indiferencia tras la noche de bodas. Y un hijo bastardo, hasta ese momento único heredero del ducado, que se enamora a primera vista al contemplar a la bella Casandra…
Como es costumbre en Lope, en el primer acto quedan ya trazadas con claridad las líneas argumentales.
Al principio, Federico deplora este matrimonio que le aleja del poder que podría traerle la jugosa herencia del ducado paterno, al existir la posibilidad de que su padre engendre un hijo legítimo. Batín, juicioso, le quiere mostrar la conveniencia de que el padre ajuste su hasta entonces licenciosa vida, a una más moral y conveniente, pero Federico insiste:
Mas, ¿qué me importa a mí
que se sosiegue mi padre, y que se niegue
a los vicios pasados,
si han de heredar sus hijos sus estados,
y yo, escudero vil, traer en brazos
algún león que me ha de hacer pedazos?
Pero tras la primera vista, Federico se enamora. Batín lo nota. Casandra también se siente atraída. Mientras en Ferrara, el Duque espera que su hijo le lleve a la esposa (como en las novelas artúricas, cuando Lancelot es el encargado de conducir a Ginebra hasta Arturo, o Tristán lleva a Isolda hacia el rey Marco).
Aurora, la sobrina que está destinada a casarse con Federico, intuye desde el primer momento que algo va a suceder, cuando pregunta a Batín, una vez llegada la esposa:
AURORA: Yo quiero
que me des nuevas también.
BATÍN: ¡Oh, Aurora, que a la del cielo
das ocasión con el nombre
para decirte conceptos!
¿Qué me quieres preguntar?
AURORA: Deseo de saber tengo
si es muy hermosa Casandra.
BATÍN: Esa pregunta y deseo
no era de vuestra excelencia,
sino del duque; mas pienso
que entrambos sabéis por fama
lo que repetir no puedo,
porque ya llegan.
Se produce entonces el encuentro entre Aurora y el marqués, primo de Casandra.
La frialdad del recibimiento que hace el Duque a su esposa contrasta con el calor y los versos que le dedica Federico.
El Duque en todo momento se muestra culpable por hacer menos a Federico con este matrimonio, que contrae únicamente a petición de sus vasallos para dar heredero legítimo al ducado. Federico es su pasión y si ha accedido, dice, es por temor a una guerra de sucesión.
Ésta es la razón por la que El Duque recibe fríamente a Casandra. Finalmente, sabremos que el único que obra sin duplicidad es él.
El segundo acto se inicia con una Casandra ultrajada por el despego del Duque:
Sola una noche le vi
en mis brazos en un mes,
y muchas le vi después
que no quiso verme a mí.
Lope defiende a la mujer. Leyendo a los clásicos, una se da cuenta de cuántos tópicos se habrán vertido sobre el tema de la sumisión de la mujer en estas èpocas y que no se corresponden con la realidad. Veamos estos versos, esta reivindicación de Casandra:
El duque debe de ser
de aquéllos cuya opinión
en tomando posesión,
quieren en casa tener
como alhaja la mujer,
para adorno, lustre y gala,
silla o escritorio en sala;
y es término que condeno,
porque con marido bueno,
¡cuándo se vio mujer mala?
En otras palabras: la mujer no es ningún objeto. Y si se la quiere buena, hay que tratarla bien.
Por su parte, en este segundo acto ya todo es fingimiento y todo ocurre en un nivel que sólo el público advierte. El Duque atribuye la tristeza de Federico a su matimonio, pero no sabe que es porque está enamorado de Casandra. Lo cree triste y meditabundo por haber perdido la herencia y le ofrece como compensación, un matrimonio con Aurora, pero no es ella quien le atrae, por lo que trata de escapar de ese compromiso manchando el honor de Aurora. En efecto, entre Aurora y el marqués de Gonzaga, primo de Casandra, él ha notado una cierta atracción, y así lo dice al padre:
Al que se ha de casar le da cuidado
el galán que ha servido y aún enojo
que es escribir sobre papel borrado.
A lo que el Duque, sorprendentemente, responde:
Si andan los hombres a mirar antojos,
encierren en castillos las mujeres
desde que nacen, contra tantos ojos;
que el más puro cristal, si verte quieres,
se mancha del aliento; mas, ¿qué importa
si del mirar escrupuloso eres?
Pues luego que se limpia y se reporta,
tan claro queda como estaba antes.
La verdad es que Federico está muerto de amor por Casandra, como le dice Batín: Amor y muerte en su pecho disputan.
Aurora, sin quererlo, va a desatar el nudo gordiano en que se encuentran presos Casandra y el conde Federico. Pide ayuda a Casandra, y ésta, sin malicia, va a hablar con Federico para que retire sus sospechas sobre Aurora y Gonzaga, y acepte casarse con su prima. En cambio, lo que ocurre será la confesión del verdadero amor de Federico: la prpia Casandra. La escena es una de las más bellas. Casandra intuye, pero no sabe, Federico no se atreve, al principio, a decir. Insinúa, da vueltas, finalmente, habla acelerado, casi ahogándose por la gravedad de la situación y de los sentimientos:
Mis pensamientos, que son
hijos de mi amor, que guardo
en el nido del silencio,
se están, señora, abrasando.
Bate las alas amor,
y enciéndelos por librarlos.
Crece el fuego, y él se quema.
Tú me engañas, yo me abraso;
tú me incitas, yo me pierdo;
tú me animas, yo me espanto;
tú me esfuerzas, yo me turbo;
tú me libras, yo me enlazo;
tú me llevas, yo me quedo;
tú me enseñas, yo me atajo;
porque es tanto mi peligro,
que juzgo por menos daños,
pues todo ha de ser morir,
morir sufriendo y callando.
El marqués Carlos de Gonzaga ama a Aurora. Aurora recela de Federico. Federico ama y finalmente habla de su amor a Casandra, quien a su vez, le ama y el Duque parte a Mantua para la guerra. Así, el segundo acto consolida el drama: el clímax se produce en la hermosa escena en que por fin Federico desata sus sentimientos y pasiones ante Casandra y ella le descubre los suyos. La forzosa ausencia del Duque propiciará la consumación de ese amor.
En el tercer acto, la relación ya ha pasado del platonismo a la acción. Han pasado cuatro meses y el duque vuelve, arrepentido de su comportamiento con Casandra. Demasiado tarde. Por Aurora se entera que hay una relación incestuosa entre Casandra y Federico y el Duque debe cumplir el castigo "sin venganza", puesto que la "ofensa" ha sido privada y no pública, y puesto que él ha tenido "algo" de culpa. Sin embargo, la "ofensa" es imborrable. El final se acerca y todos lo presienten. Hay peligro. Mientras tanto, una vez saciado su amor y su deseo, Federico finge “celos” por la creciente intimidad entre el marqués Gonzaga y su prima Aurora. Lo hace, le dice a Casandra, para salvar a ambos de la muerte cierta que les espera si el Duque se entera de su infidelidad. Ella, más atrevida, no teme a la muerte. Teme más los celos y el dolor que le producirían el ver casado al conde Federico. Una vez más, ella se eleva por encima de él, valiente, consecuente y firme.
El Duque, persuadido de la enorme traición de su mujer e hijo, y con pruebas suficientes, sólo puede hacer una cosa: castigar. Federico se asusta, se acobarda. Retrocede. Finalmente, no puede sino obedecer al padre.
Casandra, en cambio, sumida como está desde el principio en la convicción de que su amor es Federico, no retrocede ni se asusta. Asume el peligro que conlleva su traición al marido.
La obra termina con el castigo de los tres. Muerte para Casandra, a manos de Federico. Muerte para Federico, por haber traicionado al padre y a Casandra. Dolor infinito, pérdida irreparable para el Duque, cuyo gran amor ha sido siempre Federico: el hijo, el heredero. La línea sucesoria se termina con él, tremendo castigo de su vida licenciosa.
(Hoy he encontrado una estupenda reseña de la representación de la obra que veremos en un blog que no conocía, pero al que me voy a aficionar:whispers)

















































































